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El descanso de la clase obrera, y sus jueces.

La sociedad victoriana mantuvo un intenso debate social acerca del descanso dominical, que tuvo dos vertientes fundamentales. La socialista y obrera estaba a favor de un aumento del tiempo libre y una reducción de la jornada laboral, contra la voluntad, por supuesto, de los empresarios y de la clase media. Las jornadas industriales eran muy largas: doce horas, seis días a la semana era corriente. Las más largas eran las del servicio doméstico: unas quince horas diarias, seis días en semana, y medio día los domingos. No todo el mundo tenía jornadas tan largas pero el fin de semana de dos días no era la norma.

El debate en la clase media no era si las jornadas eran largas o cortas, sino qué era adecuado hacer en el tiempo libre. Aquí nos encontramos a Charles Dickens, que en sus escritos periodísticos tomó partido en varias ocasiones. A Dickens  no le interesaba demasiado el derecho al descanso laboral, que presuponía, sino el libre disfrute del tiempo de ocio. Cuando este autor escribía (1830-70) existía una opinión dominante, la de los sabbatarians, un nombre derivado del nombre hebreo del sábado (Sabbat). Éstos eran cristianos, normalmente protestantes evangélicos, que hacían una interpretación muy restrictiva de la norma religiosa y pensaban que el domingo tenía que cerrar todo. Era aún pronto para que alguien pensara en garantizar el descanso de los trabajadores de la incipiente industria del ocio, y ese no era el motor de los sabbatarians, sino obligar a la gente a ir a misa porque literalmente no habría nada más que hacer. O vas a misa o te quedas en casa. Además, consideraban que muchas diversiones eran pecado, siempre o en el Día del Señor. El sabbatarianismo tenía cierto arraigo a mediados del siglo XIX, y en otros novelistas, como Anne Brontë, leemos que había incluso gente que iba a la iglesia mañana y tarde.

¿Qué podía hacer la mayor parte de la población un domingo por la tarde? En los pueblos, era fácil ir al campo y llevarte un picnic, si hacía sol. En ciudad, necesitabas un parque público en tu barrio, algo que no era habitual: los bloques de pisos iban comiendo terreno a campo que nunca había sido muy acogedor. De hecho, los parques públicos nacen a menudo como parte del altruismo de las clases altas que donan todo o parte del jardín de una mansión, para que los pobres disfruten de un poco de verde. Lo mismo tienes el Parque de María Luisa en Sevilla que el Duthie Park en Aberdeen.

¿Y si llueve? Había pubs, que servían alcohol. Los restaurantes eran más bien para ricos, y una hostelería del placer, que no fuera parte de las necesidades de los viajeros, estaba casi recién inventada. Dickens escribió sobre la necesidad de  crear un término medio entre el pub y el restaurante caro, para los obreros. Cuando la gente de cualquier clase social quedaba con sus amigos, casi siempre era en sus casas. Las fiestas eran a menudo bailes.

También estaba el teatro, que iba desde las obras clásicas a las modernas (normalmente muy populares y de no demasiada calidad literaria) y el teatro de variedades. A la ópera iban los ricos, y a las operetas, pantomimas y musicales iba todo el mundo.

Sobre el ocio de la clase obrera, Dickens veía con acierto que era una cuestión de lucha de clases. Los ricos podían hacer fiestas, estar en sus jardines, ir al campo en coche de caballos, leer libros, sentarse al piano, aunque alguna madre severa indicara que la lectura y la música deberían ser de temas religiosos o como mínimo serios. Los obreros no tenían nada de todo esto: un par de horas en la iglesia, y el resto del día mano sobre mano. Por eso le parecía que mantener parques públicos, pubs, y otros entretenimientos obreros abiertos en domingo era una necesidad urgente.

Siglo y medio más tarde, supuestamente con jornadas más cortas, aún debatimos sobre qué es ético que hagan los demás con su descanso. Concentrémonos en alargarlo. Todo lo demás es sabatarianismo.

Sobre lenguaje activista y sus problemas

Te das una vuelta por internet (incluyendo el glosario feminista de este blog, que necesita una limpieza de polvo y telarañas) y te encuentras con unas cuantas palabras que a fuerza de uso repetido acaban usándose mal, o demasiado, y extendiendo sus significados hasta que significan “lo bueno” y “lo malo” de una manera que solo sirve para crear confusión. Lo que voy a decir es una reflexión personal sobre los peligros de este proceso, y sé que muchas compañeras no van a estar de acuerdo conmigo. Allá voy.

Un privilegio no es toda ventaja injusta. Si quieres que lo tenga todo el mundo, no es un privilegio. Es un derecho, y su ausencia, discriminación. Por ejemplo, trabajo estable, vacaciones, o la posibilidad de desplazarte con seguridad por las calles. Si quieres eliminarlo, pero todos reconocemos que es injusto, o que es ilegal, es una injusticia, o una ventaja injusta. Sigue sin ser un privilegio. Por ejemplo: si dices algo que parezca terrorismo etarra vas a la cárcel, si dices que las mujeres maltratadas se merecen todo lo que les pase no. Si lo tiene poca gente y  está amparado por leyes, rompiendo con todo principio legal de igualdad, eso sí es un privilegio. Por ejemplo, en España la Iglesia no paga IVA ni IBI, y eso es legal. Por lo tanto, es un privilegio. El rey es inviolable según la Constitución: otro privilegio.

Muy despacito para que lo entiendan los despistados del fondo: el privilegio es legal y desearías que desapareciera. Los privilegios son malos y no quieres extenderlos, quieres que no existan. Si llamas “privilegio” a un salario dices que quieres que no exista, si llamas “privilegio” a que no te peguen una paliza por la calle estás diciendo que las palizas por la calle deberían formar parte de la normalidad. Privilegio no es desigualdad, sino un tipo muy concreto de la misma. Si lo que quieres es tener tú eso que otros disfrutan, no lo llames privilegio, porque no lo es. Llámalo derecho.

Esto nos lleva a la expresión “revisar privilegios”, que ya he criticado en más ocasiones. En el enlace traduzco un artículo que analiza los problemas de ese proceso, pero aquí mis críticas son solo semánticas, puesto que la frase en cuestión significa varias cosas contradictorias entre sí. ¿Qué me ordena alguien que me dice que revise mis privilegios?Lo primero sería hacerme consciente de ellos, y después quizá un proceso que en el catolicismo se llama examen de conciencia. Es decir, para una persona que piense que privilegio quiere decir “derecho, ventaja, lo contrario de discriminación”, sería para empezar mi admisión de “sí, mi vida es más fácil por ser blanca, cis, adulta y sin discapacidades”. Examen de conciencia terminado.

Hay quien va más allá. En el enlace del párrafo anterior comparo la revisión de privilegios con el calvinismo. “Revisar mis privilegios” suele querer decir que debo sentirme culpable de ser blanca, cis, etcétera,  y tengo que aceptar que las ventajas que he obtenido a lo largo de la vida por ello me impiden trabajar en igualdad con quienes están peor que yo. Existe una brecha insalvable, de la que soy responsable aunque esa no sea mi intención. Esto se llama depravación total. No es “pecado original” porque éste se perdona con el bautismo, y los privilegios no se “perdonan” tras la revisión, como mucho se eliminan (un día dejaré de ser joven, por ejemplo).

“Revisarse” puede estar conectado con el autoexamen y ser también un proceso más activo, más orientado al exterior. Si observo cómo mis circunstancias afectan al mundo que me rodea, y a mí también, “toma de conciencia” es sólo el principio de cómo podríamos llamar a esto. Pero ya dejaría de ser un proceso de autoexamen, con lo que el uso de la palabra “revisión” dejaría de tener sentido. Una revisión del coche no es una reparación.

La verdad es que no sé qué quieren decir las personas que dicen “¡revísate los privilegios!”, y si se están refiriendo a un proceso solo mental o a una puesta en práctica. Y un concepto tan amplio y deformable se vuelve inútil y peligroso.

El problema de la “revisión de privilegios”

El post de hoy es la traducción de un artículo de Tom Midlane, que me llamó la atención por lo acertado de su crítica al fenómeno de la “revisión de privilegios” entendida como eje y centro de la izquierda, del activismo, o de la práctica de la justicia social. Es de las mejores críticas que he leído hacia el activismo online, a pesar de que el autor no se refiere específicamente a lo que hacemos en Internet. También me gusta porque no critica activismos concretos; leo con demasiada frecuencia cosas del estilo de “el problema del feminismo online es…” y no veo ese tipo de escrutinio para casi nada más.

En lo que no estoy de acuerdo con el autor es en la simplificación que da título: “mientras nosotros discutimos, ellos nos roban nuestros derechos”. Hay problemas más complejos detrás de cómo y por qué la derecha ha ocupado el poder sin mucha reacción en contra. No creo que la dinámica de la revisión de privilegios, particularmente en redes sociales, sea principal responsable de ello, ni tampoco de la proverbial división de la izquierda.

Sobre la “revisión de privilegios” mi pregunta es ¿y luego qué? Dejadme que compare con la religión. En el catolicismo, primero pides perdón, entonces eres perdonado y entonces realizas algún tipo de reparación de tus errores. Esta es una dinámica con la que todos en España estamos familiarizados aunque no seamos católicos. En el calvinismo, el reconocimiento de tu pecado, que no es un acto sino que forma parte de tu impura naturaleza de ser despreciable, no sirve para mucho. Tú por tus propios medios no puedes hacer nada para “reparar” tu condición. La “revisión de privilegios” funciona exactamente así. No cumple ningún propósito útil ni para ti ni para los demás más allá del masoquismo de decir “yo para esto no valgo”. Y quien más alto dice “yo reviso mi privilegio” es quien más ha expiado sus culpas. Mira, pues no.

Y ya os dejo con el artículo.

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El problema de la revisión de privilegios.
Mientras nos preocupamos por nuestros posibles prejuicios, no estamos luchando contra la Coalición.

La izquierda, hay que decirlo, tiene una larga tradición de luchas internas. Grupos separados por diferencias ideológicas mínimas se separan en facciones rivales, defendiendo agresivamente su interpretación de La Ruta Verdadera. Es el ejemplo perfecto de lo que Freud llamó “el narcisismo de las pequeñas diferencias”: comunidades adyacentes y con objetivos aparentemente idénticos, que están en una disputa constante, adoptando poses extravagantes para distinguirse unas de otras.

Durante un tiempo, parecía que la caída del Muro de Berlín y el auge de internet podrían traernos una nueva era de protestas: más comunal, con menos apoyo en los viejos dogmas. Pero en el mundo de internet, individualista, anárquico, y frecuentemente anónimo, los progresistas modernos se han topado con un medio muy efectivo de dividirse entre sí: la revisión de privilegios.

Para los no iniciados: “revisar tu privilegio” consiste en mantener una alerta permanente sobre las formas en las que puedes estar obteniendo algún tipo de beneficio social, cultural o económico como resultado de tus orígenes: tu clase social, raza, género, orientación sexual, y así sucesivamente. Si alguien habla cuando no le toca, se le dará la orden de revisar sus privilegios. Es una colleja, una manera de decir: “piensa en cómo tus circunstancias personales influyen en lo que estás diciendo”.

En Octubre [de 2012], Ariel Meadow Stallings, fundadora de Offbeat Empire (una serie de blogs sobre estilos de vida alternativos) escribió un post brillante llamado “Activismo para matones: revisión de privilegios y riñas semánticas como deporte online”. Meadow Stallings diagnosticó el problema como que los progresistas se pasaban en su entusiasmo por revisar sus privilegios hasta atacarse unos a otros, pero yo no estoy tan seguro. A pesar de que la idea surge, obviamente, de unas intenciones honorables, creo que todo el discurso alrededor de los privilegios es destructivo por su propia naturaleza – en el mejor de los casos, una distracción colosal, y en el peor, un medio para auto-investirnos a todos de guardianes morales dispuestos a regular las palabras y la conducta hasta de nuestros compañeros de viaje.

¿Te preguntas porqué importa esto? La respuesta es simple: importa porque la revisión de privilegios ha infectado absolutamente el pensamiento progresista. Mientras una amplia sección de la izquierda está atacando obsesivamente deslices verbales en Twitter, la derecha está actuando: desmontando sistemáticamente no sólo el Estado del Bienestar sino el Estado mismo.

La revisión de privilegios asume la peligrosa falacia posmoderna según la cual sólo podemos entender aquello de lo que tenemos experiencia directa. Sin conceptos como la empatía y la imaginación, que nos ayudan a reconocer nuestra humanidad compartida, nos atomiza en una serie de grupos taxonómicos cada vez más pequeños: transexual de clase obrera, mujer negra discapacitada, hombre heteronormativo.

Peor aún, bloquea la actividad política. Una amistad mía, con mucho talento, leyó Chavs de Owen Jones y dijo que le hizo “muy consciente de mis privilegios de clase media”. A mí me hizo querer prenderle fuego al Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. Mi amistad es profundamente activista, pero para muchos, simplemente ser conscientes de su privilegio cubre la misma función que firmar en una petición online: una manera de creer que has hecho algo sin implicarte de verdad.

En muchos respectos, el sistema de revisión de privilegios es el espejo perverso del capitalismo salvaje: mientras que la creencia absoluta en el libre mercado requiere una actitud de triunfalismo y una agresiva falta de empatía, los “privilegios” requieren una actitud de autohumillación constante digna de alguien en Alcohólicos Anónimos.

Ni por un momento estoy defendiendo que los prejuicios sean irrelevantes. Creo firmemente en que hay que llamarle la atención a la gente que utilice términos que inciten al odio, pero una cosa es imponer consecuencias a expresar opiniones racistas, sexistas o transfóbicas, y otra distinta ladrarle a alguien que revise sus privilegios porque se han expresado de manera un poco torpe. Sin detenerse al acusarnos a todos de intolerancia y discriminación, la revisión de privilegios busca convertirnos en detectives privados a la búsqueda constante de errores lingüísticos.

La revisión semántica quisquillosa que nos anima a hacer el “privilegio” es un pensamiento distante, desconectado de cuestionar o intentar cambiar el orden hegemónico. Es una política de la identidad que asume la posición post-ideológica como un hecho y acepta que nada va a cambiar excepto pequeños detalles. Dentro de la red de seguridad adoptada a priori, se te concede un parque en el que jugar a juegos de palabras divisivos y deliberadamente confusos. Los lobbies corporativos no podrían haber inventado un sistema mejor para neutralizar la acción colectiva.

En esta concepción del “privilegio” está implícita una idea simple: cuantos más puntos tengas en el bingo, menos peso tiene tu opinión. Esto tiene el efecto catastrófico de convertir debates sobre racismo, sexismo, transfobia, clase y discapacidad en un juego de piedra-tijera-papel, pero también es importante que descarta la larga historia de reformadores sociales, de Karl Marx a Tony Benn, con orígenes privilegiados.

El privilegio se convierte en un círculo vicioso: cualquier intento de criticar esta dinámica se da con la acusación “como tienes privilegios puedes permitirte no pensar en el tema”. Pero esa no es la cuestión. Siempre he sido consciente de que al ser el hijo de una familia blanca y de clase media, mi vida es más fácil que la de otras personas – pero es que es precisamente eso lo que me empuja a buscar la justicia social por los que han tenido menos suerte que yo. Los prejuicios existen. Vivimos en un mundo tremendamente injusto. Pero convertir nuestras circunstancias personales en una especie de concurso no consigue absolutamente nada.

Aquí, un ejemplo de lo ridícula que puede llegar a ser la cultura de la revisión de privilegios. Gethin Jones, un hombre transexual, escribió esto sobre transfobia en la web feminista The F Word. “al ser un hombre trans, [blogueras transfóbicas] me han acusado de ser misógino, querer obtener privilegios masculinos y de ser una lesbiana reprimida (algo poco probable teniendo en cuenta que soy bisexual). Que me acusen de haber transicionado para obtener privilegios me irrita, considerando el privilegio cis que he perdido en el proceso”.

Es un ejemplo de libro de esta clase de pensamiento llevada a su conclusión lógica. ¿Así es como queremos vivir, comparando toda y cada una de nuestras acciones con alguna lista teórica? La ironía cósmica de todo esto es que el mismo concepto de “privilegio” es inherentemente privilegiado, y requiere una comprensión sofisticada de ideas sociológicas complejas sobre la raza, el género y la sexualidad.

Mientras tanto, allá en el mundo real, están desmantelando la Seguridad Social, el sector público se está privatizando, van a romper en pedazos cualquier resto de bienestar social, y todavía les quedan recortes por hacer. En lugar de convertir cada cosa que decimos en un problema, dejemos de lado nuestras diferencias y contraataquemos.

El cristianismo, un complicado club de fans

Diagrama color

Esa fiesta con globos de la imagen es un esquema de las variedades y ramificaciones más importantes del cristianismo. No están todas. Sólo la Iglesia Católica es única, todas las demás tienen más variaciones teológicas y más organizaciones independientes dentro.

Todo lo que está dentro del cuadrilátero es cristianismo. He excluido deliberadamente a Testigos de Jehová y Mormones, digan ellos lo que digan. De fuera a dentro, ¿quiénes son los unitarios? pues un conjunto de iglesias que tienen en común no creer en la Trinidad. De ahí se deduce que no creen, dudan, o consideran irrelevante el estatus divino de Jesús. Conozco la Iglesia Unitaria Universalista de EEUU y tienden a ser muy progresistas; por ejemplo, en su equivalente a la confirmación de los adolescentes, los chicos hacen una lista de en qué creen y en qué han decidido que no creen.

El óvalo rosa no tiene nombre; son las iglesias más antiguas. Comparten dos rasgos fundamentales: primero, la necesidad de intermediarios altamente cualificados entre las personas y Dios. Esto se ve en casi todos los aspectos de la práctica de la religión. En lo privado, es frecuente no rezar a Dios sino a santos, porque tienen una relación especial con Dios. Cuando un católico reza a Santa Lucía o un ortodoxo a la Virgen María, no le piden a estas dos señoras que cumplan algo: le piden a ellas, ya que tienen a Dios más a mano, que le pidan a Dios ese favor de su parte. Esto se llama “interceder”. En lo público, no hay casi nada que un católico o un ortodoxo pueda hacer frente a frente con su Dios, ni siquiera leer los textos sagrados, que sólo deben ser interpretados por los expertos, es decir por los curas. Leer la Biblia está permitido, pero no se anima a los creyentes a ello.

El segundo rasgo fundamental que comparten es la salvación por las obras. Los católicos mantienen sobre el tema un sí-pero-no porque llevan alrededor de un siglo copiando detallitos protestantes para que no se les escape el rebaño definitivamente, pero la idea básica es ésta: para ir al cielo hay que ser un cristiano bautizado que ha sido “bueno”, que ha realizado actos bondadosos o inversamente, que no ha cometido pecados graves. Además están los sacramentos, que son una serie de actos de valor sagrado que debe realizar en todos los casos menos dos (bautismo y matrimonio) un profesional.

La diferencia entre coptos, que son cristianos egipcios; ortodoxos, y católicos es sobre todo histórica. Los ortodoxos son más conservadores y están más apegados a lo ritual. Pero teológicamente hay poca diferencia.

Vayamos ahora al óvalo amarillo. Los protestantes se definen bien por oposición a los católicos. Lo primero: no hay nada entre Dios y el creyente. ¿Que hay santos? Haz lo que quieras, pero nada te distingue de un santo, nada te impide rezarle tú, directamente, a Dios. La Biblia está para leerla y es el único texto que cuenta. Otras personas, curas, teólogos o no, pueden haber escrito libros que te inspiren, pero no los necesitas. A los curas tampoco los necesitas: el cura, ministro o pastor sabe más que tú porque para eso ha estudiado, y hay un par de cosas que ellos están habilitados para hacer y la gente corriente no, pero NO es un intermediario entre Dios y tú.

Despejemos a los anabaptistas: ellos no se dan este nombre, que da a entender que no bautizan. Son un conjunto de iglesias muy distintas entre sí que niegan la validez del bautismo de los menores de edad. Suelen ser profundamente pacifistas. Aquí están los Amish y los Menonitas; hay menonitas que viven como los Amish de las películas y menonitas perfectamente integrados en la sociedad occidental.

Los protestantes de tradición luterana y los de tradición calvinista se distinguen en una cosa muy importante: cómo se consigue la salvación. No es por las obras, como en el caso de los católicos.

Lutero vino antes y llegó a una conclusión lógica que personalmente le interesaba. Si Dios es infinitamente bueno, y los seres humanos somos pecadores, y él asume que todos los pecados son igual de graves, entonces ¿cómo nos salvamos? Según él, por la fe. Si eres cristiano, al cielo de cabeza. Fácil, ¿verdad? Hay actos buenos y malos, la moral existe, por supuesto, pero para Dios lo mismo da cotillear que decir mentiras que cualquier cosa horrible que se te ocurra. El pecado es inevitable, no hay categorías de pecado, si eres creyente te salvas, y si no eres creyente, es opinable si te salvas o desapareces.

Los calvinistas son otra historia. Según Calvino, los seres humanos estamos tan corruptos en nuestra naturaleza que lo que nos salva no es la fe, es la voluntad de Dios. Unos se salvan, y otros no. Dios elige, Él sabra por qué, a los que se salvan, y esos elegidos se sabe quiénes son porque tienen una fe inquebrantable. Es decir: no es que dudar u obrar mal sean pecado: es que si no se tiene fe, se duda, o se cometen pecados, es un signo de que esa persona probablemente no ha sido elegida para salvarse.

Los anglicanos, también llamados episcopales, son protestantes luteranos que han decidido, en parte por una conveniencia histórica, conservar muchas características del catolicismo, especialmente rituales. La principal diferencia entre una misa católica y una anglicana es que el cura en la anglicana muy probablemente está casado y es posible que sea un mujer, pero en las fórmulas rituales apenas hay diferencia (en España sí, pero eso es una historia para otro día).

Los evangélicos son un grupo muy complejo. El evangelismo nació dentro del anglicanismo como un movimiento de renovación que daba énfasis a las obras sociales y a la responsabilidad personal para mejorar la sociedad, una cosa muy victoriana. Al tratarse de una renovación con un gran interés proselitista, se expandió y muchos evangélicos se aproximaron al calvinismo atraídos por su austeridad, y su énfasis en una relación personal con Dios que en el anglicanismo a veces se pierde al mantener los rituales y fórmulas del catolicismo. Cuando he oído decir a luteranos “en esa iglesia son muy evangélicos” suelen querer decir demasiadas cosas distintas: que utilizan un rito con pocas fórmulas y bastante improvisación, que va a haber canciones muy ñoñas y muchas palmas, que son calvinistas con un barniz de buen rollito, que son fundamentalistas, o muy dedicados al proselitismo. Lo que sí es verdad es que todas las iglesias que llevan “evangélica” en el nombre son de creación muy reciente y por eso mismo son más proselitistas, entusiastas, y practicantes que las demás.

Diagrama de Venn realizado por @sanfermina a partir de mis apuntes.