Archivos mensuales: febrero 2016

Deberes, cómo sí y cómo no.

Internet está lleno, y con razón, de blogs de padres (madres) y de docentes en contra de los deberes. Que son injustos  porque unos niños tienen ayuda en casa y otros no, que son excesivos, y que no mejoran el rendimiento. Todo esto es verdad a menudo. Ahora bien, a partir de un momento en la educación de una persona, que no siempre es la misma edad ni el mismo nivel para todos, concentrarte en lo que se hace en clase no resulta suficiente, y hay que trabajar en casa. Pueden ser deberes mecánicos, tareas más creativas o estudiar teoría.

Como ese momento llega alguna vez, aquí van unas pautas sobre cómo organizarnos como docentes. Un factor importantísimo es la coordinación en el departamento, ya que hay una tendencia fuerte a que los profesores que den la misma materia evalúen igual (por ejemplo, que los exámenes sean el 80% de la nota final), que trabajen al mismo ritmo para poder cumplir la programación, etc. Si está recogido que los deberes son evaluables, tienes que mandarlos. Para eso están las reuniones de departamento y el enendimiento entre compañeros. Si eres anti-deberes, siempre tienes margen para mandar pocos.

Lo más importante: los deberes tienen que servir para algo por sí mismos. “Crear hábito de estudio” no es una razón, te pongas como te pongas, de ninguna de las maneras. Es como ir al gimnasio a ver a la gente trabajar para crear hábito de ir al gimnasio. Los niños no van al colegio a crear rutinas ni a ser adiestrados: van a aprender. Esto significa que la razón por la que se suelen poner deberes en Primaria no es válida. No pongas deberes “para crear hábito”. Nunca. Es inútil, y encargar tareas inútiles es cruel.

Ante esto te puede surgir una duda: ¿y si les cuesta mucho esfuerzo el salto a un nivel educativo en el que sean imprescindibles los deberes, o estudiar a diario? ¿y si en ese desajuste fracasan? Pues verás: a casi todos los estudiantes les llega un momento en el que la cantidad de trabajo del curso anterior no basta. Los estudiantes bastante dotados, esos que aprueban sin ningún esfuerzo, un día se estrellan y suspenden unas cuantas, o bajan del notable al aprobado raspadito. Entonces se espabilan y se ponen a hacer deberes y a estudiar por las tardes, o si están en una etapa postobligatoria cambian de estudios, porque el fracaso escolar no depende de la capacidad de hacer deberes, y donde sí depende, es que el sistema es absurdo: ¿cómo puedes querer que los estudiantes de Primaria y Secundaria trabajen más en su casa que en tu clase?

Otro problema: cuántos deberes. La jornada escolar es muy larga, y el tiempo libre excluido comer y descansar que tienen los niños y jóvenes es de 5 a 9. Los deberes no deberían ocupar más de un par de horas diarias en la ESO, como límite. Tienes 6 horas diarias de clase de unas 10 materias, y si todas mandan 15 min de deberes diarios juntas 90 minutos sin descansos. Es decir: hay que poner poco. No siempre podemos coordinarnos con el resto del equipo educativo para mandar una cantidad equilibrada de tareas, pero podemos tomar dos medidas muy sencillas. Una: preguntar a los alumnos. Pasas por lo menos dos horas semanales con ellos, puedes dedicar un cuarto de hora a preguntar qué profesores  mandan más deberes y qué días de la semana dejan la agenda temblando. Entonces, actúa en consecuencia. Dos: manda en clase tareas similares a las que van a ser los deberes, y mide el tiempo que se tarda en completarlas. No mandes más de lo que los alumnos pueden hacer en casa en, digamos, una hora semanal, como mucho dos para las asignaturas de 4-5 horas semanales. Si tus alumnos tardan diez minutos en sacar el cuaderno, entender tus instrucciones, hacer UN ejercicio y compararlo con el del compañero mientras cotillean, puedes mandar de seis a diez ejercicios a la semana como máximo. Sé realista: en casa están cansados y tienen muchas distracciones. No tienen por qué trabajar más y mejor que en clase; al contrario.

Sobre la organización, ¿qué pasaría si hoy mismo tuvieras que hacer un recado inesperado de una o dos horas? ¿podrías hacer todas las demás cosas que sueles hacer? ¿a que no? Pues los deberes igual. Igual mañana hay un examen de otra materia, o esta tarde tienen fútbol o dentista o ganas de dormir siesta. No mandes tarea de un día para el siguiente. Te recomiendo escoger uno o dos días semanales y que sean “los días de los deberes”. Ahora yo pongo en 4 de mis 5 clases “el lunes para el jueves, y el jueves para el lunes”. Repito esa frase en clase TODOS los días. Así se genera una rutina de trabajo (OJO: creo rutinas que faciliten el trabajo, no mando trabajo para crear rutinas) y es menos probable que se nos olvide, a mí también, qué toca. El quinto grupo no tiene inglés el jueves así que ellos van de lunes a miércoles y viceversa.

Por último, qué poner como deberes. Los deberes se usan a menudo para lo que no da tiempo en el aula. Explicamos la teoría, y a continuación ponemos ejercicios, y si no se terminan a tiempo, los mandamos para casa. Esto es un problema grave si los alumnos no tienen la oportunidad de preguntar todas y cada una de sus dudas en clase antes de hacer deberes en casa. Los factores son muchos: falta de tiempo, una metodología que no da un turno de preguntas, timidez, cansancio. El resultado es que tendrás quien no hace los deberes o simplemente los copia de un amigo porque no sabe hacer la tarea, y no sabe hacerla porque no ha podido entender las instrucciones. En dos palabras: los deberes tienen que ser fáciles y tienen que hacerse sobre contenidos que han quedado claros en clase. Una posible solución a este problema es un método que se llama “la clase al revés”, que en su definición más simple es que en casa, los estudiantes se familiarizan con la teoría (lectura, vídeo, presentación de diapositivas, lo que el profesor considere) y en clase se trabajan actividades más dinámicas. Tienes un inconveniente de los deberes (invades el tiempo personal del estudiante) pero pierdes otros, como el trabajo en solitario sin ayuda.

Por último, en ESO y Bachillerato evaluamos hacer los deberes, no que estén bien o mal, a menos que pongamos una tarea más o menos larga y creativa. ¿Por qué? porque hacer tareas es más efectivo como método de aprendizaje que estudiar teoría, y queremos convencer a la clase de que trabajar un ratito por las tardes va a ser productivo y útil. La segunda vez que un alumno reciba una nota negativa por hacer los deberes mal no va a volver a hacerlos. ¿Para qué, si ha perdido tiempo y además una nota? Distinto es mandar con mucho tiempo e instrucciones una tarea creativa puntuable, como por ejemplo una redacción en idiomas.

Y ¿cuánto deben puntuar los deberes? Depende de cuánto quieras que puntúe todo lo demás. Lo habitual es hacer medias ponderadas: por ejemplo, 50% el examen, 10% la “actitud”, 20% un proyecto o tarea práctica y 20% los deberes. Yo no soy partidaria de que ninguna de las partes, especialmente los deberes, sea clave. Si un alumno no hace NUNCA los deberes y es capaz de aprobar los exámenes, le ponemos cero en ese aspecto y calculamos la media. Esto perjudica de verdad a dos tipos de alumno. Primero, a los  que sacan muy buenas notas en los exámenes y que verdaderamente no necesitan hacer deberes para aprender a ese nivel. Podemos dejarles con el 6 o 7 de media que se les va a quedar y que se fastidien, o hacerles una adaptación para que puedan avanzar, dándoles deberes más difíciles o más creativos. Y en segundo lugar, a los que no pueden hacer deberes, ni bien ni mal, porque tienen algún problema personal (familiar, de salud) y en los exámenes se quedan muy raspaditos, cerca del aprobado. Estos ya quedan al criterio de cada profesor, porque cada caso es diferente.

En resumen, lo importante es la empatía. No intentes recordar cómo eras tú a su edad: piensa cómo te sientes ahora respecto a hacer horas extras, a pasarte las tardes corrigiendo en casa, y dales lo que te gustaría tener.

21 días, día 21 y conclusiones.

PHOTO_20160129_133404Parte de la decoración de la entrada en estos días.

La primera vez que hice este seguimiento de lo que hago todos los días en el trabajo escribí unas conclusiones. Mantengo casi todo, y las cosas que ahora son diferentes se deben a los cambios en mis grupos. Estas son las conclusiones que saco ahora:

1. He trabajado 105,5 horas en 20 días, incluidos un día acortado por tener que ir al médico. Esto supone una jornada laboral en abstracto y en teoría de 35 horas, pero como no contabilizo descansos y mi jornada matinal rara vez los tiene, si incluyéramos descansos hablamos de 37,5 horas, que es más o menos lo que la ley supone que hago. Debido a interrupciones y necesidades vitales variadas, cumplir con un horario así implica trabajar fines de semana, incluso si te propones, como yo, estar en el instituto unas 30 horas semanales.

2. El recuento que he hecho de las tareas usando trello no es completo: cada cinco días o así elimino tareas que he hecho, añado las que hayan ido surgiendo y me acuerde. Las que no me acuerdo de apuntar o he resuelto antes de abrir trello no figuran. Ha habido un ligero descenso, de 32 a 20. He hecho de todo: meterle el diente a tareas amplias y abiertas que no se terminan nunca, poner y corregir exámenes, cosas muy concretas como una llamada de teléfono. El trabajo no se termina nunca, y trabajar 8 horas al día no sirve para avanzar, que incluiría también hacer regularmente tareas más imaginativas que las del libro. Puedo hacerlas, pero muy de vez en cuando. De todas maneras, el trello es una ayuda magnífica, unque lo use poco.

3. Me paso la vida riñendo y creo que no soy la única. Dar clase en primero y a veces en segundo supone pasar más tiempo poniendo orden (en todos los sentidos, no solo la disciplina sino recordando, por ejemplo, qué día hay que entregar algo) que enseñando la materia.

4. El nivel de estrés es muy alto, para los profesores y para los alumnos. En los profesores se traduce en problemas de salud, que das clase peor, que riñes más y que no te concentras ni en el instituto ni en casa: hace dos años, con niños más mayores y más tranquilos, hacía más horas en casa. En los alumnos, en problemas de salud del tipo de ataques de nervios y dolores leves de cabeza o de barriga, en el ruido que hacen todo el día, y en peleas a las que ellos rara vez dan importancia. No sé qué habría que hacer para reducir el estrés aparte de aumentar los descansos y reducir las horas de clase.

5. Trabajar en un instituto pequeño (320 alumnos, 30 profesores, 4 grupos en 1º) y pasar la mayor cantidad posible de horas en el centro facilita la comunicación con otros profesores más que las reuniones regladas, porque en esas hay un orden del día que hay que seguir y consisten más bien en que alguien superior te transmite información. Poder tomarte un café o cruzarte en un cambio de clases con el tutor de ese niño que da problemas o con la Jefa de Estudios es lo que puede salvar un curso.

6. Otra cosa que puede salvar un curso es la atención personalizada. No es tan importante si tienes clases grandes o pequeñas (a 20 alumnos tampoco les das atención personalizada) como que tengas tiempo de llevar un registro de su trabajo y sus circunstancias, conocerlos, hablar con ellos en privado, hablar con sus familias y comunicarles si trabajan o no, hablar con los otros profesores del mismo niño, prepararles tareas aparte si es necesario, etc. Para mí la diferencia entre un grupo de 28 o un grupo de 20 no está en la clase en sí, sino en si al final tengo que echar cuentas de 130 niños o de 90. Ahí sí hay una diferencia, y estas tres semanas he observado un cambio de actitud grande en algunos alumnos/as que han recibido la clase de atención a la que me refiero. Eso sí, no es una fórmula mágica.

7. Doy clase con un método muy tradicional, pero cualquier pequeña ruptura con la monotonía, como una canción (que también es método tradicional), se percibe como la cumbre de lo innovador. Es como una boda por la iglesia, con todos sus perejiles, en la que la novia lleve un vestido rosa: dentro de una maquinaria que siempre hace lo mismo de la misma manera, los cambios más pequeños se notan muchísimo.

8. La clave de una clase de idiomas es usarlo. Todo lo demás son trucos de magia para que el alumnado no se aburra ni desmotive.

9. No me considero mala profesora, ni tampoco muy buena, pero no me veo puntos fuertes. Mis puntos más débiles son enseñar a hablar y a leer. El seguimiento de los 21 días me ha hecho mucho más organizada.

10. Hasta ahora me había parecido que las quejas del tipo “pasamos más tiempo haciendo papeleos y burocracia que dando clase” eran un poco exageradas. Ya no me lo parecen.

21 días, día 20. Repesca.

Tengo náuseas desde anoche y no se me han pasado por la mañana. Antes de empezar, me paso un momento por la biblioteca pública para entregar el listado de alumnos que van a ir a sacarse el carnet.

Llego al instituto y hablo con una profesora de dos alumnos con problemas que compartimos en dos clases; me viene bien conocer su punto de vista (y si alguien trabaja con una de las dos sí y con la otra no). Hablo con la profesora de “apoyo”, de lo mismo. Mi jefe de departamento me consulta si resolví dos cuestiones cuando la jefa era yo, el año pasado.

Imprimo y fotocopio las letras de canciones que voy a usar en clase, y planeo qué voy a hacer en tutoría.

Entre unas cosas y otras, vomito el desayuno. Estoy mareada pero ya no tengo tanta fatiga. Me planteo irme a casa pero no sé que es peor, si poner patas arriba mis planes de hoy e irme a hacer cola a urgencias a por un justificante, o esperar a que se me pase, que los viernes son cortitos. El problema es, sobre todo, que lo que no haga hoy lo tendré que hacer el lunes o dejarlo sin hacer.

Primero. Vamos a la biblioteca porque quiero proyectar algunas fotos, escuchar una canción y quizá enseñar alguna página web si hay tiempo, y en su aula el ordenador se rompió hace un par de semanas. Vienen rápidos y en orden. Cuesta mucho empezar la actividad, pero cuando pongo la canción (Tom’s Diner) se quedan muy callados. Nunca han oído nada igual, lo sé. Algunos no apuntan nada, ni una palabra nueva de vocabulario, en toda la hora. Una niña se enfada muchísimo cuando le digo que deje de distraer al la compañera, y más tarde se niega a leer en voz alta. Pero en conjunto es de los días que mejor se han portado y más atentos han estado.

Recreo. Lo tengo libre, pero como no me apetece café me quedo en la sala de profesores. No tengo ganas de nada y se me pasa volando.

Segundo. Hoy es el único día que podemos dedicar a lectura porque los lunes y los jueves pregunto verbos, y los textos de lectura cogen la hora entera. El de hoy va de las diferencias entre ser un niño ahora y hace 30 años. Les cuento cómo era el sistema educativo antes; les digo que antes había “octavo de Primaria” y que la educación obligatoria se acaaba a los catorce. Dos repetidores dicen muchas veces que eso sería mucho mejor porque así podrían irse a trabajar al campo. Cuesta que se centren, pero cuando por fin lo consigo entienden el texto más o menos bien.

Primero. Este grupo había olvidado que la clase era en la biblioteca. Ay. Tardamos quince minutos en estar instalados y empezar. Mientras tanto, un chico está muy alterado, hasta agresivo, porque gente de cuarto les ha bloqueado el paso cuando iban de una optativa a su aula principal. No pasa a menudo, ni siquiera todos los años, pero si los alumnos de cuarto le hacen algo a los de primero, es eso: cortar el pasillo. Nunca había visto a uno de los chiquitos tan enfadado; ninguno de sus amigos está como él. Intento que se tranquilice pero le dura toda la hora.

Aquí Tom’s Diner no tiene el mismo éxito. Gusta, pero hay por lo menos tres corrillos de gente hablando y no los puedo separar bien porque estamos faltos de mesas. Dos niños que suelen ser muy buenos se pelean, no sé si en broma, y hay que separarlos por lo menos tres veces. No da tiempo de corregir.

Tutoría. Lo primero, como siempre, es que media clase no quiere sentarse donde les he puesto. Cedo en unos casos sí y en otros no. No hay nada urgente ni obligatorio previsto, así que dedico un buen rato a hacer una relajación como la de las clases de yoga. Como meto ideas nuevas, no se callan, pero al final sale. Luego les leo lo que dice Beppo en Momo sobre cómo barrer una calle entera, diciendo que es un libro sobre una niña que combate a unos vampiros del tiempo de los demás. Mi resumen les suena a In Time, la película. Está calladísimos mientras escenifico ese monólogo, y al final alguno aplaude en broma. Aprovecho para repasar mi particular versión de “cómo priorizar tareas” apta para las agendas apretadas de 2º de ESO. En los últimos 20 minutos vemos el principio de Vida de Pi. Luego pienso que debería haber pensado en decorar la clase. Vuelvo a casa agotada, con el cerebro frito.

En casa, me dedico a corregir cuadernillos de pendientes. Los alumnos con una o dos materias suspensas de cursos anteriores pueden pasar al curso siguiente, pero las tienen que recuperar. Esto también afecta a los alumnos que han pasado curso automáticamente, porque no se puede “trepetir”. Es decir, un alumno que por ejemplo haya repetido 1º, y en septiembre le hayan quedado cuatro, pasa a segundo con esas cuatro pendientes, y repetirá segundo si no las aprueba. Inglés 1 e Inglés 2 son dos materias diferentes a este respecto, ojo. Eso sí: se suele aplicar la regla de que aprobar la asignatura mayor convalidaría la menor. Desde hace alrededor de diez años, a cada alumno con asignaturas pendientes hay que hacerle un seguimiento que significa que no se lo juegan todo a un examen de recuperación en primavera. A veces hay que entregar un cuadernillo de tareas en febrero y hacer un examen en mayo, a veces hay dos cuadernillos, o dos exámenes. Es algo que decide cada departamento.

Lo habitual es que los alumnos se descuelguen e intenten, como mucho, hacer el examen de mayo o el de septiembre. Este año, como tengo muchos alumnos que arrastran la asignatura y el idioma tiene la ventaja de que se recicla, cada vez que pongo deberes en segundo y en tercero me detengo en recordar a qué tema de cursos inferiores corresponde el que estamos dando. Así, el tema 2 de tercero es el 3 de sgundo y los 7 y 8 de primero. Redondeando, de mis 70 alumnos que no son de primero, 20 tienen inglés arrastrando y 5 me han entregado a tiempo el cuadernillo de febrero. Puede que la semana que viene recoja alguno fuera de fecha. Corrijo tres, los demás me los he dejado en el trabajo. Están bastante bien, pero incompletos.

Horas lectivas: 4
Horas no lectivas: ninguna.
Horas reales trabajadas: 7:30.
Tareas pendientes: alrededor de 20.

Mañana no habrá 21 días. Pondré unas conclusiones el domingo o el lunes.

 

21 días, día 19. Papeles y cartelitos.

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Me gustan los jueves porque me dejan bastante tiempo para hacer cosas en el trabajo, son bastante relajados, como los martes. Dos horas de clase, dos de permanencia, dos clases. Mi grupo de las 2 suele portarse mejor de lo esperable a esas horas.

Primero. Casi nadie ha hecho los deberes, así que dejo la corrección para el lunes. Pregunta alguien que si para mañana. No, repito una vez más. Del lunes al jueves, y del jueves al lunes. Un niño de los que han hecho la tarea pregunta si ha hecho bien un ejercicio y observo por sus errores que no se ha leído las instrucciones de ninguno. Dedico un rato a demostrar que no se puede hacer un ejercicio sin leer las instrucciones y que no es lo mismo “no entiendo el enunciado” que “no sé qué tengo que hacer” poniendo el ejemplo de hacer el pino: no es lo mismo entender la instrucción que saber hacerlo. Añado una tarea: construir frases sueltas siguiendo un pequeño modelo que les doy.  Pongo en la pizarra una estructura abstracta, y dos ejemplos que construimos paso a paso, y finalmente palabras sueltas de vocabulario como modelos para la tarea de los que hacen trabajo más fácil. Sí, prefiero la deducción a la inducción cuando doy instrucciones, soy muy antigua para eso.

Nos queda media hora. Estoy entre hacer ejercicios de presente continuo pero llevo demasiado rato hablando de grámatica y deberes así que paso a ver un vocabulario de preposiciones de lugar. Hago dibujos horribles en la pizarra. Explico y pongo ejemplos en dos idiomas pero no da tiempo a hacer ejercicios. Me doy cuenta un poco tarde de que hay un par de personas que no están copiando nada porque están mirando las musarañas. Castigo a venir a completar en el recreo; creo que es la primera vez en mi vida.

Tercero. Los deberes son comprobar que han repasado la lista de los verbos. Les doy una lista que incluye lo que tienen que hacer cada día, con fechas y todo. Repasar verbos irregulares van a ser los únicos deberes previstos para este trimestre, o casi. Hacemos ejercicios de comparativo y vemos un vocabulario que cierra la teoría de la unidad. Hacer esta crónica me permite comprobar que el alumno más tímido lee muchísimo mejor ahora. Insisto en que solo queda practicar y que si faltan la semana que viene por los carnavales no moveré la fecha del examen. Me aseguran que vendrán como mínimo el lunes, que será cuando escuchemos Hotel California.

La siguiente hora está oficialmente reservada a asuntos de tutoría. Hago una llamada de teléfono a una madre preocupada y me doy media hora de descanso para tomar un café y pensar en mis cosas. En los minutos que quedan, ordeno papeles y fotocopio un examen “plan B” para alumnos que estaban enfermos el día que lo puse.

Me voy a la biblioteca. Echo hora y media entre el recreo y la hora siguiente, en la que estoy libre. Es muy poco frecuente tener un hueco que no se ocupe con una tarea administrativa; es consecuencia de problemas que hubo al principio del curso para cuadrar el horario de tres o cuatro profesores. Durante el recreo, viene el niño castigado a enseñarme que ha copiado los apuntes de alguien en un intercambio y le dejo irse. El niño que se llevó el cómic de Aliens lo devuelve y le recomiendo otro; lo hojea y estudia a la vez, y al final le encanta y se lo lleva. Vienen un par de niños de los que solo quieren dar guerra y se sientan justo al lado de los que trabajan. Me erizo como un gato, pero me callo. Uno de ellos se lleva un manga.

Cuando acaba el recreo, me avisan de que la madre de un alumno ha venido a verme. Acompaña a un chico expulsado que le ha dicho que tiene que hacer un examen; es el examen “plan B”. Los expulsados tienen la obligación de venir si tienen un examen,  pero no lo hacen en su aula, sino un una sala separada. Yo me llevo a este muchacho con los demás que tienen el plan B y nadie da problemas. Les pongo su examen, Y lo hacen mientras yo sigo con mis papeles.

Tengo dos métodos de trabajo: empezar por lo más urgente o ir procesando papeles según los saco del bolso tanto si son urgentes o importantes como si no. Hoy es día del segundo. No paso las faltas de asistencia al programa informático porque la conexión de la biblioteca va muy lenta hoy, así que me pongo a hacer cartelitos con unos folios que imprimí en casa. La decoración de la biblioteca es una de mis asignaturas pendientes porque soy muy cutre, muy torpe, nada dotada para la decoración ni para nada que sea visual. Los intentos de cartelería del alumnado ayudante no suelen acabarse, más que nada porque cada niño viene una vez cada quince días, y ¿qué da tiempo a hacer en un recreo? No continúan el trabajo del niño de ayer, sino que hacen el suyo propio. En fin. Es mejor tener carteles cutres que ninguno, y he empezado a imprimir en casa. Cojo los folios impresos, los pego sobre cartulina y los voy colocando. Un solo cartel es decorativo y los demás son informativos. Al principio de llevar la biblioteca le dedicaba muchísimo tiempo, pero ahora descuido todo lo que no sea puro servicio de préstamo.

La hora termina sin que me dé tiempo a nada más. El expulsado se va con su madre, los demás a su clase. Me cruzo con un tutor que me dice que una niña enferma va a estar mucho tiempo sin venir, que solo podrá asistir a los exámenes y que si puedo hacerle unas fichitas de trabajo o un guión de qué vamos a ver en clase este mes.

Segundo. Primero verbos irregulares con la misma fotocopia que en tercero, luego un vocabulario relacionado con la biografía de un famoso (nacer, estudiar, trabajar, grabar un disco, casarse, divorciarse, morir) y por último pasar de ese ejercicio a “cómo contarme la biografía de tu cantante favorito sin que te ponga un cero por copiar o traducir cachos enteros de wikipedia”. Para esta tercera parte de una clase tan densa, les doy algunas instrucciones generales como “no pongas en tus trabajos nada que no comprendas”, y hacemos entre todos el guión de una biografía de David Bowie a partir de lo que dice la wikipedia. Tengo que reñir mucho, porque es la temida quinta hora y están revoltosos y cansados. Amenazo con poner partes y consigo que terminemos. Un chico que apenas trabaja y se pasa la clase distrayendo a quien tenga alrededor se fija en que los datos clave están en forma de “ficha de datos” en el lateral y que la redacción podría consistir en fijarse solo en esos datos, sin duda un método más sencillo que extraer los datos de la entrada. Al final creo que lo han entendido, pero

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La clase siguiente se parece mucho a la que acabo de tener, con dos pequeñas diferencias: las peleas por ir al baño y que la amenaza no es con poner partes sino con que si no termino de explicar hoy no terminaré de dar instrucciones sobre cómo hacer la redacción y se tendrán que apañar solos. Casi funciona.

Al salir hablo un momento con la otra profesora que da clases en primero. Yo voy retrasada respecto a su planificación, cosa de una o dos semanas.

Por la tarde, comparo el excel con las notitas a mano para apuntar quién ha hecho los deberes y quién tiene negativos de conducta. Uso la aplicación online para avisar a los padres de quienes llevan dos semanas seguidas sin traer deberes. Preparo lo que necesito para la sesión de Hotel California del lunes: busco por internet tres fichas de trabajo ya hechas, me quedo con la mejor y le añado más ejercicios. Y finalmente, repaso en la agenda cuáles son las cosas más urgentes que tengo que hacer mañana por la mañana.

Horas lectivas: 4.
Horas no lectivas: 1:30.
Horas reales trabajadas: 8.
Tareas pendientes: 25 (misma cantidad que el domingo, aunque sean tareas diferentes).

21 días, día 18. A rastras.

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Empiezo el día muerta de sueño. Todo lo hago tarde y mal y acabo por ir a trabajar en coche, una medida de días extremos.

Tercero. Acabo con la teoría del tema: toca ver el uso de “too” y “enough”. No contestan claro cuando les pregunto si les suena, y corto en seco una perorata sobre los males y penurias de la clase de inglés de años anteriores. La culpa de todo siempre es de quien impartió clase el año pasado…. en fin. Empiezo repasando cuándo decimos very, much, y many, porque un error común es querer usar very para todo. Les hago muchas preguntas y voy llenando la pizarra con lo que ellos dicen, ordenado en un esquema.

A continuación, paso del ejemplo del libro, que es muy soso. Les hago entender “too big” y “big enough” preguntando su número de pie. Escribo tres nombres de voluntarios, sus números de pie y dibujo (fatal) tres zapatones. Les digo, siempre en inglés, que hay un par de deportivas chulísimas del 40. “Demasiado grandes para ti, demasiado pequeñas para ti, lo bastante grandes para ti”. Muchas bromas sobre el chico alto que calza un 46. Parece que lo han entendido. Pongo ejemplos con nombres y verbos: “tengo demasiados deberes, trabajo demasiado”. Intentan despistarme y que no hagamos ningún ejercicio haciéndome preguntas sobre temas de actualidad. Contesto una o dos y hacemos un ejercicio del libro. Lo han entendido. Bien.

Primero. Toca devolver el examen que corregí ayer. Les digo la nota media de la clase, la cantidad de suspensos, e intento dar ánimos a los que no trabajan nada. Los suspensos más bajos rondan el 3.

Tenemos una interrupción maravillosa: viene el técnico a arreglar la pizarra digital. No estaba rota: un empujón había descolgado el enchufe. Mientras, copian la cabecera de su examen, similar a la foto que veis ahí arriba. Quiero que se acuerden de una vez para otra en qué sección del examen flojean. Ha pasado mucho rato; llevamos cuarenta minutos de clase cuando por fin nos ponemos a otra tarea: corregir deberes. Me preguntan la hora y si vamos a cantar hoy cada dos o tres minutos y todas las veces digo que cantaremos si terminamos con los deberes. La canción es Wonderful World de Sam Cooke, y qué va, hablan demasiado, corregimos despacio y al final nos sobra un minuto, insuficiente para poner la canción. Veo que un niño tiene la partitura de Moon River, que han tocado a la flauta en Música.

Recreo. La biblioteca está muy tranquila. Relleno información sobre alumnos para que sus tutores se la pasen a los padres, además de llevar el préstamo, como siempre.

Reunión de tutores con orientación. La orientadora, como ha hecho otras veces, solo nos da unas líneas generales sobre qué hacer esta semana y las próximas, y dice que nos pasarán información por la plataforma online. Es algo que me interesa y desconozco: el servicio de mediación que lleva solo un año montado. La directora viene a comunicar algo más lúdico: venta de claveles en San Valentín a beneficio de la excursión de 4º de ESO. Al sobrar tiempo, me dedico a un par de papeleos: poner tareas a un alumno expulsado, hablar con la tutora de un niño que da problemas, y pedirle al administrativo un listado de los alumnos de primero para que les hagan el carnet en la biblioteca pública. Mi jefe de departamento me pide que repasemos la película que dedicamos anualmente a cuestiones de género, porque el capítulo de Buffy que he utilizado varios años en 4º no encaja con su nueva programación ni con las necesidades de los alumnos.

Otra vez a primero. Todos los grupos están muy revoltosos a quinta hora (a sexta lo que están es cansados). Vamos a trabajar el mismo texto que el otro grupo leyó ayer. Empezamos tarde, porque no se sientan y se callan y estoy vigilando no gritar. Aparte de que esté mal, me duele demasiado la garganta. A media clase entran dos que se han peleado y estaban en el pasillo con un profesor, y una tercera persona que más que de mediadora, estaba consolando a la parte ofendida. Todo el mundo está mucho más pendiente de los peleados que de lo que tienen que hacer. La clase también se interrumpe constantemente por el turno de pedir permiso para ir al baño. Sí, en serio. Solo pueden ir de uno en uno, y quieren ir casi todos. Además quieren que yo gestione el turno, es decir, que recuerde o apunte a quién le toca ir después de quién. La única manera de que una clase a quinta hora o justo antes del recreo no se convierta en una pelea constante por el permiso para ir al baño es prohibir hablar del tema: cada vez que alguien entra en el aula, se disparan al techo seis manitas y yo señalo una al azar. Y esa persona sale, y nadie protesta ni pregunta. A cambio, salen todos los que lo piden (hay quien no deja salir a nadie, o solo a 3-4 personas por hora). ¿Querías leer sobre innovación educativa? Lo siento, algunas horas a veces son así, y cuando 350 personas conviven en un espacio estrecho, estas cuestiones llevan mucho tiempo.

Extraemos vocabulario del texto, pero no da tiempo a contestar ninguna de las preguntas de comprensión porque se distraen demasiado. No sé si dar el texto por liquidado; una hora por textito debería ser suficiente para entenderlo, lo que importa es trabajar en entenderlo tanto si contestas las preguntas como si no.

Por la tarde  me centro en una de las tareas que quería hacer. Los dos grupos de primero van a usar Tom’s Diner para trabajar el presente continuo y ya tenía preparada una ficha de trabajo que suelo usar en tercero, con tres actividades. La tercera no siempre sale bien en tercero, así que la sustituyo por otra que me invento, más fácil. Esa canción es una mina de eterno bien, bondad, y niños que cantan en inglés. A ver qué tal lo hacemos el viernes.

Horas lectivas: 4.
Horas no lectivas: 1:30.
Horas totales trabajadas: 6.

21 días, día 17. Biblioteca y copieteo.

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Los martes empiezo a las 11.30 y los dos anteriores llegué al trabajo muy temprano. Hoy me lo tomo con más calma. Empiezo por ir a la biblioteca pública, que no está muy retirada de mi camino al instituto, a concretar una fecha para que los grupos de primero vayan a sacarse el carnet. Es casi la única actividad estraescolar que organizo, ya sea de inglés o de biblioteca. Por el camino también me cruzo con el padre de un ex-alumno, que me pregunta amablemente: “¿sigues aquí?”. De los profesores que no somos del pueblo se espera que juntemos puntitos para el concurso de traslado y huyamos lo antes posible. No es hostilidad en absoluto, es a lo que están acostumbrados.

Una vez en el instituto, corrijo trabajos sobre los animales. Algunos son bonitos; me decepciona que algunos se han limitado a copiar un párrafo de wikipedia. Hago algún otro papeleo menor, y me voy a abrir la biblioteca. Hoy tenemos un recreo tranquilo, así que por primera vez en ni se sabe el tiempo, añado aplicaciones pedagógicas al catálogo. Estoy consiste en etiquetar los libros en el programa informático si me parece que pueden ser útiles a alguna asignatura. Empecé el año pasado, solo he repasado la cuarta parte de los libros, y Plástica ha sido la primera materia que ha utilizado mi información para recomendar lecturas optativas. También saco un pdf de la lista de retrasos en la devolución y mando un mail interno a ver si algún profesor sabe algo porque hay libros que no están registrados.

En la hora siguiente, un hueco, hago un horario de los verbos que voy a preguntar en empiezo a corregir exámenes de un grupo de primero, pero me interrumpe una reunión improvisada sobre un conflicto que afecta a un grupo entero. Doy mi versión, recojo la biblioteca, y a clase.

En primero, reparto los trabajos corregidos, explico otra vez (la tercera o cuarta) qué es un plagio y porqué uno de los trabajos lo devuelvo sin nota, y pasamos a hacer una lectura del libro que recuerdo que ha funcionado bien otros años. Sirve para introducir muchísimo vocabulario útil y a otras clases de años anteriores les gustó. El problema es que ahora quieren trabajar en español y algunos están muy nerviosos, haciendo bromas y distrayendo a quienes sí quieren trabajar.

En tercero, ejercicios a partir de la teoría de ayer. Un conflicto con alguien que se niega a leer en voz alta, a mirarme a la cara, a contestarme cuando le hablo, se deja sin resolver y con un cero en expresión oral. Para que la clase sea menos pesada, dedicamos los últimos diez minutos a ver cómo funciona Freerice y qué secciones son más útiles para ellos.

En casa, corrijo un examen de primero. Los resultados, igual que en la otra clase que corregí el fin de semana, mejoran el examen del tema 2. Tienen errores típicos de quien está interiorizando conceptos nuevos y no hay exámenes en blanco. Estoy muy contenta.

Horas lectivas: 2.
Horas no lectivas: 1:30.
Horas totales trabajadas: 6.

21 días, día 16. Movimiento perpetuo.

Los lunes, como ya he dicho, son muy duros, pero este me lo he tomado con cierta tranquilidad.

Tercero. Faltan muchos, y los que han venido no han hecho los deberes (una autoevaluación de verbos irregulares). Hoy toca algo un poco pesado y aburrido: ver toda seguida del tirón la gramática del tema en el que estamos, el comparativo. El libro apenas incluye ejemplos, así que uso la ropa que llevan puesta. Cuadro la clase con el timbre y me voy a….

segundo. Seguimos con los verbos, y después teoría. Nada muy significativo. Llego tarde a….

primero. Hay un corrillo de niñas en la puerta porque alguien ha tirado una bomba fétida. Conseguir que se callen, que saquen el libro y el cuaderno, y que se enteren de cuáles son los deberes para el jueves nos lleva más de un cuarto de hora. Pasamos el resto del tiempo haciendo dos (uno y dos y ni uno más) ejercicios de gramática bastante tradicionales. En uno de ellos hay que adivinar en qué ciudades o países están una serie de personas: en el Big Ben, el Louvre, y así. Les explico en inglés qué es el Louvre y en español qué tiene de especial Venecia. Sobre Venecia me hacen muchas preguntas. Les digo que si siguen así nos quedamos sin recreo porque quiero acabar el segundo ejercicio. Una niña pasa casi toda la clase con un ataque de ansiedad (ojos llorosos, cara descompuesta y temblores) pero prefiere quedarse en el aula. Por los pasillos un tutor me pregunta algo sobre un niño; yo le pido algo a un profsor de mi tutoría. Llego tarde a

la biblioteca en el recreo. Me como un yogur en la puerta, compruebo que todos los libros que están en préstamo faltan de la estantería (a veces alguien los guarda sin devolverlos en el programa informático) y veo una noticia del Guardian que podría ser un ejercicio para tercero: un ancianito chino, modelo de ropa diseñada por su nieto. Amenazo con echar a un cuarteto maravilla que ha venido a charlar. Mis asistentes se han olvidado de que les tocaba. Cuando toca, parece que el ruido vaya a echar el instituto abajo. Espero a que pase la estampida antes de entrar en…

segundo. Está aquí un alumno que se ha pasado meses sin venir. Le gusta hacer bromas cuando los demás se equivocan y caminar en la cuerda floja entre hacerse el gracioso y faltar al respeto al profesor. Me dice si venir a cuento que me ve un poco alterada. Sé que cree que si me dice que debo tranquilizarme, me molestará. Le digo “tú no me has visto a mí alterada, ni falta que hace”. La clase se ríe y yo sigo a lo mío. Revisamos otro grupito de verbos y hacemos ejercicios. Más tarde, el mismo niño me pregunta en qué idioma leo habitualmente, y le digo que depende del libro. La manera de corregir es que tienen que leer una frase entera toda seguida, sin pausas y sin palabras en español, y si se equivcan no importa. Un chico dice que él no va a leer en inglés, que no y que no y que eso es lo que hay. No es timidez, es cabezonería. Quiero obligarlo (siempre lo consigo y al final normalizo la lectura) pero toca el timbre y se libra. Yo voy a mi última clase con…

primero. Me encuentro a un niño que no levanta metro y medio del suelo haciendo el saludo nazi. En esta clase pasa mucho. Les cuento así por encima alguna cosa que hicieron los nazis. Han visto El Niño del Pijama de Rayas, una película que detesto, pero no la critico, sino que expando a partir de lo que saben. Algunas ideas (la invasión de países de origen de compañeros de clase, el exterminio de los discapacitados, el destino de los niños en los campos de concentración) provocan caras de horror. Matar judíos no les impresiona, y la película del pijama de rayas al parecer tampoco. Pasamos de aquí a hacer ejercicios gramaticales. Doy las instrucciones unas cinco veces por ejercicio, y repito una y mil veces cómo se forma el presente continuo. Alrededor de una cuarta parte de la clase no trabaja. Hablamos de planes para el carnaval. Es posible que la semana que viene se la cojan de vacaciones por la cara.

Y así termina la mañana. Me marcho rápidamente porque por la tarde tengo que volver.

Tengo dos familias citadas; vienen una pareja y luego una madre sola. En el primer caso, no soy la tutora pero los padres están preocupados por una hija muy estudiosa pero de bajo rendimiento. Les doy un poco de guía sobre cómo organizo las tareas y los deberes y dónde debe insistir más al estudiar. La segunda es una entrevista bastante rutinaria. Me quedo luego un ratito, pasando notas sueltas a ordenador y llamando por teléfono a padres de niños que no hacen los deberes.

En casa, hago algunas cosas mecánicas como subir a la web del instituto un solucionario para 2º, y algo relajado que llevaba mucho posponiendo: seleccionar algunas fotos de la biblioteca para la pantalla informativa de la entrada, y diseñar un par de cartelitos porque tengo la biblioteca pelona. Los imprimo en casa, porque no sé si se puede imprimir a color en el trabajo. Si hay una impresora a color, yo no tengo acceso a ella.

Ha sido de lo mejor que puede ser un lunes.

Horas lectivas: 5.
Horas no lectivas: 1.30.
Horas reales trabajadas: 7.30