Sexo, género, presentación

Es común en Sociología y en feminismo distinguir entre sexo, que es físico, y género, que es social. Veamos cómo se expresan en el ser humano.

El sexo puede ser masculino, femenino o intersexual. Las personas que estamos claramente situadas en un esquema binario tenemos perfectamente conjuntados nuestros cromosomas, genitales externos, genitales internos, y producción hormonal, y por eso somos hombres y mujeres. La intersexualidad es el nombre conjunto que se le da a una gran cantidad de causas que pueden hacer que una persona tenga rasgos físicos simultáneamente masculinos y femeninos.

El género es una construcción social, excepto en una cosa: la transexualidad parece que sirve para demostrar que la inmensísima mayoría de la gente, incluso a pesar de fuerte presión social al contrario, siente y piensa que es un hombre o una mujer. Algunas personas no tienen ninguno de los dos géneros, y una palabra para llamarlos es genderqueer.

Poniendo de ejemplo al género femenino, es el de una persona que:

  1. Siente que es mujer, algo se lo dice dentro de su cabeza.
  2. Le interesan las cosas que en su cultura se consideran gustos propios de mujer. En Occidente, por ejemplo, lo doméstico, la moda, la imagen personal, las relaciones personales.
  3. Le gusta adoptar el aspecto externo que en su cultura es normal que tengan las mujeres. Si no adopta el mismo, es consciente de estar realizando una transgresión. Por ejemplo, en Occidente lleva el pelo por los hombros, joyas, y ropa de colores variados ajustada al cuerpo. Está delgada, o quiere estarlo. Le interesa estar guapa.
  4. Tiene rasgos de personalidad, muchos o pocos, que su cultura y su educación le han enseñado que son propios de las mujeres. En Occidente podría ser insegura, dependiente, amable, sensible, autoexigente, coqueta, golosa, pudorosa, con deseos maternales e interés en el cuidado de los demás. Estoy exagerando, pero os hacéis una idea.

Y por simetría, veamos qué sería el género masculino:

  1. La persona piensa y siente que es un hombre. Se identifica con los otros hombres que conoce, le parecen sus iguales.
  2. Le interesan las cosas que en su cultura se consideran propias de hombres. En Occidente, por ejemplo, los deportes como espectador y quizá como practicante. Cómo funcionan las cosas. Los hechos y los datos, más que las relaciones entre las personas.
  3. Le gusta adoptar el aspecto externo que en su cultura es el propio de los hombres. Si no lo hace así, es consciente de estar transgrediendo. En Occidente, esto quiere decir el pelo corto, una figura ideal musculosa, ausencia de joyas y complementos, uso exclusivo de los pantalones como prenda de vestir de cintura para abajo, poca variedad cromática con predominancia de colores fríos o no-colores, ropa holgada en lugar de ajustada.
  4. Tiene rasgos de personalidad considerados típicamente masculinos. En Occidente eso supone: un rechazo de los rasgos femeninos, seguridad en sí mismo, valor, riesgo incluso con cierta temeridad, preferencia por competir frente a cooperar, una sexualidad activa, etc.

Los puntos 2 a 4 se consideran “presentación” y no “identidad” en la magnífica gráfica del Muñequito de Galleta de Jengibre. Hay una explicación anterior que es también fabulosa e imprescindible. Estos puntos 2 a 4 son enteramente culturales, y tienden -ay- a estar definidos por el patriarcado.

Naturalmente, las mujeres no somos todas la Barbie ni Gwyneth Paltrow, y los hombres no son todos James Bond ni Sylvester Stallone. Los ejemplos que he puesto son sólo ilustrativos de qué es lo que tenemos en los extremos en nuestra cultura. Podemos ver que dependen de la cultura y la historia observando cómo varían. Por ejemplo, el interés en la religión, no el ser un profesional de la misma como un sacerdote, sino el ser una persona devota, en el Judaísmo es tradicionalmente parte de ser hombre y no de ser mujer. La coquetería era característica masculina en la Inglaterra isabelina. El espíritu de sacrificio es femenino en Occidente sólo desde hace dos siglos.

El género es, además, fluido. La identidad no tanto, pero la presentación sí. Una niña indiferente puede ser una adulta coqueta; un joven tímido puede ser un adulto con seguridad. Cambiamos a lo largo del día, también: llegas a casa con los tacones, te los quitas y te pones la camiseta del Club de Taekwondo. Evidentemente eso no nos hace “cambiar de género”, simplemente es una muestra de que el género es una cuestión de grado.

¿Y esto para qué sirve?

– Para hablar de la transexualidad y la intersexualidad más correctamente.

– Para entender que absolutamente todos los rasgos de personalidad que atribuimos a la gente en función de su sexo, son arbitrarios y culturales.

– Para aceptar a los que son diferentes de la mayoría.

– Para saber que podemos cambiar.

– Para observar cómo lo masculino se vuelve “neutral”, y “normal” y lo femenino “diferente”. Y luego, atacar eso.

–  Para dejar que los niños se desarrollen con algo menos de presión.

– Y para identificar tus propios privilegios, que es una cosa muy sana.

Así que hala, todo el mundo a imprimir el Muñequito de Galleta y a pegarlo en la pared.

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