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Modos de lectura; o cómo recuperar el hábito.

Los medios de comunicación nos dicen a menudo (por si se nos olvida) que estamos perdiendo capacidad de concentración o de atención, si es que son cosas diferentes. Algunas madres amigas mías, que eran aficionadas a la lectura, no leen como antes por una mezcla de falta de tiempo y de adquirir aficiones que compiten con la lectura de libros. Destaca leer desde el móvil: redes sociales, mensajería instantánea… Desde mi experiencia de haber perdido el hábito lector y haberlo recuperado varias veces en la vida por causas muy diferentes, aquí dejo algunas ideas para ayudar a que vuelva.

En primer lugar, ¿qué es la atención? Voy a parafrasear a Héctor Ruiz Martín, a quien podéis leer aquí. Os lo recomiendo, tiene muchísima información en un formato ameno. Este profesor habla de la «memoria de trabajo», que es «el espacio mental» ocupado en una tarea determinada en un momento determinado. Ahora me estás leyendo, por ejemplo. La memoria de trabajo no es multitarea: si estás, por ejemplo, leyendo y a la vez viendo la televisión, tu atención pasará con una velocidad variable de una cosa a la otra, como haciendo zapping. Podrás hacer las dos tareas mejor o peor, pero nunca tan bien o tan rápido como harías primero una y luego otra. Lo que nos ocurre cuando nos cuesta mucho leer (y estoy simplificando un montón) es que tenemos poco control sobre qué está en la memoria de trabajo. Estamos leyendo y la mente «se nos va». El nombre técnico de la capacidad de no dejarnos distraer, si queréis rebuscar en el twitter de Héctor, es «control inhibitorio».

La excepción a la imposibilidad de trabajar en varias cosas a la vez son las tareas que tenemos muy automatizadas. Puedes hablar, mascar chile y caminar a la vez. En la lectura, hay una parte automatizada, que es el reconocimiento de las letras, el nivel más elemental (y sobre niveles de lectura tengo que hacer otra entrada).

Es decir: tienes automatizado leer y esa capacidad no se pierde, sólo has perdido la costumbre de leer un determinado tipo de texto y de no intentar hacer varias cosas a la vez. En mi experiencia, desarrollamos diversos modos de lectura según la ocasión, que no están basados en la longitud o dificultad del texto tanto como en nuestra intención.

  1. Buscar información específica. La «lectura en diagonal» buscando un dato. Imagina buscar tu nombre en una lista de premiados.
  2. Leer de forma rápida y superficial, generalmente por entretenimiento o para conocer el tema general de un texto o colección de textos. En papel, sería la lectura de prensa del corazón, de titulares de prensa, la relectura de una novela ligera. Casi toda la lectura que hacemos online es de este tipo. Cuando leemos estados de facebook, los comentarios a una foto de Instagram, una noticia sobre un tema que ya conocemos… podemos leer mucho tiempo seguido así, y podemos interrumpir en cualquier momento porque el texto es muy fácil o es una colección de textos muy breves.
  3. Lectura selectiva cuando estudiamos o necesitamos seguir unas instrucciones. Es la técnica que nos hace falta cuando queremos resumir o subrayar, cuando unas partes nos resultan familiares y otras no. También es la que necesitamos cuando somos investigadores (yo lo aprendí con la tesis) y estamos buscando en textos largos información que no es particularmente relevante. Es similar al primer modo, pero en textos complejos en los que nuestra tarea incluye comprender además de seleccionar.
  4. Leer poesía, sobre todo lírica, tiene su propia técnica porque es una lectura especializada de textos breves.
  5. Estudiar: una lectura que busca la memorización de textos normalmente largos.
  6. Leer por placer textos largos. Esta es la madre del cordero: fíjate que el problema no es hacer la misma tarea mucho rato seguido (seguro que puedes pasarte una hora leyendo titulares, tweets, estados de facebook), es que según vas leyendo, no puedas cambiar de tema porque si no, pierdes el hilo. A mí me pasó algo diferente cuando opositaba: perdí el placer de la lectura, porque como todo lo que leía eran temas de oposición (textos escritos por mí, muy cohesionados y de entre 2000 y 3500 palabras), se me fue la capacidad de leer sin concentrarme. Era como olvidarme de cómo se anda sin tacones altos.

Antes leías con una variedad de técnicas y has perdido alguna de ellas. Pero como se fue, puede volver. Y ahora, ya sí, los consejos.

  1. Busca momentos concretos para leer. No tiene por qué ser todos los días, pero sí que sea en las mismas circunstancias. Ayuda a leer más. Antes de nacer mi hijo, esos momentos eran el desayuno y el verano. Si te acostumbras a leer en un momento donde ahora coges el móvil o lo consideras un tiempo muerto, antes de que te des cuenta te habrás acabado un libro.
  2. Acostúmbrate a leer en ambientes con distracciones. El móvil o la televisión tienen una influencia demasiado poderosa, pero si tienes muchas obligaciones o un niño pequeño y esperas a disfrutar de un ambiente silencioso y apartado, no empezarás nunca. Puedes leer en el transporte público, en cafeterías, en el parque, en casa mientras el niño juega. Si puedes estar medio pendiente de varias pantallas de navegador a la vez, si puedes mantener a la vez varias conversaciones de Whatsapp, puedes leer mientras otros hacen ruido.
  3. Cambia de libro tan a menudo como lo necesites. Alterna entre varios y abandona los que no te enganchen.
  4. Busca lecturas ligeras o que sean naturalmente «fraccionarias». Algunas de las que he probado yo son libros infantiles, cuentos cortos, antologías de ensayo, y cómic. También puede servir la relectura.
  5. No tengas miedo a leer poesía. Una de sus ventajas es que los textos suelen ser breves.
  6. Haz listas. Digital o en papel, apunta lo que vas leyendo. A lo mejor es más de lo que piensas.

Lo que a mí me ocurrió es que cuando se me acabó la baja maternal, pensé que podía empezar un libro corto y leer mientras desayunaba, como siempre. Fue imposible y no he vuelto a leer desayunando con la misma regularidad, porque repasaba con el móvil los mensajes que no había contestado el día anterior, o simplemente no me concentraba, el libro no me apetecía. Tarde cuatro meses en leer 150 páginas, porque me atasqué en una escena, un poco porque era tan bello, tan triste, tan poético todo que mi cabecita posparto no se veía capaz de hacerle justicia como lectora. Ahora pienso que podría haber saltado tres páginas o cambiar de libro.

El año siguiente, según Goodreads leí 37 libros. ¿Dónde está el truco? En diversificar. Trece eran audiolibros. De los 24 restantes, ya ves qué cosa, dos al mes, solo ocho eran largos y unificados (novelas, biografía). Los dieciséis restantes, una combinación de infantiles cortos, poesía, cómic, cuento… Yo necesitaba recuperar el hábito, y para mejorar la confianza en que podría hacerlo, quería aumentar la cantidad de libros y leer lo más deprisa posible. En 2019, parecido. 47 libros, solo ocho que respondieran a la idea de «libro» que tienes en la cabeza: un texto ininterrumpido de más de 200 páginas. Este año, quiero aprovechar la necesidad de leer de forma interrumpida para leer el texto fragmentario más largo y más clásico que conozco: la Biblia. Por qué no, es otra mitología más.

Espero que estos consejos te sean útiles. Feliz lectura.

Qué he leído en 2019

Un estante con cómics, ordenados por tamaño y no por tema u orden alfabético porque si estuvieran bien colocados, no cabrían.

Este año ha sido una mejora en cantidad respecto al pasado, de 32 libros a 47 nada menos, y eso que los audiolibros han pasado de catorce a solo cuatro. Lo que no mejora es mi propósito de reducir la cantidad de libros pendientes, no porque haya comprado muchos (37) sino porque he leído mayoritariamente libros prestados. Sí, con todo lo que tengo en casa, qué le vamos a hacer, tenemos esas incongruencias.

Participé en un solo reto que no necesitaba mucho en cuanto a compras nuevas, el #LeoOrgullo, del que hice entrada en verano. Y he descubierto maravillas de la editorial Cerbero, de la que destaco el pequeño cuento casi infantil La Ladrona de Tomates, perfecto para una lectura en la playa.

A ver qué he leído: Como siempre, procuro que cada lectura sea lo más distinta posible que la anterior, si he leído una novela lo siguiente es un ensayo, y así. Sin embargo este año ha habido más más literatura de evasión (la suma de fantasía, terror y ciencia ficción antes se llamaba así y voy a recuperar la etiqueta porque PUEDO) porque me interesaban algunas novedades. He leído:

  • Diez novelas,
  • siete cuentos o recopilaciones de cuentos,
  • seis ensayos,
  • trece cómics,
  • cuatro poemarios,
  • tres biografías,
  • tres infantiles,
  • y una obra de teatro.
  • 24 libros escritos por hombres,
  • 20 libros escritos por mujeres.
  • Sólo tres autores repetidos: Javier fernández Panadero, Neil Gaiman y Arthur Conan Doyle. Qué trío, madre.
  • Sólo 18 libros de 16 autores que ya conociera antes de empezar el año. Lo de ampliar horizontes lo llevamos bien.
  • Varias novedades (para mí) que me han emocionado o me han gustado con locura: La hoguera de las vanidades de Wolfe, La Casa de Daniel Torres (una historia de la vivienda en forma de cómic), Debut de Christina Rosenvinge, Los Huéspedes de pago de Sarah Waters, Rialto 11 de Belén Rubiano.
  • Libros que me han decepcionado muchísimo, entre los que puedo mencinar Invisible Women de Caroline Criado-Pérez.

Y esto es todo. Ojalá pueda mantener un buen ritmo de lectura el año que viene, no ya por leer muchos libros sino por disfrutar de todo lo que tengo ahí quietecito esperando en las estanterías.

Orgullo, prejuicio y chelines: ¿cuánto vale el dinero de las novelas clásicas?

Cuando leemos un libro, o vemos películas o series de época, a veces se pierde la noción de la importancia de las cosas según su precio. ¿Cien denarios eran una fortuna, o una pieza de pan?(1). Esto llega al máximo cuando disfrutamos de la literatura y la historia de una cumbre del materialismo: Gran Bretaña, siglo XIX. En novelas, series, películas, biografías, constantemente se menciona el dinero, ya sean precios, salarios, rentas o posesiones. Si no tenemos ni idea del valor del dinero por entonces, nos estaremos perdiendo parte de lo que el público contemporáneo pillaba enseguida, igual que si escribo “un bar con las cervezas a tres euros” sabes dónde está y hasta la pinta del camarero.

Lo primero que hay que saber es que una libra son veinte chelines, un chelín veinte peniques, y que las guineas eran la unidad de venta de artículos de lujo concretos pero se acuñaron por última vez en 1813. En la época que nos ocupa, una guinea eran 21 chelines. Donde leas guinea, entiende “libras pagadas antes de 1800 o para comprar cosas especialmente caras”.

El dinero va perdiendo poder adquisitivo, pero no tan deprisa como en la época actual. Hay calculadoras online para decir “cuánto dinero de ahora mismo equivale a estas libras de 18 nosécuántos”, aunque ahora no tengo localizada ninguna. Una buena aproximación es que un chelín equivalía a cinco euros, pero hay que tener en cuenta algunas diferencias como que se daba un salto muy grande del precio de los artículos de primera necesidad a los de lujo, y que los salarios eran muy bajos. Es decir, el sistema estaba montado para que fuera difícil o imposible ascender de clase social solamente ahorrando.

Un peón podía ganar un chelín al día si iba por libre, pero tenía que pagarse casa y comida (un chelín cinco euros, 25 días de trabajo 125 euros, esto no cuadra con nuestro nivel de vida pero es que mucha gente era así de pobre). Una criada cobraba 10 libras al año como mínimo. Los criados bastante más. Una institutriz unos 25. El servicio doméstico tenía manutención también.

Veamos cómo funcionaba la cosa en las novelas de Jane Austen. Como es bastante antes que en la época victoriana, la versión fácil es que un chelín son unos 7 euros, más que 5. Una libra, cerca de 150€.

Primero Sentido y Sensibilidad: según empieza la novela sabemos que las tres Miss Dashwoods y su madre cuentan con 13.000 libras en total. Eso es más o menos millón y medio de euros… para cuatro personas que en teoría no pueden trabajar, porque lo único que pueden hacer es ser institutrices o algo parecido y eso las expulsa de la clase media. Ya no podrían ni quedar con sus amigos, ni casarse, y dificulta las posibilidades de matrimonio de las hermanas pequeñas porrque la familia entera pierde prestigio. 25 libras al año no merecen ese sacrificio. Las 13.000 libras se meten en el banco y se vive del interés, que son 500 libras (cómo sabemos esa relación lo veremos con Lizzie Bennett y el primo Collins, unos párrafos más abajo). Quinientas libras = 50.000 €. «Pues con 50.000 euros, cuatro personas de clase media viven bien». Ojo ahí. Para seguir siendo clase media necesitan criados (el sueldo de un hombre y una mujer, lo que coman, sus uniformes). Y lo importante es que ese dinero no va a crecer, y no tienen dote. Tienen lo justo para vivir. Al lado de esto, las 2.000 al año (unos 200-300.000 €) del Coronel Brandon son una salvación. Ahorrando un poquito se puede poner dote a la hija pequeña, y si Elinor nunca se casa, ella y su madre se apañan con algún regalo que les hagan los Brandon.

Ahora analicemos con más detalle Orgullo y Prejuicio. Personajes y narrador no paran de hablar de dinero. Primera cifra: Mr Bingley tiene una gran fortuna, es del norte de Inglaterra y ha alquilado una mansión que llevaba tiempo vacía. El lector de aquel momento lo sitúa socialmente al milímetro, y no está exactamente en la cumbre de la pirámide. Si ha alquilado una mansión y no se dice «Mr Bingley de Nosecuantitos Hall», no tiene tierras. Si es del norte, la fortuna puede venir de minas (no puede ser, porque no tiene tierras) o industria textil (bueno, aceptamos barco) o comercio internacional (que sería algo nivel «no hables de eso que estamos comiendo»). «4 o 5000 al año» = medio millón al año, mínimo. Es decir: Papá Bingley, que cuando empieza la narración está muerto, tenía una fábrica textil o plantaciones de caña de azúcar en el Caribe, porque era un poco pronto para hacerse rico de verdad comerciando con la India. Y hasta que no invierta una buena parte de ese dinero en comprar una mansión con terrenito, no formará parte de la auténtica buena sociedad pata negra.

Las hermanas Bingley «tenían una fortuna de 20.000 libras y gastaban más de lo que debían». Si las Dashwood obtenían 500 libras de sus 13000, las Bingley sacan 800 de sus 20000. Eso sí: como una de ellas vive con su hermano y la otra está casada, ese equivalente de 100.000€ se lo pueden gastar entero en caprichos. No es la mejor idea posible porque no saben si van a tener seis hijas cada una, y a ver de dónde salen esas dotes.

  1. Vamos a ver a la familia Bennett. Disponen de: Las tierras, que van a pasar al primo Collins porque lo dice el testamento de quien se las dejó a Mr Bennett. Sí, estar atadas a la línea masculina no era una condición legal de las tierras a estas alturas sino una condición que se podía poner en los testamentos.
  2. 2000 al año, es decir unos 300.000€, más que suficientes para vivir con discreción y además ahorrar para dejarle dote a las niñas. Se insiste en que no les ha dado la gana (algunos detalles caros: libros, profesor de piano, nunca es un problema comprar ropa nueva, caballos)
  3. Las 4000 libras (total, no renta) de Mrs Bennett aportan un interés de 160 al año = unos 20.000 euros. Al nivel de vida de la clase media acomodada es poco dinero, pero en 15 años de ahorro tienes 2.400 para la dote de una hija. Casas a la mayor o a la más guapa con el hombre más rico que puedas encontrar, y los contactos y el prestigio de esa unión facilitan las bodas (y la supervivencia) de las demás. Esto la novela no te lo explica, lo sobreentiende.

Por eso se insiste tanto en que Mrs Bennett es tonta (y mala madre por mimar en exceso a sus hijas), que Mr Bennett pasa de todo (y es un mal padre porque no ha sabido gestionar su casa) y por qué las tres mayores han tenido una educación excelente: una buena cultura general y saber música o canto te hacen quedar mejor en fiestas donde conseguir un novio. Pero eso, que estaría muy bien si hubieran tenido un hermano para que heredara la fortuna familiar, sirve para muy poco cuando todo el mundo sabe que tú sola eres pobre, que lo único que tienes es tu apellido. Esto se lo restriega el primo Collins a Lizzie, en lo que en términos austenianos es de los peores insultos de su obra: «sé que lo único que tienes son mil al año al cuatro por ciento». Ese “cuatro por ciento” se menciona de pasada en otros lugares como el interés más habitual que te daría un banco por tener tu dinero quieto. En este caso son 40 libras al año, y con eso Lizzie no tiene ni para pipas. Al contrario que su hermana Mary, le faltan habilidades para ser institutriz. Lo tiene realmente crudo, y no hacía falta recordárselo. Ya sabéis algo más sobre por qué es odioso el primo Collins: no es que hablar de dinero sea ordinario, es que la está llamando muerta de hambre.

Ahora, los Darcy. Las 10.000 libras al año de Mr Darcy son una cantidad simbólica de OH DIOS MÍO ATENCIÓN CHICAS, ESTÁ PODRIDO DE PASTA. Alrededor de un millón de euros al año. Es verdad que en pagar criados, coches de caballos y todo eso se va bastante. La fortuna (no renta) de Miss Darcy son 30.000 libras, que dan 1200 de interés al año.

Terminemos con la cuestión de cuánto dinero era suficiente para tener el estilo de vida de los personajes principales, y por qué son importantes las maquinaciones de Wickham. Resumiendo, Wickham tiene una herencia modestísima, apenas suficiente para hacerse un hueco en la clase media. Pero él no ha nacido para trabajar, e intenta seducir a Miss Darcy. Cuando no le funciona, le echa la caña a Lizzie Bennet hasta que descubre que es pobre (la educación de ella engañaría a cualquiera) o tal vez solo quería jugar. Dejando a un lado cuestiones morales, fugarse con Lydia es un grado de irresponsabilidad absurdo, porque no puede beneficiarle económicamente, y el único sentido de escaparse juntos es casarse. Cualquier otra cosa podrían hacerla a escondidas Tal vez solo le importe pasárselo bien un rato y abandonarla.

Los Bennet y sus íntimos saben muy bien qué necesita Lydia para sobrevivir y qué puede llegar a pedir Wickham. Tomemos información de otras novelas. Las tres hermanas Dashwood y su madre (Sentido y Sensibilidad) vivían muy justas con 500 libras al año. Edward Ferrars y Elinor Dashwood se casan y se las apañan con 450 al año. El coronel Brandon se casa con Marianne y 2000 al año es desahogado. Nos queda bastante claro que con 500 al año sobrevives si eres clase media; las mujeres son un partidazo muy serio nivel «solo se casa con ella por su dinero» a partir de unos 1000 al año. Los hombres puede asegurar una vida cómoda a su familia con unos 2000. Ahora sabemos que los 1200 al año de Miss Darcy son suficiente para un matrimonio responsable o comenzar un negocio, pero quizá no suficiente como para darse la gran vida, que es lo que Wickham querría.

Sigamos. Cuando Wickham pone condiciones económicas a Mr Bennett para casarse con Lydia, quiere las mil de ella, que le tocan porque las heredaría de su madre, y cien más de renta. Eso suma 140 anuales, un tercio de lo que necesitan para sobrevivir. El padre no se lo cree: «Wickham es imbécil si se la queda por menos de diez mil». ¿por qué esa cifra? ¿Porque es redonda? No, porque la renta de 10.000 son 400 y es la cantidad mínima con la que Wickham podría vivir sin trabajar. Y tachán: se da a entender que precisamente 10.000 es el soborno que le da Darcy.

Se dice muy al final que cuando Mr Bennett le pasa cien al año a Wickham, no es mucho más de los que le costaba mantener a su hija, entre criarla y que la madre le pagaba todos los caprichos. En una familia con unos ingresos modestos, esos 15.000 en dinero moderno es una barbaridad.

Para terminar, se dice que Wickham tenía mil libras en deudas. Además de decir que equivale a unos 100.000 euros, una cantidad que no nos cabe muy bien en la cabeza, también podéis calcular que un profesional modesto vivía con 500, uno acomodado con 2.000. Es un poco como gastarse el doble del sueldo anual de un profesor de hoy día. Por si tenéis curiosidad: un hombre que se gastara demasiado dinero en cosas inconfesables se lo dejaba en alcohol, prostitutas y juegos de azar. Si el hombre en la novela enferma o muere, se sobreentiende que más lo primero que lo último.

(1) Sabemos gracias al edicto de precios máximos de Diocleciano, de 301 d.c., que 50 denarios era el jornal diario de un trabajador cualificado o la tarifa mensual por alumno de un maestro de enseñanza elemental. Con 100 denarios podías comprar unas botas. Gracias a @Carmen_caesaris por facilitarme el documento.

Felicidades maternales

Las palabras inventadas. Su palabra para pedir que lo cojan en brazos. Tu palabra para las cosquillas.

Que se duerma en menos de una hora desde que entra en la cama.

Despertarte de la siesta y que él siga dormido.

Jugar en el parque hasta que pide volver a casa.

Verlo comer.

Verlo comer sin mancharse, como un niño grande.

Verlo comer con cubiertos.

Estar leyendo un libro sin ilustraciones y que un niño demasiado pequeño para saber leer se asome y te diga muy serio «Son letras».

Que cante. Reconocer en su chapurreo canciones que le has enseñado. Que solo sepa dos palabras y la melodía (wo, wo, wo). La primera letra que se aprende entera. La primera canción que se inventa él.

Ponerte en cuclillas para un abrazo y que te tire al suelo.

Derrumbarte en el sofá cuando se ha dormido o no está en la casa.

Derrumbarte en el sofá y que trepe por encima de ti.

Estar en casa. Oír el tintineo de las llaves. Han llegado. La puerta la ha abierto él, y grita HOLA, MAMÁ. Y corre, corre, corre por el pasillo hasta que parece que te va a abrazar, pero se para y te dice muy serio qué se ha encontrado hoy por ahí fuera.

Según crecen, van cambiando. Ya no huele a bebé, ya no me cabe en brazos ni aplaude cuando está contento. A veces se puede crear una rutina y te acostumbras, otras veces el ritmo de los cambios es acelerado. Me pregunto cuántas maravillas más nos quedan por descubrir.



Día de las escritoras

El lunes más cercano al 15 de octubre, día de Teresa de Ávila, es el Día de las Escritoras, por una iniciativa de la Biblioteca Nacional. Me pregunto si también es el día de las escritoras que han dejado de escribir. Y es que es el día de muchos tipos de escritoras.

Día de las escritoras que no creen ser lo bastante buenas.

Día de las escritoras con tres manuscritos sin publicar.

Día de las escritoras de diarios en forma de notitas. Día de las escritoras de hilos de tuiter, de cuentos para sus hijos, de cartas, que no se consideran escritoras.

Día de las escritoras de un libro firmado por otro. Día de la publicación con seudónimo o con iniciales.

Día de las escritoras que escriben Juvenil porque «las mujeres no escriben fantasía ni ciencia ficción».

Día de las escritoras que escriben cuando el niño se ha dormido.

Día de la única escritora reconocida de su estilo, país o generación. Día de la Pitufina.

Día de «es demasiado personal», «es demasiado corto», «es demasiado pesado» «es demasiado específico» y «lo escribí hace demasiado tiempo».

Día de que el género literario que te interesa no sea ni prestigioso ni comercial. Y es cosa individual tuya, por supuesto.

Día de no conseguir publicar. Día de publicar y que no te hagan promoción. Día de que la editorial no te promocione y la crítica no te haga caso. Día de ser una adelantada a tu tiempo y de haber nacido una generación demasiado tarde.

Feliz día a todas.

Diarios de crianza, el eterno borrador.

Mi escritorio tal como está ahora mismo, sin tocar nada. Sí, eso es un limón. El cuaderno estampado del centro es un diario de crianza semiabandonado.

Te quedas embarazada o tienes tu primer hijo, y si eres una lectora voraz o te gusta mucho el cine y las series, te preguntas «¿pero por qué nadie cuenta bien todo esto?» Piensas que en la vida te habías sentido así, que no quieres olvidarlo, hay que atrapar el momento, y te animas a hacer un diario.

Tardas en escoger un cuaderno de papel y nunca está a mano, quieres hacer dibujitos o un álbum de recortes y lo actualizas rara vez, lo empiezas a ordenador por la inmediatez que supone y te arrepientes porque no es tán portátil como ese cuaderno que desdeñaste. Al final tienes dos y piensas que ya juntarás toda la información cuando pases a limpio. Compras un cuaderno especial para este menester y se te olvida después de veinte páginas y dos meses.

Cuando empiezas, no sabes si escribir para ti, e incluir todo lo malo porque quieres que permanezca, que conste, que lo lean tus amigas; o para tus hijos, y no poner casi nada sobre ti porque no se trata de eso y no crees que sea lo que les va a interesar. Necesitas poner por escrito sentimientos únicos y todas las cosas preciosas o divertidísimas que ha hecho tu nenito. Al final son frases escuetas y lenguaje simple para hablar de si hoy fuimos al parque o te caíste, de si hiciste cualquier cosa por primera vez, algo que palidece al lado de la magnífica, exuberante realidad. Como en la agenda de 1969 de la madre de Mauro Entrialgo, te queda un «hoy el niño tuvo fiebre. El hombre ha llegado a la luna».

Pero sigues. A veces escribes, otras te pasas meses sin coger el dichoso cuaderno. Haces una ensalada de pronombres porque a veces le hablas a la criatura, a veces es tu diario y a veces no se sabe por qué escribes en tercera persona, para la posteridad. Usas whatsapps a la abuela y las fotos del móvil para rellenar los huecos de tu memoria. Otras veces dices «que salga como sea, pero esto yo lo escribo» y ahí que te pones. Y es maravilloso cuando se cuenta con ayuda. Del padre que duerme al niño para que aproveches ese ratito. De la amiga que lo lee y te dice que le gusta. De alguien como el Hematocrítico, que publica un cuaderno para niños que funciona genial para que escriban los adultos de sus vidas. Este verano he conseguido escribir algo sobre el verano de mi niño casi todos los días. No es una obra literaria, pero a él le quedará para saber cuál era su película favorita y con quién jugaba el verano de sus dos años. Gracias, Miguel Ángel. Qué regalazo.

Una entrada cualquiera (esta es de las más breves) del diario de verano, 2019.

Algunas aclaraciones sobre la brecha salarial.

La brecha salarial es algo que provoca grandes polémicas porque no se tiene clara su definición y además parece difícil de aceptar, y también de creer que en una empresa pueda mantenerse en su definición más restringida sin que nadie se dé cuenta o proteste con éxito. Los negacionistas de la discriminación salarial de la mujer la definen así: «que las mujeres cobren menos dinero por hacer el mismo trabajo, con la misma capacitación, en el mismo puesto profesional con el mismo nombre y título hasta la última coma, sin tener encuenta más ventajas que el sueldo bruto y no, por ejemplo, otras ventajas concedidas por la empresa». Por ejemplo, que un profesor y una profesora de Matemáticas cobren diferente sueldo por las mismas horas. Si son un profesor de Matemáticas y una profesora de Historia, aducen «es que ya no están haciendo el mismo trabajo». Cuando nos referimos a brecha salarial queremos decir que las mujeres ganan menos dinero que los hombres a igual capacitación, en puestos equivalentes, con nivel de responsabilidad equivalente, y también de manera más ampliada, al uso de mecanismos varios que provocan, de facto, que las mujeres ganen menos dinero que los hombres. Esto está recogido y demostrado mil veces; una muestra muy conservadora de ello es el Índice de Desigualdad de Género que mide el Foro Económico Mundial, una asociación internacional de empresas que elabora un informe sobre este tema. Explico en otro post en qué consiste exactamente este informe. Aquí se puede consultar el más reciente, que señala esto respecto a España:

  • Estamos en la posición 29 global, y si la igualdad es el 1, alcanzamos el 0,74.
  • En participación económica y laboral estamos en el puesto 80 con un nivel de desigualdad del 0.66 y esto es una mejora.
  • Las mujeres ganan un 66%, aproximadamente, de lo que ganan los hombres, en valores absolutos (es decir, sin referirnos al tipo de ocupación de unos y otras)
  • Estamos en la posición 49 en cuanto a nivel educativo con un nivel de paridad del 0.95 así que no es un problema de formación de las mujeres.

Insisto en que el Foro no es una asociación de gobiernos sino de empresas, es decir, esto es lo que están diciendo ellas sobre el funcionamiento del país en su conjunto. No todo lo que produce brecha salarial por género se debe a que las empresas sean «malas», no todo es «culpa» suya. A veces es deliberado, a veces es inconsciente y a veces escapa a lo que las empresas pueden arreglar ellas solas.

Veamos algunas de las maneras en las que las mujeres ganan menos dinero que los hombres. Lo primero es «mismo sueldo base, complementos diferentes». Como ejemplos, una noticia y una anécdota. La noticia: un hotel paga, por la vía de un complemento, 204 euros más al mes a los camareros que a las camareras. Los hombres que limpian se llaman «fregadores» y cobran más que las mujeres que limpian. La anécdota: Me contaron que en Altos Hornos de Vizcaya, en una zona donde todos los trabajadores cobraban un plus por la peligrosidad de los tóxicos que allí había, las limpiadoras no tenían ese plus. A «es que era por ser limpiadoras, no por ser mujeres»: no estamos examinando motivaciones que pertenecen al campo de lo psicológico, estamos examinando efectos. Si trabajar al lado de un tóxico lleva un plus, y no lo lleva para todos, hay discriminación.

Otra opción se da que se da muy a menudo, entre otros lugares en industria alimentaria y en agricultura, es «Todos los hombres hacen la misma tarea, y todas las mujeres hacen otra distinta, categoría laboral distinta, sueldo distinto». Son tareas que requieren un nivel de formación similar, una responsabilidad sobre la producción también parecida, aunque sean de naturaleza diferente. En industria alimentaria es muy habitual que las mujeres trabajen en la «cinta» (no se mueven de su sitio, y manipulan alimentos o envases en una cinta transportadora) y los hombres como «mozos». A los hombres no se les ofrece trabajar en cinta, ni a las mujeres fuera de ella, independientemente de su experiencia o habilidades personales. En la cinta se cobra menos. Si pensáis que es que es un trabajo menos peligroso: puede tener cuchillas como guillotinas, por ejemplo. Y en muchas máquinas se puede quedar atrapada una parte del cuerpo. Si trabajas en un escritorio, como teleoperador por ejemplo, tienes derecho a descansos breves por hacer un trabajo repetitivo, pero en una cinta no, así que incluso contando con una pausa para comer puedes encadenar horas haciendo exactamente el mismo movimiento, con un nivel de atención constante, sin parar un segundo. Aquí hay un buen ejemplo en una envasadora hortofrutícola de Almería, que además explica que ellas tenían funciones más diversas que los hombres y a veces los sustituían. La distinción envasadora/mozo era artificial.

A pesar de la jurisprudencia en contra, esto sigue ocurriendo. Octavio Prieto, profesor en Castilla-La Mancha, cuenta que en su región la cosecha y preparación del ajo es un trabajo estacional. En los almacenes a las chicas se les paga 5,20 euros la hora por un trabajo «de cinta» (pelar ajos) y a los chicos 5,90 por cargar cajas. 0,70 la hora en una jornada completa es un 12% del sueldo y quiere decir 117 euros al mes. Para estudiantes que lo hacen en sus vacaciones escolares, 232 euros de más o de menos con los que empezar el curso. La justificación es que la tarea es diferente, pero los varones no necesitan más formación, ya no se cargan cajas sino que se usan «toros» así que la fuerza física no es un requisito, las mujeres a veces tienen que ocuparse de trabajos que no son el pelado sin que eso suponga aumentarles el sueldo (lo mismo que ocurría en la envasadora almeriense) y no hay diferencia en cuál de los dos trabajos es más importante. Algunos almacenes lo han cambiado cuando se ha protestado, y otros no. Evidentemente, una chica de 17 años que necesita pasarse el verano en un almacén de verduras para poder pagarse sus estudios tiene cosas más urgentes que hacer con sus ahorros que demandar a esa empresa. Así la situación se perpetúa porque afecta a las más vulnerables.

Una situación relacionada, que en twitter ha contado Desiré Carmona entre otras, es que a las mujeres se les reconocen habilidades superiores para la gestión, la administración, la mentorización o la docencia… y no se pagan o no se consideran parte del horario. Es decir: de las mujeres se presupone que van a coordinar, que van a ser sus propias administrativas, y que van a ser las supervisoras de compañeros con la misma categoría profesional. Esto puede ser una pérdida salarial (coordinador o docente puede ser un sueldo mayor que el que se está cobrando) y es siempre una pérdida de tiempo (porque haces tarea y media) y de oportunidades: como trabajas demasiado no tienes tiempo de aceptar nuevos retos y se te va la jornada solo en estar al día.

En otros aspectos la brecha salarial afecta desde la contratación. En profesiones cualificadas, a las mujeres se les exige más currículum, tanto por formación como por experiencia, porque llegan a la selección de personal con menos contactos. Los hombres acceden a la posibilidad de ser contratados (o al puesto en sí) gracias a oportunidades anteriores, por haber hecho más relaciones públicas, mientras que las mujeres tienden a ser más «cumplidoras» en lo académico y laboral. Por voluntad propia o por tener obligaciones familiares, etc., no han desarrollado esos contactos a medio camino entre lo laboral y lo social. Esto afecta por ejemplo al trabajo en medios de comunicación, en tecnologías de la información, etc, en los que no es imprescindible tener una titulación universitaria concreta (o tener una en absoluto). Los estudiantes o aprendices varones empiezan a encadenar pequeños trabajos y van haciendo agenda, mientras que las chicas estudian. Aquí hay más anecdotario que noticias, aunque espero poder contar más en el futuro.

Está relacionado con esto que los logros de las mujeres se evalúan con más rigor y dureza. Puede ser porque los hombres tienen más tendencia a exagerar, y sus interlocutores a aceptarlo, o porque las mujeres tienen más tendencia a ser precisas, realistas o modestas en la exposición de sus logros o de sus objetivos, y sus interlocutores además desprecian este estilo comunicativo. Un estudio reciente sobre solicitudes de becas de investigación que se presentaban anónimamente, para evitar sesgos, muestra que las mujeres recibían menos becas que los hombres pero que si obtenían la beca, publicaban más artículos científicos que ellos, es decir, no eran peores investigadoras. La diferencia que perjudicaba a las mujeres tenía que ver con el estilo del lenguaje: en ellas era más conciso y en ellos más general. h

También hay casos en los que directamente se paga menos a las mujeres. Porque sí y ya. Quien lo sabe, calla, aunque siempre sabemos de algún caso, como quien contó en twitter que siendo becario supo que una empleada con un puesto superior cobraba 6.000 al año menos que sus compañeros hombres. Picanúmeros compartió varias gráficas sacadas de la Encuesta de Estructura Salarial del Instituto Nacional de Estadística, con datos de 2014. Comparando 81 puestos de trabajo distintos de personas con idéntica jornada laboral, duración de contrato, sector y nacionalidad (española/extranjera) (ojo que nos referimos a ocupaciones, no a 81 personas) obtuvo que en un 56,8%, los hombres cobraban un 10% o más que las mujeres, y en un 9,8%, las mujeres cobraban un 10% o más que los hombres.

Es decir, en resumen: las causas inmediatas de la brecha salarial son la creación de dos puestos de trabajo con distinto nombre para funciones del mismo valor para la empresa, la creación de complementos y ventajas que se les dan a los puestos ocupados por hombres y no a los ocupados por mujeres, y directamente, pagar menos a las mujeres y ya está.

De una manera menos inmediata, más indirecta o a medio-largo plazo, los hombres consiguen más ascensos que las mujeres. Y también, las mujeres trabajan más a tiempo parcial, en parte porque se hacen cargo del cuidado de los hijos y de la casa, y sus parejas no. Esta es una cuestión que va un poco más allá de la responsabilidad de las empresas, aunque ayudaría tener medidas como la jornada continua.

Una crítica que se oye a veces sobre este tema es que «si fuera verdad que a las mujeres les pagan menos, las contratarían preferentemente a ellas y tendrían menos paro». Es legítimo preguntarse esto, es decir, si es verdad que un empresario puede salirse con la suya y pagar a las mujeres por debajo del salario adecuado a la ocupación, ¿por qué no contratar a más mujeres para todo o casi todo? Todas las razones son machistas, pero unas tienen más sentido económicamente que otras. La primera, desconfiar de las mujeres en edad de ser madres, no solo porque se cojan el permiso de maternidad sino porque durante bastantes años, los niños requieren estar acompañados, se ponen enfermos, ocupan bastante tiempo de los adultos, y los empresarios asumen que son las madres y no los padres quienes se harán cargo de todo esto. En otros casos, ni siquiera se cuenta con mujeres, de manera inconsciente quizá, como en algunas tareas peligrosas o que requieren cargar pesos. Es el caso de los estibadores, por ejemplo, aunque ahora sea un trabajo muy mecanizado. Además, hay pocas mujeres con formación o vocación para algunos empleos masculinizados, y no estoy pensando en los que requieren más estudios sino por ejemplo los relacionados con ciencia y tecnología que requieren una formación media (es más fácil encontrar una ingeniera que una fontanera). Por último, aunque de esto solo tengo anécdotas, en empleos muy feminizados se valora mucho la presencia masculina, formal o informalmente, y los escasos hombres ocupan enseguida posiciones de prestigio y de poder. He visto esto ocurrir en la enseñanza, y me han dicho que ocurre en enfermería y en servicios sociales. No tiene por qué ser universal, pero ocurrir ocurre.

La realidad es que las mujeres en el mundo ganan menos dinero que los hombres, y que realizan similar trabajo remunerado y mucho más trabajo no remunerado. Las causas, al final, son irrelevantes. Lo importante es dar fin a esta situación, dejar de cronificar la pobreza femenina, y valorar justamente nuestro trabajo.

Reto de lectura LGBT: #LeoOrgullo

Me enteré de que había salido, con motivo del mes de reivindicación de los derechos LGBT, un reto de lectura muy amplio que consiste en leer libros escritos por autores no heterosexuales, o con temática relacionada con este tema. Me encantan los retos de lectura, los he hecho geográficos, por orden alfabético, por géneros literarios, de todo tipo. Son una buena manera de dar variedad a lo que se lee. Y la verdad es que estas iniciativas hacen falta, porque creo que no es casualidad que casi todas mis lecturas han sido de editoriales muy pequeñas. Así que en junio y parte de julio he leído lo que tenía por casa y alguna compra más. Esta ha sido mi experiencia.

1 36, Nieves Delgado. En Editorial Cerbero. No suelo leer ciencia ficción y todo lo que recuerdo son distopias, así que me falta base para hacer una buena crítica. Me ha gustado, tiene un planteamiento original y una historia que engancha. Recomendable: para quien ya le guste la ciencia ficción, para quien quiera experimentos con la identidad de género.

2. Vida en Martes, de Beatriz Sevilla, en Episkaia. Poesía con un poco de hilo conductor: una semana en la vida de una mujer recién independizada, superada por la adultez y la vida en general. A ratos bonito, a ratos terrible. Se lee rápido, pero luego deja poso. Es un libro extraño por cuánto revela. Cuando decimos «soy un desastre», o «la vida es una mierda», casi siempre es con humor o con rabia; Beatriz no. Solo lo suelta, de la manera más aséptica posible, cuando no parece que esté en plena crisis de ansiedad. Da un poco de pudor, una sensación de «yo no debería estar enterándome de esto» o de «ah, que no me ha pasado solo a mí». Qué valor requiere verbalizar, echar fuera y luego encima compartir tantos temores. Recomendable: muchísimo.

3. Los huéspedes de pago, Sarah Waters. NoveLÓN. Esta autora nunca sé por dónde va a salir, tiene las historias más entretenidas y las más deprimentes que conozco. Esta en una intriga magnífica, a ratos un poco lenta. Una de las cosas que más me han gustado es cómo se describe la relación entre las varias mujeres sáficas que aparecen (uau, una novela con más de un personaje LGBT): amistad, recelo, enamoramiento, la comodidad de una relación amorosa ya hecha rutina. Y también cómo la autora se transforma para escribir al estilo de la década en cuestión. Recomendable: si te gustan los novelones tochos que se tarda un verano en leer, y las películas clásicas a lo Hitchcock.

4. A Tale for the time being, Ruth Ozeki (en español tiene el absurdo título de El Aleteo de una mariposa en Japón) entra en el reto por los pelos, porque un personaje secundario es bisexual y esa es una de las causas de que la narradora la admire, pero no tiene ningún efecto sobre la trama. Su mayor defecto es que es un poco lento y repetitivo. Es muy triste, y no se lo recomiendo a quien esté deprimido o tenga ideas suicidas. Hace un uso brillante de perspectivas múltiples y de saltos atrás en el tiempo.

5. Good Omens. Da igual si consideramos a Aziraphale y Crowley asexuales, homosexuales, aces enamorados… entra en el reto. No puedo decir nada que no esté dicho ya. Es un libro maravilloso, del que ya hablé en mi guía de lectura a Neil Gaiman.

6. Los deseos afines, VVAA. Es una recopilación de cuentos africanos con personajes LGBT. Es muy variada en enfoques y temáticas. Los cuentos casi se dividen en «tristes» y «encuentros sexuales casuales». De los más sexys solo me gustó uno. De los tristes, variaba mucho. La verdad es que no me ha dejado con ganas de investigar a los autores de cada cuento.

7. Vidas Trans, VVAA, ed. Antipersona. Una recopilación de ensayos autobiográficos que sirve como introducción mínima a la situación y los problemas de las personas trans en España. Cada ensayo tiene un tema; por ejemplo el de Alana Portero es sobre el trabajo y el de Atenea Bioque, sobre el sistema médico. Sabe a poco porque es muy corto (no llega a cien páginas) y bastante básico, pero precisamente así debe llegar a más gente que no sabe nada sobre esta cuestión. Recomendable: mucho.

Post invitado: Manual para la felicidad en pareja

Cronopia, La Crono, es una tuitera muy popular por sus hilos humorísticos en los que desgrana consejos o anécdotas. Este fin de semana ha publicado unos consejos para la vida doméstica, orientados a mujeres aún por casar (o arrejuntar), que amablemente nos permite recopilar aquí. Está un poco condensado:

Hay una norma de oro. La norma namber guan. La que hay que tener presente siempre, pero especialmente los primeros años. La norma dice: no llegues a EL MOMENTO. ¿Y qué es el momento?, me preguntáis, como si yo fuera un señor de esos que lo saben todo. El Momento es un instante en el tiempo, una ocasión, una sola, en la que tú te haces cargo de sus cosas como si fueran tu responsabilidad. No te acerques nunca a ese momento. No estoy diciendo que no le puedas hacer un favor, sino que no tienes que llegar nunca al momento en que te hagas cargo de sus cosas como si fueran tuyas.

Llega tarde a trabajar: es cosa suya. Va con la ropa arrugada: es cosa suya. Se levanta tarde y no desayuna: es cosa suya. Y así. No te hagas cargo nunca, jamás de lo que a él le corresponde: su higiene, su salud, su alimentación. Recuerda que te has casado (o, si eres una persona sin moral ninguna, te has arrejuntado) con un señor, no con un niño. El tiempo, si Dios quiere, ya te dará hijos. El tío de barbas que duerme a tu lado SABE ocuparse de sus cosas. No dejes que se aproveche de ti.

El Momento es más difícil de esquivar de lo que crees, por eso hago especial incidencia. No es solo decir «pues no le pienso planchar las camisas». Eso es fácil y de una lógica que cae por su propio peso. Es que NO SE LA PLANCHES. ¿Que necesita que se la planches porque llega tarde? Que se hubiera levantado antes. -Oh, pero es que si yo llego tarde él también me la planchará a mí. Sí, un día, y tú acabarás planchándole la camisa todas las mañanas.

Ignora las presiones externas. Cuando te casas (o bien pecas y te arrejuntas) se pone en marcha toda una maquinaria social destinada a que llegue El Momento. Vara evitarlo, impide que nadie entre en tu casa a hacer lo que tú no quieres hacer. No puede entrar ni su madre, ni su hermana, ni su prima a plancharle la camisa. Eres muy mala, una bruja y una guarra que mira cómo lleva a su marido: da igual. No pueden.

Bien. Pasan los primeros años de matrimonio (o de vida en pecado, tú misma) y consigues esquivar El Momento. CUIDADO CON LA LLEGADA DEL PRIMER HIJO. Recuerda esto y tenlo siempre presente: el permiso maternal es para cuidar a un niño, no para cuidar de una casa ni de un señor que ya se está quedando calvo. Además, la que está con el bebé está más cansada que el que trabaja fuera.

De los cumpleaños, Reyes, fiestuquis y detalles varios que incluyan preparación, ornamentos o regalos: cada uno se ocupa de su familia. No te ocupes de los regalos de tu familia política. «Ñé, ñé, ñé, is qui yi ni sí iscigir in riguili», te dirá. ¿Verdad que cuando estaba en fase de conquista te sabía comprar regalos molones? Pues que busque regalos molones para su madre y para sus sobrinos. También tiene que ser él el que se acuerde de ir a visitar a su madre.

Asimismo, cuidado con los ólogos. Esto es, de sus citas con urólogos, podólogos, traumatólogos y etcétera se tiene que ocupar: ÉL. En resumen, tú no eres su agenda.

Si se da la nada extraña circunstancia de que no hace nada sin que se lo pidas, hay que planificar. Planificar es una tarea doméstica y debe compartirse. Esto significa que hay que planificar juntos. Supervisar la planificación, igual.

Si le parece mucho follón que os ocupéis los dos de una misma cosa porque luego es un lío, que se ocupe él.

Si se decide de mutuo acuerdo repartirse las tareas de forma que «yo hago la compra y tú ordenas la ropa»: CUIDADO. Que sean trabajos que se lleven a cabo con la misma frecuencia. Ejemplo: Colgar cuadros no es equivalente a hacer la compra, a no ser que hagáis la compra una vez cada cinco años.

No interpretes sus deseos/indirectas como órdenes. Si te dice «ya no quedan tomates» no significa que tengas que ir tú esa misma tarde a por tomates.

No obedezcas órdenes.

Niégate a responder a las preguntas que te haga en segunda persona del singular sobre asuntos que son de los dos. Ejemplo: -¿Dónde guardas los trapos? Es una pregunta trampa. Los trapos los guardáis los dos . Si le parece mucho follón que os ocupéis los dos de una misma cosa porque luego es un lío, que se ocupe él.

Si te compara con la mujer de su primo, o con la vecina o con su madre, que «mira todo lo que hacen en casa y no se quejan nunca», compáralo tú con Keanu Reeves

No tiene que conducir siempre él. No conduce mejor que tú. Él no es nadie para supervisar cómo conduces.

Ganar menos dinero no te quita derechos en el uso del tiempo y el espacio. El mejor sitio del sofá no tiene por qué ser para él. La habitación que sobra no tiene por qué convertirse en «su despacho». Y que ganes menos dinero no resta peso a tus opiniones ni a tu capacidad de decidir en temas comunes.

Si cocina él cuando hay visita, no permitas que se lleve todos los aplausos. Recuerda a los comensales que tú has hecho las ensaladas/recogido la casa/ordenado la cocina. Visibiliza tu trabajo. Si se pasa la puñetera comida explicando la receta y cómo ha cortado la cebolla y cómo ha hecho el sofrito, bosteza sonoramente hasta que cambien de tema. O también, cocina tú cuando haya visita y deja que él se ocupe de todo lo demás.

Comprar cortinas, electrodomésticos y otros accesorios para casa computa como tareas domésticas.

No tienes por qué ser la amiga de las parejas de sus amigos. No tienen por qué gustarte sus aficiones .

Si te pones enferma, no te disculpes. Él tendrá que ocuparse de las tareas domésticas y te tendrá que cuidar a ti. No pidas perdón. No es culpa tuya. Salvo fuerza mayor (trabajo o tener que cuidar a alguien más necesitado que tú), el que tiene que cuidarte es él; ni madres, ni hermanas.

Como resumen, un señor que no es capaz de ocuparse de sus cosas, que cree que tiene derecho a vivir un pelín mejor que tú, a tener más tiempo libre y a ocupar más espacio, no merece tu atención ni tu compañía .

Riesgos misóginos de una definición excluyente de «mujer».

Cuando empiezas a estudiar lingüística, aprendes que en una forma clásica las palabras se definen de dos maneras: por oposición y por su función. ¿Qué es un día? No es su definición; un día es lo que no es noche. También es sustantivo; es aquello que puede funcionar en el discurso en la posición que le toca. Las cosas son lo que no son (día/noche) y son aquello para lo que sirven (lo que hace de sujeto, lo que te encaja en la expresión «salgo de paseo todos los …»).

Si somos modernos o posmodernos y hemos dejado atrás el cartesianismo, los binarismos y los esquemas fáciles, sabemos que la realidad es mucho más complicada, pero estas estructuras fáciles llevan siglos influyendo cómo actuamos más allá de una clase de lingüística. Seguimos encontrando a personas que quieren categorizar la realidad en función de lo que diga el diccionario («el hembrismo existe, la RAE lo define como…»). Esto también ha ocurrido con el concepto de mujer.

La idea de mujer está subordinada a la idea de hombre. Lo siento, yo no hago las reglas. La hegemonía, el control del discurso público, el dinero, los diccionarios, los tratados de filosofía y las editoriales las han controlado los hombres y la mujer no es ni ha sido nunca un concepto primario o esencial, sino derivado del de hombre o ser humano. Veamos la función primero. Los hombres se han debido a Dios, o son dueños de la Creación, o su culmen, o están llamados a amarse los unos a los otros, o a conquistar tierras lejanas. Los hombres son, y hacen, y su subordinación puede ser a Dios o a la sociedad (de los demás hombres) o a nadie. Las mujeres se han debido al hombre, o a su valor reproductivo, o a un papel social como cuidadoras. Esto lo explica muy bien Alana Portero, con una definición de inspiración marxista y plenamente funcional:

Ser mujer es ocupar la posición desfavorable derivada de la división sexual del trabajo, cuyo máximo nivel de explotación sería el rol de parideras y cuidadoras que mantienen el sistema vivo sin percibir retribución alguna.

«Definiciones», de Alana portero, en Casa de Lectoras indeseables.

Galicia Méndez también ha desarrollado en twitter una definición más parcial a raíz de la publicación no consentida de fotos de una mujer trans: precisamente el acto de exhibir su cuerpo para insultarla y negar su condición de mujer la coloca en el género habitualmente humillado mediante la exhibición de fotos íntimas. El uso de roles de género femeninos es criticado, la condición de ser humano puesta a debate, por desgracia confirman que la víctima es una mujer. Si te tratan como a una mujer, es que eres una mujer.

Mi área está más cerca del análisis histórico, y ahí lo que se percibe es que la construcción del concepto de mujer por oposición sirve el doble propósito de subordinarnos y de crear categorías de nopersonas, nomujeres. El hombre-ciudadano es la medida de la humanidad, y la mujer es «lo contrario de un hombre, también ser humano pero con ciudadanía variable». El estatus de mujer ha sido un salvoconducto, un permiso de residencia en el extranjero, una amnistía cancelable para las mujeres a las que se aplicaran las virtudes del modelo feminino aceptable, que siempre podía cambiar porque dependía de cuáles eran las cualidades complementarias al modelo masculino ideal del momento. Una definición, por otra parte, siempre más aplicable a mujeres ricas que a las demás.

Por poner algunos ejemplos sencillos de la pirámide hombre – mujer – seres subhumanos, la esclavitud eliminaba el estatus de persona; más tarde, cuando se estableció que la principal cualidad del ser humano es lo racional, se dijo que los hombres no blancos no son racionales, los del sur menos que los del norte… y las mujeres menos que los hombres en cualquier caso. Cuando se determinó que los hombres son valientes, rudos, fuertes y con resistencia al dolor, se determinó que las mujeres son el sexo débil y enfermizo, salvo las mujeres pobres u obreras, que no son mujeres-mujeres del todo porque el trabajo manual embrutece. Con el deseo sexual ocurre algo parecido: las mujeres no sienten deseo, y si sienten deseo no son mujeres. Las prostitutas, las mujeres pobres y las empleadas domésticas estan disponibles y por tanto, no son mujeres de verdad. Y si son anti-mujeres no es para ser semi-masculinas, sino para perder el estatus de ser humano.

Así que cada vez que hablamos de «mujeres de verdad» para excluir a grupos enteros de nuestra fiesta de pijamas, qué condiciones pongamos a la entrada son irrelevantes. Determinados genes, determinado cuerpo, determinado tipo físico. Si excluyes a colectivos de tu definición de mujer, no se está defendiendo la esencia de lo verdaderamente femenino. No es una protección frente a un ataque externo: es ponerse a la altura de todos los hombres que han querido decidir por nosotras hasta qué punto nos daban permiso para ser casi personas. Vosotras veréis si queréis ser como ellos.