21 días, día 10. Ir pa ná es tontería.

Los martes solo tengo clase de 1 a 3, pero estoy en el instituto desde muy temprano para adelantar trabajo. Más me habría valido quedarme en casa, en serio.

Comento un par de cuestiones de material y fotocopias con una conserje y me entero de que no hay internet. Bueno, no puedo registrar las faltas de asistencia de mi tutoría, ya haré otra cosa. El ordenador del departamento no va, parece que no tengo luz. Le pido a la conserje que compruebe el diferencial (esas cosas están bajo llave) y mientras puede hacerlo, ordeno mi caos de papeles. Completo tres formularios que solo puedo hacer a mano (justificantes de días en los que no he estado, seguimiento oficial de alumnado de bajo rendimiento). Por fin tengo ordenador (pero internet no).

Toca el timbre, cambio de clase, busco a dos niñas a las que iba a poner el examen en fecha alternativa. Una de ellas está en el silloncito de la entrada, respirando de una bolsa y llorando. Ataque de ansiedad galopante en la hora anterior; es algo que pasa bastante a menudo pero este es muy bestia, o por lo menos lo parece. Le digo a la nena que de todas maneras le voy a cambiar la fecha y que se tome una tila cuando recupere el aliento. Me quedo un par de minutos sentada con ella, pobre.

Me voy a seguir poniendo papeles en orden. Tengo la sensación de que no estoy aprovechando nada el tiempo. Hago una especie de lista de tareas que me sirve como miniprogramación de las clases, es decir, un recordatorio de cosas que debo hacer diarias o semanales, refundiendo varios papelitos diferentes.  Empiezo el examen que tercero tiene el jueves. Toca el timbre y me voy a la biblioteca porque la sala es más cómoda, pero resulta que hay una clase que por algún motivo no está apuntada en el cuadrante que sirve para reservarla para usarla de aula. La biblioteca se usa de aula habitual cuando no hay absolutamente nada más libre, o puntualmente cuando una clase tiene el equipamiento audiovisual estropeado. Me fastidia más que nada porque he recogido todas mis cosas arriba y he dejado el ordenador del despacho apagado. En fin. Dejo anotado donde corresponde que esa aula siempre está ocupada a esta hora. ¿Has perdido la cuenta de cuántos papeles he rellenado hoy, oficiales o no? Yo también.

Me tomo un café improvisando una reunión de coordinación con un profesor que da refuerzo donde yo doy la materia principal. Hablamos de seguimiento del temario (yo llevo una semana de retraso, o él de adelanto, según se mire) y del trabajo de niños concretos. Me voy a seguir inventando el examen de tercero.

Recreo. Biblioteca. He imprimido (otro papel!) tejuelos para mis últimas adquisiciones y mis dos ayudantes sellan, tejuelan y colocan. Tengo que salir muchas veces a a la puerta porque se agolpan ahí de tertulia y se oye más que las conversaciones de dentro. Cuando me siento, se lía: llegan cinco niños saludando a voces, riéndose fuerte, sacando a puñados los libros de las estanterías. Uno se va derechito al libro de láminas de arte que dio problemas ayer. Se lo quito de las manos y le digo que no se presta. Alguno de la pandilla me pregunta por qué, y le digo que como tiene imágenes desagradables tengo dos opciones: retirarlo del préstamo o prestarlo solo a los alumnos de 4º. No protestan y les parece una medida razonable. Señalo varias veces, a los alborotadores y a los demás, que solo mis ayudantes “oficiales” y yo podemos devolver los libros a su sitio, porque los desordenan. Es verdad, hay muchos libros fuera de sitio.

Nunca sé qué hacer con los niños que vienen a molestar. Os parecerá raro, pero los hay. No sé si con un poco de paciencia cogerán una semana un libro de láminas, a la semana siguiente un cómic y a la siguiente un Harry Potter, o si tolerarlos solo va a fastidiar a los demás y a estresarme a mí. Normalmente les doy dos o tres días de venir a revolverlo todo antes de echarlos.

Fin del recreo. Miniclase particular semanal con la niña del ascenso meteórico. Todo va bien. Una familia que tenía citada no ha venido. Me doy un cuarto de hora de descanso y acabo el examen de tercero. ¡BIEEEEEEEEEN!

Clase en primero. Están casi todos de pie, no, por el ruido parece que haya un partido de fútbol o vete a saber si una pelea al fondo de la clase. Según voy diciendo nombres en voz alta para poner negativos, se sientan. No podemos empezar hasta y diez. Levantan la mano por lo menos seis para hacer preguntas que no vienen al caso, contarme cosas personales, o pedir permiso para ir al servicio.

Hacemos un ejercicio de escucha (estoy haciendo un esfuerzo consciente para que hagamos muchos más de éstos, todos los que el libro proponga). Tardamos mucho en arrancar, pero les sale bastante bien. A continuación empiezo a poner ejemplos del presente continuo. Mi idea es repasar los pronombres, completar con el verbo to be, y entonces introducir los gerundios al lado de las dos columnas ya escritas en la pizarra. Sorpresa: alguien que trabaja lo mínimo se le adelanta y recita alegremente los pronombres y el verbo to be. Trabajo a partir de lo que unos pocos alumnos me dictan, y entonces empiezo a poner gerundios variados que indican cosas que son verdad y están ocurriendo en ese momento. Acabo añadiendo el título a un ladito de la pizarra, y las excepciones ortográficas. Toca el timbre y observo que una niña no ha copiado nada. Sé que va a clases particulares y me enfado muchísimo; le digo que no es justo que su familia se gaste un dinero que cuesta ganar para que se pase las mañanas de juerga. No me contesta. No tengo tiempo de ponerle una nota en la agenda. Otro día.

Tercero. Han hecho los deberes la mitad; son los mismos deberes que mandé del jueves para el lunes y que el lunes no hizo casi nadie. Hay tres chicos que no los hacen nunca; cuando les digo que voy a mandar avisos a casa, uno de ellos se pone un poco violento. Corregimos oralmente y tardamos casi toda la hora. Algunos descolgados están empezando a entender cosas antes difíciles. El que pronunciaba con gran dificultad lee muchísimo mejor. Pego una voz cuando oigo un “maricón” y amenazo al culpable con ir a hablar con su madre, que despacha en una tienda cerca de mi casa y él lo sabe. Eso deriva en un coro de “maestra, el otro día te vi”. Les sorprende que viva en su barrio, supongo, o que no vaya en coche a todas partes. Hago una broma sobre mi incapacidad de volverme invisible y aprovecho para hablar en inglés de mi ruta caminante habitual; a partir de lo que ya saben deducen block of flats, bridge, roundabout.

Tengo la sensación de que me he pasado el día corriendo en círculos y de que no he avanzado nada, aparte del examen de tercero.

Una vez en casa, no tengo ganas de nada, tampoco tiempo. Mañana igual me arrepiento, pero hoy paso.

Horas lectivas: 2.
Horas no lectivas: 1.30
Horas reales trabajadas: 6.

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