Archivos mensuales: abril 2014

Aventuras en un mundo sexista: turno de noche.

Glasgow street dusk

Hace bastantes años, estuve trabajando en una pizzería de Glasgow. Estábamos en pleno centro, en una zona donde entre semana vendíamos el almuerzo a oficinistas, y los fines de semana la cena a quienes iban a los pubs. De día el trabajo tenía sus horas punta y sus horas vacías; las noches de los fines de semana esto era más acusado. Podía variar cuándo entrabas, de cinco de la tarde a once de la noche, y se cerraba a las cinco. Y las avalanchas eran a las doce, al cerrar los pubs, y a las dos, al cerrar las discotecas o lo que fuera que cerrase lo último. En medio, tiempos muertos y un goteo intermitente de borrachos buscando pelea.

El turno de noche tenía fama de peligroso, y precisamente por eso la empresa quería que las mujeres más jóvenes de la plantilla formáramos parte de él. Decían que cuando por la noche sólo había hombres, los clientes con ganas de bronca se ponían más agresivos, y que la simple presencia de alguna mujer, aunque no dijera nada, servía para calmar los ánimos; por lo menos esta versión me contó un compañero.

Había tres clases de trabajo: lo más fácil era despachar. Yo aprendí en un día. Luego te equivocas, pero era un trabajo sencillo. Quien despacha lleva la caja y el stock de las bebidas. Luego estaba el pizzero. Hacer pizzas se puede hacer mejor y peor, pero si el pizzero no era bueno a nadie le importaba mucho. El pizzero controlaba su propio stock. Por último, el freidor. Freír era complicado, no tanto por la freidora sino porque había que saber controlar unas cantidades de comida más abundantes y más caras. Casi todos los freidores sabían hacer pizzas en una urgencia. En un turno de día normal éramos tres, uno en cada posición; de noche, cuatro, y la cuarta persona tenía que ser polivalente. Todos los freidores eran hombres, y una chica que despachaba estaba aprendiendo a hacer pizzas.

Así que una noche en semana estábamos tres hombres y yo, o dos hombres, una segunda mujer y yo. Esto dio lugar al principio a una serie de problemas que contaré otro día. Hoy quiero hablar de los clientes. Estaban los borrachos inofensivos: habían salido del pub y solamente querían comer algo. Aparte de algo de impaciencia o de lentitud al pagar, no daban mayor problema. Estaban los borrachos folloneros: o querían pelea con los otros hombres o querían provocarnos a las mujeres. Lo mejor era ignorarlos, porque sólo querían pelea, y como además venían a la hora punta, concentrarse en trabajar era lo mejor. Había gente como la del turno de día, con su prisa o no, bordes o corteses. Y estaban, por último, las prostitutas que trabajaban cerca de allí.

Las prostitutas trabajaban en la calle. Yo no las veía al ir o volver de trabajar, así que debían estar muy pocas horas. Casi todas eran bastante mayores y todas eran escocesas; era fácil de reconocer por el acento. Mujeres de otra nacionalidad también podrían haber sido blancas y rubias, pero todas las clientas prostitutas que tuve hablaban alguna versión de acento escocés. Se puede uno preguntar, ¿y cómo sabías que eran prostitutas? Porque los compañeros no paraban de hablar del tema cada vez que entraba una. Eran clientas habituales, las reconocías, aprovechaban los tiempos muertos de nuestro trabajo para venir, y cada vez que yo despachaba a alguna, en cuanto salía del local alguien tenía que hacer comentarios.

No daban problemas. Alguna vez, alguna de ellas se enfadaba y se ponía borde (porque atendíamos despacio, sobre todo) pero no más que cualquier otro cliente. Venían a por la cena y punto. Otras, como cualquier persona que se hace habitual en un negocio y saluda a la cajera, hacían algo de charla intrascendente, algo que yo agradecía. Los clientes habituales del turno de mañana rara vez se dignaban a decir algo más largo que los buenos días y su pedido.

Mis compañeros no las aguantaban. La actitud que tenían la resume una anécdota. Un día, una de ellas me pagó con un billete de 50 libras que se sacó del zapato. Había cambio de sobra y se lo di. En cuanto nos quedamos solos, los compañeros me hicieron un consejo de guerra. “¿Sabes quién era? Vete a saber qué ha hecho y de dónde sale el billete”.  “Como sea falso, el jefe nos va a meter a todos en un lío gordo”. Y el remate, la otra mujer del turno: “¿Has visto dónde llevaba el billete? Igual es hasta robado”  (sí, se suponía que aquello tenía lógica, debía haber una banda de ladrones glasgovianos que guardaban el botín en zapatos). Todos con las caras largas ante aquel billete simultáneamente robado, falsificado, y obtenido mediante la prostitución, todo a la vez.

Dickens: un mapa para entrar en el bosque.

lizzie hexamIlustración original de Our Mutual Friend por Marcus Stone. Los Hexam pescan restos en el Támesis.

Charles Dickens es un autor incomprendido. Fue muy popular en su tiempo, más adelante criticado por ser demasiado sentimental y simplista en su visión de problemas sociales, y más adelante recuperado sobre todo como autor infantil. Casi todo el mundo lo conoce como “el autor de Oliver Twist” y de ahí se generaliza a “libros juveniles, protagonistas niños, problemas sociales, finales felices”. Bueno…. ahí aciertas más o menos la mitad.

En este novelista tan prolífico (catorce novelas, media docena de novelas cortas o cuentos, una vida entera de periodismo) se entrecruzan varias tendencias: el humor con tintes grotescos, el melodrama, y la preocupación por la reforma social. Dickens aprendió a escribir novelas desde el periodismo, y según mejora la calidad de la estructura de sus novelas, se aprecia cómo se va volviendo más pesimista y más interesado en cuestiones globales que en las aventuras de personajes individuales. Por eso, hacia el final de su obra no todos los finales son positivos (alguna novela de juventud tampoco termina bien).

Es muy importante también que todas sus novelas se publicaron por entregas. Una novela se publicaba normalmente en 20 entregas mensuales, es decir, cosa de año y medio. Y Dickens al principio escribía sobre la marcha, sin saber dónde iba a llegar, por lo que controlaba muy bien la estructura de cada entrega pero no tanto la de la novela completa. Como un guionista actual de series.

Con tantas novelas donde elegir, ¿por dónde empezar? Las voy a separar en los clásicos imprescindibles, las joyas poco conocidas y las que mejor que continúen en el olvido de las obras menores. Los números indican orden y año de publicación.

 Los clásicos:

Oliver Twist. (2; 1839) La que todo el mundo conoce, y quizá por eso malentendida como la más representativa. ¿Niño protagonista? El primero de dos… en una carrera con catorce novelas. ¿Ambientes marginales? La única novela que muestra el mundo de la delincuencia. ¿Fábricas, el efecto de la revolución industrial? Una de tres novelas en las que se habla, más o menos y tampoco mucho, de industrialización. Oliver Twist empieza satírica, irónica, escrita por un Dickens cercano al periodismo. Y según fue escribiendo, cambió hacia el modo que lo hizo más popular: sentimental y melodramático. Parecen dos novelas en una. Hay que leerla aunque sólo sea para darte cuenta de que no es un libro para niños.

Cuento de Navidad (A Christmas Carol, 1843) no me gusta mucho, quizá por haber leído/visto/escuchado demasiadas veces. Eso sí, es el único de los cuentos de navidad que merece la pena. Hay cuatro más.

David Copperfield (8, 1850). Probablemente la mejor. Empieza como alguna de las novelas de juventud, como la biografía de un muchacho desde que nace o se queda huérfano, pero se diferencia de ellas en que el sentimentalismo está más controlado, el autor sabe desde el primer momento a dónde nos quiere llevar, y los argumentos secundarios no se van por las ramas. Tiene algunos de los personajes mejor descritos de toda la carrera del autor, particularmente Mr Murdstone, el malvado padrastro del protagonista.

Casa Desolada (Bleak House, 9, 1853). Aunque tenga su mérito, no es de mis favoritas. Desde el punto de vista formal, un experimento: alternan un narrador impersonal que escribe en presente en vez de en pasado, con una narradora en primera persona, que es más un personaje secundario testigo de lo que ocurre que una protagonista. El argumento: cómo un pleito que se eterniza destruye una familia. Muy pesimista, y con un catálogo de secundarios que no se acaba nunca.

Tiempos Difíciles (Hard Times, 10, 1854). Una de las más cortas y quizá por eso muy buena para empezar. Es la única que habla algo, y no mucho, de la revolución industrial, pero es apenas una excusa para criticar el pensamiento de la época y no el sistema económico. El problema para Dickens no era la industria o el capitalismo, sino el énfasis en lo utilitario y no en, digamos “valores humanos”. Es significativo que vemos por dentro con más detenimiento una escuela que una fábria (las otras novelas que hablan de educación son Nicholas Nickleby, Dombey e Hijo, David Copperfield, Grandes Esperanzas y Our Mutual Friend)

La Pequeña Dorrit (11, 1857) tiene cierta relación con Casa Desolada porque es otra historia con gente que está esperando, esperando, sin hacer nada. Amy Dorrit, la “pequeña” del título, no es la protagonista: el libro a punto estuvo de llamarse “Nobody’s Fault” (No es culpa de nadie). Tanto Amy Dorrit como el protagonista, Clennam, son de un pasivo que dan ganas de zarandearlos, ambos dañados por unas familias desastrosas.

Historia de dos ciudades (A Tale of Two Cities, 12, 1859) Las dos ciudades son Londres y París, y la mayor parte de la acción sucede durante la fase llamada “El Terror” de la Revolución Francesa. Aquí se ve un rasgo muy dickensiano, la desconfianza ante las revoluciones y cierta francofobia. El Antiguo Régimen es una pesadilla dirigida por sádicos, y la revolución…. también. En cualquier caso, es una lectura amena y una de las novelas más cortas.

Grandes Esperanzas (Great Expectations, 13, 1861). En la Universidad, por una cuestión de tiempo, suelen mandar una de las tres novelas un poco más cortas, y a mí me tocó ésta. Me encantó y no me canso de releerla. Las “esperanzas” del título son las de Pip: un aprendiz de herrero con un misterioso benefactor que lo manda a Londres a vivir como un caballero. Pip está convencido de que su mecenas es Miss Havisham, la tutora legal de Estella, de quien él está enamorado desde niño. Al nivel de David Copperfield en “jovencito espabila a bofetones de realidad”, pero ésta es bastante más amarga.

 Los que merece la pena explorar:

 Los papeles del Club Pickwick. (The Pickwick Papers, 1, 1837) A mí no me gusta mucho, pero tiene sus fans. Me recuerda a algo que tampoco es mi género favorito: las novelas inglesas del siglo anterior. No tiene un argumento propiamente dicho: Mr Pickwick, un amable caballero, funda un “club” informal con sus amigos para salir de excursión y se mete contra su voluntad en toda clase de absurdas aventuras. Quizá si recordamos que se trata de un serial y que no se pensó como una novela se puede apreciar su falta de estructura global.

Dombey e Hijo (Dombey and Son, 7, 1848). Es de mis favoritas. Tengo debilidad por ella. Si se divide la obra de Dickens en dos mitades, juventud y madurez, ésta es la novela de la transición. Es la primera vez que el autor empezó a escribir con una idea aproximada del conjunto del argumento y sabiendo cómo quería terminar, porque hasta ahora el serial era entero improvisado. Esta es la historia de un empresario cuya mayor ilusión es tener un hijo para que el “Dombey e Hijo” de la empresa familiar vuelva a ser realidad. Y lo tiene, pero es un niño débil y enfermizo. Mientras tanto, su hija mayor, Florence, crece sin que nadie le haga mucho caso. Una novela con personajes que tienen todas las necesidades básicas cubiertas, excepto el amor, con los resultados que te puedes imaginar. Y la primera obra que se sepa con la estructura tan típica en Hollywood de las películas de millonarios sin vida familiar que pierden todo para darse cuenta de qué es lo importante.

Nuestro común amigo (Our Mutual Friend, 14, 1865) No tengo ni idea de por qué no es tan famosa como el resto de obras de madurez. Bastante descargada de melodrama y con menos sentimentalismo que la mayoría, la parte “social” y “realista” se centra en las cloacas de la revolución industrial, literalmente: el submundo de quienes viven de pescar restos en el Támesis, y el destino de una herencia en la que la parte principal son…. montones de basura, quizá estiércol o cenizas. El argumento es lo de menos: es para dejarse llevar por sus personajes, unos realistas, otros grotescos, y sus andanzas.

Obras menores, evítalas, hazme caso:

 Nicholas Nickleby (3, 1839). Déjala pasar sin remordimientos. Nicholas, un muchacho joven, bueno pero impulsivo, se queda huérfano. Él y su hermana Kate tienen que trabajar para vivir y tienen una serie de aventuras nada conectadas entre sí; si esto de ir pasando de trabajo en trabajo y la estructura episódica te suena a novela picaresca española, acertaste, pero el tono no es tan cómico y hay un fuerte mensaje moral.

Almacén de Antigüedades (The Old Curiosity Shop, 4, 1841) Abrir a lo bestia el grifo del sentimentalismo puso a Dickens en la cima de la popularidad. Veamos: Nell y su abuelo tienen una tienda, la que da nombre al libro. Por razones largas de contar, huyen de Quilp, un enano grotesco. Hay secundarios cómicos y mucho, mucho sentimentalismo.

Barnaby Rudge (5, 1841) Un intento de novela histórica sobre unas revueltas populares anticatólicas sesenta años atrás. Mucho mejor que las dos novelas anteriores, pero aún así, sólo apta para muy fans.

Martin Chuzzlewit (6, 1844) Por un lado, tiene la mayor parte de los defectos de las novelas de juventud: Martin es un muchacho valeroso que tiene aventuras y se enamora de una chica que no tiene un duro y a la que acosa un indeseable. Los argumentos secundarios crecen en todas direcciones como la mala hierba. Pero tiene un noséqué, un principio de lo que va a ser el desarrollo de personajes en las obras de madurez.

Y por redondear con la aplicación en secundaria, ¿cuáles son las más relevantes a ese nivel? Pues Oliver Twist, y las cortas: Cuento de Navidad, Historia de dos ciudades, Tiempos Difíciles, y quizá Grandes Esperanzas. Mejor leer una novela corta que una adaptación, aunque haría una excepción por David Copperfield.