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Comunismo para torpes, 2. Conciencia de clase.

La conciencia de clase, en una definición muy sencilla, consiste en saber cuál es tu lugar en los procesos económicos y cuáles son las consecuencias de ello. Es saber quién es el enemigo. Aquí no hablamos de clase baja, media o alta, sino de clase obrera o burguesa. Los obreros son todos los empleados. Sí, todos. Aquí es fácil caer en la trampa de «yo no soy un obrero porque gano mucho»; o «yo no soy un obrero porque trabajo sentado»; o «yo no soy una obrera porque tengo estudios». Que no. Tú trabajas y otro, cuyo trabajo es exclusivamente supervisarte, gana dinero. Eso es ser un obrero. Para más información, te lees esto que es corto o esto que es más largo, tiene más mala idea y está muy orientado a gente con estudios superiores.

Los no empleados pueden ser empresarios, que viven del trabajo de los demás, o autónomos, pequeños empresarios, que son un término medio: pueden estar viviendo del trabajo de otros, pero su posición puede ser bastante dura en competición con los empresarios más asentados, y toman iniciativas que no toma nadie más. La empresa privada muy pequeña existió en la RDA y en la URSS con Lenin, así que tampoco nos vamos a poner muy puristas.

Yo adquirí conciencia de clase de una manera intuitiva, no verbal, y muy frustrante, cuando era profesora en el IES González de Aguilar, en Estepa. La mitad de mis alumnos eran hijos de mantecaeras y olivareros. El pueblo tiene más de 20 fábricas de dulces navideños, muchos minifundios de aceituna, y una cooperativa que produce el mejor aceite de oliva del mundo. El pueblo es próspero, con muchísimo pequeño comercio.

Estaba yo un día en una cafetería playera, lejos de casa, con un grupo grande de gente poco conocida, y un imbécil que estaba un escaloncito por encima de las familias de mis alumnos dijo, muerto de risa, «Qué lástima. Acabar dando clase a las futuras mantecaeras, pobre». Y me di cuenta de que yo estaba orgullosa de un trabajo que otros despreciaban.

Los profesores de secundaria somos personas con poca conciencia de clase. Nos hemos creído casi todos que la carrera universitaria que se pagó con el sudor de nuestros padres, y la nómina que nos paga la Administración educativa en lugar de un empresario de carne y hueso, nos colocan en esa ansiada clase media. Eso hace que en el mejor de los casos, deseemos para nuestros alumnos lo mismo. Se podría vivir el proceso Primaria -> Secundaria -> fábrica de mantecados como nuestro fracaso. Puede serlo, si la alumna tenía un potencial que yo no supe descubrir y despertar, o si ella en realidad quería estudiar pero no ha podido porque en su casa no había dinero. Pero aquella tarde, escuchando a aquel idiota que insultaba a mis futuros olivareros y mecánicos, entendí que mi trabajo no es entrenar una nueva generación de futuros médicos o profesores. Mi trabajo es guiarlos a todos hasta la siguiente fase, la que ellos elijan libremente, dándoles toda la información que pueda antes de que tomen esa decisión. Que estudien, sí. Pero que no vivan la fábrica o el barco pesquero como un fracaso, y desde luego, que sepan que yo estoy de su parte. Tengo claro que ni ellos ni sus padres son mi enemigo.

 La información sobre autónomos y PYMES me la aclararon @NewIlluminatus y @Enderrap. Gracias. 

Dirty Old Town

Cuando yo rondaba los diez años, ponían en la televisión la tarde de los viernes un programa musical llamado «Plastic». Creo que lo presentaban un hombre rubio y otro moreno, muy jóvenes, y una mujer que a veces sobraba. Lo veíamos con la merienda mi padre, mi hermano, y yo. Y si con mi madre aprendí a disfrutar de los libros, con mi padre aprendí a disfrutar de la música. Él era fan de Sting y me enseñó a reconocer un bajo dentro de las canciones, y ahora yo enseño a mis alumnos a decir «bass guitar». Escuchaba The Wall y yo tarareo Nobody Home cuando me deprimo. Plastic duró poco, pero las meriendas de los viernes de aquellos meses las recuerdo bien.

Una sección del programa eran los videoclips subtitulados. Uno a la semana nada más, para una niña que estaba justo empezado a aprender inglés. Y pusieron éste:

Y yo me quedé prendada, alucinada, con aquel tipo tan feo que cantaba con tanto odio. Mi padre me explicó algo, la letra, el grupo, no sé; yo estaba hipnotizada por el sentimiento con el que Shane McGowan maldecía su ciudad.

Mi padre no me enseñó a traducir, pero me animó a ser una buena traductora y a tomarme libertades según me pareciera. Así que aquí está mi versión, algo libre, de la letra de esta canción. Con versión haiku de propina.

Quedé con mi amor junto a la fábrica de gas,
Tuve un sueño junto al canal.
Besé a mi chica junto al muro de la fábrica,
mierda de pueblo,
pueblo de mierda.

Las nubes pasan y tapan la luna,
los gatos hacen la ronda,
la primavera es una fulana nocturna.
Mierda de pueblo,
pueblo de mierda.

Oí una sirena en el muelle,
vi un tren, una noche en llamas,
Se olía la primavera en el viento.
Mierda de pueblo,
pueblo de mierda.

Me voy a hacer un hacha bien grande.
Acero brillante, forjado en la fragua.
Te partiré a cachos como árbol podrido.
Mierda de pueblo
pueblo de mierda.

*
Gas, humo, muerte.
Noche de primavera
sin redención.

Los privilegios en acción: ejemplo práctico.

Nuestro primer encuentro con el concepto de «privilegio» puede ocurrir en áreas que produzcan mucha división social, áreas muy visibles como el género o la riqueza. Siel primer ejemplo que alguien conoce son sus propios privilegios, esto puede generar algo de resentimiento y una tendencia a ponerse a la defensiva. Yo entré por el camino fácil, leyendo sobre feminismo, donde evidentemente la privilegiada no soy yo, sino los hombres.Llevaba bastante tiempo leyendo sobre las consecuencias de ser una persona privilegiada cuando me di en las narices con algunos blogs transexuales, y entendí qué puede sentir un hombre al que se le dicen que tiene privilegios cuando leí sobre los privilegios cis. Aquí tenéis un ejemplo en inglés.

¿Es culpa mía, o de otras personas parecidas a mí, que ser trans* sea a menudo un asco tan grande? Pues no. Yo no decidí que sexo = género, ni soy la psiquiatra que quiere decididir si esa persona es hombre o mujer. Pero tengo privilegio cis, porque mi vida es más fácil que si no lo fuera, y porque ser cis no es mérito mío. Ea, ya tienes una definición de privilegio que excluye toda culpa y responsabilidad.  Ahora yo puedo elegir ser opresora, en este caso transfóbica, o ser cómplice y pasar del tema, o ser aliada y hacer lo que se pueda por los trans*, consiguiendo así reducir el privilegio cis o su impacto.

Un catálogo completo de privilegios sería, en la sociedad occidental moderna, varón, cis, blanco, nacional (no extranjero), heterosexual, rico, diestro, sin discapacidades, adulto joven, atractivo. Para terminar de explicarlo, aquí va un repaso de cuántos tengo yo, y algunos ejemplos de qué me benefician habitualmente.

Ser mujer no es un privilegio. Ser cis, sí, muchísimo. Puedo moverme por espacios femeninos sin ningún problema, y nunca tengo que dar explicaciones sobre la conjunción nombre-aspecto externo-personalidad-genitales. Hay más, pero os recomiendo que lo estudiéis vosotros. Ahí hay otro privilegio: puedo hablar de algunos no-privilegiados alegremente y mi opinión contará más que la de ellos, aunque yo tengo poca o ninguna experiencia, porque tengo formación académica y porque asumís mi objetividad.

Soy blanca según y cómo. En el sur de Europa es indudable (además soy paya); en el Reino Unido me aplican estereotipos bienintencionados de fiestera y alegre, por ser sureña; en Estados Unidos soy blanca hasta que abro la boca o el pasaporte, y entonces soy latina. Personalmente, me identifico con unas etiquetas o con otras dependiendo del contexto. A veces leo las experiencias negativas de no-blancas en Estados Unidos y pienso «eso me ha pasado a mí». Pero en general, el privilegio de blanca es más beneficioso que cualquier lastre. Sirve, por ejemplo, para poder encontrar con facilidad novelas que me representan a mí y a mi experiencia de la vida; para que la gente asuma que soy nacional; participo en un sistema educativo que enseña a los niños las cosas que ha hecho gente como yo.

Ser nacional está estrechamente relacionado, pero si pensamos en los gitanos, que son nacionales pero no son considerados socialmente como blancos, vemos las diferencias. Si yo fuera la misma persona, pero gitana, probablemente recibiría comentarios condescendientes sobre lo bien que he «superado los estereotipos», y bla, bla, bla. En el trabajo la gente me pediría mi opinión sobre Los Gitanos con mayúscula y cualquier cosa que hiciera que se saliera un poco del tiesto se atribuiría a mi origen.

Yendo a mis privilegios por ser nacional: es uno de los que más disfruto de tener, lo reconozco. Me encanta vivir en un sitio donde nadie me considera forastera y creo que he tenido mucha suerte por no tener que emigrar lejos. Mi familia está a una hora en coche. Domino el idioma, el lenguaje corporal y otras idiosincrasias de casi todas las personas que me rodean. Compartimos una cultura. El Estado del Bienestar, o lo que queda de él, está pensado para mí.

Mi educación es de clase media, y no paso hambre, así que digamos por simplificar que soy de clase media. Además, el azar me ha dado acento del norte de España, que en Andalucía Occidental significa «pijo». De mi origen social he sacado educación superior, que me ha permitido acceder a trabajos estimulantes y motivadores, conocer a gente estupenda, y poder escoger con quién me relaciono y con quién no. La gente suele tomarme en serio cuando hablo. He observado algo parecido en algún otro norteño transplantado al sur. Ah: no se nos considera «inmigrantes», por supuesto. Ir del norte al sur no es como ir del sur al norte.

El triángulo mujer-blanca-clase media suma «inofensiva y respetable». La policía me hace más caso, y tienden a dejar pasar infracciones de tráfico. Me han hecho dos controles de alcoholemia en mi vida: me paran, y cuando me ven, me dicen que siga. Casi siempre llevo una navaja suiza en el bolso, y no me preocupa que me registren. No me vigilan en las tiendas, de hecho, lo normal es que me hagan caso.

Soy diestra y además no tengo discapacidades físicas. Bueno, tengo dolores que pueden cronificar si no dedico bastante tiempo a cuidarlos. Pero después del yoga y los analgésicos, el mundo está hecho a mi medida, literalmente. La cama, la mesa, los cacharros para comer y cocinar, el coche, TODO está pensado para mí y mi comodidad.

Adulta, joven: tengo todos los privilegios de los adultos, entre los que agradezco especialmente que está peor visto que me agredan mis cuidadores si los tengo, que tengo más derecho a mantener un espacio personal, que los desconocidos no hablan conmigo por la cara, y que mis rutinas diarias las creo yo. ¿Te parece que estoy diciendo una tontería? Piensa en la diferencia entre una enfermedad mental en un niño y en un adulto. Piensa en un niño con malos cuidadores. Piensa en la diferencia entre una niña y una mujer violadas. Hay cosas que no son mera consecuencia de la inmadurez física y mental, sino construcciones culturales y privilegios. Pasemos a que soy joven: por un lado tenemos joven-y-en-forma: volvemos a que no tengo discapacidades, o como dicen algunos, soy bípeda. Por otra parte, soy joven-y-atractiva. Creo que la principal consecuencia de ello es que caigo mejor que si fuera fea o mucho más mayor. Y me hace visible, literalmente. He visto a dependientes en tiendas ignorar a mi madre (atraversarla con la mirada, no oírla, una cosa extrema) y contestarme a mí a la primera. Además, creo que cierto aire de indefensión y bondad que no sé si retrendré para siempre suele despertar ganas de ayudarme en hombres y mujeres mayores que yo.

Delgada, lo que es delgada, no estoy. Estoy en el punto en el que personas sin formación médica opinan sobre mi comida, y antes del punto en el que una enfermedad mental se asociaría con mi cuerpo («está gorda porque no se cuida porque no se gusta porque está deprimida» «está gorda porque no le gustan los hombres porque una vez….»).

Da igual si soy heterosexual o no: lo parezco porque estoy casada con un hombre y porque doy una imagen femenina. Me voy a repetir: casi toda la ficción romántica, casi toda la poesía, está pensada para mí. Puedo ser cariñosa con hombres, empezando por mi marido, en público, sin temor a represalias. El personal médico respeta mi sexualidad.  En el curriculum educativo que enseño, existimos yo y otros como yo (la soltería o el celibato no se presentan jamás como opciones deseables). Nadie cuestiona porqué estoy con mi pareja o porqué elegí a un hombre.

La suma de mis privilegios me hace visible. Soy la mujer por defecto, soy en lo que piensas cuando piensas «mujer». Me ves y piensas «mujer»; las demás etiquetas están muy al fondo del cajón. Un político dice «ayudas a la mujer» y habla de mí. Un cantante dice «A esa mujer» y sabes que habla de mí. Abres el periódico, y salgo yo. Soy visible, soy de verdad, soy normal, soy neutra. Si has leído hasta aquí, observarás que nada de todo esto es culpa mía. Aún así, es de justicia que quiera cambiarlo; y no perderé nada que es mío cuando otros ocupen el lugar que merecen.

Entrada realizada con colaboración de Jorge Fuentes.

La rabia que ves llegar.

Para estar en forma, usa todos tus músculos, de todas las maneras. Para mantener la mente ágil, usa todas tus habilidades. Y por supuesto, tienes que pasar por todas tus emociones. Están para eso. Se pueden exteriorizar más o menos, eso depende de ti, y de las circunstancias, eso no importa. Pero siéntelas. A veces, siéntelas mucho.

Ni pensamiento positivo, ni estoicismo, ni tonterías: las emociones negativas tienen su momento. Como el picante en la lengua, el dolor que avisa de que algo no va bien, los pliés que me machacan las rodillas y los cuádriceps, el frío, la gripe, la muerte.

Sí, echas de menos, reconócelo. Sí, estás enfadada. ¿Quieres gritar y no puedes? No grites. Pero que la furia te invada. Dale color y forma. Siéntela subir y rodearte. Haz que salga de ti, o que te inunde. Como tú veas. Sí, sientes envidia y sabes que está mal, añade culpa y haz una ensalada con las dos. Procésalas, examínalas, rómpelas, trágalas, digiérelas, decide si merece la pena conservarlas, dales tiempo a acomodarse en los recovecos de tu cabeza.

Dales su momento. Cuando corres y te quedas sin aire, sabes parar, ¿no? Haz eso con la pena. Cuando ya no sirva para nada, la guardas. Pero primero, dale una oportunidad.

Sírveme lo de siempre.

Nací con predestinación nómada. Todos mis abuelos, y mi madre (mi padre, curiosamente, no) fueron emigrantes. Nací en una ciudad, eché a andar en otra, aprendí a leer en la siguiente. Pasé la adolescencia cerca de lo que siempre pensé que era el punto origen, y nunca me sentí tan fuera de lugar como esos años.

 Entré en la universidad y me dio por viajar, a veces poco tiempo y a veces instalándome en ciudades nuevas. Con becas, con mochila, con trabajillos de camarera, viví en dos ciudades europeas, visité media docena más, y le dije a un amigo escocés que todo lo que necesitaba para sentirme como en casa era una ciudad con río, zonas verdes, y cafeterías.

 Al empezar a trabajar, mi alumnos me preguntaban de dónde era, y yo contestaba que era de donde hay un bar donde me sirven “lo de siempre”.

 Ahora que paso todos los recreos en la biblioteca del instituto, algunos alumnos y yo tenemos una rutina para que me traigan el café de la cafetería. El dueño tiene una curiosa distinción entre “leche manchada” (leche con una gota de café), “manchado” (lo que en cualquier otro bar sería una leche manchada fuertecita) y “café con leche” (Apenas distinguible del manchado, pero con algo menos de leche). Algún alumno de pulso firme va a la cafetería, me pide “un manchado” y me lo traen a la biblioteca, con el azúcar ya vertido, y me lo bebo en el banquito del pasillo para dar ejemplo. En la biblioteca no se come.

 Un día, le pedí a una niña que me trajera otra cosa, porque no tenía ganas de café. Fui a hacer una llamada de teléfono, y cuando volví me encontré un manchado. Vaya, se habrá equivocado la niña. Una semana más tarde, tenía ganas de leche manchada, y mandé con el encargo a una chiquitaja de 1º de ESO. Volvió con un manchado y cara de agobio. “Maeehtra, que dice el del bar que me he equivocado y que esto es lo que tomas tú. Es lo que él me ha dado”. Así que ya estoy donde debo estar: en mi biblioteca, donde hay un bar donde me sirven lo de siempre.

Apátrida
me sirven ‘lo de siempre’
y aquí me quedo.

Mi obsesión por los apuntes perfectos.

Parte de la responsabilidad de mi éxito educativo posterior la tuvieron los profesores de Geografía e Historia de 2º y 3º de BUP. Los dos daban clase por apuntes, sin libro, y los dos revisaban los cuadernos, de entrega obligatoria pero sin nota numérica. Con el primero de los dos profesores, estuve dándome cabezazos con la pared un trimestre entero: por más que intentaba esmerarme con la letra, siempre me los devolvía con mala nota. Así que me harté y empecé a pasarlos a ordenador. Y me pasó lo mismo durante dos trimestres: dejaba la tarea de pasar a limpio hasta el último momento, me tiraba sin dormir la noche antes del examen, y no me daba tiempo a estudiar. Vaya, ni una sola relectura les daba.

  • Lección 1: Pasar a limpio a ordenador lleva tiempo, pero es una tarea más agradable que hacer codos.
  • Lección 2: Pasar a limpio es como leer tres veces, o mejor.

Al año siguiente, de nuevo sin libro de texto, hubo un cambio fundamental: los exámenes eran larguísimos, y de memoria. Historia de España. Con montones de temas sobre las idas y venidas en la Conquista. Y en todos los exámenes caía todo, es decir, siempre te jugabas el curso entero al próximo examen. Solución: hice una plantilla con un mapa de España pequeñito, de cartón, y cada vez que venía a cuento, dejaba un hueco para explicar esa fase de la invasión o de lo que fuera con un mapa de colores. Cogí mi colección de postales e ilustré los temas de Arte con fotos de cuadros y monumentos.

  • Lección 3: Mima tus apuntes incluso cuando de ellos no deriva una nota numérica. Que sean bonitos, si puedes. Vas a pasearlos mucho.
  • Lección 4: Añade cualquier cosa que esté relacionada y te guste, aunque no caiga en el examen.

Un poco más tarde, entré en la universidad y desarrollé una especie de taquigrafía. Todo lo que podía ser una abreviatura, lo era. Por ejemplo, «persona», una palabra que en 1º de Derecho oyes sopotocientas veces al día, era ps. El siguiente paso fue aprender a escribir sin la letra e. Es decir: s·gu·nt paso fue aprndr a scr·b·r sin la ltra E. Esto tuvo  ventajas añadidas:

  • Lección 5: cultiva unos apuntes sucios ilegibles. Eso te obligará a pasarlos a limpio y disuadirá a otros de pedírtelos. Los limpios se pueden copiar; los sucios son irremplazables y no se prestan.

Pasé por Derecho sin pena ni gloria y empecé Filología Inglesa, donde topé con un nuevo reto: el límite de papel en los exámenes del Departamento de Literatura.. Yo siempre he hecho exámenes muy cortos, voy al grano. Pero tengo la letra muy grande, y tenía que vigilar eso. Así que eché cuentas del tamaño de mi letra y cuánto texto me cabía en el folio por las dos caras en el que tenía que encajar cada tema de Introducción a los Textos Literarios Ingleses, comprobé cuántas líneas eran eso en Times New Roman pt11, y tmé eso como objetivo.

Primero, pasaba a limpio todo lo que hubiera apuntado en clase. Naturalmente, al coger apuntes en inglés y en otra área de conocimiento tuve que desarrollar abreviaturas nuevas (y mientras escribo esto, mis dedos casi quieren escribir dsrllar). Una vez pasado todo a limpio, se convertía en párrafos ordenados. Y entonces, a recortar sin compasión. Cada tema tenía que ocupar ni más ni menos de media carilla. Dos temas por carilla. Lo mismo un pequeño poema menor del siglo XVII que Shakespeare.

  • Lección 6: Hay apuntes para aprender y apuntes para aprobar exámenes. Distínguelos bien. Y ante la duda, haz una copia de seguridad de los apuntes de aprender, puedes necesitarlos más adelante.
  • Lección 7: El cuentapalabras es tu amigo.
  • Lección 8: el cortapega (de tus mismos apuntes) es tu otro mejor amigo.
  • Lección 9: a menos que la prueba sea ferozmente competitiva, presta tus apuntes con generosidad.  Tú los dominas; los otros tienen que aprenderlos. Puede que necesites que alguien te preste sus sucios. 

Y un par de años más tarde llegaron las presentaciones orales.

  • Lección 10. Las fases de los apuntes son: tomar apuntes en clase, pasar el sucio hasta que sea legible, revisar estilo, ajustar a una plantilla si el examen tiene límite de tiempo o papel, corregir erratas. Eso son cuatro lecturas.
  • Lección 11. Si un texto va a ser presentado oralmente o leído por otras personas, necesita siete lecturas: las cuatro de la Lección 10, y al menos tres más.

Y después llegaron las oposiciones, que en este sentido me enseñaron poco que no supiera ya.

  • Lección 12: la letra con la que imprimas los apuntes debe ser cómoda de leer, y necesitas un buen margen donde tomar notas. Siempre te vas a olvidar de algo.

Ahora, enseño a mis alumnos a tomar apuntes. Les cuesta. Son muy pequeños, y no están acostumbrados. No entienden por qué me tienen que entregar el cuaderno pasado a limpio, por qué está prohibido usar ciertos tipos de letra, por qué me da igual que puedan prestárselos unos a otros. Me da igual. Sé que en unos años ellos se van a acordar de mí como yo me acuerdo de los profesores que me enseñaron a coger apuntes.

Corazón en bandeja.

No,
no voy a poner mi corazón en un poema.
No,
No en un poema como en una bandeja.
Porque entonces
ese pedacito de mí –quizá tuyo-
lo leerán otros,
y otros se lo contarán a alguien.
Mi corazón, que empezó mío,
y luego fue tuyo
acabará repartido.
Cortado con tenedor y cuchillo.
Todos podrán compararlo con los que ya conocen:
Los otros corazones puestos en blancas bandejas,
Pinchados sobre un panel,
Intimidades que otros incautos (no yo)
Pusieron en un poema para compartirlas.
Yo no,
prefiero no ponerlo.
No.
En un poema, no.
No va a ser en un poema donde te dé mi corazón.

(Ithaca, Abril 2005)

 

¿Qué clase de feminista eres?

Una crítica que las feministas recibimos a menudo es que deberíamos estar luchando para resolver otros problemas distintos. Que hay hombres maltratados, o que nos preocupamos por tonterías. Otros se meten en enredos lingüísticos sobre la igualdad y el hembrismo. Además están los desacuerdos entre las propias feministas. Es difícil evitar las discusiones improductivas en estos casos.

Leer ciertos debates online me ha hecho pensar mucho en qué clase de feminista soy, y cómo quiero ser. Escribirlo ordena las ideas, contarlo es un posicionamiento. Sigo estando a mitad de camino de todo, como siempre.

Ante cualquier conflicto de género, mi reacción visceral es cómo afecta a mi experienciay mi primer pensamiento es cómo influye ello en las vidas de mis alumnos, chicos y chicas. Por eso, estas son mis prioridades, aunque no están en orden.

  1. La integridad física. Es decir, la libertad sexual, sobre todo de las mujeres; la violencia de género; la vulnerabilidad de los varones jóvenes ante la delincuencia.
  2. Destruir los estereotipos que nos afectan aquí y ahora, el concepto occidental-español-andaluz de feminidad y masculinidad. Esto quiere decir que estoy en contra del esencialismo. No creo en una naturaleza femenina o masculina y rechazo cualquier planteamiento místico-pagano de la feminidad.
  3. El clasismo. La manera en la que el sexismo intersecciona con la clase social o la pobreza para perjudicar a los más pobres.
  4. La construcción de la masculinidad, sobre todo en los niños y adolescentes.
  5. La salud sexual y reproductiva de las mujeres cis. Eso incluye el derecho al aborto.
  6. Presiones en el entorno laboral para quienes no somos ricos. Conciliación, «mansplaining», minusvaloración de las habilidades femeninas, acoso.
  7. El uso de lenguaje inclusivo, cuando éste sea descriptivo y eufónico.
  8. La captación de indecisos; el feminismo para principiantes.

Hay algunos temas que considero muy importantes pero en los que tengo poca formación o no me tocan. Son cuestiones que me importan ante todo en la medida en la que afecten a mis alumnos, o para estudiar e informarme. Otros son asuntos que me parecen interesantes, pero no tanto como la primera lista.

  1. Los derechos de los homosexuales, sobre todo los más jóvenes, y de los trans. El derecho a definir (¡que NO es lo mismo que decidir!) el propio género y la orientación sexual, sin violencia y sin presiones.
  2. La representación de los géneros en la ficción. Me resulta muy entretenida pero ha dejado de parecerme de lo más importante.
  3. Los trastornos alimentarios. La presión por ser bella.
  4. Los movimientos de liberación de la mujer no europea.
  5. Educación sexual más allá de la importancia del consentimiento.
  6. El feminismo de tradición francesa.

Finalmente, alguno de los temas usuales que no me interesan son éstos. Unos no me importan, otros son debates que tienen su importancia, pero me mantengo al margen.

  1. De qué sexo son las personas que ocupan el poder. Las mujeres ricas.
  2. Los debates terminológicos.
  3. Cualquier cosa escrita entera en polisílabos.
  4. Cualquier cosa que esté escrita en jerga política.
  5. Las acciones que van claramente dirigidas a llamar la atención. El activismo que busca un shock.
  6. La visibilización de la menstruación.
  7. El estatus legal de la prostitución más allá de evitar el tráfico de personas, la esclavitud, y la explotación.
  8. Los debates sobre si la pornografía o determinadas prácticas sexuales como el BDSM entre otras son buenas o malas para las mujeres.
  9. La pureza de mis aliados, ideológica o de otro tipo. Si hay que compartir lucha con un hombre de derechas que en cuestiones puntuales defiende los mismos intereses que yo, pues se comparte.
  10. Cualquier intersección entre religión y feminismo, con alguna pequeña excepción.
  11. Los espacios segregados, a menos que estemos hablando de educación (estoy en contra de casi todos, y si son educativos más).
  12. No creo (mucho) en las revoluciones. Prefiero las reformas.

Poetisa recién casada

bajo limoneros

Tengo, comparativamente, pocos haikus dedicados a mi marido. Esto no es una secuencia ordenada; son, simplemente, algunos de los haikus que tienen que ver directamente con él o con nuestra vida juntos.

Más invitados que camas.
Rincones para dormir.
Pausa en la fiesta.

En el hospital,
el olor de las flores.
Respiro hondo.

 

Sí,
Ya,
Esto
Sabe bien
Pimienta verde
Sal, laurel, y muchos besos.

Pimienta verde.
Me besas en la cocina.
Esto sabe bien.

Bajo la manta
No se puede ver nada
Sólo sentir.

Ni mar ni río
La piscina del vecino
Nos arrulla.

Dulce y salado:
Besos en la cocina,
Pan con aceite.

En la cocina
Manos calentitas
Pies fríos.

Cien personas
Me verán darte un anillo
Y bailaremos.

Tápame bien,
Aleja pesadillas.
Dame de dormir.

Con cascos puestos,
Limpiando los cristales
casi bailando.

Despertador.
Beso sudoroso
y un dilema.

Ropa tendida.
A lo lejos se oye un trueno,
Y maldiciones cerca.

 Ducha y abrazos
mañana de domingo
dulce y eterna.

Oigo la maquinilla.
¿Entrevista de trabajo,
o espera besos?

Soneto para amadas meteorológicas.

IMGP2785Hay una sola palabra «primavera»,
pero no hay una sola primavera.
Yo conozco dos.
Necesitamos dos palabras para las dos primaveras.
Una primavera fría,
Esquiva,
Primavera que muestra pero no da.
Beatrice, Dark Lady, Laura, Stella, Elisa,
De blanco cuello blanco que no puedes besar.
Primavera de escalofrío y lluvia,
Una flor al día.
Cada tierno brote una semana de anhelo,
Cielos azules que prometen brisa suave
Pero engañan.
Cuatro meses de súplica y diez días de calor,
Conozco primaveras (¿o eran mujeres?) así.

Y otra primavera ardiente,
Colores que estallan,
Toda entregada entera,
Flores y fruta y luz,
De golpe.
Es la amiga del verano,
Ahogo, sofoco, bochorno, treinta y siete grados,
Exigencias.
Te dio placer y te hará sudar.
Conozco primaveras (¿o eran mujeres?) así.