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Studio Ghibli y largometrajes anime: una guía de visionado.

Poco a poco, las películas de Studio Ghibli han ido creando fans en España. Crean un universo bello, imaginativo, con personajes maravillosos y con modelos femeninos más interesantes que los de Disney. Sus obras también son excepcionales en Japón, donde la inmensa mayoría de los largometrajes de animación son obras de consumo fácil, vinculadas al manga y a series de televisión, aunque gracias a la influencia de Ghibli han surgido otras películas en la misma línea, de éxito y calidad variable.

No todas las películas de Studio Ghibli están pensadas para el mismo tipo de público ni son adecuadas para niños pequeños. Voy a comentar todas las de Ghibli y todas los largometrajes japoneses de animación que me parece que resisten la comparación, por orden de grupo de edad al que van dirigidas. Dentro de cada grupo de edad, las ordeno según me gustan más o menos. Están dirigidas por Hayao Miyazaki mientras no diga lo contrario. Las que tienen asteriscos no son de Studio Ghibli.

Películas para preescolares:

totoroMi Vecino Totoro.

Ponyo en el acantilado (2008): El remake feminista de La Sirenita. En el cuento original no sobrevive a salir del agua y se convierte en espíritu del aire, con un príncipe bastante egoísta y bobo. En Disney, el amor es la entrega absoluta, pero eso sí, ganas al príncipe y te quedas el reino. Studio Ghibli presenta otra visión, con un niño encantador que sabe lo que es amar mucho mejor que todos los príncipes azules. Y con Ponyo, una sirenita maravillosa. Una película de verdad, de verdad, para todas las edades.

Mi vecino Totoro (1988): Olvida los mensajes didácticos y la “educación en valores” (que la hay, y mucha). Una fantasía pequeña, preciosa, sobre cosas que dan miedo pero al final salen bien. Por eso me parece buena para niños pequeños: ¿habrá algo que dé más miedo que una enfermedad de tu madre?

Películas infantiles pero con algo más de complicación:

wolf-childrenLos niños lobo.

El viaje de Chihiro (2001): Lo que me gustaría que inspirase el próximo siglo de cine infantil. Perfecta, redonda.

La princesa Mononoke (1997): Puede que el principio le dé miedo a niños pequeños. Una maravilla sin comparación con nada.

Porco Rosso (1992): Puede ser una buena introducción al cine bélico clásico y a las guerras mundiales porque es accesible a niños muy pequeños. Admite muchos visionados porque la entenderán mejor según crezcan.

El Castillo ambulante de Howl (2004): En la línea de fantasía de Chihiro y Mononoke, pero un poco más sombría.

El Castillo en el cielo (1986): una fantasía algo absurda en la que destaca la primera de las “Ancianas Ghibli que parece que van a ser malas pero luego resulta que no”, la abuela pirata.

Los niños lobo*** (Mamoru Hosoda, 2012): Un cuento tan triste a ratos, que parece de Takahata: la historia de una mujer humana cuyos hijos son niños-lobo. Una historia muy bonita. Fuera de Ghibli, de lo más adecuado para menores de diez-doce años.

El cuento de la princesa Kaguya (Takahata, 2013): estéticamente preciosa, dividida en dos mitades, la primera más divertida y la segunda más melancólica.

Arietty y los diminutos (Hiromasa Yonebayashi, 2010): Los Diminutos están en la misma situación que los tanukis: viven en los cimientos de una casa y dejan de tener una vida tranquila. En lugar de usar animalitos o un bosque, esta vez el mensaje ecológico es una metáfora con seres imaginarios.

El niño y la bestia*** (Hosoda, 2015): Chihiro + Karate Kid = Esto. Muy entretenida y a un nivel imaginativo y de calidad muy alto.

Pompoko (Isao Takahata, 1994): La película más divertida de su director. Los protagonistas son “tanukis”, un animal japonés de aspecto similar a un perro o un mapache. En el folklore se dice que son listos y pueden transformarse en cualquier cosa, sobre todo en personas, y los tanukis protagonistas usan ese poder para intentar impedir que se urbanice el bosque donde viven. Es una de las películas con mensaje conservacionista más claro.

Kiki’s Delivery Service (Kiki, aprendiz de bruja) (1989): Flojea un poquito, aunque tiene el encanto de todas las historias de aprendices de brujos y brujas, niños solos que se las apañan en el mundo adulto…

Cuentos de Terramar (2006): La única película de Ghibli de la que he visto malas críticas, pero se deja ver.

Películas adecuadas para preadolescentes y jóvenes: Seguramente habrá niños que disfruten de estas películas. No es que tengan contenido inadecuado, ya que son casi todas bastante blanditas, sino que no están hechas con niños pequeños en mente.

nausicaaNausicaa del valle del viento.

Nausicaa del valle del viento (1984). El mensaje ecologista tan frecuente en Ghibli está mezclado aquí con un ambiente postapocalíptico.

Tokyo Godfathers*** (Satoshi Kon, 2003): una pequeña maravilla: la aventura navideña de tres personajes callejeros intentando localizar a los padres de un bebé abandonado. Toca algunos temas duros (empezando por el abandono de la niña). No tiene elemento sobrenatural, pero se basa mucho en la idea de las coincidencias y casualidades.

La tumba de las luciérnagas (Takahata, 1988): probablemente la película más famosa de Takahata. No sé si pasará en más sitios, pero mis alumnos llegan a una edad, a la altura de 2º o 3º de ESO, en la que se obsesionan con la Segunda Guerra Mundial. Es algo “guay”, es la guerra más importante que conocen y quizá la mayor de la historia, Hitler tiene tintes de villano de cómic… esta es una película que puede educar sobre cómo son las guerras de verdad.

La colina de la amapola (Goro Miyazaki, 2011): Quizá la mejor de las tres historias de instituto. Uno de sus sub-argumentos tiene que ver con el conservacionismo… urbano: el instituto lucha contra la demolición del viejo edificio que usan para alojar sus clubs y asociaciones juveniles.

La chica que saltaba a través del tiempo*** (Hosoda, 2006): Lo mejor de las historias costumbristas de instituto con un añadido sobrenatural cuando una chica descubre que puede viajar en el tiempo a momentos anteriores de su vida. Para los acostumbrados a Ghibli, la heroína puede ser un poco irritante: más pasiva, más dependiente, más… tonta. A pesar de ello es una película bonita.

Summer Wars*** (Hosoda, 2009): El “Juegos de Guerra” de esta generación. En serio, si de pequeño te gustó Juegos de Guerra haz un programa doble con niños, pizzas y palomitas. Aquí el malo en vez de ser la política internacional son los virus y el robo de datos personales. Tiene su historia sentimental con adolescentes que se hacen amigos o se enamoran, su encantador Japón rural, su drama familiar de fondo…

Puedo escuchar el mar (Tomomi Mochizuki, 1993), Susurros del corazón (Yoshifumi Kondo, 1995): Historias sencillas y realistas de amor adolescente.

Haru en el reino de los gatos (Hiroyuki Morita, 2002): el contrapunto de fantasía al costumbrismo de Susurros del corazón: la película del cuento que escribe la chica protagonista de Susurros.  Puede ser infantil pero tiene algo más de sentido si hemos visto Susurros primero.

Cuando Marnie estuvo allí / El recuerdo de Marnie (Hiromasa Yonebayashi, 2014): Con un punto de partida frecuente en Ghibli, la mudanza de una niña de ciudad a un pueblo, se cuenta una historia un poco triste paralela a cómo la chica se integra. Menos original que otras de la productora.

Películas de temática adulta: Si son adecuadas para adolescentes ya es cuestión de la madurez y los gustos de cada uno.

paprikaUna escena onírica de Paprika.

El viento se levanta (Miyazaki, 2013): La biografía de un ingeniero que diseñó los principales avances aeronáuticos japoneses para la Segunda Guerra Mundial. Se trata de pasada el conflicto ético que ello supone; Jiro Horikoshi era un técnico que quería hacer máquinas voladoras bellas, y tras la guerra continuó, de hecho, haciendo aviones de transporte civil. Lo que la hace menos adecuada para niños que Porco Rosso o incluso La Tumba de las Luciérnagas es su ritmo muy lento y la inserción de una historia de amor que al principio es lenta, frenando la acción principal, y luego se vuelve muy triste.

Mis vecinos los Yamada (Tahakata, 1999): Para mí, muy divertida aunque con un humor muy peculiar que va de lo ridículo a lo surrealista con muchas dosis de costumbrismo. Los Yamada son una especie de Simpsons japoneses, metidos en aventuras como perder a su niña pequeña en el supermercado o protestar porque la madre siempre pone lo mismo para cenar.

Paprika*** (Satoshi Kon, 2006): Con un argumento que es casi una excusa (un invento para grabar sueños sale mal cuando un error permite entrar en la conciencia de los usuarios) se crea una obra con una estética bellísima y un desarrollo muy original. Para gente sensible a estos temas aviso que hay violencia sexual hacia personas inconscientes.

Ghost in the Shell*** (Mamoru Oshii, 1995): Para hacer un programa doble, o triple, con Blade Runner y Matrix. Acción, ciencia ficción, reflexiones filosóficas sobre la inteligencia artificial y el poder de la tecnología para controlar nuestras vidas… Tiene un modo de contar más anticuado (o menos occidentalizado) que las demás películas de esta lista, se nota diferente, pero la incluyo porque sigue siendo buenísima.

Recuerdos del ayer (Takahata, 1991): Me han contado que hay muchos japoneses urbanos que pasan sus vacaciones en la zona rural de donde sea originalmente su familia, y allí trabajan en el campo. Un poco por recuperar sus raíces o por patriotismo, para mejorar la productividad de la zona. Esta es la historia de una mujer que sigue esta costumbre y se enfrenta a sus recuerdos de infancia y a la posibilidad de tener una relación amorosa. Una historia costumbrista, bonita, completamente pensada para público adulto, pero muy tierna.

Millenium Actress*** (Kon, 2001): Quizá la más confusa de las películas del director, parte de una entrevista a una ficticia actriz,  ya anciana, y sirve para repasar la historia de Japón, a través de su vida y de sus películas.

Si he contado bien, son veintinueve películas. ¿Cómo redondearías hasta treinta?

Ellas los prefieren malotes… pero se casan con los angelitos.

A los efectos de este post, “clase media” significa grupo social prestigioso que necesita trabajar para vivir pero no realiza trabajo manual. Es una definición sociológica que no tiene nada que ver con lo económico. La clase media en sentido económico no existe. Socialmente es un gran separador de obreros según si trabajan sentados o de pie.

Este post fue inicialmente el guión de una charla que di en dos versiones: para el alumnado de Bachillerato del IES Juan de Mairena (Sevilla) y en la Facultad de Filología Inglesa de la Facultad de Sevilla.

Llevamos alrededor de una generación observando que nuestra cultura hace una distinción entre dos clases de hombre: los sexualmente atractivos para las mujeres son agresivos, incluso violentos, o de algún modo malas personas, y los simpáticos, tímidos o buenas personas (como si esto fuera relacionado u homogéneo) que se dice que no son atractivos, al menos para las mujeres jóvenes. Resumiendo: las mujeres somos tontas y no sabemos elegir, o “el atractivo sexual masculino se vincula a ser una persona indeseable para cualquier otro contacto social”. Qué nos lleva a escoger pareja lo estudian algunos biólogos y psicólogos. No sé cuál es la verdad, lo que sí sé es que esa selección de hombres agresivos proviene en buena parte de modas literarias. Comencemos por Jane Austen.

“Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero en posesión de una buena fortuna debe buscar esposa (…) Esta verdad está tan bien fijada en las mentes de las familias de los alrededores, que se lo considera la legítima propiedad de alguna de sus hijas”. Jane Austen, Orgullo y Prejuicio.

La cita nos recuerda qué querían las madres. Y las hijas, ¿querían lo mismo? En aquel momento, el amor fuera del matrimonio no existía en la sociedad elegante. Era sencillamente impensable. El siglo XVIII había sido mucho más entretenido, pero estamos en una época de culto a los recién creados valores familiares. Además, las novelas inglesas eran mucho más pudorosas que las del resto de Europa. En España estaba La Regenta, Francia tenía Madame Bovary, Rusia tenía Anna Karenina. Las novelas inglesas son una excepción a esto. Un segundo factor, éste internacional, es que las mujeres no tenían una alternativa económica al matrimonio. Solteras, sobrevivir era difícil, y mantener un estilo de vida por encima de la pobreza era imposible con los sueldos que se pagaban a las mujeres. Había mujeres trabajadoras: en la agricultura, donde casi todo el empleo era estacional. En el servicio doméstico, en las fábricas. Se cosía, y empezaban a surgir las ocupaciones del sector servicios del tipo de camarera y dependienta en las que tantas trabajan hoy día. ¿Y en la clase media? Profesoras, institutrices, algunos trabajos de oficina escasísimos, y periodismo o escritura más escasos aún.
Y
eso
era
todo.

Y sobre todas, siempre, la amenaza de la prostitución, la criminalidad y la pobreza. No sé cómo iba la cosa en otros países, pero la prostitución británica solía ser intermitente y alternada con trabajo estacional… a menos que te pillara la policía, porque te fichaban y te obligaban a hacerte controles periódicos. Resumiendo: casarse no era una opción, era un seguro de vida. Y para el lector de novelas en el siglo XIX, la boda de la heroína no era uno entre varios finales felices posibles. Era una necesidad narrativa para que la heroína no muriera tirada por la calle. Un matrimonio bien avenido era solo el principio de un final feliz, y el amor, un extra.

Pasemos ahora a comentar un poco a Jane Austen. Intentaré ahorraros los spoilers; aquí tenéis una guía de lectura bastante detallada. Lo relevante ahora es que todas las novelas presentan una o varias heroínas casaderas, y al menos un triángulo amoroso entre ella, un hombre aburrido, borde, estirado o como mínimo muy pasivo, y otro hombre simpático, divertido, muy popular y que se lanza a por ella. A veces la corteja más de un hombre y a veces se añade un pesado que quiere ser divertido y ocurrente sin éxito, pero lo fundamental no cambia. El más soso y distante al principio es la pareja más adecuada para nuestra protagonista, y el hombre encantador puede ser inconstante, un cazafortunas profesional, alguien con el propósito de herirla porque sí, o simplemente mala persona. Y esto, ¿por qué?

Primero, porque da tensión. Si quien sea que parece un partidazo ES un partidazo, la novela necesita tener conflictos por otro lado o no tienes historia. Por otro lado, a Austen le encantaban las estructuras neoclásicas, simétricas, y los triángulos se prestan a ello. Y sobre todo, quiere ser educativa y entretenida a la vez (¿he dicho “neoclásica” ya?). La moraleja de toda esta repetición de triángulos es clara: no te fíes de las apariencias, porque un tío con el que tontear y un buen marido no tienen las mismas cualidades. Un tonteo es muy divertido, pero tú lo que necesitas un buen marido.

Y de aquí pasamos a las hermanas Brontë, o más bien a Charlotte y Emily, porque Anne no estaba nada de acuerdo con lo que voy a contar (y Charlotte la llamó de todo menos bonita por ello, pero eso es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión). Si a las heroínas brontëanas se les da a elegir entre un hombre aburrido y uno emocionante, prefieren al segundo, aunque suponga su destrucción. No se busca que el amor produzca uniones duraderas; eso es secundario al hecho mismo de amar. De hecho, como veremos no siempre se casan con el hombre al que aman, y tampoco importa para el desarrollo de la novela. Ahí es nada: historias de amor correspondido que da igual si se consuma o no.

Emily Brontë solo escribió una novela, Cumbres Borrascosas. La historia es mucho más complicada, pero las elecciones amorosas van así:

  1. Catherine ama a Heathcliff, que es pobre, sin educación, brutal, y como se ve más adelante, violento. El amor es mutuo, pero como él es pobre no se pueden casar. Ella se casa con el elegante Edgar Linton, un tipo razonablemente normal.
  2. Heathcliff se hace rico, da igual cómo. Se casa con Isabella Linton, sólo por hacer daño a los Linton y a Catherine. Catherine muere en el parto de su hija, tras mucho sufrimiento emocional.
  3. Segunda generación. Cathy, la hija de Edgar y Catherine, se hace amiga del hijo de Heathcliff y Cathy, Linton. Heathcliff los obliga a casarse para unir las dos propiedades. Mientras, todo el mundo trata a Hareton (un sobrino de Catherine e hijo del enemigo de juventud de Heathcliff) a medio camino entre un criado un un animal doméstico.
  4. Linton se muere. Hareton y Cathy se hacen amigos. Heathcliff se muere, entre alucinaciones, recordando a Catherine. Hareton y Cathy se casan. Queda en la duda si se aman realmente, pero al menos son la única pareja que no sufre de todo el libro.

Y te tienes que creer que Heathcliff es un personaje seductor, un héroe romántico en todos los sentidos de la palabra, y que esta es una historia de amor. No, en serio. Te lo tienes que creer.

Charlotte escribió cuatro novelas y solo una, Jane Eyre, es popular. Jane, pobre, fea, huérfana; un cuadro, vaya, tiene que escoger entre Rochester, que es rico, tiene un oscuro pasado, violentos cambios de humor, y que le ha demostrado que es capaz de guardar secretos muy chungos y de contar unas mentiras gordísimas, y St John, que admite que no la quiere pero que desea que sea su compañera en la vida y en el trabajo, algo que socialmente solo es aceptable si se casan. Jane escoge a Rochester y es feliz (recomiendo la lectura del ensayo “Can Jane Eyre be happy?” de John Sutherland, para tener una visión crítica de ese final feliz).

A veces la heroína no tiene esta elección, como en Villette. Aquí, Lucy Snowe ama a dos hombres y es correspondida por el menos atractivo. Se insinúa que la relación no prospera, el final es abierto. En Shirley, una de las dos heroínas tiene tres pretendientes: un barón, el dueño de una fábrica (no demasiado rico), y un maestro (hermano del anterior, por cierto). Ella prefiere al hombre que considera más admirable intelectual y moralmente, aunque su amistad haya sido turbulenta y a trompicones porque los dos tienen un carácter muy fuerte.

Y todo esto, ¿tiene moraleja? Para empezar, es una visión del amor que admite que las mujeres pueden, y deben, ser libres al elegir a su pareja. A veces les sale bien, y a veces no. Lo que importa es la libertad de sentir y de expresar los sentimientos, que es lo que las dignifica y las hace verdaderamente humanas. Y en el caso de Charlotte, no es fatalista, es decir, ellas no dicen “no puedo evitar amar y no puedo controlarme cuando estoy en tu presencia”. En Cumbres Borrascosas los sentimientos son más poderosos que la gente, pero en mi opinión las protagonistas de Charlotte hacen algo precioso que es decir “yo decido aceptar que amo, decido disimular o declarar mi amor, decido cómo tratarte, decido casarme”. El sentimiento es intenso, pero no las anula, al contrario.

Nos quedan los novelistas masculinos. Los ejemplos más representativos son Charles Dickens, William Makepiece Thackeray y Thomas Hardy. Dickens y Thackeray eran Realistas; Dickens era más popular y Thackeray más prestigioso y menos comercial. Hardy era más cercano al Naturalismo. Sin entrar en el análisis de novelas individuales (las de Dickens las he comentado ya), su visión del amor es que las mujeres no pueden elegir. No deben y no saben. Si escogen ellas, se equivocan y van a por alguien inapropiado que no las hace felices, o por un maltratador. Eso no significa que no puedan encontrar el amor, solo que los demás deben elegir por ellas. Si una heroína es el interés romántico de un personaje masculino positivo, y ella es secundaria a él, la relación puede que funcione. Es decir: la heroína es secundaria al protagonista, y la amada del amigo del héroe está en un plano aún más discreto. Si hay conflictos, son externos: una decisión entre amor y la obligación de cuidar a un padre anciano, por ejemplo.

Estas novelas no pretendían tener un mensaje moral y educativo, sino que partían de ideas vigentes sobre hombres y mujeres y las aplicaban a la ficción. Había un miedo muy real a que dar a las mujeres la más mínima chispa de libertad significaría que serían incapaces de controlarse. Los hombres podían aprender autocontrol, pero las mujeres no.

Veamos qué pasa ahora. El público lector contemporáneo quiere finales felices tanto como el del siglo XIX, pero ahora, “felicidad” no significa lo mismo que entonces. Algunas de las asunciones de la literatura romántica moderna, incluida la dirigida a adolescentes, son las siguientes:

  1. El amor todo lo puede. El amor vence los obstáculos externos y consigue que cualquier relación funcione.
  2. El amor es, o debería ser, difícil. Emocionante. No estamos hablando de amor, sino de pasión.
  3. El amor puede funcionar entre dos personas de origen social muy diferente, incluso contrapuesto. De hecho, esto es lo deseable. La mujer está en posición de inferioridad respecto al hombre.
  4. El dinero, los bienes materiales, incluso al nivel imprescindible para la supervivencia, no deben formar parte del proceso para escoger pareja.

No todas las relaciones en las que ocurre esto son nocivas o de maltrato, pero tienen muchas papeletas para serlo. Rocío Vega hace aquí un buen análisis de ese problema. Yo sigo centrándome en la parte más literaria.

Todo esto es un fenómeno más americano que inglés. En la literatura juvenil inglesa hay mucha más fantasía y mucho menos amor. Por ejemplo, Harry Potter. No tenemos triángulos amorosos aquí: el triángulo central es una amistad. Sí tenemos a Ginny Weasley, una heroína en este sentido dickensiana: ama a Harry en secreto y sin molestar a nadie hasta que él se da cuenta de que también la quiere. Ginny y Hermione son personajes activos cuando no se trata de amor. De todos modos, las mayores influencias de la literatura juvenil inglesa no están en los clásicos “para adultos” del siglo XIX, sino en una tradición fantástica que empieza quizá con Alicia en el País de las Maravillas, llega a Tolkien, pasa a continuación por Roald Dahl, y aterriza en Terry Pratchett. Añade un poco de fascinación nostálgica por la naturaleza (El Viento en los sauces, Mi familia y otros animales) y ya lo tienes.

Pues eso. Que el triángulo amoroso juvenil es una tendencia casi exclusivamente americana. Una razón es que las autoras del subgénero han estudiado el grado de “English” o un Máster de Escritura Creativa en la universidad y se han leído los principales clásicos. También que allí no hay una carrera de Periodismo o de Comunicación como la entendemos aquí y que el estudio de la literatura, inglesa o universal, se considera troncal en las humanidades a nivel universitario. Todos los guionistas de tus series favoritas se empollaron las novelas que acabo de mencionar en primer ciclo de sus respectivas carreras.

Veamos algunos ejemplos de lo repetidas que pueden llegar a ser copiando un triángulo amoroso de tipo Brontëano:

  1. Crepúsculo: Bella tiene que elegir entre el amor de Edward Cullen, que le dice varias veces que él no le conviene, la acosa, en un momento dado la abandona contándole una mentira, y ya de paso ES UN VAMPIRO QUE SE LA QUIERE COMER, y Jacob, que decide que su misión en la vida es protegerla. Ella escoge a Edward. Los tres primeros libros son una reescritura de Jane Eyre, y el cuarto es más independiente. La historia tiene dos derivaciones: Cincuenta Sombras de Grey y After, que no presentan triángulos pero tienen mucha influencia de Crepúsculo.
  2. The Selection (La Selección), Kiera Cass. America (toma ya) está enamorada de Aspen, pero se ve forzada a participar en la selección de una esposa para el heredero del trono, Maxon. Aspen quiere cuidar de ella (esto no pinta bien) y son amigos desde la infancia (esto pinta peor), y Maxon se porta como alguien que piensa que es normal organizar una competición forzada para casarse con él, ordena palizas a las que incumplen las normas, y tiene ataques de ira. America se casa con Maxon y ambos son amigos de Aspen.
  3. Shadowhunters (Cazadores de Sombras), Cassandra Clare. El mejor amigo de Clarissa Fray es Simon Lewis. Él está enamorado de ella, pero ella está en una relación con Jace Wayland. En el cuarto libro de la serie, Simon se monta un triángulo que se resuelve en el quinto. ¿Y Jace? Bueno, qué sería de una historia de amor en la que el potagonista no quiere matar a su amada. Pues eso mismo: parecía que no, pero en el cuarto libro Jace tiene pesadillas en las que mata a Clary porque hay unos demonios controlándolo. Esto qué iba a ser aquí si no.
  4. The Vampire Diaries (Crónicas Vampíricas) by LJ Smith. Dos hermanos vampiros, Stefan y Damon (uno con nombre de santo y el otro con un nombre que suena parecido a “demon”, muy práctico para distinguirlos) se pelean por el amor de una chica humana, Elena. Ella suele preferir a Stefan pero gran parte del conflicto está en su incapacidad de decidirse, o visto de otro modo, en la incapacidad de Damon de dejarlos a ella y a Stefan en paz.

Hay una moda también de libros que aunque no muestren triángulos, toman la idea de una chica buena o inocente y un chico malo, o “chica humana y ser sobrenatural que es peligroso para ella”. Aquí de nuevo está la creencia de que el amor apasionado debe ser algo aventurero, peligroso, y que el varón es mejor que sea superior a la mujer, porque en estas historias él siempre es más fuerte que ella, no se une a un ser sobrenatural pero débil. Ellos son como superhéroes. En historias tradicionales o mitológicas nos encontramos también el inverso: la Sirenita, por ejemplo. Esa tendencia es una rareza en los bestsellers actuales.

En las historias con chico malo humano, destaca por su éxito A tres metros sobre el cielo. En las historias con chica y ser sobrenatural, además de los ya mencionados vampiros y hombres lobo, en Obsidian de Jeniffer Armentrout el amado es un extraterrestre y en Hush hush de Becca FitzPatrick es un ángel caído.

He localizado un solo ejemplo de triángulo austenita: Los Juegos del Hambre. Katniss está demasiado ocupada y traumatizada para tener una historia de amor, la verdad, pero se siente muy unida por amistad, lealtad, y sentido del deber a dos hombres: Peeta, que es tímido y cariñoso, y Gale, que es valiente y bastante chulo. Escoge a Peeta cuando ve que Gale, aunque la quiera, no tiene compasión con los demás.

Es decir: lo que observamos en la literatura juvenil contemporánea es el triunfo del estereotipo Brontëano, que cuando se creó era solo una forma minoritaria de escapismo romántico entre otras muchas disponibles. El mito de “ellas los prefieren malotes” se alimenta a sí mismo, porque las lecturas, las películas, etc. son la educación sentimental de mucha gente. Si te muestran que el amor es sufrir, cuando sufras creerás que es amor. Si te muestran que el amor es cuidar, divertirte o compartir aficiones, cuando cuides, te diviertas o tengas intereses comunes llamarás a eso “amor”. Por eso lo deseable es tener la mayor diversidad posible en literatura juvenil, algo a lo que la industria no parece muy dispuesta.

Entrevista a Nía Cortijo (Las XL)

las XL

Las XL (o equisele, también) son un dúo de actrices, Nía Cortijo y Marta Sitjà, que han creado el espectáculo músico-teatral “Abandónate mucho”, que tuve el placer de ver la primavera pasada dentro del festival LaTeatral.  El espectáculo trata sobre el amor de una manera muy gamberra y con una buena dosis de feminismo. Quedamos en que las entrevistaría después, y por estas cosas que tiene la vida lo hemos dejado hasta ahora. Inauguramos con ellas la parte más feminista del nuevo curso escolar.

¿Qué habíais hecho antes de este espectáculo?

La verdad es que miro atrás y no me quejo, he trabajado siempre como actriz y simplemente eso me hace sentir bastante afortunada, porque en este país y en este gremio es muy difícil dedicarse a la cultura sin tener que buscarse un plan B en algún momento. Actores y actrices somos verdaderos supervivientes y luchadores, la realidad resulta desalentadora, y más hoy. Pero bueno, ¡he dicho que no me iba a quejar!

Así que te contaré que he trabajado como actriz en varias compañías, la mayoría de Granada, ciudad en la que vivo: LasaL, Lavíebel, Vagalume, Alsuroeste… y en ellas he hecho de todo: teatro clásico, piezas contemporáneas, teatro infantil, de calle, cabaret, en verso, creaciones colectivas… Adoro el teatro en todas sus formas. Y en estos años de profesión, más de 12, he aprendido a amarlo conociendo todas sus facetas y todo el engranaje que hace posible un espectáculo: los técnicos (y técnicas) de luces, de sonido, la dirección, la gestión, distribución, escenografía, vestuario,  todas las piezas que configuran el puzzle, que son muchas. Y estuve varios años gestionando la Sala de teatro EL APEADERO en Granada donde conocí a Marta, mi compañera en las XL.

¿Cómo os conocisteis? ¿cómo surgió el espectáculo?

Trabajamos juntas en el proyecto del APEADERO y montamos algunas piezas cortas para los cabarets que organizábamos. Éramos un grupo de mujeres y nos hacíamos llamar “Las Chotillas”. Hicimos 4 ó 5 cabarets con temática femenina, en los que intercambiábamos propuestas, intereses y curiosidades varias. En aquella época Marta tenía una compañía y necesitaban una sustituta porque la actriz se había quedado embarazada, así que entré yo. Ahí empezamos a trabajar juntas a tope.

El espectáculo surge después de un gran batacazo amoroso y profesional; va a ser verdad aquello de que los estados de crisis son una fuente de inspiración estupenda. Se me inflamó la glándula y decidí dejar Granada para instalarme en Madrid, convencida de que no me iba a resultar díficil encontrar un hueco. ¡¡¡Madre mía, benditos aquellos que aguantan en la capital!!! Qué rollo tener que venderse, ser la number one, ir a los estrenos siempre estupenda y simpatiquísisma, uff. Recuerdo la rabia que me daba verlos a ellos ataviados con deportivas y cazadora de cuero, tan cómodos, mientras nosotras debíamos lucir maquilladas como si de la Gioconda se tratara y tacones cuanto más imposibles, mejor. La verdad es que no tuve paciencia y decidí inventarme el trabajo en lugar de buscarlo.

El desengaño amoroso tuvo lugar en ese momento, así que llamé a Marta y le propuse montar un show todoterreno, que pudiéramos hacer en cualquier sitio, cómodo, barato y divertido. Ella me rió las gracias, y preguntarnos de qué queríamos hablar, surgió con  fluidez que hablaríamos de lo que hablamos siempre en nuestra vida, del AMOR.

¿Vuestros padres han visto el espectáculo? Y si sí, ¿qué opinaron? (tengo que preguntar esto, he coreado EL CLÍTORIS ES ASÍ sentada con toda la familia).

Claro que sí. Además, ¡ estaban encantados! ¡Me daba más apuro a mí que a ellos!

El amor al teatro lo he mamado en la teta, mi madre también hizo teatro y los dos han sido profesores de filosofía, ¡así que imagínate qué caldo de cultivo! Mi único hermano es músico, algo habrán hecho ellos también para que nos dediquemos a la cultura con tanto amor. La verdad es que les estoy muy agradecida, siempre me dejaron hacer lo que me gustaba, me han ayudado mucho y lo siguen haciendo.

He de reconocer que mi madre estaba preocupada porque el show fuera excesivo, pero cuando lo vio tuvo que reconocer que eran sus miedos. Aunque es cierto que nos ponemos brutas todo está muy pensado y medido, nada es gratuito.

Os he visto hacer muchas cosas diferentes, particularmente a Marta, porque la conozco desde hace más tiempo: actuar, circo, y ahora cantary bailar. ¿Qué es lo que más te gusta?

Me gusta todo.   Como decimos en el espectáculo: “¡Me cabe Troyaaaaa!”. Pero hay muchos lenguajes, muchas maneras de contar las cosas y comulgo con todas siempre que el mensaje me parezca auténtico y necesario. Lo que más me gusta es trabajar para la gente desde una actitud sincera. Considero clave hablar de lo que nos preocupa, inspirarnos en la vida que está llena de situaciones muy ricas, para dar energía de la buena a todo el que mira. Lo importante para mí es el QUÉ.

En el espectáculo podemos escuchar todo tipo de música, desde copla a Barricada. Obviamente tiene que ver con lo que es necesario en cada momento de la historia que contáis. ¿Cuál es vuestra música favorita? ¿Hicisteis algún descubrimiento preparando Abandónate Mucho?

¡Descubrimientos muchos! ¡¡Descubrimos que somos feministas!! ¡¡Que una mujer si muestra interés por conocerse, obligatoriamente ha de ser feminista!! Bueno, no quiero entrar en debates de terminología, pero para mí fue el descubrimiento mayor. Sabía muy poco del movimiento feminista, a nivel teórico sigo estando bastante pez, pero fue muy revelador decidir hablar del amor y encontrarnos con una cantidad de roles impuestos, de prejuicios y demás “perlitas” asumidas por mi parte y que no me generan más que dolor, frustración y otras lindezas.

Sobre la música, me gustan muchos tipos, no tengo una favorita.

¿Qué parte del show es la preferida del público? ¿y vuestra?

“Las punkies” triunfan bastante, también “las yonquis del amor”. Yo me lo paso genial en ese momento, ¡la risa del público es lo mejor!

Es difícil elegir un sólo momento porque todo está muy hilado, aunque las transiciones me gustan mucho porque es cuando sorprendemos; el público cree que todo va en una dirección y de repente ¡flash!, cambio radical. También el final, con la canción de “Yo soy aquella”, que resume todo el recorrido que hacemos para autoafirmarnos en positivo; la parte reflexiva minimalista donde reconocemos que sufrimos mucho con la concepción del amor que nos viene dada me emociona. Ahí me sale la vena dramática y lo disfruto porque siento que el público respira conmigo, que llevo la nave, y aunque lo que decimos es duro, el objetivo es aceptarlo para superarlo. En general es un espectáculo muy disfrutón, porque es muy nuestro y porque el mensaje que damos empodera.

Si pudierais prohibir, borrar, olvidar para siempre una forma de arreglo personal (depilarse, por ejemplo) ¿cuál sería?

La depilación se lleva la palma, sin duda. Aunque el maquillaje o los condenados tacones también los enterraría para siempre.

¿Qué crítica al espectáculo (buena o mala) se os ha quedado grabada?

Recuerdo al único hombre ofendido que nos lo ha hecho saber. Se quejaba de que en nuestro videoclip de “El Clítoris” la referencia a los hombres es “pequeños capullos”. Lo mejor es que a su crítica contestaron varios hombres indicándole razones varias: por un lado el contexto en el que está dicho, desde el humor ácido y autocrítico, desde el punkarrismo salvaje y ciego. Uno de ellos añadía que era lo mínimo que se despacha si tenemos en cuenta la de siglos de machaque que llevamos las mujeres. ¡Me encantó ese espontáneo! Y me gusta mucho que se genere debate y polémica, eso es lo que queremos: empezar a romper ciertos tabúes y llamar a las cosas por su nombre.

También vino una chica que nos veía por segunda vez, muy jovencita, y nos dijo que había sido el segundo día más feliz de su vida, ¡y que el primero fue la otra vez que nos vio! Me puso los pelos de punta porque ese tipo de agradecimientos son los que para mí dan sentido a este trabajo.

Habéis dicho que el  feminismo, al menos el teórico, había sido para vosotras un descubrimiento a raíz de crear Abandónate Mucho. ¿Me contáis algo más de cómo fue eso? ¿Habéis conocido a alguna autora o teoría que os guste especialmente?

Gracias a nuestra amiga Paloma Tosar, especialista en el tema, leímos a Clara Coria, su librito El amor no es como nos contaron y fue muy revelador. También leímos a Lucía Etxebarría, Ya no sufro por amor, que nos inspiró mucho. A mí me dio subidón teórico y compré Para mis socias de la vida de Marcela Lagarde, pero aún no me lo he terminado, es más denso y me cuesta. Mi último descubrimiento ha sido una granaína: Ana Belén Rivero ha publicado un cómic divertidísimo que se llama Somos pobres en euros pero ricos en pelos de coño. ¡Lloré de la risa!

“Abandónate Mucho” nos enseña una galería de efectos secundarios del amor. ¿Habéis averiguado cómo evitarlos? No me digáis que sin amor, que eso no vale.

La mejor receta para evitarlos es saber que son inevitables. Parece una contradicción, pero la vida es contradictoria. El amor y por tanto la felicidad tienen más que ver con dejar de luchar ante esa contradicción y aceptarla, que con intentar evitarla. Al menos eso voy aprendiendo yo.

¿Hay actuaciones previstas próximamente?

Sí, esperamos estar en Madrid en otoño, volveremos a Barcelona al festival de Poblenou, a Cardedeu. ¡Y estamos disponibles para todo el que nos quiera!!

Y para terminar, ¿amáis sin fin?

Lo intento, con todas mis fuerzas. No siempre lo consigo. Es un objetivo en mi vida pero a veces se aleja, a veces se acerca. ¡Lo importante es no perderlo de vista!

El aborto de ella, el aborto de él.

Había una vez una pareja que se quería mucho. Cuando ella se quedó embarazada, necesitó un aborto, y los dos sufrieron mucho. Les afectaba a los dos.

Ella se había estudiado los recovecos legales del permiso de maternidad. Él no.

Ella tuvo que faltar al trabajo para ir al médico, y mentir. Él podía ir, o no.

A ella le hicieron preguntas. Le sacaron sangre. Le metieron instrumental en el cuerpo. Eso era solo para explorarla, el aborto vino luego.

Los dos recibieron con pena la noticia de que esta vez quizá era mejor abortar.

Ella hizo una composición mental de calendario para volver a intentarlo, la baja por maternidad unida a las vacaciones. Él no.

Ella tuvo que volver a faltar al trabajo sin remedio el día del aborto y pensarse si faltaba o no un par de días más. El la acompañó.

A ella le dolía. A ella le hicieron un procedimiento médico más o menos igual de doloroso que un empaste dental. A él no.

Ella se arriesgaba, poco pero se arriesgaba, a una infección. Él no.

Ella podía ser juzgada como buena o mala madre potencial; una mujer, según se mire, responsable o egoísta. Él no.

Los conocidos y familiares le hablaban a ella con pena. A él no.

A ella le preguntaban “¿lo vas a volver a intentar?” o le aconsejaban “sigue intentándolo, pero no te obsesiones”. A él no.

Los dos veían cómo el aborto, el embarazo, y el hijo tan deseado pero que no fue, se asumía, en las leyes, en la prensa,  en el trabajo, en la calle, como un asunto de ella. Siempre de ella. Y de él, no.

Opiniones católicas sobre violencia de género y nulidad matrimonial.

En esta entrada puedes hacerte una idea del conjunto leyendo sólo lo que está en negrita.

Casi toda la doctrina de la Iglesia católica respecto al matrimonio proviene de la creencia de que es una institución doble, de naturaleza simultánemente legal y religiosa. Eso significa que todos los matrimonios, sea cual sea la religión de los contrayentes, son válidos a ojos de la Iglesia Católica, siempre que sean un lazo con voluntad de ser permanente entre un hombre y una mujer solteros. El Canon 1055.1 del Código Canónico (en adelante, CC), define el matrimonio para todos, no sólo para los cristianos: “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados”.

De esta breve definición pueden deducirse varias creencias. En primer lugar, el catolicismo distingue entre ley natural, ley divina y ley canónica. La ley natural es inmutable y universal; su existencia y cumplimiento está, en teoría, desconectado de la fe en Dios y en Cristo, puesto que se aplica siempre (como aquí la definición de matrimonio). Como es parte de la naturaleza humana, no se puede romper, en el sentido de que los actos contrarios a ella no pueden (o deben) recibir reconocimiento legal. No es necesario castigarlos o prohibirlos, a veces basta con actuar como si no existieran. Por ejemplo, las uniones de un hombre con más de una mujer, o viceversa; las uniones entre personas separadas o divorciadas, y demás casos que no son un matrimonio entre un hombre y una mujer, no existen legalmente para la Iglesia, porque rompen la ley natural.

De la ley divina se dice que viene de Dios. Sólo es aplicable a los cristianos (aquí la Iglesia Católica se permite legislar sobre los cristianos no católicos), y se la supone inmutable. En la definición de matrimonio, es ley divina que el matrimonio es sacramento. El Canon 1056 insiste: “Las propiedades esenciales del matrimonio son la unidad y la indisolubilidad, que en el matrimonio cristiano alcanzan una particular firmeza por razón del sacramento”. Finalmente, la ley canónica son las normas que se aplican sólo a los católicos, y que pueden cambiar si la jerarquía eclesiástica así lo desea.

La definición del matrimonio como sacramento es importante, porque significa que no se puede romper. Los sacramentos se pueden aplicar una sola vez (bautismo) o varias (como la confesión o la comunión) pero eso no cancela las anteriores; el matrimonio es del segundo tipo, se puede repetir, pero como es una unión entre sólo dos personas, es necesaria la muerte de un cónyuge para que el superviviente pueda volverse a casar.

Esta indisolubilidad del matrimonio se dice que refleja la unión de Cristo con la Iglesia, y de ahí se deriva que aunque el sacramento está en la celebración, la indisolubilidad sólo tiene lugar con la consumación del matrimonio. La esterilidad no influye, ya que tener hijos no es esencial, pero sí la impotencia, que anularía el matrimonio.

El amor no es una propiedad esencial manifestada explícitamente, pero queda implícito en la unión católica, debido a como se interpreta el concepto de sacramento y a que la doctrina se basa en Efesios, 5, 25: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”. El amor es un compromiso que requiere sacrificio, entregarse a la otra persona, y el sacrificio de Jesucristo que esto pretende imitar no fue un acontecimiento feliz: por lo tanto, el amor en el matrimonio es una obligación adquirida libre y generosamente. No amamos “para ser felices”.

El matrimonio católico no se puede romper pero sí se puede declarar nulo. La nulidad no rompe nada, simplemente declara que el acto nunca fue válido. Esa es la diferencia con el divorcio: para declarar la nulidad, es irrelevante cualquier cosa que fuera mal en la relación después de la boda, como por ejemplo violencia de género, siempre y cuando la ceremonia se hiciera en la forma correcta y entre contrayentes que consentían libremente. Conseguir la declaración de nulidad es más fácil y frecuente de lo que pueda parecer; en España se anulan más de mil uniones al año (Vitoria, 4-115).

Hay tres razones principales para la nulidad: fallo de forma, impedimentos, y falta de consentimiento válido suficiente. Los impedimentos son prohibiciones al matrimonio de ciertas personas (menores de edad, parientes, etc). Qué es un consentimiento válido está ampliamente regulado, lo que es comprensible porque un consentimiento inadecuado es la única manera abierta de obtener la nulidad, una figura legal que la Iglesia prefiere utilizar lo menos posible. Se supone preferible que dos personas estén unidas sin sacramento, a equivocarse por el otro extremo y dar por nulas uniones válidas.

La jerarquía actual no se pone de acuerdo sobre si la violencia de género es causa de nulidad. La Iglesia combina cierto grado de libertad para las diócesis con una fuerte tendencia a la centralización, y cuanto más arriba en la escala de poder, más fuerte es la tendencia a considerar válidos esos matrimonios. Por ejemplo, esto es así cuando se cree que la violencia tiene lugar cuando un matrimonio ha fracasado. Por ejemplo, Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo de Valladolid declara: “A erradicar ese profundo malestar en nuestra sociedad que deja ver la violencia doméstica, ¿no ayuda una buena relación entre los esposos que, según la fe católica, se exige en un matrimonio canónico […]? Justamente cuando ese matrimonio ha fracasado es más frecuente esa violencia”. Para este punto de vista, es la rotura de la unión la que produce violencia, y no al revés.

En estos casos, se permite la separación. El Canon 1153.1 habla de “grave peligro espiritual o corporal al otro o a la prole, o de otro modo hace demasiado dura la vida en común” como causas legítimas de separación. En 2003, la Pastoral de la Familia, un documento de la Conferencia Episcopal sin fuerza vinculante, se refiere a la violencia de género explícitamente:“Si se llega a situaciones graves de malos tratos ha de aceptarse la separación como un mal menor. Además, puede estudiarse si hubo causa de nulidad”, Capítulo IV.4.190. Como interpretación del Canon, no podría ser más conservadora. Los “malos tratos” (acciones, no situación) deben ser “graves”. Y el Código en ningún momento dice que la separación sea un mal, ni mayor ni menor. La Pastoral menciona dos veces la importancia de la reconciliación en los problemas matrimoniales, incluyendo los casos de violencia. En uno de los dos casos, considera la reconciliación preferible incluso a la nulidad (Capítulo V.1.210). Se habla de perdón en nueve ocasiones, relacionándolo con el sacramento de la confesión: como el matrimonio es un sacramento, dentro del mismo los actos cotidianos pueden tener importancia sagrada, y se cree en el poder redentor del perdón y del sufrimiento de las víctimas.

La distinción entre “malos tratos” y una situación de violencia constante es la clave entre la interpretación conservadora y la progresista. Las dos admiten que la violencia de por sí no es causa de nulidad, pero la progresista mantiene que la violencia es síntoma de una personalidad ya presente en el momento de contraer matrimonio, y por lo tanto incapaz de prestar un consentimiento verdadero. Es decir: el maltratador es una persona completamente incapaz de casarse porque no sabe amar, entregarse, como el sacramento exige. Y de ahí, que el matrimonio pueda ser declarado nulo, en una interpretación amplia del canon 1095.2, que declara incapaces de contraer matrimonio a “quienes tienen un grave defecto de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes esenciales del matrimonio que mutuamente se han de dar y aceptar”. Esto sería aplicable al agresor, y el deber esencial no cumplido es el de fidelidad, que es más complejo que no cometer adulterio. La violencia sería una forma de traición, si se quiere decir así, una infidelidad al amor y al respeto que se le debe al cónyuge. El Canon 1098 sería de aplicación a la víctima, pues dice que el matrimonio no es válido si un contrayente ha sido engañado “acerca de una cualidad del otro contrayente, que por su naturaleza puede perturbar gravemente el consorcio de vida conyugal”.

Toda la investigación psicológica sobre violencia de género de los últimos 40 años apoya la versión progresista: la violencia de género parte de los rasgos de la personalidad del agresor. Los intentos de rehabilitar o reeducar son escasos y dan poco fruto. No importa si nos remitimos a teorías conductistas, psicoanalíticas, o sistémicas: todas coinciden en que las agresiones que se producen en relaciones íntimas no son reacciones a algo que ocurre en dicha relación, y no son actos aislados, sino que son manifestaciones de una personalidad agresora preexistente. El desacuerdo entre diversas teorías psicológicas está sólo en cuál es el origen de esta personalidad y por lo tanto, si tiene solución y cuál es.

Si se acepta esto, para declarar la nulidad de un matrimonio, los tribunales eclesiásticos pueden aceptar informes psiquiátricos o psicológicos, o pruebas de que el agresor ya era violento antes de que la boda se celebrase, aunque esa violencia no fuera física, por ejemplo en forma de insultos, peleas frecuentes, prohibir a la víctima contacto con familia y amigos, dañar sus objetos personales, y conductas similares. Si el agresor ya era claramente violento o si realizaba amenazas graves, el Canon 1103 también es de aplicación, pues manifiesta la nulidad de los matrimonios contraídos “por violencia o por miedo grave (…), incluso el no inferido con miras al matrimonio, para librarse del cual alguien se vea obligado a casarse”.

Es decir, la interpretación conservadora de la nulidad matrimonial por violencia de género asume que la violencia son actos aislados, no una dinámica que se establece en el mismo inicio de la relacion. También ignora la posible incapacidad de los maltratadores para establecer plenamente los compromisos y obligaciones del matrimonio, considerando que la capacidad para el perdón y el sufrimiento de la víctima sirve para suplir la falta de consentimiento real, informado, de ambas partes, y la falta de amor de la parte agresora. Paradójicamente, esto entraría en contradicción con el clarísimo Canon 1057: “El matrimonio lo produce el consentimiento de las partes legítimamente manifestado entre personas jurídicamente hábiles, consentimiento que ningún poder humano puede suplir”.

En definitiva, la cuestión para anular un matrimonio católico en el que se produzca violencia de género es a qué conjunto de valores se le quiere dar más importancia: al sufrimiento, la abnegación, el perdón, y la subordinación femenina, o a la definición de matrimonio como una unión amorosa y de entrega entre seres iguales y libres.

Hombres que me han enseñado sobre feminismo

Mi padre. Porque si el feminismo es la idea radical de que las mujeres somos seres humanos, el primero que me trató como tal fue mi padre.

Mi marido. El porqué sería largo de contar.

Tres de mis ex. Me enseñaron a gustarme. Y no deseaban “hacerme” cosas. Deseaban mi sí y me enseñaron a consentir en lugar de a dejarme hacer.

Joss Whedon. No soy su mayor fan, precisamente, pero me gusta cómo trabaja con sus ideas de “mujer fuerte”. Las series serían más aburridas sin él.

Charles Dickens. No era feminista; él quería un patriarcado amable. Se aprende mucho observando en sus novelas porqué eso es imposible.

Michael Kimmel. Autor de libros sobre roles de género. Le preocupa especialmente la masculinidad moderna. The Gendered Society es un libro suyo magnífico sobre sexismo.

James Eli Adams, catedrático de la Universidad de Cornell cuyo trabajo se centra en la masculinidad victoriana. También es un excelente profesor. Hay muchos buenos profesores y muchos victorianistas, pero me quedo con Adams porque me gustó verlo ejercer de padre de su hija.

Daryl Bem, otro profesor universitario en Cornell, éste de psicología. Me dio un curso breve pero intenso sobre formación de ideologías.

Bill, el marido de Suzanne, mi amiga que es cura episcopaliana. El primer hombre al que vi, en vivo y en directo, ser el apoyo logístico y emocional de su mujer y no al revés. Él compaginaba su propia carrera y sus hobbies con tener el rol de “cuidador” en la pareja. Sin problemas y sin alardes.

William Shakespeare, que inventó el personaje femenino con agencia. Exagero un poco, pero sólo un poquito.

Los comunistas en twitter. No todos, sólo algunos. Perdonad que no los mencione, prefiero no olvidarme de ninguno. Porque me recuerdan que no puedo hacer sólo feminismo para blancas y ricas.

Michel Foucault. Para recordar entre otras cosas que el sexo no libera. La libertad está en poder consentir o no.

Manuel Almagro y Brian Crews, profesores universitarios que me recomendaron a Jeanette Winterson. Otros editaron y publicaron mi artículo sobre una novela suya.

Donald Dutton escribió casi todo lo que sé sobre violencia de género. Miguel Lorente añadió otro poco. Juan José Millas remató con Hay algo que no es como me dicen.

Algunos feministas en twitter. No quiero dar nombres por si me olvido de alguno, pero ellos saben quiénes son. De su mirada de novato que se acaba de tomar la pastilla roja, de su odio por las injusticias, no sólo se aprende: se sacan fuerzas.

Algunos alumnos varones que no responden a los ideales de la masculinidad. “Hombres débiles”, como dice un hombre feminista; chicos no necesariamente amanerados ni homosexuales, pero que aún así, no responden a lo que se espera de ellos. Ellos lo saben. Procuran no llamar la atención. Estoy aprendiendo a convertir mi aula en un sitio donde puedan ser ellos mismos. Apenas estoy empezando.

Gustavo Bolívar, autor de la novela “Sin tetas no hay paraíso”. No os la perdáis. Buenísima.

Hayao Mizayaki, por tantas películas con buenos personajes femeninos, sobre todo con las mujeres más invisibles: las ancianas.

Roddy Doyle, novelista irlandés autor de entre otras “The Woman who Walked into doors”, una novela para mí con cualidades de exorcismo.

Michael Ende. Por Momo. Porque seguro que tuve mejor infancia que con un héroe masculino.

John Irving. Otro novelista. Porque en En Mundo Según Garp tuve mi primer contacto con feminismo pesimista, partidario de la segregación. Y en Las Normas de la Casa de la Sidra se habla de aborto como en ninguna otra obra de ficción que yo conozca.

Y tú, aliado posible, quién sabe si amigo, ¿vas a hablar de feminismo? ¿Vas a llamarte feminista? ¿Vas a enseñarme algo? ¿Vas a mejorar la vida de alguien? ¿Vas a echar abajo las injusticias a patadas? ¿O sólo piensas quedarte ahí, criticando?

Paris Je t’aime

Paris_Je_T__AimeGénero: Romántica. Cortos, unos drama y otros comedia.

Idioma original: Francés. Inglés americano. Español.

Argumento: 18 cortos que cuentan diversas historias de amor (en un sentido muy amplio).

Cumple el Test de Bechdel: Uno de los cortos, sí. Los demás no.

Violencia sexual: Un caso de celos patológicos. Acoso callejero. Todo light.

Otras formas de violencia: Algo, pero poco y todo muy blandito.

Usos en educación secundaria: Puede ser útil en clase de francés, pero no para proyectarla entera seguida, ya que unos cortos son mejores que otros, y como algunos tienen un final abrupto o abierto, a veces no se sabe cuándo acaba uno y empieza el siguiente, lo que puede resultar confuso. Wikipedia incluye un esquema general de la película. Para usar en la ESO me gustan el 2º (Quais de Seine), 3º (Le Marais); 4º (Les Tuilleries) pero para criticarlo porque presenta los celos como algo divertido y excitante; 7º (Bastille), quizá; 10º (Parc Monceau), que está en parte en inglés; 12º (Place des fêtes), el uso de flashbacks puede ser confuso pero es la típica historia que viene bien para Días de la Paz, antirracismo y similares; 16º, (Faubourg Saint-Denis), francés mezclado con inglés; y 18º (14e arrondissement), un poco ñoño y muy simple pero es una buena conclusión.

 

Consentimiento entusiasta: introducción y verbalización.

El consentimiento entusiasta es la traducción de “enthusiastic consent”, un término que he encontrado fundamentalmente en activistas por la libertad sexual y contra la violación. Se intenta que dejemos de pensar en la violencia sexual como “sexo + violencia”, o como “violencia sexualizada” para pensar en “sexo sin consentimiento” y a definir qué es eso del consentimiento sexual. Puede ser problemático, porque hay quien malinterpreta que este entusiasmo consiste en pedir permiso de manera explícita, mecánica y fría. No es eso: el consentimiento entusiasta simplemente no se presupone, y se busca como un elemento fundamental de la relación sexual. Es eliminar la noción de conquista, con una parte invasora activa y otra receptora pasiva, y sustituirlo por una cooperación en la que todas las partes han podido decidir qué desean, y qué no desean; lo han podido comunicar; han sido escuchadas y aceptadas; y cada una de las fases de este proceso ha sido erótica.

Esta comunicación puede ser larga y compleja, necesitada de negociación, o puede ser muy simple. Eso dependerá de si las personas implicadas se conocen bien o no, de sus gustos, y de lo que en ese momento les apetezca. También depende de sus personalidades, porque hace falta cierta madurez y asertividad para tener claro lo que quieres, y comunicarlo. Ahí tenemos una dificultad, pues si la idea de comunicar abiertamente qué deseas, rechazar lo que no te gusta, y negociar términos medios, no te sale cuando el tema no es el sexo, quizá deberías practicar en otros aspectos de tu vida. Si te han educado para ser una persona pasiva, aprende a pedir. Si te han educado para exigir y tomar siempre la iniciativa, aprende a preguntar y a esperar. Puedes seguir en tu pasividad o en tu dominación, por supuesto, siempre y cuando sepas, repito: decidir dentro de tu cabecita qué quieres, comunicarlo, aceptar los deseos ajenos.

Muy importante también: el consentimiento entusiasta ni siquiera tiene por qué ser un disfrute entusiasta. Es más fácil aún. Es posible pensar “hago esto con todas mis ganas a pesar de que no me gusta mucho porque quiero verte disfrutar; quiero comprobar qué salió mal antes; quiero probar algo nuevo; luego vamos a hacer algo que sí me gusta mucho”. Lo importante aquí es la falta total de coacciones.

Para terminar y como ejemplo, una de las muchas maneras posibles de llevar a la práctica este consentimiento con ganas es la verbalización: tan simple como preguntar. Si vas a hacerlo, y esperas una respuesta verbal, pienso que es mejor decirlo de maneras que tengan una respuesta fácil: sí o no. No hay que dar largas explicaciones. Algunas maneras de buscar un sí son:
¿Puedo?
¿Sigo? ¿Quieres que siga?
¿Te gusta?
¿Quieres esto? ¿Quieres más?
¿Has pensado si quieres…..?
¿Te gustaría…?

Y algunas maneras de buscar un no son:
¿Quieres que pare?
Si no te gusta, paro.
¿Quieres otra cosa?
¿Te molesta?
¿Te desagrada?

Hay quien opina que todo esto no se puede hacer de forma erótica y placentera; mentiras para egoístas y vagos. Si podemos cantar dime que me quieres, podremos susurrar “dime que me deseas”.

Un libro mejor: alternativas a la serie Crepúsculo.

En la biblioteca escolar, quienes quieren leer casi siempre vienen sin saber qué quieren, y me piden los libros a mí. La falta de costumbre hace que no sientan la biblioteca como algo suyo, y cada nuevo lector requiere su tiempo para encontrar ese primer libro.

Llevados por modas, películas, o lecturas obligatorias, tienen en común algunos libros de muy mala calidad. No se puede pasar de la novelita romántica con puntito social a Tolkien, o del Marca a Lope de Vega. Hay que intentarlo con libros que, o son de tema parecido al bestseller, o enganchan una barbaridad. Así que voy recomendar, con la ayuda de Twitter (bendito twitter), alternativas a lo más popular entre los nenes. Empiezo con uno fácil de mejorar: Crepúsculo.

Romántico:
Muchos de Isabel Allende.
Otelo;  Romeo y Julieta; Mucho ruido y pocas nueces, de Shakespeare.
Cumbres Borrascosas de Emily Brontë
Jane Eyre de Charlotte Brontë
La Inquilina de Wildfell Hall de Anne Brontë (no creo que esté disponible en español en ediciones económicas)
Cualquiera de Jane Austen, en este orden: Orgullo y prejuicio, Sentido y Sensibilidad, Emma, Persuasión, Northanger Abbey, Mansfield Park (que puede subirse un par de puestos)
El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez.
El Conde de Montecristo, Alejandro Dumas.
Seda, Alejandro Baricco.
Cualquiera de Maxence Fermine.

Terror o fantasía + romántico:
Poesía de Edgar Allan Poe: Annabel Lee, The Raven.
Drácula de Bram Stoker.
Agnes Cecilia de María Gripe (fantasmas)
Garras y colmillos de Jo Walton (dragones)
Frankestein de Mary Shelley.
Leyendas de Bécquer.

Terror, sin romance:
Relatos de Edgar Allan Poe.
La Feria de las Tinieblas, de Ray Bradbury.
Entrevista con el Vampiro.
Lovecraft, particularmente “El caso de Charles Dexter Ward”
(Fantasía) El bastón rúnico, de Moorcock.
Metamorfosis de Kafka (según @Marta_451, comparten a un protagonista que se siente incomprendido)
(Fantasía) Saga Mundodisco, de Terry Pratchett.

Intriga:
Cualquiera de Sherlock Holmes, Arthur Conan Doyle.

Protagonistas de personalidad apasionada/sentimental que sufren mucho:
Carrie, Stephen King (terror)
Las Penas del joven Werther, Goethe (Amor)

Audiovisual, aparte de adaptaciones de todo lo anterior:
Buffy Cazavampiros (serie)
Embrujadas (Serie)
Being Human (serie)

Recomendaciones de libros juveniles que no encajan en la descripción:
Colmillo Blanco, de Jack London.
Pentalogía de Ramsés, de Christian Jacq.
El mecanoscrit.
Ética para Amador.
Manolito Gafotas.
Trafalgar, de Galdós.
Cualquiera de Hesse.

Gracias a @lulalook, @lcluengo, @paranoidbita, @marta_451, @ryukenichi, @el_mas_maximo, @potipotiinlove, @anitaruiz77, @comandantevimes, @Laeme, @SrPichon, @rositafraguel, y quizá me olvido a alguno más.

Poetisa recién casada

bajo limoneros

Tengo, comparativamente, pocos haikus dedicados a mi marido. Esto no es una secuencia ordenada; son, simplemente, algunos de los haikus que tienen que ver directamente con él o con nuestra vida juntos.

Más invitados que camas.
Rincones para dormir.
Pausa en la fiesta.

En el hospital,
el olor de las flores.
Respiro hondo.

 

Sí,
Ya,
Esto
Sabe bien
Pimienta verde
Sal, laurel, y muchos besos.

Pimienta verde.
Me besas en la cocina.
Esto sabe bien.

Bajo la manta
No se puede ver nada
Sólo sentir.

Ni mar ni río
La piscina del vecino
Nos arrulla.

Dulce y salado:
Besos en la cocina,
Pan con aceite.

En la cocina
Manos calentitas
Pies fríos.

Cien personas
Me verán darte un anillo
Y bailaremos.

Tápame bien,
Aleja pesadillas.
Dame de dormir.

Con cascos puestos,
Limpiando los cristales
casi bailando.

Despertador.
Beso sudoroso
y un dilema.

Ropa tendida.
A lo lejos se oye un trueno,
Y maldiciones cerca.

 Ducha y abrazos
mañana de domingo
dulce y eterna.

Oigo la maquinilla.
¿Entrevista de trabajo,
o espera besos?