Puedes bailar.

Se puede bailar con una profesora que tiene sentido del humor, paciencia, un toque mágico para enganchar a principiantes, y dominio de estilos minoritarios. Hay que aprender a superar que su técnica no es la mejor, y que su estrategia de marketing incluye no criticarte nunca para que no te desanimes, así que tienes que corregirte los fallos con ayuda de las compañeras. Al final, puedes acabar con tus primeros crótalos, un puñado de fotos y DVDs, un intento (fallido) de seducción, y un repertorio simpático de movimientos.

También puedes bailar con una profesora exigente en una escuela que se cae a pedazos. Notarás que tus movimientos mejoran de modo bastante evidente. Al mismo tiempo, las diferencias en técnica con lo que sabías de antes, y la dificultad en encontrar tu propio estilo te pueden llevar a considerar estos meses un retroceso. No importa. Has aprendido que estás dispuesta a sacrificar muchas cosas para seguir bailando.

Podrías incluso aterrizar en una clase de baile donde sabes que estás de más, y la confusión entre clientas, amigas y alumnas te convierte en un extraño enemigo interno.

Puedes bailar con varios profesores fabulosos que siempre acaban viajando muy lejos de donde vives tú. O a la inversa, la vida puede llevarte a una distancia imposible de la clase más cercana.

No importa. Una bailarina necesita tribu y maestra. Busca los tuyos. Baila mientras tanto. Sabes que sola no es igual, pero hazlo. Que cuando encuentres la próxima tribu, el siguiente maestro, te pillen bailando.

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