Algunas causas del fracaso escolar

Mapa del fracaso escolar en Europa, por regiones. La media española es alta y la del sur, muy alta.

Que en España el fracaso escolar es alto no es novedad. He visto esta mapa hace poco, y también comentarios escandalizados que decían, entre otras cosas, «¡Pero si cada vez se enseña menos! ¡Pero si se ha bajado el nivel! ¡Que el título lo regalan!». No pretendo contradecir eso, sino explicar algunas de las razones por las que tenemos ese nivel de fracaso. No soy una experta en política educativa y solo puedo hablar de lo que veo en mis aulas, pero eso es más de lo que tienen algunos opinadores profesionales, así que allá va. Un recordatorio: en España se puede repetir una sola vez en Primaria. En Secundaria Obligatoria se puede repetir hasta que cumplas 18 años, lo que significa 2 o 3 veces en total, depende del caso, y nunca se puede cursar el mismo año más de dos veces. A los 16 años puedes dejar de asistir a clase. Desde los 18 puedes hacer un examen para obtener el título para adultos.

Entremos en un aula, ahora al final del curso. Un aula de 2º o 3º de ESO. 2º es el curso que concentra más suspensos, es un año duro. Esto es parte de lo que podemos encontrar en cuanto a dificultades:

  • Alumnado que no está. No vienen a clase nunca, o solo de vez en cuando. A veces trabajan en algo familiar (una explotación agrícola, un bar), otras no. Que yo sepa, servicios sociales solo actúa cuando la falta de asistencia es continuada. Funciona despacio y lo único que dan son advertencias. No hay multas y nunca me han dicho que a alguien le quitaran la custodia de sus hijos solo por esta razón. Hay familias que para evitar que se activen los protocolos de absentismo, traen a sus hijos a clase dos o tres veces al mes. Evidentemente, en una situación así el centro escolar no puede hacer nada. No tenemos las competencias, los medios o la formación para ello.
  • Alumnado que decidió, en algún momento entre el final de la Primaria y 1º o quizá 2º de ESO, que esto no iba con ellos. Ya os aviso: es misión imposible hacer cambiar de opinión a alguien que te dice, con la omnisciencia todopoderosa de los doce añitos: «Pero maestra, si yo no voy a estudiar». Por fáciles que sean los contenidos, por divertidas y motivadoras que sean las clases, son estudiantes que no quieren estar allí. La clase no tiene sentido, y tampoco levantarse temprano, sentarse seis horas en una silla, traer materiales, lllevar una agenda, y cumplir todas las normas de conducta necesarias para la convivencia armoniosa de 500 personas en un recinto cerrado. Todo eso viene antes de aprender nada. En mi contexto, este grupo compone el grueso del fracaso escolar.
  • Alumnado que ha llegado de Primaria con cierta dificultad y que se estrella entre 1º y 2º. Aquí falla una combinación de todas las partes: el tránsito de primaria a secundaria, los mecanismos para adaptar la materia, el alumno que se desmotiva, la falta de estimulación-motivación-llámalo como quieras.
  • Alumnado que en clase no tiene mayores dificultades pero que no estudia nada en casa, o estudia con un método inadecuado, y está siempre al borde de desistir.
  • Esto es una novedad en crecimiento: alumnado absentista por trastorno o enfermedad mental. Absentistas desmotivados, que iban bien en clase, están a seis meses o un año de titular, y dejan de venir a clase por estrés, ansiedad o depresión.
  • Alumnado con particularidades propias, como necesidades especiales del aprendizaje, inmigrantes recién llegados que todavía no saben español, etc. Estos casos no son un problema en sí mismos, el problema es a qué velocidad e intensidad hacemos adaptaciones para que puedan alcanzar el ritmo de una clase estándar y los objetivos suficientes para aprobar.

Esta «clasificación» del alumnado que entra en 1º y no sale en 4º no entra en las causas de por qué esto pasa en unos sitios más que en otros. No hay una sola razón, pero percibo una suma. En primer lugar, tenemos una visión del sistema educativo como un dispensador de permisos de trabajo. ¿Para qué se estudia? Para tener una titulación con la que trabajar. El alumnado estudia para aprobar, y quiere aprobar para acceder al mercado laboral. Sus padres quieren que estudien para tener un buen trabajo, o un trabajo mejor que el que tienen ellos. Ni creatividad, ni amor al saber, ni soft skills ni historias. La necesidad de trabajar se percibe como prioritaria desde el principio de la Secundaria. El estudiante quiere entretenimiento y estimulación, claro que sí, y las familias quieren que sus hijos sean felices, pero con ese objetivo en mente.

No tengo muy claro si esto ocurre en más países; una vez me explicaron que es característico de economías en desarrollo. Lo que sí es muy propio de España es el desprecio a la Formación Profesional por parte de todo el mundo menos el profesorado, y los sueldos muy bajos en casi todos los niveles. Así que ahí nos encontramos una bomba: la suma de una educación para el empleo y un mercado laboral que busca personal con cualificación académica alta o muy baja, pero no media, y que paga mal a casi todos.

Puse un ejemplo hace mucho tiempo, en dos partes: una y dos: qué estímulo tiene para estudiar una chica de catorce años que está haciendo 3º de ESO y que sabe que tendría que estudiar 4º, Bachillerato, y dos años de FP o cuatro de Magisterio Infantil, es decir, cinco o siete años más, cuando ella lo que quiere es cuidar niños y las cuidadoras de guardería cobran el salario mínimo? ¿Por qué estudiar más allá de los 16 años cuando no hay trabajo, y si lo hay, es de dependienta en una tienda o de camarero? Las carreras universitarias son largas, caras, y no interesan a todos. La FP se descarta, y los trabajos sin cualificación académica tienen un salario similar a los que requieren una titulación media. No hay ninguna ventaja añadida, ninguna motivación real para obtener el título de la ESO si no se desea seguir estudiando.

Así que ya lo tenéis. Ese 25% de fracaso escolar, más o menos, tiene dos perfiles principales. Uno, alumnado que repitió una vez Primaria o 1º de ESO, por dificultades académicas o por desinterés. Luego repitió 2º. En 3º o 4º, se veía mayor que sus compañeros, se aburría, vio la posibilidad de trabajar de algo, dejó de venir a clase y ya no podíamos obligarlo porque era mayor de 16. El segundo perfil tenía la vista puesta en un trabajo sin cualificación, o en ninguno, el caso es que había descartado los estudios superiores y en algún momento entre los 11 y los 13 años dejó de trabajar. Puede que viniera a clase y puede que no, pero si venía era a no hacer nada, ni sacar un lápiz. Y nada que podamos hacer desde el aula cambiará eso.


¿Por qué leer libros escritos por hombres?

En esta época de ferias del libro surge otra vez la discusión sobre si leer a autoras porque sí, porque si no hacemos un esfuerzo consciente se las ningunea y olvida, o porque aportan un punto de vista «nuevo» o «diferente». ¿Pero diferente de qué? Llevamos con este mismo tema dos siglos, aunque antes se trataba de que había temas sobre los que una dama no debía escribir. Y hablemos claro: no es que las mujeres escriban sobre temas muy nuevos o con estilos muy característicos, sino que los temas favoritos de muchos autores hombres están deshilachados de tanto uso.

He leído a autores hombres, en narrativa, en poesía lírica y en ensayo, hasta que sus problemas e intereses se me han salido por las orejas. La vida es corta, y mi tiempo, limitado. Hay cosas que no quiero leer más veces. Y esta es una lista parcial:

  • No quiero leer más veces a fans de Neruda. Quiero decir que no quiero leer más veces la visión poética del sexo heterosexual presentada por un hombre joven con el mismo dialecto que yo. No quiero leer un desglose de las partes del cuerpo de una mujer joven. Y de verdad, lo más importante: no quiero leer más petrarquismo, en serio, ya me he enterado de qué os gusta y lo que os frustra.
  • No quiero leer más veces otro remake de Grandes Esperanzas. No quiero leer otra vez que el mayor problema de un varón blanco heterosexual occidental joven y guapo es ser de clase obrera, y quiere dejar de serlo. Tampoco quiero volver a leer que desea casarse/acostarse con una mujer más rica que él.
  • No quiero volver a leer personajes femeninos que solo son símbolos de estatus. La esposa amable pero imperfecta, la amada inalcanzable que simboliza sus ansias de superación, la pareja de su amigo que simboliza quién ha triunfado en la vida.
  • No quiero leer novelas protagonizadas por un hombre cuyo mundo interior se desmenuza hasta lo subatómico sin que sepamos nunca qué aspiraciones tienen los personajes femeninos. Están ahí, eso basta.
  • No quiero leer novelas en las que el protagonista tiene un bajón que se supera teniendo una relación sexual o romántica con una mujer joven y bella.
  • No quiero leer cómo un hombre blanco viaja a lugares exóticos, se siente un poco fuera de lugar, conoce a una bella mujer exótica, y cambia a mejor la vida de los que le rodean antes de volver a casita.
  • No quiero leer ningún libro en el que sea clave la muerte de una mujer antes de que comience la acción principal. Especialmente si esa mujer no tenía una sexualidad socialmente aceptada.
  • No quiero leer que tu madre no estaba ahí para ti. Sobre todo si estaba muerta.
  • No quiero leer que tu padre era un héroe para ti hasta que lo pillaste bostezando y entendiste que no era más que otro señor mayor, muy cansado.
  • No quiero leer que el miedo a no dar la talla, el miedo al rechazo social, o un rechazo amoroso, han sido las experiencias más traumáticas de tu vida. Y así durante trescientas páginas.

Virginia Woolf habla en una Habitación Propia de la sensación maravillosa de leer en una novela «A Chloe le gustaba Olivia», es decir, una mención de pasada y sin mayor importancia de una amistad femenina, algo poco frecuente en los clásicos escritos por hombres. Han pasado noventa años y seguimos como Woolf: explicando que leemos a mujeres porque hablan de nosotras. Hablemos más de que la tendencia de algunos hombres de contarnos siempre, una y otra vez, la misma historia más que superada.

Algunas ideas para organizar una biblioteca doméstica.

Pero qué cosa más bonita es una pared forrada de libros. Aunque estén mal ordenados.

Ahora que está de moda hablar de sistemas organizativos domésticos gracias a Marie Kondo, veamos cómo racionalizar una biblioteca doméstica, y cómo aplicar en casa algunos de los principios que se usan en las bibliotecas profesionales. Va a ser un artículo muy elemental, sin entrar en herramientas de catalogación, por ejemplo.

Recordar qué quieres adquirir.

Puede que quieras todas las novelas de Agatha Christie y no te acuerdes de cuáles tienes ya. Puede que alguien te pregunte qué quieres por tu cumpleaños y te quedes en blanco. Puede que vayas juntando recomendaciones en redes sociales o en prensa y quieras ir a la feria del libro con todo apuntadito. Por lo que sea, si te gusta mucho leer te interesa registrar lo que te apetece leer en algún sitio unificado. Puede ser la misma herramienta que uses para tomar nota de lo que ya tienes o lo que vas leyendo, algún tipo de catálogo. Hay programas pensados para uso doméstico, o te puedes hacer una hoja de cálculo simplona. Otras opciones son un cuadernito, como los «bullet journal» de moda, o Goodreads, que es lo que uso yo. Goodreads tiene el inconveniente de ser de Amazon y que la versión para móvil es una castaña. Pero de verdad, usa algo.

Dónde poner los libros.

Para mí hay un solo lugar: en estanterías del suelo al techo, sin puertas, y con estantes que puedan cambiarse de posición. En la práctica y con mi presupuesto eso significa estanterías Billy de IKEA. Nada tiene mejor relación calidad/precio. La hay siempre en blanco y varios tonos de madera; a veces la hay en ediciones limitadas de colores. Las estanterías tienen que estar clavadas a la pared, por seguridad. Puedes poner estantes en sitios estratégicos, primando siempre aprovechar bien el espacio.

Cualquier sitio es bueno menos el baño y la cocina. He llegado a instalar una estantería en un vestíbulo. Evita, si puedes, colocar objetos de adorno delante de los libros (esto no lo he cumplido en mi vida, pero bueno, es un ideal).

Cómo ordenar los libros.

Cómo ordenes los libros va a depender de cuánto sitio dispones. Debería ser un método que los haga fáciles de encontrar y que aproveche al máximo el espacio, aunque estos dos objetivos a veces están contrapuestos.

Lo más obvio es por colecciones. Yo evito mantener las colecciones juntas. Queda estético y compacta el espacio… solo si todos tus libros son colecciones. No sabes dónde está nada a menos que memorices los títulos de la colección. Mira, que no. Lo mismo se aplica a ordenar los libros según su editorial. Tu casa parece una librería, y de la misma manera, no hay orden real porque no se puede encontrar un libro a la primera.

Ordenar por tamaño es casi perfectamente compatible con ordenar «bien», por temas, porque casi todos los libros van a ser de tres tamaños: libros de bolsillo muy pequeños, algún libro un poco más grande, y los más grandes. Puedes hacer que la balda más baja de tus estanterías sea muy ancha, en lugar de tener la estantería de los libros grandes. Observa estos dos esquemas:

Los grandes, abajo.

Los grandes, aparte.

El primero de ellos es útil si todos los libros son de la misma categoría y colocas abajo los grandes. El segundo esquema te viene bien si reservas una columna, por ejemplo, a cómic, que tiene un formato más irregular y más grande que los libros. Siempre vas a querer buscar algo mirando de arriba a abajo así que no funciona reservar a un tema la zona baja o alta, es decir una sección horizontal que atraviese columnas.

Entremos ahora en cómo ordenar por temas. Las bibliotecas usan muchos sistemas clasificatorios diferentes. Uno de los más populares es la Clasificación Decimal Universal, que es bastante flexible. No es necesario aplicarlo tan estrictamente como en una biblioteca pública, donde casi seguro que hay una colección más variada en lo que respecta a «no ficción». La primera división útil es narrativa / todo lo demás. En ese «Todo lo demás», yo separo poesía, teatro, biografía, cómic, libros de cocina (porque son muchos). Lo que nos queda, la CDU lo organiza así:

0 Generalidades.Enciclopedias. Biblioteconomía.
1 Filosofía y psicología.
2 Religión. Teología.
3 Ciencias sociales, sin incluir geografía e historia.
4 Vacío. Ya ves qué tontería.
5 Matemáticas y ciencias naturales, es decir ciencias «puras».
6 Ciencias aplicadas, incluyendo Medicina y Tecnología.
7 Bellas artes. Juegos. Artes escénicas. Deportes
8 Lenguaje.* Lingüística.* Literatura
9 Geografía. Biografías. Historia

En mi caso está adaptado a mis libros: Filosofía incluye feminismo (de hecho, es una de las categorías de las que más libros tengo), y pongo seguidos educación / pedagogía / metodología de la enseñanza de lenguas extranjeras (para mí una sola categoría), lingüística, y Literatura (libros del tipo de análisis literario, teoría e historia de la literatura…). En una biblioteca pública serían las categorías 37 y partes de la 80 y 81 (simplifico). Prefiero tener las biografías cerca de la narrativa por una cuestión de espacio. Es decir: usa el sistema que más te guste y adáptalo a la cantidad de libros que tengas, cres subcategorías si te viene bien. Lo importante es separar.

Dentro de cada categoría, el orden siempre es alfabético por apellido del autor. Puedes poner las antologías por el editor, por Varios, o al final. En casa, yo las pongo al final. Los libros del mismo autor los pongo cronológicos si tengo muchos y es uno de mis autores favoritos, y en cualquier orden en el resto de los casos. Cuando ya sabes más o menos qué vas a separar, no lo hagas todo de golpe. Ponte una mesa cerca, saca unos cuantos libros, mete unos cuantos y así. No saques más de lo que puedes recoger en diez minutos.

Algunas cuestiones sobre subdividir la literatura: yo no separo literaturas nacionales ni idiomas, porque mi colección es muy asimétrica y no me gusta que haya categorías muy pequeñas. Veo poco sentido separar literaturas nacionales en una biblioteca doméstica. Si tienes libros en varios idiomas y tiene mucho sentido en tu casa, separa, pero si lees indistintamente entre ellos, ni te molestes.

Tampoco separo libros infantiles, si son míos. En una casa con niños, tendría aparte los libros de su propiedad, que pueden estar en su cuarto o en estantes aparte dentro de los libros de la familia. Esto puede incluir libros que no sean estrictamente infantiles, por supuesto, y es muy personal. Si los padres tienen ya una buena cantidad de libros infantiles y los niños van llegando a la edad de cogerlos prestados, su clasificación y ubicación depende de la voluntad de todos. A mí sólo me importaría que cada libro tuviera una ubicación permanente y que se respetara.

Una curiosidad: un libro ordenado temáticamente tiene una signatura, un código, que se lee por ejemplo 396 WOO hab, si el libro fuera Una habitación propia de Virginia Woolf clasificado en «Feminismo» (396). En bibliotecas gigantescas los libros se guardan según se adquieren, porque son demasiado grandes para estar todo el día ordenando estantes, y porque el espacio se convierte en una prioridad. Entonces, para que los libros puedan encontrarse, su código tiene que indicar esa localización. Por ejemplo, ABC 4/46 podría querer decir «Estantería o columna ABC, estante 4, libro 46». Una versión de esto se da en El nombre de la rosa, y es cierto que es un método muy antiguo, anterior a nuestra obsesión clasificatoria moderna. Solo tiene sentido aplicarla en una biblioteca doméstica si tienes miles de libros, digamos más de cinco mil, y un programa clasificador.

El expurgo.

Si la idea de deshacerte de material impreso te da mareos, o ganas de gritar a la pantalla, sáltate esta sección y pasa a la siguiente. Oye, eres muy libre. Yo decidí mantener una colección reducida a pesar de tener un gran amor por los libros y por los lugares donde se acumulan. Hay muchos criterios para hacer expurgo y estos son algunos de los míos.

¿Voy a querer releerlo? Consulta rápida también es relectura.
¿Asocio recuerdos muy bonitos a este libro, por ejemplo quién me lo regaló?
¿Forma parte de una colección que me gusta que esté completa?
¿Quiero prestarlo o dejarlo disponible para mi familia u otras personas?
Este libro técnico, ¿sigue siendo útil? Los manuales se quedan obsoletos bastante pronto.

Observa que no incluyo «soy demasiado mayor para leer este libro». No soy nada partidaria de desechar libros infantiles por el hecho de serlo. Conservo los de mi infancia. Si te animas a hacer un expurgo grande, el mejor momento es cuando ordenes. Ve apartando los que consideres conveniente.

Qué hacer con los libros expurgados depende. Si tienes gran cantidad de material obsoleto, por ejemplo, en casa de tus padres están guardados todos tus libros de texto desde el colegio, busca un trapero o chatarrero que compre al peso y así sacas para un libro de bolsillo.Con poca cantidad de material obsoleto: a reciclar sin remordimientos. Con novelas y otros libros con interés actual, puedes intentar venderlos a una librería de segunda mano, donarlos a la biblioteca pública, o donarlos a una biblioteca escolar, según su temática y lo que te pille cerca.

Suena a chorrada de libro de autoayuda y organización casera, pero de verdad, cuando quitas los libros que conservabas por pena, los otros lucen más. Hay libros que no los quieres por el ejemplar en sí, sino porque es parte de Tu Biblioteca. La biblioteca está ahí, no se ha ido a ninguna parte. Ya llegarán otros libros que ocupen ese hueco.

Cómo racionalizar nuevas adquisiciones.

No, esto no va al principio con «apunta lo que te interesa» sino justo después de expurgar. Si quieres mantener tu biblioteca ordenada y parecida a una profesional, el último requisito es pensarte bien qué va a entrar. Es poco frecuente manejar un presupuesto que te permita usar más criterios que «este mes me lo puedo permitir», pero por sugerir: usa la biblioteca pública, y si te gusta muchísimo un libro, cómpralo después de leerlo. Controla tus compras recordando cuánto llevas leído este año, y no compres más de lo que puedes leer. Y también, sé sincero contigo mismo si tiendes a acumular mucho de un tipo de libro que no sueles leer. A mí me pasa con las biografías y a veces con el ensayo. Me atraen, y luego me da pereza leerlos. También leo más los libros pequeños, así que he aprendido a evitar las ediciones en tapa dura y selecciono mucho al comprar cómic.

Espero que estos consejos te resulten útiles. Si te han gustado, quédate con los que te funcionen, porque no hay un método perfecto. Tienes una biblioteca de un solo usuario, que es quien tiene que estar contento con ella.

Panteón.

Nos asiste la Santísima Trinidad
de la almendra, la grasa y el cacao.
Su sustento continuo, su cíclico consuelo.

La fuerza de las hermanas mayores
y los bajistas
que dan ritmo y forma a los días,

Los amaneceres.
La búsqueda del único hombre bueno.
Lo que sueñan los bebés dormidos,
Lucien,
Jane Austen,
un buen plato de lentejas.

Lecturas de 2018.

Hace mucho tiempo que mi principal reto lector no es leer una cantidad de libros, sino «reducir la pila de libros pendientes». Durante mucho tiempo, eso ha significado tener el autocontrol de no comprar los libros de 15 en 15. Leía unos 50-70 libros al año, todos físicos y muy pocos prestados. Más recientemente, ha habido cambios muy grandes en mi manera de leer. Para empezar, leo la mitad que antes porque no tengo tanto tiempo libre. También leo mucho prestado y escucho audiolibros.

Este año he adquirido 20 libros de papel. Tres son ensayos sobre desarrollo infantil; cuatro son cómics; dos son infantiles; dos, poesía; tres, ensayo. Los demás son narrativa.

He leído 32 libros, de los que nada menos que catorce, casi la mitad, han sido audiolibros. Los escucho en inglés, con auriculares, camino del trabajo, y mientras limpio la casa. Soy muy conservadora con ellos, porque necesito un lector que me guste mucho para entenderlo bien y no aburrirme. Neil Gaiman tiene prioridad sobre cualquier otra cosa; si hay algo en audio suyo que no haya escuchado, no hay «lista de pendientes» que valga. También me vale en radioteatro, aunque algunas voces puedan ser más difíciles de entender. Este año he escuchado cinco libros suyos, algunos de los cuales aún no tengo en papel. Y de aquí sale uno de mis libros favoritos del año, que es su versión de los mitos nórdicos. El segundo autor importante de mis audios ha sido Arthur Conan Doyle en la versión de Stephen Fry. Fry es un lector excelente al que le gustan los proyectos ambiciosos; ya leyó los siete libros de Harry Potter y aquí no solo lee todo Sherlock Holmes sino que además pone prólogos mezclando comentario a las obras con su experiencia personal como aficionado sherlockiano desde niño.

Sobre los otros audiolibros que he escuchado, The Power tiene una voz por cada punto de vista (tres o cuatro voces en total, es llevadero) y son tan buenas que me gustó más que en papel. Call me by your name… bueno, se lee y se escucha como poesía lírica amorosa. Es mucho de golpe. Casi prefiero la película, o escuchar trocitos sueltos. Y Food era un podcast de antropología e historia de la alimentación, muy entretenido.

Los libros en papel no siguen más lógica que una manía: que cada uno sea lo más distinto posible del anterior. Después de cómic, poesía. Después de una novela ligerita, un ensayo sesudo. Así han caído:

Sólo dos de poesía, Poemanuario, de Loli Molina Muñoz y Nieve antigua de María Sotomayor. A ver si el año que viene leo más libros completos en vez de coger y soltar.

Cuatro cómics, que quitando Sandman tenían en común ser tristones.

Un par de biografías: Fugas de James Rhodes (aún no he leído Instrumental, he empezado por el final) y Léxico familiar, de Natalia Ginzburg, que me aburrió. Lástima.

Casi todo lo demás tenía en común ser narrativa de lectura bastante fácil, con la excepción de Jonathan Strange y Mr Norrell, que aunque fuera una lectura fluida y maravillosa, al ser tan largo a ratos se me atascaba. O simplemente era demasiado grande para llevármelo a la cama  o meterlo en el bolso.

No puedo prever si el año que viene leeré más o menos. Todo dependerá de qué tal nos las apañemos con el cuidado del nene, que ya no es un bebé pequeñito.

El Festín de Babette

Babette prepara el postre de su festín.

Las películas navideñas que merecen la pena dan ganas de verlas año tras año, y El Festín de Babette es una de ellas. Tiene además el encanto de ser una película «para adultos» de la que me hablaron bien sin que pudiera verla en mucho tiempo, hasta la llegada del DVD, así que me llegó con estatus de culto, y encima no me decepcionó.

Hasta hace poco me la ponía de fondo mientras decoraba la casa en Navidad. Ahora tengo que buscar algún momento tranquilo para verla a solas porque nadie más comparte mi fervor por las experiencias de Babette y un puñado de fanáticos protestantes.

Me gusta el lugar de la acción: el quinto pino, los montes de Armenia, allá donde Cristo perdió el mechero. Un sitio muy bonito pero donde no se le ha perdido nada a nadie, donde vienes a evangelizar o a huir y donde sabes que todo lo interesante ha terminado. No es que yo viva en el monte, pero sí estoy algo lejos de todo lo que me atrajera antes de llegar aquí. Me identifico con ese cantante francés que viaja a ver si la soledad lo cura más que con el militar que lo siente como un destierro. Yo creí que estaba de paso, hasta que decidí echar raíces de papel en forma de hipoteca. Una de las ventajas en acabar convertida en el viejo predicador es que quien viene aquí viene a verme: aquí estamos el mar y yo.

Las dos hermanas. A veces siento en la película una sombra de rivalidad o envidia. Otras solo veo amor y la entrega a la causa que heredaron de su padre. La tentación de una salida gloriosa, sensual, y efímera: una en el amor y la otra en el canto. La resolución es un poco diferente. El enamorado de Martine se marcha sin que ella pueda objetar; Filippa renuncia, y aunque las circunstancias sean igual de forzadas, al menos salva su dignidad y escoge ella. Además, solo de Filippa se nos dice que lo que tiene es un don. El padre también lo tiene y a él sí se le da la oportunidad de cultivarlo y sacarlo a la luz. Esto me hace preguntarme si todos tenemos alguno, si es necesario trabajar en ellos, y claro, en si tengo alguno yo, o quienes me rodean. Llevo dos años viviendo al día; el horizonte más lejano son los márgenes de una hora en los que el bebé duerme y yo escojo entre tareas de la casa o alguna distracción que me permita poner la mente en blanco. Y no se trata solo de falta de tiempo; hay cosas para las que he aceptado que nunca tuve habilidad alguna, o que me suponen un esfuerzo tan grande que no puedo hacerles frente; otras me provocan tal inseguridad que son, de momento, imposibles. Mientras tanto, otras personas crean arte o cambian el mundo. Yo observo el resultado final y suelo enterarme la última.

Entra Babette. Al principio parece que no se entera de nada. Es una extraña que se adapta como puede. De qué me sonará a mí esto. Llevo diez años o más viendo esta película, y solo me he identificado con Babette recientemente. Es demasiado lejana, como un hada madrina. Nadie sabe cuáles son sus sueños y sus intereses hasta el final, y tiene poderes casi mágicos, no solo para cocinar. Hay gente con la capacidad de alegrar o tranquilizar a los demás solo con estar ahí. Este año he tenido la oportunidad de convivir brevemente con alguien con una habilidad similar, que a veces envidio. No termino de sentirme a gusto con ser la cabeza caliente, aunque he aprendido a juntarme con quien pueda apreciarlo, y a bajar la potencia cuando me siento muy cómoda.

En cualquier caso, desde hace un par de años me veo mucho más en el lugar de Babette. La cocina como salida a la creatividad. Sentirme en los márgenes de la acción principal sin que eso sea necesariamente malo. Ser quien cuida, quien está mientras otros hacen. Quizá la parte negativa es que la obra que se deja es efímera. Eso une tanto a Filippa y a Babette; el don para lo efímero y una capacidad de hacer felices a los demás que quizá ha quedado desaprovechada. ¿Es suficiente hacer feliz a muy poca gente?

La película lleva la mitad justa cuando empiezan los preparativos del festín. Babette se va del pueblo un par de semanas, por primera vez en 14 años. Justo lo que hacía falta para que se note qué pasa cuando no está. Y a continuación, a preparar el banquete.

El menú es lo de menos. Todos los años me digo: “pues me podría armar de valor y prepararlo, no son tantos platos”… No, este año tampoco va a ser. Además, lo importante no es qué se prepara, como se nos ha enseñado con las gachas de pan y cerveza. Los puritanos rehúyen los exóticos platos franceses, y es fácil burlarse del miedo al placer cuando está motivado por la ignorancia, pero ¿cuántas veces hemos evitado algo bueno por cobardía? ¿cuántas veces hemos deseado algo que nos iba a hacer daño? Nah, al final también somos como esas ancianitas asustadas.

Llegado el final, con todos a la mesa, tras muchas copas de vino, el militar, ahora viejo, cita a su manera al predicador, recordando sus frases más amables. La misericordia y la verdad se han encontrado. La justicia y la dicha se besarán mutuamente. En nuestra humana debilidad, creemos que debemos elegir en esta vida. Y temblamos ante el riesgo que corremos. Conocemos el temor, pero no. Nuestra elección no importa nada. Llega un tiempo en el que se abren nuestros ojos. Y llegamos a comprender que la misericordia y la gracia son infinitas y lo único que debemos hacer es esperar con confianza y recibirla con gratitud. La misericordia y la gracia no ponen condiciones y dirá: Todo lo que hemos elegido nos ha sido concedido y todo lo que rechazamos también nos lo es dado. Sí, incluso se nos devuelve aquello que rechazamos, porque la misericordia y la verdad se han encontrado. Y la justicia y la dicha se besarán.”

No hace falta compartir la religión de los personajes para entender que en el ambiente adecuado, todo es posible. Cuidar de los demás, cumplir con las obligaciones sin que nos opriman, encontrar un lugar propio, ser felices aunque sea a ratos.

Seré un buen lugar si me toca serlo. Y un día, nuestros dones harán felices a los ángeles.

Los jóvenes y el cine: algunos consejos para educadores.

Jacobo Dopico, profesor de Derecho Penal en la Universidad Carlos III de Madrid y cinéfilo, tiene un problema. Sus alumnos no le entienden.

Tomado de Twitter. En la Universidad de Roma, sus alumnos no entienden una referencia humorística a la cita «¡Qué escándalo, aquí se juega!» de Casablanca.

Él se empeña en instruir deleitando a los juristas en formación. Es una lástima que su entusiasmo sea recibido con este desagrado:

Tomado de Twitter. Un alumno de máster rechaza el visionado de Anatomía de un Asesinato como actividad en clase porque es antigua y en blanco y negro.

Lo que le pasa al profesor Dopico lo hemos vivido infinidad de veces los profesores de Secundaria, aunque lo contemos con menos gracia. Ay, mis alumnos que llamaban a Drácula de Bram Stoker «una película antigua». Ellos habían nacido aproximadamente el año del estreno. Estas son algunas de las películas más taquilleras en torno al año en el que nací yo: Rocky, Carrie, Star Wars, Roger Moore como James Bond, Superman, Grease, Alien, Aterriza como puedas. Películas inescapables. Si tienes más de 35 años, o las has visto o por lo menos te suenan.

Lo que está ocurriendo con niños y adolescentes respecto al cine es una desconexión generacional y una falta de formación cultural terrible, a la que nadie hace mucho caso porque el cine se ve sobre todo como entretenimiento, y porque como es bastante caro de hacer y distribuir (en salas), se puede culpar a factores económicos de difícil solución, como el precio de las entradas.

Aunque parezca que no, los niños y adolescentes son receptivos a casi todos los medios de transmisión cultural de sus padres, además de los suyos propios. Los niños leen libros; no todos los niños, pero se siguen vendiendo y leyendo libros infantiles y juveniles. Ven series y les gustan las telecomedias (he pasado muchos años asumiendo que si no entiendo un chiste en clase es que salió en La Que Se Avecina). Ven telebasura, tipo realities, y programas musicales de talentos. También consumen productos que sus padres desconocen o rechazan, como los «youtubers» o los videojuegos (*).

Los libros tienen la ventaja de ser físicos. Están ahí. Si al hermano mayor le compraron las lecturas obligatorias del colegio, si hay biblioteca escolar, si va a hacer los deberes a la biblioteca pública, si fueron lectores de niños y en la adolescencia perdieron la costumbre, los libros hacen guardia sin exigir mucho, esperando que alguien los coja. El libro no corre peligro. Algunos modos de lectura sí, pero libros hay y habrá.

La música también sigue ahí aunque no se compre en soporte físico. Ha cambiado el mercado y ahora los jóvenes se niegan a pagar por ella. Nadie la adquiere en soporte físico. Pero mientras haya formas de escuchar música gratis que recicle éxitos de décadas pasadas, como Kiss FM y equivalentes, los niños y jóvenes podrán escuchar clásicos si quieren. Por otro lado, una canción dura de 2 a 6 minutos. No te aburres de ella tan deprisa.

El cine, en cambio, no. Desde que en una casa con medios económicos suficientes hay más de una pantalla por persona(**), ninguna otra forma de transmisión cultural ha sufrido tanto. El proceso ha sido paulatino: primero, llegó el VHS así que se podía poner una película que no estuviera en televisión. Luego, las televisiones privadas, que justificaron tener más de un aparato (supongamos el del salón y el de uno de los padres). Muchos de mis alumnos tienen televisión en su cuarto, supuestamente para jugar a la videoconsola. Su uso es irrelevante; la clave es que ya no hay tanta motivación para que el ocio familiar sea en el salón, con la tele encendida, donde quizá echen una película que se queda puesta de fondo. Si no te gusta lo que hay, te vas a tu cuarto o coges el móvil con auriculares. Pero ahora no hay ningún motivo para ver en la televisión algo escogido por otra persona, además de que los canales generalistas ponen pocas películas clásicas, de calidad, sin anuncios y a un horario que nos convenga.

La educación cinematográfica de los jóvenes se basa en tres o cuatro clases de películas. Para empezar, las infantiles, sobre todo las de dibujos animados. La animación 3D engancha más que los dibujos animados tradicionales y éstos más que la imagen real. Los niños ahora ven muchísimos menos largometrajes que generaciones anteriores: tras la televisión vino el VHS, tras éste el DVD, tras éste internet doméstico y ahora tenemos los móviles, donde se ven vídeos cortos de Youtube. En cualquier caso, sí ven películas, de  Disney, Pixar, Dreamworks y Studio Ghibli en ese orden de importancia. Las conocen desde que nacieron y forman parte de su paisaje. Algunas les gustan por una cuestión nostálgica: las asocian a cuando eran pequeños. No tienen mucho interés en películas nuevas, y no son «fans de Disney» como pueden ser fans de un cantante, un equipo deportivo o una marca de ropa.

En segundo lugar, las películas comerciales modernas, lo que se puede ver en el multicine del centro comercial. Para los gustos e intereses de los adolescentes, el cine es caro, y se reserva para ocasiones especiales. Casi todo el cine a su alcance es infantil, de acción o de terror. Podríamos discutir sobre si «cine de superhéroes» es un género; evidentemente, Guardianes de la Galaxia y Logan, por decir ejemplos extremos, no van de lo mismo ni van dirigidas al mismo público. Pero tienen en común que forman parte de series, que están vinculadas a obras anteriores que sólo son cine en parte, que crean merchandising, y que medio multicines tiene películas parecidas. Por dar un ejemplo, Terminator compartió cartelera en invierno de 1985 con Érase una vez América, Los gritos del silencio, Amadeus, Dune, y multitud de comedias españolas mejores y peores. Las películas de acción actuales son el centro de la cartelera. A pesar de que estas películas sí tienen fans, la inmensa mayor parte de su público es ocasional y las consideran un producto de puro entretenimiento. Los jóvenes no se consideran ni fans del cine de acción, ni del de superhéroes, ni de un personaje. Lo único que sí genera algo de división y por lo tanto un sentimiento identitario, aunque muy leve, es el cine de terror.

Por último, están las películas que se ven en clase. Para que una película se proyecte en un aula de Secundaria necesita reunir una serie de condiciones. Tiene que estar relacionada con la materia que enseñamos, aunque sea de una forma más bien elástica y los profesores de idiomas tengamos en esto el margen más amplio. Tiene que presentar unos valores coincidentes con los que informan el sistema educativo; por ejemplo, de respeto a la diversidad, igualdad entre hombres y mujeres, o por decir algo mucho más reciente, de espíritu emprendedor. Además, no puede ser ni demasiado violenta, ni tener escenas fuertes, por ejemplo de sexo o de consumo de drogas (las risitas o la incomodidad pueden estropear el ambiente). Es mejor que sean recientes, o lo parezcan (como muestra el caso del profesor Dopico). Todo lo que les parezca «antiguo» será rechazado. He tenido cierto éxito con películas que se salen un poco de esto, como el musical «Oliver!», pero son excepciones.

Todo esto se puede resumir en que incluso los jóvenes a los que no les gusta leer pueden tener una conciencia de que hay libros que sirven para estudiar, clásicos que casi siempre se leen sólo por obligación, y libros más ligeros que se leen por diversión aunque ese no sea tu caso, y además con estos últimos no importa mucho si son recientes o no mientras sean de tu estilo favorito. Con el cine no ocurre esto: el cine se divide en películas infantiles, entretenimiento de usar y tirar sin ningún valor, y la nada, «lo antiguo», que es despreciable porque su «vejez» es un aviso de aburrimiento.

Este proceso de degradación del cine como medio de transmisión cultural es irreversible. No hablo de la calidad de las películas sino de cómo son percibidas. Si quieres que los niños que te rodean aprendan a disfrutar del cine como lo hiciste tú, mi consejo como profesora y amante del cine es que veas con ellos películas cuando más antiguas y variadas mejor. Nadie más que tú las pondrá a su alcance. No me parece importante que vean tal o cual película concreta, sino que conozcan la visión del cine que se acabó hace unos 15-20 años.

¿Qué método usar? Lo mismo que si queremos aficionarlos al deporte o la lectura, pero con más guía, porque lo ideal es ver una película juntos. Un niño que lee puede volver atrás y preguntarte cosas a la mañana siguiente, pero con el cine es todo mucho más inmediato. Algunos consejos:

  1. Que los niños vean desde muy pequeños que a ti te gusta el cine. Ten DVDs en casa, habla de las películas que has visto, comentad trailers, como te surja de forma natural.
  2. Haz que algunas de esas películas tengan una estética «antigua». Por ejemplo, ponte una película en blanco y negro mientras estáis haciendo vuestras cosas por el salón. Que no le parezca raro. Recupera los clásicos que te gustaron hace años.
  3. Enséñale que la biblioteca pública tiene audiovisuales. Coge una película prestada de vez en cuando.
  4. Crea «la tarde semanal de cine y palomitas» y conviértela en un ritual de estar juntos. Puede convertirse en un día para invitar a amiguitos pero también tiene su encanto hacerla en familia.
  5. Cuando en una serie o unos dibujos animados salga un elemento que parodia o recicla un clásico, díselo. Si el original es muy largo o complejo, enséñale un clip de youtube o un trocito de la película original. Que comprenda que las obras modernas que le gustan proceden de una tradición.
  6. Si una película le aburre o no le gusta, se puede dejar de fondo mientras se hacen otras cosas o se puede quitar, pero no se obliga a terminarla. Esto no son los deberes. Tampoco insistas con géneros que no le gusten. Si se niega a ver cine en blanco y negro, o sólo quiere ver comedias, ya ampliará sus intereses más adelante.
  7. Los niños pequeños pueden ver películas adultas según su madurez y si están acompañados para poder comentar lo que no entiendan, lo que les dé miedo…
  8. Las listitas, el diario de visionado, los «¿qué quieres que haga de cenar el Día de Ver Pelis?», el cineclub temático «este mes vamos a ver pelis de miedo»… son una manera de planear qué hacer y de darle interés al tema.
  9. Si no sabes por dónde empezar, búscate un libro como «Cien películas de adultos para ver con niños», uno de esos «Mil nosecuántos que hay que hacer antes de morir», o clásicos del cine infantil. Hay muchas guías, en libro y por internet.
  10. A los obsesos con un género o una película concreta, negocia alternar su favorito con novedades relacionadas.
  11. Soy un poco ambivalente respecto a ver la tele con el móvil en la mano. Lo mejor es que aprendan de tu ejemplo. Si estás con los niños, procura dejar tu pantallita para luego. Mi experiencia es que muchas actividades manuales son compatibles con ver una película: mi madre cosía, por ejemplo. Pero el móvil toma nuestra atención más de lo que creemos.

Sobre las versiones originales y el aprendizaje de idiomas: como podemos prescindir de la televisión, un niño muy pequeño se puede educar en la bendita ignorancia del cine doblado. Esto se puede graduar: si un niño muy pequeño se educa en un ambiente bilingüe, se puede hacer que todo el cine incluido el infantil sea en versión original con subtítulos en el idioma que más os convenga. Si el niño de edad preescolar no tiene una presencia fuerte de idiomas extranjeros en su día a día, pero los padres quieren que los perfeccione o que no rechace las versiones originales, se puede tener la misma costumbre que en muchos países: vemos el cine infantil doblado, y el adulto subtitulado. En un niño que aún no lee con soltura, esto es una ocasión de pasar un rato juntos porque necesita que un adulto le explique lo que va pasando. Para cuando lea bien ya se habrá convertido en costumbre. Esto sirve para apreciar mejor las películas, para practicar idiomas, y para tener mejor acceso al cine en idiomas que no se suelen subtitular.

Espero que con esta guía disfrutéis mucho juntos. Que de eso se trata, de disfrutar.

(*) Ya sé que hay personas en edad de ser padres que juegan a videojuegos.
(**) Al escribir este texto conté la cantidad de pantallas de mi casa. Somos dos adultos y un niño, y tenemos seis pantallas. Ninguna de las pantallas está asignada al niño de forma permanente. Todavía.

Cindy Otis: cómo superar una avalancha de malas noticias.

Hoy es un buen día para explicar cómo lidiar con la avalancha, en apariencia interminable, de noticias deprimentes. Estos consejos se basan en mi experiencia como analista en la CIA, donde trabajaba a diario con información muy desagradable.

La sobrecarga de información negativa presenta varios riesgos:

  1. Complacencia. Acostumbrarte hasta que te parece normal.
  2. Parálisis. Es decir, estar tan sobrepasado que no sabes qué hacer o cómo salir de ahí.
  3. Perspectiva de crisis. Estás tan atrapado por el ciclo de las noticias urgentes que todo te parece una crisis y el fin del mundo.
  4. Depresión, trastorno de estrés postraumático. No hace falta estar en el rente para tener uno, otro o ambos. Enterarte de lo que está ocurriendo puede tener un efecto similar al de estar ahí.

Puede haber también consecuencias físicas serias en una vida sobrecargada de información negativa. Tuve un compañero que no sabía que tenía cáncer porque los síntomas se parecían al estrés de nuestras vidas: agotamiento, fiebre, estrés, mareos. Así que, ¿qué hacer?

En primer lugar, te recomiendo que no desconectes de las noticias. La ignorancia es una de las razones por las que tenemos la sociedad que tenemos. No hará que los problemas desaparezcan y no contribuye nada a resolverlos. Ahora que eso está claro, veamos cómo hacerlo más fácil de sobrellevar:

Violencia de género e independencia económica.

Todos los años, en torno al 25 de noviembre se insiste con el consejo más básico contra la violencia de género: si te maltratan, rompe la relación y denuncia. Desde hace unos años esto se ha vuelto algo menos simple, con listas de listas de señales de alerta ante el maltrato psicológico y conductas posesivas, cuya intención es educar, sobre todo a las chicas más jóvenes, sobre que el maltrato empieza mucho antes de la primera bofetada. También tenemos listas de medidas para protegernos al salir de casa, por si nos agrede un desconocido. En todas esas listas de medidas de autoprotección, algo que no he visto nunca son indicaciones sobre la imprescindible independencia económica. Ser independiente económicamente no nos protege del maltrato, pero sí facilita escapar de una relación que nos atrapa. ¿A dónde vas a huir sin amigos y sin un duro? No se puede olvidar que una relación de maltrato está basada en el control, y es más difícil controlar a alguien que tiene sus propios medios de subsistencia. También influye educar a las chicas en que no necesitan a un hombre para ser miembros plenos de la sociedad (y ya me sé lo problemático de identificar al individuo con su trabajo productivo, pero aquí estamos hablando de dinero y otro día hablaremos de otra cosa).

Empecemos por consejos que son útiles a todas las mujeres, también si no tienen pareja o si están en una relación positiva y amorosa:

  1. No dejes los estudios. Estudia hasta el máximo nivel que tus capacidades y tu economía permitan.
  2. No estudies algo que dependa de dónde vive o qué disponibilidad tiene tu pareja. Supongamos que tu pareja quiere desplazarse para estudiar y tú no: no le sigas. Supongamos que para estudiar lo que quieres te tienes que desplazar: te desplazas. Si te planteas que lo que te interesa es en turno de tarde pero entonces sólo lo verías los fines de semana, pues a tu turno de tarde. Tus estudios son para siempre. Los novios quién sabe.
  3. Ahorra. Ten una hucha, física o en el banco, a la que tu pareja no tenga acceso. En una relación cordial es bueno que sepa que existe, pero si es sólo tuya, se limitan las tentaciones de usarla. Una opción es tener tu cuenta, tu pareja la suya, y una cuenta común en la que se pone el dinero de los gastos domésticos. Así, tu cuenta personal hace de hucha.
  4. Busca trabajo de lo que puedas y te guste. Véase el consejo sobre los estudios.
  5. No dejes de trabajar por tener pareja, aunque gane dinero suficiente para ambos. Y muchísimo menos si tienes hijos.
  6. No aproveches que te has quedado sin trabajo para tener hijos: busca trabajo y cuando lo tengas, a por el bebé. Es más fácil luchar por una readmisión si te despiden embarazada que por un contrato cuando eres madre.
  7. No pidas reducción de jornada cuando tengas un hijo, si puedes evitarlo.

Algunas conductas relacionadas con lo económico que alertan de que tu pareja te controla en exceso, o te maltrata:

  1. Es un problema para él que seas estudiosa.
  2. No le gusta que tengas ambiciones profesionales. Te critica, te gasta bromas, le hace sentir incómodo.
  3. Quiere que estar con él sea más importante que estudiar, trabajar, buscar mejores opciones profesionales…
  4. Te hace chantaje emocional relacionado con el tiempo, esfuerzo o dinero que dedicas a tus estudios o tu trabajo.
  5. Quiere que dejes de trabajar para cuidarlo a él, la casa o los niños.
  6. Critica tu manera de administrar tu dinero, ya sea para decir que eres muy derrochona o muy avariciosa.
  7. Quiere controlar cuánto ganas o cuánto tienes. Se enfada si no lo sabe.
  8. Mira tus datos bancarios sin tu permiso, o los sitios donde guardas dinero en metálico.
  9. Utiliza, vende, gasta o intercambia sin tu permiso tus objetos de valor o tu dinero, o es el encargado oficial de guardártelos.
  10. Tiene mucho más control de los bienes comunes de la pareja que tú.
  11. No podéis gastar dinero (o ahorrar) en nada que sea idea tuya o que sólo te beneficie a ti, como por ejemplo ahorrar para comprar una casa o hacerte un arreglo dental. Nunca hay para tus cosas, o lo que quiera él siempre es más importante.
  12. Cosas importantes y de valor compradas con tu dinero están a nombre de tu pareja.
  1. La manera más segura de ahorrar dinero sin que tu pareja lo sepa es tener una cuenta bancaria en un banco online. Contrata un apartado postal en una oficina de Correos si necesitas dar una dirección física para poder abrirla. Otra opción es guardar dinero en metálico, mejor fuera de casa.
  2. Si compras algo caro con tu dinero, ponlo a tu nombre. Incluso si estáis casados en régimen de gananciales y haya que tenerlo en cuenta para un reparto, en el supuesto de que salgas por pies con ese objeto, que muy bien puede ser tu coche, no podrá reclamártelo.

Una de las bases de la prevención de la violencia de género ha sido educar en contra del amor «romántico», posesivo, dependiente. La idea de un amor absoluto e incondicional nos ha hecho daño. El siguiente paso ha sido el análisis de la masculinidad tradicional. Ojalá la prevención de la violencia contra la mujer se centre lo antes posible en cómo se crean jerarquías económicas sexistas dentro de la pareja.

 

Violencia de género y coerción reproductiva.

Un dato conocido por quienes estudian violencia entre parejas es que el embarazo dispara las posibilidades de que la pareja de una mujer la agreda. El embarazo de la mujer suele desencadenar o empeorar un ciclo de violencia. Hay muchos motivos para ello, dado que el nacimiento de un hijo puede desestabilizar una relación, cuanto más una tan tensa y frágil como las basadas en la dominación.  Esto puede ocultar una realidad: el embarazo también es un elemento de control de la mujer maltratada. En inglés se llama reproductive coercion a un aspecto de la VG: obligar a la pareja a tener hijos, o impedírselo contra su voluntad. Podemos llamar a esto coerción reproductiva, porque si hablamos de «violencia reproductiva» puede confundirse con «violencia obstétrica» (la ejercida por el sistema sanitario) o con la ejercida por instituciones públicas.

No es que los maltratadores no deseen ser padres. Eso para este caso es irrelevante, unos quieren serlo y otros no o les da igual. Lo importante en estos casos es que el maltratador desea controlar a la mujer y por ello un embarazo puede ser un medio de tener a su pareja sometida. Los agresores pueden utilizar estrategias como el chantaje emocional, con insistencias del tipo «si me querrías tendrías un niño conmigo»; sabotear la anticoncepción, estropeando o no poniéndose preservativos; o violar a su pareja.
La mujer embarazada que ya sufría de maltrato anteriormente está en una posición especialmente peligrosa. Arriesga su posición o su acceso al mercado laboral, y por lo tanto su posible independencia económica, y los hijos son legalmente de los dos por lo que tendrá con su agresor un vínculo permanente y obligaciones respecto a él incluso si se separa o divorcia. Los agresores no tienen por qué ser conscientes de todo ello, pero son factores que deben tenerse en cuenta.
¿Y la situación contraria, el agresor que impide a su pareja tener hijos? No se considera maltrato si un hombre no quiere ser padre, ya que es una decisión común de la pareja. Hablamos de coerción reproductiva o maltrato en caso de aborto contra la voluntad de la mujer (provocado mediante violencia física, amenazas, chantaje o engaño), o esterilización forzada.
No es nada fácil romper con una pareja que te maltrata. Con hijos en común, puede ser imposible. Así que esta es una razón más para salir de una relación abusiva cuanto antes.