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Advertencias, lugares seguros y aprendizaje.

En los últimos años, han llegado a España ecos y juegos del teléfono roto de una tendencia en las universidades norteamericanas:  discutir si parte del contenido de carreras universitarias, especialmente de Humanidades, deben tener en cuenta que en ocasiones el temario de las asignaturas puede herir las sensibilidades de los alumnos. Suele saltar a las noticias cuando algún estudiante o grupo de ellos se niega a tratar una parte del temario, una medida extrema y con la que no estoy en absoluto de acuerdo.

No voy a comentar las medidas concretas que haya tomado un departamento o universidad, sino a exponer cuáles son algunas quejas habituales y de qué forma podrían resolverse los problemas que tenemos ahora. Voy a hablar de tres cuestiones: inclusividad de los temarios, avisos de contenido y lugares seguros.

Llevamos algunos años, décadas quizá, teniendo debates a nivel no universitario sobre cómo hacer la escuela más inclusiva. Más diversa en teoría no hace falta, porque de los 5 a los diecimuchos presuponemos que la gente esté escolarizada, y de lo que se trata es de educar sin adoctrinar, sin menguar. Permitir que todo el mundo se sienta aceptado. Esto ha sido positivo para la escolarización de los más pobres, y para la mejora de la educación de las mujeres (en este caso de las niñas). Tiene sus efectos no del todo positivos, como la creencia de que “todas las opiniones son válidas” de la que ya he hablado aquí. La alternativa es peor.

También surgen de vez en cuando pequeños escándalos cuando los libros de texto preuniversitarios son sexistas, homófobos, o manipulan datos históricos. En un primer nivel, lo que se busca con la inclusividad a nivel universitario es lo mismo. Una vez conseguido que los libros no digan mentiras (ni los profesores), el siguiente paso es conseguir una mayor inclusión de los grupos o colectivos que hayan estado excluidos o poco tratados anteriormente. En España se trataría solamente de los temarios, pero en países como Estados Unidos, donde te vas a vivir a la universidad y por eso hay muchas actividades de ocio y culturales, tiene un alcance más amplio. Evidentemente, si metes una semana de clase para tratar a poetisas del siglo XVII vas a tener que sacar a uno de los autores hombres, y el titular va a ser “En la Universidad de Villa Grande se puede estudiar Arte sin estudiar a Autor Super Importante”. Veréis, si metes una cosa nueva tienes que sacar una vieja o arriesgarte a que tratemos superficialmente las dos. También podemos confiar en que los estudiantes saben usar una bibliografía crítica y una biblioteca.

La siguiente cuestión es la de los avisos de contenido, o trigger warnings. Es el problema estrella, el que se usa para representar el resto, y sinceramente, soy incapaz de entender por qué. Se trata de algo tan sencillo como avisar, en clase o por escrito (por ejemplo, si los alumnos reciben una fotocopia al principio del curso con el plan semanal de la asignatura), de que determinados contenidos que se van a tratar pueden herir sensibilidades, ya sea en la teoría o en el debate en clase. Los ejemplos que suelen darse en la prensa están relacionados con violencia sexual, ya sea en literatura, al estudiar Derecho Penal, en Ciencias de la Salud… También los he visto con menor frecuencia en cuestiones de violencia contra minorías, con el suicidio, temas así, duros.

Cuando alguien decide estudiar Derecho sabe que va a haber Derecho Penal, terrorismo, cuestiones sobre los límites de la vida, etc. Y qué decir si estudiamos cualquier carrera sanitaria. Sería poco factible y bastante absurdo hacer avisos de contenido en situaciones así, salvo quizá si se van a tratar materias especialmente escabrosas, casos prácticos basados en hechos reales, vídeos, etc. Si quieres ser médico o trabajador social te vas  encontrar cosas igual de horribles en persona. Por ello los avisos donde pueden ser útiles de verdad es en aquellos estudios en los que los contenidos sensibles sean tangenciales o puntuales; por ejemplo, al leer Otello o al estudiar una asignatura de periodismo en la que se hable de reportajes de guerra o en crisis humanitarias.

¿Para quién son los avisos de contenido? Estoy de acuerdo en que entender que se dirigen al público general es infantilizar a los estudiantes universitarios. La mayoría de los jóvenes de diecimuchos son capaces de ver las noticias y discutir temas dolorosos sin venirse abajo. Mi enfoque personal va dirigido a aquellos que tienen algún problema psicológico o han vivido la clase de temas a los que me refiero. Para las personas que han sufrido un trauma, estar sobre aviso de que se les viene encima una situación relacionada puede servir muchos propósitos, como por ejemplo:

  • Aliviar una sorpresa desagradable. Solamente estar avisado ya amortigua.
  • No ponerse a estudiar en un momento de cansancio o tristeza sino mentalizándose primero.
  • Estudiar en compañía si preferimos hablar de cómo nos hace reaccionar la lectura, o a solas si creemos que nos va a afectar fuertemente (la verdad es que a mí me pasaba algo así con algunas lecturas relacionadas con mi tesis; planeaba poder hcer algo relajante y distraído después de leer porque sabía que se me iba a quedar el cuerpo malo).
  • Programar citas con el psicólogo alrededor de las fechas en las que se va a hablar de temas desagradables en clase.
  • Pedir una tutoría con el profesor para comentarle que el tema es tan desagradable que preferiríamos que no nos señalara para hablar en un debate. O incluso lo contrario, decir que tenemos experiencia personal y podríamos aportar un punto de vista no esperado.

Es decir: un aviso de contenido en un contexto académico sirve, sobre todo, para que personas que encuentran ciertos temas muy duros puedan planear cómo amortiguar el estrés que prevén que les va a provocar. Quejarse de una petición de trigger warnings es pensar que estudiar debe incluir llevarse sorpresas desagradables, o confundirlas con una petición de que el tema no se estudie. No hay más.

Por último, están los “lugares seguros”. Esta expresión no me gusta porque es demasiado amplia y cabe en ella cualquier cosa. Se trataría de la expresión en la dinámica de clase de la inclusividad que hemos tratado en primer término: conseguir que un aula sea un lugar en el que todos los participantes se sientan respetados, cómodos, no amenazados, y con dereho a participar (si la clase es un debate). Esto debería ser el grado cero del aprendizaje, pero incluso formulado en unos términos tan neutros, algunos parecen creer que se refiere a que los alumnos buscan el nivel de apoyo propio de las aulas de Primaria. Traduzco un fragmento de la carta que la Universidad de Chicago ha enviado a sus alumnos de primer curso de este año:

Esperamos que los miembros de nuestra comunidad participen en un debate riguroso, que discutan, y que a veces haya desacuerdo. A veces esto puede ser un desafío o incluso haceros sentir incómodos.

Nuestro compromiso con la libertad académica significa que no apoyamos los mal llamados “avisos de contenido” (…) y no aprobamos la creación de “lugares seguros” intelectuales en los que los individuos se puedan aislar de ideas y perspectivas contrarias a las suyas. 

Mi pregunta es: ¿en qué afecta un aviso de contenido a la libertad de expresión? ¿Por qué se asume que un “lugar seguro” en un contexto académico consiste en eximir a los estudiantes de trabajar contenidos concretos? Se asume que el problema son “cosas con las que el alumno está en desacuerdo”, y que el estrés que los alumnos van a sufrir se debe a que van descubrir que, vaya, no todo el mundo es tan amable como los profesores del instituto y que aquí no se sobreentiende que todo el mundo puede dar su opinión. Que cuando das tu opinión, te la devuelven toda machacada.

Fuera de las aulas, el término “safe space” se ha utilizado para la creación de asociaciones o grupos informales de todo tipo de minorías. Las universidades americanas siempre han sido muy activas en esta cuestión; la fraternidad aún activa más antigua se fundó en 1776. Sin embargo, solo la creación de clubs feministas, LGBT, de minorías raciales, etc., ha recibido la crítica de que “en ellas no hay libertad de expresión”.

Como en este blog nos encanta dar consejos, basado en mi experiencia como alumna aquí van unos cuantos sobre cómo hacer un aula universitaria (o para adultos) un lugar seguro según mi definición.

  1. Deja muy claro al principio del curso (sobre todo en primer ciclo) que no todas las opiniones son válidas y sobre todo, por qué.
  2. No utilices el sarcasmo contra tus alumnos, ni lo permitas. Sé respetuoso.
  3. Asume que tu alumnado tiene una experiencia vital muy distinta de la tuya y que aunque ello puede afectar a su aprendizaje, no los hará peores estudiantes.
  4. Asume que a veces vais a tratar contenidos que los alumnos han experimentado, o visto de cerca. Los más horribles también. Y las más raras.
  5. Da margen para circunstancias personales extraordinarias. Ten criterios para entregar cosas tarde, para la ausencia justificada, etc.
  6. Infórmate sobre las necesidades de los estudiantes con discapacidad.

Un poco de empatía no debería impedir la libertad académica, sino crear un ambiente estimulante que facilite la discusión y el aprendizaje de los temas más espinosos.

 

Sobre lenguaje activista y sus problemas

Te das una vuelta por internet (incluyendo el glosario feminista de este blog, que necesita una limpieza de polvo y telarañas) y te encuentras con unas cuantas palabras que a fuerza de uso repetido acaban usándose mal, o demasiado, y extendiendo sus significados hasta que significan “lo bueno” y “lo malo” de una manera que solo sirve para crear confusión. Lo que voy a decir es una reflexión personal sobre los peligros de este proceso, y sé que muchas compañeras no van a estar de acuerdo conmigo. Allá voy.

Un privilegio no es toda ventaja injusta. Si quieres que lo tenga todo el mundo, no es un privilegio. Es un derecho, y su ausencia, discriminación. Por ejemplo, trabajo estable, vacaciones, o la posibilidad de desplazarte con seguridad por las calles. Si quieres eliminarlo, pero todos reconocemos que es injusto, o que es ilegal, es una injusticia, o una ventaja injusta. Sigue sin ser un privilegio. Por ejemplo: si dices algo que parezca terrorismo etarra vas a la cárcel, si dices que las mujeres maltratadas se merecen todo lo que les pase no. Si lo tiene poca gente y  está amparado por leyes, rompiendo con todo principio legal de igualdad, eso sí es un privilegio. Por ejemplo, en España la Iglesia no paga IVA ni IBI, y eso es legal. Por lo tanto, es un privilegio. El rey es inviolable según la Constitución: otro privilegio.

Muy despacito para que lo entiendan los despistados del fondo: el privilegio es legal y desearías que desapareciera. Los privilegios son malos y no quieres extenderlos, quieres que no existan. Si llamas “privilegio” a un salario dices que quieres que no exista, si llamas “privilegio” a que no te peguen una paliza por la calle estás diciendo que las palizas por la calle deberían formar parte de la normalidad. Privilegio no es desigualdad, sino un tipo muy concreto de la misma. Si lo que quieres es tener tú eso que otros disfrutan, no lo llames privilegio, porque no lo es. Llámalo derecho.

Esto nos lleva a la expresión “revisar privilegios”, que ya he criticado en más ocasiones. En el enlace traduzco un artículo que analiza los problemas de ese proceso, pero aquí mis críticas son solo semánticas, puesto que la frase en cuestión significa varias cosas contradictorias entre sí. ¿Qué me ordena alguien que me dice que revise mis privilegios?Lo primero sería hacerme consciente de ellos, y después quizá un proceso que en el catolicismo se llama examen de conciencia. Es decir, para una persona que piense que privilegio quiere decir “derecho, ventaja, lo contrario de discriminación”, sería para empezar mi admisión de “sí, mi vida es más fácil por ser blanca, cis, adulta y sin discapacidades”. Examen de conciencia terminado.

Hay quien va más allá. En el enlace del párrafo anterior comparo la revisión de privilegios con el calvinismo. “Revisar mis privilegios” suele querer decir que debo sentirme culpable de ser blanca, cis, etcétera,  y tengo que aceptar que las ventajas que he obtenido a lo largo de la vida por ello me impiden trabajar en igualdad con quienes están peor que yo. Existe una brecha insalvable, de la que soy responsable aunque esa no sea mi intención. Esto se llama depravación total. No es “pecado original” porque éste se perdona con el bautismo, y los privilegios no se “perdonan” tras la revisión, como mucho se eliminan (un día dejaré de ser joven, por ejemplo).

“Revisarse” puede estar conectado con el autoexamen y ser también un proceso más activo, más orientado al exterior. Si observo cómo mis circunstancias afectan al mundo que me rodea, y a mí también, “toma de conciencia” es sólo el principio de cómo podríamos llamar a esto. Pero ya dejaría de ser un proceso de autoexamen, con lo que el uso de la palabra “revisión” dejaría de tener sentido. Una revisión del coche no es una reparación.

La verdad es que no sé qué quieren decir las personas que dicen “¡revísate los privilegios!”, y si se están refiriendo a un proceso solo mental o a una puesta en práctica. Y un concepto tan amplio y deformable se vuelve inútil y peligroso.

El problema de la “revisión de privilegios”

El post de hoy es la traducción de un artículo de Tom Midlane, que me llamó la atención por lo acertado de su crítica al fenómeno de la “revisión de privilegios” entendida como eje y centro de la izquierda, del activismo, o de la práctica de la justicia social. Es de las mejores críticas que he leído hacia el activismo online, a pesar de que el autor no se refiere específicamente a lo que hacemos en Internet. También me gusta porque no critica activismos concretos; leo con demasiada frecuencia cosas del estilo de “el problema del feminismo online es…” y no veo ese tipo de escrutinio para casi nada más.

En lo que no estoy de acuerdo con el autor es en la simplificación que da título: “mientras nosotros discutimos, ellos nos roban nuestros derechos”. Hay problemas más complejos detrás de cómo y por qué la derecha ha ocupado el poder sin mucha reacción en contra. No creo que la dinámica de la revisión de privilegios, particularmente en redes sociales, sea principal responsable de ello, ni tampoco de la proverbial división de la izquierda.

Sobre la “revisión de privilegios” mi pregunta es ¿y luego qué? Dejadme que compare con la religión. En el catolicismo, primero pides perdón, entonces eres perdonado y entonces realizas algún tipo de reparación de tus errores. Esta es una dinámica con la que todos en España estamos familiarizados aunque no seamos católicos. En el calvinismo, el reconocimiento de tu pecado, que no es un acto sino que forma parte de tu impura naturaleza de ser despreciable, no sirve para mucho. Tú por tus propios medios no puedes hacer nada para “reparar” tu condición. La “revisión de privilegios” funciona exactamente así. No cumple ningún propósito útil ni para ti ni para los demás más allá del masoquismo de decir “yo para esto no valgo”. Y quien más alto dice “yo reviso mi privilegio” es quien más ha expiado sus culpas. Mira, pues no.

Y ya os dejo con el artículo.

***

El problema de la revisión de privilegios.
Mientras nos preocupamos por nuestros posibles prejuicios, no estamos luchando contra la Coalición.

La izquierda, hay que decirlo, tiene una larga tradición de luchas internas. Grupos separados por diferencias ideológicas mínimas se separan en facciones rivales, defendiendo agresivamente su interpretación de La Ruta Verdadera. Es el ejemplo perfecto de lo que Freud llamó “el narcisismo de las pequeñas diferencias”: comunidades adyacentes y con objetivos aparentemente idénticos, que están en una disputa constante, adoptando poses extravagantes para distinguirse unas de otras.

Durante un tiempo, parecía que la caída del Muro de Berlín y el auge de internet podrían traernos una nueva era de protestas: más comunal, con menos apoyo en los viejos dogmas. Pero en el mundo de internet, individualista, anárquico, y frecuentemente anónimo, los progresistas modernos se han topado con un medio muy efectivo de dividirse entre sí: la revisión de privilegios.

Para los no iniciados: “revisar tu privilegio” consiste en mantener una alerta permanente sobre las formas en las que puedes estar obteniendo algún tipo de beneficio social, cultural o económico como resultado de tus orígenes: tu clase social, raza, género, orientación sexual, y así sucesivamente. Si alguien habla cuando no le toca, se le dará la orden de revisar sus privilegios. Es una colleja, una manera de decir: “piensa en cómo tus circunstancias personales influyen en lo que estás diciendo”.

En Octubre [de 2012], Ariel Meadow Stallings, fundadora de Offbeat Empire (una serie de blogs sobre estilos de vida alternativos) escribió un post brillante llamado “Activismo para matones: revisión de privilegios y riñas semánticas como deporte online”. Meadow Stallings diagnosticó el problema como que los progresistas se pasaban en su entusiasmo por revisar sus privilegios hasta atacarse unos a otros, pero yo no estoy tan seguro. A pesar de que la idea surge, obviamente, de unas intenciones honorables, creo que todo el discurso alrededor de los privilegios es destructivo por su propia naturaleza – en el mejor de los casos, una distracción colosal, y en el peor, un medio para auto-investirnos a todos de guardianes morales dispuestos a regular las palabras y la conducta hasta de nuestros compañeros de viaje.

¿Te preguntas porqué importa esto? La respuesta es simple: importa porque la revisión de privilegios ha infectado absolutamente el pensamiento progresista. Mientras una amplia sección de la izquierda está atacando obsesivamente deslices verbales en Twitter, la derecha está actuando: desmontando sistemáticamente no sólo el Estado del Bienestar sino el Estado mismo.

La revisión de privilegios asume la peligrosa falacia posmoderna según la cual sólo podemos entender aquello de lo que tenemos experiencia directa. Sin conceptos como la empatía y la imaginación, que nos ayudan a reconocer nuestra humanidad compartida, nos atomiza en una serie de grupos taxonómicos cada vez más pequeños: transexual de clase obrera, mujer negra discapacitada, hombre heteronormativo.

Peor aún, bloquea la actividad política. Una amistad mía, con mucho talento, leyó Chavs de Owen Jones y dijo que le hizo “muy consciente de mis privilegios de clase media”. A mí me hizo querer prenderle fuego al Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. Mi amistad es profundamente activista, pero para muchos, simplemente ser conscientes de su privilegio cubre la misma función que firmar en una petición online: una manera de creer que has hecho algo sin implicarte de verdad.

En muchos respectos, el sistema de revisión de privilegios es el espejo perverso del capitalismo salvaje: mientras que la creencia absoluta en el libre mercado requiere una actitud de triunfalismo y una agresiva falta de empatía, los “privilegios” requieren una actitud de autohumillación constante digna de alguien en Alcohólicos Anónimos.

Ni por un momento estoy defendiendo que los prejuicios sean irrelevantes. Creo firmemente en que hay que llamarle la atención a la gente que utilice términos que inciten al odio, pero una cosa es imponer consecuencias a expresar opiniones racistas, sexistas o transfóbicas, y otra distinta ladrarle a alguien que revise sus privilegios porque se han expresado de manera un poco torpe. Sin detenerse al acusarnos a todos de intolerancia y discriminación, la revisión de privilegios busca convertirnos en detectives privados a la búsqueda constante de errores lingüísticos.

La revisión semántica quisquillosa que nos anima a hacer el “privilegio” es un pensamiento distante, desconectado de cuestionar o intentar cambiar el orden hegemónico. Es una política de la identidad que asume la posición post-ideológica como un hecho y acepta que nada va a cambiar excepto pequeños detalles. Dentro de la red de seguridad adoptada a priori, se te concede un parque en el que jugar a juegos de palabras divisivos y deliberadamente confusos. Los lobbies corporativos no podrían haber inventado un sistema mejor para neutralizar la acción colectiva.

En esta concepción del “privilegio” está implícita una idea simple: cuantos más puntos tengas en el bingo, menos peso tiene tu opinión. Esto tiene el efecto catastrófico de convertir debates sobre racismo, sexismo, transfobia, clase y discapacidad en un juego de piedra-tijera-papel, pero también es importante que descarta la larga historia de reformadores sociales, de Karl Marx a Tony Benn, con orígenes privilegiados.

El privilegio se convierte en un círculo vicioso: cualquier intento de criticar esta dinámica se da con la acusación “como tienes privilegios puedes permitirte no pensar en el tema”. Pero esa no es la cuestión. Siempre he sido consciente de que al ser el hijo de una familia blanca y de clase media, mi vida es más fácil que la de otras personas – pero es que es precisamente eso lo que me empuja a buscar la justicia social por los que han tenido menos suerte que yo. Los prejuicios existen. Vivimos en un mundo tremendamente injusto. Pero convertir nuestras circunstancias personales en una especie de concurso no consigue absolutamente nada.

Aquí, un ejemplo de lo ridícula que puede llegar a ser la cultura de la revisión de privilegios. Gethin Jones, un hombre transexual, escribió esto sobre transfobia en la web feminista The F Word. “al ser un hombre trans, [blogueras transfóbicas] me han acusado de ser misógino, querer obtener privilegios masculinos y de ser una lesbiana reprimida (algo poco probable teniendo en cuenta que soy bisexual). Que me acusen de haber transicionado para obtener privilegios me irrita, considerando el privilegio cis que he perdido en el proceso”.

Es un ejemplo de libro de esta clase de pensamiento llevada a su conclusión lógica. ¿Así es como queremos vivir, comparando toda y cada una de nuestras acciones con alguna lista teórica? La ironía cósmica de todo esto es que el mismo concepto de “privilegio” es inherentemente privilegiado, y requiere una comprensión sofisticada de ideas sociológicas complejas sobre la raza, el género y la sexualidad.

Mientras tanto, allá en el mundo real, están desmantelando la Seguridad Social, el sector público se está privatizando, van a romper en pedazos cualquier resto de bienestar social, y todavía les quedan recortes por hacer. En lugar de convertir cada cosa que decimos en un problema, dejemos de lado nuestras diferencias y contraataquemos.

Guía para conversaciones familiares navideñas.

Estos días se han popularizado los artículos en prensa, a veces hasta con asesoría de psicólogos, sobre cómo “sobrevivir a las navidades”. Se parte de la base de que nos van a hacer preguntas incómodas, y que es nuestra tarea sonreír y esquivar. Nunca he visto una lista que asuma que el incordio somos nosotros. Como dice Luis Rull, todos somos el cuñado de alguien.

La querida Mysterymoor largó un desahogo en twitter satirizando algunas preguntas que nos hacen a la parte joven de la familia (y a los doctorandos),  y de ahí saqué inspiración para una lista de normas que puedes seguir en los próximos días para facilitar la paz familiar.

  1. El viejo “no hables de política ni de religión” no significa “barre para casa esperando que te den la razón o se callen”.
  2. No preguntes a los jóvenes cuándo se casan ni a las mujeres cuándo van a tener (más) hijos. Nunca. Jamás. No. Nein.
  3. Si hay solteros con pareja no presente, pregunta “¿Qué tal está TuPareja?”. Y fin. No preguntes “¿sigues con TuPareja?”
  4. La respuesta a “tengo un problema” no es “poyó estoy peor”.
  5. Tampoco es “anda ya, te quejas de vicio”.
  6. Haz preguntas abiertas sobre las aficiones de los demás. Asume buena fe.
  7. Pasa por lo menos un cuarto de hora recogiendo la cocina. Pregunta “¿en qué te ayudo?” por lo menos dos veces.
  8. Laeme: si vas de invitado, no te inmiscuyas en la organización. Ayuda si te lo piden.
  9. Pasa un rato con los niños. Los jóvenes no son niños.
  10. Fijo que hay una abuela o mujer de su generación que apenas habla. Sácale conversación a ella.
  11. Si no comes de algo, aunque sea el principal, no pidas una alternativa. Hay comida de sobra. Come más de otra cosa.
  12. AGC: Si alguien no come alguna cosa, no castigues a los demás por ello. Que se apañe con el resto de la comida.
  13. Thisispeli: Está muy feo interrogar a alguien o hacer chistecitos sobre su dieta. Lo que come alguien o no es asunto suyo.
  14. Por lo que más quieras, no repitas varias veces seguidas el mismo chiste.
  15. No sugieras a los parados que monten un negocio a menos que propongas financiarlo tú. Y en ese caso, propón quedar otro día.
  16. El invitado “de fuera” se sabe TODOS los chistes sobre su lugar de origen. Ese tan gracioso también.
  17. Juan José Saénz: Ahórrate los comentarios desagradables o supuestamente graciosos sobre el aspecto físico, la ropa, la gordura y la delgadez.
  18. ¿Te creías que esto iba por tu cuñao cincuentón solamente? Nop. Va por ti, cari.

Espero que, con o sin consejos, paséis unas buenas fiestas. En buena compañía, ante todo.

Buscando definición del feminismo burgués

lagarde-merkel-GreeceChristine Lagarde y Angela Merkel, encuentro sobre la deuda de Grecia, Abril 2014. De greekreporter.com.

Cuando entendí que había varias clases de feminismo, mi visión estaba marcada por una división raza-clase presente en mis fuentes, que eran americanas. Por un lado estaban las mujeres blancas y ricas, y por otro las pobres a las que se presuponía ser negras, latinas, o migrantes. Entendí, de una manera más o menos intuitiva, que lo mismo ocurría en lugares donde las tensiones raciales no eran exactamente las mismas: el feminismo que yo había aprendido de pequeña era, de forma muy resumida, la lucha por los derechos de las mujeres que lo tenían todo en la vida, menos ser hombres. Y lo llamé “feminismo para ricas”. Bastante más adelante, me enteré de que la acusación de “feminismo burgués” se lanza contra las feministas, a veces sin criterio. Todo lo que no le gusta a según qué críticos es feminismo burgués, algo que tiene un peligroso tufillo a “pero de qué os quejáis, las de Yemen están peor”. Pero veamos si hay algún fundamento en la acusación e intentemos definir qué es eso del “feminismo burgués”.

Una dificultad que surge es que casi todo el feminismo académico, las teorías, los libros, lo fácil de difundir, lo han hecho precisamente burguesas, que para eso tenían el tiempo, la formación y las conexiones. Algunas de las ideas de las grandes autoras clásicas burguesas, como Virginia Woolf, son imprescindibles, y olvidarlas nos deja un feminismo bastante cojo. Que cometieron errores, sí. Pero sin disculparlos, hay que verlas en su contexto y extraer lecciones o propuestas de acción útiles para todas.

Sigamos; en un definición más estricta, sería aquello que beneficia a las mujeres burguesas. Algunos de los logros en este sentido nos parecen universales pero o no lo fueron en su momento, o no son igualmente positivos para todas. Por ejemplo, el derecho al voto, que históricamente no fue una petición de sufragio universal sino de acceso al voto en las mismas condiciones que los hombres. Otros derechos parecidos fueron el acceso a la universidad y a las profesiones liberales: primero se luchó porque fuera legal y luego porque fuésemos aceptadas y respetadas como profesionales, pero no había, y sigue sin haber, un gran interés equiparable por los estudios o el trabajo de las mujeres pobres. La generación de mi madre fue la primera que vivió esto: en los 70 dejó de ser muy sorprendente que una mujer estudiara una carrera universitaria que no fuera Magisterio o Enfermería. ¿Supuso esto una reducción de la desigualdad social y económica? No lo creo, desde luego no al mismo tiempo ni por los mismos motivos.

Otro ejemplo, más contemporáneo: la llamada “crianza natural”. ¿Quién puede permitirse poner otros aspectos de su vida en pausa durante varios años para dedicarse en cuerpo y alma a los hijos? Alguien que tiene todo lo demás resuelto, al menos en lo económico.

También podemos calificar de feminismo burgués todo aquello que además de beneficiar a las burguesas, perpetúa la situación de las oprimidas, normalmente por ser obreras, pero puede haber más intersecciones (por ejemplo, no ser de la raza o cultura dominante). Por dar un ejemplo que continúa lo anterior: la incorporación de las mujeres a profesiones de prestigio sin ningún cambio en la relación de los hombres con lo doméstico ha supuesto el mantenimiento de un servicio doméstico en unas condiciones de explotación inaceptables. No es el problema el servicio doméstico en sí, sino cómo se realiza.

Por último, la definición más amplia de feminismo burgués  sería la de todo aquello que nos distrae de lo que pueda suponer una mejora global de las condiciones de vida de todas las mujeres. Es un concepto quizás demasiado amplio: ¿es “feminismo burgués” hacer crítica feminista de productos culturales? ¿hablar de autoestima e imagen corporal? ¿Todos los problemas que no son a vida o muerte son desechables por “burgueses”? No me parece fácil decir que sí y desecharlo todo. La clave puede estar en no perder la perspectiva de conjunto sobre qué deseamos, y en preguntarnos siempre qué efecto tienen nuestras acciones en mujeres que no tienen las mismas circunstancias que nosotras. Hablo por mí; mi medida son mis alumnas, hijas de obreras, residentes en una zona rural. No todo lo que hago las beneficia directamente, pero están ahí, en mi campo de visión.

Y es que, al final, la explotación económica nos puede hacer tanto daño como el patriarcado. También nos mata. También nos dice que no somos del todo humanas. También nos engaña con la posibilidad de que algunas de nosotras estemos por encima de líneas arbitrarias. La existencia de mujeres explotadoras, burguesas en el sentido de dueñas ellas de los medios de producción y no esposas o hijas de los burgueses, es un logro del feminismo. ¿Es bueno para alguien que exista Christine Lagarde o Mónica Oriol? No. En absoluto. No hay dudas. No hay ni una chispa de mejora para nadie más que ellas mismas. Han hecho falta siglos de lucha para que existan, ¿y ha merecido la pena? Les hemos dado una plataforma para hacernos daño gracias al feminismo burgués. Son un efecto secundario, venenoso, de haber creído que bastaba con ser iguales que los hombres ricos. Un sueño que produce tales monstruos.

Control del discurso, otra más: demuéstramelo.

Voy a traducir, con el amable permiso de la autora, una serie de tweets de Bayley the Bookworm, conocida en Twitter como . La secuencia completa está en inglés aquí.

¿Qué es lo que les pasa a los tíos que piensan que pueden exigir que las mujeres “demuestren” su experiencia? (ya sé lo que les pasa a los tíos, no estoy preguntando de verdad). Es importante recordar que cuando un tío dice “demuéstralo”, lo que quiere decir es “no voy a aceptar ninguna prueba que puedas darme”. ¿Tu experiencia personal? No basta. ¿Experiencias de varias mujeres? No basta. ¿Encuestas? No basta. ¿Estudios científicos? No basta. ¿Otro tío que te da la razón? Quizá funcione, a veces.

Es porque no se trata, de verdad, de que los tíos quieran pruebas. Saben que las hay. Lo que quieren es agotarte, es un juego de poder. Saben que sus voces tienen más peso, así que dan por hecho que pueden exigir trabajo emocional e intelectual para divertirse. Ya se han declarado árbitros de si tu experiencia cuenta o no, y ya han decidido que no.

Añadiría esto a algo dicho por @undivaga, y cito de memoria. Quien te pide que clarifiques más de una vez o dos no quiere entenderte mejor, quiere agotarte.

La denuncia falsa.

Había una vez una sociedad en la que las denuncias por violación o violencia de género tenían un peso social tan grande, y eran una acusación tan grave, con tal estigma, que los hombres vivían aterrorizados ante la posibilidad de la calumnia.

– Pero vamos a ver, ¿tú qué le has hecho a ella para que te denuncie?
– ¿Yo? Yo, nada, de verdad tío, yo no le he hecho nada.
Bueno, algo le habrás hecho, ¿no? No te va a denunciar por las buenas, hay que calentar mucho a una mujer para que haga una cosa tan extrema como esa.
– En serio, que no. No le hice nada. Salimos a dar una vuelta, nos tomamos algo como siempre, la dejé en su casa como siempre, me fui, y lo siguiente que sé es que tengo a la policía en casa tomándome muestras biológicas hasta del cielo de la boca.
– Jodeeeeeerrrrrr, pero es que cómo se te ocurre. ¿Qué bebiste?
– Pero eso qué tiene que ver.
– Pues tiene todo que ver. Tú vas, te emborrachas, te pasas, te crees que ella tiene ganas, no las tiene, y ¡POM!, la violaste. Y encima es tu novia, o sea que es violencia de género. Da gracias a que la denuncia es por la violación nada más y no por maltratador.
– ¿Cómo te tengo que decir que no la violé? Que no es que ella no consintiera, que es que no hubo sexo, ni del bueno ni del malo. No. Sexo.
– Eso es lo que dices ahora, tío que soy tu amigo y creo que no tienes mala intención, pero si habías bebido, ¿cómo sabes que no la violaste?
– A ver, si te pones así, uno no está nunca seguro de nada, en fin, ni del suelo bajo los pies, yo qué sé, si hubiera habido sexo me acordaría.
– Aparte es que tú, también, es que da igual, es que eso es ir provocando. Vas y te tomas unas cervezas, y luego os vais a su casa, y claro, por aquellas calles tan vacías, pues ella, normal. Se asusta. Le entra miedo, y hace, pues lo normal en una situación así. Se asusta,  va y te denuncia.
– Pero ¿tú de parte de quién estás?
– Es que no es cuestión de parte de quién estoy, que sabes que eres mi amigo y me importa lo que te pase, pero es que tíos como tú sois los que nos dan mala fama a los demás. ¿Por qué no me llamaste para que fuera con vosotros? Yo también estaba por la parte de los bares, nos vamos los tres a su casa y ya está. Tienes tranquilidad, un testigo, y la seguridad de que no la violas. A ver, como si no te hubieran dicho mil veces que uno no se puede quedar solo con una mujer. Vamos, desde chicos en el colegio.
– ¿Y si nos acusa a los dos?
– Venga ya, que Silvia no es de esas. Silvia es legal.
– Será todo lo legal que tú quieras, ¡pero me acaba de calumniar!
– Ehhhhhh, que calumniar es una palabra muy gorda. Te ha denunciado.
– Me vas a venir a mí con qué palabras son gordas. ¡Que me han puesto un cartel al cuello!
– Venga, no dramatices. Espera a que se le pase un poco el enfado, hablas con ella, le pides perdón, y a ver si retira la denuncia, que yo creo que sí, que es una persona razonable y si le explicas tu versión, te comprenderá.
– Entre los que decís que algo hice y la culpa es mía, y los que decís que las mujeres no pueden evitarlo, y la culpa no es de ella, me tenéis todos harto ya. Voy a ver qué ponen en la tele.

En un canal de televisión hay un documental que se centra en los aspectos más tristes del día a día en prisión de hombres denunciados por violación y violencia de género. Todas las mujeres que aparecen son funcionarias de prisiones, juezas, y mujeres policía.

En otro canal están echando una comedia donde algunas actrices hacen chistes sobre un hombre que es demasiado feo para calumniarlo: no querrían que nadie las relacionara con él.

En otro canal donde también hay una película, es un drama romántico. Una mujer seduce a un hombre. Lo amenaza con denunciarlo, tras lo cual él se enamora de ella, seducido por su chantaje.

En otro canal hay un debate sobre la función que el sistema educativo debe tener enseñando a los chicos a evitar ponerse en situaciones que les lleven a ser calumniados, ya que se produce una escalada del “rumor” a la “acusación” al “chantaje” a la “denuncia” que los chicos deben saber detectar y frenar antes de que sea grave. En ningún momento se dice “las mujeres denuncian”, sino “los hombres reciben denuncias”.

– Estoy harto de toda la mierda antimasculina y calumniante que echan.
– Nah, no tendrías que ser tan radical. Tomátelo más a la ligera que no es algo personal, tío.

Teoría y práctica del activismo.

Puede parecer que hay cierta superioridad del activismo callejero frente al que se hace en redes sociales, ante lo cual quienes pasamos mucho tiempo frente a un ordenador tenemos la tentación de defendernos, en nuestro método o en la validez de las herramientas que usamos. Pienso que es una distinción inútil, pues la diferencia clave no está entre activismo online y activismo en la calle, sino en los grados de separación con la realidad. Leer lo que escribo aquí es tan real como leerlo en papel, escucharme en un aula, o comentarlo en una cafetería. Veamos a qué me refiero con qué es la realidad.

El grado 1 del activismo son las acciones encaminadas a conseguir justicia o eliminar discriminación. Pongamos un ejemplo que se puede hacer dentro y fuera de redes sociales: el uso del femenino plural como genérico. Supongamos una asociación cultural que pone en sus estatutos que el femenino plural se entiende como genérico; da igual si están en un centro cívico de barrio, en un blog o en facebook. El póster que dice “ESTÁIS TODAS INVITADAS A NUESTRA FIESTA DE ANIVERSARIO” es un acto reivindicativo.

El grado 2 es la elaboración o difusión de teoría que explique, divulgue o eduque sobre el activismo. Los estatutos de esa asociación explican porqué van a tomar esa medida. A los nuevos se les dice “no hay actividades sólo para chicas, el femenino es genérico, si hacen una exposición de fotos Pepe, Juan y Miguel pondrá “Tres conocidos fotógrafos malagueños”, pero si es mixto o genérico, será femenino”. Y se les explica porqué. “Es para dar visibilidad a las mujeres artistas, para que en las actividades mixtas no parezca que las mujeres están como invitadas, porque decimos “personas” en femenino, y para fastidiar al concejal de Cultura”.

El grado 3 es la evaluación de las acciones en función de la teoría. En mi ejemplo: ¿hemos sido coherentes y toda la documentación está en femenino? ¿es sólo por escrito o también es oral?

El grado 4, ya a tres escalones de distancia de la práctica, es la evaluación de la teoría: decidir si es útil, o no, si estamos de acuerdo con ella, o no. “No tiene sentido que nos pasemos un cuarto de hora de cada reunión con el Concejal de Cultura aguantando sus sermones sobre los estatutos”. “El femenino genérico no integra a las mujeres, sólo disfraza”. “El femenino plural genérico no sirve para lo que queréis que sirva”.

Grado 4 sería tambien la evaluación del grado 3. ¿Se puede evaluar un evaluación? Por supuesto, aunque a esta altura normalmente estamos opinando sobre personas. Es decir: Emi dice “los carteles muy bien, pero cuando hay un taller de pintura con niños y niñas, les habláis en masculino”. Fran dice: “Lo importante es que se apunten, no lo que te parezca a ti que tenemos que llamarlos, Emi, vamos a lo serio”. O dice, en privado, por ejemplo: “Emi siempre se fija en lo más tonto”.

Grado 5, sí, lo hay, es evaluar el grado 4: opinar sobre las críticas a la teoría. ¿Parece retorcido? Sólo hay que decir “Los que dicen que el femenino plural genérico no sirve para nada son todos unos saboteadores”. Censurar a Fran del ejemplo anterior específicamente por criticar a Lola. Censurar a la persona que dice: “no acepto tu teoría”. Supongamos que alguien dice “A Fran lo que le pasa es que se agarra a lo que sea para tener más razón que Emi”. Grado 5. Estamos a cuatro escalones de la realidad.

He establecido 5 grados. Pero incluso charlando con un café delante, el grado de cotilleo-sobre-cotilleo sube más. Es fácil decir: ¿Leo? Paso de Leo. Es de la pandillita de Fran. Grado 6. Y así hasta el infinito.

Hay que teorizar y hay que evaluar, pero eso no pude serlo todo. Como activista, considera hasta qué punto tu actuación está más cerca de cambiar el mundo, online o no, o más lejos, ya sea considerando teorías o evaluando el trabajo de los demás. No se trata de si tu acción es exitosa, sino de si es directa. Se trata de la respuesta a la pregunta: ¿qué has hecho hoy contra la injusticia?

Control del discurso: un ejemplo.

Cada vez que ocurre una gran desgracia con efectos masivos, viene en tres partes: la noticia, enterarnos de porqué pasó lo que pasó y si se podría haber evitado, y el funeral. Las consecuencias del suceso, la segunda y tercera parte, sobre todo el funeral, en España siempre hay un conflicto muy grave entre los defensores del statu quo y los ateos y/o republicanos, y este conflicto tiene a su vez dos aspectos. Primero, los ateos, los republicanos, y la gente sensible y afín en general vemos un derecho pisoteado: el simple derecho a velar a unos muertos como a los familiares, o en el caso de tragedias muy graves, al país, le dé la gana, no se cumple.

El segundo conflicto serio, que es al que voy, es la posesión del discurso por el statu quo. Todos los conceptos son suyos y sólo ellos tienen derecho a hablar. Todos los seres infectos que estos días defienden un funeral católico-monárquico para las víctimas del tren de Santiago dicen lo mismo una y otra vez:

1) las palabras son mías y significan lo que yo quiera.
2) cállate.
3) escúchame 3b) Habla de lo que yo quiera, cuando yo quiera, si te pregunto.
4) tengo derecho a seguir hablando para siempre.

Este “El discurso es mío, en cantidad y en calidad” es característico de TODOS los opresores. Y me repugna. Mandar callar es un acto de violencia. Pero, a pesar de esa violencia, y de la pena que siento, observo con curiosidad cómo las respuestas que mis amigos ateos se llevan estos días son iguales a las que las mujeres, feministas o no, aguantamos a diario, sobre todo cuando el argumento contrario es una definición, puesto que sólo si controlas el discurso confías en esa técnica. La historia la escriben los vencedores, y también los diccionarios.

Para Ilse.