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¿Sirve al feminismo que las mujeres lleguen al poder?

Un encuentro de la Unión Europea en Alemania, 2013.
Un encuentro de la Unión Europea en Alemania, 2013.

Cuando una mujer obtiene poder político, a veces se celebra como si fuera un triunfo de todas. Otras veces tenemos a los medios de comunicación y a los políticos ocupados con las cuotas para mujeres y con las listas cremallera. Se discute sobre si eso es positivo para las instituciones que lo practican, o si es justo. Es de justicia que las mujeres lleguen al poder y no discuto eso, sino algo más profundo: ¿beneficia al conjunto de la sociedad, o de las mujeres, que haya algunas en posiciones de poder político o económico? Veamos algunos de los argumentos que he escuchado alguna vez.

1. Las mujeres en el poder son como mínimo un síntoma de que se ha alcanzado la igualdad ante la ley, aunque luego socialmente se comentan todo tipo de discriminaciones e injusticias.
Bueno… esto es verdad. A menos que el cargo sea heredado. Ser la hija del rey, del ministro o del empresario, que tienen poder para cambiar o retorcer las leyes, puede conceder muchas ventajas respecto al conjunto de las mujeres y no “abrir camino” para nadie más. Antes de alegrarnos por la situación de ninguna mujer concreta, habría que preguntarse si la pusieron donde están sus relaciones familiares. En tal caso, no se trata de un logro “para la mujer” en absoluto. Te recomiendo comprobar cuántas de las mujeres más ricas del mundo lo son por herencia, ahí está la lista Forbes.

En cualquier caso, la llegada al poder por méritos propios de mujeres en un sistema democrático y con igualdad ante la ley es síntoma de que algunas mujeres han sido capaces de sortear las zancadillas que la vida les ha puesto a ellas y a las demás, ya sean en forma de discriminaciones directas, acoso, dificultades para trabajar y cumplir a la vez con otras obligaciones, etc. No quiere decir que esos obstáculos hayan desaparecido, ni que vayan a desaparecer, ni que otras mujeres tengan sus estrategias o su suerte.

2. Las mujeres con poder son más sensibles que los hombres. Más “femeninas”. Más colaboradoras, menos autoritarias.
Esto es una estupidez. A las mujeres se nos educa en eso, hasta ahí es verdad. Pero no todas somos así. Y cuando no lo somos, cuando una mujer es “dura”, se enfrenta a acusaciones de que no es una “verdadera mujer”. Una mujer no es lo que tú digas, ni lo que se ajuste a tu concepto de feminidad. Hay libros y debate sobre esto, pero no existe la ética femenina, la sensibilidad femenina, ni ninguna de esas patochadas que nos han hecho creer. Si fuera así, no habrían existido ni Isabel Bathory, ni Bloody Mary, ni Pilar Primo de Rivera, ni las monjas que torturaban niños en orfanatos franquistas. Ni Christine Lagarde. Todas estas son tan mujeres como la que más.

3. Bueno va, pero contribuyen a la conciliación. Y les preocupan los temas “femeninos”. Tienen más empatía con las “cosas de mujeres”.
Perdonadme que recurra al estereotipo más fácil. La medida que hizo famosa a Margaret Thatcher como ministra de Educación fue eliminar un suministro de leche gratis en los colegios. Y además del conjunto de su carrera, está la famosa declaración de que “la sociedad no existe. Hay hombres y mujeres individuales, y luego hay familias”, que en contexto quería decir que el Estado no tiene la obligación de velar por nadie, ni por los más débiles ni por nadie. La carrera entera de Margaret Thatcher es una demostración de que esa empatía y preocupación está subordinada a las ideas políticas previas. También dijo que no le debía nada al feminismo; la mayoría de la gente piensa que se ha ganado lo que tienen por sus propios logros individuales, y las mujeres poderosas no son la excepción.

Otro ejemplo más cercano son las diputadas del Partido Popular que votaron a favor de una ley del aborto que nos habría obligado a llevar a término y parir en todos los casos de malformación, incluidos los más graves, y dijeron que eso era apoyo a la maternidad. Hasta aquí la empatía y la solidaridad.

Sobre contribuir a la conciliación y demás problemas asociados a la mujer: la realidad es que las mujeres ricas lo tienen más fácil. Han podido pagar cuidados para sus hijos, han tenido familias que las han apoyado (si no, difícilmente estarían donde están), y luego llaman “organización” a renunciar al permiso de maternidad y a seguir trabajando quince horas diarias. Ojo, no critico: que cada una se organice como quiera y pueda. Solo que este estilo de vida desmiente que tener mujeres en puestos de poder contribuya a una mayor sensibilidad hacia los problemas de las demás.

Hay muchos ejemplos de países donde la participación política de las mujeres es alta y su desigualdad económico-laboral, también.

4. Ver que hay mujeres en el poder inspira respeto a los hombres porque demuestra que las mujeres pueden ser sus iguales o sus superiores. Ya no somos muñequitas sumisas.
Algunos países con participación política de las mujeres superior a la española (en términos relativos, comparadas con los hombres), son Nicaragua, Bolivia, Sudáfrica, India y Bangladesh. No parece que la existencia de mujeres poderosas influyan mucho en esos países, particularmente en los dos últimos, a la hora de respetar a las mujeres.

5. Que haya mujeres en el poder es un triunfo de todas que inspira solidaridad. Es un motivo de alegría porque es una de las nuestras.
No para mí, ya que estamos hablando de la pura subjetividad. Que haya mujeres capaces de reducir los salarios, de aumentar la desigualdad, de explotar laboralmente a otras mujeres, y así, no me llena de orgullo sino de desconfianza. Los mayores problemas de las mujeres están relacionados con la pobreza, la falta de independencia económica y la conciliación de todas nuestras obligaciones, y no veo que las mujeres con poder económico hagan nada por remediar esto. No son de las nuestras.

6. Las mujeres en el poder son un estímulo a las que vienen detrás. Ver que hay mujeres que mandan inspira a las niñas y jóvenes.
Pues no lo sé. A lo mejor. Sí que contribuye a la normalización. Esas fotos con 20 trajes grises y una sola chaqueta de color son muy tristes. Pero la foto con doce trajes grises y ocho chaquetas de colores es solo eso: una foto.

No al feminismo de la foto.

 

Cosas que no decir a las aspirantes a madre

Ahora mismo, al menos tres mujeres de mi entorno cercano quieren tener hijos y están teniendo dificultades para ello. Digo mujeres y no parejas porque no conozco a todos los hombre implicados. Las mujeres hablamos más de estas cosas, y también se nos pregunta y se nos exige más.

Es fácil explicar que es de pésima educación meter miedo o echar sermones a las mujeres que no planean tener hijos, ya sea porque han decidido no tenerlos o porque “ahora no”. El tema no se toca, y ya está. Pero ¿qué decir cuando sabes que una mujer (o una pareja) quiere tener niños, y no pueden? Si tienes confianza como para saber algo tan íntimo, seguro que quieres consolar o aconsejar, pero te arriesgas a decir algo que lo empeore. A continuación, unas cuantas cosas que es mejor que no digas,  y luego algo más constructivo.

“¿Has pensado en la adopción?”. A ver. La adopción es una opción tan obvia, tan pública, que es como preguntar si sabe cómo se hacen los niños. De verdad que no necesita que se la recuerdes. Si no ha intentado adoptar todavía, tendrá sus razones.

“¿Has pensado en la fecundación in vitro?”. A menos que te haya contado su historial médico y el de su pareja también, no tienes ni idea de por qué no tiene niños. Igual hay contraindicaciones. Igual es caro. Igual los recovecos del sistema de salud de donde ella vive la dejan fuera de la cobertura. Además, hay parejas que no lo consiguen a pesar de que sobre el papel ambos son fértiles. De nuevo, ella ya sabe que esto existe.

Cualquier cosa que signifique “si deseas quedarte embarazada, no te quedas. Te quedarás cuando no pienses en ello”. Además de cruel, es mentira. Puede que el estrés tenga algún efecto que dificulta la concepción, pero el cuerpo no va a distinguir “estrés por exceso de trabajo” de “estrés por ganas de quedarse embarazada”. Lo único que consigues es culpabilizarla. Y ¿no es curioso que en un mundo que repite que la voluntad es mágica y todo lo consigue, justo esto se gafa si lo deseas? Venga ya.

“Todavía eres joven” a las mujeres de más de treinta y pico. Sobre todo si ella dice que no se siente joven o que siente que se le acaba el tiempo. Da igual si tienes razón o no, porque no estamos en una conversación filosófica sobre si la juventud es un estado de ánimo, sino sobre las posibilidades objetivas de tener un embarazo con éxito.

“Mi prima tuvo tres abortos espontáneos y ahora tiene un bebé”. “Mi prima lo intentó diez años y tuvo un bebé con 47”. “Mi prima lo consiguió con su tercer marido”. Nos alegramos mucho por tu prima. Sabemos que es posible tener niños después de mucho esperar y mucho sufrimiento. Pero ahora mismo, los niños de los demás y las historias de terror sobre embarazos complicados son la última y la penúltima cosa de las que apetece hablar.

Cualquier consejo médico si no eres su médico. Primero porque igual te equivocas. Segundo porque la concepción es cosa de dos y no sabes si pasa algo con la segunda persona.

“A lo mejor no te quedas porque estás gorda/demasiado delgada”. Esto suele venir acompañado de un “mi prima no se quedaba porque estaba gorda/demasiado delgada, se lo dijo el médico”. Sin comentarios.

Y estas son algunas cosas que puedes decir, además de “sé que es muy duro, lo estás pasando muy mal. ¿Quieres un café?”.

¿Te ha visto el médico? ¿te han dicho por qué os pasa esto? Si estás preocupada, ve al médico si aún no lo has hecho. Hay muchos problemas que tienen una solución muy sencilla, como tomar medicación.

Algún comentario positivo sobre su pareja o su relación que NO sea “bueno, vosotros ya sois felices juntos sin tener niños”. Es decir, algo del estilo de “os queréis mucho, se os ve bien juntos, cuando vengan será un buen padre, esto es muy duro pero seguro que os dais mucho apoyo”.

“Todavía eres joven” acerca de la crianza. Algo que se resuma en “ahora tienes más experiencia de la vida que con 25 años, y cuando vengan, serás una buena madre”.

“Hacer dieta/hacer ejercicio puede que te haga sentirte mejor, y si te quedas embarazada estarás más sana y mejor preparada”. No hablo de recomendar hacer dieta a una mujer gorda porque está gorda, sino de animar a quien lleva una vida sedentaria, o a quien no está comiendo sano, a hacerlo por sí misma, no por sus supuestos beneficios para la concepción.

Sugerencias de cosas concretas, útiles y agradables que alivien el estrés y la ansiedad, si tiene.

“A mí me pasó lo mismo que a ti”. Cuando es relevante, claro.

Y si estás en esta situación y has llegado aquí buscando consejo, ve al médico. Y si no te da solución, busca otro. Si eso ya está controlado, mucho ánimo y suerte.

El aborto de ella, el aborto de él.

Había una vez una pareja que se quería mucho. Cuando ella se quedó embarazada, necesitó un aborto, y los dos sufrieron mucho. Les afectaba a los dos.

Ella se había estudiado los recovecos legales del permiso de maternidad. Él no.

Ella tuvo que faltar al trabajo para ir al médico, y mentir. Él podía ir, o no.

A ella le hicieron preguntas. Le sacaron sangre. Le metieron instrumental en el cuerpo. Eso era solo para explorarla, el aborto vino luego.

Los dos recibieron con pena la noticia de que esta vez quizá era mejor abortar.

Ella hizo una composición mental de calendario para volver a intentarlo, la baja por maternidad unida a las vacaciones. Él no.

Ella tuvo que volver a faltar al trabajo sin remedio el día del aborto y pensarse si faltaba o no un par de días más. El la acompañó.

A ella le dolía. A ella le hicieron un procedimiento médico más o menos igual de doloroso que un empaste dental. A él no.

Ella se arriesgaba, poco pero se arriesgaba, a una infección. Él no.

Ella podía ser juzgada como buena o mala madre potencial; una mujer, según se mire, responsable o egoísta. Él no.

Los conocidos y familiares le hablaban a ella con pena. A él no.

A ella le preguntaban “¿lo vas a volver a intentar?” o le aconsejaban “sigue intentándolo, pero no te obsesiones”. A él no.

Los dos veían cómo el aborto, el embarazo, y el hijo tan deseado pero que no fue, se asumía, en las leyes, en la prensa,  en el trabajo, en la calle, como un asunto de ella. Siempre de ella. Y de él, no.

El aborto, ¿cosa de dos?

En estos días en los que se ha criticado tanto la reforma del aborto que quiere hacer Gallardón, he oído un argumento peligroso: “el aborto es cosa de dos”; “en una pareja estable el padre debe ser escuchado”. Esto parte de una fantasía, que es la siguiente situación:

Había una vez una pareja estable, sin problemas reseñables. La mujer se quedó embarazada (de su pareja estable) y abortó sin el consentimiento, quizá contra la voluntad, de su abnegada pareja, que deseaba ese bebé más que nada.

Los creyentes en este cuento tienen opiniones variadas sobre cómo limitar el daño que hace esa mujer de fantasía. He oído que el aborto debe ser libre “pero”; también que escuchar la opinión del padre-caso-de-haberlo debe formar parte de las vallas de la carrera de obstáculos que se ponen entre la mujer y el aborto, al nivel de medidas como los días de espera. Y también, lo más extremo, que las leyes de supuestos y no de plazos tienen la virtud de eliminar este peligroso “aborto sin consentimiento del padre”.

El cuento se desmorona a poco que lo observemos. En primer lugar, está qué pasa dentro de las parejas estables. Una de las cosas que podrían estar ocurriendo es una situación de violencia de género, con su consiguiente coerción reproductiva. Sí, hasta que no te lo explican no caes en la cuenta: los maltratadores quieren tener a su víctima controlada, y pocas cosas te tienen más controlada que ser madre. Aquí hay mucha más información, en inglés. Esa mujer en una pareja estable que aborta a escondidas puede que se quedara embarazada a consecuencia de una violación que no quiere denunciar; tras un sabotaje a su anticoncepción; o simplemente, no quiere estar embarazada de un hombre que podría matarla.

Y si no es el caso ¿por qué querría ocultar algo tan serio una mujer que hemos dicho que es razonablemente feliz con su pareja? Aquí se oculta la misoginia, el miedo a que la mujer sea mentirosa o egoísta. ¿No te has parado a pensar qué razones tiene ella para desear acabar con ese embarazo? ¿No confías en ella?

Además, pedir hijos es sencillamente pedir demasiado. Los hombres abandonan a sus hijos impunemente, todos los días. Eso lo sabe la mujer desde que veía quién le ponía la comida y quién le cambiaba los pañales; cuando la llevaban al colegio y veía que había niños con madres solteras y niños al cuidado de los abuelos, pero niños al cuidado del padre, pues no. No lo llevamos en la sangre: es una lección que hemos aprendido. Dado que los hombres pueden desentenderse si quieren, es desmesurado que si deciden implicarse tenga que ser a costa de la autonomía personal y la salud de una persona que no desea estar embarazada.

Hay que insistir en este tema de la salud y la autonomía. Ninguna persona te debe nada; no puedes obligar a nadie, ni a tus padres, ni a tus hijos, a darte, por ejemplo, sangre o médula ósea, ni a arriesgar su vida por ti. Un embarazo no es una enfermedad pero conlleva molestias, pérdida de calidad de vida, y potencialmente, trastornos agudos y crónicos. Como mínimo te pasas nueve meses sin poder tomar ni una pastilla para el dolor de cabeza. Vómitos, cansancio, dolor, diabetes, hipertensión, incontinencia urinaria, estreñimiento, hemorroides. Una anestesia y que te rajen la barriga, o un proceso doloroso por naturaleza y que la medicina vuelve humillante, que incluye que te rajen los genitales, explicado muy bien aquí. Y aunque el embarazo no fuera una situación en la que te estás jugando la vida, es la única situación en la que te permites opinar sobre mis órganos internos.

A veces toda esta fantasía se disfraza de corresponsabilidad. Los hijos son de los dos, los cuidados son de los dos, hagamos el embarazo también de los dos. Es una trampa: es seguir manteniendo la propiedad patriarcal del aparato reproductor. ¿Quieres hijos? Asume obligaciones después de que nazcan. Antes, no pidas lo que no es tuyo.

Hombres que me han enseñado sobre feminismo

Mi padre. Porque si el feminismo es la idea radical de que las mujeres somos seres humanos, el primero que me trató como tal fue mi padre.

Mi marido. El porqué sería largo de contar.

Tres de mis ex. Me enseñaron a gustarme. Y no deseaban “hacerme” cosas. Deseaban mi sí y me enseñaron a consentir en lugar de a dejarme hacer.

Joss Whedon. No soy su mayor fan, precisamente, pero me gusta cómo trabaja con sus ideas de “mujer fuerte”. Las series serían más aburridas sin él.

Charles Dickens. No era feminista; él quería un patriarcado amable. Se aprende mucho observando en sus novelas porqué eso es imposible.

Michael Kimmel. Autor de libros sobre roles de género. Le preocupa especialmente la masculinidad moderna. The Gendered Society es un libro suyo magnífico sobre sexismo.

James Eli Adams, catedrático de la Universidad de Cornell cuyo trabajo se centra en la masculinidad victoriana. También es un excelente profesor. Hay muchos buenos profesores y muchos victorianistas, pero me quedo con Adams porque me gustó verlo ejercer de padre de su hija.

Daryl Bem, otro profesor universitario en Cornell, éste de psicología. Me dio un curso breve pero intenso sobre formación de ideologías.

Bill, el marido de Suzanne, mi amiga que es cura episcopaliana. El primer hombre al que vi, en vivo y en directo, ser el apoyo logístico y emocional de su mujer y no al revés. Él compaginaba su propia carrera y sus hobbies con tener el rol de “cuidador” en la pareja. Sin problemas y sin alardes.

William Shakespeare, que inventó el personaje femenino con agencia. Exagero un poco, pero sólo un poquito.

Los comunistas en twitter. No todos, sólo algunos. Perdonad que no los mencione, prefiero no olvidarme de ninguno. Porque me recuerdan que no puedo hacer sólo feminismo para blancas y ricas.

Michel Foucault. Para recordar entre otras cosas que el sexo no libera. La libertad está en poder consentir o no.

Manuel Almagro y Brian Crews, profesores universitarios que me recomendaron a Jeanette Winterson. Otros editaron y publicaron mi artículo sobre una novela suya.

Donald Dutton escribió casi todo lo que sé sobre violencia de género. Miguel Lorente añadió otro poco. Juan José Millas remató con Hay algo que no es como me dicen.

Algunos feministas en twitter. No quiero dar nombres por si me olvido de alguno, pero ellos saben quiénes son. De su mirada de novato que se acaba de tomar la pastilla roja, de su odio por las injusticias, no sólo se aprende: se sacan fuerzas.

Algunos alumnos varones que no responden a los ideales de la masculinidad. “Hombres débiles”, como dice un hombre feminista; chicos no necesariamente amanerados ni homosexuales, pero que aún así, no responden a lo que se espera de ellos. Ellos lo saben. Procuran no llamar la atención. Estoy aprendiendo a convertir mi aula en un sitio donde puedan ser ellos mismos. Apenas estoy empezando.

Gustavo Bolívar, autor de la novela “Sin tetas no hay paraíso”. No os la perdáis. Buenísima.

Hayao Mizayaki, por tantas películas con buenos personajes femeninos, sobre todo con las mujeres más invisibles: las ancianas.

Roddy Doyle, novelista irlandés autor de entre otras “The Woman who Walked into doors”, una novela para mí con cualidades de exorcismo.

Michael Ende. Por Momo. Porque seguro que tuve mejor infancia que con un héroe masculino.

John Irving. Otro novelista. Porque en En Mundo Según Garp tuve mi primer contacto con feminismo pesimista, partidario de la segregación. Y en Las Normas de la Casa de la Sidra se habla de aborto como en ninguna otra obra de ficción que yo conozca.

Y tú, aliado posible, quién sabe si amigo, ¿vas a hablar de feminismo? ¿Vas a llamarte feminista? ¿Vas a enseñarme algo? ¿Vas a mejorar la vida de alguien? ¿Vas a echar abajo las injusticias a patadas? ¿O sólo piensas quedarte ahí, criticando?

El aborto por supuestos y sus problemas

En primer lugar, como bien indica @indvbio, nadie es “pro-aborto”, porque a nadie le gusta el aborto. Hay absoluto consenso en que el aborto es el fracaso de la anticoncepción o de un embarazo (incluso deseado). Se puede ser pro-anticoncepción, pero pro-aborto no es nadie. Pro-derecho a decidir queda muy largo, pero de momento es lo que hay.

Supongamos que el embrión o feto es un ser humano. Ante esto, recomiendo este texto de Carl Sagan. Mi interpretación: ante los intereses de la embarazada y los intereses del embrión, una medida salomónica utilitaria es considerar humano al feto capaz de mostrar ondas cerebrales humanas típicas (semana 30). Otra medida que se puede aplicar es la capacidad de sentir, es decir, la presencia de cualquier clase de actividad cerebral (semana 22). De todas maneras, sigue dando igual: si el embrión es persona, tenemos que hacer frente a intereses contrapuestos, como en todas las demás situaciones jurídicamente relevantes.

Desde un punto de vista puramente práctico, no nos interesa que el embrión sea persona legal. Los abortos espontáneos deberían llevarnos a juicios por homicidio (involuntario, o negligente). 3 años de cárcel, por ejemplo, para una embarazada drogadicta. 25 años de cárcel por cada aborto. Si crees que eso no es bueno ni justo, es que el feto no es una persona.

Algunos defienden la existencia de supuestos legales para permitir abortar. Esto significa algo bastante ruin: que unos fetos son más valiosos que otros, y que quienes no están pasando por un embarazo (legisladores, jueces, personal sanitario) pueden decidir sobre el mismo, mejor que la mujer que sí está embarazada.

Algunos supuestos comunes son: la violación. Pensar que un feto puede ser abortado porque su madre no deseó el acto sexual quiere decir que el acto sexual deseado debe ser castigado con un embarazo. El tópico “si tuviste relaciones sexuales, enfréntate a las consecuencias” desvela una actitud de castigo. Creí que se trataba de salvar vidas. Y un aborto, queridos, ya es una consecuencia. Aparte, me repugna la idea de que si los embriones son personas, un embrión fruto de una violación tiene menos derechos que un embrión que no lo es.

Otro supuesto: el riesgo para la salud o la vida de la madre. Aquí el problema es fundamentalmente, cómo delimitamos “salud”, y “riesgo para la vida”. Y tendríamos médicos que no realizan una operación para no arriesgarse a que se les denuncie. Y la posibilidad de que la embarazada muera, e incluso el feto también, si se valora que lo que corre peligro no es la vida sino la salud, y no lo suficiente como para justificar el aborto. Por ejemplo, en caso de cáncer.

Un supuesto también complicadísimo, más que los anteriores: las malformaciones del feto. Pueden ir de inviabilidad completa, es decir, acortar un embarazo que no puede llegar a término porque el embrión morirá antes, o la expulsión provocada de fetos muertos, hasta abortar fetos que podrían ser personas discapacitadas pero sin mayores problemas. Por ejemplo, síndrome de Down. Que una ley permita abortar en cualquiera de estos casos, y no en general, supone una declaración estatal de inferioridad de seres que hemos supuesto, para empezar, que son seres humanos. Que no lo permita en absoluto, es una aberración y una tortura psicológica para las embarazadas.

Ante esto, el aborto libre supone, simplemente, confiar en que cada mujer embarazada sabe qué es lo mejor para ella y para su familia. Que somos capaces de tomar solas decisiones morales, y tomarlas bien. Suponer que si no se prohíbe el aborto, lo usaremos mal, es tratarnos como a niñas, asesinas, o animales de cría.