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21 días, día 10. Ir pa ná es tontería.

Los martes solo tengo clase de 1 a 3, pero estoy en el instituto desde muy temprano para adelantar trabajo. Más me habría valido quedarme en casa, en serio.

Comento un par de cuestiones de material y fotocopias con una conserje y me entero de que no hay internet. Bueno, no puedo registrar las faltas de asistencia de mi tutoría, ya haré otra cosa. El ordenador del departamento no va, parece que no tengo luz. Le pido a la conserje que compruebe el diferencial (esas cosas están bajo llave) y mientras puede hacerlo, ordeno mi caos de papeles. Completo tres formularios que solo puedo hacer a mano (justificantes de días en los que no he estado, seguimiento oficial de alumnado de bajo rendimiento). Por fin tengo ordenador (pero internet no).

Toca el timbre, cambio de clase, busco a dos niñas a las que iba a poner el examen en fecha alternativa. Una de ellas está en el silloncito de la entrada, respirando de una bolsa y llorando. Ataque de ansiedad galopante en la hora anterior; es algo que pasa bastante a menudo pero este es muy bestia, o por lo menos lo parece. Le digo a la nena que de todas maneras le voy a cambiar la fecha y que se tome una tila cuando recupere el aliento. Me quedo un par de minutos sentada con ella, pobre.

Me voy a seguir poniendo papeles en orden. Tengo la sensación de que no estoy aprovechando nada el tiempo. Hago una especie de lista de tareas que me sirve como miniprogramación de las clases, es decir, un recordatorio de cosas que debo hacer diarias o semanales, refundiendo varios papelitos diferentes.  Empiezo el examen que tercero tiene el jueves. Toca el timbre y me voy a la biblioteca porque la sala es más cómoda, pero resulta que hay una clase que por algún motivo no está apuntada en el cuadrante que sirve para reservarla para usarla de aula. La biblioteca se usa de aula habitual cuando no hay absolutamente nada más libre, o puntualmente cuando una clase tiene el equipamiento audiovisual estropeado. Me fastidia más que nada porque he recogido todas mis cosas arriba y he dejado el ordenador del despacho apagado. En fin. Dejo anotado donde corresponde que esa aula siempre está ocupada a esta hora. ¿Has perdido la cuenta de cuántos papeles he rellenado hoy, oficiales o no? Yo también.

Me tomo un café improvisando una reunión de coordinación con un profesor que da refuerzo donde yo doy la materia principal. Hablamos de seguimiento del temario (yo llevo una semana de retraso, o él de adelanto, según se mire) y del trabajo de niños concretos. Me voy a seguir inventando el examen de tercero.

Recreo. Biblioteca. He imprimido (otro papel!) tejuelos para mis últimas adquisiciones y mis dos ayudantes sellan, tejuelan y colocan. Tengo que salir muchas veces a a la puerta porque se agolpan ahí de tertulia y se oye más que las conversaciones de dentro. Cuando me siento, se lía: llegan cinco niños saludando a voces, riéndose fuerte, sacando a puñados los libros de las estanterías. Uno se va derechito al libro de láminas de arte que dio problemas ayer. Se lo quito de las manos y le digo que no se presta. Alguno de la pandilla me pregunta por qué, y le digo que como tiene imágenes desagradables tengo dos opciones: retirarlo del préstamo o prestarlo solo a los alumnos de 4º. No protestan y les parece una medida razonable. Señalo varias veces, a los alborotadores y a los demás, que solo mis ayudantes “oficiales” y yo podemos devolver los libros a su sitio, porque los desordenan. Es verdad, hay muchos libros fuera de sitio.

Nunca sé qué hacer con los niños que vienen a molestar. Os parecerá raro, pero los hay. No sé si con un poco de paciencia cogerán una semana un libro de láminas, a la semana siguiente un cómic y a la siguiente un Harry Potter, o si tolerarlos solo va a fastidiar a los demás y a estresarme a mí. Normalmente les doy dos o tres días de venir a revolverlo todo antes de echarlos.

Fin del recreo. Miniclase particular semanal con la niña del ascenso meteórico. Todo va bien. Una familia que tenía citada no ha venido. Me doy un cuarto de hora de descanso y acabo el examen de tercero. ¡BIEEEEEEEEEN!

Clase en primero. Están casi todos de pie, no, por el ruido parece que haya un partido de fútbol o vete a saber si una pelea al fondo de la clase. Según voy diciendo nombres en voz alta para poner negativos, se sientan. No podemos empezar hasta y diez. Levantan la mano por lo menos seis para hacer preguntas que no vienen al caso, contarme cosas personales, o pedir permiso para ir al servicio.

Hacemos un ejercicio de escucha (estoy haciendo un esfuerzo consciente para que hagamos muchos más de éstos, todos los que el libro proponga). Tardamos mucho en arrancar, pero les sale bastante bien. A continuación empiezo a poner ejemplos del presente continuo. Mi idea es repasar los pronombres, completar con el verbo to be, y entonces introducir los gerundios al lado de las dos columnas ya escritas en la pizarra. Sorpresa: alguien que trabaja lo mínimo se le adelanta y recita alegremente los pronombres y el verbo to be. Trabajo a partir de lo que unos pocos alumnos me dictan, y entonces empiezo a poner gerundios variados que indican cosas que son verdad y están ocurriendo en ese momento. Acabo añadiendo el título a un ladito de la pizarra, y las excepciones ortográficas. Toca el timbre y observo que una niña no ha copiado nada. Sé que va a clases particulares y me enfado muchísimo; le digo que no es justo que su familia se gaste un dinero que cuesta ganar para que se pase las mañanas de juerga. No me contesta. No tengo tiempo de ponerle una nota en la agenda. Otro día.

Tercero. Han hecho los deberes la mitad; son los mismos deberes que mandé del jueves para el lunes y que el lunes no hizo casi nadie. Hay tres chicos que no los hacen nunca; cuando les digo que voy a mandar avisos a casa, uno de ellos se pone un poco violento. Corregimos oralmente y tardamos casi toda la hora. Algunos descolgados están empezando a entender cosas antes difíciles. El que pronunciaba con gran dificultad lee muchísimo mejor. Pego una voz cuando oigo un “maricón” y amenazo al culpable con ir a hablar con su madre, que despacha en una tienda cerca de mi casa y él lo sabe. Eso deriva en un coro de “maestra, el otro día te vi”. Les sorprende que viva en su barrio, supongo, o que no vaya en coche a todas partes. Hago una broma sobre mi incapacidad de volverme invisible y aprovecho para hablar en inglés de mi ruta caminante habitual; a partir de lo que ya saben deducen block of flats, bridge, roundabout.

Tengo la sensación de que me he pasado el día corriendo en círculos y de que no he avanzado nada, aparte del examen de tercero.

Una vez en casa, no tengo ganas de nada, tampoco tiempo. Mañana igual me arrepiento, pero hoy paso.

Horas lectivas: 2.
Horas no lectivas: 1.30
Horas reales trabajadas: 6.

21 días, día 9. Otro lunes infernal.

nighthawks

Como ya he dicho, mis lunes son terribles. Al lío.

Tercero: hoy toca acabar de ver cómo cuenta el libro el vocabulario que empezamos el jueves, hacer un ejercicio de escucha (sí, otro) y probar una técnica nueva para aprendernos los verbos irregulares. Teóricamente esa lista de verbos es materia de 2º, y hay profesores que la convierten en llave para aprobar (con la LOMCE no sé, pero con la LOE me parece ilegal del todo). Esta clase, en conjunto, no la domina, algo bastante habitual en tercero. Haber intentado memorizarla en un curso no basta, hay que utilizar las palabras para comunicarse, leer sobre todo. También repaso deberes. los ha hecho más gente que la última vez, pero no muchos. El tiempo se me va, porque a raíz de un ejercicio del libro me preguntan por el contexto cultural de la película Criadas y Señoras (les explico por qué me parece mala y tramposa), El niño del pijama de rayas (peor aún) y por cuestiones sociales relacionadas con la Segunda Guerra Mundial. Hablamos de Mengele, de la banalidad del mal y del diario de Ana Frank , que no han leído pero conocen por un documental. Me despisto y me dejo enredar un poco; eso se come el tiempo del ejercicio de escucha. Les cuento cómo vamos a trabajar los verbos irregulares a partir de ahora: unos minutos en clase para repasar, y una autoevaluación en clase. La idea la reciben con apatía.

Segundo: ruido, mucho ruido. Primero compruebo si han hecho los deberes y les digo que voy a poner las soluciones en la plataforma online del instituto. Corregir es aburridísimo y llevamos mareando los mismos ejercicios una semana. Leemos las respuestas a otro del libro, y pasamos a los verbos irregulares. Les hago un repaso ultrarrápido de cómo funciona el pasado simple de los regulares, comprueban que está tirado de fácil, y les detallo cómo vamos a estudiarlos (repasos en clase 2 veces en semana, los deberes van a ser autoevaluaciones). He separado los verbos en grupos de los que se conjugan parecido y empezamos con los que tienen tres formas iguales (cut-cut-cut: cortar, por ejemplo). entre todos ven que se saben la mayoría de los significados. Todo bien por aquí.

Primero: nadie está sentado en su sitio y me lío a poner negativos. Me he buscado un cuadernito para dejar de usar papeles sueltos en las clases en las que no hay ordenador. Me hacen tantas preguntas absurdas y tengo que llamar al orden tantas veces que empezamos casi a menos cuarto. Empezamos tema con vocabulario: las partes de la ciudad. Son casi todo nombres de tiendas (panadería, librería…) y cosas como parque y colegio. Les hago que me vayan diciendo las que saben, y en vez de dar una lista corta y simple como el libro, las separamos en tiendas, sitios divertidos, y todo lo demás. No va mal, salvando que me tengo que pasar la hora mandando callar y les obligo a quedarse un par de minutos de recreo para terminar.

Recreo en la biblioteca. Estoy cansadísima y no hago casi nada aparte de ordenar devoluciones. Me chivan (no hay otro nombre: me lo dicen ml y a escondidas) que unas niñas están viendo “cosas que no deben”: es un libro de láminas de arte, poco accesible, con pintura figurativa del siglo XX, así que hay un par de desnudos frontales masculinos, hombres feos, tipo Lucien Freud. A las niñas las conozco, son de primero y están más bien nerviosas y un poco escandalizadas. No les parece divertido y no quieren gastarme ninguna broma como quizá sí harían si tuvieran un par de años más. Les explico con el libro cerrado o con una de las imágenes a medio tapar que es natural que resulte chocante una figura humana mostrada de una manera que no es bonita; lo que yo creo que el artista quiere expresar y qué opinan ellas sobre que ese libro esté en la biblioteca y se pueda coger si a uno no le desagradan esas pinturas tan chocantes. Otras veces he tenido problemas con cómics que mostraban desnudos. Los retiro de la circulación, no por el desnudo sino porque algunos chicos vienen a verlos, reírse y molestar a quienes leen o estudian. Las láminas de arte, en cambio, vuelven a la estantería.

Segundo. Se repite casi la misma clase que en el otro grupo con poca diferencia. Están completamente incrédulos ante mi manera de introducir los verbos irregulares. Una repetidora dice: “¡pero si nos vamos a autoevaluar va a aprobar todo el mundo!”. Más incredulidad cuando les digo que suelo dar aprobados generales de vez en cuando (me pasa en cuarto: otro resultado es un fracaso para mí). Bromeo con que “la página de los verbos en el libro es tó fea” y sugieren arrancarla; les prometo que si se portan bien veremos El Club de los Poetas Muertos. No se saben muy bien lo que significan los primeros verbos. Sobra tiempo y hacemos un ejercicio de escucha que nadie entiende. Un niño quiere dar todas las respuestas de absolutamente todo y dice que no piensa cambiar cuando le digo que deje hablar a los demás.

Primero: otra ronda de puntitos negativos a los que no se sientan. La clase va justo como la anterior, pero sorprendentemente y a pesar de la hora se portan muchísimo mejor. Me sobran cinco minutos para dar la misma materia y ellos mismos han dado extra de vocabulario así que añado una explicación de las diferencias entre pub inglés, bar americano y “bar” en español. Les enseño el típico cuadro de Hopper para que vean qué es un diner americano.

Antes de irme a comer, dejo puesta tarea para un alumno que sale expulsado. Cuando un alumno acumula avisos por mal comportamiento, se puede acabar expulsándolo, pero no es imprescindible. En estos casos, hay que dejar apuntadas actividades para que el niño no pierda clase.

Esta tarde, además de tres familias tengo claustro. Afortunadamente dos madres vienen juntas y muy pronto y las puedo ver antes de la reunión. Más tarde viene un padre separado que no convive con su hijo y acuerdo que lo voy a tener informado con emails. Una madre no viene a verme a mí, pero ya que nos cruzamos me saluda y hablamos de cuánto ha mejorado su hija. Es bonito y me sienta muy bien que me reconozcan el trabajo, la verdad.

Un claustro es una reunión de todos los profesores de un centro educativo. Hay al menos un par por trimestre, rara vez más de uno al mes. El de Enero consiste en ver estadísticas de resultados de la primera evaluación, por grupos, por niveles y por departamentos; comentar un informe sobre las faltas de convivencia; comunicar y si hace falta debatir y cambiar el calendario de actividades del trimestre; y en este caso, organizar qué vamos a hacer por el Día de la Paz y el Día de Andalucía.

No llego a casa hasta las siete. Llevo once horas dando vueltas. Hago un par de tareas prioritarias: meto en la hoja de cálculo los puntos que he puesto en el día, y envío vía online un SMS a las familias de alumnos especialmente revoltosos o que llevan dos semanas enteras sin hacer los deberes. Es más rápido que ponerles una nota en la agenda a los niños.

Horas lectivas: 5.
Horas no lectivas: 1.30
Horas reales trabajadas: 8

 

 

 

21 días, días 7 y 8. Horas extras en fin de semana.

Normalmente, evito corregir en fin de semana. A veces hago otras tareas, ya sean urgentes o creativas. Lo que ocurre ahora mismo es que la semana que entra voy a tener ocupadas dos tardes y la mañana del martes con cuestiones imprevistas o no laborales, así que intento adelantar. Es difícil mantener un equilibrio entre hacer algo más que llevar lo básico al día, por un lado; y ser consciente de que el trabajo no se termina nunca, e impedir que absorba todo el tiempo disponible, por otro.

Me dedico a corregir exámenes de segundo: mitad aprobados y mitad suspensos como en la otra clase, pero más heterogeneidad, notas más altas y más bajas. Actualizo la lista de tareas, aunque norecojo el mar de papelitos que invade mi mesa y mi bolso, solo los junto todos en el mismo sitio. Como tenemos un solo CD con los listenings de los exámenes para dos profesoras y cuatro clases, grabo dos CDs a partir de los mp3 que hice por seguridad hace mucho tiempo, y también un pendrive para mí porque siempre hace falta un plan B. También hago una ficha de lectura para la alumna de la adaptación ya mencionada, refundiendo una que me han dejado y una que veo por internet, y cortopego la letra de Hotel California (ya haré una ficha de actividades otro día). Preparo tres listas diferentes para repasar verbos irregulares, y las subo a la plataforma del instituto, un “aula virtual” que sirve para que los alumnos descarguen material sin tener que fotocopiarlo.

Lo más importante de lo que se me ha quedado por hacer es una temporización de las clases. Ya he puesto las fechas de los próximos exámenes y necesito esa temporización para encajar cada tema en esas semanas. Ni he tocado los exámenes de primero.

Horas lectivas y no lectivas: ninguna.
Horas reales trabajadas: 5.
Tareas pendientes: 22 (hace una semana eran 32).

 

 

21 días, día 6. Accidentes e imprevistos.

A mi tutoría le gusta que ponga esta música como fondo cuando hacemos ejercicios de relajación.

Los viernes son, en teoría, el único día en el que puedo descansar en el recreo. La biblioteca la abre alguien del equipo de apoyo: 5 profesores que se turnan en ello. Lo hacen sin que conste en su horario: oficialmente están descansando. La única ventaja que consiguen son puntos para el concurso de traslados. Esto es algo bastante frecuente en algunas tareas que realizamos.

Hoy, sin embargo, en el recreo abro yo porque mis compañeros ya se encargaron ayer mientras yo estaba en el médico. Es importante para mí que la biblioteca abra todos los días, ya que solo se abre al público en los recreos. Además hoy llueve y no hay apenas sitio donde estar en esos casos.

Mi jornada empieza a las 10:30, pero me levanto muy temprano para corregir exámenes. Termino con un grupo, meto las notas en la hoja de cálculo que también me sirve para hacer una pequeña estadística. Hay un 0,9 y luego todas las demás notas están entre el 2,7 y el 6.3. Media: 4.6. Aprobados: justo la mitad. Descanso un rato, sigo con el otro grupo, y me voy al instituto.

Examen de primero. Quieren colocarse en filas separadas que empiecen en la pared de delante, bloqueando la puerta y todo el camino de salida del aula. Les digo que se echen para atrás. Se colocan, reparto, y doy instrucciones. Les pregunto a ellos que expliquen de uno en uno qué hay que hacer en cada ejercicio. Mi experiencia es que no las leen, esperan a que yo explique. Están muy alterados y resulta casi imposible que se callen del todo y no hagan ruido. No están haciendo trampa, solo ruido. Me preguntan hasta cuatro veces dudas de vocabulario y les digo todas ellas que no les voy a contestar. Me preguntan seis veces cómo se hace el ejercicio 11 y les digo que hay que poner signos de puntuación. Entonces, el desastre: en la funda donde llevo los CDs del libro de texto falta el de los exámenes de primero, el que pone “5 out of 5”. Lo busco por todas partes. No está. Los niños me dan sugerencias sobre qué hacer, todas inútiles. Le pido a uno que busque al maestro de guardia, que viene en un par de minutos, y me voy a buscar el CD. Me cruzo con mis compañeros de departamento: nadie tiene un ejemplar. El problema es que esos CDs están pegados al libro del profesor, que por distintos motivos yo no llevo nunca a las clases, así que metí los CDs en una de esas fundas pensadas para llevar CDs en el coche.

Encuentro un CD 5 en el departamento, pero cuando intento reproducirlo en el examen, está rayadísimo y no reconoce el corte. Me hacen más malas propuestas y les digo que les pondré el listening en ficha aparte el lunes, en diez minutillos. Terminan antes de la hora, parece que el examen me ha quedado corto.

Recreo. Niñas que tienen libros desde diciembre vienen a renovarlos. Un profesor que coordina una reunión a la que no pude asistir viene a pedirme unos datos y se los doy de memoria. Recomiendo Mort a dos que bichean estanterías. hago una copia a mp3 del corte que no se dejaba reproducir en la clase anterior y lo grabo en un pendrive. Recuerdo difusamente una época en la que podía catalogar en los recreos.

Me voy al grupo de segundo del que he corregido el examen y lo entrego. Cuando digo que los tengo, un par de ansiosos preguntan repetidamente “¿y están bien?”. No me dejan hablar. Les enseño la estadística en la hoja de cálculo, les reparto el examen, y les echo el enésimo discurso motivador: sois mejores en inglés de lo que creéis. Un par protestan por no haber hecho el examen adaptado. En un caso no negocio (el examen adaptado ha cumplido su función y ya no estás descolgada) y en el otro sí (haz tu trabajo diario y da menos guerra; el examen adaptado no es un capricho que me puedas exigir). A continuación, mi chasco: nadie, o casi, ha hecho los deberes. Dejo su corrección para el lunes y les digo que si ellos me dan disgustos, yo les daré disgustos a ellos (sí, es poco pedagógico y motivador, pero a veces me sale el ramalazo). Les cuento por encima de qué trata el próximo tema. En dos palabras, que el Past Simple es fácil, que la lista de los verbos irregulares hay que aprenderla sí o sí, y que las próximas seis semanas deberían estudiar inglés a diario si esperan enterarse de algo, no ya aprobar.

Entre aclarar las dudas con el examen y el anuncio del tema 3 (deberes míos para el fin de semana: preparar una plantilla. Ya os contaré), son casi menos veinte. Entre las cosas que puedo improvisar, ya que no quiero corregir deberes, está el vocabulario que introduce el tema 3. Por cierto, si estoy empezándolo no es porque sea muy lenta: he dado los temas 1, 2 y 8 porque me parecía más claro y pedagógico. El tema es la familia y es rápido y fácil poner el típico árbol genealógico en la pizarra. Aclaro las dudas, insisto en los sitios donde sé por otros años que más errores hay, y a poner un examen al otro grupo de primero.

Se ha roto la pizarra digital. Sí, la nueva, la que lleva instalada desde septiembre, cuando nos quitaron el proyector del ordenador que funcionaba perfectamente (cosas de la Junta: hay que usar pizarras digitales, no ordenadores conectados a un cañón proyector, aunque no necesites las funciones de una pizarra digital). Sí, esa pizarra en la que se instalaron esta misma semana los libros de texto digitales. Les digo que tienen que hacer el examen muy calladitos porque estoy muy cansada, y todo transcurre sin novedad, salvo que hacen veinte veces la misma pregunta. Me dan dos versiones sobre la posible causa de la avería: una pelea en broma acabó con una colisión múltiple A empuja a B -> B cae sobre C -> C golpea sin querer la pizarra, y que un niño (con nombre y apellidos) de otra clase vino y la estuvo aporreando. Se lo digo por el pasillo a la jefa de estudios, que dice que habrá que hablar con los respectivos tutores. Los compadezco, o quizá no, porque ellos han salido ya y a mí me queda por dar una clase.

Segundo. Soy la tutora, y a pesar de que ya tuvimos sesión de tutoría el miércoles, pretenden que reorganice ahora cómo se sientan. No me dejo engatusar, pero tengo que dedicar unos minutos a supervisar agendas y citas con sus padres. Compruebo los deberes: no los ha hecho casi nadie aquí tampoco. Los dejo para el lunes, y les doy la misma introducción a los verbos irregulares que hice en la otra clase. Antes del vocabulario sobre la familia, hacemos una relajación con música. Pongo The velocity of love, que ya la conocen. Son capaces de cerrar los ojos hasta con un vídeo de youtube y el proyector encendido.

La diferencia en el repaso del vocabulario sobre la familia es que al comentar el género gramatical father vs. parent hago una broma sobre su típico error “my fathers” y acabamos con un brevísimo debate y muchas preguntas sobre el matrimonio igualitario y la educación de los hijos de parejas del mismo sexo. Algunos arrugan la nariz porque sea posible; otros se escandalizan de que el matrimonio igualitario y la adopción por homosexuales no sean universalmente reconocidas. Un niño dice “pues yo no estoy de acuerdo” “¿con qué?” “con la homosexualidad”. En el coro de protestas escojo a la voz que dice “…derecho a su opinión”. Zanjo esto con que no todo es opinable, y que no podemos tener  un debate sobre los derechos más básicos de la gente. Decir “imagínate que tenemos un compañero de clase gay” ayuda.

Mi bolsa es un caos de papelitos, notas, agendas, exámenes. Eso me agobia muchísimo. La ordeno un poco, lo justo para separar el trabajo que merece la pena llevarme a casa.

Horas lectivas: 4.
Horas no lectivas: ninguna.
Horas reales trabajadas: 6.30

 

21 días, día 5. Una jornada interrumpida.

A este grupo de primero le gusta más esta versión que la de los Beatles.

Los jueves son el día más largo de la semana, pero no cansan. Tengo dos horas de clase, una de gestión administrativa, recreo en la biblioteca, una hora oficialmente libre pero que solo puedo emplear en trabajar (eso os lo explico el jueves que viene), y dos horas más de clase. Sin embargo, hoy es diferente porque tengo que ir al médico. La cosa va así: disponemos de cuatro días por año natural para ir a una cita médica o para estar de baja. A partir del quinto, nos descuentan el 50% del sueldo. Hace 5 años, cuando estaba afónica, si iba al médico me daban entre una y dos semanas de baja. Ahora, directamente no voy al médico, ¿para qué? si no me podría permitir perder tanto dinero. Así fue cómo en noviembre estuve tres semanas con dolor de garganta hast que me obligaron a ir porque tenía una infección y placas de pus. De todas maneras, el dolor de garganta es permanente. No lo he mencionado hasta ahora porque alargo mucho las entradas, pero hace años que me quedo ronca con mucha facilidad. He encontrado maneras de elevar mucho la voz sin que duela mucho más; de hecho me resulta más fácil hablar alto que suave. Duele menos. No se lo digáis a un logopeda, que me riñen.

Volviendo a lo de hoy, si faltamos solo parte de nuestra jornada, no cuenta para quitarnos sueldo. Antes de que existiera la norma me parecía razonable llegar tarde o irme pronto si tenía algo justificable que hacer, y no faltar todo el día si por ejemplo tenía que estar en un curso a las doce. Así que hoy doy las dos primeras horas de clase antes de salir para el médico.

La primera alegría me la llevo antes de entrar: en la puerta, se están besando una alumna mía y una chica que no es de este centro. Las despedidas apasionadas a las ocho de la mañana son habituales, pero suelen ser entre chicas del centro y varones de fuera, y en lugares más discretos que el mismísimo portalón. Nadie pestañea.

Persigo por un pasillo a dos chicas que no entregan libros a la biblioteca, y entro en primero. Ayer se me olvidó poner en la crónica que como nos sobraron cinco minutos de clase y no quería empezar nada nuevo, me recordaron que hace mucho que no cantamos. Se aprendieron de memoria Hello, Goodbye de los Beatles en diciembre y no la han olvidado, así que les dije que hoy la grabaríamos. Practicar una canción, grabar a un grupo entero cantando a coro, solo sonido, sin vídeo, y subirlo a una página web, es una de las actividades más motivadoras que he hecho. Hay ejemplos del año pasado aquí.

Primero corregimos los deberes. Solo los han hecho 10 de 25, pero corrijo de todas maneras. Unas cosas las leen ellos y otras las dicto yo. No tengo ordenador en esta clase (se acaba de averiar) y solo escribo en la pizarra las dudas. Me hacen preguntas sobre nutrición y sobre animales porque los ejercicios tratan un poco de eso, y contesto unas en inglés y otras en español, según lo complicadas que sean. Un niño alaba el nivel de español de una alumna rumana que no sabía nada cuando llegó en septiembre; la integración de los niños extranjeros es admirable y el racismo del alumnado suele ser bastante escaso. Cantan Hello Goodbye porque se han portado muy bien y sobra tiempo, la grabo, y me llevo la tarjeta de memoria de la grabadora para subirla a internet desde casa. La grabadora es mía, no quise gastarme el presupuesto del departamento de hace dos o tres años en algo que solo pensaba usar yo.

Me voy a tercero. En la puerta, un niño viene desde la otra punta del pasillo. Algunos tienen la costumbre de meterse en clases ajenas, lo que puede dar problemas serios porque si se rompe o pierde algo siempre se acusará a “uno de otra clase que vino”. Me ve que pongo mala cara y hace una pose y un gesto de burla. Le digo que si tiene ganas de partes, y dice que él no ha hecho nada. Va a ser peor si me enfrento, así que lo dejo pasar.

Varios protestan por el calor; es verdad que la calefacción está puesta demasiado alta esta semana. Hago que se sienten lo más lejos posible de la pared de los radiadores, y empezamos. ¿Quién ha hecho los deberes? nadie. ¿Quién ha hecho la redacción? Un tercio de la clase como mucho. Les digo que no vamos a usar los deberes como material de clase, que los quiero para el lunes, y empiezo tema nuevo.

El vocabulario suelo trabajarlo siempre de la misma manera. Si el libro dice “la ropa”, y da una lista, casi siempre sin orden, yo les doy cinco minutos para recordar, hago un gráfico o tabla, y lo relleno primero con lo que dicen ellos, luego con lo que no saben en inglés pero tienen curiosidad por traducir, y luego lo completamos con lo que venga en el libro. Evito trabajar con listas descontextualizadas. Este vocabulario es muy frecuente en 3º de ESO, independientemente del libro de texto que se use. Hoy nos cuesta porque algunos tienen unas carencias de vocabulario muy elementales. Cuando llevo diez minutos preguntando para que digan una palabra cada uno por turnos y le toca a un chico muy tímido (o muy inseguro en mi clase, no lo sé), se queda callado mirando fijamente las tablas de la pizarra y tapándose la boca con la mano. Acabo por sacarle con fórceps que no sabe dónde habría que clasificar la que quiere decir (partes de arriba y de abajo, ropa fresca y cálida, complementos y joyas) porque no entiende las palabras que configuran las tablas. Le grito (sí, ya sé que está mal) “Si no entiendes algo, pregúntalo”. Cuando le pregunto qué es lo que no entiende, dice que “nada“. Desgrano, en inglés, despacio, con sinónimos y ejemplos, los significados de cool, warm, y accesories. Cuando llego a top y bottom, señalo la parte de arriba y de abajo de la pizarra, de una silla, de la mochila de una niña, y ya que estoy en el centro de la clase, vuelvo a la pizarra con un sonoro “and this is my bottom” y una palmada. La clase entera menos el tímido se ríe, pero no de él. Seguimos con normalidad y al final tienen interés en saber cómo se dicen los nombres de la ropa interior. Los doy todos. No conseguimos acabar porque no hemos tocado el libro.

Antes de irme al médico, le pido a las conserjes que me hagan copias del examen de mañana, y dejo tarea para que el maestro de guardia supervise al grupo al que no voy a poder dar clase hoy. Agradezco infinito que la biblioteca se coma las horas que podría pasar haciendo guardias, y como es una tarea pesada que a nadie gusta, me tomo en serio la obligación de dejar deberes puestos si voy a faltar.

Por la tarde, tengo más cosas que hacer que tiempo para hacerlas y empiezo por la más pesada: corregir los exámenes de 2º que puse el lunes. Odio corregir con toda mi alma, y suelo tardar mucho en ponerme a ello. Corrijo quince exámenes en hora y media, lo que significa que no voy a poder tener cincuenta para mañana como quería. Pero las notas no son muy bajas y la niña a la que llevo apoyando aparte dos medias horas ha pasado del 2,3 al 4,9.

Horas lectivas: 4. (he cumplido 2)
Horas no lectivas: 1:30 (no he cumplido ninguna)
Horas reales trabajadas: 3:30 (dos por la mañana y 1:30 por la tarde).

21 días, día 4. ¿Llamar, picar o golpear a la puerta?

Bob Dylan, Knockin’ on Heaven’s Door.

Los miércoles vienen completitos: tres horas seguidas de clase, recreo en la biblioteca, una reunión y otra hora de clase. Es decir, cinco horas y media sin pausas igual que los lunes, pero se agradece la reunión. Con un horario como el mío, las reuniones hacen las veces de descansos.

Empiezo con tercero. Son un grupo muy tranquilo, los que menos tengo que reñir. Nunca levanto la voz. Hoy parecen dormidos; iba a empezar con una audición pero no están muy por la labor. Improviso invirtiendo el orden con la actividad siguiente. El libro utiliza la palabra collocations sin definirla y dedico unos minutos a explicar en español, con ejemplos en inglés, español y portugués, la diferencia entre refrán, frase hecha y “collocation”. Les recuerdo que desde primero saben utilizar collocations y hacer ejercicios con ellas, y se me desmandan todos en un arrebato de nostalgia sobre compañeros de clase y anécdotas de 1º de ESO. Cuando consigo traerlos de nuevo a la Tierra, hacemos sin problema un ejercicio sobre qué complementos son adecuados para do (do your homework), have (a shower) y get (an award). Añado en la pizarra tres ejemplos con make. Hacemos el listening ahora que están más espabilados y les sale bastante bien. El actor tiene acento americano y les cuesta un poco; me pregunta uno cómo se distingue americano de británico y le imito las distintas pronunciaciones de four cars y reality. Como sobra tiempo, les pongo con mi móvil trocitos de dos versiones Knockin’ on Heaven’s Door, que mencioné para poner un ejemplo. Alguien dice “ha muerto el de California” refiriéndose a Glenn Frey, compositor de Hotel California. Íbamos a cantar noséqué de Maroon 5 por petición popular, pero cuando la escuchan los convenzo de cantar Hotel California. Deberes míos para el fin de semana: haz un listening a partir de ésta, junta las versiones de Eagles, Gypsy Kings a ser posible con videoclip de The Big Lebovski, y Kevin Johansen; reserva la biblioteca para tener un audio mínimamente decente.

¿Por qué hemos escuchado música usando mi móvil como reproductor? Porque no funciona el audio de la pizarra digital. Tengo una clase sin ordenador, una clase con ordenador pero sin audio, y una clase con pizarra digital y audio pero sin posibilidad de poner DVD (y hasta ayer sin libro digital).

Siguiente clase: primero. Les he dicho que me tienen que esperar en sus sitios y con el material de inglés y no lo ha hecho casi nadie. Reparto puntos negativos a diestro y siniestro. Les informo de que voy a hacer algunos cambios en mi manera de dar clase y de puntuar para que aprendan mejor y saquen mejores notas, y les leo lo que creo que es relevante para ellos del informe que elaboré ayer. A continuación corregimos los deberes:  tomo nota de quién no los ha hecho, pido agendas para avisar a las familias de quienes no los han hecho muchas veces seguidas, y proyecto en la pizarra digital lo que casi todos tienen en fotocopias. Son una colección de actividades de tipo tradicional, poco comunicativas, que reuní en septiembre a partir de materiales y suplementos que las editoriales consideran fotocopiables. No es lo ideal, pero es la manera más rápida y barata de tener un cuaderno de ejercicios. Hoy tengo que reñir muy poco y avanzamos muchísimo. Es el último día de clase antes del examen y les veo bastante bien preparados.

Tutoría. El plan inicial era hacer una autoevaluación de sus métodos de trabajo y estudio del 1º trimestre, y a partir de ahí hacer un dibujo o un poster con los puntos que se comprometen a mejorar. No vamos a poder hacerlo todo porque estoy enfadadísima con ellos y toca reñir: ayer una chica se enganchó con la puerta en un momento en el que estaba bloqueada de gente. Esta es una costumbre permanente de todo el instituto: donde quieren estar entre clase y clase es en el quicio de la puerta. En el recreo se ponen en la puerta de la biblioteca, cerrando el paso, sin mala intención. A mí me pone de los nervios porque cualquier día alguien da un portazo y les pilla un dedo, o como ayer, de un empujoncillo o broma alguien se desgarra la camiseta con el picaporte. Pregunto  qué pasó y me salen al menos cuatro personas que estaban donde no debían. Una amenaza de parte (cartita para las familias) acaba con una escena de llantos. Corto el drama con un ejercicio de relajación, y me alivia que nadie protesta. La fuerza de la costumbre hace que cuando digo “pies en el suelo, mira adelante, las manos caen, espalda recta, cierra los ojos”, inmediatamente se interrumpe lo que se esté haciendo. Les dirijo diez respiraciones profundas y pasamos a la tarea de autoevaluación que nos encomendó la orientadora. No da tiempo de hacer un dibujo y se lo dejo encargado a los que tienen Alternativa mañana.

Recreo. Poca gente viene a leer o estudiar pero hay un trasiego muy activo de préstamos y de consultas, además de los dos o tres niños que vienen a ayudar. Estoy molida, así que me planto en la silla y les hago traerme y llevarse cosas, entre ellas café.

Reunión de tutores. En estas reuniones, lo más habitual es que la orientadora nos vaya diciendo qué podemos hacer con nuestra clase en la hora de tutoría. Nos da algunas instrucciones sobre el día de la paz y alguna cosa más mientras me como el yogur que no pude tomarme ayer. Me comunican que se han establecido unos criterios comunes y obligatorios para el profesorado al evaluar los cuadernos de clase; lo único que no hago ahora es que los niños tienen que escribir los enunciados completos de los ejercicios. No sé si se refiere a copiar todo el contenido del libro cuando hacen, por ejemplo,  un ejercicio de rellenar huecos, o solo a copiar el título de cada ejercicio. En ese momento entiendo que se refiere a lo segundo, y de todas maneras si hiciera a mis alumnos copiar ejercicios completos antes de empezar a resolverlos, haríamos la cuarta parte del trabajo que hacemos ahora. Salgo a comentar un par de detalles disciplinarios o burocráticos con la jefa de estudios. Alguien dice que hoy es un día especialmente movido, todo el mundo quiere hablar con todo el mundo y todo da problemas. La reunión acaba un poco pronto, pero en los quince minutos escasos que me sobran ¿qué tarea puedo empezar y terminar? Me limito a poner papeles en orden.

La última clase del día. El otro grupo de primero. Será que es la quinta clase del día pero no hay quien haga nada. Tardamos casi toda la hora en hacer el ejercicio de escucha que el otro grupo hizo ayer. Les cuento lo mismo sobre cambios que voy a hacer en la clase, y protestan mucho, además de hacer muchas preguntas sobre hipotéticos casos de acumulación de amonestaciones. Dar por supuesto que se van a portar mal y que acabaré sancionando más que antes, cuando mi propósito es el contrario.

Salgo tarde. Me ha pasado más veces esta semana pero no es lo que acostumbro.

Ya en casa, lanzo al aire en twitter una pregunta sobre recomendaciones de lectura para los 12 años y en un momento hay veinte personas hablando a la vez. Tomo una nota rápida de los títulos que citan (esto no lo voy a añadir al conteo de horas que pongo al final). Decidir qué libros comprar para la biblioteca es una parte algo difícil de mi trabajo.

Para terminar el día, termino el examen de primero que tanto tiempo me ha llevado. La diferencia entre las versiones mayoritaria y simplificada es que en la mayoritaria, 5.5 puntos corresponden a preguntas tipo test, verdadero o falso, y similares, y en el muy fácil, es así el examen entero, pero los contenidos son los mismos. tengo la obligación legal de adaptar los contenidos a algunos alumnos, muy pocos, pero me gusta ponerle el examen fácil a cerca del 20% más rezagado de la clase.

Horas lectivas: 4.
Horas no lectivas: 1:30.
Horas reales trabajadas: 6:30

21 días, día 3. De aquí para allá.

A los martes los llamo “el día tonto”, porque solo tengo dos horas de clase: de una a tres. Eso sí, tengo que abrir la biblioteca en el recreo, así que me he puesto una hora de gestión de la biblioteca a las doce. Muchos martes llego antes de la hora que me toca, para poder adelantar trabajo aquí en vez de en casa.

Tengo tres sitios para elegir: la sala de profesores, el departamento de inglés, y la biblioteca si no la ocupa nadie. En la sala de profesores hay un solo ordenador que funcione y hasta hace nada la impresora no funcionaba; en el departamento funciona todo; en la biblioteca no va la impresora (tengo que pedirle a quien lleva esas cosas que me compre un tóner) y la conexión a internet es lenta e intermitente por un problemilla técnico. Me voy a la biblioteca porque es la sala más cálida, pero en un cuarto de hora me piden que me vaya para proyectar algo: en una clase funciona la pizarra digital… sin sonido. He perdido ese cuarto de hora en arrancar el ordenador, sacar mis cosas, e intentar abrir un programa que se resiste.

En el departamento, empiezo por algo importante. Si en una evaluación suspenden más del 60% de los alumnos de un grupo en una materia, el profesor que la imparta tiene que hacer un documento explicando las causas, y sobre todo, qué piensa hacer para cambiar esto. En mi caso esto afecta a dos de cinco grupos. Otras veces, la redacción del documento ha estado sujeta a reglas estrictas, o ha sido una plantilla que no conservo. Esta vez la redacción es libre, lo que es quizá peor porque te lo pueden echar para atrás si no gusta el formato escogido, si las propuestas que haces se consideran insuficientes, o si más tarde proponen un esquema común. Redacto mi propia versión del documento, imprimo, saco copia para mí, y también imprimo el informe de autoevaluación de la biblioteca que lleva hecho diez días. Pensándolo bien, en el informe de mejoras hay cambios que podría hacer en todos los grupos, no solo en los que tienen muchos suspensos. Me tomo un café en diez minutos mal contados y dedico todo el tiempo que queda hasta el recreo en llamar por teléfono a los padres de 20 alumnos que se retrasan en devolver libros a la biblioteca. Estos retrasos me amargan la vida. La semana pasada alguien devolvió un libro que tenía desde primeros de noviembre.

En el listado en papel junto al teléfono de Secretaría, el formulario permite hasta cuatro números de teléfono, pero por cada alumno suele venir un solo número de fijo y otro de móvil. Son su casa y su madre. Consigo hablar con cinco madres, un solo padre y una abuela. Una de las madres se alarma y no se cree que su hija tenga un libro prestado, “debe ser de la otra niña de su clase con un nombre parecido, mi hija tiene en casa todos los libros que necesita y lee los que le compramos”. No me queda tiempo ni energía de explicar para qué sirve una biblioteca. Consigo hablar con todas las familias que me cogen el teléfono en horario de mañana. Me quedan cinco, y llevo paseando esta lista tres días lectivos.

Recreo. A la biblioteca. El ruido siempre es un problema porque no les obligo a estar en silencio y no saben hablar suavemente, pero hace poco descubrí que hacen mucho menos ruido si pongo música suave a un voumen muy bajo. Como la conexión a internet no me deja fiarme de Youtube ni de Spotify, abro iTunes para copiar algunos CDs míos que he traído de casa. Dice que hay una actualización pero no se dejan descargar. Abandono internet y copio Cosilas de Moby, Enya y John Coltrane: mi plan es hacer días temáticos, lunes de jazz, martes de clásica, algo así. Escribo en la pizarra “Hoy escuchamos un recopilatorio de chill out pop” sin decir nada y eso provoca preguntas y peticiones de que suba el volumen. Mi ayudante del día es un muchachín de 1º que aprende a colocar los libros por orden alfabético de autor. Una niña que no es de mi tutoría dice que su madre quiere hablar conmigo; eso es un caso poco frecuente. De todas maneras le cojo la cita.

Termina el recreo. Tengo una hora supuestamente para seguir en la biblioteca, pero he acordado con una alumna de 2º que para evitar que vaya a clases particulares la voy a supervisar individualmente un ratito de los martes. No tengo ninguna obligación de hacerlo, pero estoy harta de que las carencias se arreglen con clases particulares,  así que aquí estoy. Es nuestra segunda semana. Ha hecho los deberes extra que le puse y trabajamos el verbo have got como si no lo hubiera visto en su vida; de hecho, no recuerda una instrucción explícita como la que le acabo de dar. Está de buen humor y parece motivada. La semana que viene, el presente simple. Catalogo unos libros que compré justo antes de las vacaciones, y quiero picar algo en el cuarto de hora que me queda, pero no puedo: una familia (o quizá la niña) se han equivocado con el día en el que les tocaba venir a hablar conmigo y tengo que atenderlos sobre la marcha. Sólo quieren información general y yo suspiro por el yogur que me estaba esperando en el frigorífico de la sala de profesores.

Mientras, un drama. En mi tutoría, un grupo que jugaba a forcejear con una puerta, a bloquearla para no dejar pasar a los demás, le ha pillado un brazo a una niña que salía de una optativa para volver a su aula. No le han hecho mucho daño pero le han roto la camiseta. No se sabe quiénes eran ni cómo se les podría sancionar. Tengo que arreglarlo yo, que para algo soy la tutora, pero ahora no. Llego tarde a dar clase en primero.

En este grupo no hay ordenador con proyector o pizarra digital, sino una pizarra digital que no necesita ordenador. Funciona más o menos como un smartphone o tablet de dos metros de altura, y es infinitamente menos práctica que un ordenador. No se le podían poner DVDs o CDs así que para hacer ejercicios de audición necesitaba llevar a cuestas el radiocasette. Ayer le instalaron el libro digital, lo que me facilitará corregir ejercicios y hacer los “listenings”.

La clase empieza tarde por mi retraso, y además están un poco alterados. Quieren hablarme todos a la vez. Una niña ha perdido la agenda y no menos de cinco se levantan a buscarla o me dicen que ellos no la tienen. Hay una cadena infinita de gente pidiéndome permiso para ir al baño (solo pueden ir de uno en uno y no se puede ir en la hora anterior a ésta). Hay dos o tres grupitos que se pasan la hora entera cuchicheando con el compañero por más veces que les mando callar. La clase no empieza de verdad hasta que llevo allí diez minutos. Les informo de que vamos a tener un par de normas disciplinarias nuevas; no aviso de cuáles van a ser las novedades positivas para ellos, porque se me olvida y además no estoy de buen humor. Sí me acuerdo de sacar una hoja de pegatinas y ponerle una en la agenda a un niño de bajo rendimiento que hoy se entera de todo. Un niño aplicado protesta porque él también quiere una.

Hacemos un ejercicio de escuchar sobre unos niños que juegan con gatos. A pesar de lo revoltosos que están, el ejercicio les ha gustado. Me gusta preguntar “¿quién no se ha enterado de nada?” al final de las escuchas y hoy solo se levanta una mano. Después de corregirlo con nuestro recién estrenado libro digital, repasamos el vocabulario que no nos dio tiempo ayer y lo amplío un poco en la pizarra.

Tercero. Estoy agotada y trabajo sin ganas en un ejercicio de comprensión lectora. Un clásico: cómo es el trabajo de un adiestrador de animales. Parece que les gusta mucho y lo entienden bien. Se adelantan y en lugar de escribir las respuestas en sus cuadernos, me las dicen espontáneamente, la mayoría en español. No me importa porque me están dejando claro que entienden el texto.

Me voy a casa llevándome gran cantidad de material de trabajo. Habitualmente voy andando, lo que es un límite muy bueno a la tentación de ir con papeles arriba y abajo, pero hoy me llevan en coche. Una vez en casa, se me quitan las ganas de todo y solo hago una cosa: añadir ejercicios al examen para primero que empecé ayer (versión estándar y adaptada), pero no lo termino.

Horas lectivas: 2.
Horas no lectivas: 1:30
Horas reales trabajadas: 6:30.

21 días, día 2. Lunes de prisas.

Soy una profesora muy poco moderna. Pongo deberes, uso libro de texto… vamos, de lo peor.

Los lunes son el horror porque tengo cinco horas y media seguidas sin ninguna pausa. Tres clases, biblioteca, dos clases. Por lo menos salgo a las dos. Hoy llego un poco antes de la hora, porque necesito que las conserjes me fotocopien el examen que voy a poner a las 9:30 y a las 12. Normalmente hago los exámenes con un poco más de antelación y habría pedido estas copias el viernes, pero la semana pasada fue un poco rara. Dejo el examen (impreso en casa) en la conserjería y me voy a juntar los trastos (libros, bolsas, reproductor de CD) que tengo en la sala de profesores. De paso, dejo una caja grande de magdalenas. En este instituto, hay muchas profesoras que cuando tienen algo que celebrar traen comida, y hoy me apetecía hacerlo a mí. El día empieza bien y la gente me felicita.

Me voy a Tercero. Este grupo es una consecuencia de la LOMCE. Antes, en 3º había dos niveles. El estándar, y “diversificación”, un grupo reducido con dificultades de aprendizaje de distinta naturaleza que pasa alrededor de la mitad de sus horas aparte y la otra mitad, mezclado con un grupo grande. También tienen menos profesores. En mi experiencia, el éxito de Diversificación está en el grupo reducido: alrededor de diez alumnos y ninguno de ellos conflictivo. Desde este año, con la LOMCE, la segregación es triple. Por una parte, “programa de mejora”, equivalente a Diversificación. Por otra, los alumnos que cursan un currículum muy parecido al estándar de siempre. Y un grupo intermedio: los que han escogido “matemáticas aplicadas”. En otras comunidades autónomas, escoger Matemáticas Aplicadas en 3º obliga a cogerlas en 4º e impide acceder a Bachillerato, pero en Andalucía no. De momento, el grupo que tiene matemáticas aplicadas y ninguna otra adaptación reúne a alumnado con alguna dificultad pero no tantas como para entrar en Diversificación, ya que se prefiere que una opción que puede limitar las salidas académicas y profesionales solo la estudie el mínimo posible de alumnos. En mi materia, el nivel en general es bajo (con excepciones) y están muy poco motivados. Muchos tienen el inglés pendiente del año anterior y algunos apenas sabían nada al empezar el curso.

Corregimos deberes. Casi todos los han hecho. Se trataba de un tipo test que repasaba varios temas, y lo corregimos oralmente. Trabajamos con el libro de texto digital sobre un proyector y eso facilita mucho la corrección y la lectura. Tengo que decir una y otra vez (y otra, y otra) que no quiero que me digan solo la respuesta, sino que lean una frase entera cada uno. Suelen leer las palabras de una en una, haciendo largas pausas y esperando que corrija su pronunciación entre palabra y palabra. Hago dos interrupciones: una para reñir a uno que bromea con que una chica es demasiado “de pueblo” para pronunciar bien y otra con un chico que se atasca y lee no con acento español, sino cambiando casi todas las consonantes. “A packet of crisps” se convierte en “A pascket osh crip”. Le hago repetir después de mí, pero se atasca y además habla cada vez más bajo. Lo dejo cuando los demás se ríen. Cuando terminamos de corregir, explico en español un concepto gramatical que no han acabado de entender en uso, hacemos dos ejercicios, pongo más deberes, y me voy un minuto antes de que toque el timbre. Dejarlos solos está prohibidísimo, pero tengo que ir a poner un examen en 2º.

En el pasillo, la jefa de estudios me avisa de que en el recreo va a venir el padre de un niño al que sancioné la semana pasada por una pelea. Eso significa que no voy a poder abrir la biblioteca hasta que resuelva la situación.

Cuando llego a segundo, no han separado las mesas para hacer el examen. No tienen ninguna prisa. Se separan, reparto los fáciles primero y el otro (que jamás llamo “examen normal”) después. Doy instrucciones detalladas en español sobre las preguntas. Me preguntan unas diez veces cómo se hace una de ellas, para mí muy sencilla. Después de que toque el timbre, un niño me dice que no consigue entrar con su usuario y contraseña en el “aula virtual” del instituto. Le digo que ahora mismo no lo puedo resolver.

Clase en 1º. También deberes, un test parecido. Lo han hecho dos tercios de la clase y van leyendo cada uno una frasecita entera sin problemas, menos uno o dos alumnos que también ponen consonantes de más que ni están ahí ni son más fáciles en español. “Do birds…?” es “don bet”. Cuando terminamos con el test, sobran 20 minutos. Mi idea es introducir rápidamente una lista de vocabulario con rutinas diarias y a continuación hacer una actividad comunicativa sobre las mismas, pero no hay manera. Tengo que mandar callar tantísimas veces que tengo el tiempo justo de comprobar que entienden el vocabulario que he dado. Pongo deberes e insisto una y otra vez que si los mando es porque hacer deberes es más útil que estudiar teoría para el examen del viernes.

Recreo. Salgo a la carrera a hablar con el padre que no acepta la versión que hemos dado sobre la pelea de la semana pasada. Nos reunimos en un despacho los dos implicados, el padre, dos testigos, la Jefa de Estudios y yo. Resolvemos lo que se deja resolver; mientras tanto, son menos diez y no he abierto la biblioteca. Engullo una de mis magdalenas por el pasillo y abro; hay un corrillo esperando pacientemente, el niño de la duda informática y mis ayudantes. A las ayudantes las pongo a recolocar los libros que están fuera de sitio. Al niño no lo puedo ayudar, porque en la biblioteca internet funciona solo a ratos.

Examen. Otro grupo sin ninguna prisa por colocar las mesas en filas. Le digo a una alumna angloparlante que solo tiene que hacer dos preguntas del examen (la comprensión lectora y la redacción). Cuando por fin se colocan y reparto exámenes, miro a ver el problema informático del niño. Lo resuelvo. Un niño dice “el examen que tenemos la mayoría“. Disfruto de mi momentáneo triunfo sobre la palabra “normal”. Terminamos sin incidentes y me voy a mi última clase.

Primero. La clase va peor que la que tuve antes del recreo. Casi nadie ha hecho los deberes, así que hacemos el ejercicio ahora. Hay uno o dos niños con ese problema que les lleva a inventarse consonantes. No funciona decirles que repitan después de mí, ni escribir transcripciones fonéticas en la pizarra. La clase está un poco revoltosa y tengo que mandar callar muchas veces. No oigo bien a los que están dándome soluciones al ejercicio, ya sea porque me hablan demasiado bajo o porque hay varios grupitos charlando con el compañero. Pongo puntos negativos. Por una razón o por otra, me quedo corta y no consigo terminar la introducción del vocabulario que sí trabajé en la otra clase.

En una clase de cuyo nombre no quiero acordarme hay una alumna con una discapacidad que le impide llevar el ritmo de la clase, ni siquiera simplificado. Sale al “Aula de Apoyo” la mitad de mis horas, así que la tarea que suele realizar conmigo no tiene nada que ver con el resto. Lee en español libros infantiles y juveniles que escojo para que aprenda algo sobre la cultura anglosajona; ahora está con Las Brujas de Roald Dahl. Cuando no entiende una palabra suelta, me pregunta e interrumpo lo que haga con los demás para explicárselo. Es muy poco frecuente salirnos tanto de lo establecido, pero creo que esta adaptación es más enriquecedora para ella que hacer ejercicios de inglés de nivel Primaria. Es un caso extremo de adaptación y al departamento de Orientación le parece adecuado.

Salgo tarde, porque tres personas tienen que hablarme de distintos papeleos.

Voy a comer a casa y vuelvo porque tengo citadas a tres familias. Dos de ellas me dan plantón. A la tercera, le digo que más que hablar conmigo hoy le interesa asistir a una reunión que coordina la Orientadora. Me paso la mayor parte de esa hora corrigiendo exámenes.

Llegada a casa, priorizo dos tareas: apunto en la hoja de cálculo de las calificaciones cosas que andan en papelillos sueltos, y empiezo a diseñar un examen para 1º de ESO. ¿Que por qué papelillos sueltos? Porque no uso “cuaderno del profesor”, solo la hoja de cálculo, y en 2 de las 5 aulas no hay ordenador.

Horas lectivas: 5.
Horas no lectivas: 1.30
Horas reales trabajadas: 8.

21 días en un instituto: el retorno.

 

una pila de exámenes y otros trabajos, primer trimestre 2015-2016.
Una pila de libros de texto, exámenes y otros trabajos, primer trimestre 2015-2016.

Hace dos años, empecé el segundo trimestre haciendo una pequeña crónica de mi trabajo diario como profesora de inglés en un instituto de secundaria, una experiencia que tenéis aquí. Han cambiado bastantes cosas desde entonces, y creo que merece la pena repetir la experiencia.

Algunas cosas van a estar repetidas de aquella ocasión. Os refresco la memoria: en esta localidad turística de 20.000 habitantes, en la que veo Portugal desde mi casa y desde el trabajo, hay dos institutos, el grande y el chico. El mío es el chico: redondeando hacia abajo, 300 alumnos de la ESO. Yo doy clase a 120, repartidos en 5 grupos: dos de 1º, dos de 2º, y uno de 3º. Soy también la tutora de un 2º y la coordinadora de la biblioteca escolar. Tengo 30 compañeros profesores. También hay dos conserjes y un administrativo. Hay cafetería en el instituto, y ninguna externa cerca.

Además del día a día de las clases, voy a hablar bastante del papeleo y de las horas que trabajo. Sobre las horas, una pequeña explicación: oficialmente, tengo 21 horas de clase, pero dos se dedican a cuestiones de tutoría, así que tengo 19 en realidad, y 6 horas presenciales en las que no doy clase: una para atender a familias del alumnado, dos para la biblioteca, dos para otras reuniones, y una para la tutoría. No libro los recreos de lunes a jueves.  A este horario de 25 horas semanales se le suman el “horario no regular”, 5 horas semanales que se reservan para actividades intermitentes: reuniones que no sean semanales, excursiones, y formación.

La otra vez comenté  que había tareas no urgentes que estuvieron pendientes de hacer las tres semanas en las que hice seguimiento (os recomiendo que leáis mis conclusiones de hace dos años). Como ahora uso trello, una aplicación para listas de tareas, puedo hacer u conteo bastante preciso de lo atrasada que voy en todo lo que no sea urgente. No voy a ser muy insistente con esto, lo indicaré solo de vez en cuando.

He escogido el principio del segundo trimestre porque es el momento más tranquilo del curso: ya conozco a mis grupos y no tengo reuniones de evaluación. La semana de las evaluaciones no sería representativa. La primera vez que hice este experimento escogí deliberadamente tres semanas sin exámenes, algo que tampoco refleja bien de qué va este trabajo. Espero que os guste, y que a los que queréis ser profesores os resulte educativo.

Voy a empezar hoy domingo con el conteo de las horas. He preparado un examen para 2º de ESO, en versiones estándar (procuro no llamarlo “normal”) y adaptada. Daré más detalles sobre cómo es eso de poner exámenes a lo largo de la semana.

Horas lectivas: 0.
Horas no lectivas: 0.
Horas trabajadas: 1.
Tareas pendientes apuntadas en trello: 32.

 

21 días, día 21. Conclusiones.

DSC_0389Dedicar cada día un rato a escribir sobre la marcha normal de un momento normalísimo del año académico me ha hecho reflexionar, y darme cuenta de cosas que normalmente me pasan desapercibidas. Cualquiera que haya leído las 20 entradas anteriores podrá sacar sus propias conclusiones, que me encantaría saber. Estas son las conclusiones que saco yo.

1. Yo ya sabía que el trabajo no se termina nunca, pero no me había parado a contar cuánto hago de verdad. Eliminadas todas las pausas, me salen 113 horas efectivas, que dan una media de 7,5 horas si sólo trabajase los días laborables, es decir, una típica jornada de 40 horas porque en esas 7,5 no hay ni un solo momento de descanso. No trabajamos así, claro: hay momentos de más y de menos trabajo. Los funcionarios, seamos docentes o no, trabajamos en teoría 35 horas a la semana. Es decir, que estas tres semanas os he regalado, a mis alumnos, a la Administración, y a vosotros que sois los beneficiarios últimos de la función pública, una media de una hora de trabajo al día. Tened en cuenta que como Jefa de Departamento tengo un grupo-clase menos que mis compañeros, es decir, que otro año haría alguna hora más. Hay momentos del curso que son peores (todo el primer trimestre, el mes que viene, y Junio) y un momento más tranquilo (Enero).

Insisto en que el trabajo no termina nunca. Hay tareas no urgentes que estaban pendientes hace tres semanas, y siguen pendientes.

2. El trabajo se hace a pequeños golpes de un máximo de una hora-cincuenta minutos. Las interrupciones son constantes. Si necesitas concentrarte, lo haces en casa.

3. Hay centros donde los profesores no se llevan bien. No es mi caso. Las relaciones son cordiales y eso beneficia mucho cómo se trabaja.

4. No es un trabajo físicamente duro pero sí activo. Pasas frío (mucho) y calor (a veces). Estás todo el día en movimiento. Se trabaja de pie. Cargas pesos: libros, un portátil, cuadernos de alumnos. Mi bolsa suele pesar alrededor de 5 kilos y la cargo todo el día. Bajas y subes escaleras varias veces al día. Hablas. Elevas la voz. Y a tu alrededor, el ruido es alto y constante. Los alumnos disfrutan mucho haciendo ruido, tanto si están hablando como si no.

5. Todo lo que no es dar clase se hace a base de buena voluntad y generalmente fuera de horario. Dos ejemplos: la biblioteca y el mantenimiento informático. El profesor que se encarga de esas cosas arregla unas cosas y remite otras a un servicio técnico que actúa tarde y mal. El personal de un centro somos profesores, una orientadora, conserjes y uno o dos administrativos, no hay personal altamente cualificado para ese tipo de tareas. No he hablado de la orientadora porque como no soy tutora trabajo poco con ella, pero no dan abasto porque hay una sola para todo el centro.

6. Los medios materiales son pocos, viejos y si se estropean se arreglan, repito, tarde y mal. Encontrar una impresora que funcione conectada a un ordenador que funcione SIEMPRE es una aventura. Como me decía alguien que trabaja en la empresa privada, trabajamos con presupuestos de juguete.

7. La evaluación depende mucho del profesor. Desde que decides qué porcentaje de la nota va a ser el examen, y cómo diseñas ese examen, a cómo trabajas la materia en clase. Los mismos contenidos se pueden trabajar con distintos niveles de dificultad: hay, digamos, una “horquilla” de posibilidades variadas para el mismo curso. Esto no es un simple “subir o bajar” el nivel, porque, por ejemplo, puedes dar más o menos importancia a la parte práctica, o a la comunicativa, a la teórica, etc.

8. Mis grupos son mejores que la media porque tengo un solo grupo de primer ciclo de la ESO, y porque este año me ha tocado la lotería de los niños buenos. Aún así, casi todos los días hay algún problema. Hay muchos más problemas de convivencia leves de los que yo era consciente. Además, los alumnos, sobre todo los de 11 a 14 años, demandan mucha atención. A veces es obvio que lo único que busca el mal comportamiento es obtener atención. Hay una conexión muy clara entre familias de pocos recursos y bajo nivel académico.

Hay pocos recursos para integrar a quienes vienen con bajo nivel o un historial de mala conducta. En una clase de 1º de ESO se puede empezar a adivinar quiénes se van a salir del sistema en 1-3 años. En 1º suele haber unos 100 alumnos. En 4º, han sobrevivido unos 50.

Para los estudiantes que no se salen nunca de los raíles, el futuro no va a ser fácil. Sus salidas académicas y profesionales están condicionadas por la oferta de estudios local (Bachillerato y 3 grados de FP en el instituto grande del mismo pueblo), padres que quieren que estudien una carrera tradicional, la escasez de becas, la ausencia de ayudas que compensen nuestra situación periférica.