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Sistemas educativos y modelos productivos.

El Ministro de Educación acaba de decir que en España hay demasiados universitarios. Esto lo han rebatido los rectores y lo ha matizado el partido al que pertenece el ministro. Tampoco es verdad que haya pocos titulados de FP, al menos si se compara con países de nuestro entorno. Esto da pie a observar la evolución que nuestro sistema educativo ha tenido en los últimos cuarenta años, y que nos ha llevado a la situación de ahora.

Hay una relación estrecha entre el sistema educativo de un país y su modelo productivo. Los escolares son los trabajadores de dentro de veinte años, y los gobiernos lo saben. Esta es una razón importante de algunas reformas educativas, sobre todo en países en los que el punto de partida es malo. Si pensamos en un país en vías de desarrollo, en tiempo de paz, recién democratizado o planeando una expansión económica, se hace necesaria una reforma educativa. La mejora empieza por la educación primaria, buscando la alfabetización universal. Esto supone una mejora y expansión de la enseñanza de Magisterio. Las carreras universitarias de las que salen los profesores de la enseñanza secundaria no importan tanto al principio y las reformas universitarias tienen una naturaleza muy diferente. Lo primero, tanto cronológicamente como en importancia, es tener muchos más maestros y maestras de Primaria y con mejor formación que antes, sobre todo si vamos a escolarizar a más niños que antes o durante más tiempo. En España ocurrieron las dos cosas en los 70 porque la EGB prolongó la educación primaria que se daba antes.  Y por ello tenemos la creación de los maestros especializados en matemáticas, en ciencias sociales, etc. que entraron a dar clase a los alumnos de tercer ciclo de EGB en los 80, niños que antes habrían ido a Bachillerato o habrían terminado sus estudios. Además de un aumento en el acceso a la universidad de las mujeres, desde los 80, y en parte dirigido a la carrera de Magisterio.

La segunda fase suele ser una reforma del bachillerato, del conjunto de la educación secundaria, o de las “rutas” que el alumnado sigue desde la primaria hacia la educación superior. En España se reformó en el año 70 primero (se eliminaron todas las reválidas y se creó Selectividad, que determina qué se estudia el último año de Secundaria), en 1990 después (la LOGSE creó la Secundaria Obligatoria) y por último en 2013 (la LOMCE limita el acceso a Bachillerato según la optatividad en ESO). Ha habido más reformas, pero estas son las que controlan las puertas de acceso. Sin centrarnos en el caso español, la primera reforma en este sentido es la más importante para el desarrollo posterior porque está dirigida a que los nuevos bachilleres estudien carreras universitarias y sean los nuevos profesores de la enseñanza secundaria en expansión, hasta cubrir la demanda. Aquí se producen unos cuantos fenómenos: la nueva educación secundaria parece más fácil porque reduce contenidos que eran importantes en la Secundaria no reformada. ntenta ser una educación más práctica y más centrada en conocimientos del mundo moderno (menos lenguas clásicas y más ciencia, por ejemplo). Y las primeras promociones de la nueva secundaria están masificadas por falta de centros educativos o de profesores.

Imagina a los niños que entraron en el sistema educativo bastante al principio de la reforma. Imagina a alguien nacido en España muy a finales de los 60, que formara parte de una promoción de EGB desde 1972, BUP en 1980, Selectividad en 1984, una carrera de Humanidades, da igual cuál, terminada en seis años y te da 1990, CAP, oposición, y a eso de mediados de los 90 el sistema tiene lo que quería: un aumento masivo de la alfabetización, una prolongación de la escolarización porque el mercado laboral deja de querer niños en sus filas, y mucho personal formado para ser educadores. Esto es común a toda reforma educativa que quiera pasar de una economía atrasada, agrícola, o destruida, a una avanzada. Luego ya tienes las peculiaridades nacionales. Pongo el ejemplo de la LOGSE: en el momento de su creación, debido a la epidemia de toxicomanías de los años 80, había un problema de delincuencia juvenil que creaba gran alarma social, no sé cómo de real o exagerado. También teníamos el eterno problema del paro juvenil. Y además, la edad mínima legal para trabajar eran los 16 años, igual que ahora, mientras que la escolarización obligatoria se acababa a los 14. Había una “bolsa” de menores de edad que eran considerados un problema serio. La LOGSE introdujo la escolarizacióobligatoria hasta los 16, prolongable hasta los 18 en caso de repetición. También se buscó aumentar el estudio de FP sin reducir el de universitarios.

A esta altura de la película, es decir, a los 25-30 años aproximadamente del  inicio de las reformas en profundidad, el Estado tiene un problema. Estudiar es más agradable que trabajar, y los trabajos que requieren estudios suelen ser más estables, más seguros y mejor pagados que los que no, así que la educación post obligatoria se vuelve muy atractiva y estudia más gente de la que la economía preexistente puede absorber. Se crea una bolsa indeseable de gente sobrecualificada. A esto se le pueden dar varias soluciones, de las que destacaré tres. La solución más fácil es alargar la vida universitaria con posgrados que una generación antes, el mercado laboral no exigía. Esto ha caracterizado la universidad americana y se está empezando a aplicar en el sistema español. En EEUU es peor: carreras como Derecho, todas o casi todas las profesiones sanitarias, y muchos estudios que en España son una ingeniería, no es que requieran un máster: es que son un posgrado, de diferente longitud según el caso, y tienes que estudiar una carrera genérica primero.

La peor manera de resolver el problema es retroceder en el proceso de reforma y volver a endurecer las condiciones que convierten a los escolares en universitarios. Esto puede venir acompañado de un aumento de las tasas que a veces ocurre sin una crisis económica como excusa. En Reino Unido a finales de los 90 se eliminaron becas y se aumentaron las tasas. En España, se ha hecho todo casi a la vez: establecer las reválidas, establecer rutas en Secundaria que impiden el acceso a la universidad, y encarecer las tasas. Las tasas de los máster son mucho más caras que las de los grados, también.

La mejor manera de arreglarlo es transformar el el sistema económico para que absorba a esos universitarios o bachilleres extra. Es decir, invertir en ciencia, en investigación y desarrollo. Mejorar los servicios públicos más allá de los básicos en Sanidad y Educación. Crear o dar mejoras al Estado del Bienestar. Aumentar la producción y la exportación de tecnología. Todo esto necesita un buen programa de inversión a largo plazo, y mucho dinero público y privado. Justo eso es lo que hace falta ahora en España. No hay que cambiar el número de universitarios,dado que ahora mismo sin estudios no encuentras trabajo de ninguna clase, y con estudios encuentras empleo de mala calidad. Lo que hace falta es aumentar los inversores para la engordada bolsa de autónomos, PYMES, y emprendedores, y, ehem, educar a quienes tienen mucho dinero parque lo empleen en esto.

Dinero hay: recordemos que España es el 20º país del mundo en cantidad de grandes fortunas. Los nombres están aquí. Veamos de dónde sale su dinero: tenemos tres nombres y dos empresas (inditex, Mango) dedicadas al textil. Producen ropa barata fuera de España y generan mucho empleo de mala calidad. Una buena cantidad de empresas de construcción e ingeniería (cuento seis). Una empresa, Nortia, dedicada a los juegos de azar, los hoteles, la inmobiliaria, y la agricultura. Una distribuidora de alimentación y supermercados (ellos no producen nada). Más hostelería. Minería. Seguridad. Es decir, en su mayoría negocios conservadores, anticuados, que requieren empleo poco cualificado y de mala calidad (pensemos en cuántos albañiles y camareras de piso hacen falta por cada arquitecto si construimos un hotel). Otra lista incluye más empresas de alimentación y comercio minorista, pero las conclusiones son las mismas.

En lugar de culpar al adolescente que quiere ir a la universidad y llegar a un mercado laboral que no lo necesita, veamos la cuestión por el lado del poder. La gran empresa privada, ¿invierte en empleo cualificado de calidad? ¿crea fundaciones u otros organismos que inviertan en I+D de forma masiva? También podrían crear más empleo aunque fuera poco cualificado, si dejaran de emplear a una persona para hacer el trabajo de tres. Y ahora los poderes públicos: si obligaran a estas empresas a pagar sueldos altos en condiciones laborales de calidad, tendríamos más cotizaciones y las pensiones no serían un problema tan urgente (y se reduciría el estereotipo según el cual el empleo poco cualificado tiene peores condiciones de trabajo que los que requieren estudios superiores).  Si pagaran más impuestos (insisto: son multimillonarios), los poderes públicos podrían crear más empleo público con lo recaudado.

Pero en lugar de fijarnos en quienes tienen el poder, nos fijamos en las víctimas. En la chica que ve que su única salida del pueblo está en estudiar una carrera. Pero cómo se atreve.

Guía de buen uso de las clases particulares.

Como profesora, y además en la educación pública, creo que las clases particulares son un síntoma de fracaso del sistema. El alumnado debería contar con ayuda suficiente de los profesores para comprender lo que se imparte, y con suficiente apoyo familiar para repasar o hacer deberes en casa. Y si resulta que se necesita más, me gustaría que fuera público, no en un sistema tan explotador y al mismo tiempo tan caro como las clases particulares. A continuación, una guía para los usuarios, tanto las familias que las pagan como los estudiantes que las reciben.

Primero está diagnosticar el problema. Llega a casa un suspenso, y ¿qué hacemos? Recomiendo a la familia empezar por coger el cuaderno de clase y ver qué hay. ¿Su hijo toma nota de las explicaciones teóricas? ¿Los ejercicios están hechos, empezados sin terminar, ni siquiera eso? ¿Hay faltas de ortografía? ¿Hay desorden? ¿suciedad? Así podemos saber mucho sobre si el estudiante presta atención en clase (lo tiene casi todo), presta atención pero luego no le salen los ejercicios, pasa de la clase… Y por ahí hay que empezar: por trabajar de 8 a 3. Lo siguiente puede ser pedir cita al tutor del alumno o al profesor de la asignatura suspendida para ver qué fallos hay: falta de trabajo, trabajo desordenado, en clase va bien pero para este examen en concreto no ha estudiado, “falta de base” o problemas de comprensión. También puede ser que se dé la mala suerte de que el profesor tenga un método que no vaya con el alumno. O el caso que me parece más justificado: que su inmadurez le dificulte trabajar solo.

Cuando comprobemos que lo que ocurre no se arregla con más trabajo independiente del estudiante, empieza a tener sentido que alguien ayude un poco con los deberes y las cosas que por las mañanas no se han comprendido. Y aquí un par de cosas a los padres:

  1. Se fijan unas condiciones y se respetan. Si son 10 euros la hora por dos horas los martes, eso es sagrado. Si hay que llevar al niño al dentista, se lo lleva otro día. Si el niño tiene examen de matemáticas el miércoles y quiere cancelar su clase de historia, no puede. No le dejamos. Esto es por crear una rutina pero sobre todo por respetar a un profesional que si no da la clase, no cobra, y que seguramente no puede mover la hora de día porque tiene más alumnos.
  2. No se regatean ni el dinero ni las horas, y el tiempo debe ser el suficiente para que el chaval progrese. He conocido muchas familias a las que les parecía bien tres horas en principio y que las reducían a una cuando veían que económicamente no les interesaba. Una sola hora a la semana te sirve para pensar que estás haciendo algo, pero si partimos de que el estudiante no sabe o no quiere trabajar solo, se puede convertir en el único tiempo que dedique a esa materia y ser peor el remedio que la enfermedad.
  3. Si la razón de las clases particulares es que la criatura no estudia porque no quiere y hace falta obligarlo, parte del desembolso económico debería ser suyo. Se le quita de la paga, de la asignación de su móvil o de las cosas agradables que se le compren. Debe comprender que esos euros al mes son un sacrificio para el resto de la familia.
  4. Al profesor del instituto no se le echa en cara “pues ha estado con clases particulares”, porque las clases particulares no son magia. Pídele que te enseñe los exámenes o trabajos de los que sale la nota. Intenta comprender qué ha fallado exactamente en clase o en septiembre. Y sobre todo, que los comprenda la persona que ha hecho los exámenes, que es quien tenía que preparárselos.

Y ahora, unos consejos a los beneficiarios de las clases, y perdonad si me repito un poco.

  1. Las clases particulares son sagradas. Si te han dicho que necesitas dos horas de matemáticas, es lo que hay, y son los días que te han dicho. No hagas que te las quiten un día para estudiar otra cosa, o por salir o lo que sea. Si tienes un contratiempo como por ejemplo ir al médico, avisa con tanta antelación como puedas.
  2. Déjalo todo preparado para la clase a su hora. La mesa ordenada, tu material de trabajo, todo eso.
  3. Presta atención en el instituto. No cojas una actitud de “total luego por la tarde me lo van a volver a explicar”. Tu objetivo es dejar de necesitar clases particulares, y dejándolo todo para más tarde no lo conseguirás. Y no es justo que tus padres paguen las clases particulares de su bolsillo si el único problema que hay es que no quieres trabajar por las mañanas, con tu profesor y tus compañeros.
  4. Lo ideal es que hagas los deberes tú solo o que le des un repaso a la materia suficiente para ver todas las lagunas que no entiendas. Así la tarea del profesor particular será corregirte en vez de explicar todo por segunda vez.
  5. Haz un esfuerzo por llevar el cuaderno de clase y la agenda al día para que el profesor particular sepa bien por dónde vas. Toma pequeñas notas o subrayados en el instituto de qué cosas no entendiste o fueron más difíciles. No es lo mismo “Vamos por el tema 4” que “hemos visto el tema 4 y era fácil, pero no entiendo cómo se hacen los ejercicios 2 y 3 de la página 30 y además me han dado esta fotocopia”.
  6. No le pidas al profesor particular que te haga la tarea, especialmente las tareas creativas como redacciones y trabajos. Es trampa, les puede parecer insultante, no aprendes, y los profesores del instituto nos damos cuenta. Ahórranos el disgusto y ahórrate tú el cero.
  7. Las clases particulares deben ser, resumiendo, un extra a tu estudio independiente, no una sustitución. No confíes todo tu trabajo de la semana a ese par de horitas.
  8. Puede que tu problema no sea de trabajar poco, sino de organización o de técnicas. Ahora mismo hay cuatro personas expertas en ayudarte: Orientación, tutoría, el profesor de la materia en la que tienes lagunas, y el profesor particular. No busques atajos facilones: pídeles ayuda para organizar un horario de estudio por las tardes y asegúrate de tener una técnica de estudio que funciona.

Y si todo va bien y con esa pequeña ayuda el estudiante mejora, recomendad al profesor a los amigos. Se agradece mucho.

 

 

 

Los adolescentes, sus opiniones, y la búsqueda de la verdad.

PHOTO_20141111_135900Ante las preguntas “¿qué es la poesía? ¿de qué trata?” las respuestas incluyen “me parece…”. La importancia de la subjetividad.

El primer conocimiento teórico que recibes si estudias psicología o pedagogía del adolescente es que se trata de una fase de la vida en la que se pasa de los padres como referencia vital, al grupo de amigos. Esto, que es cierto, se queda muy corto para entender qué pasa por esas cabecitas y cómo es su manera de razonar. Lo que sigue es producto de algunos años de tratar con estudiantes de la ESO, y de observar cómo van madurando.

A 1º de la ESO llegan con doce años. A esta edad, aún son muy niños, y la fuente del conocimiento suele ser externa. Esto no significa que sean siempre los padres; la segunda es la televisión, y la tercera que puedo identificar son los maestros del curso anterior. Los niños y niñas de esa edad no suelen citar a la autoridad en la que se apoyan, y es raro que digan “pues mi padre dice que la pena de muerte es buena idea”, “en China la gente come perro,  lo he visto por la tele”, o “voy a seguir escribiendo en lápiz porque lo prefería mi maestra del año pasado”. Es muy poco frecuente. Más bien presentan con convicción, como si fueran opiniones originales suyas, ideas propias del mundo adulto. Esto es especialmente llamativo cuando hablan de política: nadie que haya nacido este siglo puede tener ideas propias sobre los presidentes Aznar y Zapatero, pero yo las he oído repetidas veces en clase de 1º de ESO. Cuando les contradigo, algo que ocurre en mis clases sobre todo al opinar sobre los estilos de vida de países extranjeros y culturas lejanas, se lo toman como algo personal. Ese deseo de tener absolutos hace que en ocasiones lleven mal cuestiones como la polisemia (“esta palabra no significa lo que tú dices, significa lo que yo ya sabía antes y nada más”), y la sinonimia (“ese concepto no se nombra como tú dices, se nombra como digo yo”).

Una consecuencia pedagógica de esta manera de pensar es que el estudiante desea que la fuente del conocimiento sea única y coherente. He observado restos en estudiantes universitarios, a los que desagradaba tener un libro de consulta y además fotocopias: no les molestaba la cantidad, sino la diversidad de fuentes. En la ESO tengo alumnos que quieren que el libro sea fuente única, no suplementada o sustituida por otras. Luego se lo pasan bien, pero el inicio es una enorme confusión. Esta fase también hace imposible el debate. Primero porque no se escuchan entre ellos (todo debate es la suma de veinte diálogos con la profesora) y segundo, porque su intención es aprender o defender La Verdad. Los alumnos que no han salido de esta etapa tienen preferencia por la memorización y la forma de sacarlos de ese “atasco” de forma gradual es enseñarles procesos mecánicos y sencillos que lleven a resultados creativos, desde resumir a componer redacciones a partir de una fórmula.

Para ir facilitando un pensamiento más amplio, una estrategia útil es mostrar ejemplos concretos en los que varias opciones son correctas. Esto se puede hacer con cuestiones prácticas del día a día de la clase, con las técnicas de estudio, con cómo contar un cuento, o con cómo resolver un problema práctico en plástica o tecnología.

La siguiente fase es el descubrimiento de la opinión propia. Generalmente, no llega antes de los catorce años, a veces después. Lentamente, el niño o niña que ha descubierto contradicciones entre sus padres, la televisión, sus profesores y sus amigos, alcanza un punto de madurez suficiente como para entender que es posible convivir con opiniones variadas. Eso produce una serie de confusiones, entre las que destaca otorgar igual valor a hecho, opinión y experiencia personal. También la idea de que todas las opiniones son válidas, y la de “tengo derecho a dar mi opinión”. No solo a tenerla: a darla, en cualquier momento, en cualquier lugar y a cualquier interlocutor. El trabajo de clase para distinguir experiencia personal, opinión, hipótesis, hecho, error, y demás ideas que un adulto debería tener claras, a veces es útil pero otras es contraproducente si nos centramos en los momentos en los que el alumnado se equivoca, porque tenemos intereses distintos de los suyos. El profesor que realiza esas distinciones respeta a un alumno al que considera inteligente y capacitado para razonar hasta llegar al conocimiento, y el adolescente oye a un adulto que busca humillarlo y despreciar lo más valioso que tiene, que es una opinión independiente.

Sí es muy necesario distinguir en un ambiente relajado entre “derecho a ser respetado” (siempre), “derecho a tener una opinión” (ya veremos si te saco de tus errores) y “derecho a dar esa opinión”. Si tenemos clases abiertas, en las que se puede opinar o debatir, habrá que insistir en que hay tiempos para ello y tiempos para que el profesor retome el mando, considere cerrado el debate, cambie de tema… y a veces habrá que decir que hay opiniones que es inadecuado dar en un aula.

Podemos aprovechar de manera didáctica el gusto por el debate de los alumnos en esta fase con trabajos abiertos, requiriendo que justifiquen sus puntos de vista y que planteen los inconvenientes de cualquier posición que defiendan. Es el momento de recurrir a métodos de trabajo más rigurosos y científicos que los sencillos y mecánicos de la fase anterior. En asignaturas de Humanidades, ello incluirá el comentario de texto, defender las ventajas e inconvenientes de una posición, distinguir entre distintas fuentes de conocimiento y su valor (libros, páginas web, etc.). La explicación de las falacias lógicas puede resultar muy útil también: no las van a utilizar aún para analizar sus propios razonamientos, pero las van a comprender. Los criterios de evaluación de las tareas abiertas deben estar clarísimos y nunca debe parecer que la nota depende de estar de acuerdo con el profesor, tanto por escrito como oralmente (“el profesor me tiene manía porque en un debate….”).

Una actividad avanzada para estos alumnos es la evaluación de sus compañeros. Les parece que o todo el mundo puede tener razón, o que tener razón es estar de acuerdo con ellos.

La siguiente fase no me la encuentro en la ESO, a veces sí en Bachillerato, y es de inseguridad respecto a cómo integrar el conjunto de opiniones y datos que antes se tomaban como válidos con independencia de todo cuestionamiento. Pasar del relativismo interesado, del “es mi opinión y tienes que respetarla” a “vale, hay opiniones que no son correctas, pero ¿cómo las puedo distinguir?” es un salto inmenso. Podemos observar algo que parece una regresión a la primera fase en la aceptación del profesor o de otras fuentes académicas como figuras de autoridad suprema, pero no es tal regresión porque el estudiante es muy capaz de ser consciente del proceso ignorancia -> datos -> el profesor tiene mayor prestigio -> yo acepto esa opinión y me la quedo tras analizarla contrastándola con otras. El niño de doce años, en cambio, adopta acríticamente una idea y la asume como propia sin más.

Este es el momento de trabajar todas las ideas expuestas en la sección anterior sobre qué maneras de adquirir conocimiento son válidas. Ahora la diferencia entre dato y opinión sí que va a ser bien recibida. Están listos para comprender el valor de la estadística, también. Es vital tener acceso a fuentes de conocimiento variadas y de alta calidad: saber utilizar Internet, bases de datos técnicas y bibliotecas.

Superar esa inseguridad nos lleva a la cuarta fase, la plenamente adulta y madura. Es una etapa en la que el estudiante tiene confianza en su capacidad de utilizar una variedad de métodos para llegar a la verdad y detectar la falsedad y el error. Eso no quiere decir que todos los adultos la alcancen ni muchísimo menos, pero una educación inteligente puede acompañar hacia esta clase de madurez. En caso contrario, nos encontraremos con adultos fluctuantes entre la primera y la segunda fase: adoptando sin criterio ideas ajenas como propias y refugiándose ante la menor contradicción en el supuesto valor de opiniones infundadas. No imagino peor naufragio.

Este resumen de las fases del desarrollo cognitivo en la adolescencia se basa en notas de Elise West, que las aplica a jóvenes en edad universitaria.

Cómo trabajar con canciones en lenguas extranjeras.

Al usar canciones en la clase de inglés, después de algunos años se plantea un problema práctico: cómo guardar las fichas de trabajo o las ideas para trabajar en el futuro en el ordenador. Ahora mismo tengo fichas de trabajo hechas por mí de más de 30 canciones, no todas con el mismo nivel de profundidad ni igual de buenas, pero son demasiadas para acordarme de todas y guardarlas en una carpeta con otras actividades para el mismo curso no funciona porque hay canciones que se prestan muy bien a trabajar en más de un nivel: un 2º de la ESO puede tener su primer contacto con los verbos irregulares con una canción que en 4º es sólo para repasar. Un 3º de la ESO rellena huecos y en Bachillerato usamos la canción como base para componer poemas. Por eso lo mejor es crear una hoja de cálculo que incluya datos importantes de cada canción.
Las columnas de mi hoja de cálculo son:

  1. Título.
  2. Intérprete.
  3. Nivel mínimo requerido.
  4. Nivel máximo (para el que la canción tiene interés) Esto puede expresarse como alto-medio-bajo, o por niveles como 1º ESO, o afinando: 4º ESO repaso. 3º eso alto.
  5. Gramática (no siempre hay una gramática concreta que la canción trabaje especialmente, pero si lo hay, hay que indicarlo)
  6. Vocabulario (lo mismo)
  7. Fonética (lo mismo; puede ser útil recordar el acento del cantante).
  8. Duración de la actividad. No todas las fichas de trabajo duran lo mismo. Lo ideal es una hora.
  9. Momento indicado del curso. Depende: puede ser “después de haber trabajado el pasado simple”, por la gramática; “en primavera”; “para el Día de la Paz” por el tema.
  10. Observaciones. Aquí pongo si la canción ya tiene ficha de trabajo hecha.

Esta es la pinta que tiene el principio de mi clasificación: excel listening cancionesEspero que os resulte útil.