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Studio Ghibli y largometrajes anime: una guía de visionado.

Poco a poco, las películas de Studio Ghibli han ido creando fans en España. Crean un universo bello, imaginativo, con personajes maravillosos y con modelos femeninos más interesantes que los de Disney. Sus obras también son excepcionales en Japón, donde la inmensa mayoría de los largometrajes de animación son obras de consumo fácil, vinculadas al manga y a series de televisión, aunque gracias a la influencia de Ghibli han surgido otras películas en la misma línea, de éxito y calidad variable.

No todas las películas de Studio Ghibli están pensadas para el mismo tipo de público ni son adecuadas para niños pequeños. Voy a comentar todas las de Ghibli y todas los largometrajes japoneses de animación que me parece que resisten la comparación, por orden de grupo de edad al que van dirigidas. Dentro de cada grupo de edad, las ordeno según me gustan más o menos. Están dirigidas por Hayao Miyazaki mientras no diga lo contrario. Las que tienen asteriscos no son de Studio Ghibli.

Películas para preescolares:

totoroMi Vecino Totoro.

Ponyo en el acantilado (2008): El remake feminista de La Sirenita. En el cuento original no sobrevive a salir del agua y se convierte en espíritu del aire, con un príncipe bastante egoísta y bobo. En Disney, el amor es la entrega absoluta, pero eso sí, ganas al príncipe y te quedas el reino. Studio Ghibli presenta otra visión, con un niño encantador que sabe lo que es amar mucho mejor que todos los príncipes azules. Y con Ponyo, una sirenita maravillosa. Una película de verdad, de verdad, para todas las edades.

Mi vecino Totoro (1988): Olvida los mensajes didácticos y la «educación en valores» (que la hay, y mucha). Una fantasía pequeña, preciosa, sobre cosas que dan miedo pero al final salen bien. Por eso me parece buena para niños pequeños: ¿habrá algo que dé más miedo que una enfermedad de tu madre?

Películas infantiles pero con algo más de complicación:

wolf-childrenLos niños lobo.

El viaje de Chihiro (2001): Lo que me gustaría que inspirase el próximo siglo de cine infantil. Perfecta, redonda.

La princesa Mononoke (1997): Puede que el principio le dé miedo a niños pequeños. Una maravilla sin comparación con nada.

Porco Rosso (1992): Puede ser una buena introducción al cine bélico clásico y a las guerras mundiales porque es accesible a niños muy pequeños. Admite muchos visionados porque la entenderán mejor según crezcan.

El Castillo ambulante de Howl (2004): En la línea de fantasía de Chihiro y Mononoke, pero un poco más sombría.

El Castillo en el cielo (1986): una fantasía algo absurda en la que destaca la primera de las «Ancianas Ghibli que parece que van a ser malas pero luego resulta que no», la abuela pirata.

Los niños lobo*** (Mamoru Hosoda, 2012): Un cuento tan triste a ratos, que parece de Takahata: la historia de una mujer humana cuyos hijos son niños-lobo. Una historia muy bonita. Fuera de Ghibli, de lo más adecuado para menores de diez-doce años.

El cuento de la princesa Kaguya (Takahata, 2013): estéticamente preciosa, dividida en dos mitades, la primera más divertida y la segunda más melancólica.

Arietty y los diminutos (Hiromasa Yonebayashi, 2010): Los Diminutos están en la misma situación que los tanukis: viven en los cimientos de una casa y dejan de tener una vida tranquila. En lugar de usar animalitos o un bosque, esta vez el mensaje ecológico es una metáfora con seres imaginarios.

El niño y la bestia*** (Hosoda, 2015): Chihiro + Karate Kid = Esto. Muy entretenida y a un nivel imaginativo y de calidad muy alto.

Pompoko (Isao Takahata, 1994): La película más divertida de su director. Los protagonistas son «tanukis», un animal japonés de aspecto similar a un perro o un mapache. En el folklore se dice que son listos y pueden transformarse en cualquier cosa, sobre todo en personas, y los tanukis protagonistas usan ese poder para intentar impedir que se urbanice el bosque donde viven. Es una de las películas con mensaje conservacionista más claro.

Kiki’s Delivery Service (Kiki, aprendiz de bruja) (1989): Flojea un poquito, aunque tiene el encanto de todas las historias de aprendices de brujos y brujas, niños solos que se las apañan en el mundo adulto…

Cuentos de Terramar (2006): La única película de Ghibli de la que he visto malas críticas, pero se deja ver.

Películas adecuadas para preadolescentes y jóvenes: Seguramente habrá niños que disfruten de estas películas. No es que tengan contenido inadecuado, ya que son casi todas bastante blanditas, sino que no están hechas con niños pequeños en mente.

nausicaaNausicaa del valle del viento.

Nausicaa del valle del viento (1984). El mensaje ecologista tan frecuente en Ghibli está mezclado aquí con un ambiente postapocalíptico.

Tokyo Godfathers*** (Satoshi Kon, 2003): una pequeña maravilla: la aventura navideña de tres personajes callejeros intentando localizar a los padres de un bebé abandonado. Toca algunos temas duros (empezando por el abandono de la niña). No tiene elemento sobrenatural, pero se basa mucho en la idea de las coincidencias y casualidades.

La tumba de las luciérnagas (Takahata, 1988): probablemente la película más famosa de Takahata. No sé si pasará en más sitios, pero mis alumnos llegan a una edad, a la altura de 2º o 3º de ESO, en la que se obsesionan con la Segunda Guerra Mundial. Es algo «guay», es la guerra más importante que conocen y quizá la mayor de la historia, Hitler tiene tintes de villano de cómic… esta es una película que puede educar sobre cómo son las guerras de verdad.

La colina de la amapola (Goro Miyazaki, 2011): Quizá la mejor de las tres historias de instituto. Uno de sus sub-argumentos tiene que ver con el conservacionismo… urbano: el instituto lucha contra la demolición del viejo edificio que usan para alojar sus clubs y asociaciones juveniles.

La chica que saltaba a través del tiempo*** (Hosoda, 2006): Lo mejor de las historias costumbristas de instituto con un añadido sobrenatural cuando una chica descubre que puede viajar en el tiempo a momentos anteriores de su vida. Para los acostumbrados a Ghibli, la heroína puede ser un poco irritante: más pasiva, más dependiente, más… tonta. A pesar de ello es una película bonita.

Summer Wars*** (Hosoda, 2009): El «Juegos de Guerra» de esta generación. En serio, si de pequeño te gustó Juegos de Guerra haz un programa doble con niños, pizzas y palomitas. Aquí el malo en vez de ser la política internacional son los virus y el robo de datos personales. Tiene su historia sentimental con adolescentes que se hacen amigos o se enamoran, su encantador Japón rural, su drama familiar de fondo…

Puedo escuchar el mar (Tomomi Mochizuki, 1993), Susurros del corazón (Yoshifumi Kondo, 1995): Historias sencillas y realistas de amor adolescente.

Haru en el reino de los gatos (Hiroyuki Morita, 2002): el contrapunto de fantasía al costumbrismo de Susurros del corazón: la película del cuento que escribe la chica protagonista de Susurros.  Puede ser infantil pero tiene algo más de sentido si hemos visto Susurros primero.

Cuando Marnie estuvo allí / El recuerdo de Marnie (Hiromasa Yonebayashi, 2014): Con un punto de partida frecuente en Ghibli, la mudanza de una niña de ciudad a un pueblo, se cuenta una historia un poco triste paralela a cómo la chica se integra. Menos original que otras de la productora.

Películas de temática adulta: Si son adecuadas para adolescentes ya es cuestión de la madurez y los gustos de cada uno.

paprikaUna escena onírica de Paprika.

El viento se levanta (Miyazaki, 2013): La biografía de un ingeniero que diseñó los principales avances aeronáuticos japoneses para la Segunda Guerra Mundial. Se trata de pasada el conflicto ético que ello supone; Jiro Horikoshi era un técnico que quería hacer máquinas voladoras bellas, y tras la guerra continuó, de hecho, haciendo aviones de transporte civil. Lo que la hace menos adecuada para niños que Porco Rosso o incluso La Tumba de las Luciérnagas es su ritmo muy lento y la inserción de una historia de amor que al principio es lenta, frenando la acción principal, y luego se vuelve muy triste.

Mis vecinos los Yamada (Tahakata, 1999): Para mí, muy divertida aunque con un humor muy peculiar que va de lo ridículo a lo surrealista con muchas dosis de costumbrismo. Los Yamada son una especie de Simpsons japoneses, metidos en aventuras como perder a su niña pequeña en el supermercado o protestar porque la madre siempre pone lo mismo para cenar.

Paprika*** (Satoshi Kon, 2006): Con un argumento que es casi una excusa (un invento para grabar sueños sale mal cuando un error permite entrar en la conciencia de los usuarios) se crea una obra con una estética bellísima y un desarrollo muy original. Para gente sensible a estos temas aviso que hay violencia sexual hacia personas inconscientes.

Ghost in the Shell*** (Mamoru Oshii, 1995): Para hacer un programa doble, o triple, con Blade Runner y Matrix. Acción, ciencia ficción, reflexiones filosóficas sobre la inteligencia artificial y el poder de la tecnología para controlar nuestras vidas… Tiene un modo de contar más anticuado (o menos occidentalizado) que las demás películas de esta lista, se nota diferente, pero la incluyo porque sigue siendo buenísima.

Recuerdos del ayer (Takahata, 1991): Me han contado que hay muchos japoneses urbanos que pasan sus vacaciones en la zona rural de donde sea originalmente su familia, y allí trabajan en el campo. Un poco por recuperar sus raíces o por patriotismo, para mejorar la productividad de la zona. Esta es la historia de una mujer que sigue esta costumbre y se enfrenta a sus recuerdos de infancia y a la posibilidad de tener una relación amorosa. Una historia costumbrista, bonita, completamente pensada para público adulto, pero muy tierna.

Millenium Actress*** (Kon, 2001): Quizá la más confusa de las películas del director, parte de una entrevista a una ficticia actriz,  ya anciana, y sirve para repasar la historia de Japón, a través de su vida y de sus películas.

Si he contado bien, son veintinueve películas. ¿Cómo redondearías hasta treinta?

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De todo un poco

Cuidados del pelo rizado para gente vaga o con prisas.

IMG_20141115_193017Yo soy la de la izquierda.

Tengo el pelo rizado, con el rizo bastante duro. Las ondas son blandas y se deshacen con facilidad. Me he encontrado con mucha gente que tiene poca idea de cómo cuidar el pelo rizado, o que no les gusta, y gente que lo trabaja de más sin necesidad, aparte de que tenemos expectativas poco realistas sobre lo que nuestros rizos puede hacer. Échale la culpa a la publicidad y al miedo a que parezca despeinado. A continuación va una pequeña guía sobre cómo cuidarlo con mínimo esfuerzo.

Lo primero, un aviso: una vez el pelo está sano e hidratado, solo los rizadores en caliente modificarán su forma. El rizo que tienes es lo que hay. No existe el producto que te dé tirabuzones, rizos más apretados o una forma distinta a tus ondas. Puedes notar una diferencia bastante grande hasta que des con la combinación de champú/crema/producto de peinado que mejor te vaya, eso sí.

Empecemos por el lavado: lávalo poco. Tras baños de mar, piscina, suciedad extraordinaria o cuando veas que las raíces están grasas. Cuanto menos mejor. No necesitas más. Los dermatólogos desaconsejan los diversos métodos de no lavarlo con champú (no lavar nunca, o «lavar» con crema suavizante) y yo me fío de ellos. No se trata de que lavar el pelo sea malo, sino de que te acostumbres a no necesitar lavarlo para peinarte. No necesita lavados diarios, de verdad que no.

El pelo rizado suele ser seco, o de raíces grasas y puntas secas. Puedes notar diferencia entre marcas de champú, pero yo no la veo entre champú etiquetado para rizos, para pelo seco o dañado o en su caso, teñido. Sin salir del supermercado, me gusta Elvive en cuanto  relación calidad-precio, especialmente la línea para pelo teñido. Cuando hay más dinero uno de mis favoritos es Trichomania de Lush, un champú sólido de aplicación cremosa y olor a coco. Es caro, pero dura muchísimo, como otros productos sólidos de Lush.  Si andamos cortos de dinero, el champú es de donde se puede recortar, ya echaremos crema suavizante. A mí me da igual crema que mascarilla: mi pelo está hambriento y lo absorbe todo igual. Tengo rachas de usar solo mascarilla porque para qué tener veinte botes en la ducha y total, si me lavo el pelo un par de veces a la semana no me acuerdo de cuándo fue la última vez que usé uno u otro. Igual que con el champú: un producto pensado para pelo rizado, seco, dañado o teñido. Sin dinero o pillando una oferta, Elvive. En una visita a Lush con ganas de dejar la cartera vacía, American Cream (carísimo), Happy Happy (no es lo más hidratante pero huele a gloria divina) o Jungle (sólido, un rollo de aplicar pero efectivo). A veces alterno con las mascarillas de las que venden en la peluquería, o en tiendas de productos de peluquería con marcas anónimas a bastante buen precio, y no soy fiel a ninguna marca, menos las ya nombradas, a las que acabo volviendo si nada me ha llamado la atención por ahí.

En la ducha, con la crema en el pelo, te peinas con un peine de púas un poco anchas. Y es el único momento en el que te quiero ver coger esos chismes. La crema hará de lubricante para facilitar quitarte los enredos, y si tu pelo tiene una tendencia natural a formar tirabuzones, saldrán cuando el pelo esté seco. Insisto: nunca te cepilles el pelo seco. No hay ninguna razón para ello. Sólo sirve para romperlo y abrir el rizo, o incluso para deshacerlo completamente hasta el próximo lavado. No todos los cabellos necesitan el mismo tipo de cuidado y el pelo rizado no necesita cepillarse. Si te gusta cepillarte, puedes hacer dos cosas: usar agua de peinado para reducir el daño (sigue leyendo), o aprender a masajearte la cabeza, si lo que buscas es esa sensación de «cosquillas».

Para un extra de hidratación o reparación, o para ir a la playa, uso dos mascarillas diferentes: o aceite de coco, o un huevo batido con un par de cucharadas de aceite de oliva. El aceite puro es más difícil de aplicar; el huevo batido con aceite es pringoso pero una vez aplicado se seca y no gotea. Lo dejo puesto un rato, o varias horas, si me voy a la playa, y luego a la ducha. Queda más suave, y me encanta peinarme el pelo engrasado, relaja mucho.

Evito como la peste los serum reparadores de puntas y demás productos que son fundamentalmente siliconas con un olorcito agradable. No me importa si el cuarto o quinto ingrediente de mi suavizante es una silicona, pero no voy a comprar un producto supuestamente reparador o que dice ser un aceite vegetal a precio de oro, cuando en realidad es un aceite mineral que embadurna el pelo y que a la larga hace que parezca grasiento. No me gusta cómo queda y además esos reparadores salen mucho más caros que una simple gota de aceite de oliva o de crema. En los ingredientes figuran como Cyclomethicone, Dimethicone, Methicone, Amodimethicone, Dimethiconol, o Cyclomethicone/Cyclopentasiloxane.

Vale, tu pelo está ya todo lo hidratado y cuidado que puede estar sin un corte de puntas. Toca peinar: Si está completamente seco, mójalo con un spray. Los tienes en los «gremios» de peluquería, y en los bazares chinos. Si quieres puedes echar en el bote del spray un chorro de crema o mascarilla y agitar bien con el agua: «agua de peinado» instantánea, que te cobran a precio de crema de verdad. Ojo: este truco no sirve con productos que sean 100% grasa, sólidos o sin conservantes. Los grasos no se disuelven y los sólidos o hippies, «naturales» sin conservantes fermentarán o se pudrirán. Me pasó con un producto de Lush. Te mojas el pelo un poco, todo por igual. Te lo peinas con los dedos y decide, según cómo lo veas, si vas a ir natural, te vas a poner un poco de crema sin aclarado, o un producto fijador del tipo de gomina o espuma. Si te pones crema, ten cuidado: solo las puntas, o de medios a puntas, porque si te tocas las raíces te las vas a engrasar.

Si quieres un poco más de fijación, puedes usar espuma para ondas, gomina para rizos y tirabuzones, o una mezcla de gomina con crema. Peina un poco con los dedos, boca abajo si quieres extra de volumen. Y hala, a la calle.

¿Y el secador? ¿Y los rizadores? Para mí, ningún tratamiento de calor merece la pena. Destrozan el pelo, consumen mucho tiempo… los reservaría para días especiales.

Esta entrada puede quedar un poco rara en un blog dedicado sobre todo al feminismo y la educación, pero espero que sirva un poco para los dos propósitos. A mucha gente no le gusta su pelo, o no sabe cuidarlo porque la publicidad confunde o porque nos han enseñado que el pelo rizado es feo; como se decía en mi colegio, «de gitanas» o «de piojosas». Y si me está leyendo alguien que prepara niñas para la vuelta al cole, espero que ahora vayan guapas, con tirabuzones, y sin dramas por los tirones y los enredos.

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Feminismo

Breve introducción a la ideología doméstica.

roman women at workGrabado flamenco de 1573 representando patricias romanas: una borda, otra cose y otra hila. Museo Británico. 

La ideología doméstica es un mito que lleva un par de siglos sirviendo a los intereses del patriarcado, y que con variaciones locales, es el siguiente: la gente, agrupada en familias por lo general pequeñas, tiene un cabeza de familia, un hombre que trabaja fuera, y una cuidadora doméstica a tiempo completo, su esposa. Todo lo que queda fuera del hogar es hostil, y según algunas ideas religiosas, pecaminoso. La función de la mujer es vital, porque consiste en que su presencia, sus principios éticos y morales, y sus sentimientos por el resto de la familia, conviertan el hogar en un refugio contra las agresiones del exterior. Eso se plasma en el cuidado doméstico: estamos en un Hogar y no en una simple casa porque hay una mujer limpiando y cocinando, y por eso, no sale. Esto hace feliz a cualquiera que entre, y a los miembros de la familia, más.

Como la perspectiva histórica se pierde rápido, y tendemos a creer que las cosas siempre han sido de la misma manera, lo que la mayoría de la gente acaba creyendo es que hasta mediados del siglo pasado, más o menos, las mujeres no eran trabajadoras asalariadas, o si lo eran, se trataba de una excepción. A lo que se dedicaban casi todas era a las tareas del hogar, que consistían en el cuidado de la casa y de los hijos. Es decir: todas las mujeres, menos las muy ricas, desde el Neolítico hasta tu abuela, han dedicado muchas horas del día a «crear hogar», limpiar la casa y la ropa, cocinar guisos, y cuidar de los niños, y se han dedicado mínimamente a trabajar por cuenta ajena, sobre todo cuando estaban solteras, luego ya no.

El párrafo anterior es, naturalmente, una mentira muy cómoda que ha servido para que creamos que el grado de limpieza del hogar que puede dar una persona dedicada a tiempo completo es el estándar deseable, y que nuestras casas habrían requerido que una persona, preferiblemente una mujer, se dedicara a todo eso que a pesar de que es muy importante no queremos hacer nosotros.

Desmontar la ideología doméstica es una tarea compleja: sabemos que las familias nucleares no son «una organización natural», que las mujeres han trabajado fuera del hogar más a menudo de lo que se cree, y que la externalización de según qué tareas domésticas o la introducción de empleadas (a veces empleados)  no hace que el Hogar desaparezca, sobre todo si La Señora de la Casa no trabaja por cuenta ajena. Aquí solo voy a explicar una de las partes: cómo «las taréas domésticas» han cambiado con el tiempo para que lo que importe no sean dichas tareas en sí, sino que las mujeres estén dentro de casa haciendo trabajo no asalariado o menos valorado que el masculino.

El trabajo doméstico fue cambiando por fases, entre las que destacan dos: la revolución industrial que llevó a la producción en masa de bienes de consumo que antes se hacían en casa (a veces en talleres y la gente los compraba hechos), y la generalización de la red eléctrica que nos permitió tener electrodomésticos. Por eso los cambios han sido cada vez más rápidos. Examinemos tarea por tarea, presuponiendo una mujer que no es rica y por eso tiene que hacerlo casi todo ella, sin criadas o quizá solo con una o dos:

Primero, el abastecimiento. En un mundo sin frigoríficos, tienes que hacer la compra a diario, menos en ciudades grandes donde viene el proveedor a casa o hay vendedores ambulantes. Puede que en lugares muy pequeños la compra no fuera diaria sino en día de mercado. No hay coches: la mujer de la casa, o sus criadas, tienen que darse el paseo, elegir, regatear, y llevárselo todo de vuelta a casa, antes de pensar en hacer la comida. Ya tienes la mañana echada (y no la has dedicado a limpiar el polvo). Mi abuela seguía haciendo una versión de esto en los años 80, y conozco gente que lo hacía en el año 2000 porque tenían el supermercado cerca. En su caso era costumbre, antes era necesidad.

Pasemos a la cocina. Antes de ir a comprar hemos dejado preparado el desayuno… que en muchos casos nos ha llevado un buen rato para encender el fuego. Sin cerillas, sin mechero. Comprar pan o hacerlo tú, encender el fuego para cocinar y lavarnos o usar agua fría, ha dependido de muchas cosas: vives en un lugar y tiempo donde el pan se compra hecho, hace frío, la costumbre local es desayunar bebidas calientes…. puede que fuera un proceso bastante engorroso o puede que cada uno se buscara la vida. Ahora, cocinemos: ten en cuenta que no hay ni un solo aparato eléctrico, ni tampoco inventos como la olla exprés. Las comidas o son muy sencillas, o necesitan que las vigiles mucho tiempo. Eso sí, seguro que en todos los casos son monótonas. No hay una variedad muy grande de ingredientes porque casi todo es local. Una manera de paliar esto son las conservas caseras: todavía hoy, en algunas partes del mundo la vida diaria se paraliza porque toca envasar tomates al natural o mermelada de fruta, ya sea en casa en privado, o como parte de una fiesta local (una amiga me contó que así ocurre aún hoy día con la mermelada de ciruela en una región de Polonia). Si vives en una zona rural, productos como el queso, la mantequilla, las salchichas y demás formas de conservar el cerdo, etc. son parte de la rutina, si no diaria, sí por lo menos anual.

Salgamos de la cocina. Habrá que vestirse. La fabricación de la ropa se ha ido industrializando por fases. Primero está el hilado, que hasta la Edad Media o un poco después podía hacerse en las casas pero era más frecuente que se hiciera en talleres y desde mediados del siglo XVIII en casas; luego está el tejido. Desde el siglo XVIII como muy tarde, lo normal era comprar la tela hecha. En cuanto a la confección, todas las mujeres menos las muy ricas hacían su ropa y la de toda su familia, a mano. La ropa masculina se compraba hecha desde algo antes de la femenina, y las máquinas de coser domésticas se generalizaron progresivamente en el siglo XX. Una de mis abuelas no tenía. La ropa de punto, los jerseys y demás, fueron de lo último que se externalizó. Tengo un vago recuerdo de que comprarlos hechos fuera novedoso a mediados de los 80, pero quizá en otros sitios era diferente.

Otros enseres domésticos, como el jabón y las velas, dependieron también del momento y el lugar. Pero en resumen, la norma es: si se consume a nivel doméstico, hace un siglo lo hacían las amas de casa. Gratis, sin pensar en vender al exterior.

¿Y la limpieza? Empecemos por la ropa. En un mundo sin lavadoras, la ropa se lava menos, todo el mundo tiene mucha menos ropa, y se está algo más sucio. Tienes dos mudas, quizá dos y la de los domingos, y un día en semana, el lavado de la ropa paraliza de verdad el resto de tareas. No se puede cocinar, ni limpiar, ni nada de nada, porque hay que calentar agua, frotar las manchas, frotar la ropa a base de bien, enjuagarla, escurrirla, y tenderla. Entonces puedes respirar un momento (quizá coincida con la hora de servir las sobras del día anterior) y recoger la ropa tendida.

Continuemos con la cocina. Sí, claro, después de comer hay que fregar los cacharros, de nuevo con agua fría o calentada al fogón… y por sorprendente que resulte, a menudo sin jabón. En la Inglaterra victoriana se usaba bicarbonato. Mi madre, nacida en los 40, ha usado una tierra parecida al albero para frotar ollas grasientas. Es decir, se tardaba muchísimo más que ahora.

Y por último, la limpieza de la casa. ¿En la vuestra se hacía limpieza de primavera? Pues hace unas décadas esa era casi la única que se hacía. Muchas cosas eran diferentes: las casas eran más pequeñas, tenían muchos menos objetos decorativos (menos necesidad de limpiar el polvo), no siempre tenían ventanas de cristal y las que había no eran grandes, y el uso de madera y carbón para calentar la casa y cocinar hacía que las paredes estuvieran siempre cubiertas de hollín. Y muy importante: la idea de que es necesario limpiar por higiene, para impedir la proliferación de gérmenes, es relativamente reciente. Antes se limpiaba por comodidad, no por pensar que era mejor para la salud. Una costumbre entre la gente más rica, con varias casas, era pasar varios meses en una de ellas, sin apenas limpiar, y trasladarse a la siguiente, la casa de verano por ejemplo, mientras los criados limpiaban. Para la mayoría de la gente, sin llegar a este extremo, la limpieza eran «zafarranchos» ocasionales.

Es decir: las mujeres que se dedicaban al cuidado de su casa, además de que no necesariamente lo hacían a tiempo completo, estaban ocupadísimas con tareas que hoy ya no son necesarias, se han externalizado o se hacen en menos tiempo. A medida que las labores domésticas se redujeron, surgió la idea de que es necesario que una casa tenga una mujer dentro para ser un lugar acogedor(1); en épocas anteriores, esas tareas se consideraron propias de la mujer pero no creadoras de hogar o beneficiosas para los demás. De hecho, y esto es de lo más importante, la idea de que las mujeres fueran transmisoras de valores morales, aunque solo fuera en el contexto hogareño, es históricamente muy novedosa. Antes, el trabajo femenino tenía que ver con lo doméstico no porque el hogar fuera importante, sino porque se pensaba que las mujeres no servían para nada más.

En las últimas décadas, las tareas domésticas se han definido como mantener un nivel de higiene muy alto, con limpieza diaria de suelos y superficies, porque literalmente no queda nada más que hacer. Y ahora que nos hemos dado cuenta de que una semana de polvo sobre los muebles ni nos mata ni «deshace hogar», no ha tardado en llegar una obligación novedosa para la mujer: la exigencia de disponibilidad absoluta para los hijos pequeños, también llamada «crianza con apego». Pero eso es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión.

(1) En palabras de un compañero de trabajo estepeño en 2010: «una casa necesita una mujer. Y si esa mujer sale tienes que pagar a otra que entre». En su pueblo, la inmensa mayor parte de las mujeres son trabajadoras industriales o agrícolas, y no pueden permitirse ni ser amas de casa a tiempo completo ni contratar a una asistenta. Pero persiste el mito de que deberían serlo.

Nota bibliográfica: las feministas que han tratado este tema en mayor profundidad son las de la Segunda Ola. Los libros más recomendados son Por tu propio bien de Bárbara Ehrenreich y Deirdre English, y La mística de la Feminidad de Betty Friedan (ojo, este es bastante clasista). El dato de la limpieza que requería mudar familias enteras está sacado de la biografía de María Estuardo, de Antonia Fraser (descatalogado en español). Entre los muchos libros sobre vida cotidiana destaco «What Jane Austen Ate and Charles Dickens Knew», de Daniel Pool, y el primer volumen de Historia de las mujeres: una historia propia, de Anderson y Zinsser, editado por Crítica.

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Feminismo

Entrevista a Galicia Méndez, limpiadora

La limpieza profesional une cuestiones centrales al feminismo: los cuidados y las condiciones de trabajo de los empleos típicamente femeninos. Muchas mujeres limpian casas para que otras tengan tiempo de trabajar fuera. Muchas mujeres limpian nuestros lugares de trabajo para que los demás tengamos un ambiente higiénico. Son la base misma del sistema productivo, y a pesar de ello su trabajo se considera fácil, «no cualificado». La falta de formación oficial es sintomática de este desprecio; la LOMCE ha creado una Formación Profesional Básica, un título muy elemental, para estudiantes que por sus circunstancias no van a superar la ESO. Hasta la creación de este grado básico, que no voy a analizar ahora, no existía formación oficial dedicada a la limpieza, ni siquiera a la limpieza industrial (que ahora veremos qué es). Esto, en un país que busca que el sistema educativo incluya todas las habilidades que un joven puede necesitar. Se ve que se saber limpiar o llevar una casa no es tan importante.

Hoy entrevistamos a Galicia Méndez, que es limpiadora y lucha por los derechos de estas profesionales.

Galicia retrato Cesar Viteri MultimaniacoGalicia fotografiada por César Viteri.

¿Qué tipos de limpieza has hecho? Casas, oficinas, hoteles….
​He trabajado en casas, de manera intermitente. Las mujeres de mi familia han tocado varios palos más, pero yo he tenido suerte y no he tenido que moverme mucho de los trabajos.​

¿Cómo has estado contratada? «En negro», en plantilla, subcontrata, autónoma…
​He trabajado en negro y, actualmente por suerte, con contrato. Establecerte como autónoma es un suicidio, pero las empresas de limpieza tampoco es que sean mejores. ​En casa, como he dicho, varias de mis familiares trabajan en el sector o han trabajado en él. Las subcontratas cumplen la ley a rajatabla, pero ni te renuevan ni te tratan como una persona. Las empresas de limpieza, depende. Ambas tienen en común que explotan a los trabajadores de una manera bestial. Te dan un tiempo para limpiar el sitio, esté como esté. Por supuesto, las condiciones laborales son de risa y cuando entras a trabajar y te pones el mono o bata dejas de ser un humano. Por ponerte un ejemplo, en Murcia en un edificio estatal en pleno verano se apagaba el aire acondicionado cuando se iban los funcionarios «porque no quedaba personal». Los de la limpieza no son personal. Es verdad que cotizas, pero ni te reconocen enfermedades profesionales ni tienes casi ningún derecho. En las casas el rollo es más duro, porque si quieres cotizar «te lo pagas tú» y punto pelota. Por supuesto, las vacaciones pagadas son un lujo del que casi ninguna trabajadora dispone y yo, que tengo encima dos pagas extra, soy como la persona más afortunada de España. Mi jefe no solo cumple el convenio, lo mejora en bastantes ocasiones. Otra cosa es la limpieza industrial (donde, curiosamente, el porcentaje de hombres es mayor). Aquí me apunta una familiar que ha trabajado en el ramo que los hombres de la limpieza industrial suelen tener siempre puestos de «más responsabilidad» y cobran más. No sé, casualidad.

¿A qué se llama limpieza industrial y qué la diferencia del resto?

La limpieza industrial es la que se produce, valga la redundancia, en la industria. Consiste desde la limpieza profunda de fábricas hasta la descontaminación en centrales nucleares. ​Es un trabajo copado por hombres, mucho más cualificado y mejor pagado. Si vas a páginas web en las que se ofrecen este tipo de servicios, todas las fotos son de señores muy profesionales haciendo cosas muy importantes. Limpiar una casa, un gimnasio o un colegio, sin embargo, es un trabajo poco adecuado para hombres, que sólo trabajan en puestos de mantenimiento como conserje. Es otro techo de cristal. Las mujeres en la casa, los hombres en la industria.

limpieza industrial

limpieza doméstica

limpieza profesionalUna búsqueda Google revela que la limpieza industrial la hacen hombres concentrados, la limpieza doméstica mujeres sonrientes, y la limpieza profesional, guantes de goma sin cuerpo.

¿Cuáles son las enfermedades profesionales más habituales? ¿Alguna vez se reconocen?
​Por ejemplo, el síndrome del túnel carpiano que ahora está empezando a ser reconocido aunque creo que todavía no entra dentro del grupo de profesiones que «pueden causarlo» y no sé si en el grupo de limpiadoras de hogar se ha reconocido. ​

​También enfermedades relacionadas con el aparato respiratorio, dermatitis y diferentes problemas con la piel, sobre todo la de las manos. Aunque uses guantes es una exposición continua y un riesgo que está ahí. Sé que es una anécdota viejísima y que ahora, por fortuna, ya no se produce este problema, pero es mítico lo de las lavanderas ciegas por las emanaciones de lejía. Mi tatarabuela era lavandera. Te puedes imaginar que la vista no la tenía bien, precisamente.

¿Qué tipos de trabajo te gustan más y menos? ¿Cuáles son sus ventajas e inconvenientes?
​A mí me encanta mi trabajo en general. Me gusta mucho ser minuciosa, y limpiar me ayuda a ordenar la cabeza. Lo que más odio es limpiar los cristales porque tengo muchísimos metros cuadrados de cristales por limpiar. Me gusta trabajar en casas porque te proporciona un ambiente seguro, sueles estar sola y el trabajo es bastante rutinario. Eso me permite ser mucho más cuidadosa con los detalles. Trabajar en oficinas o para empresas de limpieza no me dejaría nada de tiempo para serlo y además me tendría que enfrentar a los escuadrones de cotilleo (que no llevo nada, pero nada bien). Quizás lo que más me entretiene es ordenar. Cada vez que tengo ocasión me meto en el vestidor de mis jefes y lo reordeno. Si tengo un mal día, corro un poco con lo demás y me pongo a ordenar. Me viene de fábula.

¿Crees que tus jefes asumen que limpiar está necesariamente asociado a más tareas, como por ejemplo cuidar niños? Si es así, ¿qué tareas te han pedido o han supuesto?
​¡Mis jefes me contrataron para más cosas! La limpieza me ocupa una buena porción de la jornada pero también hago la compra (y no, no es solamente meter cosas en un cesto y luego pagar por ellas), cocino si me lo piden, arreglo cosillas eléctricas e informáticas (soy una maga), coso, me ocupo de pequeños recados y de coordinar que la casa esté perfectamente en todo momento. Pero esto quedó claro en el momento en el que acordamos las condiciones del trabajo. Nunca me han pedido nada que me pudiera ocasionar incomodidad y son muy cuidadosos con mi horario y la carga de trabajo. Me consta que no siempre es así, y que se asume de manera genérica que limpieza y cuidado de menores o dependientes es un pack indivisible. Tengo constancia de muchos casos en los que delegan en la limpiadora cuidado de personas dependientes o de bebés porque «total, no dan mucho la vara y se pueden manejar las dos cosas». Muchas veces nos extralimitamos en lo que deberían ser nuestras funciones y nos transformamos en cuidadoras, enfermeras, cocineras, niñeras… Y no lo hacemos por amor a la profesión. Es que no hay otra; o te adaptas o te hundes en la mierda. ¿Y eso se paga? No. No podemos ser el sostén de una sociedad que va tan deprisa para producir que necesita explotar al tejido social más desprotegido para seguir su huida hacia el rendimiento máximo. Y normalmente este trabajo, además, es en negro. Conozco un caso concreto de una mujer con un riesgo de exclusión tremendo que está trabajando cuidando a un anciano y hace tareas del hogar porque el anciano no se mueve y la familia cree que si no hace algo más están tirando el dinero. Por supuesto, le pagan una miseria y está en negro. Limpia la casa, asea al anciano, le da de comer, lo acuesta y, además, le hace compañía. Todo esto sin tener conocimientos geriátricos ni herramientas ni fuerza para hacerlo. Pero claro, es lo que hay.

¿Crees que es necesaria formación específica? ¿De qué tipo?
​Sí, lo creo. Hace falta conocer normas de seguridad en el hogar, no en vano es el lugar en el que más accidentes ocurren. Hace falta saber planchar (tender la ropa muy estirada no sirve), un poco de cocina española (especifico porque muchas inmigrantes saben cocinar pero nada de la comida típica de aquí y eso es un problema), hace falta saber organizar el trabajo y las tareas. Saber cómo planificar las tareas y estimar qué tiempo te van a llevar es crucial. Cómo realizar correctamente la limpieza para no comprometer la salud de nadie. Parece que nos olvidamos que en este trabajo se higieniza el hogar y de ello depende la salud de los que viven en él. También hacer pequeñas reparaciones puede ser un plus.Sé que quizás parece una tontería que pongan en el proyecto de FPB de servicio doméstico que aprender a usar la lavadora entra en el temario, pero es que poner una lavadora en «automático» no es saber lavar. Las sábanas blancas deben quedar blancas, y según el tejido tienen un programa específico u otro. Hay pantalones de mi jefe que tengo que lavar aparte. Y también tienes que saber lavar a mano, y qué cosas se lavan en seco, porque si no igual le jodes una colada a tu empleador y eso significa un montón de pasta tirada a la basura. Por supuesto, aprenderte tus derechos y deberes como trabajador. Eso me parece vital. Un amigo abogado está empezando en el campo laboral ahora mismo y todos sus casos son de mujeres empleadas en el hogar a las que han intentado estafar.

Has dicho alguna vez que limpiar es «el acto más subversivo y feminista que puedes hacer». ¿Por qué?
​Sí. Lo estuve pensando mucho cuando lo retomé. He estado trabajando de muchas cosas diferentes relacionadas con la comunicación pero volví, por cuestiones personales, a la limpieza, y lo viví como un fracaso. Era como un talento perdido pero sin el como. ​Mi madre, mi abuela, mi bisabuela, mi tatarabuela… Todas habían trabajado o trabajan en la limpieza y yo pensaba que iba a romper ese círculo, que iba a tener reconocimiento social. Y empezaron los compadecimientos «al menos es un trabajo» «bueno, podrías estar peor». Hasta que me harté, porque me encontré a mí misma dando explicaciones sobre que no era una sierva. He usado todos los conocimientos que nos dan para ser la esposa perfecta para darle una patada en el culo a todo. Soy una mujer independiente, con un trabajo estable. Soy una persona a la que sus empleadores respetan y escuchan. Hago un trabajo que permite a otras personas vivir cómodamente y a mí tener independencia. El feminismo, o al menos esa es mi percepción, ha huido del trabajo doméstico por todo la historia de explotación de la que proviene, pero es un error. Este es un sector eminentemente femenino, invisibilizado. A mi madre la han cortado en una conversación sobre trabajo para mentir sobre su puesto y decir que era administrativa porque les daba vergüenza que dijera que era limpiadora. Mi madre, una señora que se moviliza dos casas completas y encima estudia cuando puede.  Yo no voy a dejar que nadie me diga eso. No voy a dejar que nadie me trate como una esclava cuando soy más libre de lo que él se pueda imaginar. Soy mujer, obrera, limpio y soy feminista. Y todo lo que nos han enseñado para ser oprimidas ahora lo vamos a usar para romper las cadenas que nos oprimen.  A mí es que siempre me ha gustado combatir el fuego con fuego.

Es decir, que si te entiendo bien lo liberador y feminista no es tanto limpiar como dignificarlo como profesión, ¿es así?
​Este es un trabajo tradicionalmente denostado. Somos sirvientas, sólo tienes que ver «Los Santos Inocentes» para ver lo que era servir en una casa de ricos. Ahora de manera más sibilina somos igualmente despreciadas. Y creo que es feminista reclamar la pasta que nos corresponde por hacer este trabajo que hemos hecho tanto en nuestra casa como en las ajenas  a cambio de lo mínimo o gratis. ​

Hay quien dice que no debería haber trabajo doméstico porque cada uno debería ir recogiendo lo que tira; es decir que su posible indignidad viene de la falta de higiene u organización de los usuarios. ¿Qué opinas de esto?
​Que es una tontería como una casa que viene de la imagen del señorito y la criada. El trabajo doméstico es necesario en muchas casas porque permiten a los integrantes desocuparse de tareas vitales. Es como si yo dijera que coser es una indignidad porque todos deberían saber hacer las prendas con las que se visten o que todo el mundo debería saber arreglar su coche o su ordenador. El hecho es que el dinero compra tiempo a través de los servicios. Nosotros tenemos ocio porque subcontratamos servicios a otras personas. ¿Que puedes ocuparte de tu casa? Seguro. ¿Te renta en términos de tiempo y preocupación? Quizás no. Eso tampoco quiere decir que dejes todo por ahí ni que trates a la limpiadora como una esclava pero es un punto que tampoco me sorprende en un mundo en el que sigue existiendo personas que se piensan que los camareros o las dependientas son sus sirvientes porque él es el consumidor.

¿Y la viabilidad económica? Al fin y al cabo, una familia con sueldos medianos no puede pagar un buen sueldo a su vez.
Acabas de dar con el motivo por el que la profesión del servicio doméstico no tiene mejores condiciones. ¿Te imaginas lo que pasaría si todas las personas que están trabajando en servicio doméstico estuvieran con el contrato que les corresponde? Muchas familias tendrían problemas para gestionar su vida. Ahora mismo el tema es viable económicamente porque siempre hay alguien que lo hace más barato, más en negro y más deprisa. La limpieza doméstica es un paradigma del liberalismo más salvaje. Aquí, mariquita el último. Y eso que las condiciones son de risa: 400 euros, 6h, sin contrato, sin vacaciones, sin bajas para limpiar la casa (planchar, hacer la comida) y el negocio. Y llega alguien y te lo hace. Porque lo están haciendo. Claro que son perfiles al borde de la exclusión social; es eso o el Caos. Mujeres que se divorcian y se quedan en la nada después de haber estado criando a los hijos, mujeres viudas, con maridos problemáticos, inmigrantes o, simplemente, pobres. Y claro, 400 euros es mejor que 0 euros. O sea, que la viabilidad económica bien. Las clases medias están sajando bien al lumpen para seguir viviendo su idilio de hipotecas y vacaciones en la sierra.

¿Qué solución ves a este conflicto de intereses, concretamente con la limpieza doméstica, que es mucho más difícil de inspeccionar que en negocios? ¿Qué dice el convenio? ¿Qué crees que es lo más justo? Pienso también en las familias que no quieren una empleada sino sólo unas horas en semana.
​Nosotras somos el único colectivo que a pesar de tener un trabajo por cuenta ajena no cotizamos para tener derecho a subsidio por desempleo. Somos como una especie de falsas autónomas pero en legal, tenemos el privilegio -y digo privilegio porque se ha conseguido hace apenas unos años- de tener asistencia sanitaria pública, baja por maternidad, accidente y enfermedad. Además, cotizamos para tener una (mierda de) pensión en el futuro. ​

​La ley contempla que es el empleador el que debe dar de alta al empleado. El convenio es bastante confuso para mí, que no soy especialista, y tengo la suerte de tener un único empleador, por lo que me quito de bastantes problemas. ¿La solución para evitar las irregularidades? La solución no pasa por apretar a nuestro colectivo. Pasa por asegurar más derechos y una mejor Justicia para nosotras. El problema básico es que la mayoría de limpiadoras de hogar están en una situación que raya la exclusión social y aunque entiendo que estamos en un sistema que prima la producción fuera de casa, es inmoral aprovechar la falta de papeles, la falta de pasta o una situación familiar jodida para que la chica que viene a tu casa se ajuste a tu presupuesto. ¿Qué se necesita? Que puedas denunciar sin miedo, que puedas dejar de sentir miedo porque no tienes papeles y te van a deportar si denuncias tus condiciones. Que las mujeres se organicen como se hace en el sector de limpieza pública que copan grandes empresas y se hace necesario presionar al conjunto de la sociedad para que se reconozcan los derechos básicos que tenemos. No se pide más.

¿Cuáles crees que son las mayores necesidades laborales de las limpiadoras en España?
​Derechos laborales. En esas dos palabras se resume casi todo lo necesario. Y por supuesto, visibilización. Si estás limpiando en una oficina, en una casa o en donde sea, si sacas a tu familia adelante con ese dinero sudando cada euro tienes toda mi admiración. ​Para mí, las limpiadoras son heroínas con bata.

¿Y se te ocurre el modo de conseguir mejores derechos laborales?
​En dos palabras: ORGA​NIZACIÓN SINDICAL

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Feminismo Política

¿Sirve al feminismo que las mujeres lleguen al poder?

Un encuentro de la Unión Europea en Alemania, 2013.
Un encuentro de la Unión Europea en Alemania, 2013.

Cuando una mujer obtiene poder político, a veces se celebra como si fuera un triunfo de todas. Otras veces tenemos a los medios de comunicación y a los políticos ocupados con las cuotas para mujeres y con las listas cremallera. Se discute sobre si eso es positivo para las instituciones que lo practican, o si es justo. Es de justicia que las mujeres lleguen al poder y no discuto eso, sino algo más profundo: ¿beneficia al conjunto de la sociedad, o de las mujeres, que haya algunas en posiciones de poder político o económico? Veamos algunos de los argumentos que he escuchado alguna vez.

1. Las mujeres en el poder son como mínimo un síntoma de que se ha alcanzado la igualdad ante la ley, aunque luego socialmente se comentan todo tipo de discriminaciones e injusticias.
Bueno… esto es verdad. A menos que el cargo sea heredado. Ser la hija del rey, del ministro o del empresario, que tienen poder para cambiar o retorcer las leyes, puede conceder muchas ventajas respecto al conjunto de las mujeres y no «abrir camino» para nadie más. Antes de alegrarnos por la situación de ninguna mujer concreta, habría que preguntarse si la pusieron donde están sus relaciones familiares. En tal caso, no se trata de un logro «para la mujer» en absoluto. Te recomiendo comprobar cuántas de las mujeres más ricas del mundo lo son por herencia, ahí está la lista Forbes.

En cualquier caso, la llegada al poder por méritos propios de mujeres en un sistema democrático y con igualdad ante la ley es síntoma de que algunas mujeres han sido capaces de sortear las zancadillas que la vida les ha puesto a ellas y a las demás, ya sean en forma de discriminaciones directas, acoso, dificultades para trabajar y cumplir a la vez con otras obligaciones, etc. No quiere decir que esos obstáculos hayan desaparecido, ni que vayan a desaparecer, ni que otras mujeres tengan sus estrategias o su suerte.

2. Las mujeres con poder son más sensibles que los hombres. Más «femeninas». Más colaboradoras, menos autoritarias.
Esto es una estupidez. A las mujeres se nos educa en eso, hasta ahí es verdad. Pero no todas somos así. Y cuando no lo somos, cuando una mujer es «dura», se enfrenta a acusaciones de que no es una «verdadera mujer». Una mujer no es lo que tú digas, ni lo que se ajuste a tu concepto de feminidad. Hay libros y debate sobre esto, pero no existe la ética femenina, la sensibilidad femenina, ni ninguna de esas patochadas que nos han hecho creer. Si fuera así, no habrían existido ni Isabel Bathory, ni Bloody Mary, ni Pilar Primo de Rivera, ni las monjas que torturaban niños en orfanatos franquistas. Ni Christine Lagarde. Todas estas son tan mujeres como la que más.

3. Bueno va, pero contribuyen a la conciliación. Y les preocupan los temas «femeninos». Tienen más empatía con las «cosas de mujeres».
Perdonadme que recurra al estereotipo más fácil. La medida que hizo famosa a Margaret Thatcher como ministra de Educación fue eliminar un suministro de leche gratis en los colegios. Y además del conjunto de su carrera, está la famosa declaración de que «la sociedad no existe. Hay hombres y mujeres individuales, y luego hay familias», que en contexto quería decir que el Estado no tiene la obligación de velar por nadie, ni por los más débiles ni por nadie. La carrera entera de Margaret Thatcher es una demostración de que esa empatía y preocupación está subordinada a las ideas políticas previas. También dijo que no le debía nada al feminismo; la mayoría de la gente piensa que se ha ganado lo que tienen por sus propios logros individuales, y las mujeres poderosas no son la excepción.

Otro ejemplo más cercano son las diputadas del Partido Popular que votaron a favor de una ley del aborto que nos habría obligado a llevar a término y parir en todos los casos de malformación, incluidos los más graves, y dijeron que eso era apoyo a la maternidad. Hasta aquí la empatía y la solidaridad.

Sobre contribuir a la conciliación y demás problemas asociados a la mujer: la realidad es que las mujeres ricas lo tienen más fácil. Han podido pagar cuidados para sus hijos, han tenido familias que las han apoyado (si no, difícilmente estarían donde están), y luego llaman «organización» a renunciar al permiso de maternidad y a seguir trabajando quince horas diarias. Ojo, no critico: que cada una se organice como quiera y pueda. Solo que este estilo de vida desmiente que tener mujeres en puestos de poder contribuya a una mayor sensibilidad hacia los problemas de las demás.

Hay muchos ejemplos de países donde la participación política de las mujeres es alta y su desigualdad económico-laboral, también.

4. Ver que hay mujeres en el poder inspira respeto a los hombres porque demuestra que las mujeres pueden ser sus iguales o sus superiores. Ya no somos muñequitas sumisas.
Algunos países con participación política de las mujeres superior a la española (en términos relativos, comparadas con los hombres), son Nicaragua, Bolivia, Sudáfrica, India y Bangladesh. No parece que la existencia de mujeres poderosas influyan mucho en esos países, particularmente en los dos últimos, a la hora de respetar a las mujeres.

5. Que haya mujeres en el poder es un triunfo de todas que inspira solidaridad. Es un motivo de alegría porque es una de las nuestras.
No para mí, ya que estamos hablando de la pura subjetividad. Que haya mujeres capaces de reducir los salarios, de aumentar la desigualdad, de explotar laboralmente a otras mujeres, y así, no me llena de orgullo sino de desconfianza. Los mayores problemas de las mujeres están relacionados con la pobreza, la falta de independencia económica y la conciliación de todas nuestras obligaciones, y no veo que las mujeres con poder económico hagan nada por remediar esto. No son de las nuestras.

6. Las mujeres en el poder son un estímulo a las que vienen detrás. Ver que hay mujeres que mandan inspira a las niñas y jóvenes.
Pues no lo sé. A lo mejor. Sí que contribuye a la normalización. Esas fotos con 20 trajes grises y una sola chaqueta de color son muy tristes. Pero la foto con doce trajes grises y ocho chaquetas de colores es solo eso: una foto.

No al feminismo de la foto.

 

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Embarazo y crianza Feminismo

De adopciones, acogidas, y sus mitos.

annieAnnie (1982) y sus amigas del orfanato esperaban unas a sus padres y otras, una adopción.

Sobre la adopción y la acogida pesa un mito que se puede resumir así:

El mundo en general y los países pobres en general está lleno de niños que necesitan y desean ser adoptados. Si adoptar es caro y difícil, es porque hay graves restricciones a la demanda, es decir, porque para ser adoptante te «exigen» muchísimo.

Sobre la segunda mitad de este mito, no tengo nada que decir. Este post está encaminado a destripar la primera mitad. Es algo que trabajadores sociales y otros expertos seguro que harán mejor que yo, pero me lo he encontrado varias veces seguidas, y también es algo que las mujeres sin hijos nos encontramos cuando alguien bienintencionado nos dice: «¿has pensado en adoptar?». Así que haré lo que pueda por aclarar un poco la cuestión.

En primer lugar, un concepto. «Acogida» puede significar «pre-adopción, adopción en pruebas» y también tener la guarda de un menor que ni es «tuyo», en el sentido de que no le vas a poner tus apellidos, ni lo va a ser nunca. Hay acogidas puntuales (emergencias), temporales y permanentes según la legislación y las necesidades del menor. También hay acogida internacional para que niños de zonas del mundo muy concretas pasen sus vacaciones en España (dos ejemplos son los saharauis y sus «Vacaciones en paz» y los bielorrusos de la zona de Chernobyl). En este post usaré solo este significado y no el de «preadopción».

Volviendo al principio: los niños. Para tener menores sin padres necesitas quitárselos a la familia, o que los abandonen padres desprovistos de una red de apoyo familiar. Otra opción es que la madre muera en ausencia de la mencionada red de apoyo. Os adelanto: en España es extraordinariamente raro, por no decir insólito, que a alguien «le quiten» los niños. Por ejemplo, no le quitan los niños a la gente que no los escolariza, ni a quienes les niegan tratamiento médico, ni a los maltratadores (o asesinos) de su pareja. Resumiendo, a casi nadie. Lo más frecuente que los niños completamente desatendidos queden de facto a cargo de un familiar. Sólo cuando toda la familia es un puro horror o cuando la madre está muy sola, sin abuelas ni tías ni amigas, se nota que hay niños desatendidos. En un sistema así, los servicios sociales se basan en que lo peor para los niños es el desarraigo familiar y que intervenir consiste en educar o apoyar a la familia. Puedes tener sistemas de servicios sociales que aparten a los hijos de los padres con más facilidad, pero corren un grave riesgo de ser clasistas y de centrarse en las familias pobres y en las madres solteras.

En cualquier caso, acabas teniendo menores institucionalizados porque algunos sí salen de esas familias que no cuidan de ellos. Estos niños no van a ser bebés: vas a tener una madre que por razones diversas no quiere o no puede cuidar de sus hijos, a veces varios, y desatiende a todos o a parte de ellos tras una temporada de intentarlo o de que la situación se le vuelva insostenible. Te preguntarás por qué cuando esos menores ingresan en algún centro, no se los «da» en adopción. Primero, porque la madre no ha perdido la «titularidad» última sobre ellos. Se espera que cuando salga del bache los reclame, se la evalúe y los recupere, y algunas de las situaciones que provocan estas acogidas son breves, o de naturaleza temporal. Segundo, porque pasada cierta edad se piensa que no es una gran idea dar en adopción. Ponte en el lugar de un niño de diez años: no quiere simplemente «amor adulto», quiere el amor de SU madre, la que él conoce. No es tan sencillo decir «ah, qué bien, esta señora dice que ahora me va a querer ella». Cada caso es diferente, por supuesto. Para esos niños, la acogida con familias voluntarias es el término medio que se va buscando: un ambiente familiar que se espera que sea temporal pero a veces no lo es. Resumiendo: no es nada fácil adoptar niños españoles porque apenas hay, y no los hay porque el sistema se basa en no quitárselos a sus padres biológicos y casi nadie los abandona, y mucho menos cuando son muy pequeños.

Mucha gente tiene la vaga noción de que no hay niños españoles adoptables, y entonces se plantea la adopción internacional. Y volvemos a las tres razones para que un niño no tenga padres: abandono o muerte en ausencia de familiares, y retirada por los poderes públicos. Vamos a por el primero: ¿por qué piensas que las mujeres extranjeras tienen más ganas que las españolas de abandonar a sus hijos? ¿por su particular cultura, o porque son pobres?

Observémoslo desde el principio. Para tener un sistema que facilite que se entreguen niños en adopción, necesitas un país que no esté en guerra para que la burocracia pueda funcionar eficazmente. También que no haya anticonceptivos fáciles de conseguir, ni aborto legal o accesible. Estar embarazada es molesto, y puede tener riesgos como que al padre no le guste la idea, o que te echen del trabajo. ¿Qué mujer mantendría un embarazo no deseado si puede evitarlo o terminarlo? Una vez nacido el niño, necesitas que la madre no pueda mantener a la criatura, es decir, que sea pobre,  y ausencia de red familiar de apoyo. Para facilitar el abandono, la entrega a las autoridades, o la retirada del menor, también debes tener una cultura entera con cierto desprecio por la vida, y un sistema social autoritario que se haga cargo de embarazadas, recién paridas y bebés. Para facilitar las adopciones internacionales necesitas que no haya familias locales que quieran quedarse con esos niños en su país de origen. Creer que el mundo está lleno de orfanatos como los de Annie, lleno de niños pequeños guapos y exóticos cuyo gobierno está encantado de venderte o regalarte es una idea muy colonialista, porque asume una serie de pequeños pensamientos, como ladrillos, para construir ese orfanato de tu mente: «las mujeres de países pobres no quieren o no saben usar anticoncepción. Esas mujeres abandonan bebés con gran facilidad, quizá es porque en sus culturas no se siente tanto amor por los niños. También es una cultura en la que a esposos, abuelos, etc., les parece bien que se abandone a los niños de la familia; o será porque nadie quiere a esas mujeres. Las autoridades que no tienen medios para cuidar de ella (trabajo, servicios sociales) sí los tienen para crear una red de orfanatos. Quizá lo que ocurre es que en su país, a las madres muy pobres o solteras el gobierno les roba a sus hijos, aunque eso no lo podemos saber y casi mejor que no enterarse. En cualquier caso, esos niños están mejor aquí que en su país. Quedarnos los niños es más inmediato que arreglar los problemas que los han sacado de su familia».

Según las mujeres van consiguiendo más derechos, la cantidad de países que cumplen los requisitos indicados es cada vez más pequeña. Por eso la adopción internacional es cada vez más difícil, porque aunque nos guste pensar lo contrario, no existen esos orfanatos llenos a rebosar de bebés que nos esperan.

La gente que ya está embarcada en una adopción, internacional o no, tiene mi admiración por su valentía y su paciencia. Para los que se lo están planteando como una manera de arreglar el problema de la pobreza y el desamparo infantil, olvídate.  No sirve. Te propongo dos opciones: la fácil es colaborar con ONGs que se dediquen a promocionar la anticoncepción o a cuidar de niños. Dependiendo de la ONG y de ti puede ser colaborar en tiempo o en dinero. Evita que los niños de otros países necesiten llegar a ser adoptados. La difícil es informarte sobre las acogidas en tu comunidad autónoma. Puede que las haya temporales, urgentes, de larga duración… quizá puedas hacerle la vida más agradable temporalmente a un crío necesitado.

Las acogidas internacionales me las recordó @versoblanco.

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Embarazo y crianza Feminismo

Microfeminismos del día a día.

De vez en cuando, observar a un hombre realizar una acción que beneficia a las mujeres, o percibir pequeños detalles de machismo a mi alrededor, me hace pensar en formas de contrarrestar los «micromachismos», esas motas de polen en el aire, imperceptibles pero constantes, que molestan por acumulación y ni siquiera te das cuenta de por qué. La mayoría de las acciones feministas son igual de pequeñas.

En esta lista, evito deliberadamente las «tomas de conciencia» y las acciones negativas. No se trata en la lista de hoy de que pienses; se trata de que hagas. Pensar, no hacer, callarte… pueden ser necesarios, pero no son de lo que quiero hablar ahora. Por eso voy a hablar de cosas pequeñas, mínimas. Casi obvias. Casi.

  1. Sobre sexo. Practica y busca obtener consentimiento entusiasta. He hablado sobre evitar violencia sexual aquí. Y sobre si es posible hacer piropos feministas o no amenazadores, aquí.
  2. Ten amigas.
  3. Haz tareas de la casa. Muchas y a menudo. Haz más de lo que crees que te corresponde, a veces. Las que no sepas hacer, aprende. Recoge lo que tiras. Si contratas servicio doméstico, paga su seguro y págale bien.
  4. Es a veces difícil de definir, pero hay algo que podemos llamar «trabajo emocional» que suele caer del lado de las mujeres. Te pongo dos ejemplos elementales: el matrimonio en el que ella compra los regalos de Navidad de toda la familia, la suya y la de su marido; y que en mi trabajo como profesora de Secundaria, observo que las chicas tienden a ser mediadoras espontáneas de conflictos entre compañeros y entre la clase y yo. Observa en qué situaciones consolar, mediar, animar, decir algo amable, etc. lo hace siempre una mujer, y adelántate. U observa cuáles de tus relaciones necesitan más de esto, y hazlo tú.
  5. Lee teoría feminista. Hay mucha, con mucha variedad de temas, niveles de profundidad y dificultad, agresividad y «radicalidad». Es decir: hay textos muy «radicales» pensados para principiantes, textos filosóficos abstractos  y complicadísimos, teoría política y económica, crítica de cine. Blogs y libros y DE TODO. Si no te gusta un libro/autora/corriente, no te preocupes, que hay más.
  6. Mantente informado sobre noticias y acontecimientos que afectan a las mujeres. Busca más de una fuente de información.
  7. Aprende sobre salud femenina y salud sexual y reproductiva (de hombres y de mujeres).
  8. Si tienes la responsabilidad de llevar el botiquín, los pequeños gastos comunes, el papel higiénico, etc. de un lugar de trabajo, asegúrate de que hay compresas y tampones.
  9. Habla con quienes tengan ideas erróneas sobre las mujeres o el feminismo. A ti te van a hacer más caso que a nosotras, casi seguro.
  10. Ve a manifestaciones o participa en otras campañas de protesta por los derechos de la mujer.
  11. Ofrécete voluntario para cosas que normalmente solo hacen mujeres.
  12. Si tienes hijos, cuídalos. Cógete el permiso de paternidad.
  13. Si las tienes cerca (en tu familia, entre tus amigos), pasa tiempo con niñas. Dedícales atención, juega con ellas, enséñales cosas.
  14. Lleva a tus hijos a colegios mixtos. Lo ideal es que sean públicos; que sean mixtos es fundamental. Anima a tus familia y amigos a llevar a sus hijos a colegios mixtos. Lo mismo va para actividades de ocio.
  15. Cuida de las mujeres de tu familia. Hazles caso, escúchalas.
  16. En el trabajo, en casa, de compras, en un lugar de atención al público, casi siempre preferimos que nos atienda una mujer. Parecen más accesibles… y las interrumpimos más. A los hombres se los interrumpe menos, parece que siempre estén muy ocupados con cosas más importantes. Evita interrumpir a una mujer. Si te pueden atender igualmente un hombre y una mujer, moléstalo a él.
  17. Apoya y difunde el trabajo hecho por mujeres. Esto va a depender de tu ocupación, y de tus circunstancias; puede variar mucho. Piensa en las mujeres que te rodean, en un trabajo y en tus aficiones, y si estás tratándolas con justicia. El trabajo de las mujeres a menudo pasa desapercibido, o no se valora lo suficiente.
  18. Si te molesta la existencia de un espacio no-mixto concreto, participa en uno que sea equivalente, mixto, y feminista (o en el que las mujeres sean bienvenidas), y si no existe cerca de ti, créalo.

Es posible pensar en más cosas, seguro. A ver cuáles se te ocurren a ti.

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De todo un poco Literatura

Libros de espera.

Has leído poesía romántica y novelas de detectives. Has leído cuentos infantiles y hasta filosofía. Deja que entre en tu vida un nuevo género literario: el libro de salas de espera. Es un género exigente, pero quién sabe si de aquí saldrá tu nuevo libro favorito.

Necesitas un libro, eso por descontado. El móvil se queda sin batería y sin cobertura; el periódico abulta demasiado; tus acompañantes y tú, por muchas cosas que tengáis que contaros, caeréis en el embrujo espeso del local y quedaréis mudos y desganados. Puede que mañana retoméis la comunicación, pero en la sala, olvídalo. Los auriculares te desconectan de que te avisen de tu turno. La conversación con desconocidos no te la recomiendo, tiende a derivar a criticar al personal, a la salud, o a la política. Acabarás de peor humor del que entraste. Lleva un libro.

El libro de esperas debe ser pequeño, para que no te pese en el bolso, pero largo, para que no te dé tiempo a terminarlo horas antes de que te llamen. No hay nada peor que estar en la sala de espera, cerrar el libro, y no tener absolutamente nada que hacer hasta que te llamen. Eso significa que descartamos la poesía, el teatro, las ediciones ilustradas y las tapas duras. Texto largo (ensayo, biografía, narrativa) y en bolsillo.

Los libros episódicos, fraccionarios, son ideales; así los puedes coger y soltar en función de las interrupciones. Las novelas muy largas pero sin demasiados personajes y subtramas también sirven el mismo propósito. A algunas personas nos gustan los libros con poca acción, pero puede que eso te aburra.

Escoge cuidadosamente el contenido. No leas nada que sepas que termina mal, ni nada en lo que la enfermedad sea parte central del argumento. Por lo que más quieras, no leas autoayuda, y mucho menos, autoayuda relacionada con tu razón para estar en una sala de espera. Puede que leas que todo te va a salir bien a ti, escogido de los dioses, amado del Universo, pensador positivo, predestinado gozoso, justo antes de que te digan que no, que tu mundo se ha hundido irremediablemente. Habrías estado mejor leyendo una novela, créeme. O incluso un texto religioso, que por lo menos no suele decirte que todo se va a arreglar en este mundo y a corto plazo.

Si tienes que trabajar en vez de leer por placer, escoge aquello que te permita cargar con menos materiales diferentes. Sólo leer mejor que leer y tomar notas.

Lecturas optimistas sí, ligeras sí. Ni ligero ni optimista son sinónimos de bobo.

Nadie quiere estar en una sala de espera, pero la sala llega, siempre llega. Que no te pille sin haberte preparado.

*
En los últimos 10 meses he leído en salas de espera:

Furari, Jiro Taniguchi.
Americanah, Chimamanda Ngozi Adichie.
Remarkable Creatures, Tracy Chevalier.
Life of Pi, Yann Martel.
Parte de la trilogía de las matronas de Jennifer Worth.
Partes de siete novelas de Mundodisco.

Tengo que escoger el próximo.

 

 

 

 

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Política

¿Cómo nació tu conciencia de clase?

Ciclo Cocina Aguilar y CanoMis alumnos del Ciclo de Grado Medio de Cocina, curso 2008-2009, en clase. Menú inglés de pechugas de pollo en salsa y tarta de manzana.

Hace unos días, planteé en twitter que a pesar de la existencia de la «salida del armario» o toma de conciencia casi ya como género narrativo, conozco poquísimas historias personales sobre el nacimiento de la conciencia de clase o el pensamiento de izquierdas. A continuación tuve una verdadera avalancha de respuestas, lo que demuestra que en realidad sí hay ganas de hablar de este tema, sólo que es necesario tener una comunidad receptiva con la que compartirlos, algo que facilite el diálogo más que el simple recitado de una confesión pública. El estado anterior a la toma de conciencia es en unos casos de opresión, y en otros de ignorancia de ser beneficiario de injusticias, pero en ninguna de las personas que me contaron su anécdota me pareció ver algo tan feo como culpabilidad o exhibicionismo.

Hay afortunados que nacieron así. Les viene de familia.

@pradagast: Ah, ¿pero con eso no se nace? ;P

La trini: Me viene de familia de izquierdas y de viajar.

@juliolxxix: Creo que de siempre. Mis padres me inculcaron que eran clase trabajadora, y no eran fontaneros ni obreros en sí, sino ingeniero y maestra.

@mjdelrio: cuando entendí el trabajo de mi madre en el sindicato.

@twistedpalo: cuando vi de niña a mi padre en la portada de El País encabezando una mani en una huelga y me explicaron que no era por ser famoso.

Algunos comentan que su conciencia de clase nació en el propio twitter:

@txuseta: cuando me hice twitter y empecé a seguir a gente de izquierdas. mi entorno no era conservador, pero no se hacía preguntas.

@alrucco: Unas cuantas cuentas de twitter me dieron la «teoría», digamos. Mi padre albañil trabajando para mi tío empresario me dio un ejemplo práctico cercano.

@miquintopino: Cuando me hice una cuenta en tuiter y empecé a leer a la gente correcta. Yo siempre he sido de izquierdas, pero la conciencia de clase vino después, leyendo. Añade @chachenaguer: Casi como yo, hoyga.

@isarya: Leyéndoos a algunas y trabajando de recepcionista en una clínica privada en el barrio de Salamanca. Ha sido más por leeros. La gente suele ser educada, lo noto más en el trato que da la clínica a según qué personas.

@akisuki: Cuando comencé a leer; de ahí pasé a una mayor información y lucidez.

El primer empleo, a veces en condiciones muy precarias, es un maestro concienciador:

@solserpiente: Cogiendo cebollas a los 17 años para ganar cuatro cuartos. No me hacía falta para comer, pero aprendí mucho de mi lugar en el mundo.

@Morlock71: Cuando con 13 años comencé a trabajar para compaginarlo con los estudios. Fue de camarero, en un restaurante al lado de casa. Tras acabar octavo, comencé ese verano. Luego fui empalmando curros diversos. Con el instituto logré compaginarlo con un taller de reparación de lavadoras y frigoríficos. Así hasta los 17. Tuve la suerte de poder seguir estudiando, pero muchos compañeros de clase se quedaron en la obra o se fueron a la mili.

@El_Taquillero: a veces te viene en la «genética». Pero sobre todo, cuando empiezas a currar. En mi caso a los 16.

Trabajar en ambientes donde se hace más patente la desigualdad, como la citada Isarya, ilumina mucho. Para varias personas de origen desahogado, conocer a otras con peor situación económica despertó una solidaridad que se convirtió en conciencia de clase obrera, o en una conciencia de una injusticia contra la que luchar. Mi historia, que ya he contado antes, es de este tipo.

@ayquemal: Vengo de familia de izquierdas y mis libros de BUP estaban llenos de hoces y martillitos, pero tomé conciencia cuando dejé la carrera a la mitad y empecé a currar repartiendo publicidad. Yo, desde mi atalaya de niña rebeldita de clase media, lo consideraba algo temporal, no así la mayoría de mis compañeras, de familias humildes y muchas solo con el graduado. Me hizo bajar de las nubes y darme cuenta de que como ellas, yo también era una obrera. Así que en crisis pero sin traumas desde 1999. Me parece muy significativo que muchos tomamos conciencia cuando salimos de las cuatro paredes del espejismo de la clase media.

@ayala3001: Cuando pregunté a mis padres si con el sueldo que pagaban a la mujer que nos limpiaba la casa, ella podía pagar a alguien que le limpiara la casa. Entonces tomé conciencia de que yo era de clase burguesa y de que había una injusticia evidente en ello. Cuando estudiaba me empeñé en currar de verdad en verano. Estuve en cadena de montaje de otra fábrica, mi padre no lo entendía bien pero me venía a buscar en su Mercedes, y  yo le pedía que aparcara lejos para que mis compañeros no vieran el coche. Muy surrealista…

@antoniomaestre: Con 18 años, me fui a trabajar con mi padre. Quemaba pelos de caretas de cerdo con un soplete. Sustituía a un hombre que llevaba 20 años haciendo ese trabajo, 10 horas diarias, cada día. No imaginé esas condiciones de trabajo para una vida.

@NicolasaQM: yo fui al instituto con otras 4 personas de mi clase de 8° EGB. Éramos 105 en ese curso. Vivía en ese barrio, obrero no, lo siguiente, porque mis padres se trasladaron a él como parte de su acción política.

En algunos casos se sintió el clasismo de los demás, la desigualdad, o no tener necesidades cubiertas.

@gmit3: Varias veces repartí propaganda en la misma facultad en la que estudiaba, y algunos compañeros de clase huyeron  como la peste al verme. Por esa época más o menos fue.

@CMDurden: 3º ESO. En un trabajo por parejas, mi compañero no quería hacer nada: «mi padre es empresario y me colocará, no necesito aprobar».

@Lnihmedu: cuando de niños todos hablaban de los puestos de chupatintas de sus padres, y los míos eran mecánico y técnico de laboratorio.

@morganapendragon: porque no puedo permitirme un seguro médico, por ejemplo. Y cuando quiero comprarme algo lo analizo comparando con mi sueldo.

@Infilanak: Cuando caí en la cuenta en la diferencia entre mi padre (obrero) y mi tía, (accionista y jefa en la misma empresa).

@PakitoMCal: Cuando comprobé que el mérito y la capacidad no eran suficiente para alcanzar mejores puestos.

@_bitterswt: cuando estudiaba peluquería una señora de bien «no valéis para otra cosa y claro, los padres os meten aquí». Y en general al estudiar y trabajar fuera del barrio y ver lo que se decía de nosotras (barriobajeras y/o sin carrera).

@diasasaigonados: Fue en el pueblo de mi madre, a mediados de los ochenta, con poco más de siete años. Fuimos con unos primos suyos a una finca donde trabajaban para que un niño urbanita como yo viera animales, campo y cosas así. En medio de la visita aparecieron de improviso los señoritos y aquellos rudos campesinos tornaron en personas dóciles y asustadas; prácticamente formaron para saludar a los dueños del cortijo. Todos menos mi padre, que por supuesto se negó a ser parte de aquella farsa. Un simple funcionario que les miró a la cara con todo el desprecio que merecían por ser quienes eran. Me dijo que en la vida me dejara ningunear por nadie, y menos por el mero hecho de que tuvieran más dinero que yo. En el viaje de vuelta, a bordo del symca blanco, me sentí orgulloso de mi padre, sin saber bien porqué, pero sobre todo orgulloso de ser parte de algo que era más grande que yo pero que a la vez era yo. Y así, creo, fue básicamente como sucedió.

La universidad, ya sea por haber estado trabajando o por tener experiencias nuevas, ha formado parte de la transformación de muchos. Lo caro que es estudiar en la universidad, y no sólo por las tasas, pone en relieve las desigualdades económicas.

@anuskatruska: Siempre he convivido en un ambiente de izq, pero lo que se dice conciencia, reflexionada y asumida, vino al pisar la universidad. Y no por un hecho en concreto: fue un proceso paulatino de toma de conciencia de quién soy, de dónde vengo y qué quiero. Estudio en la Complutense y creo que eso lo dice todo; he visto nacer muchas cosas. Es un lugar propicio 😉

@Tabernita: Curiosamente, cuando pusieron de pago el aparcamiento alrededor de la facultad. Vivía en un pueblo sin autobuses y tenía un coche q se caía a trozos, y nada de dinero para pagar por aparcar. Al resto de la gente con coche le importó menos que a mí que hubiera que pagar.

@editora: Cuando me fui de Erasmus (gracias a tres becas) y descubrí que los padres de todos los demás eran gente con estudios y no eran obreros. También recuerdo la cara de una amiga que me tramitó unos papeles para una de las becas y me dijo «el sueldo de tu padre debe estar mal».

@feminoacid: Llegué a la universidad y descubrí que lo normal era tener menos poder adquisitivo que yo, no más. :/

@nebulina: A los 4 años pedía que subieran el volumen cuando salía Anguita por la tele. Fue algo progresivo. Aún así, cuando noté el alcance de las clases fue al empezar la universidad.

@judg2: Empecé de pequeño, al ver la diferencia entre mi padre, trabajador, y mi tío, empresario con dinero. Acabé de tenerlo claro en la universidad, al comprobar las diferencias entre unos compañeros y otros, los que necesitábamos beca sí o sí, y los que no.

La identificación de la propia valía con el trabajo que se realiza hace que nuestro mundo, y el de nuestra familia, se derrumbe cuando se pierde. Las reacciones a ello pueden ser muy diferentes.

@errejoners: Hace casi 20 años (yo era peque), cuando a mi madre la echaron del trabajo, cogió una depresión enorme y no podía ni llevarme al colegio por las mañanas. Luego tuvo un revival cuando cerraron la empresa de mi padre y se volvió una persona con muchísimo miedo. Nunca lo he abordado desde una perspectiva económica, sino más desde el hecho de tu propia desechabilidad. Todavía en esa época había más acción colectiva y pudieron conseguir buenas indemnizaciones, te hablo de la reconversión industrial. Si pasa lo mismo ahora, el efecto económico no hubiera sido el mismo.

@nielisse: hace relativamente poco, cuando el paro era una constante en mi vida y no lo que le ocurría a otros. Y eso siendo hija de sindicalista, aunque de joven me quedaban como muy lejos los problemas de los interinos y de la educación pública.

@Srta_Angus: yo al hablar con mi pareja, hijo de jornaleros, y al salir de la universidad y darme de bruces con el paro.

Curiosamente, el contacto con la doctrina social de la Iglesia Católica ha contribuido en casos donde al mismo tiempo se contaba con una educación de izquierdas.

@capolanda: Pues en parte porque en casa son de izquierdas, en parte porque era un cristiano sincero (lo último se me pasó).

 @Subnorbook: yo ya venía educado con ella. Un día le pregunté a mi padre con diez años qué era la izquierda, y me lo explicó: «Hijo, la izquierda consiste en creer que todas las personas son iguales y actuar en consecuencia». Por otro lado mi madre es muy cristiana, lo que viene muy mal para unas cosas, pero para la justicia social vino al pelo.

Muchas personas pasan por el paro, una época de dificultad económica, o trabajos de menor cualificación de la esperada. Muchísima gente tiene algún trabajo temporal compaginado con los estudios, pero de ello no se deriva necesariamente ni adquirir conciencia de clase, ni posicionarse del lado de los débiles. De hecho, casi toda la gente que he conocido en la ruta «estudia una carrera -> trabajo fijo -> sálvese quien pueda» han vivido estas experiencias como una incomodidad temporal y que es injusta sólo cuando les afecta a ellos o a quienes consideran sus iguales. Lo que nos ha cambiado no ha sido sólo la experiencia, sino estar dispuestos a cambiar. Quienes han contestado a mi pregunta han hecho algo bastante difícil, especialmente los más jóvenes. Gracias a todos, y a seguir luchando y educando.

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Costumbrismo

Guía para conversaciones familiares navideñas.

Estos días se han popularizado los artículos en prensa, a veces hasta con asesoría de psicólogos, sobre cómo «sobrevivir a las navidades». Se parte de la base de que nos van a hacer preguntas incómodas, y que es nuestra tarea sonreír y esquivar. Nunca he visto una lista que asuma que el incordio somos nosotros. Como dice Luis Rull, todos somos el cuñado de alguien.

La querida Mysterymoor largó un desahogo en twitter satirizando algunas preguntas que nos hacen a la parte joven de la familia (y a los doctorandos),  y de ahí saqué inspiración para una lista de normas que puedes seguir en los próximos días para facilitar la paz familiar.

  1. El viejo «no hables de política ni de religión» no significa «barre para casa esperando que te den la razón o se callen».
  2. No preguntes a los jóvenes cuándo se casan ni a las mujeres cuándo van a tener (más) hijos. Nunca. Jamás. No. Nein.
  3. Si hay solteros con pareja no presente, pregunta «¿Qué tal está TuPareja?». Y fin. No preguntes «¿sigues con TuPareja?»
  4. La respuesta a «tengo un problema» no es «poyó estoy peor».
  5. Tampoco es «anda ya, te quejas de vicio».
  6. Haz preguntas abiertas sobre las aficiones de los demás. Asume buena fe.
  7. Pasa por lo menos un cuarto de hora recogiendo la cocina. Pregunta «¿en qué te ayudo?» por lo menos dos veces.
  8. Laeme: si vas de invitado, no te inmiscuyas en la organización. Ayuda si te lo piden.
  9. Pasa un rato con los niños. Los jóvenes no son niños.
  10. Fijo que hay una abuela o mujer de su generación que apenas habla. Sácale conversación a ella.
  11. Si no comes de algo, aunque sea el principal, no pidas una alternativa. Hay comida de sobra. Come más de otra cosa.
  12. AGC: Si alguien no come alguna cosa, no castigues a los demás por ello. Que se apañe con el resto de la comida.
  13. Thisispeli: Está muy feo interrogar a alguien o hacer chistecitos sobre su dieta. Lo que come alguien o no es asunto suyo.
  14. Por lo que más quieras, no repitas varias veces seguidas el mismo chiste.
  15. No sugieras a los parados que monten un negocio a menos que propongas financiarlo tú. Y en ese caso, propón quedar otro día.
  16. El invitado «de fuera» se sabe TODOS los chistes sobre su lugar de origen. Ese tan gracioso también.
  17. Juan José Saénz: Ahórrate los comentarios desagradables o supuestamente graciosos sobre el aspecto físico, la ropa, la gordura y la delgadez.
  18. ¿Te creías que esto iba por tu cuñao cincuentón solamente? Nop. Va por ti, cari.

Espero que, con o sin consejos, paséis unas buenas fiestas. En buena compañía, ante todo.