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Guía de lectura a las novelas de las hermanas Brontë

brontessmVIENDO PASAR TÍOS BUENOS CON LAS BRONTË, de Kate Beaton. -Mira ése. -Tú qué coño miras. -Me gusta. -¿Verdad? -¡Ese tío era un capullo! -En serio, Anne, no tienes gusto. -Sólo digo lo que hay -¿Y aquél? -Qué apasionado. -Qué misterioso. -Si te gustan los alcohólicos gilipollas. -¡Anne, qué modales! -No me extraña que nadie compre tus libros(*). -Oye, mira ese -Qué inquietante.

De las hermanas Brontë ya he hablado por aquí, pero ahora voy a sintetizar una guía de lectura a sus seis principales novelas (la séptima no la he leído). No me gusta mucho dar importancia a la biografía de los artistas, pero en el caso de las Brontë puede ser relevante. En total eran cinco hermanas y un varón, hijos de un sacerdote protestante, de origen irlandés, y una hija de comerciantes acomodados de Cornualles, que murió cuando su hija mayor tenía siete años y la más pequeña era un bebé. Se ha discutido si el padre era muy estricto o no. En cualquier caso, cuando la madre murió, su hermana fue a ayudar a cuidar de los niños y allí se quedó el resto de su vida. Los quiso mucho y dejó una buena herencia a las sobrinas que le sobrevivieron, que fue lo que les permitió intentar vivir de escribir y dejar sus trabajos de profesoras e institutrices.

Por el trabajo del padre, toda la familia residía en Haworth, un pueblito en el norte de Inglaterra. Las tres hermanas escritoras viajaron bastante por trabajo, no eran precisamente unas reclusas, pero su obra deja claro que allí es donde se sentían felices y el paisaje siempre es un personaje más. Nada tiene de extraño, se puede poner de ejemplo el Londres de Dickens como una ciudad literaria siempre de fondo, hasta cuando no sale.

Las dos hermanas que murieron de niñas enfermaron en un colegio para hijas de sacerdotes donde el trato y la educación eran pésimos, y murieron poco después. Las dos más jóvenes, Emily y Anne, murieron con 30 y 29 años respectivamente, de tuberculosis. Y Charlotte murió, según a quién preguntes, de una enfermedad infecciosa o de las complicaciones de un embarazo difícil. El hermano, Branwell, fue un pintor frustrado, alcohólico y quizá adicto al opio también. Las escritoras dedicaron gran parte de sus esfuerzos profesionales, como artistas y como profesoras, a mantenerlo.

Y ya pasamos a las novelas.

Charlotte Brontë.

Jane Eyre. En su momento fue muy polémica por mostrar a una mujer en la tierra de nadie entre la clase obrera y la burguesía, una huérfana que trabaja de institutriz para sobrevivir, que muestra abiertamente sus sentimientos y que exige ser tratada con respeto. Casi nada. Mi madre, que me la recomendó incansablemente hasta que me la leí, dice que cada personaje muestra un trastorno o enfermedad mental distinto, que es todo un tratado en ese sentido, y creo que tiene razón. No hay depresión mejor contada en literatura que la de Jane. Y eso aparte de la historia de amor, el suspense y todo lo demás. Hay infinidad de adaptaciones a cine. La de 1996 cumple con mostrar un primer tercio deprimente y una Jane fea. La de 2011 tiene unos actores que le dan un punto personal que se agradece, más original y menos académico.
¿Me la leo? Si quieres una historia complicada de amor apasionado con protagonistas que no siempre hacen lo correcto.

Shirley: Una historia coral con preocupaciones sociales. Shirley y Caroline son amigas (mira que es raro encontrarte amigas en una novela, como decía Virginia Woolf). Shirley es rica y de fuerte personalidad; Caroline es huérfana, tímida, y vive al cuidado de su tío que es cura; avanzada la novela se deprime por una mezcla de soledad y de no saber muy bien qué hacer con su vida. Ambas son amigas de los hermanos Moore, el mayor que intenta montar una fábrica textil y tiene problemas con los luditas y el pequeño que es profesor y por lo tanto pobre pobrísimo. El relato de estos cuatro personajes intenta reflejar los cambios en la sociedad rural. Algo así como qué pasó en los idílicos pueblitos de Jane Austen, cincuenta años más tarde.
¿Me la leo? Sólo si te han apasionado todas las demás. Le sobran cien páginas, se puede hacer un poco pesada.

Villette: Lo que pasaría si Jane Eyre cogiera un trabajo de profesora de inglés en el continente. Lucy Snowe es inteligente, más segura de sí misma pero también más reservada que Jane, y trabaja en un internado de señoritas finas en Bélgica. Esta vez la historia de amor es menos relevante que el costumbrismo; es ua novela en la que apenas pasa nada.
¿Me la leo? Si te gustan los novelones y Jane Eyre te supo a poco. Yo la prefiero a Villette.

 Emily Brontë.

Cumbres Borrascosas. La novela cuenta la relación, muy complicada, entre un par de familias de terratenientes y un extraño, Heathcliff, tratado más o menos como un hijo adoptivo por una de ellas. Heathcliff tiene una relación destructiva y chunguísima con Cathy, que se casa con otro, y esa relación frustrada destruye todo lo que toca. Todo, o casi, en dos generaciones de dos familias. No está mal. Esta entrada en Tumblr lo clava así que casi que me voy a limitar a adaptar muy libremente su segundo párrafo: Emily Brontë no habla de relaciones familiares ni sanas ni normales sino de antihéroes Byronianos. Y su problema es que siglo y medio de lectoras han creído que una historia sobre la pérdida, la represión, la mutilación emocional y encontrar tu lugar, geográfico y social, en el mundo, es una historia de amor y pasión. No lo es. Es una historia sobre gente mala que se hace daño.   Hay películas pero ninguna me convence.
¿Me la leo? Si te gustan los malos muy malos y las historias con un punto de culebrón.

Anne Brontë

Agnes Grey: Las experiencias de una institutriz en casas de la clase alta, basadas en anécdotas reales de la autora. Con una estructura episódica propia de una escritora con poca experiencia, y mucha moralina, es quizá el peor de los seis libros, aunque es una lectura ligera.
¿Me la leo?: Casi que no. O bueno, si te gustan los culebrones en los que una heroína muy buenita sufre mucho, mucho. Nivel literatura juvenil de medio siglo más tarde (Frances Hodgson Burnett, ese rollo)

La Inquilina de Wildfell Hall: En algunos aspectos es más convencional que las novelas de sus hermanas (la búsqueda de una vida tranquila, el amor como efecto secundario no buscado, el rechazo de la pasión) y en otros es la menos convencional de todas. No conozco una novela inglesa que describa tan a las claras la violencia contra la mujer, los efectos del alcoholismo, y el repertorio completo de vicios al alcance de quien pudiera pagarlos. Este sensacionalismo supuso que la novela tuviera un gran éxito de ventas y al mismo tiempo muchas críticas. Y las peores, las que dañaron la reputación académica posterior de Anne, fueron las de su hermana Charlotte, a la que el libro no le gustaba nada no por sí mismo, sino porque se había atrevido a escribirlo la hermanita pequeña, que había etiquetado como la dulce, suave y tímida. Además de impedir que se publicara una segunda edición un par de años después de la primera, Charlotte le hace un traje a Agnes en la “Nota biográfica” que acompaña a la edición conjunta de Cumbres Borrascosas y Agnes Grey de 1850, cuando las autoras ya habían muerto:

“La Inquilina de Wildfell Hall tuvo una recepción desfavorable(*). No me sorprende. La elección del tema fue un completo error. No se podría haber buscado algo más discordante con la naturaleza de la autora (…) había contemplado, de cerca y por mucho tiempo, los terribles efectos que tienen el talento malgastado y las facultades maltratadas; su naturaleza era sensible, reservada y triste; lo que vio la impresionó profundamente y le hizo daño (…) Su bienintencionado deseo (de ser fiel a la realidad) fue lo que la llevó a error”.

No está mal para ponerlo como prólogo de la segunda edición de la otra novela, la que sí te gusta, de tu hermana muerta. Con amigos así. Lo que Charlotte no dice es que si Anne conocía talento malgastado de primera mano era a travñes de su hermano Branwell, y hay críticos que dicen que lo que Charlotte no quería era ver publicada una novela basada en trapos sucios familiares. En fin, la consecuencia de todo esto es que Anne es más conocida por la peor de sus dos novelas.
¿Me la leo? Si tienes interés en la historia de la violencia de género. Si te gustó Jane Eyre o Grandes Esperanzas. Si te gustan las novelas epistolares. Si quieres morbo, y mucho, en una novela victoriana.

(*) El fracaso comercial de Anne es un bulo creado por Charlotte y aceptado por la crítica. Una novela de la que el editor quiere hacer una segunda edición no puede ser un fracaso.

Resumiendo, hay tres novelas que recomiendo (Jane Eyre, La Inquilina y Cumbres Borrascosas, en ese orden), una que está bien (Villette) y dos que no recomiendo tanto (Agnes Grey, Shirley). Casualmente coincide con las historias que muestran personajes apasionados y malos malísimos, y las que no. Jane Eyre y Cumbres Borrascosas son imprescindibles para entender la historia del drama romántico tal como lo entendemos ahora, ya sea en literatura o en cine.

Guía de lectura a Sarah Waters

La autora inglesa Sarah Waters se especializa en imitar los estilos de épocas pasadas sin parodiarlos, adaptándose no solo a los temas sino a la manera de expresarse de corrientes literarias de los dos últimos siglos. Es decir, escribe lo que técnicamente se llaman “pastiches”, lo que no significa que sus obras sean de mala calidad. Sus seis novelas publicadas son todas muy diferentes entre sí y algunas son una buena lectura para el verano.

Tipping the Velvet (El lustre de la perla, 1998) tiene detalles que la traicionan como primera novela: una estructura en tres partes muy simétricas entre sí, narración en primera persona… a pesar de sus detallitos “de novata”, es una historia muy entretenida: las aventuras bastante gamberras y con un punto erótico de una inocentísima (al principio) lesbiana victoriana. Tiene toques de novela picaresca. Hay una miniserie en tres episodios de la BBC con un cuidado exquisito por los detalles y la ambientación.
Recomendada: si la idea de “lesbianas victorianas con un puntillo erótico” suena bien. Si te has leído todos los clásicos cómico-amorosos del siglo XIX y quieres más.

Affinity (Afinidad, 1999) continúa con la misma época y en su manera de describir una sociedad opresiva y mujeres tristes se parece un poco a Charlotte Brontë, aunque los ambientes no sean nada brontëanos. Cuenta la relación entre una señorita de la alta sociedad que hace obras de caridad porque se aburre, y la presa a la que visita en una cárcel de mujeres. Hay intriga y elementos sobrenaturales. Es muy, muy triste, yo aviso. También hay adaptación, esta vez una película.
Recomendada: Si quieres una historia victoriana deprimente. Si no te importa leer algunos topicazos en una historia con lesbianas (véase: finales deprimentes).

Fingersmith (Falsa identidad, 2002). Probablemente la mejor de las novelas situadas en el siglo XIX. ¿Qué habría pasado si Oliver Twist o La Dama de Blanco los protagonizara… acertaste, una chica lesbiana? Una historia con intriga y suspense que engancha mucho más que Afinidad, mucho más compacta y técnicamente más compleja que El Lustre de la Perla, acerca de una complicada estafa a un coleccionista de libros. La novela por la que empezar.
Recomendada: Si Dickens se te queda corto. Es ASÍ de buena.

The Night Watch (Ronda Nocturna, 2006). Yo lo siento, pero esta no fui capaz de acabarla. Parece que Waters alterne novelas buenas y malas y que haya que evitar las pares. Está escrita en orden cronológico inverso y empieza en 1947, con unos personajes que viven solos o peleados y están tristes, así que sabes desde el principio que lo que vas a leer es cómo llegaron a sentirse tan mal (pista: hace dos años que acabó la guerra).
Recomendada: por mi parte, no.

The Little Stranger (El Ocupante, 2009). En español yo la habría llamado “El intruso” o “el desconocido”. Y eso porque no se me ocurre una palabra de género más indefinido. Seguimos en los años 40: aquí el género imitado es “muchacho pobre y desclasado mantiene una relación complicada con una familia aristocrática, que se desmorona”. Dos ejemplos ingleses son The Go-Between de L. P. Hartley (un pestiño insufrible), Retorno a Brideshead (quédate con la adaptación televisiva de los 80), y fuera de Inglaterra, el mejor ejemplo es sin duda El Gran Gatsby, aunque se escribió veinte años antes que las novelas inglesas y las diferencias de clase son de una naturaleza bastante diferente. La novela de Waters me parece mejor que ninguna de sus inspiraciones: un médico de origen social bastante bajo se va a vivir cerca de la mansión donde su madre fue criada. La familia de clase alta que siempre ha vivido allí está muy venida a menos, y la casa es muy difícil de mantener. Mientras el médico se hace amigo de la familia, ocurren  todo tipo de fenómenos extraños.
Recomendada: Si quieres una historia gótica y melancólica muy bien ambientada. Si te gusta el terror psicológico manejado muy, muy despacito.

Waters tiene una novela más, que no he leído, The Paying Guests, no publicada en español. De nuevo, las relaciones entre unaclase alta que ya no puede mantener el estándar de vida de antes de la guerra, y gente recién ascendida a la “clase media”, esta vez en los años 20. Con unos agujeritos rotos en el muro que separaba las clases sociales, puede pasar cualquier cosa. Y pasa. La crítica del Guardian dice que es demasiado larga (cuidado que hay muchos spoilers). La del Independent da a entender que le falta chispa, que para el caso es lo mismo.

Así que para redondear: Si quieres lesbianas pasándoselo bien, El Lustre de la Perla y Falsa Identidad. Si quieres lesbianas pasándolo fatal, Afinidad y Ronda Nocturna. Si quieres intriga, con o sin lesbianas, Falsa Identidad y El Ocupante. Ya tienes lectura para el verano.

 

Ellas los prefieren malotes… pero se casan con los angelitos.

A los efectos de este post, “clase media” significa grupo social prestigioso que necesita trabajar para vivir pero no realiza trabajo manual. Es una definición sociológica que no tiene nada que ver con lo económico. La clase media en sentido económico no existe. Socialmente es un gran separador de obreros según si trabajan sentados o de pie.

Este post fue inicialmente el guión de una charla que di en dos versiones: para el alumnado de Bachillerato del IES Juan de Mairena (Sevilla) y en la Facultad de Filología Inglesa de la Facultad de Sevilla.

Llevamos alrededor de una generación observando que nuestra cultura hace una distinción entre dos clases de hombre: los sexualmente atractivos para las mujeres son agresivos, incluso violentos, o de algún modo malas personas, y los simpáticos, tímidos o buenas personas (como si esto fuera relacionado u homogéneo) que se dice que no son atractivos, al menos para las mujeres jóvenes. Resumiendo: las mujeres somos tontas y no sabemos elegir, o “el atractivo sexual masculino se vincula a ser una persona indeseable para cualquier otro contacto social”. Qué nos lleva a escoger pareja lo estudian algunos biólogos y psicólogos. No sé cuál es la verdad, lo que sí sé es que esa selección de hombres agresivos proviene en buena parte de modas literarias. Comencemos por Jane Austen.

“Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero en posesión de una buena fortuna debe buscar esposa (…) Esta verdad está tan bien fijada en las mentes de las familias de los alrededores, que se lo considera la legítima propiedad de alguna de sus hijas”. Jane Austen, Orgullo y Prejuicio.

La cita nos recuerda qué querían las madres. Y las hijas, ¿querían lo mismo? En aquel momento, el amor fuera del matrimonio no existía en la sociedad elegante. Era sencillamente impensable. El siglo XVIII había sido mucho más entretenido, pero estamos en una época de culto a los recién creados valores familiares. Además, las novelas inglesas eran mucho más pudorosas que las del resto de Europa. En España estaba La Regenta, Francia tenía Madame Bovary, Rusia tenía Anna Karenina. Las novelas inglesas son una excepción a esto. Un segundo factor, éste internacional, es que las mujeres no tenían una alternativa económica al matrimonio. Solteras, sobrevivir era difícil, y mantener un estilo de vida por encima de la pobreza era imposible con los sueldos que se pagaban a las mujeres. Había mujeres trabajadoras: en la agricultura, donde casi todo el empleo era estacional. En el servicio doméstico, en las fábricas. Se cosía, y empezaban a surgir las ocupaciones del sector servicios del tipo de camarera y dependienta en las que tantas trabajan hoy día. ¿Y en la clase media? Profesoras, institutrices, algunos trabajos de oficina escasísimos, y periodismo o escritura más escasos aún.
Y
eso
era
todo.

Y sobre todas, siempre, la amenaza de la prostitución, la criminalidad y la pobreza. No sé cómo iba la cosa en otros países, pero la prostitución británica solía ser intermitente y alternada con trabajo estacional… a menos que te pillara la policía, porque te fichaban y te obligaban a hacerte controles periódicos. Resumiendo: casarse no era una opción, era un seguro de vida. Y para el lector de novelas en el siglo XIX, la boda de la heroína no era uno entre varios finales felices posibles. Era una necesidad narrativa para que la heroína no muriera tirada por la calle. Un matrimonio bien avenido era solo el principio de un final feliz, y el amor, un extra.

Pasemos ahora a comentar un poco a Jane Austen. Intentaré ahorraros los spoilers; aquí tenéis una guía de lectura bastante detallada. Lo relevante ahora es que todas las novelas presentan una o varias heroínas casaderas, y al menos un triángulo amoroso entre ella, un hombre aburrido, borde, estirado o como mínimo muy pasivo, y otro hombre simpático, divertido, muy popular y que se lanza a por ella. A veces la corteja más de un hombre y a veces se añade un pesado que quiere ser divertido y ocurrente sin éxito, pero lo fundamental no cambia. El más soso y distante al principio es la pareja más adecuada para nuestra protagonista, y el hombre encantador puede ser inconstante, un cazafortunas profesional, alguien con el propósito de herirla porque sí, o simplemente mala persona. Y esto, ¿por qué?

Primero, porque da tensión. Si quien sea que parece un partidazo ES un partidazo, la novela necesita tener conflictos por otro lado o no tienes historia. Por otro lado, a Austen le encantaban las estructuras neoclásicas, simétricas, y los triángulos se prestan a ello. Y sobre todo, quiere ser educativa y entretenida a la vez (¿he dicho “neoclásica” ya?). La moraleja de toda esta repetición de triángulos es clara: no te fíes de las apariencias, porque un tío con el que tontear y un buen marido no tienen las mismas cualidades. Un tonteo es muy divertido, pero tú lo que necesitas un buen marido.

Y de aquí pasamos a las hermanas Brontë, o más bien a Charlotte y Emily, porque Anne no estaba nada de acuerdo con lo que voy a contar (y Charlotte la llamó de todo menos bonita por ello, pero eso es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión). Si a las heroínas brontëanas se les da a elegir entre un hombre aburrido y uno emocionante, prefieren al segundo, aunque suponga su destrucción. No se busca que el amor produzca uniones duraderas; eso es secundario al hecho mismo de amar. De hecho, como veremos no siempre se casan con el hombre al que aman, y tampoco importa para el desarrollo de la novela. Ahí es nada: historias de amor correspondido que da igual si se consuma o no.

Emily Brontë solo escribió una novela, Cumbres Borrascosas. La historia es mucho más complicada, pero las elecciones amorosas van así:

  1. Catherine ama a Heathcliff, que es pobre, sin educación, brutal, y como se ve más adelante, violento. El amor es mutuo, pero como él es pobre no se pueden casar. Ella se casa con el elegante Edgar Linton, un tipo razonablemente normal.
  2. Heathcliff se hace rico, da igual cómo. Se casa con Isabella Linton, sólo por hacer daño a los Linton y a Catherine. Catherine muere en el parto de su hija, tras mucho sufrimiento emocional.
  3. Segunda generación. Cathy, la hija de Edgar y Catherine, se hace amiga del hijo de Heathcliff y Cathy, Linton. Heathcliff los obliga a casarse para unir las dos propiedades. Mientras, todo el mundo trata a Hareton (un sobrino de Catherine e hijo del enemigo de juventud de Heathcliff) a medio camino entre un criado un un animal doméstico.
  4. Linton se muere. Hareton y Cathy se hacen amigos. Heathcliff se muere, entre alucinaciones, recordando a Catherine. Hareton y Cathy se casan. Queda en la duda si se aman realmente, pero al menos son la única pareja que no sufre de todo el libro.

Y te tienes que creer que Heathcliff es un personaje seductor, un héroe romántico en todos los sentidos de la palabra, y que esta es una historia de amor. No, en serio. Te lo tienes que creer.

Charlotte escribió cuatro novelas y solo una, Jane Eyre, es popular. Jane, pobre, fea, huérfana; un cuadro, vaya, tiene que escoger entre Rochester, que es rico, tiene un oscuro pasado, violentos cambios de humor, y que le ha demostrado que es capaz de guardar secretos muy chungos y de contar unas mentiras gordísimas, y St John, que admite que no la quiere pero que desea que sea su compañera en la vida y en el trabajo, algo que socialmente solo es aceptable si se casan. Jane escoge a Rochester y es feliz (recomiendo la lectura del ensayo “Can Jane Eyre be happy?” de John Sutherland, para tener una visión crítica de ese final feliz).

A veces la heroína no tiene esta elección, como en Villette. Aquí, Lucy Snowe ama a dos hombres y es correspondida por el menos atractivo. Se insinúa que la relación no prospera, el final es abierto. En Shirley, una de las dos heroínas tiene tres pretendientes: un barón, el dueño de una fábrica (no demasiado rico), y un maestro (hermano del anterior, por cierto). Ella prefiere al hombre que considera más admirable intelectual y moralmente, aunque su amistad haya sido turbulenta y a trompicones porque los dos tienen un carácter muy fuerte.

Y todo esto, ¿tiene moraleja? Para empezar, es una visión del amor que admite que las mujeres pueden, y deben, ser libres al elegir a su pareja. A veces les sale bien, y a veces no. Lo que importa es la libertad de sentir y de expresar los sentimientos, que es lo que las dignifica y las hace verdaderamente humanas. Y en el caso de Charlotte, no es fatalista, es decir, ellas no dicen “no puedo evitar amar y no puedo controlarme cuando estoy en tu presencia”. En Cumbres Borrascosas los sentimientos son más poderosos que la gente, pero en mi opinión las protagonistas de Charlotte hacen algo precioso que es decir “yo decido aceptar que amo, decido disimular o declarar mi amor, decido cómo tratarte, decido casarme”. El sentimiento es intenso, pero no las anula, al contrario.

Nos quedan los novelistas masculinos. Los ejemplos más representativos son Charles Dickens, William Makepiece Thackeray y Thomas Hardy. Dickens y Thackeray eran Realistas; Dickens era más popular y Thackeray más prestigioso y menos comercial. Hardy era más cercano al Naturalismo. Sin entrar en el análisis de novelas individuales (las de Dickens las he comentado ya), su visión del amor es que las mujeres no pueden elegir. No deben y no saben. Si escogen ellas, se equivocan y van a por alguien inapropiado que no las hace felices, o por un maltratador. Eso no significa que no puedan encontrar el amor, solo que los demás deben elegir por ellas. Si una heroína es el interés romántico de un personaje masculino positivo, y ella es secundaria a él, la relación puede que funcione. Es decir: la heroína es secundaria al protagonista, y la amada del amigo del héroe está en un plano aún más discreto. Si hay conflictos, son externos: una decisión entre amor y la obligación de cuidar a un padre anciano, por ejemplo.

Estas novelas no pretendían tener un mensaje moral y educativo, sino que partían de ideas vigentes sobre hombres y mujeres y las aplicaban a la ficción. Había un miedo muy real a que dar a las mujeres la más mínima chispa de libertad significaría que serían incapaces de controlarse. Los hombres podían aprender autocontrol, pero las mujeres no.

Veamos qué pasa ahora. El público lector contemporáneo quiere finales felices tanto como el del siglo XIX, pero ahora, “felicidad” no significa lo mismo que entonces. Algunas de las asunciones de la literatura romántica moderna, incluida la dirigida a adolescentes, son las siguientes:

  1. El amor todo lo puede. El amor vence los obstáculos externos y consigue que cualquier relación funcione.
  2. El amor es, o debería ser, difícil. Emocionante. No estamos hablando de amor, sino de pasión.
  3. El amor puede funcionar entre dos personas de origen social muy diferente, incluso contrapuesto. De hecho, esto es lo deseable. La mujer está en posición de inferioridad respecto al hombre.
  4. El dinero, los bienes materiales, incluso al nivel imprescindible para la supervivencia, no deben formar parte del proceso para escoger pareja.

No todas las relaciones en las que ocurre esto son nocivas o de maltrato, pero tienen muchas papeletas para serlo. Rocío Vega hace aquí un buen análisis de ese problema. Yo sigo centrándome en la parte más literaria.

Todo esto es un fenómeno más americano que inglés. En la literatura juvenil inglesa hay mucha más fantasía y mucho menos amor. Por ejemplo, Harry Potter. No tenemos triángulos amorosos aquí: el triángulo central es una amistad. Sí tenemos a Ginny Weasley, una heroína en este sentido dickensiana: ama a Harry en secreto y sin molestar a nadie hasta que él se da cuenta de que también la quiere. Ginny y Hermione son personajes activos cuando no se trata de amor. De todos modos, las mayores influencias de la literatura juvenil inglesa no están en los clásicos “para adultos” del siglo XIX, sino en una tradición fantástica que empieza quizá con Alicia en el País de las Maravillas, llega a Tolkien, pasa a continuación por Roald Dahl, y aterriza en Terry Pratchett. Añade un poco de fascinación nostálgica por la naturaleza (El Viento en los sauces, Mi familia y otros animales) y ya lo tienes.

Pues eso. Que el triángulo amoroso juvenil es una tendencia casi exclusivamente americana. Una razón es que las autoras del subgénero han estudiado el grado de “English” o un Máster de Escritura Creativa en la universidad y se han leído los principales clásicos. También que allí no hay una carrera de Periodismo o de Comunicación como la entendemos aquí y que el estudio de la literatura, inglesa o universal, se considera troncal en las humanidades a nivel universitario. Todos los guionistas de tus series favoritas se empollaron las novelas que acabo de mencionar en primer ciclo de sus respectivas carreras.

Veamos algunos ejemplos de lo repetidas que pueden llegar a ser copiando un triángulo amoroso de tipo Brontëano:

  1. Crepúsculo: Bella tiene que elegir entre el amor de Edward Cullen, que le dice varias veces que él no le conviene, la acosa, en un momento dado la abandona contándole una mentira, y ya de paso ES UN VAMPIRO QUE SE LA QUIERE COMER, y Jacob, que decide que su misión en la vida es protegerla. Ella escoge a Edward. Los tres primeros libros son una reescritura de Jane Eyre, y el cuarto es más independiente. La historia tiene dos derivaciones: Cincuenta Sombras de Grey y After, que no presentan triángulos pero tienen mucha influencia de Crepúsculo.
  2. The Selection (La Selección), Kiera Cass. America (toma ya) está enamorada de Aspen, pero se ve forzada a participar en la selección de una esposa para el heredero del trono, Maxon. Aspen quiere cuidar de ella (esto no pinta bien) y son amigos desde la infancia (esto pinta peor), y Maxon se porta como alguien que piensa que es normal organizar una competición forzada para casarse con él, ordena palizas a las que incumplen las normas, y tiene ataques de ira. America se casa con Maxon y ambos son amigos de Aspen.
  3. Shadowhunters (Cazadores de Sombras), Cassandra Clare. El mejor amigo de Clarissa Fray es Simon Lewis. Él está enamorado de ella, pero ella está en una relación con Jace Wayland. En el cuarto libro de la serie, Simon se monta un triángulo que se resuelve en el quinto. ¿Y Jace? Bueno, qué sería de una historia de amor en la que el potagonista no quiere matar a su amada. Pues eso mismo: parecía que no, pero en el cuarto libro Jace tiene pesadillas en las que mata a Clary porque hay unos demonios controlándolo. Esto qué iba a ser aquí si no.
  4. The Vampire Diaries (Crónicas Vampíricas) by LJ Smith. Dos hermanos vampiros, Stefan y Damon (uno con nombre de santo y el otro con un nombre que suena parecido a “demon”, muy práctico para distinguirlos) se pelean por el amor de una chica humana, Elena. Ella suele preferir a Stefan pero gran parte del conflicto está en su incapacidad de decidirse, o visto de otro modo, en la incapacidad de Damon de dejarlos a ella y a Stefan en paz.

Hay una moda también de libros que aunque no muestren triángulos, toman la idea de una chica buena o inocente y un chico malo, o “chica humana y ser sobrenatural que es peligroso para ella”. Aquí de nuevo está la creencia de que el amor apasionado debe ser algo aventurero, peligroso, y que el varón es mejor que sea superior a la mujer, porque en estas historias él siempre es más fuerte que ella, no se une a un ser sobrenatural pero débil. Ellos son como superhéroes. En historias tradicionales o mitológicas nos encontramos también el inverso: la Sirenita, por ejemplo. Esa tendencia es una rareza en los bestsellers actuales.

En las historias con chico malo humano, destaca por su éxito A tres metros sobre el cielo. En las historias con chica y ser sobrenatural, además de los ya mencionados vampiros y hombres lobo, en Obsidian de Jeniffer Armentrout el amado es un extraterrestre y en Hush hush de Becca FitzPatrick es un ángel caído.

He localizado un solo ejemplo de triángulo austenita: Los Juegos del Hambre. Katniss está demasiado ocupada y traumatizada para tener una historia de amor, la verdad, pero se siente muy unida por amistad, lealtad, y sentido del deber a dos hombres: Peeta, que es tímido y cariñoso, y Gale, que es valiente y bastante chulo. Escoge a Peeta cuando ve que Gale, aunque la quiera, no tiene compasión con los demás.

Es decir: lo que observamos en la literatura juvenil contemporánea es el triunfo del estereotipo Brontëano, que cuando se creó era solo una forma minoritaria de escapismo romántico entre otras muchas disponibles. El mito de “ellas los prefieren malotes” se alimenta a sí mismo, porque las lecturas, las películas, etc. son la educación sentimental de mucha gente. Si te muestran que el amor es sufrir, cuando sufras creerás que es amor. Si te muestran que el amor es cuidar, divertirte o compartir aficiones, cuando cuides, te diviertas o tengas intereses comunes llamarás a eso “amor”. Por eso lo deseable es tener la mayor diversidad posible en literatura juvenil, algo a lo que la industria no parece muy dispuesta.

Atravesar el muro, de Alan Spence.

Si prefieres leer el cuento en tu ereader, Johan Solo nos ha hecho una adaptación a epub, azw3 y fb2 que puedes descargarte.

Aquí hay notas al margen de todas las referencias geográficas. Monumentos, calles, todo. No necesitas una guía turística para disfrutar una ciudad, pero no estorba en el bolso.

Todas las frases en inglés son letras de canciones y llevan a enlaces de Youtube. No necesitas escuchar música paseando, pero a algunos nos gustan los auriculares.

Te dejo con Alan Spence. Espero haberle hecho justicia.

Atravesar el muro.

No es como lo recordaba. Al menos, no en la superficie. A Glasgow le han dado un lavado de cara, un lifting. Los viejos bloques grises parecen nuevos. Es domingo por la mañana y vamos diez mil camino de Glasgow Green. Muchos. No me lo imaginaba. Traigo ropa limpia en la mochila. Llevo puesto un chándal viejo que no me importa tirar. Me lo dejaré hasta el último momento. Me lo quito justo antes de que empiece la carrera. A la basura. Como el verso ese del Gita que habla de morir. Como un hombre que se quita una prenda dada de sí. Se deshace de ella cuando el alma ya ha tenido bastante. Y a otra cosa.

Bajo por Candleriggs y voy para Saltmarket. Paso por delante de los juzgados y el parque me queda a la izquierda. Me fijo en la morgue al otro lado de la calle, y me doy cuenta de que he estado intentando no acordarme de la última vez que estuve aquí. Me golpea como un puñetazo al estómago. Me pone malo.

Fuera.

Al parque. Busco la tienda para dejar mis cosas. Huele a hierba pisoteada y lonas apulgaradas, a sudor y linimento. Hay gente dando vueltas, asustados y nerviosos, como sentenciados. Unos hablan y ríen en ese tono demasiado alto, otros callan y se concentran. Bostezo, un signo claro de que estoy nervioso. Lo siento en el estómago y en los dientes. Me unto vaselina en la cara interna de los muslos, en las ingles, donde puede que rocen las calzonas. Un buen pegote en cada pezón o acabarán en carne viva.

Faltan diez minutos.

Me voy a la línea de salida y busco mi sitio. Por la marca de las tres horas. Unos estiramientos de último minuto. La pierna derecha cruzada por delante de la izquierda, toca el suelo con las manos, repite con la izquierda. Estira pantorrillas y muslos. Separa las piernas, dobla la cintura, toca el suelo con las palmas. Sobre una pierna, agarra el otro pie por detrás. Espero que las rodillas aguanten. No hay sitio para nada más, de repente la acera está abarrotada. Una bulla de espectadores, los corredores pasan a empujones. Un minuto.

Me quito el chándal, lo de arriba primero. Los pantalones son un problema, se quedan atascados con los zapatos, pero me las arreglo para sacarlos a tirones. Miro a ver dónde tirarlos. Me llama una señora.

–¿Los quieres tirar, hijo?

–Sí.

–Ya me encargo yo, busco una papelera.

Se me había olvidado esto. La amabilidad porque sí, esa calidez sencilla. Le paso el montoncito. –Muchas gracias.

–Mi nieto va a correr – dice – Quiere batir las tres horas.

–Igual que yo.

–Lleva una camiseta del Partick Thistle.

–¡Lo buscaré!

–Buena suerte.

–Gracias.

Entonces paso al otro lado de la cinta y me uno a la multitud de corredores, buscando un hueco. Aliso mi número, pinchado al pecho de mi camiseta. Saludo al que va a mi lado, que se ha puesto una bolsa de basura con un agujero para la cabeza.

– Ey.

– Vamos al lío, ¿no?

– Venga.

Se quita la bolsa de basura, la tira a un lado. Medio minuto. Suena la banda sonora de Carros de Fuego. Alguien delante grita “¡Oggi, oggi, oggi!” y la gente le contesta: “¡oi-oi-oi!”. ¿Quién empieza estas cosas? Lo habrán visto en el Maratón de Londres, por la tele.

Entonces hay una cuenta atrás, los últimos diez segundos. Pongo el cronómetro a cero. Tres….. dos….. uno…. el pistoletazo de salida. Le doy al botón. Un rugido tremendo como el de un campo de fútbol y me mueve a pesar mío, me atrapa y me arrastra. Al lío.

Al principio tenemos que ir en bloque, al mismo ritmo. Me bloquean el paso una y otra vez, y tengo que acortar las zancadas. Subimos pasando al lado del Tron y el Tolbooth, el corazón de la Merchant City. En algún sitio por aquí cerca estaba el almacén del restaurante Sloan’s, donde trabajaba mi padre de cobrador, puerta a puerta. Ganaba diez libras a la semana. Los cincuenta.

Subimos por High Street, por delante del albergue. El Great Eastern. Los pobres desgraciados tirados en la calle. Glasgow está mucho mejor ahora.

Ahora es un poco más fácil moverse, no me voy tropezando con los que van en cabeza, pero todavía me van arrastrando. De momento es un ritmo cómodo, es bueno estar en movimiento, libera, sube la adrenalina. Me lleva al final de la primera milla más rápido de lo que había planeado. 6:41. Dando margen a que empezamos despacio significa que voy a 6:30. Un poco demasiado rápido, intento relajar, echar el freno. Por George Square cortaba yo al volver a casa, todos los días durante seis años. El chillido de los estorninos las oscuras tardes de invierno. Pasamos al lado de la estación de Queen Street. Relajo los hombros y voy ajustando un paso estable. Retengo una imagen de Abebe Bikila corriendo descalzo por las calles de Roma, como si planeara. Imágenes en blanco y negro, los Juegos Olímpicos de 1960. El año después de la muerte de mi madre. El primer año de instituto. Grisura y desolación interminables. Mi padre hecho polvo. Vi la maratón por la tele, con la cabeza metida en los deberes de Latín. Amo Amas Amat. Conjugando el amor. El pam, pam de los pies de Bikila en las duras calles de Roma. Qué idea.

Mis pies van ahora en unas Adidas de competición, ligeras, TRX Comp, blancas con las tres rayas azules. Ya no las hacen. Cada vez que encuentro un zapato que me gusta. Obsolescencia programada. Estas tienen la amortiguación necesaria pero no abultan demasiado. Son lo bastante ligeras como para sentir el suelo. Diseño alemán de alta tecnología salido de fábricas explotadoras de Taiwan y Corea. Mantengo la vista en la calzada. Pam, pam, pam de mis pies. Abebe Bikila. En Sauchiehall Street, todavía bastante gente en las aceras. Te dan un subidón, saludas y recibes sus ánimos.

– ¡Bieeeeeeen!

-¡Ánimo!

-¡Venga, que solo quedan veinticinco millas!

Siempre hay algún gilipollas que grita “¡Sube las rodillas!” Ahí está. Cabezón. Don Risitas. “¡Un-dos-tres-cuatro!”. Solo me hace reír. Soy inmune, planeo como Abebe Bikila. Pasamos por lo que antes fue Charing Cross, destrozado por la autovía. El puente a ninguna parte sobre pilares de hormigón. Garnethill, donde vivíamos cuando nos casamos. Un apartamento en Hill Street, seis libras a la semana. Una habitación grande, soleada, con una buena vista de la ciudad. Compartíamos el piso con un albañil irlandés, un estudiante chino que cocinaba unos cangrejos que apestaban la casa entera, y un iraní con aires de dandy que daba vueltas por aquella cocina cutre envuelto en un batín de seda. Nos quedamos allí un año. Leímos en el periódico que un mes más tarde de salir de la casa, habían asesinado a alguien en lo que había sido nuestra luminosa habitación. Nunca se sabe lo que puede pasar.

Dos millas. 13:41. Tengo que echar cuentas. Siete menos veinte. 6:40. Todavía voy un poco rápido. El objetivo es un 6:50 constante. En fin. Descontando el principio. Y suponiendo que baje la velocidad al final. Viene bien ahorrar unos segundos ahora. A la hucha. Paso por un puesto de avituallamiento, cojo un vasito de papel e intento beber mientras corro. Trago aire con el agua, me derramo un poco por la camiseta. Tiro el vasito. Sigo corriendo.

– ¡Oggi, oggi, oggi!

– ¡Oi-oi-oi!

Hay un viejo delante de mí, cincuentaymuchos, con la camiseta de un club de atletismo y unas calzonas viejas de algodón. Un tipo duro. Nervudo y flaco, sin un gramo de grasa. La clase de tío que se va a morir con las zapatillas puestas, por ahí en una carrera larga, o a los ochenta, intentando batir el récord de su grupo de edad en una de diez kilómetros. Así se hace. Corre muy suelto, metido en sí mismo, con una forma perfecta. Me pongo detrás, le miro los pies. Me engancho a su paso. Me concentro en el ritmo. Pam. Pam. Pam.

Subimos por Kelvin Way camino de University Avenue. Me veo salir de un examen de Derecho en 1966. Perdiendo los papeles. No tenía ni idea de quién era. Traje mod y peinado a lo Small Faces. Borracho perdido en la cervecería de la Union. Empanada, alubias y una pinta de las fuertes. Las mesas todas salpicadas de cerveza. Estudiantes paletos, de medicina y de ingeniería, voceando canciones de rugby. Dame la vuelta, túmbame y vuelve a empezar. Vivía para el sábado y el baile en la Union. Grupos que tocaban Tamla, Atlantic, Stax. Dulce música soul. Quién era yo. Me enamoraba y me desenamoraba. El verano del 66, excitado, en sintonía y acabado. Puesto de ácido, la primera vez allá en aquella colina del Kelvingrove despatarrado en el césped de la ladera a todo volumen abierto de par en par todo ello latiendo en mí el ding-dong del reloj de la Universidad en su torre neogótica cada cuarto de hora una nota alta y una baja trayéndome de vuelta recordándome que el tiempo es una broma. Vaya broma.

Tres millas. 20:12. No me salen las cuentas pero son menos de siete. Bien. Un paseo por aquí una tarde de verano con Mary hace muchísimo tiempo, con ropa de terciopelo de segunda mano comprada en el mercadillo de los irlandeses, llevando las flores que habíamos cogido. Dios, qué felicidad. Ding-dong. Una nota alta y una baja. Mi niña bonita.

A darse prisa.

Por la avenida, hacia Byres Road. Cuántos años. El apartamento que encontré para mi padre. Un pisito enano pero le gustaba vivir aquí, le iba bien. Bebo otro sorbo de agua, le pego patadas a los vasitos del plástico del suelo, no pierdo de vista al viejo que corre con un club.

Dejamos atrás el Botánico y el Palacio de Kibble. Un cuento que escribí y convertí en obra de teatro, sobre mi padre cuando vivía en aquel apartamento. Se sentaba en el Kibble buscando luz y calor. Siempre era verano. There is a flower that bloometh…Justo cuando termino de escribirla, paso a máquina la última línea y suena el teléfono. Una mala noticia.

¿Eso eran las cuatro millas? No me fijé. Iba a lo mío. El tiempo seguiría bien, 26:53. Alcanzo al viejo, corro a su lado.

-Eh, ¿Eso eran las cuatro millas?

-¡Eso espero! Si no, la he liado.

-Vale. Se me pasó. Quería asegurarme.

-¿Ya en las nubes? ¡Muy mal!

-¡Ya lo sé!

Lo sé. Corro a su lado un rato, siento su poder. Economía del esfuerzo. Entiende de esto. Tengo que preguntar.

-¿Vas a por menos de tres horas?

No está realmente molesto por la pregunta; se lo piensa.

-Puede ser. Si llega, llega. No me voy a matar.

Pom, pom. Un paso constante.

Su camiseta tiene pequeños desgarros por delante y por detrás, hilos arrancados y rotos por años de imperdibles y dorsales. Corredor punk. Escupe, con puntería, a la alcantarilla.

¡Puaj!

-¿Y tú?

-Bajar de tres horas estaría bien.

-¿Lo has hecho antes?

-Una vez. 2:55.

-No hay razón para no repetir, si has entrenado.

-Eso.

-Si te chocas con el muro recuerda que puedes atravesarlo. Solo tienes que aguantar y tirar palante.

-¡Muy bien!

-¡Venga!

Y quizá sube el ritmo lo justo, me descuelgo un metro o dos, dejo que me adelante. Entramos en Maryhill, descampados entre los bloques. Un chavalín hindú en la ventana de un tercer piso, saludando con la mano. Le devuelvo el saludo y me río. Esto es genial, la libertad, correr por mitad de la calle, una perspectiva diferente, mirando hacia arriba. Una sensación como de estar de vacaciones. Desde una ventana se escucha Keep on running llegar al final y volver a empezar. Spencer Davis. Stevie Winwood con quince años y aquella magnífica voz sin pulir. One fine day I’m gonne be the one to make you understand. Pam, pam, pam. Sigue.

Subir en coche por Maryhill Road. Merryhell. Los Fleet mandaban aquí pero bien. “Tiny Mental Fleet Matan”. Tenías que tener cuidad en según qué pubs. Una vez me equivoqué y tuve que salir cagando leches por esta misma calle. Pies ligeros. Keep on running.

Por Garioch Road, la oficina del paro que me tocaba. Demanda de empleo. Intentando escribir. Miro el tiempo. 33:43. Cinco millas. Todavía bien pero es la primera vez que me da una punzada en el costado, me corta el aliento.

Leí en alguna parte que lo que hay que hacer es espirar fuerte desde el diafragma, empujarlo, gruñir. Me clavo las uñas en las palmas de las manos. Es una especie de acupresión. Clava. Gruñe. Sigo corriendo y al cabo de un rato se calma, casi se va. Recupero mi ritmo. Pam, pam. El veterano sigue delante de mí, a su paso estable. No se va a matar.

La historia de uno que se puso a correr para acabar con todo. Cansado de vivir. Pero el seguro no pagaría si se suicidaba. Tenía que pensar en su mujer y sus hijos. Así que pensó que correría hasta el agotamiento. Estaba en muy mala forma, no sería difícil provocarse un ataque al corazón. Hizo testamento y todo. Salió. Un par de vueltas a la manzana. Agotado y dolorido, pero no muerto. La noche siguiente un poco más. Y la siguiente. En un mes de seguir sin morirse, corría una milla. En dos meses dos millas y empezó a cogerle el gusto. Tiró el testamento. Siguió corriendo. Siguió viviendo.

Correr para estar en forma. ¿En forma para qué? En forma para correr. Correo ergo sum.

Por Temple, pasando Dawsholm Park y bajando Bearsden Road hacia Anniesland.

Seis millas. 40:34.

¿Por qué Temple? Algo masónico. ¿Y quién era Annie si esta tierra era suya? ¿Y es verdad que había osos que tenían un cubil por aquí? Cosas en las que uno nunca piensa. Nombres. Nama rupa. Nombre y forma. Dios, otra punzada. Esta vez en el hombro izquierdo, me lo ha dejado paralizado. Respira Gruñe Clava. Necesito un mantra para mantener la concentración. Intento el viejo trico budista. Gate Gate. El ritmo correcto. Un buen paso.

Gate Gate Paragate Parasamgate Bodhi Svaha.

Se ha ido. Se ha ido más allá. Se ha ido más allá del más allá.

Escuchar a Ginsberg cantarlo hace años, en una lectura en Blysthwood Square. Tocaba el armonio. Cantó El primer pensamiento es el mejor. Recuerdo aquello. Pero no ayuda con la punzada, no se va. Lo único que puedo hacer es seguir corriendo.

Gate Gate.

Sigo.

Siete millas. 47:25. OK. Great Western Road.

Aquella vez que acompañé a Mary a su casa hasta aquí, a las tres de la mañana, todo el camino hasta Drumchapel por el Bulevar. Caminando por la hierba. Caminando a ciegas. Ella había estado fuera, de viaje. y había una distancia. Take heed, take heed of the Western wind. A punto de romper. Caminamos justo por esta calle. Pasamos por la fábrica de Goodyear, que ya no está. Ls avefrías en círculos. Pío pío. En mitad de la noche. Hablamos de arreglarlo, encontramos algo por lo que empezar, gracias a Dios. Por esta calle.

Bajamos ahora para Scotstounhill, ahí están los pisos altos, el bloque de en medio de los cinco, mi padre y yo nos mudamos ahí cuando echaron abajo nuestro bloque. Los últimos en irnos, toda la calle cerrada ya, las ventanas cegadas. Yo tumbado en la cama una mañana, enfermo, y suena un estruendo en el tejado, de martillazos, y por la ventada empieza a verse cómo salen cosas volando. Ladrillos, tejas y tubos, antenas, lanzados al patio trasero. Y “¡OYE!”, grito. “¿Qué coño pasa?” Alguien me oye y se paran. ¡Cagonlaputa! Creían que el edificio estaba vacío y lo iban a demoler. Media hora más y el tubo de la chimenea se habría caído del techo, sobre mí. Nunca se sabe, de verdad. Me podían haber aplastado. Después de aquello nos mudamos, esa misma semana. Allá al vigésimo tercer piso.

Ocho millas. 54:15.

Una habitación blanca para mí solo, una vista del río que llegaba hasta Dumbarton. Incienso y alfombrillas de esparto. La String Band en mi viejo Dansette. Everything’s fine right now.

Ahora. Esto es todo. Sigue. Por la autovía. Han cerrado un trozo al tráfico. Fantástico. Hemos tomado la ciudad. En el siguiente puesto de avituallamiento cojo una esponja. Una niña me la pasa, chorreando de un cubo. Gracias. Me la estrujo en lo alto de la cabeza. El shock del agua fría cayéndome por la cara, por el cuello, empapándome la camiseta. Me refresca rápidamente, un chute de energía. Me quedo con la esponja, me la paso por los brazos y los muslos. Me doy cuenta de que tengo las piernas rígidas, endureciéndose, el principio del agotamiento. Ocurre. Una última pasada por la cara y el cuello y tiro la esponja al suelo. Ejércitos de voluntarios recogerán toda la basura. Es increíble la escala de esto, la organización. Todo para que podamos correr hasta reventar. Qué locura. 9 millas. 1:01:06.

Una camiseta del Partick Thistle por delante de mí. Roja y amarilla con los bordes negros. Los Jags. Firhill, La Emoción. La palabra que usaban era “impredecible”. Me pregunto si ese chico es el nieto de la señora del principio. Lo alcanzo y corro a su lado.

-Vaya carrera, ¿eh?

-Pues sí.

-¿Vas a por tres horas?

-Eso espero, sí.

-Bueno, vamos bien.

-¡Sí, de momento!

-¿Eres del Thistle?

-¡Sí, por desgracia! Ya no sé ni pa qué me molesto.

-Bueno, todos tenemos una maldición.

-Eso mismo.

Seguimos juntos un ratito. A este paso, charlar no es fácil. Pero hago el esfuerzo.

-Oye, ¿tu abuela estaba en el principio de la carrera?

-¿Eh?

Supongo que sí que suena muy raro.

-Una señora mayor. Pelo gris. Es que estaba buscando a su nieto. Decía que llevaba una camiseta del Thistle.

-¡Ése soy yo! Me dijo que vendría pero no la vi.

-Pues mira por dónde.

-Qué pequeño es el mundo, ¿eh?

-Pues sí.

Esa es toda la filosofía de la que somos capaces, sobre el tiempo y la casualidad, las coincidencias. Qué pequeño es el mundo, la verdad. Pues sí. Sí.

El pequeño acelerón para alcanzarlo me ha sentado bien. Lo intento otra vez y avanzo, con zancadas relajadas. Pasamos Minerva Street. Diosa de la Sabiduría y de la Seguridad Social. Por el muelle de Finnieston y la inmensa estructura de la grúa, tracería de hierro. Glasgow hizo al Clyde, el Clyde hizo a Glasgow. Otra época, pasada. Mi padre, de joven trabajando en el astillero, haciendo velas. Lo echaron después de la guerra, la antigua industria pesada en declive, viniéndose abajo. Entropía.

Necesito más agua. Otra esponja. Diez millas.

1:07:55.

Otro montón de espectadores, una gran ovación. Algunos ofrecen bebidas, gajos de naranja, onzas de chocolate. No necesito nada pero les doy las gracias de todos modos. Los niños levantan la mano para chocarla. Les doy según corro. A la americana.

Corriendo en Nueva York, me acuerdo de la banda de instituto atronando con el tema central de Rocky. Bam! . . . Bam! Bam! Bam! Eye of the Tiger. Y el barrio judío, Williamsburg, los jasídicos ortodoxos con abrigos negros y sombrero, barbas y largos tirabuzones. Quietos en silencio total viéndonos pasar. Y la señal de las veinte millas, muerto viviente, arastrándome por el Bronx. Y aquel hombrón negro que me llamó: “¡Eh, tío! Yo que tú seguía corriendo. A ver, ¿de verdad quieres pararte en el Bronx?”

Ni en broma.

¡Oggie oggie oggie!

¡Oi oi oi!

Broomielaw, donde los barcos de vapor se iban río abajo. The river Clyde, the wonderful Clyde. Yo tocaba eso en Ibrox cuando iba a las gradas de pie. Antes del partido y en el descanso. Eso y Shirley Bassey. Let the great big world keep turning. El olor del tabaco y la brillantina al aire libre. Mi padre empezó a levarme cuando tenía tres años.

Me doy con unos adoquines, duros bajo los pies. Un pinchazo en la rodilla izquierda. Espero que no me duela haber acelerado. Qué buena actitud protestante. Pagaré por ello. Pagaré por ello. Once millas. 1:14:43. Ahora es más difícil de calcular. Setenta y cuatro y poco. Todavía bien, por debajo de siete. Intento deslizarme, Abebe Bikila, relajado, sin dejarme caer. Evito poner el peso sobre el talón. Va bien. Talón y empuja con la bola del pie. Fácil. Sin problema. El dolor para pero me preocupo igual, le doy vueltas. Fin de los adoquines y otra vez asfalto. Mejor.

Mucho mejor. Mejormejormejor. Un poeta concreto. Smilesmilesmiles. Una historia del Ramayana. Un ladrón y asesino intenta decir el nombre de Dios, Rama, Rama. Todo lo que le sale es Mara, Mara, oscuridad. Pero persevera, sigue repitiendo Mara Mara hasta que finalmente es Rama Rama.

Increíble lo que tenemos flotando ahí en la cabeza. MaraMaraMaRamaRamaRama. De la oscuridad a la luz. MilesMilesMileSmileSmile.

Glasgow, mucho mejor. Vaya campaña de relaciones públicas. El urbanismo de por aquí, como el muelle, los pisos de lujo en la ribera.

Como Brando en blanco y negro en La Ley del Silencio. Podría haber sido alguien. Podría haber sido un aspirante al título.

Las manos de mi padre. Más grandes que las mías, más fuertes. Manos de obrero. Fue boxeador amateur. Útil. Conocía a Benny Lynch. Intentó abrirse camino a puñetazos, pero no lo consiguió. Nunca fue lo bastante bueno. O lo bastante malo. Perdió.

Podría haber sido un aspirante al título. A brazo partido.

Las manos de mi padre.

He alcanzado otra vez al viejo corredor del club, que va justo por delante de mí. Descontando millas. Ahora doce. 1:21 y pico. Una más para estar a mitad de camino. Ya llegamos. Talón y punta. Un poco de brisa del río, opone resistencia, corremos contra ella, pero es agradable y refresca. El primer escalofrío, raro porque tengo calor. Una sensación eléctrica en la columna y la parte de atrás de las piernas. Lo recuerdo de otras veces. Es un aviso. De momento, pasa. Un giro brusco a la derecha y cruzamos el puente de la Estación Central. Oswald Street. Puente de Jorge V. Arriba y cruzamos el río, euforia. ¡Sí!

Al lado sur, salimos del puente, es más fácil con el viento a la espalda, da un empujón extra, anima. Me entrecruzo, adelanto a algunos que empiezan a ir más despacio. Para cuando me fijo he adelantado al del club.

-Vaya vaya – dice- ¿te sientes con ganas?

-No voy mal, la verdad.

-Sólo puedes guiarte por cómo te vas sintiendo.

-Ahí estamos.

-Puedes ir a por todas, ya que estás.

-Sí.

-Pero ten cuidado, que todavía queda bastante.

-Lo tendré.

-Muy bien.

-Hasta luego.

A por todas. He cogido fuerzas hablando con él, paso por más adoquines, sobrepaso viejos edificios del muelle, almacenes, hasta llegar a las trece millas, a medio camino, yarda arriba o abajo, lo que sea la mitad de 385. En la mitad a 1:28. Perfecto. En mi mejor tiempo hice las dos mitades iguales. 1:27 de ida y 1:28 de vuelta. En Edimburgo, por la costa, sesenta corredores. Hice media carrera solo. No había pelotón para ir acompañado.

Así que esto va bien, muy bien. El mismo tiempo y todo este apoyo. La mitad. Mezzo nel cammin. Un hundimiento apenas momentáneo en la idea de que tengo que volver a correr otra vez lo mismo, que es sólo la mitad, y el cansancio. Pero no puedo pensar eso. He pasado de la mitad. Camino de la meta.

Por debajo del paso elevado, pilares de cemento, nos caercamos al Puente de Kingston. El tráfico ruge sobre nosotros. Cortes donde antes estaba Tradeston. La calle donde se crió mi padre, Houston Street. No está.

No conocí a mi abuelo, herrero industrial, trabajó en Howden’s toda la vida. Se murió cuando yo era un bebé, y su mujer antes de que yo naciera. Sólo he visto fotos viejas, retratos rajados, en sepia, guardados en una lata de galletas. Mi abuelo fue andando de Campbeltown a Glasgow para progresar. Duro como el acero. El otro abuelo por parte de madre trabajaba en Dixon, la fundición. Solo uno de mis cuatro abuelos llegó a viejo. No somos una familia longeva, mi madre murió a los 38. Dios. ¿Por qué pensar en ello?

Hago un intento consciente de relajar los hombros, respirar hondo, correr tranquilo. Por el Colegio Lorne donde se organizaba la marcha orangista. Mi tío Billy. Un orangista fanático. Era un buen hombre, decente. Pero toda aquella locura y odio. Una división de locos, tener a la gente peleándose entre ellos en lugar de contra lo que estuviera mal. Y así siempre.

Pasada la parada de metro de Cessnock, giramos a Paisley Road West. Bloques de piedra marrón. Otro pinchazo en la rodilla. Cojeo un poco, me dejo llevar hasta que se calma. Bien.

Catorce millas. 1:34. Pasamos al lado del Ibrox. Un corredor con una camiseta de los Rangers saluda con el puño en alto. ¡Hola! Y más abajo puedo ver los pisos altos, en el descampado. El boque en el que nací estaba por aquí. Ahora no es más que un hueco entre los edificios. El cuarto con cocina estaba en algún lugar de ese espacio, una cápsula en mitad del aire. El edificio fuera, la calle fuera, mi madre muerta hace tiempo y ahora mi padre. Nuestra vida allí solo está en mi cabeza y morirá conmigo.

El Albión. Ahora es el campo de entrenamiento de los Rangers. Antes era el canódromo, donde mi padre trabajaba en los accesos, un par de noches a la semana. Apostaba un poquito de vez en cuando, a veces ganaba, casi siempre perdía. Me traía a casa fotos de la línea de meta para que las viera. Casi abstractas, ráfagas de luz, los galgos alargados, ondeando hacia la línea. Me las traía a casa para enseñármelas, eso era todo. Mi papá.

Dios.

Ese escalofrío otra vez aunque debo estar acalorado. Camiseta húmeda, de sudor y del agua de las esponjas que me he pasado por el cuello. Esa sensación eléctrica como un cortocircuito en brazos y piernas. Respiro algo peor, esto empieza a doler. Se me había olvidado.

Torcemos hacia Bellahouston Park. ¿Quién era Bella Houston? ¿La misma de Houston Street? Más agua, bebo y se me derrama. Una mujer da caramelos de glucosa, un paquete de dextrosol. Cojo uno y lo muerdo, es como una tiza, dejo que se disuelva y lo trago. Deja una extraña sensación de frío en la boca. Pero el chute rápido da un subidón, casi instantáneo. Recupero e ritmo, atravieso el parque.

Creo que eso era otra milla. Debería llevar quince. Miro la hora, 1:41 y algo. Va más o menos bien. Creo. Paso por delante del Palacio del Arte. Una vez participé en noséqué show de los Scouts. Cantando. Marchando. Ni idea. O the wanderlust is on me, and tonight I strike the trail. Eso era. Swing along to a hiking song on the highway winding west.

El Palacio lo dejaron tras la Exposición Imperial. Mi padre ayudó a poner carpas y toldos, tiendas y marquesinas. Me enseñó el sitio. Solíamos venir aquí las tardes de verano, mi padre, mi madre y yo subido a hombros de mi viejo. Nos sentábamos arriba en la colina junto al kiosco de la banda, y él fumaba Senior Service y escuchábamos a las bandas tocar canciones populares. Younger than springtime. A veces nos traíamos una pelota y la pateábamos mientras mi madre se quedaba sentada. La pelota era de goma, y olía marrón. Hacía un ruido de goma al darle patadas. Más cuando le dabas de cabeza. Boing. Y el ruido en la cabeza y los flashes de color detrás de los ojos. Rojo. Cansancio y volver a hombros de mi padre, volviendo a casa cuesta abajo.

Flashes de luz en la cabeza, el olor de la hierba cortada, esto es ahora. En el parque. Mosspark Boulevard y Corkerhill Road. Paso las dieciséis justo por debajo de 1:49. Solo sé que es menos de siete minutos la milla, y eso vale, eso está muy bien.

Casas con jardín aquí, el sueño adosado de la posguerra, el tipo de cosa que mis padres soñaban y nunca tuvieron. Algunos críos en una esquina, quieren chocar los cinco otra vez. Uno de ellos alarga una botella de Lucozade. Paro y doy un sorbo, la espuma caliente me da en la garganta, y voy eructando burbujas por la nariz la siguiente media milla. Aun así, el golpe de cafeína al cerebro es bueno. Bien. Otro estirón. Gate Gate Paragate. Pam, pam. Asfalto duro. Los ojos en la carretera. A veces brillos y centelleos de partículas que captan la luz. Bonito e hipnótico. Me pierdo en ello. Estrellas en un cielo de alquitrán. Y otra vez esos flashes de luz en la cabeza. Pulso. Espacio profundo. Pero los pies en el suelo, es lo que tiene correr, que mantiene los pies en el suelo. una y otra vez, y en medio vuelo. Cuando corras, sólo corre. Esto es Pollok. Casas de protección oficial. Bloques enguijarrados.

Una vez corrí en Barnsley. En diciembre. Exótico que no veas. ida y vuelta entre montones de carbón y de escoria. Las primeras cuatro millas todo cuesta abajo. Eso significaba que las últimas cuatro eran una escalada que te machacaba. Me mató completamente. Un viejo me adelantó cojeando en la última subida, y todavía le quedaba aliento para hablar. “Cagonsusmuertos de la carrera”.

Toda la razón. Así que esta podría ser peor. Debería estar agradecido. La bola del pie izquierdo está empezando a agarrotarse. Intento relajarla, destensarla, estirar los dedos. Sobre los talones otra vez. Así. Las diecisiete ya están cerca. 1:55.

¿Siete redondas qué sería? Siete por diez setenta. Más siete por siete cuarenta y nueve. Sumado es ciento veinte menos uno, que es ciento diecinueve. Un minuto por debajo de dos horas. 1:59. Así que voy con cuatro minutos de margen. Divide cuatro entre diecisiete. Réstale eso a 7 para ver a qué velocidad voy. Joder. Diecisiete entre doscientos cuarenta segundos. Dividir llevando de cabeza ya es difícil en el mejor de los casos. Y aquí estoy, tras 17 millas en una carrera. E intentando no pensar que nueve millas todavía es un trecho largo de cojones.

Veinticuatro entre diecisiete es una y me llevo siete. ¿Setenta entre diecisiete cuánto es? diecisiete por cuatro es sesenta y ocho. Está bastante cerca. ¿Y eso en qué queda? Rondará los catorce. Siete minutos menos catorce segundos es 6:46. No está mal. Nada mal.

Subiendo por Barrhead Road, un camino largo, recto y lento, un campo de golf a cada lado. Y el viento sale de ninguna parte y me golpea. En contra. Me abro paso. Subo la cuesta. Corro contra el viento. Sin resuello. Millasmillasmillas. Maramaramara. Gate Gate.

Entre los olores del sudor y el Reflex pillo una ráfaga de perfume. Miro alrededor y veo a una chica que va planeando. Pelo rubio en una cola de caballo. Diadema de rizo. Delgada y de pies ligeros. Al ritmo que llevo no quedarán muchas mujeres por delante de mí, pero tendrá que haber unas cuantas. Y esta tiene buena pinta. Arrastra una cola de cuatro o cinco hombres, dispuestos a no dejarle superarlos. Los mantiene motivados, supongo, es algo en lo que trabajar. Parece que les importe. Y ella sigue ahí, con el grupo a la zaga. Me coloco detrás de ellos un rato, chupando rueda, a ver si supero este trozo. Dieciocho millas y pasan de dos horas. 2:02. Me rindo y no echo más cuentas. Ya me da igual. Me siento bien.

Pollowshawks Road. Otra muchedumbre. Un gran aplauso para la chica, que sigue marcando el paso, arrastrándonos con ella. Mary habría corrido en ésta si no se hubiera puesto enferma. Hace un par de días, con gripe. La dejó tumbada, era demasiado tarde para recuperarse a tiempo. Encerrada en casa, metida en la cama lamentándose. Qué pena. Tengo que correr bien por ella. Dios, cómo me ayudó cuando todo iba mal. Suena a canción de country. A veces como son las cosas de verdad, las verdades simples y obvias, suenan a tonterías. La vida cotidiana es el camino.

A Pollok Park, otra vez el olor a hierba recién cortada. Venir aquí de niño era una caminata larga, millas, atravesando tres calles principales. Renacuajos en un bote de cristal. Alevines. Nunca sobrevivían.

Jugar a los soldados. Venía aquí con mi amiguito, Brian, para jugar en el descampado de delante de los Bloques. Lo llamábamos el Canón. De Cañón, supongo. Me juntaba con un montón de críos de las casas grandes de alrededor. Jugábamos a la guerra y nos caíamos haciéndonos el muerto. Brian cayó mal y se torció un tobillo. Un par de niños lo ayudaron a llegar a casa de ellos. Un sitio enorme con jardín y garaje. Una casa de cuento. El padre tenía acento inglés. Nos dio a todos zumo de naranja, frío, del frigorífico. Le tocó el tobillo, Brian se retorció. El padre se ofreció a llevarnos a casa en coche. Fue la primera vez que me montaba en uno, no se tardaba nada, minutos. Y la calle parecía tan diferente, sobre ruedas, viéndola desde la ventanilla del coche. Como una película. Los bloques hechos polvo, el pub de la esquina. Era como verlo por primera vez. Aquí es donde vivimos. Paró en la calle de Brian, un enjambre de niños alrededor según salíamos. Dims las gracias y dijimos adiós con la mano, y en cuanto el coche desapareció de la vista, Brian se fue dando saltos por la calle, sin ningún problema en el pie. – Al principio me dolía-, dijo, -pero entonces vi la casa y pensé, ¡a tomar por culo!

A tomar por culo todo.

Pues sí.

Diecinueve millas y me está costando. Sigo el ritmo de ese pelotón y la chica. Cojo un vaso de agua e intento beber a la carrera, se me cae todo, tengo que parar y coger otro, dejo escapar al pelotón. Buena suerte. Necesito beber. De un trago. Y otro. Sigo corriendo, e incluso una parada así de corta, unos segundos, hace que las piernas se agarroten, rígidas. Cojeo los primeros pasos, me recupero, continúo.Rodillas arriba. No es posible. Atrapado. El camino serpentea, arriba y abajo por el parque. La finca Pollok. Pollok House y el Burrell.

Una escultura china de un monje meditando, un lohan. Casi de tamaño natural, de cerámica, con túnica verde. Sentado quieto y alerta, con un fondo de árboles tras un cristal. Necesito esa quietud, esa alerta, en el corazón de la acción, en mitad de llevarme al límite, así. Fue la meditación lo que me metió en esto. Mi maestro el yogi hindú. Vino a Glasgow, me cautivó con su simplicidad, su luminosidad. Lo que más, lo directo que era. Esto es lo que hay. Vívelo. Me hizo echarme a correr en vez de quedarme con el culo pegado al suelo. No, además de estar con el culo pegado al suelo. Corre y llega. Esto se lo agradezco. Machacarme. Empuja. Empuja. Empuja. Estar justo ahí en el momento. No hay nada igual. Los pies en el suelo.

Esto. Esto. Esto. Esto. Esto.

El camino por delante. El largo camino a casa. No pienses en ello. No pienses. Intenta respirar bien. El olor de la hierba. Otra vez ese escalofrío. Pasos sobre mi tumba. No voy a tener tumba. Cremación, como mi padre.

Be still my soul.

La electricidad que me baja por la espalda, por las piernas. Cortocircuito. Las pantorrillas hechas nudos, los muslos tensos como cuerdas enrolladas, apretadas.

Pero veinte millas es algo. Un hito. 2:16:42. Debería ser capaz de dividir eso entre veinte. Entre dos y entonces diez. Pero esa parte del cerebro ya no trabaja. No lo consigo. Lo enfoco desde el otro lado, me quedan seis millas. Si consigo mantenerme en los siete minutos por milla, son 42 minutos. Suma eso a 2:16 y son 2:58. Me conformaría con eso. Dios, sí. pero eso significa no bajar la velocidad, y eso es duro. Sin flexibilidad, cada paso es un esfuerzo. Veinte millas es lo más que corro entrenando, ahora ya estoy más allá. Gate gate.

Una vez vi a un amigo intentar cruzar a nado el Canal de La Mancha. En octubre. Una locura, demasiado frío. Salió de noche. Recuerdo la luz del barco que iba con él, deseapareciendo en la oscuridad, hacia lo desconocido. La sensación de vasto vacío. El Vacío. Al final no lo consiguió, tuvo que retirarse a medio camino. Volvió con el barco.

Aquí la única manera de volver es seguir adelante. De vuelta al principio. Un pie y luego el otro. Y otro. Mantén esos siete minutos. Como entrenar hasta el final. Al fin y al cabo. Siete minutos. Sin problema. Un paseo. Sigue siguiendo.

¡Oggi, oggi, oggi!

¿De dónde ha salido? Hacía rato que no lo oía. ¿Empezó demasiado rápido y lo estoy alcanzando? ¿O al revés, es él el que me come terreno a mí? El “¡oi, oi, oi!” ahora es más calmado, menos entusiasta. A esta altura todo el mundo está luchando. A siete minutos. En Barnsley al final iba por nueve o quizá más lento. Pero aquella era una carrera de cagarse en sus muertos. Aquí no hay cuestas. Puedo hacerlo.

Fuera del parque y de vuelta en la calle. Dumbreck Road. Dumbo. Cumbre. Se me va la cabeza. Estoy incómodo con el peralte de la calzada, me subo a la acera, lo siento como un escalón altísimo, estoy al límite. Un paso gigante. Caminar sobre la luna. Me vendría bien no pesar nada, flotar. En vez de eso me arrastra la gravedad. Piernas de plomo.

21 millas.

2:23.

Ahora la acera parece más dura que la calzada. Bajo el bordillo. Mierda. Otro pinchazo en la rodilla, éste más agudo, me hace cojear otra vez, duele si apoyo todo el peso. Me apoyo en una farola, algo en lo que apoyarme, cualquier cosa. Agarro el pie izquierdo con la mano derecha, tiro hacia atrás. Algo hace crack. No hay flexibilidad en los músculos. Cambio a la otra pierna, empiezo a moverme con cautela, el pinchazo reducido a un dolor sordo. Chondromalacia pattelica. Rodilla de corredor. Un fastidio.

Llego con esfuerzo al centro de la calle, donde está más plano, con menos curva. Al nivel. En equilibrio. Sigo hacia adelante. Levantamiento mínimo de las rodillas. Sin opciones. No podría acelerar ni aunque quisiera. Reducido a arrastrar los pies. El juego de pies de Muhammad Ali, flotando como una mariposa. Ojalá. Harlem Shuffle. Sam & Dave. You slide into the limbo, how long can you go? Buena pregunta.

¿Y esto qué es? ¿Dónde estoy ahora? Barrios anodinos. Busco una señal. Busco un milagro, parece. Este pone Fleurs Avenue. Bonito nombre. Avenue des Fleurs. El sueño de alguien. Avenida de las flores. El camino de prímulas. Bajo la cabeza, mirada al suelo.

Esto. Esto. Esto.

Sigo. Al limbo. Se me había olvidado esto, de verdad que sí. Es lo que cuentan de los partos. Que si te acordaras, si de verdad te acordaras de lo que su siente, no volverías a hacerlo nunca más. Y estoy empezando a acordarme, Dios, sí, siempre es así. Estoy cayendo en picado de verdad.

Otra señal. 22 millas.

Es difícil enfocar la vista en el reloj. Bizqueo. 2:30. No sé qué significa eso. Pero me quedan cuatro. En media hora. Solo tengo que resistir y no morirme. Me digo a mí mismo que solamente he agotado la reserva de glucógeno. Es una bajada de azúcar, eso es todo. Esto me ha pasado antes. He corrido hasta atravesarlo. Pero me cago en Cristo, duele.

Una mujer, una madre joven con un bebé en un carrito. Sostiene algo y me giro, cojeo hacia ella, veo que es media naranja, pelada, y su bondad, su simple amabilidad me sobrecoge, me llega. Apenas puedo dar las gracias, solo gruño y cojo la fruta, la engullo, como/bebo de golpe y me la trago entera. Bendita seas. Sigo, y ayuda, está claro que ayuda. Por lo menos doscientas yardas más o menos. Entonces empieza otra vez, me voy cuesta abajo. Apenas me mantengo a flote. Con el depósito vacío. ¿Por qué coño estoy haciendo esto? No tiene sentido.

Si ese hijo de puta grita Oggi Oggi Oggi una vez más.

¿Me he saltado un puesto de agua? Hace demasiado de la última vez que bebí. Todos esos dibujos del tipo reptando, arrastrándose por el desierto. Un oasis que resulta ser un espejismo.

Alguien a mi derecha, pies caen pesados.

-Un infierno, ¿eh?

La camiseta del Thistle. Pinta tan mal como yo me siento pero se mueve mejor, más fuerte. Esos Jags. Lo único que puedo hacer es gruñir “sí”. Y me saluda con la mano, me adelanta, muy despacio pero alejándose de mí a cada paso.

Agua.

Para.

Cojo un vaso con la mano temblorosa. Bebo, la dejo caer. Me llegan por los tobillos. Cojo otra y me obligo a beberla, aunque me siento como si me ahogara. Tori el segundo vaso, le doy una patada, salgo del montón de basura.

Ahora. Se trata. De. Recuperar. El ritmo. No sé si puedo. Sólo quiero sentarme en mitad de la calle. Mezzo nel cammin. La gente que se pierde en la nieve, en tormentas, en mitad de ninguna parte. El deseo de hacerse un ovillo y morir. Lo entiendo perfectamente. Desaparecer.

Joder.

No puedo más, voy a seguir. Samuel Beckett, qué tío, sabía de qué hablaba. Sabía su lugar. Las últimas palabras de la trilogía. Me la leí de un tirón cuando tenía diecinueve años y estaba malo con gripe. Un buen estado de ánimo para apreciarlo.

Estoy chocándome con el muro. Tengo que atravesarlo. Un paso. Otro. Un territorio interesante. Lo recuerdo ahora. No puedo más. Voy a seguir.

El Innombrable.

¿Cómo era que llamaban al pollo pakora en los restaurantes indios? En Glasgow y en ningún otro sitio. Eh tío, ponme un plato de innombrables. De impredecibles.

¡Indescriptibles!

Eso era. Solo en Glasgow.

Un plato de indestructibles. De inefables.

Inmortal invisible.

¿Y qué es esto ahora, por Dios? y ya qué estamos ¿quién soy yo?

Aquella pintura de Gauguin. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?

¡Pollowshawks!

Conozco estas calles de antes.

Tenía una tía que vivía por aquí. La hermana de mi madre. Veníamos de visita. Un poco después de que mi madre muriera mi padre se peleó con toda esa parte de la familia. Una bronca idiota. Algo que ver con dinero prestado que no se devolvió. Lo mismo que me pasa siempre, dijo.

La Cruz de San Andrés. Cada uno su cruz. A Andrés lo crucificaron cabeza abajo y en diagonal. Nuestro santo patrón. Nos pega.

Mortificación. ¿Qué estoy haciendo ahora? No, esto lo hago porque sí, por esto mismo. Trascendencia. Ir más allá. Más allá de más allá. Parasamgate.

Cogemos Eglinton Street, por delante del Bedford y el Coliseum, por el desastre que hicieron con los Gorbals. Los sesenta. Que Dios nos ayude. Unos cuantos años más y lo echarán todo abajo otra vez. Por el Puente de Jamaica. Y sí que me perdí un marcador de millas, esta es la 24. Pero veo borroso, no puedo mirar el reloj. My eyes are dim I cannot see. I haven’t brought my specs with me.

Mi viejo otra vez, cantaba esa en los viajes en autobús. Nos íbamos de excursión. Largs o Troon. Le echaba ganas dirigiendo el cante. O haciendo un solo con Danny Boy. O come again when summer’s in the meadow.

Jo, Papá. So cabrón. Te quería.

La llamada. Malas noticias. Tu padre, me temo.

Salió a comer en su descanso del trabajo. Estaba de dependiente. Salió por la puerta de atrás a tomar el aire, dar un paseo. Cayó redondo en mitad de la calle. Tal cual. Al lado de la iglesia donde antes predicaba Tom Allan. Buchanan Street, la parte peatonal, todo el mundo saliendo a comer. Un lugar tan bueno como cualquier otro para irse.

El viento del río me está enfriando otra vez. Estoy temblando. Las manos y los brazos acorchados. Take heed, take heed.

Yo venía de Edinburgo para verlo cada dos semanas. O llamaba, estaba en contacto. Pero había estado fuera, dos meses de viaje. Le mandé una postal, eso fue todo. El plan era venir y darle una sorpresa al día siguiente. Su cumpleaños, por Dios. Habría cumplido 64. Will you still need me. No llamar, sino plantarme en su trabajo al final de la jornada. Drop me a postcard, send me a line. Si hubiera escrito, o llamado.

Joder.

Yours sincerely wasting away.

Esas luces como flashes en la cabeza otra vez, estrellas pulsantes.

-¿Estás bien?

El viejo corredor me adelanta. Ha controlado el tiempo a la perfección. Hago un ruido incoherente.

-Tienes mala pinta –dice. – Intenta comer algo. Un poco de fruta o algo así.

Consigo asentir, le hago un gesto con la mano. Me lo devuelve y desaparece.

Al siguiente grupo de gente dando comida cojo lo que puedo. Patatas fritas, chocolate, un trozo de donut, medio plátano. Más agua y sigo. Otra vez.

La morgue, cuando la vi esta mañana, ese puñetazo al estómago. Tuve que ir allí a identificar el cuerpo. Mary vino conmigo, me ayudó a superarlo. Los olores químicos, el formaldehído. Preparándome para verlo por última vez. Tocarlo. Pero la brusquedad de aquello. Entro en una sala y hay una pantalla en una esquina. Imagen en blanco y negro, la cara contraída en una mueca de dolor.

-¿Su padre?

Qué shock. -Sí.

Sí, pero.

Y deprisa para afuera, a la sala de espera.

Sí, pero no. Él, pero no él. El cuerpo pero no el hombre. No el Papá.

Y así de rápido, en cuestión de minutos, el forense diciéndonos que se había acabado la autopsia. Un ataque al corazón. Ateroma en arteria coronaria. Y el tío sigue charlando alegremente, dándome un papel para que firme y me den las cosas de mi padre. La cartera con algo de dinero – un billete de cinco, un poco de calderilla. Sus gafas. Un resguardo de casa de apuestas. Un bolígrafo.

-La ropa la quemamos, claro.

Claro.

-Y llevaba una bolsa de plástico. Un pan y una pinta de leche. Pero esas cosas no se conservan.

Claro.

-Así que si firma aquí, eso es todo. Estupendo.

El portero a las puertas del infierno.

Un pan y una pinta de leche. Y las gafas. My eyes are dim I cannot see. Dios mío.

Tranquila, alma mía, es lo que cantamos en el funeral, cuando el ataúd se deslizó adentro. Consumirse, reducirse a sus elementos. Como alguien que se quita una prenda vieja y dada de sí. Ir. Ir más allá.

Ahora respiro a trompicones, a sollozos. Este mundo cruel tomando aliento con dolor. Se me va todo el sentido del tiempo, ya me da igual. Todo grita que me pare. No puedo más voy a seguir, toda mi existencia enfocada en esto. Todo lo que queda las puras ganas de seguir resistiendo. Algo contra la muerte. Algo contra nada.

Un pulso de luz en mi cabeza. Una avalancha de ruido, viene y se va como la marea. Y de repente, sin más, ya no estoy corriendo, el cuerpo caído, tirado, tumbado ahí en el suelo y floto sin él en algún lugar por encima, viéndolo desde arriba. Triste y cómico ese cuerpecillo tirado ahí en camiseta y calzonas, las zapatillas blancas con las rayas azules. Ése soy yo. Pero también soy éste que está aquí flotando. Me elevo hacia la luz. Una dulce liberación tras el esfuerzo. Es así de fácil, dejarme ir.

Entonces estoy otra vez abajo con él, re-entrada, siento mi peso. Hay voces junto a mi cabeza.

-Cuidado.

-Lo tengo.

Y manos, brazos debajo de mí que me levantan y me llevan. Pietá. Me dejan sobre la acera y me echan una manta por encima, un gorro de lana en la cabeza, me frotan los brazos para que entre en calor. Los amo. Dos hombres y una mujer, con uniformes de primeros auxilios.

-Nos tenías preocupados. Te desmayaste.

Me cuesta pero consigo formar las palabras. -¿Cuánto?

-¿Eh?

-¿Cuánto tiempo he estado así?

-Cosa de cinco o diez minutos.

Ahora la siguiente pregunta. -¿A cuánto estamos de la meta?

-Unas doscientas yardas.

Yo no me quedo sin terminar. Ahora no. Me pongo de pie, aún tembloroso. Me ayudan a levantarme, me sostienen por si acaso. Pero sé que puedo hacer esto, que tengo que hacerlo.

-Gracias -les digo-, estoy bien.

Glasgow Green otra vez. Círculo cerrado. Solo un último empujón. Cada paso me descompone. El cuerpo en shock. Arrastrarlo estas últimas doscientas yardas no es nada. Tan cerca. Puedo verlo, la línea de meta, la pancarta. Reloj digital, el parpadeo de los segundos al pasar. Pone 3:07:28. Tic. 29. Tac. 30. El público en la última recta animándonos. Los. Últimos. Pasos. La mente sobre el cuerpo. ¿No hay mente? ¡No hay cuerpo! Un. Empujón. Y. Ya. 3:07:48. Me parece bien. Brazos arriba. Un fotógrafo avispado tomando a todo el mundo. Lo atrapa. El momento. Inmortal. Sí. Es todo.

Atravesar el muro: una guía turística en notas al margen.

“Atravesar el muro” está lleno de referencias culturales que no quitan mucho a la comprensión del cuento, y también de referencias a la ciudad de Glasgow, unas más importantes que otras, que he contado aquí muy a mi manera. Puedes ir leyendo el cuento con sus referencias, dejártelas para el final, o ignorarlas y dejarte llevar. Las referencias a canciones las he incluido todas en el propio cuento como enlaces a Youtube.

No he querido cambiar las millas a kilómetros porque el corredor va midiendo sus tiempos, e indicar cifras que no fueran redondas distraería demasiado y habría quitado mucha fluidez. Te vale con recordar que una maratón = 42 kilómetros = 26 millas. Para lo que nos interesa, las yardas son casi iguales a los metros.

Glasgow Green: Un parque grande. Está en el límite sureste del centro histórico.

Candleriggs y Saltmarket: nombres de calles contiguas a Glasgow Green.

La morgue: un depósito de cadáveres municipal. Es un edificio histórico y ahora es una oficina de objetos perdidos.

Partick Thistle: un equipo de fútbol local. Originarios del barrio de Partick, su estadio está en Maryhill desde 1909. Cuando se escribió este cuento, se habían pasado una década en 2º división y aunque recién ascendidos, estaban a punto de desaparecer.

Tron: un teatro en un edificio histórico.

Tolbooth: La torre, alta y delgada, del ayuntamiento viejo.

Merchant City: un distrito financiero muy antiguo que hace tiempo que tiene tiendas caras y restaurantes modernitos.

Sloan’s: un restaurante y pub que lleva ahí toda la vida.

High Street: la expresion suele ser una metáfora para las calles del centro. Esta no es especialmente animada, es solo una “frontera” de la Merchant City.

Great Eastern: El “Great Eastern Hotel” está en Duke Street, una calle perpendicular que a nuestro corredor está dejando atrás. Era un albergue de propiedad privada en el que vivían hombres pobres; cerró en el 2001.

George Square: La plaza del ayuntamiento. Es muy grande y muy animada.

La estación de Queen Street: está en uno de los lados de George Square. Glasgow tiene dos estaciones de tren en el centro, y esta es la pequeña. La grande está cuatro manzanas al sur de aquí.

Sauchiehall Street: es una calle muy larga que conecta el centro con el West Side. La zona oriental es muy comercial, con muchas tiendas y restaurantes.

Lo que había sido Charing Cross destrozado por la autovía: Charing Cross era una plaza a la mitad de Sauchiehall Street, creada por el cruce de caminos que conectaban el centro con el West End (el barrio de la universidad). A finales de los 60 alguien pensó que era una buena idea unir dos proyectos: una autovía Edimburgo-Glasgow y una ronda en torno al centro de Glasgow. El chapucero resultado es que la autovía atraviesa la ciudad, separando barrios en una especie de F (centro/oeste y centro/noroeste). El anillo no se completó. Se puede pasar a pie porque hay pasarelas y soterramientos. “Lo que era Charing Cross” ahora es un acceso a la autovía.

El “puente a ninguna parte”: Debido a lo parcheado e intermitente de la construcción de la autovía M8, se hicieron dos puentes en los 60 que no conectaron nada. El de Charing Cross se usó como base a un bloque de oficinas en los 90. Otro un poco más al sur es un carril bici desde 2013.

Garnethill: un barrio residencial, límite entre el centro y el West End. Está al lado oriental de la autovía. Uno de esos barrios con mucha población inmigrante, estudiantes y artistas, porque está cerca de la Escuela de Artey sin ser céntrico está bien situado.

Kelvin Way, University Avenue: Al final de Sauchiehall street, a tu derecha (es decir al norte) te queda Kelvingrove Park, que es tan grande como Glasgow Green. Kelvin es el río, el nombre no es más que “Parque de los Jardines del Kelvin”. Kelvin Way es una calzada que atraviesa el parte de sur a norte y lo divide en dos mitades. La Avenida de la Universidad atraviesa el campus.

The Union: Union significa Sindicato. Aquí se refiere al de estudiantes. Se llama simplemente “The Union” al bar o conjunto de ellos que funcionan como una especie de club privado para universitarios, a menudo con precios y servicios algo mejores que los del resto de pubs.

“El mercadillo de los irlandeses”: un mercadillo popular por sus artículos de segunda mano, a veces robados, por Saltmarket.

Byres Road: la calle más comercial y concurrida del West End.

Kibble Palace: el invernadero principal del Jardín Botánico, que está en uno de los extremos de Byres Road. Se llama así por su diseñador, John Kibble.

Maryhill: un barrio grande y densamente poblado en el noroeste de la ciudad.

Merryhell: “Alegre infierno” suena casi igual que “Maryhill”.

“Tiny Mental Fleet Matan”. Hasta hoy, Maryhill siempre ha tenido bandas callejeras de delincuentes juveniles. Aquí nuestro corredor está pensando en un slogan o un titular de prensa. La banda de los 60 y también sus miembros se llamaban Young Mental Fleet (donde “mental” significa “loco”).

Garioch Road: Desde Byres Road hemos cogido dirección norte. Estamos bastante lejos del centro.

Dawsholm Park: El parque de la zona noroeste. Se mantiene como una mini reserva natural, asilvestrado.

Temple y Bearsden Road hacia Anniesland: Dos calles de Maryhill que llevan a Anniesland, un barrio residencial del West End, bastante anodino. Estamos empezando a tomar dirección sur pero seguimos yendo hacia el oeste. “Bearsden” significa literalmente “el cubil del oso”.

Blythswood Square: Una plaza muy céntrica, muy lejos de donde estamos ahora.

Great Western Road: Una calle que parte del Jardín Botánico en dirección noroeste trazando una diagonal bastante clara, hasta que sale de la ciudad convertida en carretera . Nuestro corredor la coge hacia fuera.

Drumchapel: El barrio del extremo noroeste de la ciudad, obrero y pobre. Si el corredor vivía en los pisos altos del párrafo siguiente y su novia más allá de la fábrica, el camino a Drumchapel fue de mínimo una hora andando. Y luego la vuelta.

Scotstounhill: Scotstoun, a la que pertenece Scotstounhill como una pequeña cuña, es un barrio que mezcla casas históricas muy bonitas con cinco bloques de pisos gigantes y espantosísimos de protección oficial. Salvando un trozo de la Great Western Road, llevamos dos millas casi rectas dirección sur.

Dumbarton. Un pueblo a quince kilómetros.

Por la autovía: La A814 sale del mismísimo centro hacia el noroeste (si te parece que detectas un patrón en las calles de la ciudad, felicidades), entre el río Clyde y la Great Western Road. Hace las veces de zona sur de la circunvalación fallida.

Firhill: el estadio del Partick Thistle.

Minerva Street: Hemos cogido carrerilla en una diagonal hacia el sureste y ahora estamos justo al sur del West End. O sea que de momento hemos atravesado el centro, hemos dado la vuelta a la zona noroeste, hemos vuelto casi hasta el centro por una ruta paralela a la de ida.

El muelle de Finnieston: Glasgow tiene dos ríos, el Kelvin y el Clyde. El Kelvin es pintoresco, cortito, y serpentea por la zona noroeste hasta desembocar en el Clyde justo una milla (kilómetro y medio) más arriba de donde estamos ahora, a la altura a la que el corredor se cruzó con el muchacho del Partick Thistle. El Clyde es caudaloso, y atraviesa la ciudad de este a oeste. Este muelle está un poco al oeste del centro.

Broomielaw: una avenida junto al río que va del muelle de Finnieston hasta el centro.

Ibrox. El estadio de fútbol de los Rangers, uno de los dos equipos grandes de la ciudad. Hay una rivalidad intensa entre este equipo, popular entre los protestantes, y los Celtic, de los católicos.

Mejormejormejor: juego de malabras intraducible. Miles = millas. Miles better = mucho mejor. Smile = sonrisa. “Glasgow’s miles better”, Glasgow es mucho mejor o Glasgow sonríe mejor, fue una campaña publicitaria del turismo en la ciudad, una de las primeras del mundo en la estela del “I Love NY”, en los 80.

Benny Lynch: un boxeador escocés de la primera mitad del S XX.

Puente de Kingston: Hemos vuelto a tomar dirección oeste, ahora en la orilla sur.

Tradeston: un barrio muy pequeño en la zona suroeste, adyacente al río, víctima de la reconversión industrial del puerto y de la rama norte-sur de las autovías que atraviesan la ciudad.

Howden: empresa fabricante de ventiladores industriales, aún con sede en Glasgow.

Campbeltown: un pueblo en la costa oeste de Escocia a más de 200 km de Glasgow. 120 si se coge un ferry.

Marcha Orangista: a mediados de julio, los protestantes de distintas localidades de Irlanda del Norte y de Escocia organizan un desfile en el que lucen simbología de la Orden de Orange (y en Glasgow, los colores de los Rangers) para celebrar unas victorias militares en Irlanda del rey de Inglaterra, Guillermo III, en 1690. El sentido de esos desfiles es atravesar los barrios de mayoría católica en una exhibición de fuerza y poder, por lo que han sido violentos hasta hace poco.

Cessnock, Paisley Road, Ibrox: seguimos cogiendo dirección suroeste en el mismo barrio, de amplios espacios abiertos.

Bellahouston Park: Un parque grande al sur de Ibrox, con un museo de arte y otros edificios públicos.

Palacio del Arte, Exposición Imperial: la Exposición se celebró en el 38. El Palacio del Arte nunca llegó a usarse como museo y ha sido casi siempre un gimnasio y centro comunitario.

Mosspark Boulevard, Corkerhill Road: la calle que marca el sur de Bellahouston Park, y la perpendicular a ésta.

Pollok: un barrio casi al extremo sur de la ciudad, construido de una sola vez y planeado para alojar a población chabolista. Enguijarrar es una técnica de hacer fachadas muy británica, propia de construcción barata. Una especie de gotelé de piedrecitas.

Barnsley: una ciudad pequeña al sur de Yorkshire.

Barrhead Road, campos de golf: seguimos en Pollok y recto al sur. Sí, a pesar de los campos de golf seguimos en un barrio obrero. En Escocia es un deporte popular y no muy caro, sobre todo en los campos de golf urbanos.

Pollowshawks road, Pollok Park. La zona verde más grande de la ciudad, con diferencia. Pollok House y la Colección Burrell son una antigua mansión y un museo de arte (sí, otro).

Dumbreck road, Fleurs Avenue: empezamos a volver hacia el norte.

El desastre que han hecho con los Gorbals: El barrio sureste contiguo al río ha sido de los más pobres y peligrosos de la ciudad. Tras la reconversión industrial ha pasado por varias oleadas de mejora urbanística, sin dejar de ser obrero y con problemas causados por la construcción de viviendas sociales de muy mala calidad.

Largs, Troon: dos pueblos turísticos, de playa, a una hora en coche al oeste de Glasgow.

Buchanan Street, la iglesia de Tom Allan: el centro del centro. No hay sitio más concurrido a esa hora.

El descanso de la clase obrera, y sus jueces.

La sociedad victoriana mantuvo un intenso debate social acerca del descanso dominical, que tuvo dos vertientes fundamentales. La socialista y obrera estaba a favor de un aumento del tiempo libre y una reducción de la jornada laboral, contra la voluntad, por supuesto, de los empresarios y de la clase media. Las jornadas industriales eran muy largas: doce horas, seis días a la semana era corriente. Las más largas eran las del servicio doméstico: unas quince horas diarias, seis días en semana, y medio día los domingos. No todo el mundo tenía jornadas tan largas pero el fin de semana de dos días no era la norma.

El debate en la clase media no era si las jornadas eran largas o cortas, sino qué era adecuado hacer en el tiempo libre. Aquí nos encontramos a Charles Dickens, que en sus escritos periodísticos tomó partido en varias ocasiones. A Dickens  no le interesaba demasiado el derecho al descanso laboral, que presuponía, sino el libre disfrute del tiempo de ocio. Cuando este autor escribía (1830-70) existía una opinión dominante, la de los sabbatarians, un nombre derivado del nombre hebreo del sábado (Sabbat). Éstos eran cristianos, normalmente protestantes evangélicos, que hacían una interpretación muy restrictiva de la norma religiosa y pensaban que el domingo tenía que cerrar todo. Era aún pronto para que alguien pensara en garantizar el descanso de los trabajadores de la incipiente industria del ocio, y ese no era el motor de los sabbatarians, sino obligar a la gente a ir a misa porque literalmente no habría nada más que hacer. O vas a misa o te quedas en casa. Además, consideraban que muchas diversiones eran pecado, siempre o en el Día del Señor. El sabbatarianismo tenía cierto arraigo a mediados del siglo XIX, y en otros novelistas, como Anne Brontë, leemos que había incluso gente que iba a la iglesia mañana y tarde.

¿Qué podía hacer la mayor parte de la población un domingo por la tarde? En los pueblos, era fácil ir al campo y llevarte un picnic, si hacía sol. En ciudad, necesitabas un parque público en tu barrio, algo que no era habitual: los bloques de pisos iban comiendo terreno a campo que nunca había sido muy acogedor. De hecho, los parques públicos nacen a menudo como parte del altruismo de las clases altas que donan todo o parte del jardín de una mansión, para que los pobres disfruten de un poco de verde. Lo mismo tienes el Parque de María Luisa en Sevilla que el Duthie Park en Aberdeen.

¿Y si llueve? Había pubs, que servían alcohol. Los restaurantes eran más bien para ricos, y una hostelería del placer, que no fuera parte de las necesidades de los viajeros, estaba casi recién inventada. Dickens escribió sobre la necesidad de  crear un término medio entre el pub y el restaurante caro, para los obreros. Cuando la gente de cualquier clase social quedaba con sus amigos, casi siempre era en sus casas. Las fiestas eran a menudo bailes.

También estaba el teatro, que iba desde las obras clásicas a las modernas (normalmente muy populares y de no demasiada calidad literaria) y el teatro de variedades. A la ópera iban los ricos, y a las operetas, pantomimas y musicales iba todo el mundo.

Sobre el ocio de la clase obrera, Dickens veía con acierto que era una cuestión de lucha de clases. Los ricos podían hacer fiestas, estar en sus jardines, ir al campo en coche de caballos, leer libros, sentarse al piano, aunque alguna madre severa indicara que la lectura y la música deberían ser de temas religiosos o como mínimo serios. Los obreros no tenían nada de todo esto: un par de horas en la iglesia, y el resto del día mano sobre mano. Por eso le parecía que mantener parques públicos, pubs, y otros entretenimientos obreros abiertos en domingo era una necesidad urgente.

Siglo y medio más tarde, supuestamente con jornadas más cortas, aún debatimos sobre qué es ético que hagan los demás con su descanso. Concentrémonos en alargarlo. Todo lo demás es sabatarianismo.

La Ciencia de Mundodisco: guía de lectura

Terry Pratchett escribió, además de las novelas de Mundodisco de las que ya he hablado un poco por aquí, unos cuantos libros independientes pero situados en el mismo mundo. Son más de veinte, y no los he leído todos. Aquí voy a comentar los cuatro de la serie “La Ciencia de Mundodisco”.

Todos tienen una estructura similar: los capítulos impares tienen una novela breve protagonizada por los magos de la Universidad Invisible, y en capítulos alternos, dos científicos presentan ensayos autoconclusivos sobre ciencia, conectados muy superficialmente con el capítulo de ficción. Sus temas suelen ir saltando de un lado para otro de una manera que recuerda un poco a la serie Cosmos, la de Carl Sagan. A veces, esta manera de ir cambiando de tema los hace confusos y no creo que sea del gusto de todo el mundo. Los científicos son Ian Stewart, matemático, y Jack Cohen, biólogo. El nivel intenta ser accesible… digamos que soy de letras, MUY de letras, en lo que eso tiene de bueno y de malo, y aunque hay secciones que se me quedan grandes, dan la sensación de que quieren que les entienda el público general.

Libro por libro:

La Ciencia de Mundodisco (1999: publicada entre El Quinto Elefante y La Verdad, puedes leerla después de El País del Fin del Mundo): Los magos crean por accidente Mundobola, una especie de maqueta de un universo en el que para su sorpresa, no hay magia ni narrativium. Deducen experimentando las leyes básicas de la física newtoniana (bueno… más o menos) y utilizan la magia para entrar en la maqueta, que es por supuesto nuestro universo. Les decepciona no descubrir vida inteligente: para cuando se fijan en nosotros, hemos huido al espacio exterior.

Los capítulos sobre ciencia intentan ser muy generales. Perdonad si no os gusta alguna traducción de los títulos, son todas mías y los juegos de palabras no son fáciles.

  • Ciencia de campo de squash: Energía nuclear.
  • La ciencia y la magia: qué es la ciencia y cómo funciona.
  • Principios y fundaciones: El origen y naturaleza del universo.
  • Polvo de estrellas: qué son y cómo funcionan los átomos y la tabla periódica de los elementos.
  • La forma de las cosas: la forma del universo y la Teoría de la Relatividad.
  • ¿De dónde salen las reglas? Este capítulo plantea la posibilidad de una “teoría unificada” e introduce la mecánica cuántica.
  • Mundos disco. El Sistema Solar.
  • Tierra y fuego. Geología: la estructura de nuestro planeta.
  • Aire y agua. La atmósfera, los océanos, y la corteza terrestre.
  • Un gran salto: la luna.
  • Cosas que no son: un capítulo muy original sobre las cosas que se definen por ser opuestas, pares en los que normalmente solo una de las dospuede medirse, como la luz o el calor.
  • A pesar de lo cual….: el origen de la vida.
  • Selección antinatural: la evolución.
  • El Origen de Darwin: más evolución.
  • Llega el iceberg: las glaciaciones.
  • Universales y específicos: más evolución todavía, explicando seres y características que están por todas partes (universales) y otras puntuales para un problema concreto (específicos). También, biodiversidad.
  • No mires hacia arriba: ¿Qué podría provocar extinciones masivas? Para empezar, meteoritos.
  • Nueve de cada diez: estadísticas y sesgos.
  • Huyendo de los dinosaurios: evidentemente, dinosaurios.
  • La muerte de los dinosaurios.
  • Mamíferos en marcha: cómo se expandieron los mamíferos.
  • El hormiguero: el origen de los homínidos.
  • Exteligencia: la cultura. Qué es (definida como una “inteligencia externa”, ya sea transmitida por la familia, libros, etc) y por qué la necesitamos.
  • Cómo dejar tu planeta: los viajes espaciales.

Es una introducción muy sencilla y amena, adecuada para gente sin estudios especializados, porque ellos seguro que lo encontrarán demasiado básico. Podría ser incluso una introducción a Mundodisco a adolescentes y postadolescentes a los que les guste muchísimo la ciencia.

El segundo libro, The Science of Discworld: The Globe (2002: publicada entre El Asombroso Mauricio y Ronda de Noche), intenta hacer lo mismo con las humanidades, en mi opinión sin éxito. la historia es original y divertida: los magos pueden viajar en el tiempo en Mundobola y por lo tanto cambiar la historia de formas significativas. Aquí, descubren que el mundo tiene que encontrar un equilibrio entre la ausencia total de magia y que los seres humanos creamos en ella tanto que seamos vulnerables a los duendes y hadas, seres parásitos y dañinos (para más información, lee Lords and Ladies, Lores y Damas en la traducción). La clave aquí es que tienen que producir una serie de cambios que permitan que exista William Shakespeare y escriba las obras que conocemos.

Los capítulos de Stewart y Cohen tratan los siguientes temas:

  • El elemento nosécuántico: Recapitula la parte de ficción del libro anterior, define el narrativio, y explica que contar historias con sentido es fundamental para nuestra manera de pensar.
  • La posibilidad adyacente: El “espacio fase”, explicado como el conjunto de todo lo posible en una situación, estudio, etc., aplicado también fuera de las matemáticas. Por ejemplo, cálculo estadístico o de probabilidades de todos los libros que se podrían escribir, etc.
  • La filosofía del pulidor de lentes: el paso del pensamiento mágico al científico durante el Renacimiento y las ideas que vivieron en esa transición, como la adivinación, la alquimia, etc.
  • El Planeta de los Simios: los homínidos, su origen, cómo llegaron a  convertirse en Homo sapiens. El concepto de cultura.
  • Un ciego con una linterna. Más sobre nuestro origen. Algunos rasgos que nos diferencias de otros animales. La domesticación.
  • Gente al filo. Algunas características humanas, como la migración y los ritos de paso en la adolescencia. Distinción entre “gente tribal” y “bárbaros”.
  • Winnie the Pooh y los profetas. El lenguaje.
  • Libre determinación. Pues eso: ¿existe el libre albedrío? ¿Y la predestinación? Visiones científicas y religiosas.
  • Un cachito: Pasamos de hablar de lenguaje(s) a hablar de cómo funciona el ADN. Con cosas cuánticas en medio y alrededor. Sí, es así de enrevesado.
  • Dioses Menores: reflexiones acerca del origen, razón de ser e inconvenientes de la religión.
  • El nuevo narrativio: “del mito al logos”. Los orígenes del pensamiento científico o casi.
  • El presente extendido. Arte. Qué es, para qué sirve, cómo surge.
  • Mentiras a los chimpancés: mentiras.
  • Mundos de “y si…”: Historia con mayúscula y con minúscula. Lo impredecible, nuestros intentos de dar sentido al caos. Géneros literarios: la ciencia-ficción.
  • Mentiras a los humanos: el concepto de meme.
  • Puede contener frutos secos: conclusiones sobre la importancia de las historias. Las que nos creemos y las que contamos sin creerlas.

Si parece caótico, lo es, y mucho. Es el que menos me gusta de los cuatro, con diferencia.

El tercero, Darwin’s Watch (El reloj de Darwin) (2005: publicado tras Cartas en el Asunto, el mismo año que Thud!) mejora. La narración repite la idea de que los magos tienen que modificar la continuidad temporal terrestre para que la humanidad sobreviva… pero esta vez es Darwin y no Shakespeare quien tiene que escribir sus obras con éxito. Sin Shakespeare, o más bien, sin el nivel de fantasía que da lugar a artistas como Shakespeare, no se da la civilización. Sin Darwin, no se desarolla la ciencia de los últimos 150 años y los seres humanos se extinguen por alguna catástrofe natural sin inventar las naves espaciales con las que huyen de Mundobola.

Los capítulos de ciencia se conectan mejor con lo que ocurre en los de ficción, aunque salten de un tema a otro como te los voy a presentar:

  • El reloj de Paley:  introducción a quién era Darwin, la Teoría de la Evolución, qué es el creacionismo y por qué existe, cómo funciona la investigación científica.
  • Paley ontología: William Paley era un sacerdote que escribió un libro de teología acerca del origen de la vida, que incluye la famosa analogía: Si nos encontramos un reloj tirado por la calle creeremos que alguien lo ha construido, los relojes no se hacen solos. Este capítulo explica en qué se equivoca Paley y el creacionismo y habla también bastante de geología.
  • Tiempo prestado: la posibilidad de los viajes en el tiempo. Agujeros negros y otras opciones.
  • Avance hasta el pasado: más sobre viajes temporales.
  • Watch-22: algunos datos de la biografía de Darwin relacionados con sus descubrimientos.
  • El libro equivocado: más sobre la historia de la publicación de El Origen de las Especies.
  • Aleph-nosecuántiplex: líos matemáticos rarísimos. Universos paralelos, cosas cuánticas, operaciones con infinitos. Sí, infinitos en plural. No estoy segura de haber entendido nada.
  • Destino manifiesto: un intento raro de aplicar la idea de evolución a la Historia. No como “progreso”, sino… ¿de unos eventos determinados A se siguen necesariamente unas consecuencias B? Causalidad. Cómo al estudiar “Historia” seleccionamos acontecimientos según nos parezcan relevantes.
  • La época de la máquina de vapor: ¿las ideas brillantes cambian el mundo, o son una consecuencia de cambios? ¿o es que aparecen cuando el mundo está listo? Ejemplo: la máquina de vapor. Quizá la mejor “mezcla de temas de ciencias y de letras” de los tres libros que llevamos hasta ahora.
  • Los secretos de la vida: Una pequeña explicación de cómo funcionan la evolución y el ADN.
  • Olvídate de los hechos: Creencias, ideas, religiones, pseudociencia, ciencia. Cosas sobradamente tratadas en el libro anterior, aquí con más atención a lo religioso.
  • Una escasez de sargentos: qué tenía de especial la Gran Bretaña victoriana para dar pie a tantos avances científicos y tecnológicos.

Un libro muy entretenido. Si eres muy, muy de letras te puedes saltar los tres capítulos sobre viajes espaciales y matemáticas y no te vas a perder el hilo de la discusión, centrada en biología e historia.

El cuarto libro, El Día del Juicio (2013: coincide con A Todo Vapor) cuenta una historia muy diferente. Los Omnianos, que creen que Mundodisco es redondo, quieren que los magos les entreguen Mundobola porque piensan que les pertenece y para ellos es una reliquia sagrada. Mientras, una bibliotecaria de Mundobola acaba en Mundodisco por accidente. Esta historia es mucho más corta que las demás.

Los capítulos de Stewart y Cohen vuelven a tratar temas de humanidades mezclados con los de ciencias. Esta vez lo hacen de una forma más clara que en The Globe.

  • Pensar a lo grande. Introducción. Cómo funciona la ciencia y el método científico. Se presentan dos modos contrarios pero compatibles de pensamiento: centrado en el ser humano (tendente a la mitología y a las explicaciones inmediatas) y centrado en el universo.
  • Tortugas mundiales. Repaso a las mitologías que imaginan una tierra plana.
  • La realidad no es mágica. Ejemplos de causalidad y de cosas que parecen “magia” porque la mayoría no sabemos cómo funcionan.
  • Un globo entretenido. Demostraciones de que la tierra es redonda.
  • ¿Y eso de dónde ha salido? La preocupación humana por los orígenes. Explicación científica de dos orígenes misteriosos: la luna y la vida.
  • El largo brazo de la tradición. Qué es una ley científica.
  • Una ratonera mejor. Diseño desde el punto de vista de la tecnología y “diseño inteligente”. Evolución.
  • La esfericidad está por todas partes. Geometría. La forma del universo.
  • ¿Adiós al Big Bang? Algunas ideas que ponen en duda esta teoría.
  • Sistema de descreencia. Neurociencia. Saber, creer, pensar, imaginar.
  • Adiós a los ajustes. Constantes universales. Se insiste de nuevo en que nuestra existencia es pura casualidad.
  • No coleccionar sellos. Una defensa del ateísmo. La ciencia como lo contrario de la religión.

Lo breve del libro y su insistencia en la crítica a la religión, además de la fecha en la que se publicó, sugieren apresuramiento, como si los tres autores necesitaran echar esto fuera lo antes posible. Eso no le quita calidad, al contrario: se hace muy ameno, tanto como el primero o más.

Resumiendo: de los tres libros, recomiendo el primero y el último. El tercero está bien si te interesa el tema y el segundo solo es entretenido a ratos. Como pega, diría que si no te gusta que un ensayo vaya saltando de aquí para allá como un niño de cuatro años, definitivamente estos libros no son para ti. Pero me parecen un buen complemento a las novelas de los magos de Mundodisco, y si no sabes nada sobre los temas científicos que tratan puedes aprender muchísimo. No sé si alguien con más formación los puede encontrar demasiado básicos o no estar de acuerdo con la forma de exponer.

Bukowski interrumpido.

bukowski 1El propietario original iba marcando qué libros tenía, pero luego donó éste.

Una vez, en un mercadillo de libros de segunda mano, me llevé uno de Charles Bukowski, más que nada por curiosidad por su poesía y porque me gustó el título. Play the Piano Drunk Like a Percussion Instrument Until the Fingers Begin to Bleed a Bit. Hasta que no llegué a casa y examiné despacio la compra del día no me di cuenta de que en el índice había una nota a lápiz junto al título del poema “5 dollars””:

5 dollars BukowskiGave to Steve Daniels on eve of move to Bulgaria at the Ritz. Aug 1995
Se lo di a Steve Daniels en el Ritz antes de la mudanza a Bulgaria. Aug 1995.

La sintaxis es ambigua. No permite saber quién se iba a Bulgaria, si el fan de Bukowski o Daniels, pero por lógica, si el libro se compró en los 90 en Estados Unidos y allí fue donde lo adquirí yo diez años más tarde, la mudanza era de Daniels. ¿A qué fue Steve Daniels a Bulgaria? Y ¿de qué trata 5 dollars?

Busqué el poema en Google sin éxito, y conté la anécdota en mi blog de entonces. Más o menos un año más tarde, alguien me mandó el poema por email. Aquí está. No sé si tiene algo que ver con la relación entre el fan de Bukowski y Steve Daniels, o si era simplemente un recuerdo para que le trajera buena suerte. En cualquier caso, el poema me fascina, y por eso os lo traduzco al final.

I am dying of sadness and alcohol
he said to me over the bottle
on a soft Thursday afternoon
in an old hotel room by the train depot.

I have, he went on, betrayed myself with
belief, delude myself with love
tricked myself with sex.

the bottle is damned faithful, he said,
the bottle will not lie.

meat is cut as roses are cut
men die as dogs die
love dies as dogs die,
he said.

listen, Ronny, I said,
lend me 5 dollars.

love needs too much help, he said.
hate takes care of itself.

just 5 dollars, Ronny.

Hate contains truth. beauty is a facade.

I’ll pay you back in a week.

stick with the thorn
stick with the bottle
stick with the voices of old men in hotel rooms.

I aint’s had a decent meal, Ronny, for a couple of days.

stick with the laughter and horror of death.
keep the butterfat out.
get lean, get ready.

Something in my gut, Ronny, I’ll be able
to face it.

To die along and ready and unsurprised,
that’s the trick.

Ronny, listen–

that majestic weeping you hear
will not be for
us.

I suppose not, Ronny.

The lies of centuries, the lies of love,
the lies of Socrates and Blake and Christ
will be your bedmates and tombstones
in a death that will never end.

Ronny, my poems came back from the
New York Quarterly.

That is why they weep,
without knowing.

Is that what all that noise is, I said,
my god shit.

^^^^^^^^^^

Me muero de tristeza y alcohol,
Me dijo agarrado a la botella
En una suave tarde de jueves
En una vieja habitación de hotel
Junto al cementerio de trenes.

Me he, siguió, traicionado a mí mismo con
Creencias, me he engañado con amor,
Me he estafado con sexo.

La botella es sincera de cojones, dijo,
La botella no miente.

Se corta carne como el que corta rosas
Los hombres mueren como perros
El amor muere como un perro,
Dijo.

Oye, Ronny, dije yo,
préstame cinco dólares.

El amor necesita demasiada ayuda, dijo.
El odio se las apaña solo.

Sólo cinco dólares, Ronny.

El odio es de verdad. La belleza es una fachada.

Te los devuelvo en una semana.

Hazle caso a la espina.
Hazle caso a la botella.
Hazles caso a las voces de viejos en habitaciones de hotel.

No he comido nada en dos días, Ronny.

Quédate con la risa y el horror a la muerte.
No comas grasas.
Adelgaza, prepárate.

Con llenarme la barriga, Ronny, podré
enfrentarme a esto.

Morir estando preparado, que no te coja de sorpresa,
Ahí está el truco.

Ronny, escucha…

Ese llanto majestuoso que oyes
No será por
Nosotros.

Supongo que no, Ronny.

Las mentiras de siglos, las mentiras de amor,
Las mentiras de Sócrates y Blake y Cristo
Serán tus compañeras de cama y lápidas
En una muerte sin final.

Ronny, me han devuelto los poemas que mandé al
New York Quarterly.

Por eso lloran,
Sin saberlo.

Por eso hay tanto ruido, dije,
Dios mío, mierda.

Los agradecimientos de la #tesiszombie

El germen de esta tesis está en la lectura infantil de obras que en ediciones resumidas o íntegras han estado en casa de mis padres desde que tengo memoria. Sólo por eso el primer agradecimiento es para mis padres. De mi madre ha sido, además, documentación médica.

Una parte fundamental de la documentación la obtuve en la Universidad de Cornell. Allí también tuve la generosa ayuda del profesor James Eli Adams, que me animó con lo más difícil, que es empezar. Mi introducción a la psicología vino del profesor Daryl Bem, que hizo atrayente un campo completamente nuevo para mí y me recomendó algunas lecturas. En Sevilla, el profesor Rafael Portillo hizo recomendaciones sobre la relación entre la novela victoriana y el teatro, y la importancia del melodrama.

Dice Umberto Eco en Cómo se hace una tesis que al director de una tesis no hay que nombrarlo en los agradecimientos porque sólo hace su trabajo, y se le presupone. Así que aquí sólo agradeceré a María Ángeles Toda Iglesia su paciencia y amabilidad. Puedo decir lo mismo de Ana Luisa Martín Bejarano. Las dos hacen mucho más de lo que se supone que es su obligación.

El profesor Carlos Portillo Fernández me prestó un libro con todas las ilustraciones originales de las novelas de Charles Dickens. Tras su muerte, tan lamentada, su hermano José Ramón quiso que lo conservara yo. Esas ilustraciones, aun quedando fuera del ámbito de estudio de esta tesis, han sido una inspiración que ha facilitado el análisis de los personajes.

Enrique Salom Marco sugirió cómo mejorar algunos aspectos de la bibliografía y a organizar fases finales del trabajo. Fernando de Sagarra me aclaró dónde buscar algunas comparaciones con la novela francesa. María García-Puente Sánchez localizó para mí documentación médica y me enseñó a usar PubMed. María García, César González-Pérez, María Jesús del Río y Ana Sáez dieron opiniones que mejoraron el Anexo. César también ayudó con los gráficos y me animó a escribir y compartir reflexiones personales que, si bien quedan fuera de esta tesis, me decidieron a terminarla.

La lista de amigos que han dado apoyo moral es demasiado larga para citarla entera. Sin sus preguntas esto no habría llegado a ninguna parte, especialmente “¿por qué estás haciendo una tesis? ¿para qué es?”. Gracias por ayudarme a matar la #TesisZombie.

Toni ha hecho más de lo que se podría esperar de nadie.

Esta tesis no se podría haber escrito sin las Suites para Cello de Johann Sebastian Bach en la interpretación de Yo-Yo Ma. Thank you, Mr. Ma.

Libros de espera.

Has leído poesía romántica y novelas de detectives. Has leído cuentos infantiles y hasta filosofía. Deja que entre en tu vida un nuevo género literario: el libro de salas de espera. Es un género exigente, pero quién sabe si de aquí saldrá tu nuevo libro favorito.

Necesitas un libro, eso por descontado. El móvil se queda sin batería y sin cobertura; el periódico abulta demasiado; tus acompañantes y tú, por muchas cosas que tengáis que contaros, caeréis en el embrujo espeso del local y quedaréis mudos y desganados. Puede que mañana retoméis la comunicación, pero en la sala, olvídalo. Los auriculares te desconectan de que te avisen de tu turno. La conversación con desconocidos no te la recomiendo, tiende a derivar a criticar al personal, a la salud, o a la política. Acabarás de peor humor del que entraste. Lleva un libro.

El libro de esperas debe ser pequeño, para que no te pese en el bolso, pero largo, para que no te dé tiempo a terminarlo horas antes de que te llamen. No hay nada peor que estar en la sala de espera, cerrar el libro, y no tener absolutamente nada que hacer hasta que te llamen. Eso significa que descartamos la poesía, el teatro, las ediciones ilustradas y las tapas duras. Texto largo (ensayo, biografía, narrativa) y en bolsillo.

Los libros episódicos, fraccionarios, son ideales; así los puedes coger y soltar en función de las interrupciones. Las novelas muy largas pero sin demasiados personajes y subtramas también sirven el mismo propósito. A algunas personas nos gustan los libros con poca acción, pero puede que eso te aburra.

Escoge cuidadosamente el contenido. No leas nada que sepas que termina mal, ni nada en lo que la enfermedad sea parte central del argumento. Por lo que más quieras, no leas autoayuda, y mucho menos, autoayuda relacionada con tu razón para estar en una sala de espera. Puede que leas que todo te va a salir bien a ti, escogido de los dioses, amado del Universo, pensador positivo, predestinado gozoso, justo antes de que te digan que no, que tu mundo se ha hundido irremediablemente. Habrías estado mejor leyendo una novela, créeme. O incluso un texto religioso, que por lo menos no suele decirte que todo se va a arreglar en este mundo y a corto plazo.

Si tienes que trabajar en vez de leer por placer, escoge aquello que te permita cargar con menos materiales diferentes. Sólo leer mejor que leer y tomar notas.

Lecturas optimistas sí, ligeras sí. Ni ligero ni optimista son sinónimos de bobo.

Nadie quiere estar en una sala de espera, pero la sala llega, siempre llega. Que no te pille sin haberte preparado.

*
En los últimos 10 meses he leído en salas de espera:

Furari, Jiro Taniguchi.
Americanah, Chimamanda Ngozi Adichie.
Remarkable Creatures, Tracy Chevalier.
Life of Pi, Yann Martel.
Parte de la trilogía de las matronas de Jennifer Worth.
Partes de siete novelas de Mundodisco.

Tengo que escoger el próximo.