21 días, día 20. Repesca.

Tengo náuseas desde anoche y no se me han pasado por la mañana. Antes de empezar, me paso un momento por la biblioteca pública para entregar el listado de alumnos que van a ir a sacarse el carnet.

Llego al instituto y hablo con una profesora de dos alumnos con problemas que compartimos en dos clases; me viene bien conocer su punto de vista (y si alguien trabaja con una de las dos sí y con la otra no). Hablo con la profesora de “apoyo”, de lo mismo. Mi jefe de departamento me consulta si resolví dos cuestiones cuando la jefa era yo, el año pasado.

Imprimo y fotocopio las letras de canciones que voy a usar en clase, y planeo qué voy a hacer en tutoría.

Entre unas cosas y otras, vomito el desayuno. Estoy mareada pero ya no tengo tanta fatiga. Me planteo irme a casa pero no sé que es peor, si poner patas arriba mis planes de hoy e irme a hacer cola a urgencias a por un justificante, o esperar a que se me pase, que los viernes son cortitos. El problema es, sobre todo, que lo que no haga hoy lo tendré que hacer el lunes o dejarlo sin hacer.

Primero. Vamos a la biblioteca porque quiero proyectar algunas fotos, escuchar una canción y quizá enseñar alguna página web si hay tiempo, y en su aula el ordenador se rompió hace un par de semanas. Vienen rápidos y en orden. Cuesta mucho empezar la actividad, pero cuando pongo la canción (Tom’s Diner) se quedan muy callados. Nunca han oído nada igual, lo sé. Algunos no apuntan nada, ni una palabra nueva de vocabulario, en toda la hora. Una niña se enfada muchísimo cuando le digo que deje de distraer al la compañera, y más tarde se niega a leer en voz alta. Pero en conjunto es de los días que mejor se han portado y más atentos han estado.

Recreo. Lo tengo libre, pero como no me apetece café me quedo en la sala de profesores. No tengo ganas de nada y se me pasa volando.

Segundo. Hoy es el único día que podemos dedicar a lectura porque los lunes y los jueves pregunto verbos, y los textos de lectura cogen la hora entera. El de hoy va de las diferencias entre ser un niño ahora y hace 30 años. Les cuento cómo era el sistema educativo antes; les digo que antes había “octavo de Primaria” y que la educación obligatoria se acaaba a los catorce. Dos repetidores dicen muchas veces que eso sería mucho mejor porque así podrían irse a trabajar al campo. Cuesta que se centren, pero cuando por fin lo consigo entienden el texto más o menos bien.

Primero. Este grupo había olvidado que la clase era en la biblioteca. Ay. Tardamos quince minutos en estar instalados y empezar. Mientras tanto, un chico está muy alterado, hasta agresivo, porque gente de cuarto les ha bloqueado el paso cuando iban de una optativa a su aula principal. No pasa a menudo, ni siquiera todos los años, pero si los alumnos de cuarto le hacen algo a los de primero, es eso: cortar el pasillo. Nunca había visto a uno de los chiquitos tan enfadado; ninguno de sus amigos está como él. Intento que se tranquilice pero le dura toda la hora.

Aquí Tom’s Diner no tiene el mismo éxito. Gusta, pero hay por lo menos tres corrillos de gente hablando y no los puedo separar bien porque estamos faltos de mesas. Dos niños que suelen ser muy buenos se pelean, no sé si en broma, y hay que separarlos por lo menos tres veces. No da tiempo de corregir.

Tutoría. Lo primero, como siempre, es que media clase no quiere sentarse donde les he puesto. Cedo en unos casos sí y en otros no. No hay nada urgente ni obligatorio previsto, así que dedico un buen rato a hacer una relajación como la de las clases de yoga. Como meto ideas nuevas, no se callan, pero al final sale. Luego les leo lo que dice Beppo en Momo sobre cómo barrer una calle entera, diciendo que es un libro sobre una niña que combate a unos vampiros del tiempo de los demás. Mi resumen les suena a In Time, la película. Está calladísimos mientras escenifico ese monólogo, y al final alguno aplaude en broma. Aprovecho para repasar mi particular versión de “cómo priorizar tareas” apta para las agendas apretadas de 2º de ESO. En los últimos 20 minutos vemos el principio de Vida de Pi. Luego pienso que debería haber pensado en decorar la clase. Vuelvo a casa agotada, con el cerebro frito.

En casa, me dedico a corregir cuadernillos de pendientes. Los alumnos con una o dos materias suspensas de cursos anteriores pueden pasar al curso siguiente, pero las tienen que recuperar. Esto también afecta a los alumnos que han pasado curso automáticamente, porque no se puede “trepetir”. Es decir, un alumno que por ejemplo haya repetido 1º, y en septiembre le hayan quedado cuatro, pasa a segundo con esas cuatro pendientes, y repetirá segundo si no las aprueba. Inglés 1 e Inglés 2 son dos materias diferentes a este respecto, ojo. Eso sí: se suele aplicar la regla de que aprobar la asignatura mayor convalidaría la menor. Desde hace alrededor de diez años, a cada alumno con asignaturas pendientes hay que hacerle un seguimiento que significa que no se lo juegan todo a un examen de recuperación en primavera. A veces hay que entregar un cuadernillo de tareas en febrero y hacer un examen en mayo, a veces hay dos cuadernillos, o dos exámenes. Es algo que decide cada departamento.

Lo habitual es que los alumnos se descuelguen e intenten, como mucho, hacer el examen de mayo o el de septiembre. Este año, como tengo muchos alumnos que arrastran la asignatura y el idioma tiene la ventaja de que se recicla, cada vez que pongo deberes en segundo y en tercero me detengo en recordar a qué tema de cursos inferiores corresponde el que estamos dando. Así, el tema 2 de tercero es el 3 de sgundo y los 7 y 8 de primero. Redondeando, de mis 70 alumnos que no son de primero, 20 tienen inglés arrastrando y 5 me han entregado a tiempo el cuadernillo de febrero. Puede que la semana que viene recoja alguno fuera de fecha. Corrijo tres, los demás me los he dejado en el trabajo. Están bastante bien, pero incompletos.

Horas lectivas: 4
Horas no lectivas: ninguna.
Horas reales trabajadas: 7:30.
Tareas pendientes: alrededor de 20.

Mañana no habrá 21 días. Pondré unas conclusiones el domingo o el lunes.

 

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