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La “carga mental” de las tareas domésticas en Navidad

¿Recordáis aquello de la carga mental y el “habérmelo pedido”? Si no sabes de qué hablo, te lo explico. El pasado mayo, la dibujante Emma Clit hizo un cómic que tienes aquí, sobre cómo para las mujeres, cada tarea de la casa es, como mínimo, doble: saber que hay que hacerla, coordinarla, delegarla, supervisarla, por un lado; y hacerla si es nuestra responsabilidad, por otra. Su título, “Me lo podías haber pedido”, se refería a parejas masculinas que creen que hacen “la mitad de las tareas de la casa”, pero nunca se encargan de nada por iniciativa propia.

Las fiestas son una época de enorme carga mental para quien administre las tareas domésticas, y aquí os sugiero una lista de tareas para que se observe cómo debe ser un reparto justo. Cada casa es diferente, pero estas son, en general, las tareas más habituales.

  1. Decidir donde y con quién se celebra cada festivo. Sólo decidir, sin organizar.
  2. Hacer regalos.
    1. Decidir qué comprar.
    2. Comprarlo.
    3.  Envolverlo.
    4. Multiplica por tu familia, la de tu pareja, y vuestros hijos en común si los hay.
  3. Organizar vuestro transporte.
    1. Sólo organizarlo. ¿Vais a viajar? ¿Os vais a encontrar atascos? ¿Qué hacer para evitarlos?
    2. Si vais en coche, ponerlo a punto. Si vais en transporte público, comprar billetes o comprobar horarios.
    3. Hacer las maletas de cada miembro de la familia.
    4. Si vais en coche, conducir.
  4. Saber quién está invitado a vuestra casa, y cuándo. Sí, saber quién viene a merendar el día 2 de enero es una tarea, porque hay que coordinar con todas las tareas restantes.
  5. Planear qué se va a comer durante toda la quincena, y comprar los ingredientes.
  6. Cocinar.
  7. Tener la casa lista para recibir invitados.
    1. Decoración.
    2. Limpieza, orden, suministros de todo.
  8. Limpieza post-fiesta.
  9. Tener lista la ropa de fiesta.
    1. Puede ser comprarla, o asegurarnos de que está limpia y planchada y es la talla correcta.
    2. La tuya.
    3. La de tu pareja.
    4. La de los niños.
  10.  Mantener una comunicación fluida con todas las personas con las que vais a quedar, en sus casas, las vuestras, o en la calle.
    1. Enviar felicitaciones, si queréis.

Lo que aquí queda formulado como diez tareas puede expandirse si se considera el trabajo de cada uno de los días festivos, pero sirve como aproximación general. A lo mejor se te ocurren más tareas, sobre todo si tienes hijos.

Ahora puedes hacer lo de siempre, es decir, hacerlo casi todo y maldecir, y decir que el año que viene la Nochebuena la va a organizar Rita porque tú te quedarás en casa viendo pelis tú sola, o puedes coger el toro por los cuernos. Coge esta lista e imprímela. Ahora coge la agenda, el móvil, papel, bolígrafos, y a tu pareja en un momento de buen humor y con tiempo por delante. Y explícale que  lo justo es que hagas la mitad de las tareas, y que eso no es “yo cocino y tú limpias”.

Cuando hayáis hablado todo lo que tengáis que repartir, haz la mitad. Sólo la mitad. Presta especial cuidado a la coordinación y cubriros el uno al otro si os comunicáis un despiste. Apuntad recados en un lugar bien visible. Pero sobre todo, no hagas más de la mitad.

Felices fiestas.

Propósitos de año nuevo, 2017.

Es difícil, o más bien una tontería, hacer propósitos de año nuevo cuando vas a tener un bebé dentro de un mes como mucho, pero puedo empezar por revisar los del año pasado. El trabajo fue regularcillo solamente: tuve las tasas de aprobados más bajas de toda mi carrera como profesora. Hacer actividades comunicativas… bueno. Se fue haciendo lo que se pudo. Aprendí mucho sobre qué hago mal, aunque no quedara mucho tiempo para remediarlo. El curso del que solo he dado clase un trimestre pintaba mucho mejor y este primer trimestre lo hemos acabado, los alumnos y yo, bastante bien.

Sí conseguí ahorrar. Sobre salud, todo ha estado condicionado al embarazo y la verdad es que he hecho menos ejercicio del que me habría gustado. Sobre cosas que me apetecía hacer, sí he leído mucho, a ratos he pasado menos tiempo online, no he visto más películas porque prefería leer, la verdad. No he recuperado  las manualidades pero sí le metí las tijeras al cesto de la costura. Y no he reiniciado el blog de cocina, pero por lo menos éste sigue vivito y coleando.

Sobre 2017, tengo más deseos que propósitos , la verdad. Las cosas que dependen de mí son ahorrar, decorar la casa y hacer un pequeño viaje. Las realmente importantes son tener un bebé, criarlo bien sin venirme abajo en el intento. No perder relaciones por el camino. Con eso bastaría.

 

Cuidados del pelo rizado para gente vaga o con prisas.

IMG_20141115_193017Yo soy la de la izquierda.

Tengo el pelo rizado, con el rizo bastante duro. Las ondas son blandas y se deshacen con facilidad. Me he encontrado con mucha gente que tiene poca idea de cómo cuidar el pelo rizado, o que no les gusta, y gente que lo trabaja de más sin necesidad, aparte de que tenemos expectativas poco realistas sobre lo que nuestros rizos puede hacer. Échale la culpa a la publicidad y al miedo a que parezca despeinado. A continuación va una pequeña guía sobre cómo cuidarlo con mínimo esfuerzo.

Lo primero, un aviso: una vez el pelo está sano e hidratado, solo los rizadores en caliente modificarán su forma. El rizo que tienes es lo que hay. No existe el producto que te dé tirabuzones, rizos más apretados o una forma distinta a tus ondas. Puedes notar una diferencia bastante grande hasta que des con la combinación de champú/crema/producto de peinado que mejor te vaya, eso sí.

Empecemos por el lavado: lávalo poco. Tras baños de mar, piscina, suciedad extraordinaria o cuando veas que las raíces están grasas. Cuanto menos mejor. No necesitas más. Los dermatólogos desaconsejan los diversos métodos de no lavarlo con champú (no lavar nunca, o “lavar” con crema suavizante) y yo me fío de ellos. No se trata de que lavar el pelo sea malo, sino de que te acostumbres a no necesitar lavarlo para peinarte. No necesita lavados diarios, de verdad que no.

El pelo rizado suele ser seco, o de raíces grasas y puntas secas. Puedes notar diferencia entre marcas de champú, pero yo no la veo entre champú etiquetado para rizos, para pelo seco o dañado o en su caso, teñido. Sin salir del supermercado, me gusta Elvive en cuanto  relación calidad-precio, especialmente la línea para pelo teñido. Cuando hay más dinero uno de mis favoritos es Trichomania de Lush, un champú sólido de aplicación cremosa y olor a coco. Es caro, pero dura muchísimo, como otros productos sólidos de Lush.  Si andamos cortos de dinero, el champú es de donde se puede recortar, ya echaremos crema suavizante. A mí me da igual crema que mascarilla: mi pelo está hambriento y lo absorbe todo igual. Tengo rachas de usar solo mascarilla porque para qué tener veinte botes en la ducha y total, si me lavo el pelo un par de veces a la semana no me acuerdo de cuándo fue la última vez que usé uno u otro. Igual que con el champú: un producto pensado para pelo rizado, seco, dañado o teñido. Sin dinero o pillando una oferta, Elvive. En una visita a Lush con ganas de dejar la cartera vacía, American Cream (carísimo), Happy Happy (no es lo más hidratante pero huele a gloria divina) o Jungle (sólido, un rollo de aplicar pero efectivo). A veces alterno con las mascarillas de las que venden en la peluquería, o en tiendas de productos de peluquería con marcas anónimas a bastante buen precio, y no soy fiel a ninguna marca, menos las ya nombradas, a las que acabo volviendo si nada me ha llamado la atención por ahí.

En la ducha, con la crema en el pelo, te peinas con un peine de púas un poco anchas. Y es el único momento en el que te quiero ver coger esos chismes. La crema hará de lubricante para facilitar quitarte los enredos, y si tu pelo tiene una tendencia natural a formar tirabuzones, saldrán cuando el pelo esté seco. Insisto: nunca te cepilles el pelo seco. No hay ninguna razón para ello. Sólo sirve para romperlo y abrir el rizo, o incluso para deshacerlo completamente hasta el próximo lavado. No todos los cabellos necesitan el mismo tipo de cuidado y el pelo rizado no necesita cepillarse. Si te gusta cepillarte, puedes hacer dos cosas: usar agua de peinado para reducir el daño (sigue leyendo), o aprender a masajearte la cabeza, si lo que buscas es esa sensación de “cosquillas”.

Para un extra de hidratación o reparación, o para ir a la playa, uso dos mascarillas diferentes: o aceite de coco, o un huevo batido con un par de cucharadas de aceite de oliva. El aceite puro es más difícil de aplicar; el huevo batido con aceite es pringoso pero una vez aplicado se seca y no gotea. Lo dejo puesto un rato, o varias horas, si me voy a la playa, y luego a la ducha. Queda más suave, y me encanta peinarme el pelo engrasado, relaja mucho.

Evito como la peste los serum reparadores de puntas y demás productos que son fundamentalmente siliconas con un olorcito agradable. No me importa si el cuarto o quinto ingrediente de mi suavizante es una silicona, pero no voy a comprar un producto supuestamente reparador o que dice ser un aceite vegetal a precio de oro, cuando en realidad es un aceite mineral que embadurna el pelo y que a la larga hace que parezca grasiento. No me gusta cómo queda y además esos reparadores salen mucho más caros que una simple gota de aceite de oliva o de crema. En los ingredientes figuran como Cyclomethicone, Dimethicone, Methicone, Amodimethicone, Dimethiconol, o Cyclomethicone/Cyclopentasiloxane.

Vale, tu pelo está ya todo lo hidratado y cuidado que puede estar sin un corte de puntas. Toca peinar: Si está completamente seco, mójalo con un spray. Los tienes en los “gremios” de peluquería, y en los bazares chinos. Si quieres puedes echar en el bote del spray un chorro de crema o mascarilla y agitar bien con el agua: “agua de peinado” instantánea, que te cobran a precio de crema de verdad. Ojo: este truco no sirve con productos que sean 100% grasa, sólidos o sin conservantes. Los grasos no se disuelven y los sólidos o hippies, “naturales” sin conservantes fermentarán o se pudrirán. Me pasó con un producto de Lush. Te mojas el pelo un poco, todo por igual. Te lo peinas con los dedos y decide, según cómo lo veas, si vas a ir natural, te vas a poner un poco de crema sin aclarado, o un producto fijador del tipo de gomina o espuma. Si te pones crema, ten cuidado: solo las puntas, o de medios a puntas, porque si te tocas las raíces te las vas a engrasar.

Si quieres un poco más de fijación, puedes usar espuma para ondas, gomina para rizos y tirabuzones, o una mezcla de gomina con crema. Peina un poco con los dedos, boca abajo si quieres extra de volumen. Y hala, a la calle.

¿Y el secador? ¿Y los rizadores? Para mí, ningún tratamiento de calor merece la pena. Destrozan el pelo, consumen mucho tiempo… los reservaría para días especiales.

Esta entrada puede quedar un poco rara en un blog dedicado sobre todo al feminismo y la educación, pero espero que sirva un poco para los dos propósitos. A mucha gente no le gusta su pelo, o no sabe cuidarlo porque la publicidad confunde o porque nos han enseñado que el pelo rizado es feo; como se decía en mi colegio, “de gitanas” o “de piojosas”. Y si me está leyendo alguien que prepara niñas para la vuelta al cole, espero que ahora vayan guapas, con tirabuzones, y sin dramas por los tirones y los enredos.

El debate como herramienta educativa.

Este post puede entenderse como la segunda parte de este otro sobre la confusión adolescente entre opinión e información.

Hay una técnica de uso frecuente en el ámbito escolar, dentro del aprendizaje inductivo, que es el “debate”. Su dinámica se mueve en unas líneas básicas bastante constantes, da igual de qué estemos hablando. Pueden ser temas vistos en clase, en los que necesitas bastante información y es fácil equivocarte, como por ejemplo “cómo arreglaríamos el cambio climático”. También se puede tratar de cuestiones morales en una clase del tipo de Ética, o cuestiones que sí son pura opinión y no hay error posible como la organización de la clase, o dónde queremos irnos de excursión. Algunas características del debate en clase son que los alumnos tienden a dirigirse todos hacia el profesor, y tienen dificultad en escuchar a sus compañeros. También se asume que todo el mundo tiene derecho a hablar, da igual si está informado o no, y que todas las opiniones son válidas, o casi. Si la actividad es evaluable, no se evalúa el contenido de lo que se está diciendo, sino hacer el esfuerzo de intervenir o como mucho, que esa intervención sea articulada, coherente y respetuosa.

El “debate” escolar no tiene como propósito, en mi opinión, que el alumno que está argumentando “pena de muerte sí o no” o “Cómo solucionar el cambio climático” aprenda algo nuevo para él sobre dichos temas. Son una consecuencia inevitable y a menudo positiva de un sistema pedagógico más abierto e interactivo. Hay momentos, particularmente al principio o al final de un tema, en los que preguntar a la clase qué saben o qué opinan es útil y necesario. En una pregunta abierta como “Qué harías tú si fueras Lázaro de Tormes”, tienes que estar como mínimo situado en el contexto del tema que tratamos para saber qué decir. Finalmente, la expresión oral forma parte de los contenidos evaluables. Esto penaliza la timidez, pero hay que hablar de algo, lo que sea, para trabajar técnicas de expresión oral. Hablar alto y claro, respetar el turno… este tipo de cosas.

El problema es que hay gente que termina la Secundaria con un par de ideas erróneas. La primera, que “tengo derecho a dar mi opinión” significa “tengo derecho a opinar sobre cualquier cosa, porque todas las opiniones son válidas si se expresan con educación”. La segunda es “el debate es una herramienta educativa eficaz fuera del aula”.

Vayamos a por la primera. “Todas las opiniones son válidas”. Pues mira, no. Primero, hay opiniones que son un error respecto a los datos. “No hay cambio climático”, “la Tierra es plana”, o “las mujeres se han incorporado recientemente al mercado laboral” son falsas, enteramente falsas sin matices. Hay opiniones que van en contra de los derechos humanos o que son inmorales; por ejemplo, la pena de muerte o pegar a los niños. Hay opiniones basadas en falacias. Y así. Hay cuestiones sobre las que no se puede opinar sin datos y hay cuestiones (como los derechos humanos) que no son opinables). Ante esto está el “yo no creo en la verdad absoluta”, que solo revela que nuestro interlocutor piensa en términos de extremos: hay verdades absolutas u opiniones respetables, en lugar de un rango estrecho de opiniones válidas dentro de las admitidas por los datos.

A por la segunda. ¿Es el debate una técnica eficaz de adquisición de nuevos conocimientos? En una palabra: no. En una aula se adquieren más cosas que conocimientos. Cuando en clase tenías un “debate” a los catorce años sobre si es buena o mala idea que las musulmanas lleven velo, el objetivo de la profesora no era que el debate te llevara a aprender sobre el tema. Si hubiera querido que aprendieras por qué llevan velo, habría preguntado directamente a las chicas para que compartieran con la clase los motivos de su decisión, o te habría llevado textos de lectura sobre ello. No, cuando tenemos un “debate” mis objetivos como profesora son:

  1. En lenguas extranjeras, obviamente, el uso correcto de la lengua extranjera.
  2. El uso de una correcta expresión en el idioma que estés usando.
  3. El uso de las técnicas correctas para hablar en público: hablar alto y claro, dirigirte a tu interlocutor, el uso del lenguaje corporal que consideramos correcto, etc.
  4. Mantener una buena educación. Respetar el turno de palabra, no gritar, no insultar, no personalizar.
  5. Demostrar tu creatividad.
  6. Aprender a argumentar, a razonar, a detectar una argumentación fallida.
  7. Supongamos que nos hemos leído El Sí de las Niñas y vamos a debatir sobre la situación de la mujer en el S XVIII y ahora: si no te has leído la obra no puedes debatir. Me demuestras indirectamente que has leído y entendido la obra.

Es decir: nuestro objetivo no es que aprendáis algo, porque el debate es muy útil para aprender a expresarse pero bastante lento y pobre para adquirir conocimientos tal como se utiliza en términos escolares. El que piensa que aprende debatiendo fuera del aula no se da cuenta de que el debate que conoce, el escolar, tiene muchas limitaciones:

  1. El adolescente se siente ofendido si se indica que su opinión es un error. Para animar a la participación y evitar malentendidos del tipo “el maestro no me deja opinar”, se parte de la ficción, solo de puertas del aula para adentro,  de que todas las opiniones son válidas.
  2. El aula es el único lugar del mundo donde a tu interlocutor le importa muchísimo que hables. Que digas lo que sea, pero que hables. Y te va a felicitar (o a poner nota) por ello. El resto de interlocutores del resto de tu vida no te prestarán jamás atención de una manera tan intensa.
  3. Tu sensación es tener una conversación entre iguales. Esa sensación es falsa. En el debate de clase, el interlocutor, o según el caso, el moderador, es el docente, que ya ha tenido la misma conversación con otros grupos de alumnos, que se sabe la teoría, y que tiene el poder de moderar o interrumpir. Si aprendes algo no es tú solo: es porque te han guiado.
  4. Relacionado con esto: el profesor te está enseñando terminología aunque tú no te des cuenta. ¿No te has fijado que cuando “debates” fuera del aula a menudo la discusión se vuelve hacia qué significan las palabras? Eso es porque no tienes ni conocimientos suficientes, ni un moderador a mano.
  5. Cuando quieres aprender en un debate fuera del aula, olvidas que tu interlocutor no es un profesor que tiene la obligación de enseñarte y que ha planeado dedicar tiempo a la discusión abierta.

Resumiendo: el debate como herramienta educativa útil fuera del aula necesita un moderador, una discusión entre iguales que ya dominan el tema del que van a hablar, respeto, tiempo, y la voluntad de no “quedar por encima” simplemente contradiciendo lo que el contrario presenta. Y quienes aprenden normalmente no son quienes debaten, sino su público. Cualquier otra cosa puede ser una pelea, una conversación o lo que quieras, pero no es un debate fructífero como técnica de aprendizaje. Y cansar a otra persona contradiciendo todo lo que dice no es un debate: es portarse como un niño demandando atención.

Propósitos de año nuevo, otra vez.

Llevo varios años poniendo por aquí una lista de propósitos de Año Nuevo. Es una manera de que la lista esté localizada y poder recordarla. Suelo cumplir unos cuantos, más que nada porque intento ser realista. Este año ha sido desastroso en muchas cosas personales (salud mía y de familiares, principalmente), pero algo he podido hacer. Mantuve la tasa de aprobados, aunque lo tenía fácil, con tres grupos de 4º de ESO. Terminé la tesis, de la que solo me queda defender. Con una mezcla de ejercicio físico y control del estrés conseguí no caer enferma de verdad. Sobre el eterno “quiero leer más libros de los que compro y reducir la altura del montón de pendientes”, pues este año ha ido mejor, porque el montón invencible al menos mantiene la altura sin crecer. Sigo tirándome del pelo cuando estoy nerviosa, y he empezado a medir el tiempo que paso online así que ahora podría empezar a reducirlo. Y algo importante: no he roto relaciones, no he cerrado capítulos.

Y estos son los de este año:

Trabajo, dinero, y demás cosas prosaicas:

  1. Mantener la tasa de aprobados en junio es imposible. Subirla al 70% desde el 50% actual sería todo un logro.
  2. Hacer actividades más variadas y más comunicativas.
  3. Volver a ahorrar. Ya sé cómo, y se me da bien, pero una serie de gastos en 2015 me han desequilibrado las cuentas y hay que volver a echarlas.

Salud:

  1. Pues lo de siempre: mantenerla. Que no es igual para todo el mundo, pero en mi caso depende mucho de mí.
  2. Derivado de lo anterior: seguir haciendo ejercicio. Aumentar las distancias que camino sin esfuerzo (este año pasó de casi 5 a 8 kilómetros). Hacer yoga como mínimo en días alternos, y si es a diario mejor.

Hobbies y demás cosas importantes y divertidas:

  1. Como siempre, leer más libros de los que compro. Con reducir el montón me vale. Ahora son casi 280.
  2. Seguir escribiendo en los blogs; resucitar el blog de cocina.
  3. Vaciar el cesto de la costura es mucho pedir… por lo menos empezarlo.
  4. Volver a hacer algún tipo de trabajo manual, como joyería, que la tengo muy abandonada.
  5. Pasar menos tiempo viendo bobadas online y más tiempo viendo series o películas.

La verdad es que me cuesta distinguir “propósitos” de deseos este año, pero aquí están. Lista y preparada para que las cosas cambien.

Gente “de color”: un glosario.

human-pantone-shades¿”De color”? Parte de un proyecto de Angelica Dass para ilustrar la variedad de tonos de la piel humana y la artificialidad de la clasificación en razas. 

Damos nombres múltiples  a lo que no nos gusta nombrar, a lo que consideramos problemático. Uno de los procesos que lleva a esta clase de polisemia consiste en crear un eufemismo, que se vuelve de uso común, y luego pasa a ser una palabra despectiva. Así que necesitamos un nuevo eufemismo. A veces un tecnicismo se vuelve de uso general y aparece un nuevo tecnicismo de uso más restringido. El primero de estos fenómenos ha pasado con las palabras que sirven para describir las razas, particularmente a las personas que no son blancas. Primera pega: hay quien piensa que es racista colocar semánticamente a los blancos a un lado y al resto de la humanidad por otro. Evidentemente, un hombre marroquí, una mujer china y Michelle Obama tienen poquísimo en común. Pero en algunos contextos sí puede tener sentido, por ejemplo, si queremos hablar del racismo que viven todas las personas no-blancas de un país occidental.

En español tenemos mucha confusión con las palabras para referirnos a a este tema en inglés, especialmente en inglés americano. Así que aquí va un glosario para traducir las palabras de uso más común, con algunas opiniones personales. Por supuesto, si hablamos de una persona concreta nos referiremos a ella con la palabra que prefiera.

African American: Afroamericano. Nació como eufemismo y siempre lo ha sido. La precedieron otros compuestos como “Italian-American”, “Irish-American”, etc. nacidos en la oleada migratoria de la segunda mitad del siglo XIX.

Black:  Negro. Lo mismo que en español, o casi. Persona negra de origen africano. Un matiz es que en español teóricamente las personas de origen mixto o de color de piel claro son mulatas, mientras que en otros lugares como Estados Unidos, no importa tanto el tono de la piel, ya que ser negro es una identidad cultural. Al presidente Obama en España lo llamaríamos mulato pero en Estados Unidos no. La palabra “black” no es de por sí un insulto, no lo es ahora y no nació como tal, aunque durante mucho tiempo se consideró ofensiva y se usaron otras (colored, negro) como eufemismo.

Colored 1: “de color”. Un eufemismo popular en EEUU en la primera mitad del siglo XX, aunque creado mucho antes, para referirse a los negros. Un ejemplo aún en uso es la NAACP, o National Association for the Advancement of Colored People, una asociación de defensa de los derechos civiles, creada en 1909. Otro es la obra de teatro for colored girls who have considered suicide / when the rainbow is enuf (para chicas negras que han pensado en suicidarse / cuando el arcoiris basta), de 1976. Hoy día, esta palabra está completamente en desuso.

Coloured 2: “De color”. Ni blanco ni negro. Mulato, mestizo, de otras etnias distintas. Se utiliza o se ha utilizado en algunos países africanos donde el estatus legal dependía de la raza, como por ejemplo la Sudáfrica del Apartheid. A finales de los 90, diez años tras el fin de la segregación, se mantenía el uso informal de la palabra, que nunca fue un insulto. Conocí a sudafricanas que la usaban para autocalificarse.

Negro: El eufemismo que sigue cronológicamente a colored. Al igual que colored, hoy ya no se usa. Martin Luther King lo usa en su famoso discurso “I have a dream“, alternándolo con black cuando quiere contrastar con “white”. Obsérvese que escribe Negro con mayúscula y que es un nombre, como si fuera una nacionalidad, y black como adjetivo y con minúscula:

The life of the Negro is still sadly crippled by the manacles of segregation and the chains of discrimination.

La vida del Negro aún está tristemente paralizada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación.

One day right there in Alabama little black boys and black girls will be able to join hands with little white boys and white girls as sisters and brothers.

Algún día, aquí mismo en Alabama, niños y niñas negros podrán dar la mano a niños y niñas blancos, como hermanos y hermanas.

Nigger, the n-word. Esta palabra se refiere a las personas negras, nació como insulto y siempre es un insulto. Ocasionalmente, los negros la utilizan entre ellos, a veces como broma. Yo no la he oído utilizar jamás por hablantes nativos, ni en broma, ni en serio, ni para ponerla como ejemplo. No tienes ningún motivo para utilizarla, nunca.

Of color, person of color: “de color”. un término muy antiguo (ya se usaba durante la época esclavista) para todos los no blancos. No pretende ser un eufemismo sino referirse a la experiencia común que tienen todos ellos en una sociedad racista, aunque puede considerarse eufemismo porque sustituye a “nonwhites” y a “minorities”. Es de uso bastante escaso, con opositores en todos los frentes.

El orden cronológico, simplificando un poco porque hay superposiciones y contextos y matices, es: black -> colored es formal y black ofensivo -> Negro es formal y black lentamente deja de ser ofensivo -> African American es formal y black coloquial -> of color sustituye a nonwhite. Ahora mismo, con black difícilmente te vas a equivocar.

Y en español, ¿qué? Pues que a menos que estés refiriéndote a alguien que se autocalifica como “de color”, si buscas un eufemismo para evitar decir que alguien es negro estarás dando la impresión de que la palabra te parece fea. Me tendrás que explicar por qué, y qué circunloquio usas para no decir que un señor es blanco.

Libros de espera.

Has leído poesía romántica y novelas de detectives. Has leído cuentos infantiles y hasta filosofía. Deja que entre en tu vida un nuevo género literario: el libro de salas de espera. Es un género exigente, pero quién sabe si de aquí saldrá tu nuevo libro favorito.

Necesitas un libro, eso por descontado. El móvil se queda sin batería y sin cobertura; el periódico abulta demasiado; tus acompañantes y tú, por muchas cosas que tengáis que contaros, caeréis en el embrujo espeso del local y quedaréis mudos y desganados. Puede que mañana retoméis la comunicación, pero en la sala, olvídalo. Los auriculares te desconectan de que te avisen de tu turno. La conversación con desconocidos no te la recomiendo, tiende a derivar a criticar al personal, a la salud, o a la política. Acabarás de peor humor del que entraste. Lleva un libro.

El libro de esperas debe ser pequeño, para que no te pese en el bolso, pero largo, para que no te dé tiempo a terminarlo horas antes de que te llamen. No hay nada peor que estar en la sala de espera, cerrar el libro, y no tener absolutamente nada que hacer hasta que te llamen. Eso significa que descartamos la poesía, el teatro, las ediciones ilustradas y las tapas duras. Texto largo (ensayo, biografía, narrativa) y en bolsillo.

Los libros episódicos, fraccionarios, son ideales; así los puedes coger y soltar en función de las interrupciones. Las novelas muy largas pero sin demasiados personajes y subtramas también sirven el mismo propósito. A algunas personas nos gustan los libros con poca acción, pero puede que eso te aburra.

Escoge cuidadosamente el contenido. No leas nada que sepas que termina mal, ni nada en lo que la enfermedad sea parte central del argumento. Por lo que más quieras, no leas autoayuda, y mucho menos, autoayuda relacionada con tu razón para estar en una sala de espera. Puede que leas que todo te va a salir bien a ti, escogido de los dioses, amado del Universo, pensador positivo, predestinado gozoso, justo antes de que te digan que no, que tu mundo se ha hundido irremediablemente. Habrías estado mejor leyendo una novela, créeme. O incluso un texto religioso, que por lo menos no suele decirte que todo se va a arreglar en este mundo y a corto plazo.

Si tienes que trabajar en vez de leer por placer, escoge aquello que te permita cargar con menos materiales diferentes. Sólo leer mejor que leer y tomar notas.

Lecturas optimistas sí, ligeras sí. Ni ligero ni optimista son sinónimos de bobo.

Nadie quiere estar en una sala de espera, pero la sala llega, siempre llega. Que no te pille sin haberte preparado.

*
En los últimos 10 meses he leído en salas de espera:

Furari, Jiro Taniguchi.
Americanah, Chimamanda Ngozi Adichie.
Remarkable Creatures, Tracy Chevalier.
Life of Pi, Yann Martel.
Parte de la trilogía de las matronas de Jennifer Worth.
Partes de siete novelas de Mundodisco.

Tengo que escoger el próximo.

 

 

 

 

Introducción elemental a la postmodernidad.

En el principio, eran los grandes relatos. Eran muchos, y aunque se contradecían entre sí, todos estaban de acuerdo en una cosa: la vida tiene sentido y se dirige a un fin. Algunos de estos grandes relatos son el cristianismo, la Ilustración, el marxismo, y el capitalismo. Explicaciones morales, sociales y económicas que dicen no sólo de dónde venimos, sino sobre todo, a dónde vamos. Sigue estas reglas y llegarás a la meta. Por cierto, las cosas que están orientadas a un fin se llaman teleológicas. Los grandes relatos son teleológicos, no confundir con “teológicos”. Esto no tiene nada que ver con que sean optimistas: hay corrientes de pensamiento, o personas concretas, que creen que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero porque hemos dejado de cumplir las reglas como antes. O porque hubo un progreso, y una Era Clásica, pero ya se acabó. Eso no es negar la idea de progreso: es ser pesimista.

Entonces llegó el siglo XX, dos guerras mundiales y el fascismo, y eso obligó a cambiar las ideas anteriores. Se abandonaron los discursos globales, oponiendo microvisiones, una defensa de lo pequeño, cambiante o único. Así surgió la posmodernidad.

Algunos de los teóricos que formularon ideas relacionadas con esto son Adorno, Lyotard y Vattimo. A mí me gusta Foucault. Otros que ya me gustan menos son Lacan y Derrida. No voy a explicar las ideas de ninguno de ellos, sino a dar características generales del conjunto de lo posmoderno junto con algunas de sus consecuencias.

La posmodernidad no cree en el progreso. No es que crea que desde principios del siglo XX estamos en crisis y cuesta abajo: es que todas las ideas anteriores de “progreso” eran falsas.  Descubrir América no fue un progreso para los nativos (y para los esclavos africanos, ya me dirás).

La posmodernidad se niega a ser definida. Desgraciadamente, muchos textos posmodernos (ya sean de “teoría sobre qué es la posmodernidad” o una crítica de cine, por poner un ejemplo) son deliberadamente confusos. Más allá de esto, lo posmoderno asume que no es posible hallar explicaciones del mundo que sean coherentes, globales y sistemáticas. Eso afecta a la propia posmodernidad. En el mejor de los casos, es una búsqueda de la importancia de lo olvidado, lo pequeño y lo múltiple. De aquí se deriva el valor que damos hoy día a la multiculturalidad y a los derechos de las minorías. Cualquier discusión acerca de si es posible la coexistencia pacífica de grupos diferentes, si es necesario que las minorías se “integren”, si podemos convivir sin aplastarnos, viene de aquí. Todo esto es posmoderno (no la existencia de minorías, sino tener estos debates teóricos).

¿Alguna vez has leído o escuchado que Esto-O-Aquello es una construcción cultural? Posmodernidad pura. La idea de que, por ejemplo “las mujeres no somos como vosotros nos habéis definido” es muchísimo más antigua (Mary Wollstonecraft ya lo decía hace dos siglos) pero la posmodernidad la lleva al máximo. Asumir que casi todo lo que crees que es natural es una construcción cultural es la base de muchas teorías feministas y sobre los géneros (cuidado, que los trans nos han enseñado que no todo es cultural en el género).

La posmodernidad rechaza la alta cultura, o pone otras manifestaciones al mismo nivel. Lo moderno es pensar que los clásicos educan, nos hacen mejores personas, transmiten los valores más importantes de la civilización. Lo posmoderno, que el gusto por las obras de arte está completamente desconectado de la moral y la bondad. Se pueden poner ejemplos sobre la relación de los nazis con el arte clásico. Una consecuencia de dejar de atribuir unos valores especiales a la alta cultura es el interés por estudiar otras expresiones culturales (series, anuncios, videojuegos) con el mismo rigor que antes se reservaba para lo clásico.

La posmodernidad desconfía de la ciencia como forma de progreso. La ciencia trae cosas buenas, pero también cámaras de gas, la bomba atómica y el cambio climático. El negacionismo científico, lo “ecológico”, etc. , no son una vuelta a una era tradicional premoderna, sino un rechazo posmoderno.

La posmodernidad cree que la comunicación es imposible, o muy difícil. Que siempre es un problema. Que nadie puede conocer de verdad a otra persona. Estudiar la relación y desconexión entre lenguaje y pensamiento, o la diferencia entre conocer o estudiar algo y que eso te haya pasado a ti, es posmoderno.

¿La posmodernidad se ha acabado? Bueno… hay quien piensa que esta época es posmoderna aunque no te guste, y quien piensa que se terminó con la globalización y el actual auge del neoliberalismo. Si le preguntas a un neoliberal medio si cree que hay reglas claras para el progreso, te dirá que sí.

¿La posmodernidad es mala o buena? Ni una cosa ni otra. Ha dado lugar a mucha basura, muchas tonterías, entre las que destacaría todo lo anticientífico, los escritos innecesariamente complejos hasta lo incomprensible, y llevar el relativismo a extremos absurdos o dañinos. Además, ¿cómo defender la justicia social si no crees en el progreso? Pero creo que ha aportado suficientes buenas ideas.

¿El feminismo es posmoderno? O dicho de otro modo, ¿hay feminismo posmoderno? Por supuesto. Aunque sus expresiones son, como no podría ser de otra manera, múltiples. Definir un feminismo como posmoderno lo único que hace es situarlo en los últimos 60 años. Usar el término para insultar no aclara nada.

Esta entrada ha contado con la colaboración imprescindible de @octubrista (al que he copiado la idea general y algunas frases); Indvbio, que escribió otra introducción a la posmodernidad; @annngst; e @ismamullor.

 

El problema de la “revisión de privilegios”

El post de hoy es la traducción de un artículo de Tom Midlane, que me llamó la atención por lo acertado de su crítica al fenómeno de la “revisión de privilegios” entendida como eje y centro de la izquierda, del activismo, o de la práctica de la justicia social. Es de las mejores críticas que he leído hacia el activismo online, a pesar de que el autor no se refiere específicamente a lo que hacemos en Internet. También me gusta porque no critica activismos concretos; leo con demasiada frecuencia cosas del estilo de “el problema del feminismo online es…” y no veo ese tipo de escrutinio para casi nada más.

En lo que no estoy de acuerdo con el autor es en la simplificación que da título: “mientras nosotros discutimos, ellos nos roban nuestros derechos”. Hay problemas más complejos detrás de cómo y por qué la derecha ha ocupado el poder sin mucha reacción en contra. No creo que la dinámica de la revisión de privilegios, particularmente en redes sociales, sea principal responsable de ello, ni tampoco de la proverbial división de la izquierda.

Sobre la “revisión de privilegios” mi pregunta es ¿y luego qué? Dejadme que compare con la religión. En el catolicismo, primero pides perdón, entonces eres perdonado y entonces realizas algún tipo de reparación de tus errores. Esta es una dinámica con la que todos en España estamos familiarizados aunque no seamos católicos. En el calvinismo, el reconocimiento de tu pecado, que no es un acto sino que forma parte de tu impura naturaleza de ser despreciable, no sirve para mucho. Tú por tus propios medios no puedes hacer nada para “reparar” tu condición. La “revisión de privilegios” funciona exactamente así. No cumple ningún propósito útil ni para ti ni para los demás más allá del masoquismo de decir “yo para esto no valgo”. Y quien más alto dice “yo reviso mi privilegio” es quien más ha expiado sus culpas. Mira, pues no.

Y ya os dejo con el artículo.

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El problema de la revisión de privilegios.
Mientras nos preocupamos por nuestros posibles prejuicios, no estamos luchando contra la Coalición.

La izquierda, hay que decirlo, tiene una larga tradición de luchas internas. Grupos separados por diferencias ideológicas mínimas se separan en facciones rivales, defendiendo agresivamente su interpretación de La Ruta Verdadera. Es el ejemplo perfecto de lo que Freud llamó “el narcisismo de las pequeñas diferencias”: comunidades adyacentes y con objetivos aparentemente idénticos, que están en una disputa constante, adoptando poses extravagantes para distinguirse unas de otras.

Durante un tiempo, parecía que la caída del Muro de Berlín y el auge de internet podrían traernos una nueva era de protestas: más comunal, con menos apoyo en los viejos dogmas. Pero en el mundo de internet, individualista, anárquico, y frecuentemente anónimo, los progresistas modernos se han topado con un medio muy efectivo de dividirse entre sí: la revisión de privilegios.

Para los no iniciados: “revisar tu privilegio” consiste en mantener una alerta permanente sobre las formas en las que puedes estar obteniendo algún tipo de beneficio social, cultural o económico como resultado de tus orígenes: tu clase social, raza, género, orientación sexual, y así sucesivamente. Si alguien habla cuando no le toca, se le dará la orden de revisar sus privilegios. Es una colleja, una manera de decir: “piensa en cómo tus circunstancias personales influyen en lo que estás diciendo”.

En Octubre [de 2012], Ariel Meadow Stallings, fundadora de Offbeat Empire (una serie de blogs sobre estilos de vida alternativos) escribió un post brillante llamado “Activismo para matones: revisión de privilegios y riñas semánticas como deporte online”. Meadow Stallings diagnosticó el problema como que los progresistas se pasaban en su entusiasmo por revisar sus privilegios hasta atacarse unos a otros, pero yo no estoy tan seguro. A pesar de que la idea surge, obviamente, de unas intenciones honorables, creo que todo el discurso alrededor de los privilegios es destructivo por su propia naturaleza – en el mejor de los casos, una distracción colosal, y en el peor, un medio para auto-investirnos a todos de guardianes morales dispuestos a regular las palabras y la conducta hasta de nuestros compañeros de viaje.

¿Te preguntas porqué importa esto? La respuesta es simple: importa porque la revisión de privilegios ha infectado absolutamente el pensamiento progresista. Mientras una amplia sección de la izquierda está atacando obsesivamente deslices verbales en Twitter, la derecha está actuando: desmontando sistemáticamente no sólo el Estado del Bienestar sino el Estado mismo.

La revisión de privilegios asume la peligrosa falacia posmoderna según la cual sólo podemos entender aquello de lo que tenemos experiencia directa. Sin conceptos como la empatía y la imaginación, que nos ayudan a reconocer nuestra humanidad compartida, nos atomiza en una serie de grupos taxonómicos cada vez más pequeños: transexual de clase obrera, mujer negra discapacitada, hombre heteronormativo.

Peor aún, bloquea la actividad política. Una amistad mía, con mucho talento, leyó Chavs de Owen Jones y dijo que le hizo “muy consciente de mis privilegios de clase media”. A mí me hizo querer prenderle fuego al Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. Mi amistad es profundamente activista, pero para muchos, simplemente ser conscientes de su privilegio cubre la misma función que firmar en una petición online: una manera de creer que has hecho algo sin implicarte de verdad.

En muchos respectos, el sistema de revisión de privilegios es el espejo perverso del capitalismo salvaje: mientras que la creencia absoluta en el libre mercado requiere una actitud de triunfalismo y una agresiva falta de empatía, los “privilegios” requieren una actitud de autohumillación constante digna de alguien en Alcohólicos Anónimos.

Ni por un momento estoy defendiendo que los prejuicios sean irrelevantes. Creo firmemente en que hay que llamarle la atención a la gente que utilice términos que inciten al odio, pero una cosa es imponer consecuencias a expresar opiniones racistas, sexistas o transfóbicas, y otra distinta ladrarle a alguien que revise sus privilegios porque se han expresado de manera un poco torpe. Sin detenerse al acusarnos a todos de intolerancia y discriminación, la revisión de privilegios busca convertirnos en detectives privados a la búsqueda constante de errores lingüísticos.

La revisión semántica quisquillosa que nos anima a hacer el “privilegio” es un pensamiento distante, desconectado de cuestionar o intentar cambiar el orden hegemónico. Es una política de la identidad que asume la posición post-ideológica como un hecho y acepta que nada va a cambiar excepto pequeños detalles. Dentro de la red de seguridad adoptada a priori, se te concede un parque en el que jugar a juegos de palabras divisivos y deliberadamente confusos. Los lobbies corporativos no podrían haber inventado un sistema mejor para neutralizar la acción colectiva.

En esta concepción del “privilegio” está implícita una idea simple: cuantos más puntos tengas en el bingo, menos peso tiene tu opinión. Esto tiene el efecto catastrófico de convertir debates sobre racismo, sexismo, transfobia, clase y discapacidad en un juego de piedra-tijera-papel, pero también es importante que descarta la larga historia de reformadores sociales, de Karl Marx a Tony Benn, con orígenes privilegiados.

El privilegio se convierte en un círculo vicioso: cualquier intento de criticar esta dinámica se da con la acusación “como tienes privilegios puedes permitirte no pensar en el tema”. Pero esa no es la cuestión. Siempre he sido consciente de que al ser el hijo de una familia blanca y de clase media, mi vida es más fácil que la de otras personas – pero es que es precisamente eso lo que me empuja a buscar la justicia social por los que han tenido menos suerte que yo. Los prejuicios existen. Vivimos en un mundo tremendamente injusto. Pero convertir nuestras circunstancias personales en una especie de concurso no consigue absolutamente nada.

Aquí, un ejemplo de lo ridícula que puede llegar a ser la cultura de la revisión de privilegios. Gethin Jones, un hombre transexual, escribió esto sobre transfobia en la web feminista The F Word. “al ser un hombre trans, [blogueras transfóbicas] me han acusado de ser misógino, querer obtener privilegios masculinos y de ser una lesbiana reprimida (algo poco probable teniendo en cuenta que soy bisexual). Que me acusen de haber transicionado para obtener privilegios me irrita, considerando el privilegio cis que he perdido en el proceso”.

Es un ejemplo de libro de esta clase de pensamiento llevada a su conclusión lógica. ¿Así es como queremos vivir, comparando toda y cada una de nuestras acciones con alguna lista teórica? La ironía cósmica de todo esto es que el mismo concepto de “privilegio” es inherentemente privilegiado, y requiere una comprensión sofisticada de ideas sociológicas complejas sobre la raza, el género y la sexualidad.

Mientras tanto, allá en el mundo real, están desmantelando la Seguridad Social, el sector público se está privatizando, van a romper en pedazos cualquier resto de bienestar social, y todavía les quedan recortes por hacer. En lugar de convertir cada cosa que decimos en un problema, dejemos de lado nuestras diferencias y contraataquemos.

Cerrar capítulos

Glasgow clock

He vivido en tres países y ocho casas; diez mudanzas, o un número en realidad infinito, porque la vida de los tres a los trece años nunca cerró la maleta.

Se me da bien llegar, me adapto enseguida. Se me pegan trozos del acento, añadiendo giros sueltos al collage anterior. Los nuevos amigos (más los extranjeros que los españoles) notaban qué rápido llamo “mi casa” a un piso sin amueblar. Llego bien, me voy casi siempre a disgusto, y cuando aterrizo en el siguiente destino, empiezo un capítulo nuevo. Desde cero.

Esta adaptación tiene sus partes siniestras. Además de no sentirme de verdad de ningún sitio (no, de Sevilla tampoco), me acostumbro fácilmente a cerrar fases. Como si fueran capítulos. Esto afecta a más cosas que las mudanzas: relaciones y aficiones que a veces terminan, carpetazo, y como si nunca hubieran existido.

No es que se me dé mal mantener relaciones a distancia. Siempre hay amigos queridos que hacen de ancla sujetándome a algún lugar al que quiero volver. Es más bien la sensación de “hasta aquí hemos llegado”, de final absoluto, cuando no continúo algo que había sido vital hasta entonces, y cómo los reencuentros, cuando los hay, parecen relecturas de libros terminados hace muchísimo tiempo. Esa otredad. Aquella amiga, aquel grupito, los años dedicados obsesivamente a una afición, ¿realmente me ocurrieron a mí? ¿tanto me importó todo eso?

Toca cambiar de agenda de papel, lo que más se parece a esos cierres de capítulo,  y lo que se queda atrás provoca a veces la satisfacción de dejarlo todo limpio y ordenado, y a veces algo de pena. Este año es de los segundos.

Quiero hacer cambios y empezar proyectos sin cerrar ningún libro, sin terminar ninguna de las relaciones que tengo ahora.

Quiero empezar, pero no desde cero.

No quiero sentirme a la deriva.

Ancladme.