Archivos mensuales: Julio 2016

El debate como herramienta educativa.

Este post puede entenderse como la segunda parte de este otro sobre la confusión adolescente entre opinión e información.

Hay una técnica de uso frecuente en el ámbito escolar, dentro del aprendizaje inductivo, que es el “debate”. Su dinámica se mueve en unas líneas básicas bastante constantes, da igual de qué estemos hablando. Pueden ser temas vistos en clase, en los que necesitas bastante información y es fácil equivocarte, como por ejemplo “cómo arreglaríamos el cambio climático”. También se puede tratar de cuestiones morales en una clase del tipo de Ética, o cuestiones que sí son pura opinión y no hay error posible como la organización de la clase, o dónde queremos irnos de excursión. Algunas características del debate en clase son que los alumnos tienden a dirigirse todos hacia el profesor, y tienen dificultad en escuchar a sus compañeros. También se asume que todo el mundo tiene derecho a hablar, da igual si está informado o no, y que todas las opiniones son válidas, o casi. Si la actividad es evaluable, no se evalúa el contenido de lo que se está diciendo, sino hacer el esfuerzo de intervenir o como mucho, que esa intervención sea articulada, coherente y respetuosa.

El “debate” escolar no tiene como propósito, en mi opinión, que el alumno que está argumentando “pena de muerte sí o no” o “Cómo solucionar el cambio climático” aprenda algo nuevo para él sobre dichos temas. Son una consecuencia inevitable y a menudo positiva de un sistema pedagógico más abierto e interactivo. Hay momentos, particularmente al principio o al final de un tema, en los que preguntar a la clase qué saben o qué opinan es útil y necesario. En una pregunta abierta como “Qué harías tú si fueras Lázaro de Tormes”, tienes que estar como mínimo situado en el contexto del tema que tratamos para saber qué decir. Finalmente, la expresión oral forma parte de los contenidos evaluables. Esto penaliza la timidez, pero hay que hablar de algo, lo que sea, para trabajar técnicas de expresión oral. Hablar alto y claro, respetar el turno… este tipo de cosas.

El problema es que hay gente que termina la Secundaria con un par de ideas erróneas. La primera, que “tengo derecho a dar mi opinión” significa “tengo derecho a opinar sobre cualquier cosa, porque todas las opiniones son válidas si se expresan con educación”. La segunda es “el debate es una herramienta educativa eficaz fuera del aula”.

Vayamos a por la primera. “Todas las opiniones son válidas”. Pues mira, no. Primero, hay opiniones que son un error respecto a los datos. “No hay cambio climático”, “la Tierra es plana”, o “las mujeres se han incorporado recientemente al mercado laboral” son falsas, enteramente falsas sin matices. Hay opiniones que van en contra de los derechos humanos o que son inmorales; por ejemplo, la pena de muerte o pegar a los niños. Hay opiniones basadas en falacias. Y así. Hay cuestiones sobre las que no se puede opinar sin datos y hay cuestiones (como los derechos humanos) que no son opinables). Ante esto está el “yo no creo en la verdad absoluta”, que solo revela que nuestro interlocutor piensa en términos de extremos: hay verdades absolutas u opiniones respetables, en lugar de un rango estrecho de opiniones válidas dentro de las admitidas por los datos.

A por la segunda. ¿Es el debate una técnica eficaz de adquisición de nuevos conocimientos? En una palabra: no. En una aula se adquieren más cosas que conocimientos. Cuando en clase tenías un “debate” a los catorce años sobre si es buena o mala idea que las musulmanas lleven velo, el objetivo de la profesora no era que el debate te llevara a aprender sobre el tema. Si hubiera querido que aprendieras por qué llevan velo, habría preguntado directamente a las chicas para que compartieran con la clase los motivos de su decisión, o te habría llevado textos de lectura sobre ello. No, cuando tenemos un “debate” mis objetivos como profesora son:

  1. En lenguas extranjeras, obviamente, el uso correcto de la lengua extranjera.
  2. El uso de una correcta expresión en el idioma que estés usando.
  3. El uso de las técnicas correctas para hablar en público: hablar alto y claro, dirigirte a tu interlocutor, el uso del lenguaje corporal que consideramos correcto, etc.
  4. Mantener una buena educación. Respetar el turno de palabra, no gritar, no insultar, no personalizar.
  5. Demostrar tu creatividad.
  6. Aprender a argumentar, a razonar, a detectar una argumentación fallida.
  7. Supongamos que nos hemos leído El Sí de las Niñas y vamos a debatir sobre la situación de la mujer en el S XVIII y ahora: si no te has leído la obra no puedes debatir. Me demuestras indirectamente que has leído y entendido la obra.

Es decir: nuestro objetivo no es que aprendáis algo, porque el debate es muy útil para aprender a expresarse pero bastante lento y pobre para adquirir conocimientos tal como se utiliza en términos escolares. El que piensa que aprende debatiendo fuera del aula no se da cuenta de que el debate que conoce, el escolar, tiene muchas limitaciones:

  1. El adolescente se siente ofendido si se indica que su opinión es un error. Para animar a la participación y evitar malentendidos del tipo “el maestro no me deja opinar”, se parte de la ficción, solo de puertas del aula para adentro,  de que todas las opiniones son válidas.
  2. El aula es el único lugar del mundo donde a tu interlocutor le importa muchísimo que hables. Que digas lo que sea, pero que hables. Y te va a felicitar (o a poner nota) por ello. El resto de interlocutores del resto de tu vida no te prestarán jamás atención de una manera tan intensa.
  3. Tu sensación es tener una conversación entre iguales. Esa sensación es falsa. En el debate de clase, el interlocutor, o según el caso, el moderador, es el docente, que ya ha tenido la misma conversación con otros grupos de alumnos, que se sabe la teoría, y que tiene el poder de moderar o interrumpir. Si aprendes algo no es tú solo: es porque te han guiado.
  4. Relacionado con esto: el profesor te está enseñando terminología aunque tú no te des cuenta. ¿No te has fijado que cuando “debates” fuera del aula a menudo la discusión se vuelve hacia qué significan las palabras? Eso es porque no tienes ni conocimientos suficientes, ni un moderador a mano.
  5. Cuando quieres aprender en un debate fuera del aula, olvidas que tu interlocutor no es un profesor que tiene la obligación de enseñarte y que ha planeado dedicar tiempo a la discusión abierta.

Resumiendo: el debate como herramienta educativa útil fuera del aula necesita un moderador, una discusión entre iguales que ya dominan el tema del que van a hablar, respeto, tiempo, y la voluntad de no “quedar por encima” simplemente contradiciendo lo que el contrario presenta. Y quienes aprenden normalmente no son quienes debaten, sino su público. Cualquier otra cosa puede ser una pelea, una conversación o lo que quieras, pero no es un debate fructífero como técnica de aprendizaje. Y cansar a otra persona contradiciendo todo lo que dice no es un debate: es portarse como un niño demandando atención.

Mínima introducción a la formación del profesorado.

Al principio del verano siempre hay un runrún sobre qué estamos haciendo los docentes en julio y si no sería buena idea que nos dedicáramos a hacer cursos de formación. Por eso este mes me parece un buen momento para escribir algo muy básico sobre cómo funciona la formación continua del profesorado, al menos en Andalucía. Lo escribo pensando sobre todo en futuros profesores que no hayan opositado ni nada de eso y quieran saber cómo es seguir formándose (oficialmente) una vez ya estás trabajando.

La formación continua tiene un par de alicientes externos muy claros. El primero es que da puntos para el concurso de traslados. ¿Qué es eso? Pues verás, cuando eres profesor, tu experiencia, tu formación, y todo lo que hace currículum como haber sido jefe o coordinador de cualquier cosa, se convierte en “puntos” para que el baremo se lo más objetivo posible. Desde que entras en el proceso, te ponen en orden de puntos con los demás profesores de tu especialidad, tú solicitas dónde quieres trabajar, y te pasas unos años sin un lugar fijo, obligado a echar el papel de “los destinos” todos los años. Luego te hacen fijo, probablemente muy lejos de donde quieres estar, y cuando acumules suficientes puntos pues te planteas pedir traslado a donde sea. Casi nadie empieza trabajando donde quiere porque las ciudades y su zona metropolitana están muy disputadas, y las zonas rurales no, aunque en un centro lejano a las capitales se puede trabajar muy a gusto.

El segundo estímulo externo para formarse son los sexenios. Cada seis años puedes optar a un pequeño suplemento en el sueldo que está condicionado a haber hecho cursos de formación en los seis años anteriores. Son cuatro perras, pero ahí están.

Es decir: no estamos obligados a formarnos(*) pero tenemos dos estímulos externos para ello. Ahora, ¿qué cosas hacemos?

Una de las más populares son los cursos de idiomas. Una titulación oficial tiene valor en sí misma, y en segundo lugar, puede capacitarte para dar clase en centros bilingües. Una rareza del sistema es que si eres, como yo, profesora de idiomas, los títulos oficiales de la Escuela de Idiomas de la misma lengua de la que eres profesor puntúan igual que para otras personas, porque la Administración educativa, en su sabiduría, cree que una Filología no demuestra competencia comunicativa en el idioma. Capacidad de enseñarla sí, capacidad de comunicarme yo, no. Absurdo, ¿verdad? Los profesores de idiomas, de todas formas, no solemos sacarnos el título de la EOI de nuestra lengua. Las ventajas externas no son suficientes porque examinarte de algo que ya te sabes es caro y además aburrido.

Otra opción posible pero minoritaria es estudiar otra carrera o algún tipo de posgrado, como un doctorado o un máster. Conozco muy pocos doctores que sean profesores de Secundaria y casi todos lo hacen porque empezaron el doctorado, luego se metieron a profesores y quisieron terminar lo que habían empezado. Estudiar una segunda carrera se lo he visto hacer a profesores de asignaturas a los que se ha ido quitando importancia en la escuela, para tener una segunda opción: mi tío, profesor de Latín, hizo Filosofía y cambió de especialidad. Mi profesora de Latín del instituto hizo Filología Italiana y ahora es profesora de italiano. Un profesor de magisterio que me dio un curso hizo Derecho y acabó de asesoría jurídica en inspección educativa. Siempre es gente que estudia por puro placer y luego le busca uso práctico.

Si ya entramos en la formación específica para profesores, lo principal depende de los llamados “CEPs”, que son los “Centros de Formación del Profesorado”. Son comarcales; Huelva tiene tres. Esto ofrece posibilidades en el propio centro educativo. En la formación en centros puedes solicitar que un curso te lo den en tu mismo lugar de trabajo, por las tardes. También puedes crear un “grupo de trabajo”; un profesor coordina a unos cuantos y entre todos, a lo largo de todo un curso, con la ayuda del CEP, realizan alguna tarea como por ejemplo creación de materiales educativos. Esto suele coordinarse online porque hay que rendir cuentas al CEP de que efectivamente estás trabajando en algo.

Los cursos pueden ser presenciales, semipresenciales o a distancia. La parte “semi” o a distancia casi siempre es online. Durante el curso, la parte presencial casi siempre es por la tarde y la mayoría de los cursos son de unas 20-30 horas. También hay “jornadas”; la diferencia entre un curso y una jornada es mínima, pero las jornadas o encuentros suelen ser más cortas y ser más un “vamos a reunirnos todos”, o un conjunto de sesiones muy breves, por ejemplo cuatro talleres de una hora todos en el mismo día.

Es muy excepcional que la formación sea en días lectivos y por la mañana. Si lo solicitamos con antelación, nos dan permiso, aunque depende de que alguien juzgue que es realmente formación sobre educación.

Como puede verse, de las muchas alternativas que tenemos sólo algunas tienen sentido que se realicen, si uno quiere, en julio. Estudiar idiomas, una titulación universitaria, o montar un grupo de trabajo es algo que necesita un seguimiento continuado. Yo prefiero hacer cursos en el segundo trimestre, el más tranquilo académicamente. Si alguien quiere formarse en julio, me parecería, como mucho, un buen momento para encuentros y congresos de varios días, para vernos las caras, algo que durante el curso no hacemos para no tener que faltar a clase.

(*) En contadas ocasiones sí hay una obligación de formación. Por ejemplo, hay cursos para quienes son directores de centro educativo por primera vez.

Guía de lectura a las novelas de las hermanas Brontë

brontessmVIENDO PASAR TÍOS BUENOS CON LAS BRONTË, de Kate Beaton. -Mira ése. -Tú qué coño miras. -Me gusta. -¿Verdad? -¡Ese tío era un capullo! -En serio, Anne, no tienes gusto. -Sólo digo lo que hay -¿Y aquél? -Qué apasionado. -Qué misterioso. -Si te gustan los alcohólicos gilipollas. -¡Anne, qué modales! -No me extraña que nadie compre tus libros(*). -Oye, mira ese -Qué inquietante.

De las hermanas Brontë ya he hablado por aquí, pero ahora voy a sintetizar una guía de lectura a sus seis principales novelas (la séptima no la he leído). No me gusta mucho dar importancia a la biografía de los artistas, pero en el caso de las Brontë puede ser relevante. En total eran cinco hermanas y un varón, hijos de un sacerdote protestante, de origen irlandés, y una hija de comerciantes acomodados de Cornualles, que murió cuando su hija mayor tenía siete años y la más pequeña era un bebé. Se ha discutido si el padre era muy estricto o no. En cualquier caso, cuando la madre murió, su hermana fue a ayudar a cuidar de los niños y allí se quedó el resto de su vida. Los quiso mucho y dejó una buena herencia a las sobrinas que le sobrevivieron, que fue lo que les permitió intentar vivir de escribir y dejar sus trabajos de profesoras e institutrices.

Por el trabajo del padre, toda la familia residía en Haworth, un pueblito en el norte de Inglaterra. Las tres hermanas escritoras viajaron bastante por trabajo, no eran precisamente unas reclusas, pero su obra deja claro que allí es donde se sentían felices y el paisaje siempre es un personaje más. Nada tiene de extraño, se puede poner de ejemplo el Londres de Dickens como una ciudad literaria siempre de fondo, hasta cuando no sale.

Las dos hermanas que murieron de niñas enfermaron en un colegio para hijas de sacerdotes donde el trato y la educación eran pésimos, y murieron poco después. Las dos más jóvenes, Emily y Anne, murieron con 30 y 29 años respectivamente, de tuberculosis. Y Charlotte murió, según a quién preguntes, de una enfermedad infecciosa o de las complicaciones de un embarazo difícil. El hermano, Branwell, fue un pintor frustrado, alcohólico y quizá adicto al opio también. Las escritoras dedicaron gran parte de sus esfuerzos profesionales, como artistas y como profesoras, a mantenerlo.

Y ya pasamos a las novelas.

Charlotte Brontë.

Jane Eyre. En su momento fue muy polémica por mostrar a una mujer en la tierra de nadie entre la clase obrera y la burguesía, una huérfana que trabaja de institutriz para sobrevivir, que muestra abiertamente sus sentimientos y que exige ser tratada con respeto. Casi nada. Mi madre, que me la recomendó incansablemente hasta que me la leí, dice que cada personaje muestra un trastorno o enfermedad mental distinto, que es todo un tratado en ese sentido, y creo que tiene razón. No hay depresión mejor contada en literatura que la de Jane. Y eso aparte de la historia de amor, el suspense y todo lo demás. Hay infinidad de adaptaciones a cine. La de 1996 cumple con mostrar un primer tercio deprimente y una Jane fea. La de 2011 tiene unos actores que le dan un punto personal que se agradece, más original y menos académico.
¿Me la leo? Si quieres una historia complicada de amor apasionado con protagonistas que no siempre hacen lo correcto.

Shirley: Una historia coral con preocupaciones sociales. Shirley y Caroline son amigas (mira que es raro encontrarte amigas en una novela, como decía Virginia Woolf). Shirley es rica y de fuerte personalidad; Caroline es huérfana, tímida, y vive al cuidado de su tío que es cura; avanzada la novela se deprime por una mezcla de soledad y de no saber muy bien qué hacer con su vida. Ambas son amigas de los hermanos Moore, el mayor que intenta montar una fábrica textil y tiene problemas con los luditas y el pequeño que es profesor y por lo tanto pobre pobrísimo. El relato de estos cuatro personajes intenta reflejar los cambios en la sociedad rural. Algo así como qué pasó en los idílicos pueblitos de Jane Austen, cincuenta años más tarde.
¿Me la leo? Sólo si te han apasionado todas las demás. Le sobran cien páginas, se puede hacer un poco pesada.

Villette: Lo que pasaría si Jane Eyre cogiera un trabajo de profesora de inglés en el continente. Lucy Snowe es inteligente, más segura de sí misma pero también más reservada que Jane, y trabaja en un internado de señoritas finas en Bélgica. Esta vez la historia de amor es menos relevante que el costumbrismo; es ua novela en la que apenas pasa nada.
¿Me la leo? Si te gustan los novelones y Jane Eyre te supo a poco. Yo la prefiero a Villette.

 Emily Brontë.

Cumbres Borrascosas. La novela cuenta la relación, muy complicada, entre un par de familias de terratenientes y un extraño, Heathcliff, tratado más o menos como un hijo adoptivo por una de ellas. Heathcliff tiene una relación destructiva y chunguísima con Cathy, que se casa con otro, y esa relación frustrada destruye todo lo que toca. Todo, o casi, en dos generaciones de dos familias. No está mal. Esta entrada en Tumblr lo clava así que casi que me voy a limitar a adaptar muy libremente su segundo párrafo: Emily Brontë no habla de relaciones familiares ni sanas ni normales sino de antihéroes Byronianos. Y su problema es que siglo y medio de lectoras han creído que una historia sobre la pérdida, la represión, la mutilación emocional y encontrar tu lugar, geográfico y social, en el mundo, es una historia de amor y pasión. No lo es. Es una historia sobre gente mala que se hace daño.   Hay películas pero ninguna me convence.
¿Me la leo? Si te gustan los malos muy malos y las historias con un punto de culebrón.

Anne Brontë

Agnes Grey: Las experiencias de una institutriz en casas de la clase alta, basadas en anécdotas reales de la autora. Con una estructura episódica propia de una escritora con poca experiencia, y mucha moralina, es quizá el peor de los seis libros, aunque es una lectura ligera.
¿Me la leo?: Casi que no. O bueno, si te gustan los culebrones en los que una heroína muy buenita sufre mucho, mucho. Nivel literatura juvenil de medio siglo más tarde (Frances Hodgson Burnett, ese rollo)

La Inquilina de Wildfell Hall: En algunos aspectos es más convencional que las novelas de sus hermanas (la búsqueda de una vida tranquila, el amor como efecto secundario no buscado, el rechazo de la pasión) y en otros es la menos convencional de todas. No conozco una novela inglesa que describa tan a las claras la violencia contra la mujer, los efectos del alcoholismo, y el repertorio completo de vicios al alcance de quien pudiera pagarlos. Este sensacionalismo supuso que la novela tuviera un gran éxito de ventas y al mismo tiempo muchas críticas. Y las peores, las que dañaron la reputación académica posterior de Anne, fueron las de su hermana Charlotte, a la que el libro no le gustaba nada no por sí mismo, sino porque se había atrevido a escribirlo la hermanita pequeña, que había etiquetado como la dulce, suave y tímida. Además de impedir que se publicara una segunda edición un par de años después de la primera, Charlotte le hace un traje a Agnes en la “Nota biográfica” que acompaña a la edición conjunta de Cumbres Borrascosas y Agnes Grey de 1850, cuando las autoras ya habían muerto:

“La Inquilina de Wildfell Hall tuvo una recepción desfavorable(*). No me sorprende. La elección del tema fue un completo error. No se podría haber buscado algo más discordante con la naturaleza de la autora (…) había contemplado, de cerca y por mucho tiempo, los terribles efectos que tienen el talento malgastado y las facultades maltratadas; su naturaleza era sensible, reservada y triste; lo que vio la impresionó profundamente y le hizo daño (…) Su bienintencionado deseo (de ser fiel a la realidad) fue lo que la llevó a error”.

No está mal para ponerlo como prólogo de la segunda edición de la otra novela, la que sí te gusta, de tu hermana muerta. Con amigos así. Lo que Charlotte no dice es que si Anne conocía talento malgastado de primera mano era a travñes de su hermano Branwell, y hay críticos que dicen que lo que Charlotte no quería era ver publicada una novela basada en trapos sucios familiares. En fin, la consecuencia de todo esto es que Anne es más conocida por la peor de sus dos novelas.
¿Me la leo? Si tienes interés en la historia de la violencia de género. Si te gustó Jane Eyre o Grandes Esperanzas. Si te gustan las novelas epistolares. Si quieres morbo, y mucho, en una novela victoriana.

(*) El fracaso comercial de Anne es un bulo creado por Charlotte y aceptado por la crítica. Una novela de la que el editor quiere hacer una segunda edición no puede ser un fracaso.

Resumiendo, hay tres novelas que recomiendo (Jane Eyre, La Inquilina y Cumbres Borrascosas, en ese orden), una que está bien (Villette) y dos que no recomiendo tanto (Agnes Grey, Shirley). Casualmente coincide con las historias que muestran personajes apasionados y malos malísimos, y las que no. Jane Eyre y Cumbres Borrascosas son imprescindibles para entender la historia del drama romántico tal como lo entendemos ahora, ya sea en literatura o en cine.

¿Qué quieren decir los niveles de idiomas A1, A2, etc.?

Oigo mucho decir “mi prima tiene el B2 de inglés” “Me estoy sacando el B1”. Estas expresiones son poco correctas, porque los A1, A2, etc. que tantos quebraderos de cabeza nos dan no son títulos o diplomas, sino niveles homologados. Eso significa que esperamos que todas las clases y todos los exámenes en todos los idiomas al nivel B2 (por ejemplo) traten más o menos acerca de lo mismo.Hablar de dificultad es espinoso, porque por ejemplo para un hispanohablante el B2 de italiano va a ser bastante más sencillo que el de ruso. Mejor que hablar de dificultad, se piensa en grado de independencia que tiene el hablante en una variedad cada vez mayor de situaciones comunicativas.

Todo esto se llama “Marco Común Europeo de Referencia para las Lenguas“, proviene de Suiza, un país de tradición políglota, fue adoptado por el Consejo de Europa, y se aplica por comodidad y mayor proyección internacional a algunos idiomas no europeos, como el chino. Su utilidad va mucho más allá de los cursos de inglés de las academias privadas. Desde que se ha generalizado, si uno solicita empleo o estudios, no tiene que recurrir a decir “Francés: nivel intermedio”, y esperamos que con el tiempo ya no sea necesario explicar y justificar tus estudios a un entrevistador que no domina el idioma como tú. Suponte que tienes un B2 en finlandés porque estuviste de Erasmus en Helsinki, y que tienes que contar qué organismo finlandés te lo concedió y cuánto finlandés sabes de verdad.

A continuación, qué significan cada uno de los seis niveles.

A1.

  • Expresiones cotidianas de uso muy frecuente.
  • Necesidades básicas.
  • El interlocutor coopera activamente: repite lo que ha dicho o a lo dice con otras palabras y a una velocidad más lenta. Nos  ayuda a formular lo que intentamos decir.
  • Es el nivel que tenemos cuando podemos ir de vacaciones a un lugar y entender lo más básico.
  • Es el nivel que cualquier persona aficionada y con soltura podría desarrollar en muy pocos meses o semanas.
  • No hay muchos títulos oficiales disponibles. Los de inglés se publicitan para niños. Nos interesa tener un título oficial solo cuando se trata de un idioma muy difícil y alejado de nuestra lengua materna, como el chino. En ruso, que sería buena idea, no hay título oficial.

A2.

  • Es el nivel al que “nos defendemos” en conversaciones elementales.
  • Puedes hacer tareas sencillas de comunicación que no sean sobre necesidades básicas.
  • Podrías tener un trabajo donde la comunicación sea fácil pero sobre todo predecible (camarero, por ejemplo), o estudiar la ESO.
  • Es el nivel mínimo que en España esperamos tener al final de la ESO, si nos hemos dedicado como es debido a la comunicación más que a la gramática.
  • Casi todos los idiomas que ofrecen titulación homologada empiezan por un nivel A2.

B1

  • Es el nivel “Intermedio”, aunque se puede quedar un poco corto. Suele ser el nivel intermedio de las Escuelas Oficiales de Idiomas.
  • Se trata del primer nivel en el que podremos tener comunicación natural no guiada.
  • Es el nivel que necesitarías para buscar trabajo, ver películas sin subtitular que no sean muy complicadas, leer libros fáciles sin adaptar.
  • Puedes comunicarte con bastante corrección en contextos familiares. Puedes tener conversaciones naturales.
  • Es el nivel que busca el Bachillerato (si trabajas equilibrando gramática y comunicación).

B2

  • Es el nivel en el que superamos el “me defiendo”.
  • Podemos hablar y escribir sobre una variedad de temas.
  • Podemos hablar de cosas abstractas y tener conversaciones sobre casi todo.
  • Es el nivel mínimo que necesitas para trabajar en una profesión que requiera comunicarte en contextos poco predecibles (por ejemplo, ser profesor, o cualquier sanitario)

C1  Certifica que te comunicas casi tan bien como un nativo.

C2 Certifica que te comunicas como un nativo “ideal”. Lo malo de estas dos últimas certificaciones es que como estamos hablando de comunicación en contextos cada vez más impredecibles y variados, un examen no facilita esa “variedad de contextos”. Son pruebas difíciles, sí, pero también porque requiren conocer un contexto cultural. Hay muchos idiomas de los que no se ofrece un examen de nivel C2 y en España las Escuelas Oficiales de Idiomas a menudo no tienen ninguna de las “C”.

¿Crees que me he olvidado del acento? Pues no. Los españoles ahí suelen tener un complejito bastante tonto. Tener “acento” no tiene nada que ver con tu nivel en un idioma, puesto que lo importante es que se nos entienda. Tal vez al viajar nos encontremos gente antipática o racista a la que le desagrade cómo hablamos pero lo importante es la corrección en su conjunto. También puedes observar la ausencia de elementos gramaticales concretos. Evidentemente, necesitas poder utilizar tiempos verbales pasados para contestar a “qué hiciste el fin de semana” (que estaría en un A2), oraciones condicionales para amenazar: “como no hagas esto no pienso hacer aquello”, que nos sitúa más cerca de los niveles B, y así. Pero no hablamos de saber gramática sino de desenvolvernos en una variedad de contextos progresivamente más impredecibles.

Ahora hablemos de qué títulos hay.  Muchos países tienen una institución que hace las veces de embajada cultural, de relaciones públicas y de promoción del idioma. En España está el Instituto Cervantes, en Alemania el Goethe, en Italia el Dante y así sucesivamente. Suelen desarrollar exámenes que se llaman “Certificado de nuestro idioma” y luego el nivel. Por ejemplo, “Goethe-Zertifikat B2”. Lo mismo ocurre en francés: “Diplôme d’Etudes en Langue Française (DELF B2)”. En portugués lo indican en el nombre: Diploma Intermédio de Português Língua Estrangeira.

Además en España tenemos las escuelas oficiales de idiomas, que son una institución pública que en zonas rurales son a menudo la única manera de estudiar una lengua extranjera (o al menos dan más variedad que el inglés). Sin entrar en la calidad de la enseñanza, que creo que es buena, los exámenes son muy duros. En Andalucía se está certificando B2 a exámenes que responden a características “C”. Por ejemplo, a mí me cayó en inglés una lectura, una columna de opinión que hacía uso de la ironía para hablar de las consecuencias a largo plazo del Thatcherismo en la sociedad inglesa. En portugués este año cayó como audición un sketch radiofónico humorístico en el que los locutores ponían voces graciosas y acentos raros difíciles de entender.

Ahora un comentario sobre los exámenes en inglés. Como es el idioma más solicitado, hay muchas formas de conseguir un título, que además están en competencia entre sí… por ser fáciles. Los que mejor conozco son los de Cambridge. Si un título de las EOI es entre “medio escalón” y un escalón entero más duro de lo que te certifican, un título de Cambridge es un escalón como mínimo más fácil de lo que dice tu diploma. Te pongo como ejemplo el First. Hace veinte años, mi First Certificate decía que era Pre-intermediate. Era un nivel sencillo, equivalente a sacarte el inglés del Bachillerato con buena nota, y nada más. Todavía me quedaba mucho por aprender. Leía novelas con mucha ayuda del diccionario y apenas empezaba a aprender a tener conversaciones informales con naturalidad. Hoy, un First es igual de fácil que entonces y certifica B2, es decir, nivel “post intermedio”. Eso sencillamente no se sostiene si se compara con la documentación oficial sobre qué tienes que saber hacer cuando tienes un B2.

Además en inglés hay algunos exámenes multinivel, el TOEFL americano y el IELTS  británico, que certifican un nivel cuando te lo piden para un propósito concreto, por ejemplo un trabajo o que te den una beca. El TOEFL es tipo test. Ambos caducan a los dos años, así que nadie se los saca “por si acaso”.

Y ¿qué título te interesa sacarte? Pues depende de tus objetivos. Si por motivos laborales o académicos necesitas una certificación YA, vete al examen más fácil que encuentres, que nunca va a ser el de las EOI. Si quieres aprender un idioma, no te preocupes demasiado por las letritas, y sácate los títulos cuando estés preparado.

 

Guía de lectura a Sarah Waters

La autora inglesa Sarah Waters se especializa en imitar los estilos de épocas pasadas sin parodiarlos, adaptándose no solo a los temas sino a la manera de expresarse de corrientes literarias de los dos últimos siglos. Es decir, escribe lo que técnicamente se llaman “pastiches”, lo que no significa que sus obras sean de mala calidad. Sus seis novelas publicadas son todas muy diferentes entre sí y algunas son una buena lectura para el verano.

Tipping the Velvet (El lustre de la perla, 1998) tiene detalles que la traicionan como primera novela: una estructura en tres partes muy simétricas entre sí, narración en primera persona… a pesar de sus detallitos “de novata”, es una historia muy entretenida: las aventuras bastante gamberras y con un punto erótico de una inocentísima (al principio) lesbiana victoriana. Tiene toques de novela picaresca. Hay una miniserie en tres episodios de la BBC con un cuidado exquisito por los detalles y la ambientación.
Recomendada: si la idea de “lesbianas victorianas con un puntillo erótico” suena bien. Si te has leído todos los clásicos cómico-amorosos del siglo XIX y quieres más.

Affinity (Afinidad, 1999) continúa con la misma época y en su manera de describir una sociedad opresiva y mujeres tristes se parece un poco a Charlotte Brontë, aunque los ambientes no sean nada brontëanos. Cuenta la relación entre una señorita de la alta sociedad que hace obras de caridad porque se aburre, y la presa a la que visita en una cárcel de mujeres. Hay intriga y elementos sobrenaturales. Es muy, muy triste, yo aviso. También hay adaptación, esta vez una película.
Recomendada: Si quieres una historia victoriana deprimente. Si no te importa leer algunos topicazos en una historia con lesbianas (véase: finales deprimentes).

Fingersmith (Falsa identidad, 2002). Probablemente la mejor de las novelas situadas en el siglo XIX. ¿Qué habría pasado si Oliver Twist o La Dama de Blanco los protagonizara… acertaste, una chica lesbiana? Una historia con intriga y suspense que engancha mucho más que Afinidad, mucho más compacta y técnicamente más compleja que El Lustre de la Perla, acerca de una complicada estafa a un coleccionista de libros. La novela por la que empezar.
Recomendada: Si Dickens se te queda corto. Es ASÍ de buena.

The Night Watch (Ronda Nocturna, 2006). Yo lo siento, pero esta no fui capaz de acabarla. Parece que Waters alterne novelas buenas y malas y que haya que evitar las pares. Está escrita en orden cronológico inverso y empieza en 1947, con unos personajes que viven solos o peleados y están tristes, así que sabes desde el principio que lo que vas a leer es cómo llegaron a sentirse tan mal (pista: hace dos años que acabó la guerra).
Recomendada: por mi parte, no.

The Little Stranger (El Ocupante, 2009). En español yo la habría llamado “El intruso” o “el desconocido”. Y eso porque no se me ocurre una palabra de género más indefinido. Seguimos en los años 40: aquí el género imitado es “muchacho pobre y desclasado mantiene una relación complicada con una familia aristocrática, que se desmorona”. Dos ejemplos ingleses son The Go-Between de L. P. Hartley (un pestiño insufrible), Retorno a Brideshead (quédate con la adaptación televisiva de los 80), y fuera de Inglaterra, el mejor ejemplo es sin duda El Gran Gatsby, aunque se escribió veinte años antes que las novelas inglesas y las diferencias de clase son de una naturaleza bastante diferente. La novela de Waters me parece mejor que ninguna de sus inspiraciones: un médico de origen social bastante bajo se va a vivir cerca de la mansión donde su madre fue criada. La familia de clase alta que siempre ha vivido allí está muy venida a menos, y la casa es muy difícil de mantener. Mientras el médico se hace amigo de la familia, ocurren  todo tipo de fenómenos extraños.
Recomendada: Si quieres una historia gótica y melancólica muy bien ambientada. Si te gusta el terror psicológico manejado muy, muy despacito.

Waters tiene una novela más, que no he leído, The Paying Guests, no publicada en español. De nuevo, las relaciones entre unaclase alta que ya no puede mantener el estándar de vida de antes de la guerra, y gente recién ascendida a la “clase media”, esta vez en los años 20. Con unos agujeritos rotos en el muro que separaba las clases sociales, puede pasar cualquier cosa. Y pasa. La crítica del Guardian dice que es demasiado larga (cuidado que hay muchos spoilers). La del Independent da a entender que le falta chispa, que para el caso es lo mismo.

Así que para redondear: Si quieres lesbianas pasándoselo bien, El Lustre de la Perla y Falsa Identidad. Si quieres lesbianas pasándolo fatal, Afinidad y Ronda Nocturna. Si quieres intriga, con o sin lesbianas, Falsa Identidad y El Ocupante. Ya tienes lectura para el verano.