La rabia que ves llegar.

Para estar en forma, usa todos tus músculos, de todas las maneras. Para mantener la mente ágil, usa todas tus habilidades. Y por supuesto, tienes que pasar por todas tus emociones. Están para eso. Se pueden exteriorizar más o menos, eso depende de ti, y de las circunstancias, eso no importa. Pero siéntelas. A veces, siéntelas mucho.

Ni pensamiento positivo, ni estoicismo, ni tonterías: las emociones negativas tienen su momento. Como el picante en la lengua, el dolor que avisa de que algo no va bien, los pliés que me machacan las rodillas y los cuádriceps, el frío, la gripe, la muerte.

Sí, echas de menos, reconócelo. Sí, estás enfadada. ¿Quieres gritar y no puedes? No grites. Pero que la furia te invada. Dale color y forma. Siéntela subir y rodearte. Haz que salga de ti, o que te inunde. Como tú veas. Sí, sientes envidia y sabes que está mal, añade culpa y haz una ensalada con las dos. Procésalas, examínalas, rómpelas, trágalas, digiérelas, decide si merece la pena conservarlas, dales tiempo a acomodarse en los recovecos de tu cabeza.

Dales su momento. Cuando corres y te quedas sin aire, sabes parar, ¿no? Haz eso con la pena. Cuando ya no sirva para nada, la guardas. Pero primero, dale una oportunidad.

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