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Sobre acoso escolar.

Empecemos con las malas noticias: nadie sabe arreglar el acoso escolar. De verdad. Si tuviéramos soluciones las habríamos aplicado. No hay sistema educativo del mundo que haya descubierto El Secreto, el protocolo post-acoso que siempre funciona. Si leéis “En Finlandia se crea la figura del blabliblú”, lo que yo leo es “en Finlandia también hay acoso”. Quien dice Finlandia dice El Colegio Santa María Donde Usan Ipads y Son Tan Modernos Que No Tienen Ni Paredes. Como con otras cosas, lo que sí puede funcionar es prevenir, aunque es difícil porque en lugar de un protocolo que aplicas a casos individuales, como si de una enfermedad se tratara, debe ser un hábito permanente.

El rasgo más importante es el más difícil de conseguir: tener una sociedad igualitaria, sin discriminaciones. Cuando más igualitaria la sociedad, menos acoso, y esto vale para el colegio, el trabajo y la calle. Los acosadores buscan impunidad, y atacar a gente en desventaja queda impune en las sociedades donde la discriminación y la desigualdad son grandes. Como crear esta sociedad se nos queda grande, consigamos que lo igualitario sean los centros educativos. Esto lo puedes conseguir desde el Ministerio de Educación hasta la Dirección de un colegio, cada uno en su ámbito.

Hay medidas en el entorno escolar que no siempre son fáciles de adoptar, porque dependen de la construcción del edificio, la disponibilidad de aulas y las guardias del profesorado: crear ambientes acogedores y al mismo tiempo vigilados. Que no haya rincones donde esconderse, y que haya lugares acogedores para los niños más vulnerables (por ejemplo, abrir la biblioteca en los recreos). Que sea fácil para los profesores ir de una clase a la siguiente sin dejar que pasen 5-10 minutos. Y así.

Entremos en el aula. La víctima de acoso o de maltrato psicológico está atrapada en una situación de la que suele desconocer “la teoría”, es decir, las dinámicas que la alimentan, cómo funciona la mente de su agresor… a él o ella le maltratan, le aíslan, y eso es todo. Un mensaje tan sencillo como “el acoso es culpa del que acosa. Son predadores. Si no estuvieras tú, irían a por el gordo o la de gafas”, NO es obvio. He visto muchas caras de sorpresa al decírselo a chicos y chicas que habían sufrido acoso. Por eso, ese sencillo mensaje (“el acoso responde a una tara del acosador”) debe repetirse de manera verbal, explícita, frecuente, en grupos y en privado.

El segundo mensaje que los niños necesitan oír hasta que se les quede es “la diferencia entre el acoso y una pelea es la repetición. Vuelve y me lo cuentas si se repite”. Esto lo tienen que oír los agresores, reales o potenciales, porque hay chicos (y chicas) que realmente no son conscientes de la gravedad de sus actos. Como cualquier otro maltratador, por otra parte, sólo que ellos son pequeños y todavía son educables en la mayoría de los casos. Es el único punto donde un “es que son cosas de críos” es cierta: el niño, a veces, no ve la diferencia entre pelearse con su amigo e insultar a Pepe El De Las Gafas porque a veces y al principio es una cuestión de frecuencia y proporción.

Para que una víctima te crea cuando le dices “me lo cuentas si se repite” tienes que haber creado confianza primero. Ya ha roto un tabú pidiendo ayuda; ahora tiene que creer que no le estás dando largas. Es importante crear un clima de cercanía y que se note que somos sinceros. Y los profesores, para saber si se repite, tenemos q estar en contacto, porque el niño quizá ha preferido hablar con su profesor favorito o con un testigo de una agresión en lugar de con su tutor. La comunicación niño-> tutor-> equipo educativo-> jefatura-> tutor del agresor tiene que ser fluida.

He dicho que a veces el agresor no es consciente de la gravedad de sus actos, o no vas a conseguir que la admita, que para el caso es lo mismo. Eso sí, las víctimas sí que distinguen pero que muy bien una pelea o broma de un acoso. Este es un tema en el que muy rara vez hay exageraciones o “denuncias falsas”. A veces sí hay un poco de timidez extra, o una situación de aislamiento previa que hace a los alumnos más sensibles o más vulnerables, así que un trabajo extra para el profesorado es darnos prisa en facilitar las habilidades sociales de quienes se sienten inseguros, la creación de amistades del alumno nuevo, etc. Es una pésima idea dejar “que espabilen solos” a los que puedan ser vulnerables aunque nos parezca que “todavía” no hay acoso real. Supongamos que hay un alumno vulnerable y un caso apenas comenzado; si hemos intervenido a tiempo, simplemente difundir toda la información relevante a todos los implicados (familias, tutor, decirle a los agresores que los tenemos calados) puede bastar porque ese niño debería contar con otros para que no se lo aísle.

Por supuesto, si hay un chico vulnerable o ya acosado lo que no debemos hacer nunca es participar nunca en una broma en su contra, por inofensiva que nos parezca, ni llamar la atención sobre él o ella, o hacer cualquier cosa que contribuya a aislarlo. Tampoco debemos decir nunca que “no queremos enterarnos” de algo. Una situación que vi y que me han contado mucho de la escuela de los años 80 (qué tiempos aquellos) era el profesor que repetía “no quiero saber nada de lo que ocurra fuera del horario escolar o fuera del centro”. Eso era en la práctica una provocación para trasladar lo peor del acoso al camino de vuelta a casa, que funcionaba muy bien si lo que el profesor quería era fomentar la violencia.

Para los agresores tenemos pocas medidas, sobre todo si no hay agresiones físicas o si todo es difícil de demostrar. Es bueno hablar con las familias para que nadie pueda decir que no sabía lo que estaba ocurriendo, incluso si nos va a suponer una escena desagradable. Es importante saber de antemano que los niños agresores no tienen rasgos en común: lo puede hacer cualquiera. Diría que los que están aislados no, porque hace falta el apoyo de la masa, así que fíate menos de los chicos populares y de las pandillas, pero hasta ahí.

Casi todas las conversaciones que he tenido sobre acoso escolar con no docentes (familias, adultos que fueron víctimas de pequeños…) se centran en cómo sancionar o cómo reparar los casos más graves. Las medidas más extremas en contra de los acosadores, como expulsarlos del centro, no sirven para mucho: deben estar escolarizados, así que los trasladas a otro centro, donde otra Jefatura, otro tutor, y otro Pepe el de las Gafas tendrá que bregar con ellos. Medidas como el internamiento en un centro de menores son más una fantasía de venganza que algo realizable; además supondría hacer cambios muy profundos en la ley, no algo que podamos hacer desde los centros.

Este post me sabe a poco; me gustaría poder decir “para prevenir el acoso hay que decir Esta Fórmula Mágica, y para arreglarlo si se produce, Cágima Lámufor Taes”. Pero no. Hay que decir, todos los días, muchas veces, las mismas obviedades. Y ni así.

 

 

 

 

Funciones del profesorado: las guardias.

Hay una noticia terrible estos días sobre una niña que ha sufrido una paliza en su colegio, en Mallorca. Ante esto es normal preguntarse qué estaban haciendo los profesores. No voy a hablar del caso, porque yo no estaba allí, y no conozco los detalles. Este post no entra en eso. Solo voy a hablar de la función de guardia y su relación con el resto del horario docente, y con los recortes en personal. Hay que recordar un par de cosas ante todo: no puedes pedir a la gente que trabaje gratis, es obligatorio permitir un breve descanso a mitad de la jornada, y los profesores tenemos que hacer cada hora (o fracción) una sola función que consta en nuestro horario, decidido a principio de curso. O estás en una reunión o estás en 1º C. No estás “a lo que surja”. Y lo que voy a decir se aplica a Secundaria en Andalucía aunque en general es así en el resto del país.

El horario de los profesores es bastante complejo. En primer lugar están las horas de clase, que ahora son por ley un mínimo de 20. En teoría el máximo son 21. Yo he llegado a tener 22 cuando el margen legal era de 18 a 21. Después de eso vienen las horas de obligada permanencia en el centro, hasta llegar a 25. En estas horas la mayoría de nosotros, que somos tutores, tenemos que encajar como mínimo lo siguiente: una hora de atender a las familias, una reunión de departamento, una reunión de tutores (así te reúnes con Orientación para saber cómo resolver problemas no académicos), y hasta este año, aquí se incluía una hora llamada de “tutoría académica”, para hacer papeleo como por ejemplo llevar las faltas de asistencia o llevar por escrito qué actividades haces con la tutoría, como por ejemplo resolver conflictos, llamar a una familia por teléfono, o lo que sea. Este año, esta última hora no forma parte de las 25, sino del llamado “horario no regular”. Aquí se recogen las actividades que se hacen con menos frecuencia, y no se pueden calcular por semanas. Se hacen según necesidad. Serían actividades de formación (os recuerdo que es un derecho del trabajador que la formación continua compute como tiempo trabajado), reuniones de evaluación, reuniones de equipo educativo (imprescindibles si te hueles un caso de acoso o tienes problemas de convivencia), participar en actividades extraescolares. Cosas así.

Ya tenemos treinta horas. Se supone que hay 7.5, hasta llegar a las 37.5, que vas a hacer donde quieras y que vas a dedicar a: preparar tus clases (os recuerdo que no queréis que use libros de texto), corregir actividades, y actividades administrativas o académicas de todo tipo. La formación suele cogernos bastante más de lo que oficialmente se considera “horario no regular”. Algunos profesores tenemos una coordinación, como por ejemplo “convivencia”, que significa que eres el responsable de las estrategias para evitar, prevenir, detectar y resolver el acoso y la violencia escolares.

¿Te has hecho un lío? Venga, te voy a dar un esquema.

  1. 20 horas: dar clase.
  2. 5 horas: horario regular no lectivo.
    1. Al menos 3 horas deberían ser reuniones.
    2. Si eres coordinador, 2 horas para eso.
    3. Lo que sobre son las guardias.
  3. 5 horas: horario no regular. Actividades que no son iguales todas las semanas. Al principio del curso se hace una estimación de qué vas a hacer.
    1. Reuniones no semanales. Entre quincenales y mensuales.
    2. Formación continua.
    3. Actividades extraescolares.
    4. Tareas administrativas.
  4. 7.5 horas: se supone que estás preparando clases, corrigiendo, o haciendo lo que no dio tiempo en las 10 horas anteriores.

¿Te parecen muchas reuniones? Quizá, pero si creo que estoy detectando un caso de acoso necesito hablar con Jefatura de Estudios que sanciona, con Dirección que también, con Orientación que propone soluciones, con los padres de víctima y agresor(es), con víctima, agresor(es) y testigos, con los demás profesores que dan clase a los mismos niños para saber si ellos han visto algo. Y eso solo se puede hacer si el horario de cada uno de los profesores tiene huecos que coincidan con los míos.

Cuando empecé en mi centro actual hace seis años, en las guardias de clase había tres personas, a veces dos. Entonces aumentaron las horas mínimas de clase de 18 a 20, y ahora estamos de guardia dos profesores, a veces uno. En las guardias de recreo había seis profesores y ahora hay cinco. Cada vez hay menos profesores de guardia porque las decide Dirección, que se ve atrapada entre la obligación de darle un horario legal a un profesorado insuficiente, y la obligación de que los estudiantes estén bien cuidados. “Pues que pongan más profesores”… ah, es que entonces ya no haría 25 horas, haría 26 o 27. ¿Que solo son dos horas? Primero que es ilegal. Y segundo, ¿por qué no quieres que yo siga con 18 o 19 horas de clase, 25 de permanencia en total, y así tengamos uno o dos profesores más, que nos hacen muchísima falta? ¿en serio quieres que estén en el paro todos esos aspirantes? Porque esa es la parte que se olvida cuando se dice que “los profesores se quejan por trabajar una hora más a la semana”: cada hora de más que hacemos supone un profesor menos por cada 30. No es “les vamos a pedir que trabajen más”, es “vamos a echar a la calle al 3% de los interinos”. Nunca se ha hecho para mejorar la educación sino para despedir o no renovar.

Visto esto, ¿en qué consiste hacer guardia? Es muy distinto hacer guardia de recreo o en horas lectivas. En una guardia de recreo tienes que vigilar todo esto:

  1. Que nadie se quede escondido dentro de las clases. A veces es muy difícil de impedir, y si hay algún hurto o pérdida se monta un lío.
  2. Que no quede nadie rondando por los pasillos. En mi centro hay cinco en dos plantas. En el anterior, ocho en cuatro plantas.
  3. Que vayan niñas al servicio de niñas, niños al de niños, que no se entre al servicio con objetos que puedan utilizarse para sabotearlos (en mi centro los atascaban con bocadillos, por diversión), que no se fume dentro. Esto lo haces sin entrar a menos que sea imprescindible, vigilas el pasillo.
  4. Hacer guardia de biblioteca. Puede que suponga llevar el servicio de préstamo, vigilar que los libros se devuelvan a donde corresponde, mantener el orden…
  5. Si se abre el gimnasio para que jueguen allí, vigilar el buen estado del material y que nadie entre con comida.
  6. Si el centro tiene cafetería a veces hay que controlarla. Depende del centro y de cómo sea el alumnado.
  7. Controlar el patio: que no haya peleas, que la gente que se esconde en los rincones no haga peleas o cualquier otra cosa ilegal, y ¡ay!, que no se tiren papeles al suelo.

Sí, todo esto lo hacemos entre cuatro y seis personas. ¿Dónde están los demás profesores? Disfrutando de su derecho legalmente reconocido al descanso a media jornada. O renunciando a él para adelantar trabajo que no se puede hacer en otro momento. Por ejemplo hablando con la Orientadora de un problema, llamando por teléfono a una familia, imprimiendo algo que vas a necesitar usar en clase, asegurándote de que el equipamiento tecnológico de un aula funciona para que eso no pise el tiempo de la clase, decirle al coordinador TIC que algo está roto, quedarte con niños a los que has castigado sin recreo, a veces ver a familias porque por la tarde no pueden venir y tú no tienes suficientes huecos en el horario en las horas de clase.

En las guardias en horas de clase las tareas son menos variadas. Lo más importante es que si falta un compañero, te vas a su aula, y vigilas a sus alumnos, que normalmente tienen una tarea que el profesor ausente ha dejado por escrito. No se nos sustituye hasta después de haber faltado dos semanas seguidas, así que si un profesor está enfermo esto es lo que toca. No das su clase, porque si eres de inglés y los alumnos de física, ya me dirás. Te limitas a decirles qué ha dicho el profesor que tienen que hacer.

Otra misión importantísima es controlar el pasillo entre clase y clase. Supongamos que son las 10:30. Ha terminado una clase e instantáneamente empieza la siguiente. Entre que un profesor que está en 1º A recoge sus cosas, sortea a los niños que hacen un corrillo a su alrededor, y llega a 2ºB, que puede estar en la punta opuesta del edificio, incluso si lo hace sin parar un instante va a pasar un tiempo en el que podría ocurrir cualquier cosa. Una que va a ocurrir segurísimo es que la gente va a salir al pasillo. Y ahí está el profesor de guardia, diciéndoles que vuelvan a meterse en su clase para no provocar aglomeraciones, peleas, accidentes y problemas varios. Parece una tontería, pero imagínate cuatro clases enfrentadas, cinco o seis niños de cada clase montando tertulia en mitad de un pasillo, y otro grupo más que necesita atravesarlo para llegar al gimnasio. Alguien se despista y le da por esconderse en los servicios, irse a la clase de otro con el que se ha peleado… en fin.

Si has estado dando clase y te toca guardia, los primeros cinco minutos necesitas hacerlo todo a la vez: acabar tu clase, vigilar pasillos e ir a sustituir a alguien. No te vale con saberlo desde las 8:30 porque si falta más de un profesor te tienes que coordinar con el resto del profesorado de guardia; si hay más profesores ausentes que de guardia (imagina un centro con 60 profesores, dos profes por cada guardia y la temporada de gripe) sigues lo que te mande Jefatura, que suele ser quedarte con los más pequeños.

Si la guardia es tranquila, tienes que estar localizable para por lo menos dos tareas. La primera es estar en el aulita pequeña a la que se manda a la gente expulsada de clase sobre la marcha, o a los alumnos que tienen una expulsión pero se considera conveniente que no falten al centro. La segunda es que si un alumno quiere avisar a casa para que lo recojan porque está enfermo, llamas tú. Si el instituto está muy cerca del centro de salud, puede que el protocolo sea llevarlos a Urgencias. En mi centro todos los días hay alumnado, por lo menos un par al día, llamando a casa porque les duele la cabeza o la barriga.  Si el centro es grande o hay problemas, puede que tengas que pasarte la guardia patrullando pasillos para ver si hay alguien escondido y escaqueándose con la excusa, por ejemplo, de ir al baño.

En conclusión: hacer guardias es un trabajo pesado y desagradecido para el que no tenemos personal suficiente. No te lo puedes llevar a casa, no lo puedes hacer al mismo tiempo que otra cosa, y cuantas más horas de clase damos, menos guardias podemos cumplir. Así de sencillo. Desgraciadamente, quinientos adolescentes en un sitio estrecho necesitan vigilancia aunque sean muy buenos y siempre puede pasar cualquier cosa. Con niños más pequeños, no me lo puedo ni imaginar. Así que las reclamaciones de los profesores para tener menos horas de clase no son para “trabajar menos”: son para tener más tiempo para estas tareas invisibles y necesarias.

21 días, día 20. Repesca.

Tengo náuseas desde anoche y no se me han pasado por la mañana. Antes de empezar, me paso un momento por la biblioteca pública para entregar el listado de alumnos que van a ir a sacarse el carnet.

Llego al instituto y hablo con una profesora de dos alumnos con problemas que compartimos en dos clases; me viene bien conocer su punto de vista (y si alguien trabaja con una de las dos sí y con la otra no). Hablo con la profesora de “apoyo”, de lo mismo. Mi jefe de departamento me consulta si resolví dos cuestiones cuando la jefa era yo, el año pasado.

Imprimo y fotocopio las letras de canciones que voy a usar en clase, y planeo qué voy a hacer en tutoría.

Entre unas cosas y otras, vomito el desayuno. Estoy mareada pero ya no tengo tanta fatiga. Me planteo irme a casa pero no sé que es peor, si poner patas arriba mis planes de hoy e irme a hacer cola a urgencias a por un justificante, o esperar a que se me pase, que los viernes son cortitos. El problema es, sobre todo, que lo que no haga hoy lo tendré que hacer el lunes o dejarlo sin hacer.

Primero. Vamos a la biblioteca porque quiero proyectar algunas fotos, escuchar una canción y quizá enseñar alguna página web si hay tiempo, y en su aula el ordenador se rompió hace un par de semanas. Vienen rápidos y en orden. Cuesta mucho empezar la actividad, pero cuando pongo la canción (Tom’s Diner) se quedan muy callados. Nunca han oído nada igual, lo sé. Algunos no apuntan nada, ni una palabra nueva de vocabulario, en toda la hora. Una niña se enfada muchísimo cuando le digo que deje de distraer al la compañera, y más tarde se niega a leer en voz alta. Pero en conjunto es de los días que mejor se han portado y más atentos han estado.

Recreo. Lo tengo libre, pero como no me apetece café me quedo en la sala de profesores. No tengo ganas de nada y se me pasa volando.

Segundo. Hoy es el único día que podemos dedicar a lectura porque los lunes y los jueves pregunto verbos, y los textos de lectura cogen la hora entera. El de hoy va de las diferencias entre ser un niño ahora y hace 30 años. Les cuento cómo era el sistema educativo antes; les digo que antes había “octavo de Primaria” y que la educación obligatoria se acaaba a los catorce. Dos repetidores dicen muchas veces que eso sería mucho mejor porque así podrían irse a trabajar al campo. Cuesta que se centren, pero cuando por fin lo consigo entienden el texto más o menos bien.

Primero. Este grupo había olvidado que la clase era en la biblioteca. Ay. Tardamos quince minutos en estar instalados y empezar. Mientras tanto, un chico está muy alterado, hasta agresivo, porque gente de cuarto les ha bloqueado el paso cuando iban de una optativa a su aula principal. No pasa a menudo, ni siquiera todos los años, pero si los alumnos de cuarto le hacen algo a los de primero, es eso: cortar el pasillo. Nunca había visto a uno de los chiquitos tan enfadado; ninguno de sus amigos está como él. Intento que se tranquilice pero le dura toda la hora.

Aquí Tom’s Diner no tiene el mismo éxito. Gusta, pero hay por lo menos tres corrillos de gente hablando y no los puedo separar bien porque estamos faltos de mesas. Dos niños que suelen ser muy buenos se pelean, no sé si en broma, y hay que separarlos por lo menos tres veces. No da tiempo de corregir.

Tutoría. Lo primero, como siempre, es que media clase no quiere sentarse donde les he puesto. Cedo en unos casos sí y en otros no. No hay nada urgente ni obligatorio previsto, así que dedico un buen rato a hacer una relajación como la de las clases de yoga. Como meto ideas nuevas, no se callan, pero al final sale. Luego les leo lo que dice Beppo en Momo sobre cómo barrer una calle entera, diciendo que es un libro sobre una niña que combate a unos vampiros del tiempo de los demás. Mi resumen les suena a In Time, la película. Está calladísimos mientras escenifico ese monólogo, y al final alguno aplaude en broma. Aprovecho para repasar mi particular versión de “cómo priorizar tareas” apta para las agendas apretadas de 2º de ESO. En los últimos 20 minutos vemos el principio de Vida de Pi. Luego pienso que debería haber pensado en decorar la clase. Vuelvo a casa agotada, con el cerebro frito.

En casa, me dedico a corregir cuadernillos de pendientes. Los alumnos con una o dos materias suspensas de cursos anteriores pueden pasar al curso siguiente, pero las tienen que recuperar. Esto también afecta a los alumnos que han pasado curso automáticamente, porque no se puede “trepetir”. Es decir, un alumno que por ejemplo haya repetido 1º, y en septiembre le hayan quedado cuatro, pasa a segundo con esas cuatro pendientes, y repetirá segundo si no las aprueba. Inglés 1 e Inglés 2 son dos materias diferentes a este respecto, ojo. Eso sí: se suele aplicar la regla de que aprobar la asignatura mayor convalidaría la menor. Desde hace alrededor de diez años, a cada alumno con asignaturas pendientes hay que hacerle un seguimiento que significa que no se lo juegan todo a un examen de recuperación en primavera. A veces hay que entregar un cuadernillo de tareas en febrero y hacer un examen en mayo, a veces hay dos cuadernillos, o dos exámenes. Es algo que decide cada departamento.

Lo habitual es que los alumnos se descuelguen e intenten, como mucho, hacer el examen de mayo o el de septiembre. Este año, como tengo muchos alumnos que arrastran la asignatura y el idioma tiene la ventaja de que se recicla, cada vez que pongo deberes en segundo y en tercero me detengo en recordar a qué tema de cursos inferiores corresponde el que estamos dando. Así, el tema 2 de tercero es el 3 de sgundo y los 7 y 8 de primero. Redondeando, de mis 70 alumnos que no son de primero, 20 tienen inglés arrastrando y 5 me han entregado a tiempo el cuadernillo de febrero. Puede que la semana que viene recoja alguno fuera de fecha. Corrijo tres, los demás me los he dejado en el trabajo. Están bastante bien, pero incompletos.

Horas lectivas: 4
Horas no lectivas: ninguna.
Horas reales trabajadas: 7:30.
Tareas pendientes: alrededor de 20.

Mañana no habrá 21 días. Pondré unas conclusiones el domingo o el lunes.

 

Cultura libre, innovación educativa.

cursos_bibhuelvaCursos de introducción al uso de internet en la Biblioteca Pública de Huelva.

Inauguramos el curso escolar con una colaboración de Undívaga, que dio estas opiniones en forma de tuits el 30 de agosto. Donde ella dice “cultura libre”, yo leo “innovación educativa”. Y me lo aplico hasta donde alcanzo. Bienvenidos al nuevo curso.

La cultura libre no es solamente ponerte un sellito de copyleft en el blog. Es sobre todo luchar por una educación pública de calidad.

Cultura libre es dotar adecuadamente las bibliotecas y dejar que se llenen de gente con ganas de leer.

Cultura libre es dotar de recursos a los institutos para inspirar a los jóvenes que pasan allí la etapa más creativa de su vida.

Cultura libre es que recibir una beca no te condene a trabajar para evitar morir de hambre y perder la beca al año siguiente.

Cultura libre es que el hijo del burgués quiera entrar en FP.

Cultura libre es que ningún niño llegue sin desayunar al colegio.

Cultura libre es luchar (de verdad) para acabar con el fracaso escolar en España. Y no, esto no tiene que ver con la “cultura del esfuerzo”.

Cultura libre es no permitir que los niños más vulnerables tengan miedo o vergüenza de ir al colegio.

Cultura libre es, por último, permitir que vuelvan al sistema educativo todos los que un día se marcharon de él para pasar a sostenerlo.

Presumir de cicatrices.

Violencia de género quería decir Ana Orantes en llamas. Desde luego, no quería decir que tras la mordedura de un perro en una urbanización pija, mi mayor preocupación fuera la reacción de él cuando se enterase. Y tenía razón: reaccionó mal, aunque no por mi accidente. Fui a recogerlo a la estación tras un viaje, llegué tarde por culpa de la cojera, y estuvo un par de horas sin hablarme.

A las mordeduras no se les pueden poner puntos porque son heridas muy sucias y coser atraparía las posibles bacterias dentro, así que me tocó pasar alrededor de tres días sangrando y diez más con vendajes, hasta que la herida cerró. El primer día libre de todo aquello, estábamos invitados a casa de unos amigos. Eran los tiempos de la Universidad, cuando una casa sin padres era fiesta obligada, pero como estábamos todos emparejados y éramos pocos y vagos, el plan era tranquilo, pizzas y vídeos. En aquella ocasión estaban allí mi prima, su novio, y dos o tres personas más que yo conocía poco. Comenté la mordedura, y la raza del perro. Nadie se creía que un pastor alemán fuera capaz de atacar con tanta saña, yo estaba segura de que el perro no podía ser ninguna otra cosa, y la discusión fue cortada en seco por él. “Bueno, ya está bien, ninguno de nosotros puede saber qué raza era”. Cambio de tema.

Cuando se fue de allí toda la gente que yo no conocía, me bajé la cinturilla elástica del pantalón para enseñarle la cicatriz a mi prima. Aquel horror me quedaba a la altura de donde habría tenido bolsillos un pantalón que no fuera esa especie de pijama de verano. Y sin más, nos fuimos.

La casa de la fiesta quedaba a medio camino entre mi casa y la de él. No recuerdo porqué tuve que llevarlo a su casa. Quizá su coche estaba roto o algo así. Nos montamos en el coche y él sólo decía frases cortas y desagradables. Estaba acostumbrada al silencio como castigo, y apenas empezaba a darme cuenta de que era una estrategia deliberada. Me recordó al día de la recogida en la estación y a alguna vez en la que comenté que prefiero pelear a los muros de silencio. Le pregunté que qué pasaba. Esta vez había dos problemas.

Problema número uno: yo era una niñata prepotente que siempre quería tener razón, como demostraba mi empeño en discutir sobre la raza del perro que me había mordido y del que llevaba dos semanas hablando con vecinos de los dueños, médicos y una abogada.

Problema número dos: yo le había enseñado el culo al novio de mi prima. Sí, ese novio que llevaba con ella desde el colegio y al que yo llamaba ante extraños “mi cuñado” había visto mi provocativo culo al enseñarle la cicatriz fresca de la herida. Porque yo iba provocando. Queriendo o sin querer. Porque yo no sabía estar en los sitios.

A estas alturas yo había detectado una maniobra que consistía en machacar preguntas que sólo se podían contestar con sí o no, e insistir si la respuesta no era la deseada. Yo hice lo mismo, pero sin insistencia, despacio. El coche había salido del pueblo y bajaba la amplia cuesta en dirección a la ciudad cuando  le hice la pregunta definitiva.

– Entonces, ¿te avergüenzas de mí?
– Sí, Eugenia, ¡me avergüenzo de ti!.

Ese fue el momento en el que corté con él, pero él no lo sabía. No tenía nada más que decir. No recuerdo si él dijo algo. A dos semáforos de su casa, pensé que la única decisión que me quedaba por tomar era si comunicarle que acababa de romper con él. Al día siguiente había una fiesta familiar en su casa, un cumpleaños infantil, y consideré por un momento darle plantón. No lo hice. En la puerta de su bloque y sin salir del coche tuve lo que quise que fuera nuestra última conversación (no lo fue, hubo algunas más y me insultó en todas ellas).

– Me has dicho que te avergüenzas de mí y por eso no quiero verte nunca más.

Repetí la misma frase, quizá con distintas palabras, hasta que salió del coche.

A continuación, pensé que tenía un problema. Tenía que garantizar a toda costa que no me iba a arrepentir de lo que acababa de hacer y que ninguna presión iba a conseguir que volviera con él. Puse música, algo calculado para no asociarlo a nada, bueno o malo, de nuestra relación. Tenía suerte de llevar en el coche un disco nuevo, recién comprado, más bien alegre y sin canciones de amor. Y repetí todo el camino de vuelta: “acabo de cortar con él”.

Eran las tres de la mañana cuando llegué a casa. Mis padres dormían y mi hermano no estaba. Marqué el número de teléfono de mi mejor amiga; sabía que estaría de fiesta en la playa. Ruido de bares.

– He cortado con él.
– Qué dices.
– Que he cortado con él.
– Un momento. Me estás diciendo una cosa muy rara. No sé. Espérate. Vuelve a empezar.

Supongo que le conté los detalles, pero me quedé con los pies fríos. En adelante, ella no me sugirió nunca que volviéramos, pero su actitud fue ambigua. Para ella, habíamos tenido una ruptura de las normales. Me quedé con ganas de más y llamé a mi hermano. Más ruido. Otro bar. Otro “espérate” y una conversación muy diferente. Me dijo que llamara a mis padres, que se iban a alegrar. Yo no lo creí. No me parecía que mis padres se alegraran por nada últimamente. Pero por probar, cuantas más veces lo dijera, cuanta más gente lo supiera, más real sería lo que había hecho.

En la habitación a oscuras me senté en el lado de la cama donde estaba mi padre. Mi madre estaba escuchando, pero eso sólo lo supe más tarde. De entrada, se hizo la dormida. Les conté a los dos lo que había pasado esa noche. Ellos ya me habían visto cada vez más irritable y agresiva los meses anteriores, e imagino que se hacían una idea de lo que estaba pasando. Más adelante no les he contado detalles, sólo los efectos de todo aquello.

En días posteriores, me dediqué a salir muchísimo y pasármelo lo mejor que pude. En eso tuve todo el apoyo de mi prima y de su pandilla de toda la vida. Un grupo-burbuja de gente que se conocía desde hacía 15 años se abrió un instante para absorber a alguien nuevo, y se cerró a mi alrededor. Debieron entender que era un caso desesperado.

Él me persiguió sin mucha insistencia durante varios meses. Siempre seguía el mismo patrón. Tenemos que hablar, yo ya te he dicho todo lo que tenía que decirte, eres una niñata egoísta. Una vez y otra. Meses más tarde, por curiosidad, continué la conversación, y así fue como supe que todo lo que has leído es mentira. Sí, como lo oyes, mentira. Yo no le dejé, me dejó él a mí, porque yo tenía miedo al compromiso.

La cicatriz sigue ahí. Es muy fea, pero pequeña, se ha desdibujado todo menos el centro. Solo la ves si sabes buscarla. A veces da sin avisar un dolor como pinchazos. Quién me mandaba a mí confiar en aquel perro.

Bienvenidos al nuevo curso.

DSC_0052Os esperamos.

Saludos.

Al hijo único que empieza en la guardería, y a su madre que suspira.

A la niña gorda que piensa que este año sí por fin se va a atrever a jugar al elástico en el patio, a pesar de la vergüenza.

Al niño sin amigos que ha pasado un verano tan aburrido que está deseando que el curso empiece para tener algo que hacer.

Al niño acosado de su misma clase que tiene pesadillas con la vuelta.

A la maestra que pospuso ir al médico a ver si con las vacaciones se le pasaba su sospecha de que estaba deprimida, y que hoy piensa que no debería haber pospuesto esa consulta.

Al maestro al que el ardor de estómago, el dolor de espalda y la erupción de la piel se le esfumaron mágicamente a eso del 10 de Julio, y se siente como nuevo.

Al muchachito asustado que va a empezar 1º de ESO en una ciudad nueva.

A la chica que pasa frío en casa y hambre en el instituto, y lo ha aceptado como la normalidad.

A la directora que lleva una semana sin dormir, intentando que los horarios cuadren con un profesor menos de lo que necesita.

Al quinceañero repetidor que no le interesa nada de lo que ocurre entre estas cuatro paredes y cuenta los días que le faltan para cumplir 16 años.

A su tutora.

A la estudiante de 4º de ESO que quiere hacer Medicina y ya teme que no le va a dar la nota de Selectividad.

A su compañero de clase, de letras, que saca diez en todo y no tiene ni idea de qué estudiar después.

A quienes están en bolsas de trabajo, esperando sustituir.

A quien acaba de aprobar las oposiciones y aún no se lo cree.

A la estudiante que pasa fines de semana enteros ayudando en el bar de sus padres.

A las cuidadoras de sus hermanos.

A los padres que han tirado de tarjeta para pagar los libros de texto.

A quienes se van a estudiar a la Universidad, con beca, y echan cuentas de cuánto van a poder estirar el dinero.

Al parado de larga duración que empieza un ciclo de Formación Profesional.

A la limpiadora de un colegio con goteras.

Saludos, compañeros míos.

Control del discurso, otra más: demuéstramelo.

Voy a traducir, con el amable permiso de la autora, una serie de tweets de Bayley the Bookworm, conocida en Twitter como . La secuencia completa está en inglés aquí.

¿Qué es lo que les pasa a los tíos que piensan que pueden exigir que las mujeres “demuestren” su experiencia? (ya sé lo que les pasa a los tíos, no estoy preguntando de verdad). Es importante recordar que cuando un tío dice “demuéstralo”, lo que quiere decir es “no voy a aceptar ninguna prueba que puedas darme”. ¿Tu experiencia personal? No basta. ¿Experiencias de varias mujeres? No basta. ¿Encuestas? No basta. ¿Estudios científicos? No basta. ¿Otro tío que te da la razón? Quizá funcione, a veces.

Es porque no se trata, de verdad, de que los tíos quieran pruebas. Saben que las hay. Lo que quieren es agotarte, es un juego de poder. Saben que sus voces tienen más peso, así que dan por hecho que pueden exigir trabajo emocional e intelectual para divertirse. Ya se han declarado árbitros de si tu experiencia cuenta o no, y ya han decidido que no.

Añadiría esto a algo dicho por @undivaga, y cito de memoria. Quien te pide que clarifiques más de una vez o dos no quiere entenderte mejor, quiere agotarte.

Poema-nota: Things to make and do.

Compuesto durante una lección basada en el poema de William Carlos Williams.

Things to make and do.

Book a holiday.
Get a haircut.
Buy a miniskirt.
Call my friends.
Change the lock.
Pack his clothes.
Block his number.

Tareas pendientes.

Unas vacaciones.
Cortarme el pelo.
Comprarme una minifalda.
Llamar a mis amigos.
Cambiar la cerradura.
Hacerle las maletas.
Bloquear su número.

¿Tienden a recaer las maltratadas?

Un lugar común bastante frecuente entre quienes saben poco sobre violencia de género es que las maltratadas que consiguen librarse de su agresor pueden caer en otra relación destructiva, ya sea porque ellas eran así de antes, con tendencia a sentirse atraídas por hombres que las agreden, o porque el resultado del maltrato es dejarte “tocada” para siempre y vas a caer en los mismos errores.

El primero de estos argumentos es fácil de desmontar. “Las mujeres maltratadas tienen, de antemano, una concepción de las relaciones humanas que las hace caer bajo el control de maltratadores”. El problema es que sufrir maltrato, abusos, o acoso, tiene efectos sobre la personalidad, a corto, medio y largo plazo. Se ha definido “el síndrome de la mujer maltratada”, con rasgos que son, fundamentalmente, los de la indefensión adquirida. Por ello, cualquier estudio a posteriori sobre qué tienen en común las víctimas, nunca va a servir para saber qué provocó que llegaran a serlo. Si realmente quisiéramos contestar a esa pregunta, tendríamos que tomar a personas que nunca hayan sido víctimas de maltrato infantil, acoso escolar, ni ninguna clase de violencia sistemática, hacerles una batería de tests, y volver a preguntar dentro de unos años, para ver si han acabado en relaciones violentas o no.

Pasemos ahora a la segunda versión. Ser maltratada te predispone psicológicamente a volver a serlo. Observemos cómo se sale de una relación así:

1) Deprimida, o con síndrome de la mujer maltratada. La maltratada se culpabiliza de lo que ha pasado. Es muy importante que la relación la ha roto ella: los maltratadores no rompen con sus parejas. O ella se va, o la matan. Una superviviente de maltrato es una viuda, o una mujer que ha dejado a un hombre del que lo último que sabes es que te considera una zorra egoísta.

2) Es posible que tenga que huir, esconderse, cambiar de vida social. Es posible que su ex-pareja la acose para que vuelvan o sólo para molestarla.

3) Es posible que tenga cargas familiares. Tiene que hacerse cargo de los niños ella sola, o los ha dejado atrás. Es posible que él le controlara el dinero. En cualquier caso, es poco independiente en lo material/económico.

Estas circunstancias, en primer lugar, convierten a las mujeres maltratadas en parejas poco atractivas a los ojos de cualquier hombre, ya sea un maltratador en potencia o no. Y son, también, razones de tipo práctico por las que una superviviente necesita bastante tiempo para empezar a pensar en nada que no sea… bueno, sobrevivir. De todas maneras, los expertos encuentran que las mujeres que han abandonado una relación violenta suelen ser muy reacias a establecer nuevas relaciones románticas.

Por otra parte, la violencia de género se vive en privado, no se habla mucho de ella después, y cuando la gente la conoce, le pone excusas. Comparémoslo con situaciones parecidas: el acoso escolar y el mobbing. Mis amigos que fueron víctimas de acoso escolar tienen bastantes rasgos en común:

– Son a menudo gente sensible. No es razon para ser acosado pero sí para percibir la violencia escolar como tal acoso.

– Son selectivos con sus amistades. Algunos son introvertidos y otros no, pero prefieren estar solos a mal acompañados.

– Muchos rehúyen situaciones que tienen algo que ver con el ambiente social escolar, con cosas que parece que tienen algo que ver. Algunos que he conocido estudiando carreras de Humanidades tenían muy claro que no pensaban ser profesores, que no iban a poner los pies en un colegio en su vida.

– Normalmente, no han tenido problemas para “rehacer sus vidas” a partir de infancias que a menudo fueron traumáticas. Algunos sí, pero son excepción.

Y sobre las personas que han pasado por un acoso laboral, lo único que les veo en común es que algunas evitan situaciones parecidas a las que llevaron al acoso: tras dejar la empresa o cambiar de jefes, han creado la suya propia para no tener jefes, o han hecho lo necesario para no caer en la red de mentiras de un jefe nuevo, o el trabajo ha dejado de ser menos importante en sus vidas que antes. En resumen, seguro que conoces casos así: personas que han pasado por traumas no sentimentales y que luego no los han repetido.

Finalmente, hay una razón bastante sencilla para creer que las maltratadas repiten: que la violencia está por todas partes. Alrededor de un 25% de las mujeres y 10% de los hombres son víctimas de violencia en relaciones íntimas. Sobre los niños, cerca de un 20% de las mujeres y un 5 a 10% de los hombres adultos manifiestan haber sufrido abusos sexuales en la infancia. Esto es lo que confiesan adultos, vete a saber cuál es la verdad, que es necesariamente mayor. Un 25 a 50% de los niños de ambos sexos refieren maltratos físicos (OMS). Esto no incluye la violencia emocional. Ante cifras así, es muy difícil encontrar mujeres que nunca hyan sido maltratadas de manera reincidente. Lo fácil es atribuirles la causa a ella. Ver la violencia que todos respiramos, la cultura de la violación, el patriarcado en todo caso, nos convierte en peces que se dan cuenta de que están mojados.

Recomendaciones de lectura:

Marie France Hirigoyen, El acoso moral.
Donald Dutton, The Domestic Assault of Women.

¿Piropos feministas?

Cuando se tiene poca o ninguna idea sobre desigualdades sociales, es fácil y frecuente pensar que las discriminaciones son todas agresiones reconocibles, con intención dañina, con la agresión física como principal y más grave ejemplo. El piropo o acoso callejero es un ejemplo de que esto no es, en absoluto, así.

piropo 1El piropo callejero a una desconocida es un recordatorio de que “ella es su cuerpo”. No importa si es apreciativo, o más o menos sexual. Las mujeres somos valoradas por nuestro cuerpo, por ser bellas, o bonitas; somos decoración. Es algo muy difícil de explicar mediante metáforas o analogías, como “imagínate que te lo dice un hombre homosexual”, porque no entra solo la amenaza más o menos plausible de agresión sexual, sino la falta de respeto, la opinión que no has pedido, el recordatorio de que quien te interpela pertenece a un grupo social con ventajas sobre el tuyo, que ese comentario o mirada se suma a todos los demás que has vivido.

piropo 2Pero si tú, amable lector hombre, o mujer que no se ha planteado nunca esto, te preguntas, ¿y no es posible el piropo feminista? ¿no le puedo decir nunca a una mujer que está guapa?, no sufras más. Aquí tienes una pequeña guía para poder halagar con gracia, estilo, y feminismo.

  1. Piropea a tus iguales. A gente en situación de inferioridad, no. Por ejemplo, ahórrate los comentarios a una empleada si eres jefe, o a una camarera, dependienta, etc. Esa persona no te lo puede devolver, no te puede contestar, y seguramente le han dicho muchas cosas parecidas aunque no sea con tu elegancia y con tu buena intención. Si por lo que sea, no puedes resistirse a elogiar a esa persona, hazlo al irte. Cuando despachaba en una freiduría, no era lo mismo un saludo con una broma que una despedida con una broma.
  2. No lo hagas en una situación de la que la mujer no puede salir. Por ejemplo, un medio de transporte. Sí, tú eres un encanto y tienes unas intenciones de lo más honorable. Pero si me haces algún comentario en el autobús, sería de lo más normal que me sintiera atrapada.
  3. A mí me gusta más que se refieran a lo que hago o tengo que a mi cuerpo. Me resulta menos sexual, y por lo tanto menos amenazador. Además, estoy acostumbrada a que otras mujeres comenten la ropa que llevamos, no sé si sería así en todas partes.
  4. Dime qué te gusta de mí, no qué te gustaría hacerme o que yo hiciera.
  5. Dirígete a mí, no a mis acompañantes. La de veces que mi marido y yo nos hemos reído después a espaldas de algún imbécil que ha intentado establecer con él algún tipo de solidaridad masculina por hablar con él de mí como si yo no estuviera delante.
  6. No piropees en un auditorio, y mucho menos profesional. Estás hablando de algo personal; no lo pases al ámbito público. Uno de los momentos más desagradables de mi vida profesional tuvo lugar cuando un inspector de educación se dirigió a una clase de alumnos míos de 3º de ESO comentando sus opiniones sobre mi cara, mi sonrisa y mi juventud. Tartamudeando.
  7. Elogiar a mujeres que conoces muy, muy poco, bueno. Elogiar a completas desconocidas, no, nunca. Yo llevaría muy bien algo dicho por el padre de un alumno, el dependiente en una tienda, el amigo de un amigo… y casi siempre me va a sentar mal algo dicho por la calle sin venir a cuento.

Pregunté por twitter a varias mujeres si alguna vez les habían dicho un piropo agradable, no amenazador, y esto fue lo que respondieron (edito lo justo para fundir varios tweets)

@Child_Deirdre: A mí el otro día me dijeron que debería usar lentillas porque con gafas se me ven menos los ojos y los tengo muy bonitos.Fue el amigo de una amiga, en un pub.

@Xiscally: Ya lo he contado muchas veces, pero un señor muy mayor en un supermercado qué me dijo “Tiene usted unos ojos preciosos, soñadores”. No resultó invasivo ni amenazador, en parte porque parecía una persona muy frágil, recuerdo pensar cómo podía venir a comprar solo. Y venía a ser una suerte de agradecimiento por haberle enseñado dónde estaba el pan, que no lo encontraba. O al menos yo lo vi así.

@Angua: no sé si cuenta pero un compañero de la radio al que no conocía mucho me dijo que tenía una voz muy bonita. No es un piropo al uso.

@MartaRichy: “Se me cuida, se me lava y me guarda el agua para hacer perfume”. El que más me ha gustado, me lo dijo una amiga chilena ^^

@Noeliammz: Los q te piropeen por la calle, en vez de llamarte tía buena, deberían llamarte tía inteligente.(Un compañero de clase hace 18 años)

@undivaga: el jardinero de la urbanización, un señor de unos 60 años, al verme salir de casa por la mañana: “tu sonrisa me alegra el día”. Me gustó porque más que un piropo, era una forma de decirme que me apreciaba como persona y le gustaba verme contenta.

@HelenaconH: Una vez me cruzó con dos chicos y uno le dijo al otro para que yo lo oyera y mirándome: mira que chavala más guapa. Ya.
@Hablaqueescucho: Lamentablemente, no recuerdo. Tampoco es que me entere mucho xD. Bueno, una cursilada dicha con cariño sobre ojos como estrellas xD.
¿Y el mío? Bueno, quizá éste: