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Breve introducción a la ideología doméstica.

roman women at workGrabado flamenco de 1573 representando patricias romanas: una borda, otra cose y otra hila. Museo Británico. 

La ideología doméstica es un mito que lleva un par de siglos sirviendo a los intereses del patriarcado, y que con variaciones locales, es el siguiente: la gente, agrupada en familias por lo general pequeñas, tiene un cabeza de familia, un hombre que trabaja fuera, y una cuidadora doméstica a tiempo completo, su esposa. Todo lo que queda fuera del hogar es hostil, y según algunas ideas religiosas, pecaminoso. La función de la mujer es vital, porque consiste en que su presencia, sus principios éticos y morales, y sus sentimientos por el resto de la familia, conviertan el hogar en un refugio contra las agresiones del exterior. Eso se plasma en el cuidado doméstico: estamos en un Hogar y no en una simple casa porque hay una mujer limpiando y cocinando, y por eso, no sale. Esto hace feliz a cualquiera que entre, y a los miembros de la familia, más.

Como la perspectiva histórica se pierde rápido, y tendemos a creer que las cosas siempre han sido de la misma manera, lo que la mayoría de la gente acaba creyendo es que hasta mediados del siglo pasado, más o menos, las mujeres no eran trabajadoras asalariadas, o si lo eran, se trataba de una excepción. A lo que se dedicaban casi todas era a las tareas del hogar, que consistían en el cuidado de la casa y de los hijos. Es decir: todas las mujeres, menos las muy ricas, desde el Neolítico hasta tu abuela, han dedicado muchas horas del día a “crear hogar”, limpiar la casa y la ropa, cocinar guisos, y cuidar de los niños, y se han dedicado mínimamente a trabajar por cuenta ajena, sobre todo cuando estaban solteras, luego ya no.

El párrafo anterior es, naturalmente, una mentira muy cómoda que ha servido para que creamos que el grado de limpieza del hogar que puede dar una persona dedicada a tiempo completo es el estándar deseable, y que nuestras casas habrían requerido que una persona, preferiblemente una mujer, se dedicara a todo eso que a pesar de que es muy importante no queremos hacer nosotros.

Desmontar la ideología doméstica es una tarea compleja: sabemos que las familias nucleares no son “una organización natural”, que las mujeres han trabajado fuera del hogar más a menudo de lo que se cree, y que la externalización de según qué tareas domésticas o la introducción de empleadas (a veces empleados)  no hace que el Hogar desaparezca, sobre todo si La Señora de la Casa no trabaja por cuenta ajena. Aquí solo voy a explicar una de las partes: cómo “las taréas domésticas” han cambiado con el tiempo para que lo que importe no sean dichas tareas en sí, sino que las mujeres estén dentro de casa haciendo trabajo no asalariado o menos valorado que el masculino.

El trabajo doméstico fue cambiando por fases, entre las que destacan dos: la revolución industrial que llevó a la producción en masa de bienes de consumo que antes se hacían en casa (a veces en talleres y la gente los compraba hechos), y la generalización de la red eléctrica que nos permitió tener electrodomésticos. Por eso los cambios han sido cada vez más rápidos. Examinemos tarea por tarea, presuponiendo una mujer que no es rica y por eso tiene que hacerlo casi todo ella, sin criadas o quizá solo con una o dos:

Primero, el abastecimiento. En un mundo sin frigoríficos, tienes que hacer la compra a diario, menos en ciudades grandes donde viene el proveedor a casa o hay vendedores ambulantes. Puede que en lugares muy pequeños la compra no fuera diaria sino en día de mercado. No hay coches: la mujer de la casa, o sus criadas, tienen que darse el paseo, elegir, regatear, y llevárselo todo de vuelta a casa, antes de pensar en hacer la comida. Ya tienes la mañana echada (y no la has dedicado a limpiar el polvo). Mi abuela seguía haciendo una versión de esto en los años 80, y conozco gente que lo hacía en el año 2000 porque tenían el supermercado cerca. En su caso era costumbre, antes era necesidad.

Pasemos a la cocina. Antes de ir a comprar hemos dejado preparado el desayuno… que en muchos casos nos ha llevado un buen rato para encender el fuego. Sin cerillas, sin mechero. Comprar pan o hacerlo tú, encender el fuego para cocinar y lavarnos o usar agua fría, ha dependido de muchas cosas: vives en un lugar y tiempo donde el pan se compra hecho, hace frío, la costumbre local es desayunar bebidas calientes…. puede que fuera un proceso bastante engorroso o puede que cada uno se buscara la vida. Ahora, cocinemos: ten en cuenta que no hay ni un solo aparato eléctrico, ni tampoco inventos como la olla exprés. Las comidas o son muy sencillas, o necesitan que las vigiles mucho tiempo. Eso sí, seguro que en todos los casos son monótonas. No hay una variedad muy grande de ingredientes porque casi todo es local. Una manera de paliar esto son las conservas caseras: todavía hoy, en algunas partes del mundo la vida diaria se paraliza porque toca envasar tomates al natural o mermelada de fruta, ya sea en casa en privado, o como parte de una fiesta local (una amiga me contó que así ocurre aún hoy día con la mermelada de ciruela en una región de Polonia). Si vives en una zona rural, productos como el queso, la mantequilla, las salchichas y demás formas de conservar el cerdo, etc. son parte de la rutina, si no diaria, sí por lo menos anual.

Salgamos de la cocina. Habrá que vestirse. La fabricación de la ropa se ha ido industrializando por fases. Primero está el hilado, que hasta la Edad Media o un poco después podía hacerse en las casas pero era más frecuente que se hiciera en talleres y desde mediados del siglo XVIII en casas; luego está el tejido. Desde el siglo XVIII como muy tarde, lo normal era comprar la tela hecha. En cuanto a la confección, todas las mujeres menos las muy ricas hacían su ropa y la de toda su familia, a mano. La ropa masculina se compraba hecha desde algo antes de la femenina, y las máquinas de coser domésticas se generalizaron progresivamente en el siglo XX. Una de mis abuelas no tenía. La ropa de punto, los jerseys y demás, fueron de lo último que se externalizó. Tengo un vago recuerdo de que comprarlos hechos fuera novedoso a mediados de los 80, pero quizá en otros sitios era diferente.

Otros enseres domésticos, como el jabón y las velas, dependieron también del momento y el lugar. Pero en resumen, la norma es: si se consume a nivel doméstico, hace un siglo lo hacían las amas de casa. Gratis, sin pensar en vender al exterior.

¿Y la limpieza? Empecemos por la ropa. En un mundo sin lavadoras, la ropa se lava menos, todo el mundo tiene mucha menos ropa, y se está algo más sucio. Tienes dos mudas, quizá dos y la de los domingos, y un día en semana, el lavado de la ropa paraliza de verdad el resto de tareas. No se puede cocinar, ni limpiar, ni nada de nada, porque hay que calentar agua, frotar las manchas, frotar la ropa a base de bien, enjuagarla, escurrirla, y tenderla. Entonces puedes respirar un momento (quizá coincida con la hora de servir las sobras del día anterior) y recoger la ropa tendida.

Continuemos con la cocina. Sí, claro, después de comer hay que fregar los cacharros, de nuevo con agua fría o calentada al fogón… y por sorprendente que resulte, a menudo sin jabón. En la Inglaterra victoriana se usaba bicarbonato. Mi madre, nacida en los 40, ha usado una tierra parecida al albero para frotar ollas grasientas. Es decir, se tardaba muchísimo más que ahora.

Y por último, la limpieza de la casa. ¿En la vuestra se hacía limpieza de primavera? Pues hace unas décadas esa era casi la única que se hacía. Muchas cosas eran diferentes: las casas eran más pequeñas, tenían muchos menos objetos decorativos (menos necesidad de limpiar el polvo), no siempre tenían ventanas de cristal y las que había no eran grandes, y el uso de madera y carbón para calentar la casa y cocinar hacía que las paredes estuvieran siempre cubiertas de hollín. Y muy importante: la idea de que es necesario limpiar por higiene, para impedir la proliferación de gérmenes, es relativamente reciente. Antes se limpiaba por comodidad, no por pensar que era mejor para la salud. Una costumbre entre la gente más rica, con varias casas, era pasar varios meses en una de ellas, sin apenas limpiar, y trasladarse a la siguiente, la casa de verano por ejemplo, mientras los criados limpiaban. Para la mayoría de la gente, sin llegar a este extremo, la limpieza eran “zafarranchos” ocasionales.

Es decir: las mujeres que se dedicaban al cuidado de su casa, además de que no necesariamente lo hacían a tiempo completo, estaban ocupadísimas con tareas que hoy ya no son necesarias, se han externalizado o se hacen en menos tiempo. A medida que las labores domésticas se redujeron, surgió la idea de que es necesario que una casa tenga una mujer dentro para ser un lugar acogedor(1); en épocas anteriores, esas tareas se consideraron propias de la mujer pero no creadoras de hogar o beneficiosas para los demás. De hecho, y esto es de lo más importante, la idea de que las mujeres fueran transmisoras de valores morales, aunque solo fuera en el contexto hogareño, es históricamente muy novedosa. Antes, el trabajo femenino tenía que ver con lo doméstico no porque el hogar fuera importante, sino porque se pensaba que las mujeres no servían para nada más.

En las últimas décadas, las tareas domésticas se han definido como mantener un nivel de higiene muy alto, con limpieza diaria de suelos y superficies, porque literalmente no queda nada más que hacer. Y ahora que nos hemos dado cuenta de que una semana de polvo sobre los muebles ni nos mata ni “deshace hogar”, no ha tardado en llegar una obligación novedosa para la mujer: la exigencia de disponibilidad absoluta para los hijos pequeños, también llamada “crianza con apego”. Pero eso es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión.

(1) En palabras de un compañero de trabajo estepeño en 2010: “una casa necesita una mujer. Y si esa mujer sale tienes que pagar a otra que entre”. En su pueblo, la inmensa mayor parte de las mujeres son trabajadoras industriales o agrícolas, y no pueden permitirse ni ser amas de casa a tiempo completo ni contratar a una asistenta. Pero persiste el mito de que deberían serlo.

Nota bibliográfica: las feministas que han tratado este tema en mayor profundidad son las de la Segunda Ola. Los libros más recomendados son Por tu propio bien de Bárbara Ehrenreich y Deirdre English, y La mística de la Feminidad de Betty Friedan (ojo, este es bastante clasista). El dato de la limpieza que requería mudar familias enteras está sacado de la biografía de María Estuardo, de Antonia Fraser (descatalogado en español). Entre los muchos libros sobre vida cotidiana destaco “What Jane Austen Ate and Charles Dickens Knew”, de Daniel Pool, y el primer volumen de Historia de las mujeres: una historia propia, de Anderson y Zinsser, editado por Crítica.

El debate como herramienta educativa.

Este post puede entenderse como la segunda parte de este otro sobre la confusión adolescente entre opinión e información.

Hay una técnica de uso frecuente en el ámbito escolar, dentro del aprendizaje inductivo, que es el “debate”. Su dinámica se mueve en unas líneas básicas bastante constantes, da igual de qué estemos hablando. Pueden ser temas vistos en clase, en los que necesitas bastante información y es fácil equivocarte, como por ejemplo “cómo arreglaríamos el cambio climático”. También se puede tratar de cuestiones morales en una clase del tipo de Ética, o cuestiones que sí son pura opinión y no hay error posible como la organización de la clase, o dónde queremos irnos de excursión. Algunas características del debate en clase son que los alumnos tienden a dirigirse todos hacia el profesor, y tienen dificultad en escuchar a sus compañeros. También se asume que todo el mundo tiene derecho a hablar, da igual si está informado o no, y que todas las opiniones son válidas, o casi. Si la actividad es evaluable, no se evalúa el contenido de lo que se está diciendo, sino hacer el esfuerzo de intervenir o como mucho, que esa intervención sea articulada, coherente y respetuosa.

El “debate” escolar no tiene como propósito, en mi opinión, que el alumno que está argumentando “pena de muerte sí o no” o “Cómo solucionar el cambio climático” aprenda algo nuevo para él sobre dichos temas. Son una consecuencia inevitable y a menudo positiva de un sistema pedagógico más abierto e interactivo. Hay momentos, particularmente al principio o al final de un tema, en los que preguntar a la clase qué saben o qué opinan es útil y necesario. En una pregunta abierta como “Qué harías tú si fueras Lázaro de Tormes”, tienes que estar como mínimo situado en el contexto del tema que tratamos para saber qué decir. Finalmente, la expresión oral forma parte de los contenidos evaluables. Esto penaliza la timidez, pero hay que hablar de algo, lo que sea, para trabajar técnicas de expresión oral. Hablar alto y claro, respetar el turno… este tipo de cosas.

El problema es que hay gente que termina la Secundaria con un par de ideas erróneas. La primera, que “tengo derecho a dar mi opinión” significa “tengo derecho a opinar sobre cualquier cosa, porque todas las opiniones son válidas si se expresan con educación”. La segunda es “el debate es una herramienta educativa eficaz fuera del aula”.

Vayamos a por la primera. “Todas las opiniones son válidas”. Pues mira, no. Primero, hay opiniones que son un error respecto a los datos. “No hay cambio climático”, “la Tierra es plana”, o “las mujeres se han incorporado recientemente al mercado laboral” son falsas, enteramente falsas sin matices. Hay opiniones que van en contra de los derechos humanos o que son inmorales; por ejemplo, la pena de muerte o pegar a los niños. Hay opiniones basadas en falacias. Y así. Hay cuestiones sobre las que no se puede opinar sin datos y hay cuestiones (como los derechos humanos) que no son opinables). Ante esto está el “yo no creo en la verdad absoluta”, que solo revela que nuestro interlocutor piensa en términos de extremos: hay verdades absolutas u opiniones respetables, en lugar de un rango estrecho de opiniones válidas dentro de las admitidas por los datos.

A por la segunda. ¿Es el debate una técnica eficaz de adquisición de nuevos conocimientos? En una palabra: no. En una aula se adquieren más cosas que conocimientos. Cuando en clase tenías un “debate” a los catorce años sobre si es buena o mala idea que las musulmanas lleven velo, el objetivo de la profesora no era que el debate te llevara a aprender sobre el tema. Si hubiera querido que aprendieras por qué llevan velo, habría preguntado directamente a las chicas para que compartieran con la clase los motivos de su decisión, o te habría llevado textos de lectura sobre ello. No, cuando tenemos un “debate” mis objetivos como profesora son:

  1. En lenguas extranjeras, obviamente, el uso correcto de la lengua extranjera.
  2. El uso de una correcta expresión en el idioma que estés usando.
  3. El uso de las técnicas correctas para hablar en público: hablar alto y claro, dirigirte a tu interlocutor, el uso del lenguaje corporal que consideramos correcto, etc.
  4. Mantener una buena educación. Respetar el turno de palabra, no gritar, no insultar, no personalizar.
  5. Demostrar tu creatividad.
  6. Aprender a argumentar, a razonar, a detectar una argumentación fallida.
  7. Supongamos que nos hemos leído El Sí de las Niñas y vamos a debatir sobre la situación de la mujer en el S XVIII y ahora: si no te has leído la obra no puedes debatir. Me demuestras indirectamente que has leído y entendido la obra.

Es decir: nuestro objetivo no es que aprendáis algo, porque el debate es muy útil para aprender a expresarse pero bastante lento y pobre para adquirir conocimientos tal como se utiliza en términos escolares. El que piensa que aprende debatiendo fuera del aula no se da cuenta de que el debate que conoce, el escolar, tiene muchas limitaciones:

  1. El adolescente se siente ofendido si se indica que su opinión es un error. Para animar a la participación y evitar malentendidos del tipo “el maestro no me deja opinar”, se parte de la ficción, solo de puertas del aula para adentro,  de que todas las opiniones son válidas.
  2. El aula es el único lugar del mundo donde a tu interlocutor le importa muchísimo que hables. Que digas lo que sea, pero que hables. Y te va a felicitar (o a poner nota) por ello. El resto de interlocutores del resto de tu vida no te prestarán jamás atención de una manera tan intensa.
  3. Tu sensación es tener una conversación entre iguales. Esa sensación es falsa. En el debate de clase, el interlocutor, o según el caso, el moderador, es el docente, que ya ha tenido la misma conversación con otros grupos de alumnos, que se sabe la teoría, y que tiene el poder de moderar o interrumpir. Si aprendes algo no es tú solo: es porque te han guiado.
  4. Relacionado con esto: el profesor te está enseñando terminología aunque tú no te des cuenta. ¿No te has fijado que cuando “debates” fuera del aula a menudo la discusión se vuelve hacia qué significan las palabras? Eso es porque no tienes ni conocimientos suficientes, ni un moderador a mano.
  5. Cuando quieres aprender en un debate fuera del aula, olvidas que tu interlocutor no es un profesor que tiene la obligación de enseñarte y que ha planeado dedicar tiempo a la discusión abierta.

Resumiendo: el debate como herramienta educativa útil fuera del aula necesita un moderador, una discusión entre iguales que ya dominan el tema del que van a hablar, respeto, tiempo, y la voluntad de no “quedar por encima” simplemente contradiciendo lo que el contrario presenta. Y quienes aprenden normalmente no son quienes debaten, sino su público. Cualquier otra cosa puede ser una pelea, una conversación o lo que quieras, pero no es un debate fructífero como técnica de aprendizaje. Y cansar a otra persona contradiciendo todo lo que dice no es un debate: es portarse como un niño demandando atención.

Pasar a la acción.

Es fácil encontrar por internet explicaciones a la violencia contra la mujer ilustradas por imágenes similares a ésta:

piramide-de-la-violencia-contra-la-mujer es decir, el mensaje más sencillo consiste en que los micromachismos o formas sutiles de discriminación son muy importantes porque sustentan el resto.  Ten en cuenta este dato para continuar leyendo.

Si eres feminista, te sugiero que te plantees algunas cosas:

  1. Cuál crees que es el problema más grave de las mujeres (o del feminismo) ahora. De todas en general.
  2. Cuál crees que es el problema más grave de las mujeres que hay en tu entorno.
  3. Cuál crees que es el problema de las mujeres (o del feminismo) que es más fácil de arreglar.
  4. ¿Tu práctica feminista, tu activismo, es coherente con tu respuesta a las tres cuestiones anteriores?

Ahora, vuelve a la pirámide. Le falta una cosa. Piensa cuál es. La voy a escribir en blanco y para leerla tienes que seleccionar texto. No hay indicativo alguno de pobreza o de desigualdad económica.

Lo dicho. Piensa en qué necesitas, qué necesitamos y qué estás haciendo. No pido milagros, solo coherencia y que no te rindas.

Y no, no estoy hablando solamente de feminismo.

Ellas los prefieren malotes… pero se casan con los angelitos.

A los efectos de este post, “clase media” significa grupo social prestigioso que necesita trabajar para vivir pero no realiza trabajo manual. Es una definición sociológica que no tiene nada que ver con lo económico. La clase media en sentido económico no existe. Socialmente es un gran separador de obreros según si trabajan sentados o de pie.

Este post fue inicialmente el guión de una charla que di en dos versiones: para el alumnado de Bachillerato del IES Juan de Mairena (Sevilla) y en la Facultad de Filología Inglesa de la Facultad de Sevilla.

Llevamos alrededor de una generación observando que nuestra cultura hace una distinción entre dos clases de hombre: los sexualmente atractivos para las mujeres son agresivos, incluso violentos, o de algún modo malas personas, y los simpáticos, tímidos o buenas personas (como si esto fuera relacionado u homogéneo) que se dice que no son atractivos, al menos para las mujeres jóvenes. Resumiendo: las mujeres somos tontas y no sabemos elegir, o “el atractivo sexual masculino se vincula a ser una persona indeseable para cualquier otro contacto social”. Qué nos lleva a escoger pareja lo estudian algunos biólogos y psicólogos. No sé cuál es la verdad, lo que sí sé es que esa selección de hombres agresivos proviene en buena parte de modas literarias. Comencemos por Jane Austen.

“Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero en posesión de una buena fortuna debe buscar esposa (…) Esta verdad está tan bien fijada en las mentes de las familias de los alrededores, que se lo considera la legítima propiedad de alguna de sus hijas”. Jane Austen, Orgullo y Prejuicio.

La cita nos recuerda qué querían las madres. Y las hijas, ¿querían lo mismo? En aquel momento, el amor fuera del matrimonio no existía en la sociedad elegante. Era sencillamente impensable. El siglo XVIII había sido mucho más entretenido, pero estamos en una época de culto a los recién creados valores familiares. Además, las novelas inglesas eran mucho más pudorosas que las del resto de Europa. En España estaba La Regenta, Francia tenía Madame Bovary, Rusia tenía Anna Karenina. Las novelas inglesas son una excepción a esto. Un segundo factor, éste internacional, es que las mujeres no tenían una alternativa económica al matrimonio. Solteras, sobrevivir era difícil, y mantener un estilo de vida por encima de la pobreza era imposible con los sueldos que se pagaban a las mujeres. Había mujeres trabajadoras: en la agricultura, donde casi todo el empleo era estacional. En el servicio doméstico, en las fábricas. Se cosía, y empezaban a surgir las ocupaciones del sector servicios del tipo de camarera y dependienta en las que tantas trabajan hoy día. ¿Y en la clase media? Profesoras, institutrices, algunos trabajos de oficina escasísimos, y periodismo o escritura más escasos aún.
Y
eso
era
todo.

Y sobre todas, siempre, la amenaza de la prostitución, la criminalidad y la pobreza. No sé cómo iba la cosa en otros países, pero la prostitución británica solía ser intermitente y alternada con trabajo estacional… a menos que te pillara la policía, porque te fichaban y te obligaban a hacerte controles periódicos. Resumiendo: casarse no era una opción, era un seguro de vida. Y para el lector de novelas en el siglo XIX, la boda de la heroína no era uno entre varios finales felices posibles. Era una necesidad narrativa para que la heroína no muriera tirada por la calle. Un matrimonio bien avenido era solo el principio de un final feliz, y el amor, un extra.

Pasemos ahora a comentar un poco a Jane Austen. Intentaré ahorraros los spoilers; aquí tenéis una guía de lectura bastante detallada. Lo relevante ahora es que todas las novelas presentan una o varias heroínas casaderas, y al menos un triángulo amoroso entre ella, un hombre aburrido, borde, estirado o como mínimo muy pasivo, y otro hombre simpático, divertido, muy popular y que se lanza a por ella. A veces la corteja más de un hombre y a veces se añade un pesado que quiere ser divertido y ocurrente sin éxito, pero lo fundamental no cambia. El más soso y distante al principio es la pareja más adecuada para nuestra protagonista, y el hombre encantador puede ser inconstante, un cazafortunas profesional, alguien con el propósito de herirla porque sí, o simplemente mala persona. Y esto, ¿por qué?

Primero, porque da tensión. Si quien sea que parece un partidazo ES un partidazo, la novela necesita tener conflictos por otro lado o no tienes historia. Por otro lado, a Austen le encantaban las estructuras neoclásicas, simétricas, y los triángulos se prestan a ello. Y sobre todo, quiere ser educativa y entretenida a la vez (¿he dicho “neoclásica” ya?). La moraleja de toda esta repetición de triángulos es clara: no te fíes de las apariencias, porque un tío con el que tontear y un buen marido no tienen las mismas cualidades. Un tonteo es muy divertido, pero tú lo que necesitas un buen marido.

Y de aquí pasamos a las hermanas Brontë, o más bien a Charlotte y Emily, porque Anne no estaba nada de acuerdo con lo que voy a contar (y Charlotte la llamó de todo menos bonita por ello, pero eso es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión). Si a las heroínas brontëanas se les da a elegir entre un hombre aburrido y uno emocionante, prefieren al segundo, aunque suponga su destrucción. No se busca que el amor produzca uniones duraderas; eso es secundario al hecho mismo de amar. De hecho, como veremos no siempre se casan con el hombre al que aman, y tampoco importa para el desarrollo de la novela. Ahí es nada: historias de amor correspondido que da igual si se consuma o no.

Emily Brontë solo escribió una novela, Cumbres Borrascosas. La historia es mucho más complicada, pero las elecciones amorosas van así:

  1. Catherine ama a Heathcliff, que es pobre, sin educación, brutal, y como se ve más adelante, violento. El amor es mutuo, pero como él es pobre no se pueden casar. Ella se casa con el elegante Edgar Linton, un tipo razonablemente normal.
  2. Heathcliff se hace rico, da igual cómo. Se casa con Isabella Linton, sólo por hacer daño a los Linton y a Catherine. Catherine muere en el parto de su hija, tras mucho sufrimiento emocional.
  3. Segunda generación. Cathy, la hija de Edgar y Catherine, se hace amiga del hijo de Heathcliff y Cathy, Linton. Heathcliff los obliga a casarse para unir las dos propiedades. Mientras, todo el mundo trata a Hareton (un sobrino de Catherine e hijo del enemigo de juventud de Heathcliff) a medio camino entre un criado un un animal doméstico.
  4. Linton se muere. Hareton y Cathy se hacen amigos. Heathcliff se muere, entre alucinaciones, recordando a Catherine. Hareton y Cathy se casan. Queda en la duda si se aman realmente, pero al menos son la única pareja que no sufre de todo el libro.

Y te tienes que creer que Heathcliff es un personaje seductor, un héroe romántico en todos los sentidos de la palabra, y que esta es una historia de amor. No, en serio. Te lo tienes que creer.

Charlotte escribió cuatro novelas y solo una, Jane Eyre, es popular. Jane, pobre, fea, huérfana; un cuadro, vaya, tiene que escoger entre Rochester, que es rico, tiene un oscuro pasado, violentos cambios de humor, y que le ha demostrado que es capaz de guardar secretos muy chungos y de contar unas mentiras gordísimas, y St John, que admite que no la quiere pero que desea que sea su compañera en la vida y en el trabajo, algo que socialmente solo es aceptable si se casan. Jane escoge a Rochester y es feliz (recomiendo la lectura del ensayo “Can Jane Eyre be happy?” de John Sutherland, para tener una visión crítica de ese final feliz).

A veces la heroína no tiene esta elección, como en Villette. Aquí, Lucy Snowe ama a dos hombres y es correspondida por el menos atractivo. Se insinúa que la relación no prospera, el final es abierto. En Shirley, una de las dos heroínas tiene tres pretendientes: un barón, el dueño de una fábrica (no demasiado rico), y un maestro (hermano del anterior, por cierto). Ella prefiere al hombre que considera más admirable intelectual y moralmente, aunque su amistad haya sido turbulenta y a trompicones porque los dos tienen un carácter muy fuerte.

Y todo esto, ¿tiene moraleja? Para empezar, es una visión del amor que admite que las mujeres pueden, y deben, ser libres al elegir a su pareja. A veces les sale bien, y a veces no. Lo que importa es la libertad de sentir y de expresar los sentimientos, que es lo que las dignifica y las hace verdaderamente humanas. Y en el caso de Charlotte, no es fatalista, es decir, ellas no dicen “no puedo evitar amar y no puedo controlarme cuando estoy en tu presencia”. En Cumbres Borrascosas los sentimientos son más poderosos que la gente, pero en mi opinión las protagonistas de Charlotte hacen algo precioso que es decir “yo decido aceptar que amo, decido disimular o declarar mi amor, decido cómo tratarte, decido casarme”. El sentimiento es intenso, pero no las anula, al contrario.

Nos quedan los novelistas masculinos. Los ejemplos más representativos son Charles Dickens, William Makepiece Thackeray y Thomas Hardy. Dickens y Thackeray eran Realistas; Dickens era más popular y Thackeray más prestigioso y menos comercial. Hardy era más cercano al Naturalismo. Sin entrar en el análisis de novelas individuales (las de Dickens las he comentado ya), su visión del amor es que las mujeres no pueden elegir. No deben y no saben. Si escogen ellas, se equivocan y van a por alguien inapropiado que no las hace felices, o por un maltratador. Eso no significa que no puedan encontrar el amor, solo que los demás deben elegir por ellas. Si una heroína es el interés romántico de un personaje masculino positivo, y ella es secundaria a él, la relación puede que funcione. Es decir: la heroína es secundaria al protagonista, y la amada del amigo del héroe está en un plano aún más discreto. Si hay conflictos, son externos: una decisión entre amor y la obligación de cuidar a un padre anciano, por ejemplo.

Estas novelas no pretendían tener un mensaje moral y educativo, sino que partían de ideas vigentes sobre hombres y mujeres y las aplicaban a la ficción. Había un miedo muy real a que dar a las mujeres la más mínima chispa de libertad significaría que serían incapaces de controlarse. Los hombres podían aprender autocontrol, pero las mujeres no.

Veamos qué pasa ahora. El público lector contemporáneo quiere finales felices tanto como el del siglo XIX, pero ahora, “felicidad” no significa lo mismo que entonces. Algunas de las asunciones de la literatura romántica moderna, incluida la dirigida a adolescentes, son las siguientes:

  1. El amor todo lo puede. El amor vence los obstáculos externos y consigue que cualquier relación funcione.
  2. El amor es, o debería ser, difícil. Emocionante. No estamos hablando de amor, sino de pasión.
  3. El amor puede funcionar entre dos personas de origen social muy diferente, incluso contrapuesto. De hecho, esto es lo deseable. La mujer está en posición de inferioridad respecto al hombre.
  4. El dinero, los bienes materiales, incluso al nivel imprescindible para la supervivencia, no deben formar parte del proceso para escoger pareja.

No todas las relaciones en las que ocurre esto son nocivas o de maltrato, pero tienen muchas papeletas para serlo. Rocío Vega hace aquí un buen análisis de ese problema. Yo sigo centrándome en la parte más literaria.

Todo esto es un fenómeno más americano que inglés. En la literatura juvenil inglesa hay mucha más fantasía y mucho menos amor. Por ejemplo, Harry Potter. No tenemos triángulos amorosos aquí: el triángulo central es una amistad. Sí tenemos a Ginny Weasley, una heroína en este sentido dickensiana: ama a Harry en secreto y sin molestar a nadie hasta que él se da cuenta de que también la quiere. Ginny y Hermione son personajes activos cuando no se trata de amor. De todos modos, las mayores influencias de la literatura juvenil inglesa no están en los clásicos “para adultos” del siglo XIX, sino en una tradición fantástica que empieza quizá con Alicia en el País de las Maravillas, llega a Tolkien, pasa a continuación por Roald Dahl, y aterriza en Terry Pratchett. Añade un poco de fascinación nostálgica por la naturaleza (El Viento en los sauces, Mi familia y otros animales) y ya lo tienes.

Pues eso. Que el triángulo amoroso juvenil es una tendencia casi exclusivamente americana. Una razón es que las autoras del subgénero han estudiado el grado de “English” o un Máster de Escritura Creativa en la universidad y se han leído los principales clásicos. También que allí no hay una carrera de Periodismo o de Comunicación como la entendemos aquí y que el estudio de la literatura, inglesa o universal, se considera troncal en las humanidades a nivel universitario. Todos los guionistas de tus series favoritas se empollaron las novelas que acabo de mencionar en primer ciclo de sus respectivas carreras.

Veamos algunos ejemplos de lo repetidas que pueden llegar a ser copiando un triángulo amoroso de tipo Brontëano:

  1. Crepúsculo: Bella tiene que elegir entre el amor de Edward Cullen, que le dice varias veces que él no le conviene, la acosa, en un momento dado la abandona contándole una mentira, y ya de paso ES UN VAMPIRO QUE SE LA QUIERE COMER, y Jacob, que decide que su misión en la vida es protegerla. Ella escoge a Edward. Los tres primeros libros son una reescritura de Jane Eyre, y el cuarto es más independiente. La historia tiene dos derivaciones: Cincuenta Sombras de Grey y After, que no presentan triángulos pero tienen mucha influencia de Crepúsculo.
  2. The Selection (La Selección), Kiera Cass. America (toma ya) está enamorada de Aspen, pero se ve forzada a participar en la selección de una esposa para el heredero del trono, Maxon. Aspen quiere cuidar de ella (esto no pinta bien) y son amigos desde la infancia (esto pinta peor), y Maxon se porta como alguien que piensa que es normal organizar una competición forzada para casarse con él, ordena palizas a las que incumplen las normas, y tiene ataques de ira. America se casa con Maxon y ambos son amigos de Aspen.
  3. Shadowhunters (Cazadores de Sombras), Cassandra Clare. El mejor amigo de Clarissa Fray es Simon Lewis. Él está enamorado de ella, pero ella está en una relación con Jace Wayland. En el cuarto libro de la serie, Simon se monta un triángulo que se resuelve en el quinto. ¿Y Jace? Bueno, qué sería de una historia de amor en la que el potagonista no quiere matar a su amada. Pues eso mismo: parecía que no, pero en el cuarto libro Jace tiene pesadillas en las que mata a Clary porque hay unos demonios controlándolo. Esto qué iba a ser aquí si no.
  4. The Vampire Diaries (Crónicas Vampíricas) by LJ Smith. Dos hermanos vampiros, Stefan y Damon (uno con nombre de santo y el otro con un nombre que suena parecido a “demon”, muy práctico para distinguirlos) se pelean por el amor de una chica humana, Elena. Ella suele preferir a Stefan pero gran parte del conflicto está en su incapacidad de decidirse, o visto de otro modo, en la incapacidad de Damon de dejarlos a ella y a Stefan en paz.

Hay una moda también de libros que aunque no muestren triángulos, toman la idea de una chica buena o inocente y un chico malo, o “chica humana y ser sobrenatural que es peligroso para ella”. Aquí de nuevo está la creencia de que el amor apasionado debe ser algo aventurero, peligroso, y que el varón es mejor que sea superior a la mujer, porque en estas historias él siempre es más fuerte que ella, no se une a un ser sobrenatural pero débil. Ellos son como superhéroes. En historias tradicionales o mitológicas nos encontramos también el inverso: la Sirenita, por ejemplo. Esa tendencia es una rareza en los bestsellers actuales.

En las historias con chico malo humano, destaca por su éxito A tres metros sobre el cielo. En las historias con chica y ser sobrenatural, además de los ya mencionados vampiros y hombres lobo, en Obsidian de Jeniffer Armentrout el amado es un extraterrestre y en Hush hush de Becca FitzPatrick es un ángel caído.

He localizado un solo ejemplo de triángulo austenita: Los Juegos del Hambre. Katniss está demasiado ocupada y traumatizada para tener una historia de amor, la verdad, pero se siente muy unida por amistad, lealtad, y sentido del deber a dos hombres: Peeta, que es tímido y cariñoso, y Gale, que es valiente y bastante chulo. Escoge a Peeta cuando ve que Gale, aunque la quiera, no tiene compasión con los demás.

Es decir: lo que observamos en la literatura juvenil contemporánea es el triunfo del estereotipo Brontëano, que cuando se creó era solo una forma minoritaria de escapismo romántico entre otras muchas disponibles. El mito de “ellas los prefieren malotes” se alimenta a sí mismo, porque las lecturas, las películas, etc. son la educación sentimental de mucha gente. Si te muestran que el amor es sufrir, cuando sufras creerás que es amor. Si te muestran que el amor es cuidar, divertirte o compartir aficiones, cuando cuides, te diviertas o tengas intereses comunes llamarás a eso “amor”. Por eso lo deseable es tener la mayor diversidad posible en literatura juvenil, algo a lo que la industria no parece muy dispuesta.

¿Sirve al feminismo que las mujeres lleguen al poder?

Un encuentro de la Unión Europea en Alemania, 2013.
Un encuentro de la Unión Europea en Alemania, 2013.

Cuando una mujer obtiene poder político, a veces se celebra como si fuera un triunfo de todas. Otras veces tenemos a los medios de comunicación y a los políticos ocupados con las cuotas para mujeres y con las listas cremallera. Se discute sobre si eso es positivo para las instituciones que lo practican, o si es justo. Es de justicia que las mujeres lleguen al poder y no discuto eso, sino algo más profundo: ¿beneficia al conjunto de la sociedad, o de las mujeres, que haya algunas en posiciones de poder político o económico? Veamos algunos de los argumentos que he escuchado alguna vez.

1. Las mujeres en el poder son como mínimo un síntoma de que se ha alcanzado la igualdad ante la ley, aunque luego socialmente se comentan todo tipo de discriminaciones e injusticias.
Bueno… esto es verdad. A menos que el cargo sea heredado. Ser la hija del rey, del ministro o del empresario, que tienen poder para cambiar o retorcer las leyes, puede conceder muchas ventajas respecto al conjunto de las mujeres y no “abrir camino” para nadie más. Antes de alegrarnos por la situación de ninguna mujer concreta, habría que preguntarse si la pusieron donde están sus relaciones familiares. En tal caso, no se trata de un logro “para la mujer” en absoluto. Te recomiendo comprobar cuántas de las mujeres más ricas del mundo lo son por herencia, ahí está la lista Forbes.

En cualquier caso, la llegada al poder por méritos propios de mujeres en un sistema democrático y con igualdad ante la ley es síntoma de que algunas mujeres han sido capaces de sortear las zancadillas que la vida les ha puesto a ellas y a las demás, ya sean en forma de discriminaciones directas, acoso, dificultades para trabajar y cumplir a la vez con otras obligaciones, etc. No quiere decir que esos obstáculos hayan desaparecido, ni que vayan a desaparecer, ni que otras mujeres tengan sus estrategias o su suerte.

2. Las mujeres con poder son más sensibles que los hombres. Más “femeninas”. Más colaboradoras, menos autoritarias.
Esto es una estupidez. A las mujeres se nos educa en eso, hasta ahí es verdad. Pero no todas somos así. Y cuando no lo somos, cuando una mujer es “dura”, se enfrenta a acusaciones de que no es una “verdadera mujer”. Una mujer no es lo que tú digas, ni lo que se ajuste a tu concepto de feminidad. Hay libros y debate sobre esto, pero no existe la ética femenina, la sensibilidad femenina, ni ninguna de esas patochadas que nos han hecho creer. Si fuera así, no habrían existido ni Isabel Bathory, ni Bloody Mary, ni Pilar Primo de Rivera, ni las monjas que torturaban niños en orfanatos franquistas. Ni Christine Lagarde. Todas estas son tan mujeres como la que más.

3. Bueno va, pero contribuyen a la conciliación. Y les preocupan los temas “femeninos”. Tienen más empatía con las “cosas de mujeres”.
Perdonadme que recurra al estereotipo más fácil. La medida que hizo famosa a Margaret Thatcher como ministra de Educación fue eliminar un suministro de leche gratis en los colegios. Y además del conjunto de su carrera, está la famosa declaración de que “la sociedad no existe. Hay hombres y mujeres individuales, y luego hay familias”, que en contexto quería decir que el Estado no tiene la obligación de velar por nadie, ni por los más débiles ni por nadie. La carrera entera de Margaret Thatcher es una demostración de que esa empatía y preocupación está subordinada a las ideas políticas previas. También dijo que no le debía nada al feminismo; la mayoría de la gente piensa que se ha ganado lo que tienen por sus propios logros individuales, y las mujeres poderosas no son la excepción.

Otro ejemplo más cercano son las diputadas del Partido Popular que votaron a favor de una ley del aborto que nos habría obligado a llevar a término y parir en todos los casos de malformación, incluidos los más graves, y dijeron que eso era apoyo a la maternidad. Hasta aquí la empatía y la solidaridad.

Sobre contribuir a la conciliación y demás problemas asociados a la mujer: la realidad es que las mujeres ricas lo tienen más fácil. Han podido pagar cuidados para sus hijos, han tenido familias que las han apoyado (si no, difícilmente estarían donde están), y luego llaman “organización” a renunciar al permiso de maternidad y a seguir trabajando quince horas diarias. Ojo, no critico: que cada una se organice como quiera y pueda. Solo que este estilo de vida desmiente que tener mujeres en puestos de poder contribuya a una mayor sensibilidad hacia los problemas de las demás.

Hay muchos ejemplos de países donde la participación política de las mujeres es alta y su desigualdad económico-laboral, también.

4. Ver que hay mujeres en el poder inspira respeto a los hombres porque demuestra que las mujeres pueden ser sus iguales o sus superiores. Ya no somos muñequitas sumisas.
Algunos países con participación política de las mujeres superior a la española (en términos relativos, comparadas con los hombres), son Nicaragua, Bolivia, Sudáfrica, India y Bangladesh. No parece que la existencia de mujeres poderosas influyan mucho en esos países, particularmente en los dos últimos, a la hora de respetar a las mujeres.

5. Que haya mujeres en el poder es un triunfo de todas que inspira solidaridad. Es un motivo de alegría porque es una de las nuestras.
No para mí, ya que estamos hablando de la pura subjetividad. Que haya mujeres capaces de reducir los salarios, de aumentar la desigualdad, de explotar laboralmente a otras mujeres, y así, no me llena de orgullo sino de desconfianza. Los mayores problemas de las mujeres están relacionados con la pobreza, la falta de independencia económica y la conciliación de todas nuestras obligaciones, y no veo que las mujeres con poder económico hagan nada por remediar esto. No son de las nuestras.

6. Las mujeres en el poder son un estímulo a las que vienen detrás. Ver que hay mujeres que mandan inspira a las niñas y jóvenes.
Pues no lo sé. A lo mejor. Sí que contribuye a la normalización. Esas fotos con 20 trajes grises y una sola chaqueta de color son muy tristes. Pero la foto con doce trajes grises y ocho chaquetas de colores es solo eso: una foto.

No al feminismo de la foto.

 

La Ciencia de Mundodisco: guía de lectura

Terry Pratchett escribió, además de las novelas de Mundodisco de las que ya he hablado un poco por aquí, unos cuantos libros independientes pero situados en el mismo mundo. Son más de veinte, y no los he leído todos. Aquí voy a comentar los cuatro de la serie “La Ciencia de Mundodisco”.

Todos tienen una estructura similar: los capítulos impares tienen una novela breve protagonizada por los magos de la Universidad Invisible, y en capítulos alternos, dos científicos presentan ensayos autoconclusivos sobre ciencia, conectados muy superficialmente con el capítulo de ficción. Sus temas suelen ir saltando de un lado para otro de una manera que recuerda un poco a la serie Cosmos, la de Carl Sagan. A veces, esta manera de ir cambiando de tema los hace confusos y no creo que sea del gusto de todo el mundo. Los científicos son Ian Stewart, matemático, y Jack Cohen, biólogo. El nivel intenta ser accesible… digamos que soy de letras, MUY de letras, en lo que eso tiene de bueno y de malo, y aunque hay secciones que se me quedan grandes, dan la sensación de que quieren que les entienda el público general.

Libro por libro:

La Ciencia de Mundodisco (1999: publicada entre El Quinto Elefante y La Verdad, puedes leerla después de El País del Fin del Mundo): Los magos crean por accidente Mundobola, una especie de maqueta de un universo en el que para su sorpresa, no hay magia ni narrativium. Deducen experimentando las leyes básicas de la física newtoniana (bueno… más o menos) y utilizan la magia para entrar en la maqueta, que es por supuesto nuestro universo. Les decepciona no descubrir vida inteligente: para cuando se fijan en nosotros, hemos huido al espacio exterior.

Los capítulos sobre ciencia intentan ser muy generales. Perdonad si no os gusta alguna traducción de los títulos, son todas mías y los juegos de palabras no son fáciles.

  • Ciencia de campo de squash: Energía nuclear.
  • La ciencia y la magia: qué es la ciencia y cómo funciona.
  • Principios y fundaciones: El origen y naturaleza del universo.
  • Polvo de estrellas: qué son y cómo funcionan los átomos y la tabla periódica de los elementos.
  • La forma de las cosas: la forma del universo y la Teoría de la Relatividad.
  • ¿De dónde salen las reglas? Este capítulo plantea la posibilidad de una “teoría unificada” e introduce la mecánica cuántica.
  • Mundos disco. El Sistema Solar.
  • Tierra y fuego. Geología: la estructura de nuestro planeta.
  • Aire y agua. La atmósfera, los océanos, y la corteza terrestre.
  • Un gran salto: la luna.
  • Cosas que no son: un capítulo muy original sobre las cosas que se definen por ser opuestas, pares en los que normalmente solo una de las dospuede medirse, como la luz o el calor.
  • A pesar de lo cual….: el origen de la vida.
  • Selección antinatural: la evolución.
  • El Origen de Darwin: más evolución.
  • Llega el iceberg: las glaciaciones.
  • Universales y específicos: más evolución todavía, explicando seres y características que están por todas partes (universales) y otras puntuales para un problema concreto (específicos). También, biodiversidad.
  • No mires hacia arriba: ¿Qué podría provocar extinciones masivas? Para empezar, meteoritos.
  • Nueve de cada diez: estadísticas y sesgos.
  • Huyendo de los dinosaurios: evidentemente, dinosaurios.
  • La muerte de los dinosaurios.
  • Mamíferos en marcha: cómo se expandieron los mamíferos.
  • El hormiguero: el origen de los homínidos.
  • Exteligencia: la cultura. Qué es (definida como una “inteligencia externa”, ya sea transmitida por la familia, libros, etc) y por qué la necesitamos.
  • Cómo dejar tu planeta: los viajes espaciales.

Es una introducción muy sencilla y amena, adecuada para gente sin estudios especializados, porque ellos seguro que lo encontrarán demasiado básico. Podría ser incluso una introducción a Mundodisco a adolescentes y postadolescentes a los que les guste muchísimo la ciencia.

El segundo libro, The Science of Discworld: The Globe (2002: publicada entre El Asombroso Mauricio y Ronda de Noche), intenta hacer lo mismo con las humanidades, en mi opinión sin éxito. la historia es original y divertida: los magos pueden viajar en el tiempo en Mundobola y por lo tanto cambiar la historia de formas significativas. Aquí, descubren que el mundo tiene que encontrar un equilibrio entre la ausencia total de magia y que los seres humanos creamos en ella tanto que seamos vulnerables a los duendes y hadas, seres parásitos y dañinos (para más información, lee Lords and Ladies, Lores y Damas en la traducción). La clave aquí es que tienen que producir una serie de cambios que permitan que exista William Shakespeare y escriba las obras que conocemos.

Los capítulos de Stewart y Cohen tratan los siguientes temas:

  • El elemento nosécuántico: Recapitula la parte de ficción del libro anterior, define el narrativio, y explica que contar historias con sentido es fundamental para nuestra manera de pensar.
  • La posibilidad adyacente: El “espacio fase”, explicado como el conjunto de todo lo posible en una situación, estudio, etc., aplicado también fuera de las matemáticas. Por ejemplo, cálculo estadístico o de probabilidades de todos los libros que se podrían escribir, etc.
  • La filosofía del pulidor de lentes: el paso del pensamiento mágico al científico durante el Renacimiento y las ideas que vivieron en esa transición, como la adivinación, la alquimia, etc.
  • El Planeta de los Simios: los homínidos, su origen, cómo llegaron a  convertirse en Homo sapiens. El concepto de cultura.
  • Un ciego con una linterna. Más sobre nuestro origen. Algunos rasgos que nos diferencias de otros animales. La domesticación.
  • Gente al filo. Algunas características humanas, como la migración y los ritos de paso en la adolescencia. Distinción entre “gente tribal” y “bárbaros”.
  • Winnie the Pooh y los profetas. El lenguaje.
  • Libre determinación. Pues eso: ¿existe el libre albedrío? ¿Y la predestinación? Visiones científicas y religiosas.
  • Un cachito: Pasamos de hablar de lenguaje(s) a hablar de cómo funciona el ADN. Con cosas cuánticas en medio y alrededor. Sí, es así de enrevesado.
  • Dioses Menores: reflexiones acerca del origen, razón de ser e inconvenientes de la religión.
  • El nuevo narrativio: “del mito al logos”. Los orígenes del pensamiento científico o casi.
  • El presente extendido. Arte. Qué es, para qué sirve, cómo surge.
  • Mentiras a los chimpancés: mentiras.
  • Mundos de “y si…”: Historia con mayúscula y con minúscula. Lo impredecible, nuestros intentos de dar sentido al caos. Géneros literarios: la ciencia-ficción.
  • Mentiras a los humanos: el concepto de meme.
  • Puede contener frutos secos: conclusiones sobre la importancia de las historias. Las que nos creemos y las que contamos sin creerlas.

Si parece caótico, lo es, y mucho. Es el que menos me gusta de los cuatro, con diferencia.

El tercero, Darwin’s Watch (El reloj de Darwin) (2005: publicado tras Cartas en el Asunto, el mismo año que Thud!) mejora. La narración repite la idea de que los magos tienen que modificar la continuidad temporal terrestre para que la humanidad sobreviva… pero esta vez es Darwin y no Shakespeare quien tiene que escribir sus obras con éxito. Sin Shakespeare, o más bien, sin el nivel de fantasía que da lugar a artistas como Shakespeare, no se da la civilización. Sin Darwin, no se desarolla la ciencia de los últimos 150 años y los seres humanos se extinguen por alguna catástrofe natural sin inventar las naves espaciales con las que huyen de Mundobola.

Los capítulos de ciencia se conectan mejor con lo que ocurre en los de ficción, aunque salten de un tema a otro como te los voy a presentar:

  • El reloj de Paley:  introducción a quién era Darwin, la Teoría de la Evolución, qué es el creacionismo y por qué existe, cómo funciona la investigación científica.
  • Paley ontología: William Paley era un sacerdote que escribió un libro de teología acerca del origen de la vida, que incluye la famosa analogía: Si nos encontramos un reloj tirado por la calle creeremos que alguien lo ha construido, los relojes no se hacen solos. Este capítulo explica en qué se equivoca Paley y el creacionismo y habla también bastante de geología.
  • Tiempo prestado: la posibilidad de los viajes en el tiempo. Agujeros negros y otras opciones.
  • Avance hasta el pasado: más sobre viajes temporales.
  • Watch-22: algunos datos de la biografía de Darwin relacionados con sus descubrimientos.
  • El libro equivocado: más sobre la historia de la publicación de El Origen de las Especies.
  • Aleph-nosecuántiplex: líos matemáticos rarísimos. Universos paralelos, cosas cuánticas, operaciones con infinitos. Sí, infinitos en plural. No estoy segura de haber entendido nada.
  • Destino manifiesto: un intento raro de aplicar la idea de evolución a la Historia. No como “progreso”, sino… ¿de unos eventos determinados A se siguen necesariamente unas consecuencias B? Causalidad. Cómo al estudiar “Historia” seleccionamos acontecimientos según nos parezcan relevantes.
  • La época de la máquina de vapor: ¿las ideas brillantes cambian el mundo, o son una consecuencia de cambios? ¿o es que aparecen cuando el mundo está listo? Ejemplo: la máquina de vapor. Quizá la mejor “mezcla de temas de ciencias y de letras” de los tres libros que llevamos hasta ahora.
  • Los secretos de la vida: Una pequeña explicación de cómo funcionan la evolución y el ADN.
  • Olvídate de los hechos: Creencias, ideas, religiones, pseudociencia, ciencia. Cosas sobradamente tratadas en el libro anterior, aquí con más atención a lo religioso.
  • Una escasez de sargentos: qué tenía de especial la Gran Bretaña victoriana para dar pie a tantos avances científicos y tecnológicos.

Un libro muy entretenido. Si eres muy, muy de letras te puedes saltar los tres capítulos sobre viajes espaciales y matemáticas y no te vas a perder el hilo de la discusión, centrada en biología e historia.

El cuarto libro, El Día del Juicio (2013: coincide con A Todo Vapor) cuenta una historia muy diferente. Los Omnianos, que creen que Mundodisco es redondo, quieren que los magos les entreguen Mundobola porque piensan que les pertenece y para ellos es una reliquia sagrada. Mientras, una bibliotecaria de Mundobola acaba en Mundodisco por accidente. Esta historia es mucho más corta que las demás.

Los capítulos de Stewart y Cohen vuelven a tratar temas de humanidades mezclados con los de ciencias. Esta vez lo hacen de una forma más clara que en The Globe.

  • Pensar a lo grande. Introducción. Cómo funciona la ciencia y el método científico. Se presentan dos modos contrarios pero compatibles de pensamiento: centrado en el ser humano (tendente a la mitología y a las explicaciones inmediatas) y centrado en el universo.
  • Tortugas mundiales. Repaso a las mitologías que imaginan una tierra plana.
  • La realidad no es mágica. Ejemplos de causalidad y de cosas que parecen “magia” porque la mayoría no sabemos cómo funcionan.
  • Un globo entretenido. Demostraciones de que la tierra es redonda.
  • ¿Y eso de dónde ha salido? La preocupación humana por los orígenes. Explicación científica de dos orígenes misteriosos: la luna y la vida.
  • El largo brazo de la tradición. Qué es una ley científica.
  • Una ratonera mejor. Diseño desde el punto de vista de la tecnología y “diseño inteligente”. Evolución.
  • La esfericidad está por todas partes. Geometría. La forma del universo.
  • ¿Adiós al Big Bang? Algunas ideas que ponen en duda esta teoría.
  • Sistema de descreencia. Neurociencia. Saber, creer, pensar, imaginar.
  • Adiós a los ajustes. Constantes universales. Se insiste de nuevo en que nuestra existencia es pura casualidad.
  • No coleccionar sellos. Una defensa del ateísmo. La ciencia como lo contrario de la religión.

Lo breve del libro y su insistencia en la crítica a la religión, además de la fecha en la que se publicó, sugieren apresuramiento, como si los tres autores necesitaran echar esto fuera lo antes posible. Eso no le quita calidad, al contrario: se hace muy ameno, tanto como el primero o más.

Resumiendo: de los tres libros, recomiendo el primero y el último. El tercero está bien si te interesa el tema y el segundo solo es entretenido a ratos. Como pega, diría que si no te gusta que un ensayo vaya saltando de aquí para allá como un niño de cuatro años, definitivamente estos libros no son para ti. Pero me parecen un buen complemento a las novelas de los magos de Mundodisco, y si no sabes nada sobre los temas científicos que tratan puedes aprender muchísimo. No sé si alguien con más formación los puede encontrar demasiado básicos o no estar de acuerdo con la forma de exponer.

Sobre lenguaje activista y sus problemas

Te das una vuelta por internet (incluyendo el glosario feminista de este blog, que necesita una limpieza de polvo y telarañas) y te encuentras con unas cuantas palabras que a fuerza de uso repetido acaban usándose mal, o demasiado, y extendiendo sus significados hasta que significan “lo bueno” y “lo malo” de una manera que solo sirve para crear confusión. Lo que voy a decir es una reflexión personal sobre los peligros de este proceso, y sé que muchas compañeras no van a estar de acuerdo conmigo. Allá voy.

Un privilegio no es toda ventaja injusta. Si quieres que lo tenga todo el mundo, no es un privilegio. Es un derecho, y su ausencia, discriminación. Por ejemplo, trabajo estable, vacaciones, o la posibilidad de desplazarte con seguridad por las calles. Si quieres eliminarlo, pero todos reconocemos que es injusto, o que es ilegal, es una injusticia, o una ventaja injusta. Sigue sin ser un privilegio. Por ejemplo: si dices algo que parezca terrorismo etarra vas a la cárcel, si dices que las mujeres maltratadas se merecen todo lo que les pase no. Si lo tiene poca gente y  está amparado por leyes, rompiendo con todo principio legal de igualdad, eso sí es un privilegio. Por ejemplo, en España la Iglesia no paga IVA ni IBI, y eso es legal. Por lo tanto, es un privilegio. El rey es inviolable según la Constitución: otro privilegio.

Muy despacito para que lo entiendan los despistados del fondo: el privilegio es legal y desearías que desapareciera. Los privilegios son malos y no quieres extenderlos, quieres que no existan. Si llamas “privilegio” a un salario dices que quieres que no exista, si llamas “privilegio” a que no te peguen una paliza por la calle estás diciendo que las palizas por la calle deberían formar parte de la normalidad. Privilegio no es desigualdad, sino un tipo muy concreto de la misma. Si lo que quieres es tener tú eso que otros disfrutan, no lo llames privilegio, porque no lo es. Llámalo derecho.

Esto nos lleva a la expresión “revisar privilegios”, que ya he criticado en más ocasiones. En el enlace traduzco un artículo que analiza los problemas de ese proceso, pero aquí mis críticas son solo semánticas, puesto que la frase en cuestión significa varias cosas contradictorias entre sí. ¿Qué me ordena alguien que me dice que revise mis privilegios?Lo primero sería hacerme consciente de ellos, y después quizá un proceso que en el catolicismo se llama examen de conciencia. Es decir, para una persona que piense que privilegio quiere decir “derecho, ventaja, lo contrario de discriminación”, sería para empezar mi admisión de “sí, mi vida es más fácil por ser blanca, cis, adulta y sin discapacidades”. Examen de conciencia terminado.

Hay quien va más allá. En el enlace del párrafo anterior comparo la revisión de privilegios con el calvinismo. “Revisar mis privilegios” suele querer decir que debo sentirme culpable de ser blanca, cis, etcétera,  y tengo que aceptar que las ventajas que he obtenido a lo largo de la vida por ello me impiden trabajar en igualdad con quienes están peor que yo. Existe una brecha insalvable, de la que soy responsable aunque esa no sea mi intención. Esto se llama depravación total. No es “pecado original” porque éste se perdona con el bautismo, y los privilegios no se “perdonan” tras la revisión, como mucho se eliminan (un día dejaré de ser joven, por ejemplo).

“Revisarse” puede estar conectado con el autoexamen y ser también un proceso más activo, más orientado al exterior. Si observo cómo mis circunstancias afectan al mundo que me rodea, y a mí también, “toma de conciencia” es sólo el principio de cómo podríamos llamar a esto. Pero ya dejaría de ser un proceso de autoexamen, con lo que el uso de la palabra “revisión” dejaría de tener sentido. Una revisión del coche no es una reparación.

La verdad es que no sé qué quieren decir las personas que dicen “¡revísate los privilegios!”, y si se están refiriendo a un proceso solo mental o a una puesta en práctica. Y un concepto tan amplio y deformable se vuelve inútil y peligroso.

Los costaleros y la responsabilidad

COSTALEROS_SOLIDARIOSUn ensayo de costaleros en Bornos (Cádiz). De bornos.es.

Para los que no estén familiarizados con la Semana Santa tal como se celebra en Andalucía Occidental, existe la costumbre de colocar estatuas grandes de madera sobre un pedestal muy ornamentado, que unos hombres, llamados costaleros porque la protección de la cabeza se llama costal, cargan a hombros, sí, sobra la nuca, como los bueyes el yugo. He puesto una foto de un ensayo para que se observe bien la técnica, ya que las estatuas con todos sus adornos llevan faldones que impiden ver lo que se hace ahí dentro. Los costaleros, además de cargar con mucho peso, tienen un extra: van haciendo paradas a descansar, y si lo que van cargando es una estatua de María, que son cerca de la mitad, lo levantan pegando un salto. En este vídeo muy breve puede apreciarse un poco la dificultad:

Antiguamente, los costaleros eran de pago, gente como por ejemplo cargadores del puerto que se sacaban un dinero extra. Ser costalero era vergonzoso, porque eran pobres (ABC) y no eran una figura nada popular. Ahora son voluntarios llevados por un sentimiento religioso. Cargan con un peso de entre 30 y 50 kilos por persona (Diario de Sevilla), haciendo turnos en un recorrido que puede durar unas doce horas.

Como os podéis imaginar, este esfuerzo puede suponer lesiones físicas graves y permanentes. Los principales riesgos son las lesiones musculares desde el cuello a las piernas, y las hernias discales en los peores casos. También heridas en el cuello, por el roce, y las derivadas del esfuerzo físico intenso (agotamiento, bajadas de tensión, desmayos). Ante una conducta así, que supone un riesgo para la salud, se podría esperar que se tratara a los costaleros de irresponsables, incluso de temerarios, como si fueran por ahí en coche sin cinturón, o si fumaran, o cualquier otra conducta libremente asumida y que es mala para la salud. Quizá podríamos esperar un “que cada uno haga las locuras que quiera, pero que corra luego con las consecuencias”. Pues no, ni una cosa ni otra. Es más, los Colegios de Fisioterapeutas dan apoyo a los costaleros, información y tratamientos (aquí Sevilla y aquí Madrid).  También se puede ver a niños y bebés disfrazados de costaleros para la ocasión; no cargan ningún peso, claro, pero se considera más alegre y bonito que vestirlos de nazareno o monaguillo.

Sería inimaginable dar a los costaleros el mismo trato que para otras personas que tienen conductas peligrosas para sí mismos, como fumar, o incluso un discurso sobre la responsabilidad personal como el que encuentran quienes necesitan un aborto, una práctica que no tiene nada que ver pero en la que se habla de responsabilidad y de “asumir las consecuencias de tus actos”. No hay un mandato de  “asumir las consecuencias de tus actos” a quienes realizan una práctica peligrosa cuando la misma es socialmente aceptada. Por ejemplo, un “debería contarse con la opinión de su familia. Al fin y al cabo están arriesgando su vida”, ni tampoco un “no tengo nada en contra, pero que se lo paguen ellos, que la fisioterapia es carísima”.

La verdad es que me caen bien los costaleros en la medida en la que su hobby no colapse la ciudad. Echan las tardes en una actividad física con los amigos, no hacen daño a nadie más que a sí mismos (al contrario de, por ejemplo, un conductor a 120 por la circunvalación), y para el que le guste, los pasos de Semana Santa son un espectáculo (sí, hay una sevillana muy, muy escondida dentro de mí). Pero son un ejemplo de que cuando hablamos de responsabilidad personal, no contamos la historia completa. No llames “falta de responsabilidad” a no actuar como tú quieres.

21 días, día 2. Lunes de prisas.

Soy una profesora muy poco moderna. Pongo deberes, uso libro de texto… vamos, de lo peor.

Los lunes son el horror porque tengo cinco horas y media seguidas sin ninguna pausa. Tres clases, biblioteca, dos clases. Por lo menos salgo a las dos. Hoy llego un poco antes de la hora, porque necesito que las conserjes me fotocopien el examen que voy a poner a las 9:30 y a las 12. Normalmente hago los exámenes con un poco más de antelación y habría pedido estas copias el viernes, pero la semana pasada fue un poco rara. Dejo el examen (impreso en casa) en la conserjería y me voy a juntar los trastos (libros, bolsas, reproductor de CD) que tengo en la sala de profesores. De paso, dejo una caja grande de magdalenas. En este instituto, hay muchas profesoras que cuando tienen algo que celebrar traen comida, y hoy me apetecía hacerlo a mí. El día empieza bien y la gente me felicita.

Me voy a Tercero. Este grupo es una consecuencia de la LOMCE. Antes, en 3º había dos niveles. El estándar, y “diversificación”, un grupo reducido con dificultades de aprendizaje de distinta naturaleza que pasa alrededor de la mitad de sus horas aparte y la otra mitad, mezclado con un grupo grande. También tienen menos profesores. En mi experiencia, el éxito de Diversificación está en el grupo reducido: alrededor de diez alumnos y ninguno de ellos conflictivo. Desde este año, con la LOMCE, la segregación es triple. Por una parte, “programa de mejora”, equivalente a Diversificación. Por otra, los alumnos que cursan un currículum muy parecido al estándar de siempre. Y un grupo intermedio: los que han escogido “matemáticas aplicadas”. En otras comunidades autónomas, escoger Matemáticas Aplicadas en 3º obliga a cogerlas en 4º e impide acceder a Bachillerato, pero en Andalucía no. De momento, el grupo que tiene matemáticas aplicadas y ninguna otra adaptación reúne a alumnado con alguna dificultad pero no tantas como para entrar en Diversificación, ya que se prefiere que una opción que puede limitar las salidas académicas y profesionales solo la estudie el mínimo posible de alumnos. En mi materia, el nivel en general es bajo (con excepciones) y están muy poco motivados. Muchos tienen el inglés pendiente del año anterior y algunos apenas sabían nada al empezar el curso.

Corregimos deberes. Casi todos los han hecho. Se trataba de un tipo test que repasaba varios temas, y lo corregimos oralmente. Trabajamos con el libro de texto digital sobre un proyector y eso facilita mucho la corrección y la lectura. Tengo que decir una y otra vez (y otra, y otra) que no quiero que me digan solo la respuesta, sino que lean una frase entera cada uno. Suelen leer las palabras de una en una, haciendo largas pausas y esperando que corrija su pronunciación entre palabra y palabra. Hago dos interrupciones: una para reñir a uno que bromea con que una chica es demasiado “de pueblo” para pronunciar bien y otra con un chico que se atasca y lee no con acento español, sino cambiando casi todas las consonantes. “A packet of crisps” se convierte en “A pascket osh crip”. Le hago repetir después de mí, pero se atasca y además habla cada vez más bajo. Lo dejo cuando los demás se ríen. Cuando terminamos de corregir, explico en español un concepto gramatical que no han acabado de entender en uso, hacemos dos ejercicios, pongo más deberes, y me voy un minuto antes de que toque el timbre. Dejarlos solos está prohibidísimo, pero tengo que ir a poner un examen en 2º.

En el pasillo, la jefa de estudios me avisa de que en el recreo va a venir el padre de un niño al que sancioné la semana pasada por una pelea. Eso significa que no voy a poder abrir la biblioteca hasta que resuelva la situación.

Cuando llego a segundo, no han separado las mesas para hacer el examen. No tienen ninguna prisa. Se separan, reparto los fáciles primero y el otro (que jamás llamo “examen normal”) después. Doy instrucciones detalladas en español sobre las preguntas. Me preguntan unas diez veces cómo se hace una de ellas, para mí muy sencilla. Después de que toque el timbre, un niño me dice que no consigue entrar con su usuario y contraseña en el “aula virtual” del instituto. Le digo que ahora mismo no lo puedo resolver.

Clase en 1º. También deberes, un test parecido. Lo han hecho dos tercios de la clase y van leyendo cada uno una frasecita entera sin problemas, menos uno o dos alumnos que también ponen consonantes de más que ni están ahí ni son más fáciles en español. “Do birds…?” es “don bet”. Cuando terminamos con el test, sobran 20 minutos. Mi idea es introducir rápidamente una lista de vocabulario con rutinas diarias y a continuación hacer una actividad comunicativa sobre las mismas, pero no hay manera. Tengo que mandar callar tantísimas veces que tengo el tiempo justo de comprobar que entienden el vocabulario que he dado. Pongo deberes e insisto una y otra vez que si los mando es porque hacer deberes es más útil que estudiar teoría para el examen del viernes.

Recreo. Salgo a la carrera a hablar con el padre que no acepta la versión que hemos dado sobre la pelea de la semana pasada. Nos reunimos en un despacho los dos implicados, el padre, dos testigos, la Jefa de Estudios y yo. Resolvemos lo que se deja resolver; mientras tanto, son menos diez y no he abierto la biblioteca. Engullo una de mis magdalenas por el pasillo y abro; hay un corrillo esperando pacientemente, el niño de la duda informática y mis ayudantes. A las ayudantes las pongo a recolocar los libros que están fuera de sitio. Al niño no lo puedo ayudar, porque en la biblioteca internet funciona solo a ratos.

Examen. Otro grupo sin ninguna prisa por colocar las mesas en filas. Le digo a una alumna angloparlante que solo tiene que hacer dos preguntas del examen (la comprensión lectora y la redacción). Cuando por fin se colocan y reparto exámenes, miro a ver el problema informático del niño. Lo resuelvo. Un niño dice “el examen que tenemos la mayoría“. Disfruto de mi momentáneo triunfo sobre la palabra “normal”. Terminamos sin incidentes y me voy a mi última clase.

Primero. La clase va peor que la que tuve antes del recreo. Casi nadie ha hecho los deberes, así que hacemos el ejercicio ahora. Hay uno o dos niños con ese problema que les lleva a inventarse consonantes. No funciona decirles que repitan después de mí, ni escribir transcripciones fonéticas en la pizarra. La clase está un poco revoltosa y tengo que mandar callar muchas veces. No oigo bien a los que están dándome soluciones al ejercicio, ya sea porque me hablan demasiado bajo o porque hay varios grupitos charlando con el compañero. Pongo puntos negativos. Por una razón o por otra, me quedo corta y no consigo terminar la introducción del vocabulario que sí trabajé en la otra clase.

En una clase de cuyo nombre no quiero acordarme hay una alumna con una discapacidad que le impide llevar el ritmo de la clase, ni siquiera simplificado. Sale al “Aula de Apoyo” la mitad de mis horas, así que la tarea que suele realizar conmigo no tiene nada que ver con el resto. Lee en español libros infantiles y juveniles que escojo para que aprenda algo sobre la cultura anglosajona; ahora está con Las Brujas de Roald Dahl. Cuando no entiende una palabra suelta, me pregunta e interrumpo lo que haga con los demás para explicárselo. Es muy poco frecuente salirnos tanto de lo establecido, pero creo que esta adaptación es más enriquecedora para ella que hacer ejercicios de inglés de nivel Primaria. Es un caso extremo de adaptación y al departamento de Orientación le parece adecuado.

Salgo tarde, porque tres personas tienen que hablarme de distintos papeleos.

Voy a comer a casa y vuelvo porque tengo citadas a tres familias. Dos de ellas me dan plantón. A la tercera, le digo que más que hablar conmigo hoy le interesa asistir a una reunión que coordina la Orientadora. Me paso la mayor parte de esa hora corrigiendo exámenes.

Llegada a casa, priorizo dos tareas: apunto en la hoja de cálculo de las calificaciones cosas que andan en papelillos sueltos, y empiezo a diseñar un examen para 1º de ESO. ¿Que por qué papelillos sueltos? Porque no uso “cuaderno del profesor”, solo la hoja de cálculo, y en 2 de las 5 aulas no hay ordenador.

Horas lectivas: 5.
Horas no lectivas: 1.30
Horas reales trabajadas: 8.

Los adolescentes, sus opiniones, y la búsqueda de la verdad.

PHOTO_20141111_135900Ante las preguntas “¿qué es la poesía? ¿de qué trata?” las respuestas incluyen “me parece…”. La importancia de la subjetividad.

El primer conocimiento teórico que recibes si estudias psicología o pedagogía del adolescente es que se trata de una fase de la vida en la que se pasa de los padres como referencia vital, al grupo de amigos. Esto, que es cierto, se queda muy corto para entender qué pasa por esas cabecitas y cómo es su manera de razonar. Lo que sigue es producto de algunos años de tratar con estudiantes de la ESO, y de observar cómo van madurando.

A 1º de la ESO llegan con doce años. A esta edad, aún son muy niños, y la fuente del conocimiento suele ser externa. Esto no significa que sean siempre los padres; la segunda es la televisión, y la tercera que puedo identificar son los maestros del curso anterior. Los niños y niñas de esa edad no suelen citar a la autoridad en la que se apoyan, y es raro que digan “pues mi padre dice que la pena de muerte es buena idea”, “en China la gente come perro,  lo he visto por la tele”, o “voy a seguir escribiendo en lápiz porque lo prefería mi maestra del año pasado”. Es muy poco frecuente. Más bien presentan con convicción, como si fueran opiniones originales suyas, ideas propias del mundo adulto. Esto es especialmente llamativo cuando hablan de política: nadie que haya nacido este siglo puede tener ideas propias sobre los presidentes Aznar y Zapatero, pero yo las he oído repetidas veces en clase de 1º de ESO. Cuando les contradigo, algo que ocurre en mis clases sobre todo al opinar sobre los estilos de vida de países extranjeros y culturas lejanas, se lo toman como algo personal. Ese deseo de tener absolutos hace que en ocasiones lleven mal cuestiones como la polisemia (“esta palabra no significa lo que tú dices, significa lo que yo ya sabía antes y nada más”), y la sinonimia (“ese concepto no se nombra como tú dices, se nombra como digo yo”).

Una consecuencia pedagógica de esta manera de pensar es que el estudiante desea que la fuente del conocimiento sea única y coherente. He observado restos en estudiantes universitarios, a los que desagradaba tener un libro de consulta y además fotocopias: no les molestaba la cantidad, sino la diversidad de fuentes. En la ESO tengo alumnos que quieren que el libro sea fuente única, no suplementada o sustituida por otras. Luego se lo pasan bien, pero el inicio es una enorme confusión. Esta fase también hace imposible el debate. Primero porque no se escuchan entre ellos (todo debate es la suma de veinte diálogos con la profesora) y segundo, porque su intención es aprender o defender La Verdad. Los alumnos que no han salido de esta etapa tienen preferencia por la memorización y la forma de sacarlos de ese “atasco” de forma gradual es enseñarles procesos mecánicos y sencillos que lleven a resultados creativos, desde resumir a componer redacciones a partir de una fórmula.

Para ir facilitando un pensamiento más amplio, una estrategia útil es mostrar ejemplos concretos en los que varias opciones son correctas. Esto se puede hacer con cuestiones prácticas del día a día de la clase, con las técnicas de estudio, con cómo contar un cuento, o con cómo resolver un problema práctico en plástica o tecnología.

La siguiente fase es el descubrimiento de la opinión propia. Generalmente, no llega antes de los catorce años, a veces después. Lentamente, el niño o niña que ha descubierto contradicciones entre sus padres, la televisión, sus profesores y sus amigos, alcanza un punto de madurez suficiente como para entender que es posible convivir con opiniones variadas. Eso produce una serie de confusiones, entre las que destaca otorgar igual valor a hecho, opinión y experiencia personal. También la idea de que todas las opiniones son válidas, y la de “tengo derecho a dar mi opinión”. No solo a tenerla: a darla, en cualquier momento, en cualquier lugar y a cualquier interlocutor. El trabajo de clase para distinguir experiencia personal, opinión, hipótesis, hecho, error, y demás ideas que un adulto debería tener claras, a veces es útil pero otras es contraproducente si nos centramos en los momentos en los que el alumnado se equivoca, porque tenemos intereses distintos de los suyos. El profesor que realiza esas distinciones respeta a un alumno al que considera inteligente y capacitado para razonar hasta llegar al conocimiento, y el adolescente oye a un adulto que busca humillarlo y despreciar lo más valioso que tiene, que es una opinión independiente.

Sí es muy necesario distinguir en un ambiente relajado entre “derecho a ser respetado” (siempre), “derecho a tener una opinión” (ya veremos si te saco de tus errores) y “derecho a dar esa opinión”. Si tenemos clases abiertas, en las que se puede opinar o debatir, habrá que insistir en que hay tiempos para ello y tiempos para que el profesor retome el mando, considere cerrado el debate, cambie de tema… y a veces habrá que decir que hay opiniones que es inadecuado dar en un aula.

Podemos aprovechar de manera didáctica el gusto por el debate de los alumnos en esta fase con trabajos abiertos, requiriendo que justifiquen sus puntos de vista y que planteen los inconvenientes de cualquier posición que defiendan. Es el momento de recurrir a métodos de trabajo más rigurosos y científicos que los sencillos y mecánicos de la fase anterior. En asignaturas de Humanidades, ello incluirá el comentario de texto, defender las ventajas e inconvenientes de una posición, distinguir entre distintas fuentes de conocimiento y su valor (libros, páginas web, etc.). La explicación de las falacias lógicas puede resultar muy útil también: no las van a utilizar aún para analizar sus propios razonamientos, pero las van a comprender. Los criterios de evaluación de las tareas abiertas deben estar clarísimos y nunca debe parecer que la nota depende de estar de acuerdo con el profesor, tanto por escrito como oralmente (“el profesor me tiene manía porque en un debate….”).

Una actividad avanzada para estos alumnos es la evaluación de sus compañeros. Les parece que o todo el mundo puede tener razón, o que tener razón es estar de acuerdo con ellos.

La siguiente fase no me la encuentro en la ESO, a veces sí en Bachillerato, y es de inseguridad respecto a cómo integrar el conjunto de opiniones y datos que antes se tomaban como válidos con independencia de todo cuestionamiento. Pasar del relativismo interesado, del “es mi opinión y tienes que respetarla” a “vale, hay opiniones que no son correctas, pero ¿cómo las puedo distinguir?” es un salto inmenso. Podemos observar algo que parece una regresión a la primera fase en la aceptación del profesor o de otras fuentes académicas como figuras de autoridad suprema, pero no es tal regresión porque el estudiante es muy capaz de ser consciente del proceso ignorancia -> datos -> el profesor tiene mayor prestigio -> yo acepto esa opinión y me la quedo tras analizarla contrastándola con otras. El niño de doce años, en cambio, adopta acríticamente una idea y la asume como propia sin más.

Este es el momento de trabajar todas las ideas expuestas en la sección anterior sobre qué maneras de adquirir conocimiento son válidas. Ahora la diferencia entre dato y opinión sí que va a ser bien recibida. Están listos para comprender el valor de la estadística, también. Es vital tener acceso a fuentes de conocimiento variadas y de alta calidad: saber utilizar Internet, bases de datos técnicas y bibliotecas.

Superar esa inseguridad nos lleva a la cuarta fase, la plenamente adulta y madura. Es una etapa en la que el estudiante tiene confianza en su capacidad de utilizar una variedad de métodos para llegar a la verdad y detectar la falsedad y el error. Eso no quiere decir que todos los adultos la alcancen ni muchísimo menos, pero una educación inteligente puede acompañar hacia esta clase de madurez. En caso contrario, nos encontraremos con adultos fluctuantes entre la primera y la segunda fase: adoptando sin criterio ideas ajenas como propias y refugiándose ante la menor contradicción en el supuesto valor de opiniones infundadas. No imagino peor naufragio.

Este resumen de las fases del desarrollo cognitivo en la adolescencia se basa en notas de Elise West, que las aplica a jóvenes en edad universitaria.