21 días, día 6. Accidentes e imprevistos.

A mi tutoría le gusta que ponga esta música como fondo cuando hacemos ejercicios de relajación.

Los viernes son, en teoría, el único día en el que puedo descansar en el recreo. La biblioteca la abre alguien del equipo de apoyo: 5 profesores que se turnan en ello. Lo hacen sin que conste en su horario: oficialmente están descansando. La única ventaja que consiguen son puntos para el concurso de traslados. Esto es algo bastante frecuente en algunas tareas que realizamos.

Hoy, sin embargo, en el recreo abro yo porque mis compañeros ya se encargaron ayer mientras yo estaba en el médico. Es importante para mí que la biblioteca abra todos los días, ya que solo se abre al público en los recreos. Además hoy llueve y no hay apenas sitio donde estar en esos casos.

Mi jornada empieza a las 10:30, pero me levanto muy temprano para corregir exámenes. Termino con un grupo, meto las notas en la hoja de cálculo que también me sirve para hacer una pequeña estadística. Hay un 0,9 y luego todas las demás notas están entre el 2,7 y el 6.3. Media: 4.6. Aprobados: justo la mitad. Descanso un rato, sigo con el otro grupo, y me voy al instituto.

Examen de primero. Quieren colocarse en filas separadas que empiecen en la pared de delante, bloqueando la puerta y todo el camino de salida del aula. Les digo que se echen para atrás. Se colocan, reparto, y doy instrucciones. Les pregunto a ellos que expliquen de uno en uno qué hay que hacer en cada ejercicio. Mi experiencia es que no las leen, esperan a que yo explique. Están muy alterados y resulta casi imposible que se callen del todo y no hagan ruido. No están haciendo trampa, solo ruido. Me preguntan hasta cuatro veces dudas de vocabulario y les digo todas ellas que no les voy a contestar. Me preguntan seis veces cómo se hace el ejercicio 11 y les digo que hay que poner signos de puntuación. Entonces, el desastre: en la funda donde llevo los CDs del libro de texto falta el de los exámenes de primero, el que pone “5 out of 5”. Lo busco por todas partes. No está. Los niños me dan sugerencias sobre qué hacer, todas inútiles. Le pido a uno que busque al maestro de guardia, que viene en un par de minutos, y me voy a buscar el CD. Me cruzo con mis compañeros de departamento: nadie tiene un ejemplar. El problema es que esos CDs están pegados al libro del profesor, que por distintos motivos yo no llevo nunca a las clases, así que metí los CDs en una de esas fundas pensadas para llevar CDs en el coche.

Encuentro un CD 5 en el departamento, pero cuando intento reproducirlo en el examen, está rayadísimo y no reconoce el corte. Me hacen más malas propuestas y les digo que les pondré el listening en ficha aparte el lunes, en diez minutillos. Terminan antes de la hora, parece que el examen me ha quedado corto.

Recreo. Niñas que tienen libros desde diciembre vienen a renovarlos. Un profesor que coordina una reunión a la que no pude asistir viene a pedirme unos datos y se los doy de memoria. Recomiendo Mort a dos que bichean estanterías. hago una copia a mp3 del corte que no se dejaba reproducir en la clase anterior y lo grabo en un pendrive. Recuerdo difusamente una época en la que podía catalogar en los recreos.

Me voy al grupo de segundo del que he corregido el examen y lo entrego. Cuando digo que los tengo, un par de ansiosos preguntan repetidamente “¿y están bien?”. No me dejan hablar. Les enseño la estadística en la hoja de cálculo, les reparto el examen, y les echo el enésimo discurso motivador: sois mejores en inglés de lo que creéis. Un par protestan por no haber hecho el examen adaptado. En un caso no negocio (el examen adaptado ha cumplido su función y ya no estás descolgada) y en el otro sí (haz tu trabajo diario y da menos guerra; el examen adaptado no es un capricho que me puedas exigir). A continuación, mi chasco: nadie, o casi, ha hecho los deberes. Dejo su corrección para el lunes y les digo que si ellos me dan disgustos, yo les daré disgustos a ellos (sí, es poco pedagógico y motivador, pero a veces me sale el ramalazo). Les cuento por encima de qué trata el próximo tema. En dos palabras, que el Past Simple es fácil, que la lista de los verbos irregulares hay que aprenderla sí o sí, y que las próximas seis semanas deberían estudiar inglés a diario si esperan enterarse de algo, no ya aprobar.

Entre aclarar las dudas con el examen y el anuncio del tema 3 (deberes míos para el fin de semana: preparar una plantilla. Ya os contaré), son casi menos veinte. Entre las cosas que puedo improvisar, ya que no quiero corregir deberes, está el vocabulario que introduce el tema 3. Por cierto, si estoy empezándolo no es porque sea muy lenta: he dado los temas 1, 2 y 8 porque me parecía más claro y pedagógico. El tema es la familia y es rápido y fácil poner el típico árbol genealógico en la pizarra. Aclaro las dudas, insisto en los sitios donde sé por otros años que más errores hay, y a poner un examen al otro grupo de primero.

Se ha roto la pizarra digital. Sí, la nueva, la que lleva instalada desde septiembre, cuando nos quitaron el proyector del ordenador que funcionaba perfectamente (cosas de la Junta: hay que usar pizarras digitales, no ordenadores conectados a un cañón proyector, aunque no necesites las funciones de una pizarra digital). Sí, esa pizarra en la que se instalaron esta misma semana los libros de texto digitales. Les digo que tienen que hacer el examen muy calladitos porque estoy muy cansada, y todo transcurre sin novedad, salvo que hacen veinte veces la misma pregunta. Me dan dos versiones sobre la posible causa de la avería: una pelea en broma acabó con una colisión múltiple A empuja a B -> B cae sobre C -> C golpea sin querer la pizarra, y que un niño (con nombre y apellidos) de otra clase vino y la estuvo aporreando. Se lo digo por el pasillo a la jefa de estudios, que dice que habrá que hablar con los respectivos tutores. Los compadezco, o quizá no, porque ellos han salido ya y a mí me queda por dar una clase.

Segundo. Soy la tutora, y a pesar de que ya tuvimos sesión de tutoría el miércoles, pretenden que reorganice ahora cómo se sientan. No me dejo engatusar, pero tengo que dedicar unos minutos a supervisar agendas y citas con sus padres. Compruebo los deberes: no los ha hecho casi nadie aquí tampoco. Los dejo para el lunes, y les doy la misma introducción a los verbos irregulares que hice en la otra clase. Antes del vocabulario sobre la familia, hacemos una relajación con música. Pongo The velocity of love, que ya la conocen. Son capaces de cerrar los ojos hasta con un vídeo de youtube y el proyector encendido.

La diferencia en el repaso del vocabulario sobre la familia es que al comentar el género gramatical father vs. parent hago una broma sobre su típico error “my fathers” y acabamos con un brevísimo debate y muchas preguntas sobre el matrimonio igualitario y la educación de los hijos de parejas del mismo sexo. Algunos arrugan la nariz porque sea posible; otros se escandalizan de que el matrimonio igualitario y la adopción por homosexuales no sean universalmente reconocidas. Un niño dice “pues yo no estoy de acuerdo” “¿con qué?” “con la homosexualidad”. En el coro de protestas escojo a la voz que dice “…derecho a su opinión”. Zanjo esto con que no todo es opinable, y que no podemos tener  un debate sobre los derechos más básicos de la gente. Decir “imagínate que tenemos un compañero de clase gay” ayuda.

Mi bolsa es un caos de papelitos, notas, agendas, exámenes. Eso me agobia muchísimo. La ordeno un poco, lo justo para separar el trabajo que merece la pena llevarme a casa.

Horas lectivas: 4.
Horas no lectivas: ninguna.
Horas reales trabajadas: 6.30

 

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