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Propósitos de año nuevo, 2017.

Es difícil, o más bien una tontería, hacer propósitos de año nuevo cuando vas a tener un bebé dentro de un mes como mucho, pero puedo empezar por revisar los del año pasado. El trabajo fue regularcillo solamente: tuve las tasas de aprobados más bajas de toda mi carrera como profesora. Hacer actividades comunicativas… bueno. Se fue haciendo lo que se pudo. Aprendí mucho sobre qué hago mal, aunque no quedara mucho tiempo para remediarlo. El curso del que solo he dado clase un trimestre pintaba mucho mejor y este primer trimestre lo hemos acabado, los alumnos y yo, bastante bien.

Sí conseguí ahorrar. Sobre salud, todo ha estado condicionado al embarazo y la verdad es que he hecho menos ejercicio del que me habría gustado. Sobre cosas que me apetecía hacer, sí he leído mucho, a ratos he pasado menos tiempo online, no he visto más películas porque prefería leer, la verdad. No he recuperado  las manualidades pero sí le metí las tijeras al cesto de la costura. Y no he reiniciado el blog de cocina, pero por lo menos éste sigue vivito y coleando.

Sobre 2017, tengo más deseos que propósitos , la verdad. Las cosas que dependen de mí son ahorrar, decorar la casa y hacer un pequeño viaje. Las realmente importantes son tener un bebé, criarlo bien sin venirme abajo en el intento. No perder relaciones por el camino. Con eso bastaría.

 

21 días, día 21 y conclusiones.

PHOTO_20160129_133404Parte de la decoración de la entrada en estos días.

La primera vez que hice este seguimiento de lo que hago todos los días en el trabajo escribí unas conclusiones. Mantengo casi todo, y las cosas que ahora son diferentes se deben a los cambios en mis grupos. Estas son las conclusiones que saco ahora:

1. He trabajado 105,5 horas en 20 días, incluidos un día acortado por tener que ir al médico. Esto supone una jornada laboral en abstracto y en teoría de 35 horas, pero como no contabilizo descansos y mi jornada matinal rara vez los tiene, si incluyéramos descansos hablamos de 37,5 horas, que es más o menos lo que la ley supone que hago. Debido a interrupciones y necesidades vitales variadas, cumplir con un horario así implica trabajar fines de semana, incluso si te propones, como yo, estar en el instituto unas 30 horas semanales.

2. El recuento que he hecho de las tareas usando trello no es completo: cada cinco días o así elimino tareas que he hecho, añado las que hayan ido surgiendo y me acuerde. Las que no me acuerdo de apuntar o he resuelto antes de abrir trello no figuran. Ha habido un ligero descenso, de 32 a 20. He hecho de todo: meterle el diente a tareas amplias y abiertas que no se terminan nunca, poner y corregir exámenes, cosas muy concretas como una llamada de teléfono. El trabajo no se termina nunca, y trabajar 8 horas al día no sirve para avanzar, que incluiría también hacer regularmente tareas más imaginativas que las del libro. Puedo hacerlas, pero muy de vez en cuando. De todas maneras, el trello es una ayuda magnífica, unque lo use poco.

3. Me paso la vida riñendo y creo que no soy la única. Dar clase en primero y a veces en segundo supone pasar más tiempo poniendo orden (en todos los sentidos, no solo la disciplina sino recordando, por ejemplo, qué día hay que entregar algo) que enseñando la materia.

4. El nivel de estrés es muy alto, para los profesores y para los alumnos. En los profesores se traduce en problemas de salud, que das clase peor, que riñes más y que no te concentras ni en el instituto ni en casa: hace dos años, con niños más mayores y más tranquilos, hacía más horas en casa. En los alumnos, en problemas de salud del tipo de ataques de nervios y dolores leves de cabeza o de barriga, en el ruido que hacen todo el día, y en peleas a las que ellos rara vez dan importancia. No sé qué habría que hacer para reducir el estrés aparte de aumentar los descansos y reducir las horas de clase.

5. Trabajar en un instituto pequeño (320 alumnos, 30 profesores, 4 grupos en 1º) y pasar la mayor cantidad posible de horas en el centro facilita la comunicación con otros profesores más que las reuniones regladas, porque en esas hay un orden del día que hay que seguir y consisten más bien en que alguien superior te transmite información. Poder tomarte un café o cruzarte en un cambio de clases con el tutor de ese niño que da problemas o con la Jefa de Estudios es lo que puede salvar un curso.

6. Otra cosa que puede salvar un curso es la atención personalizada. No es tan importante si tienes clases grandes o pequeñas (a 20 alumnos tampoco les das atención personalizada) como que tengas tiempo de llevar un registro de su trabajo y sus circunstancias, conocerlos, hablar con ellos en privado, hablar con sus familias y comunicarles si trabajan o no, hablar con los otros profesores del mismo niño, prepararles tareas aparte si es necesario, etc. Para mí la diferencia entre un grupo de 28 o un grupo de 20 no está en la clase en sí, sino en si al final tengo que echar cuentas de 130 niños o de 90. Ahí sí hay una diferencia, y estas tres semanas he observado un cambio de actitud grande en algunos alumnos/as que han recibido la clase de atención a la que me refiero. Eso sí, no es una fórmula mágica.

7. Doy clase con un método muy tradicional, pero cualquier pequeña ruptura con la monotonía, como una canción (que también es método tradicional), se percibe como la cumbre de lo innovador. Es como una boda por la iglesia, con todos sus perejiles, en la que la novia lleve un vestido rosa: dentro de una maquinaria que siempre hace lo mismo de la misma manera, los cambios más pequeños se notan muchísimo.

8. La clave de una clase de idiomas es usarlo. Todo lo demás son trucos de magia para que el alumnado no se aburra ni desmotive.

9. No me considero mala profesora, ni tampoco muy buena, pero no me veo puntos fuertes. Mis puntos más débiles son enseñar a hablar y a leer. El seguimiento de los 21 días me ha hecho mucho más organizada.

10. Hasta ahora me había parecido que las quejas del tipo “pasamos más tiempo haciendo papeleos y burocracia que dando clase” eran un poco exageradas. Ya no me lo parecen.

Propósitos de año nuevo, otra vez.

Llevo varios años poniendo por aquí una lista de propósitos de Año Nuevo. Es una manera de que la lista esté localizada y poder recordarla. Suelo cumplir unos cuantos, más que nada porque intento ser realista. Este año ha sido desastroso en muchas cosas personales (salud mía y de familiares, principalmente), pero algo he podido hacer. Mantuve la tasa de aprobados, aunque lo tenía fácil, con tres grupos de 4º de ESO. Terminé la tesis, de la que solo me queda defender. Con una mezcla de ejercicio físico y control del estrés conseguí no caer enferma de verdad. Sobre el eterno “quiero leer más libros de los que compro y reducir la altura del montón de pendientes”, pues este año ha ido mejor, porque el montón invencible al menos mantiene la altura sin crecer. Sigo tirándome del pelo cuando estoy nerviosa, y he empezado a medir el tiempo que paso online así que ahora podría empezar a reducirlo. Y algo importante: no he roto relaciones, no he cerrado capítulos.

Y estos son los de este año:

Trabajo, dinero, y demás cosas prosaicas:

  1. Mantener la tasa de aprobados en junio es imposible. Subirla al 70% desde el 50% actual sería todo un logro.
  2. Hacer actividades más variadas y más comunicativas.
  3. Volver a ahorrar. Ya sé cómo, y se me da bien, pero una serie de gastos en 2015 me han desequilibrado las cuentas y hay que volver a echarlas.

Salud:

  1. Pues lo de siempre: mantenerla. Que no es igual para todo el mundo, pero en mi caso depende mucho de mí.
  2. Derivado de lo anterior: seguir haciendo ejercicio. Aumentar las distancias que camino sin esfuerzo (este año pasó de casi 5 a 8 kilómetros). Hacer yoga como mínimo en días alternos, y si es a diario mejor.

Hobbies y demás cosas importantes y divertidas:

  1. Como siempre, leer más libros de los que compro. Con reducir el montón me vale. Ahora son casi 280.
  2. Seguir escribiendo en los blogs; resucitar el blog de cocina.
  3. Vaciar el cesto de la costura es mucho pedir… por lo menos empezarlo.
  4. Volver a hacer algún tipo de trabajo manual, como joyería, que la tengo muy abandonada.
  5. Pasar menos tiempo viendo bobadas online y más tiempo viendo series o películas.

La verdad es que me cuesta distinguir “propósitos” de deseos este año, pero aquí están. Lista y preparada para que las cosas cambien.

Yo sobreviví a la EGB.

frato_la_maquina_de_la_escuelaAñade el acoso escolar, y lo tienes.

Es inevitable tratar con nostalgia la época escolar, propia o colectiva, salvo casos traumáticos y puntuales. La vida entonces era más fácil, y al mismo tiempo, nosotros éramos, por los motivos que sea, mejores que los jóvenes de ahora. Como dice el dicho, “youth is wasted on the young”, “la juventud se malgasta en los jóvenes”. En España, además, tenemos la peculiaridad de las reformas educativas, que nos separan drásticamente según estudiásemos EGB y quizá BUP, o Primaria y ESO. La frontera está en nacer antes o después de 1980, aproximadamente.

Yo sobreviví a la EGB, y no la recuerdo con nostalgia. Por situarnos, las circunstancias fueron estas, que ya conté con más detalle en un post anterior. La EGB, que va desde el actual 1º de Primaria hasta el actual 2º de ESO, era la educación obligatoria. Yo la hice en un colegio de Huelva situado junto a dos barrios entre obreros y marginales. BUP era el bachillerato y lo hice en un instituto de zona rural que se estaba convirtiendo en residencial de chalés adosados justo entonces.

Empezaré hablando del mito actual del mérito y el esfuerzo. En aquel tiempo, no existía ningún tipo de adaptación oficial al alumnado. Si dabas la talla bien, y si no, peor para ti.  La única diversidad era la mal llamada “Educación Especial”, que consistía en que los alumnos con discapacidad intelectual estaban en una aula propia la jornada escolar completa. Esta uniformización del resto del alumnado hace pensar a algunos que las adaptaciones significativas y no significativas, la atención personalizada, la diversificación, y demás estrategias creadas en los últimos veinte años, han supuesto una reducción del esfuerzo del alumnado y una pérdida de “nivel” (“nivel” significa dificultad y cantidad de los contenidos que aprueba el tercio del alumnado que saca mejores notas). Lo que puedo añadir es que en aquella época dorada, la “actitud positiva”, es decir, el parecer una niña buena y estar calladita en tu sitio, contaba más de lo que recordamos.

Un ejemplo eran mis clases de Física de 2º de BUP. El profesor hablaba, yo intentaba no quedarme dormida, no entendía nada de nada, hacía exámenes desastrosos y aprobaba, porque era calladita y formalita y no daba guerra. No era el único profesor que se portaba así, conmigo y con más estudiantes.

Lo mismo ocurría si te pillaban copiando. En mis clases de BUP era muy frecuente copiar, y la sanción si te pillaban variaba entre una leve reprimenda y que te mandaran a Septiembre en función de lo bien que le cayeras al profesor. Lo vi muchas veces. En las clases de los últimos años de EGB pasaba algo similar, aunque copiar no era tan habitual.

Por otra parte, si estamos hablando de ese famoso “nivel” que sube y que baja, si explicaban algo que ya te sabías, te aguantabas. No existía el material extra para alumnos adelantados. Y finalmente, en mi promoción de EGB estudiamos BUP solo un puñadito y en mi instituto llegamos a Selectividad la mitad de los que empezamos 1º de BUP. Habría más nivel, quizá. Pero desde luego, al listón llegábamos bien pocos y nadie se preocupaba por los demás.

Hablemos ahora de contenidos y de la enseñanza como tal. En aquellas clases tan añoradas, aquella EGB tan completa y tan profunda, podías aprobar o suspender por la caligrafía. Y no me refiero a primero o segundo, cuando estás aprendiendo a escribir, no. Me refiero a la clase de Ciencias de 7º de EGB. Luego he conocido a otros adultos que fueron niños y niñas castigados a hacer cuadernos de caligrafía con 10, 11, 12 años.

Caligrafia rubio¿Sientes esa punzada de odio?

Las clases en general consistían en lecciones magistrales, con o sin deberes. Entre 6 y 8 de EGB, todas las clases de Ciencias Naturales consistieron en pura memorización. El profesor preguntaba la lección, como en una película de los años 50, luego leía la lección del libro, y ponía más materia para memorizar para el día siguiente. Fue quizá algo más instrucivo que las clases de lengua, que consistían en corregir ejercicios y poner deberes. Nunca me explicaron nada. Sí, como suena. Corregir los deberes del día anterior, mandar más, y vigilar que trabajábamos los 40 minutos o así que faltaban de la hora. La gente en vez de hacer ejercicios se ponía a charlar. Una vez, un maestro de EGB llamó a mi casa para quejarse de que yo leía mucho, porque llevaba algún librito a clase tipo Barco de vapor para aprovechar los tiempos muertos. Ojo, que no llamaba para decir que yo leía en vez de trabajar.

En matemáticas, hice mi último problema con 10 años, en 5º de EGB. Tuve clase de matemáticas cinco largos años más, tres de EGB y dos de BUP, pero sólo teoría y operaciones, nunca más problemas. Un profesor de BUP se enfadó cuando le pregunté para qué servía algo, no sé si la trigonometría o los logaritmos. Mi pregunta era curiosidad, no un “esto no sirve para nada”.

Además de los problemas de matemáticas, más cosas que no tratamos: en 12 años, recibí un par de horas de clase sobre nutrición. No me digáis que entonces comíamos mejor porque anda que no había guarrerías. Tampoco recibí ni un solo minuto de educación afectivo-sexual. Ah, en física alguna vez hicimos problemas (en BUP, en EGB no) pero de química nada de nada. Todo teoría.

No me he referido a la enseñanza de idiomas porque ya lo he tratado antes. Aunque ante el nivel en lenguas extranjeras del español medio mayor de cuarenta años, hay poco que comentar.

Terminemos hablando de los valores que transmitía aquella educación.Se trataba de una época en cierto modo de transición porque se conservaban algunas características visibles de la dictadura. Mi maestra de 1º a 5º de EGB empezaba las mañanas haciéndonos rezar, en un colegio público, y conozco a hombres que sufrieron castigos físicos sistemáticos en la escuela pública de los 80. Tuve un tutor que colocaba a las niñas en la columna de la ventana, a los niños en la de la puerta, y la de en medio, niñas delante y niños atrás. Estos casos no sé si eran aislados, pero como suelen sorprender cuando los cuento, me imagino que sí lo eran.

Hay que tener en cuenta que el ambiente era muy homogéneo. Todos éramos blancos; en EGB tuve compañeros gitanos, considerados una rareza tanto por la cuestión étnica como por su absentismo ocasional y sus familias algo más numerosas. Todos, o casi, habíamos nacido a la vista del colegio. Sin embargo, esta homogeneidad se traducía en un constante machaque a la menor diferencia. Por ejemplo, recuerdo a maestros decir en EGB  cosas del estilo de “no jures, que eso es de gitanos”. El insulto más repetido para las niñas gitanas o alguna paya que tuviera el pelo largo o revuelto era “piojosa”. Las niñas gitanas iban limpias, pero se fundían las dos características para insultar. Todo esto ocurría bajo la mirada de los maestros.

También oí a profesores hacer chistes sobre la homosexualidad, generalmente en forma de ridiculizar a rivales deportivos de mis compañeros de clase (el aula de enfrente, un partido con niños de otro colegio), y sobre violaciones, normalmente relacionados con la posibilidad de ser ellos o los alumnos varones víctimas de hombres homosexuales. Acerca de la violencia sexual, en 1º de BUP un compañero usaba esto en clase. Salía a la pizarra a corregir ejercicios luciendo este bonito dibujo a la espalda. Muy agradable de ver, como podéis imaginar.

GnR was here

Los alumnos de todas las edades pasábamos mucho tiempo sin supervisión; por ejemplo, como he contado en otra ocasión, en el descanso de dos horas y media de un comedor escolar estábamos unos 50 niños de 5 a 15 años encerrados en un patio sin vigilancia. Los profesores estaban completamente desentendidos de los problemas personales de los alumnos, ya fuera lo que ocurría fuera del colegio (pobreza, maltrato, etc) o dentro de él, como por ejemplo acoso escolar. La violencia entre alumnos era frecuente, en el aula , en el recreo y en la calle.Una maestra insistía en que no quería saber nada que ocurriera de la puerta para afuera ni tampoco sobre violencia que no fuera física, lo que era una manera muy efectiva de trasladar las palizas al camino de vuelta a casa. Algunos maestros incitaban explícitamente al aislamiento, acoso y abuso de alumnos, coreando motes, aislando pupitres, participando en burlas iniciadas por alumnos, y así.

Seguramente tu EGB fue mejor, y me alegro por ti. Pero la EGB también fue esto, y cosas peores. Guárdate tu nostalgia para los caramelos, los juguetes y las series de televisión.

Los agradecimientos de la #tesiszombie

El germen de esta tesis está en la lectura infantil de obras que en ediciones resumidas o íntegras han estado en casa de mis padres desde que tengo memoria. Sólo por eso el primer agradecimiento es para mis padres. De mi madre ha sido, además, documentación médica.

Una parte fundamental de la documentación la obtuve en la Universidad de Cornell. Allí también tuve la generosa ayuda del profesor James Eli Adams, que me animó con lo más difícil, que es empezar. Mi introducción a la psicología vino del profesor Daryl Bem, que hizo atrayente un campo completamente nuevo para mí y me recomendó algunas lecturas. En Sevilla, el profesor Rafael Portillo hizo recomendaciones sobre la relación entre la novela victoriana y el teatro, y la importancia del melodrama.

Dice Umberto Eco en Cómo se hace una tesis que al director de una tesis no hay que nombrarlo en los agradecimientos porque sólo hace su trabajo, y se le presupone. Así que aquí sólo agradeceré a María Ángeles Toda Iglesia su paciencia y amabilidad. Puedo decir lo mismo de Ana Luisa Martín Bejarano. Las dos hacen mucho más de lo que se supone que es su obligación.

El profesor Carlos Portillo Fernández me prestó un libro con todas las ilustraciones originales de las novelas de Charles Dickens. Tras su muerte, tan lamentada, su hermano José Ramón quiso que lo conservara yo. Esas ilustraciones, aun quedando fuera del ámbito de estudio de esta tesis, han sido una inspiración que ha facilitado el análisis de los personajes.

Enrique Salom Marco sugirió cómo mejorar algunos aspectos de la bibliografía y a organizar fases finales del trabajo. Fernando de Sagarra me aclaró dónde buscar algunas comparaciones con la novela francesa. María García-Puente Sánchez localizó para mí documentación médica y me enseñó a usar PubMed. María García, César González-Pérez, María Jesús del Río y Ana Sáez dieron opiniones que mejoraron el Anexo. César también ayudó con los gráficos y me animó a escribir y compartir reflexiones personales que, si bien quedan fuera de esta tesis, me decidieron a terminarla.

La lista de amigos que han dado apoyo moral es demasiado larga para citarla entera. Sin sus preguntas esto no habría llegado a ninguna parte, especialmente “¿por qué estás haciendo una tesis? ¿para qué es?”. Gracias por ayudarme a matar la #TesisZombie.

Toni ha hecho más de lo que se podría esperar de nadie.

Esta tesis no se podría haber escrito sin las Suites para Cello de Johann Sebastian Bach en la interpretación de Yo-Yo Ma. Thank you, Mr. Ma.

Cerrar capítulos

Glasgow clock

He vivido en tres países y ocho casas; diez mudanzas, o un número en realidad infinito, porque la vida de los tres a los trece años nunca cerró la maleta.

Se me da bien llegar, me adapto enseguida. Se me pegan trozos del acento, añadiendo giros sueltos al collage anterior. Los nuevos amigos (más los extranjeros que los españoles) notaban qué rápido llamo “mi casa” a un piso sin amueblar. Llego bien, me voy casi siempre a disgusto, y cuando aterrizo en el siguiente destino, empiezo un capítulo nuevo. Desde cero.

Esta adaptación tiene sus partes siniestras. Además de no sentirme de verdad de ningún sitio (no, de Sevilla tampoco), me acostumbro fácilmente a cerrar fases. Como si fueran capítulos. Esto afecta a más cosas que las mudanzas: relaciones y aficiones que a veces terminan, carpetazo, y como si nunca hubieran existido.

No es que se me dé mal mantener relaciones a distancia. Siempre hay amigos queridos que hacen de ancla sujetándome a algún lugar al que quiero volver. Es más bien la sensación de “hasta aquí hemos llegado”, de final absoluto, cuando no continúo algo que había sido vital hasta entonces, y cómo los reencuentros, cuando los hay, parecen relecturas de libros terminados hace muchísimo tiempo. Esa otredad. Aquella amiga, aquel grupito, los años dedicados obsesivamente a una afición, ¿realmente me ocurrieron a mí? ¿tanto me importó todo eso?

Toca cambiar de agenda de papel, lo que más se parece a esos cierres de capítulo,  y lo que se queda atrás provoca a veces la satisfacción de dejarlo todo limpio y ordenado, y a veces algo de pena. Este año es de los segundos.

Quiero hacer cambios y empezar proyectos sin cerrar ningún libro, sin terminar ninguna de las relaciones que tengo ahora.

Quiero empezar, pero no desde cero.

No quiero sentirme a la deriva.

Ancladme.

Propósitos de año nuevo: revisión.

El año pasado hice aquí una lista de propósitos, que sin pretenderlo cumplía algunas de las condiciones que deben tener este tipo de buenas intenciones. Simplificando: deberían ser pocas, concretas, y medibles. Mejor que “apuntarme al gimnasio” es “ir al gimnasio dos veces a la semana”.

Veamos lo que conseguí y lo que no.

  1. Mantener la tasa de aprobados: lo conseguí, aunque lo tenía fácil al tener apenas 70 alumnos en vez de los habituales 100-120. Y con tres grupos de 2º ciclo, donde los resultados suelen ser mejores que en el 1º.
  2. Conseguir cien libros más para la biblioteca escolar: lo conseguí con ayuda. Solo no puedes, con amigos sí.
  3. Terminar la tesis doctoral: Pues no, no ha podido ser, pero casi. Me falta un capítulo, revisar, y concluir.
  4. Evitar los problemas de salud que está en mi mano evitar: psché. Podría ser peor.
  5. Seguir haciendo ejercicio: también psché. Hago un poco más de la mitad de lo previsto.
  6. Vaciar el cesto de la costura: JAJAJAJA. No. Apenas lo he tocado.
  7. Leer más de lo que compro (o me regalan). Pues tampoco. Redondeando lo leído (y en diez días que le quedan al año, puedo hacerlo), serían treinta leídos del montón acumulado y cincuenta nuevos. Echadle la culpa al Algarve Book Cellar: los libros de segunda mano son mi perdición.
  8. Leer más variado: esto sí. Estilos variados (mucho ensayo que no tenía que ver con la tesis, también), y autores también. Sin contar antologías, he leído a casi 20 autores desconocidos para mí, y apenas he repetido autores.
  9. Escribir semanalmente en los 3 blogs que mantenía en ese momento. No lo he hecho por dos motivos: por una parte, la biblioteca escolar no genera tanta información ni tanto tráfico, y una media de 2 posts al mes (o 15 al año) es más que suficiente. Lo importante es que si hay información, se incluya ahí. Respecto al blog de cocina, mantenerlo ahora mismo es una tarea demasiado ambiciosa considerando el tiempo que consume la tesis. En este blog llevo casi 70 entradas, superando ampliamente la media de una semanal.

Es decir: tres cumplidos, cinco que no se han cumplido pero me he acercado o al menos lo he intentado, uno que no, ni de lejos.

Este año no quiero ser demasiado ambiciosa. No quiero mezclar propósitos con deseos, y en realidad, mantengo casi todo lo que dije el año pasado. Este año quiero conseguir lo mismo, y un par de cosas más:

Una, dejar de tirarme del pelo. Me tiro del pelo como quien se muerde las uñas, sobre todo cuando estoy estresada.
Dos, pasar menos tiempo en internet. Que deje de ser mi principal distracción / forma de ocio. Este no es un propósito bien formulado porque debería ser medible, pero bueno. Así se queda, al menos de momento.

Hay un par de cosas más, pero son más deseos que intenciones, así que se quedan fuera. A ver qué tal sale todo.

Anécdotas de la burbuja

Mi padre tenía un jersey que me encantaba. Era de algodón, con un estampado de rombos y trapecios en colores primarios que servirán para datarlo con precisión en algún museo como moda masculina de la primera mitad de la década de los noventa. Durante una temporada estuve tan gorda que me quedaba sólo un poco suelto, y se lo cogía prestado. Luego adelgacé y ya sólo se lo puso él. No me importó; le quedaba muy bien. Cuando se pasó de moda él siguió usándolo igual. Hay prendas a las que se coge cariño.

Cuando al jersey se le notaban ya los años de lavados, hace ahora unos diez años, los olivares que nos habían rodeado hasta entonces se conviertieron en un bosque de grúas. Audis negros y Seat León amarillos sustituyeron a las motos de todos los críos de la zona. Mi padre volvía de trabajar tardísimo algunas noches. Una mañana, me contó que le habían querido comprar el jersey.

¿Qué? Sí, el jersey que me gustaba. En una gasolinera, mientras él repostaba, llegó un chaval jovencísimo con un cochaco impresionante y le quiso comprar el jersey que llevaba puesto por un billete grande.

– Y le dije que cómo le iba a vender el jersey, que no podía ser, porque le gustaba mucho a mi hija.

Dónde andarán ahora aquel muchacho y su deportivo.

De tesis y zombies.

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Obras completas de Dickens. Cada pestaña de color marca un acto de violencia doméstica o de género. 

Hace muchos años que doy el mismo consejo. Lo mejor que puedes hacer con una tesis es no empezarla. La tesis es como los gatos, no es tuya, eres tú de ella. La tesis es como las drogas duras, los que se enganchan son los pringaos, tú puedes, tú controlas, tú vas a ser ESE doctorando único y especial que va a tener los subidones de poderío intelectual y nunca las resacas, las bajonas y las crisis.

Ya.

Claro.

Y el caso es que yo estoy intentando terminar la mía, si se deja. Veremos.

Nunca se sabe por dónde empezar. Un comienzo puede ser que empecé Filología Inglesa, una carrera que conduce de forma clara a la docencia, sin querer tener nada que ver con adolescentes, así que una de las opciones que quedaban era la universidad. La carrera me gustaba mucho, yo tenía un expediente muy bueno, y oye, tal como estaban las cosas en 199x parecía que la ruta era fácil y empezaba por ahí, por el doctorado.

En aquel momento la carrera tenía cinco años. El cuarto, me fui de Erasmus y pasaron dos cosas. Una, que la nota media me bajó del 9.5 al 8.5. Dos, que muchos de mis nuevos amigos me preguntaban: “¿cuál va a ser el tema de tu tesis?” Yo en aquel momento no tenía ni idea, pero me quedé un poco mosca. Y en el verano entre cuarto y quinto, me decidí. Sabía que quería hacer algo panorámico más que monográfico, no por ambición sino porque mi capacidad de atención y de análisis tiende más a buscar paralelismos y patrones entre objetos dispares y campos amplios, que a la disección precisa de cuestiones pequeñas y sutiles. Sabía que quería trabajar con narrativa, porque la poesía me parecía demasiado subjetiva y personal, y no confiaba en mi capacidad para analizar teatro, siempre cambiante, siempre dependiente de la ejecución. Sabía que no quería estudiar nada que me gustase muchísimo porque no quería arriesgarme a cogerle manía. Y sabía mucho más de lo que deseaba saber sobre violencia de género. Así que cuando mi madre me dijo “¡haz un estudio sobre violencia de género en Shakespeare!”, en mi cabeza triangularon dos lecturas de infancia y una reciente, y la respuesta fue: “sí, violencia de género en Dickens“.

Empecé a trabajar en ello en 5º de carrera. Conseguí una beca que me vino bien porque tenía que justificar algún tipo de trabajo, y lo que hice fue elaborar una base de datos a partir de las novelas. Es decir: cada vez que un personaje insultaba o pegaba a otro, a la base de datos que iba. En 5º no trabajé mucho en ello, tenía que estudiar, pero adelanté algo y me compré los materiales básicos de la tesis: los libros. Dickens escribió 14 novelas y montones de cuentos.

Estas fueron las circunstancias al principio. Teníamos el siglo recién estrenado, y la vida era bella. Veamos algunas circunstancias posteriores algo más deprisa.

1º curso: Hay que empezar por estudiar los cursos de doctorado. Entonces no había trabajo de fin de carrera para casi nadie. Pasé de los trabajos de unas 3000 palabras de la carrera a hacerlos de unas 5000. Me leí las 14 novelas, apuntando en la base de datos cada acto de maltrato. Tardé año y medio, más o menos.

2º curso: Me fui con una beca a una universidad americana, donde cursé dos asignaturas, una porque necesitaba completar créditos y otra porque quería cogerme algo que tuviera que ver con psicología, que necesitaba para la tesis. La asignatura fue absolutamente inútil para la tesis, pero aprendí muchísimo, así que me alegro de haberla cogido. Escogí tema para la “tesina” (algo así como una tesis de Máster que hay que hacer antes de la tesis de verdad), comparando a dos parejas en las que hay violenta sacadas de una novela de juventud y otra de madurez. Y aproveché que estaba en una universidad fabulosa para leer, leer y leer todos los libros que remotamente tuvieran algo que ver con mi tema de investigación. Cada vez que encontraba un dato útil, lo copiaba. Empecé algunos borradores de lo que luego han sido capítulos de la tesis.

3º curso: Cursar los últimos créditos que me faltaban en clases, pedir y no conseguir becas (¿recuerdas ese año Erasmus? la bajada de las notas supuso que no pudiera conseguir becas de investigación, tuve mucha suerte con la beca americana), buscar trabajo, y escribir la tesina. En esto último tardé un poco más de un curso, cosa de cuatro o cinco trimestres. Sobre el trabajo, malviví dando clases particulares.

4º curso:  la primera mitad, terminando la tesina. Fue una suerte tener tanta información recopilada en Estados Unidos porque la biblioteca de mi universidad se quedaba corta para mis necesidades. Con la tesina acabada, en teoría debía continuar con la tesis, pero estaba cansada y desanimada, porque en este tiempo habían cambiado bastantes cosas. La principal, que era muy obvio que los cambios en la Universidad y mis circunstancias personales hacían imposible la ruta profesional que era la principal razón por la que empecé todo esto. En realidad estaba claro desde bastante antes: profesionalmente, no necesitaba una tesis. Al contrario, era un obstáculo que me tenía apartada del mercado laboral.

Y aquí vino un parón absoluto de tres años. Uno para preparar las oposiciones, otro para empezar en el trabajo, y otro porque después de dos años de parón, estaba muy desentrenada. Allá que se fueron el quinto, sexto y séptimo año. El siguiente hice algo,  el siguiente casi nada. Y llevo dos años intentando terminar. Trabajar en otra cosa y hacer una tesis a la vez es agotador y desmotiva. Alarga la jornada laboral hasta el infinito. ¿por qué sigo? Porque me da pena dejarla sin terminar, porque sé lo que quiero decir y sólo tengo que escribirlo, y porque sé que si fuera un libro escrito por otra, me encantaría leerlo. Supongo que si volviera a 200X haría las cosas de otra manera, pero aquí, la única salida es terminar.

De aquí te puedo dar un par de consejos. No sé si hace diez años los habría seguido, pero allá van. Los tienes en esta entrada.