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Diarios de crianza, el eterno borrador.

Mi escritorio tal como está ahora mismo, sin tocar nada. Sí, eso es un limón. El cuaderno estampado del centro es un diario de crianza semiabandonado.

Te quedas embarazada o tienes tu primer hijo, y si eres una lectora voraz o te gusta mucho el cine y las series, te preguntas «¿pero por qué nadie cuenta bien todo esto?» Piensas que en la vida te habías sentido así, que no quieres olvidarlo, hay que atrapar el momento, y te animas a hacer un diario.

Tardas en escoger un cuaderno de papel y nunca está a mano, quieres hacer dibujitos o un álbum de recortes y lo actualizas rara vez, lo empiezas a ordenador por la inmediatez que supone y te arrepientes porque no es tán portátil como ese cuaderno que desdeñaste. Al final tienes dos y piensas que ya juntarás toda la información cuando pases a limpio. Compras un cuaderno especial para este menester y se te olvida después de veinte páginas y dos meses.

Cuando empiezas, no sabes si escribir para ti, e incluir todo lo malo porque quieres que permanezca, que conste, que lo lean tus amigas; o para tus hijos, y no poner casi nada sobre ti porque no se trata de eso y no crees que sea lo que les va a interesar. Necesitas poner por escrito sentimientos únicos y todas las cosas preciosas o divertidísimas que ha hecho tu nenito. Al final son frases escuetas y lenguaje simple para hablar de si hoy fuimos al parque o te caíste, de si hiciste cualquier cosa por primera vez, algo que palidece al lado de la magnífica, exuberante realidad. Como en la agenda de 1969 de la madre de Mauro Entrialgo, te queda un «hoy el niño tuvo fiebre. El hombre ha llegado a la luna».

Pero sigues. A veces escribes, otras te pasas meses sin coger el dichoso cuaderno. Haces una ensalada de pronombres porque a veces le hablas a la criatura, a veces es tu diario y a veces no se sabe por qué escribes en tercera persona, para la posteridad. Usas whatsapps a la abuela y las fotos del móvil para rellenar los huecos de tu memoria. Otras veces dices «que salga como sea, pero esto yo lo escribo» y ahí que te pones. Y es maravilloso cuando se cuenta con ayuda. Del padre que duerme al niño para que aproveches ese ratito. De la amiga que lo lee y te dice que le gusta. De alguien como el Hematocrítico, que publica un cuaderno para niños que funciona genial para que escriban los adultos de sus vidas. Este verano he conseguido escribir algo sobre el verano de mi niño casi todos los días. No es una obra literaria, pero a él le quedará para saber cuál era su película favorita y con quién jugaba el verano de sus dos años. Gracias, Miguel Ángel. Qué regalazo.

Una entrada cualquiera (esta es de las más breves) del diario de verano, 2019.