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Literatura

Madres en la ficción.

David Copperfield en un grabado de la novela original: su madre se desespera y su padrastro espera a que se equivoque para castigarlo.

¿Os habéis fijado en que las madres de muchas obras de ficción, clásicas y modernas, son menos importantes y menos interesantes que los padres? Incluso podemos ver que a menudo la madre está muerta, ya sea antes de comenzar la acción o justo en sus inicios.

¿Por qué ocurre esto de forma tan repetida? La primera respuesta es indirecta. Si Buscando a Nemo empieza con la muerte de la madre, es en parte porque en las escuelas de guión y facultades de letras se empieza por estudiar los modelos de éxito anteriores, audiovisuales o literarios. A menudo, la ruta hasta un aprendizaje de este tipo, al menos en EEUU, pasa por lo que en España sería un Grado en Estudios Ingleses. Sí, la producción audiovisual toma como sus primeros modelos clásicos literarios y éstos tienden a ser novelas del siglo XIX porque además quienes crearon las bases del lenguaje cinematográfico a principios del siglo XX lo hicieron fijándose en la novela clásica inmediatamente anterior. Y en la novela del siglo XIX es más fácil encontrar un avión que una madre viva y funcional.

Y ahora, como el niño que no para de preguntarnos «¿Y por qué?», repetimos. ¿Por qué en los novelones del siglo XIX no hay madres en condiciones? La primera razón no literaria es que la posición social de las mujeres estaba en profunda discusión en ese momento. Las mujeres necesitaban educación suficiente como para ser buenas madres en un mundo sin escuelas, pero no tanta como para que tuvieran ideas propias. Tenían que quedarse en casa, pero si eran pobres no había más remedio que trabajar por cuenta ajena. Tenían que ser el centro del hogar, pero para pertenecer a la buena sociedad debían tener criados. Es muy difícil ser un ser pasivo, madre, ama de casa, buena compañera del marido, inteligente, inspiradora,  y además estar satisfecha con tu lugar en el mundo. Las características positivas a la visión burguesa del siglo XIX de una mujer que ya ha completado su trayectoria vital la hacen un persona muy poco interesante desde el punto de vista literario, y más si solo funciona como apoyo al protagonista.

Hasta ahí la razón histórico-social. Pero en cualquier momento histórico, las madres en literatura son un elemento complicado. Hay una diferencia importante entre padres y madres. El padre puede ser una figura que protege, un héroe, o un mal padre. El padre es un Señor que Hace Cosas, o que debería hacerlas. Pueden ser una figura autoritaria con la capacidad  de prohibir lo que el protagonista quiere conseguir. Y sobre todo, es quien tiene el poder económico y social. La pérdida del estatus del héroe viene de perder al padre o a ambos padres.Por ejemplo, Jane Eyre y Harry Potter son los dos huérfanos, pobres e indefensos. Por decir un ejemplo más moderno, Rey en Star Wars empieza en el mismo lugar. Sin padre o sin ambos padres, los protagonistas no tienen Lugar En El Mundo y se lo tienen que buscar. Y además, estos tres personajes tan diferentes y tan lejanos en el tiempo tienen en común no solo que empiezan sus historias pobres y a merced de gente cruel que los desprecia (familia para Jane y Harry, no así para Rey) sino que además tienen que lidiar con bastante autodesprecio y con dudar de si merecen amor, o si son de naturaleza maligna, con alguna vinculación misteriosa al villano. Hace falta no tener padres para que esas dudas tengan sentidos. Son protagonistas sin raíces que las crean con sus amigos, y ganan esos amigos al mismo tiempo que su autoconcepto.

Harry Potter en el hueco de la escalera.

Cuando solo falta la madre, lo que pasa es que suena duro, pero desde el punto de vista del hijo, el papel de una madre es que o te cuida o no. Las mujeres hemos trabajado siempre, pero ser madre de niños pequeños lo dificulta mucho, nuestro trabajo se acerca a lo doméstico, y para los hijos importa más bien poco.Para el héroe, su madre no es Una Persona Que Hace. O está o no está disponible.

Un padre puede entrar en patrones relacionados con la emulación. Puede castigar, acompañar o decepcionar. Un ejemplo no infantil: en La Hoguera de las Vanidades, el narrador cuenta cómo a Sherman McCoy se le cae el alma a los pies al darse cuenta de que su padre, un abogado jubilado que le ha mostrado muchas veces su decepción, no es más que un señor muy cansado, y bastante ignorante de la vida fuera de su clase social alta. Un personaje adulto no puede descubrir de repente que su madre no lo sabe todo, porque la posibilidad de admirar a una mujer que todo lo sabe o todo lo arregla no existe.

En cambio, patrones más frecuentes en el tratamiento de las madres son:

  1. La madre muerta antes de empezar, como ya se ha descrito.
  2. La madre que no cuida, o cuida mal. Se parece mucho a la madre muerta en lo que afecta al protagonista, pero sirve para añadir reflexiones sobre qué es educar/cuidar bien.
  3. La madre que te cuida. Así el protagonista tiene un hogar al que volver, un referente educativo, una mujer que hace feliz al Padre que Hace Cosas. Penélope, por ejemplo. Es heroica, pero no sale de su cuarto.

La cuestión está en que a menudo da igual si fue la madre del protagonista quien le enseñó a cazar dragones. O era mala porque no cuidó del protagonista (modelo de madre número 2) o era buena, te enseñó a matar dragones y ahora ya te vas tú a tener aventuras (madre número 3). Y no tiene gracia saber que si un dragón te quema el flequillo puedes volver a que te lo repase tu madre. Si está muerta hay mucho más drama, más conflicto, más interés. No necesitamos verla morir, solo queremos que el protagonista salte sin red.

Naturalmente, todo esto tiene excepciones. Hay escritores hombres capaces de escribir buenos personajes maternales, a veces villanas o antagonistas. Lady Capuleto en Romeo y Julieta no es mala pero se opone a los deseos de su hija. La madre de Carrie, de Stephen King, sí es auténticamente malvada. La madre de Buffy mientras se mantiene ahí es una de las mejores creaciones de Joss Whedon, es muy difícil tener un secundario que hace poco y no aburre. Terry Pratchett tiene varios intentos de variado éxito, como Magrat Garlick, Nanny Ogg y Lady Ramkin. Hay, sin embargo, un modelo maternal que me parece característico de escritoras, y son las historias familiares que cuentan varias generaciones, ya sean biografías o novelas. Algo que puede empezar con «a mí no me miréis; os voy a contar la historia de mi madre. Bueno, mejor empiezo por mi abuela. Mi abuela tenía mucho carácter…». Se puede citar Caramelo, de Sandra Cisneros (novela), o Cisnes Salvajes, de Jung Chang (memorias). Sin embargo, no conozco historias escritas por hombres que pueda resumir en «Esta novela parecen mis aventuras pero en cinco páginas verás que no, que te estoy contando la biografía de mi padre y mi abuelo. Yo soy un pringao y no me enteré del Mito Fundacional Familiar ni del Gran Secreto hasta los 25». No quiero pensar que hay historias más típicamente masculinas ni femeninas, ni modos de narrar por géneros, pero sí que me parece característico que las «sagas familiares» escritas por hombres tienen más dificultad para la narrativa matrilineal.

¿Cuál es tu madre de ficción favorita?

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Feminismo

Sororidad

Ni siquiera tenemos una definición satisfactoria de la sororidad, y mira que es fácil, porque esta vez el diccionario de la RAE lo deja muy claro.

1. f. Amistad o afecto entre mujeres.

2. f. Relación de solidaridad entre las mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento.

La amistad y el afecto nunca son un imperativo. No se las debes a nadie, ni por ser ambas mujeres, ni tal vez por ser feministas o compañeras en alguna otra causa común. La sororidad no es más que el nombre que damos a la amistad de las mujeres. Nadie se espanta de que tengamos una palabra especial para las nueras, las reinas o la maternidad.

La sororidad debe ser nombrada porque nos dijeron que las mujeres son traicioneras. Porque nos dijeron que un niño malo, pase, pero que una niña mala es retorcida, es insoportable. Que las niñas siempre son peores porque guardan rencor.

La sororidad es quedar a desayunar porque no hay tiempo para más.

Es enviar por correo ropa usada de niño. Paquete internacional si hace falta. Son los wasaps de audio y las llamadas de teléfono a medianoche. Es contar y escuchar cosas sobre sexo, familia y dinero de las que te dijeron que «de eso no se habla».

La sororidad es reconocer un dolor o una felicidad similares a las tuyas en la experiencia de la mujer que creías distinta a ti.

La sororidad es llevar en el bolso pañuelos y compresas que no necesitas en ese momento. Es tener un tubo de crema de manos a compartir entre varias, en el trabajo. Es saludar a mujeres que trabajan en el mismo edificio y saber cómo se llaman sus niños. Es sorprenderte cuando ves la diferencia entre tus conversaciones de café y las de los hombres.

La sororidad es decirle a tu amiga que ese tío es gilipollas. Es decirle a tu amiga que ese familiar cercano, sí, esa madre o ese hermano, son gilipollas. Es saber cuándo «Amiga, date cuenta» es comedia, tragedia o terror.

Os quiero, amigas mías.