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Romanticismo y sorpresas.

Tengo una amiga, A (de anónima), y ella tiene otra amiga, M (de más anónima) y un compañero, P (de Pesado). Han quedado juntos en un grupo grande dos o tres veces, y P tiene interés en ver más a M, que no es del todo consciente de lo que hay. Sí, ya sé que suena un poco adolescente, pero creedme, es verdad. la semana pasada, P le comentó a A que pensaba ir por sorpresa a un partido de M, que practica un deporte de competición. A le dijo que a M no le gustaría una visita sorpresa, por muchos motivos entre los que están que la competición es tensa, que es una ocasión de estar con las amigas, y que si están apenas empezando a tantear sus sentimientos, sorprenderla sería agobiarla. A esto, P reaccionó muy mal. Se enfadó, dijo que los sentimientos deben expresarse con espontaneidad, y al mismo tiempo negó toda intención romántica respecto a M.

En este blog ya se ha hablado de que los piropos son una invasión del espacio de las mujeres. Ahora hablo de otra cosa considerada romántica y que es en realidad una falta de educación: las sorpresas románticas, las visitas sin avisar, especialmente de alguien a quien conocemos poco. El novio reciente que viene a verte inesperadamente a tu lugar de trabajo o estudios.

Habrá mujeres a las que les guste esto, pero es en principio una mala idea. Veamos algunos motivos. El primero, nuestra seguridad. Tú tienes unas intenciones de lo más caballerosas, pero una chica que te conoce poco no puede distinguir tu actitud de una conducta muy frecuente en acosadores, ex-novios cabrones y otra gente peligrosa. ¿Te parece que exageramos? Luego no digas que no sabemos calar a los malotes, porque una señal fácil de detectar de los hombres con los que no se puede tener una relación pacífica es que son demasiado impulsivos.

El segundo, que es de mala educación pensar que nuestro tiempo está a tu servicio, que hasta que no llegues no vamos a tener nada que hacer. En nuestro caso, M a lo mejor ha quedado con otras personas a celebrar la victoria, si gana. La chica a la que vas a ver a la salida del trabajo a lo mejor quiere ir al gimnasio, a la peluquería, a casa a poner los pies en alto, o a cualquier otro plan que no incluya sonreírte. Piénsalo en masculino. ¿Harías lo mismo con un hombre con el que tuvieras el mismo grado de confianza, es decir, te presentarías te visita proponiendo un plan divertido sin avisar? ¿A que no? Claro, porque es una intromisión en su vida privada, por apasionante que sea el plan que has hecho.

Otro más es que a lo mejor queremos estar mentalizadas cuando aparezcas. Queremos arreglarnos, o tener en cuenta que si vas a venir con la moto mejor nos ponemos pantalones, avisar a alguien de dónde vamos a estar y cuándo volvemos, en fin, prepararnos. Igual hoy le duele la cabeza y no tiene ganas de ver a nadie.

Volvamos a mis A, M y P. P defiende la espontaneidad, pero él no es espontáneo: está preparando con antelación sorprender a M. Exige que M sea espontánea cuando él llegue. La visita romántica sorpresa requiere preparación para encontrar a una mujer de hábitos predecibles (¿qué pasa si cuando llegas no está? Conozco a alguien a quien le montaron una bronca por eso), que no tiene mada mejor que hacer que dejarse llevar sumisamente, en lo que a ti te parece espontaneidad, por tus planes cuidadosamente trazados. La espontaneidad es lo que pasa cuando ya estáis juntos y ella se lo pasa tan bien que uno de los dos propone algo nuevo, no lo que tú organizas antes de verla. Esto también sirve online, claro, como un chateo que se convierte en “oye, ¿y por qué no quedamos ahora mismo?”, siempre y cuando estés dispuesto a aceptar un no.

Así que en este mundo moderno en el que contamos con mil canales de comunicación, no des sorpresas. Avisa de que te apetece quedar. Y por supuesto, acepta un “hoy no me viene bien”. Es lo mínimo.

Sobre acoso escolar.

Empecemos con las malas noticias: nadie sabe arreglar el acoso escolar. De verdad. Si tuviéramos soluciones las habríamos aplicado. No hay sistema educativo del mundo que haya descubierto El Secreto, el protocolo post-acoso que siempre funciona. Si leéis “En Finlandia se crea la figura del blabliblú”, lo que yo leo es “en Finlandia también hay acoso”. Quien dice Finlandia dice El Colegio Santa María Donde Usan Ipads y Son Tan Modernos Que No Tienen Ni Paredes. Como con otras cosas, lo que sí puede funcionar es prevenir, aunque es difícil porque en lugar de un protocolo que aplicas a casos individuales, como si de una enfermedad se tratara, debe ser un hábito permanente.

El rasgo más importante es el más difícil de conseguir: tener una sociedad igualitaria, sin discriminaciones. Cuando más igualitaria la sociedad, menos acoso, y esto vale para el colegio, el trabajo y la calle. Los acosadores buscan impunidad, y atacar a gente en desventaja queda impune en las sociedades donde la discriminación y la desigualdad son grandes. Como crear esta sociedad se nos queda grande, consigamos que lo igualitario sean los centros educativos. Esto lo puedes conseguir desde el Ministerio de Educación hasta la Dirección de un colegio, cada uno en su ámbito.

Hay medidas en el entorno escolar que no siempre son fáciles de adoptar, porque dependen de la construcción del edificio, la disponibilidad de aulas y las guardias del profesorado: crear ambientes acogedores y al mismo tiempo vigilados. Que no haya rincones donde esconderse, y que haya lugares acogedores para los niños más vulnerables (por ejemplo, abrir la biblioteca en los recreos). Que sea fácil para los profesores ir de una clase a la siguiente sin dejar que pasen 5-10 minutos. Y así.

Entremos en el aula. La víctima de acoso o de maltrato psicológico está atrapada en una situación de la que suele desconocer “la teoría”, es decir, las dinámicas que la alimentan, cómo funciona la mente de su agresor… a él o ella le maltratan, le aíslan, y eso es todo. Un mensaje tan sencillo como “el acoso es culpa del que acosa. Son predadores. Si no estuvieras tú, irían a por el gordo o la de gafas”, NO es obvio. He visto muchas caras de sorpresa al decírselo a chicos y chicas que habían sufrido acoso. Por eso, ese sencillo mensaje (“el acoso responde a una tara del acosador”) debe repetirse de manera verbal, explícita, frecuente, en grupos y en privado.

El segundo mensaje que los niños necesitan oír hasta que se les quede es “la diferencia entre el acoso y una pelea es la repetición. Vuelve y me lo cuentas si se repite”. Esto lo tienen que oír los agresores, reales o potenciales, porque hay chicos (y chicas) que realmente no son conscientes de la gravedad de sus actos. Como cualquier otro maltratador, por otra parte, sólo que ellos son pequeños y todavía son educables en la mayoría de los casos. Es el único punto donde un “es que son cosas de críos” es cierta: el niño, a veces, no ve la diferencia entre pelearse con su amigo e insultar a Pepe El De Las Gafas porque a veces y al principio es una cuestión de frecuencia y proporción.

Para que una víctima te crea cuando le dices “me lo cuentas si se repite” tienes que haber creado confianza primero. Ya ha roto un tabú pidiendo ayuda; ahora tiene que creer que no le estás dando largas. Es importante crear un clima de cercanía y que se note que somos sinceros. Y los profesores, para saber si se repite, tenemos q estar en contacto, porque el niño quizá ha preferido hablar con su profesor favorito o con un testigo de una agresión en lugar de con su tutor. La comunicación niño-> tutor-> equipo educativo-> jefatura-> tutor del agresor tiene que ser fluida.

He dicho que a veces el agresor no es consciente de la gravedad de sus actos, o no vas a conseguir que la admita, que para el caso es lo mismo. Eso sí, las víctimas sí que distinguen pero que muy bien una pelea o broma de un acoso. Este es un tema en el que muy rara vez hay exageraciones o “denuncias falsas”. A veces sí hay un poco de timidez extra, o una situación de aislamiento previa que hace a los alumnos más sensibles o más vulnerables, así que un trabajo extra para el profesorado es darnos prisa en facilitar las habilidades sociales de quienes se sienten inseguros, la creación de amistades del alumno nuevo, etc. Es una pésima idea dejar “que espabilen solos” a los que puedan ser vulnerables aunque nos parezca que “todavía” no hay acoso real. Supongamos que hay un alumno vulnerable y un caso apenas comenzado; si hemos intervenido a tiempo, simplemente difundir toda la información relevante a todos los implicados (familias, tutor, decirle a los agresores que los tenemos calados) puede bastar porque ese niño debería contar con otros para que no se lo aísle.

Por supuesto, si hay un chico vulnerable o ya acosado lo que no debemos hacer nunca es participar nunca en una broma en su contra, por inofensiva que nos parezca, ni llamar la atención sobre él o ella, o hacer cualquier cosa que contribuya a aislarlo. Tampoco debemos decir nunca que “no queremos enterarnos” de algo. Una situación que vi y que me han contado mucho de la escuela de los años 80 (qué tiempos aquellos) era el profesor que repetía “no quiero saber nada de lo que ocurra fuera del horario escolar o fuera del centro”. Eso era en la práctica una provocación para trasladar lo peor del acoso al camino de vuelta a casa, que funcionaba muy bien si lo que el profesor quería era fomentar la violencia.

Para los agresores tenemos pocas medidas, sobre todo si no hay agresiones físicas o si todo es difícil de demostrar. Es bueno hablar con las familias para que nadie pueda decir que no sabía lo que estaba ocurriendo, incluso si nos va a suponer una escena desagradable. Es importante saber de antemano que los niños agresores no tienen rasgos en común: lo puede hacer cualquiera. Diría que los que están aislados no, porque hace falta el apoyo de la masa, así que fíate menos de los chicos populares y de las pandillas, pero hasta ahí.

Casi todas las conversaciones que he tenido sobre acoso escolar con no docentes (familias, adultos que fueron víctimas de pequeños…) se centran en cómo sancionar o cómo reparar los casos más graves. Las medidas más extremas en contra de los acosadores, como expulsarlos del centro, no sirven para mucho: deben estar escolarizados, así que los trasladas a otro centro, donde otra Jefatura, otro tutor, y otro Pepe el de las Gafas tendrá que bregar con ellos. Medidas como el internamiento en un centro de menores son más una fantasía de venganza que algo realizable; además supondría hacer cambios muy profundos en la ley, no algo que podamos hacer desde los centros.

Este post me sabe a poco; me gustaría poder decir “para prevenir el acoso hay que decir Esta Fórmula Mágica, y para arreglarlo si se produce, Cágima Lámufor Taes”. Pero no. Hay que decir, todos los días, muchas veces, las mismas obviedades. Y ni así.

 

 

 

 

Advertencias, lugares seguros y aprendizaje.

En los últimos años, han llegado a España ecos y juegos del teléfono roto de una tendencia en las universidades norteamericanas:  discutir si parte del contenido de carreras universitarias, especialmente de Humanidades, deben tener en cuenta que en ocasiones el temario de las asignaturas puede herir las sensibilidades de los alumnos. Suele saltar a las noticias cuando algún estudiante o grupo de ellos se niega a tratar una parte del temario, una medida extrema y con la que no estoy en absoluto de acuerdo.

No voy a comentar las medidas concretas que haya tomado un departamento o universidad, sino a exponer cuáles son algunas quejas habituales y de qué forma podrían resolverse los problemas que tenemos ahora. Voy a hablar de tres cuestiones: inclusividad de los temarios, avisos de contenido y lugares seguros.

Llevamos algunos años, décadas quizá, teniendo debates a nivel no universitario sobre cómo hacer la escuela más inclusiva. Más diversa en teoría no hace falta, porque de los 5 a los diecimuchos presuponemos que la gente esté escolarizada, y de lo que se trata es de educar sin adoctrinar, sin menguar. Permitir que todo el mundo se sienta aceptado. Esto ha sido positivo para la escolarización de los más pobres, y para la mejora de la educación de las mujeres (en este caso de las niñas). Tiene sus efectos no del todo positivos, como la creencia de que “todas las opiniones son válidas” de la que ya he hablado aquí. La alternativa es peor.

También surgen de vez en cuando pequeños escándalos cuando los libros de texto preuniversitarios son sexistas, homófobos, o manipulan datos históricos. En un primer nivel, lo que se busca con la inclusividad a nivel universitario es lo mismo. Una vez conseguido que los libros no digan mentiras (ni los profesores), el siguiente paso es conseguir una mayor inclusión de los grupos o colectivos que hayan estado excluidos o poco tratados anteriormente. En España se trataría solamente de los temarios, pero en países como Estados Unidos, donde te vas a vivir a la universidad y por eso hay muchas actividades de ocio y culturales, tiene un alcance más amplio. Evidentemente, si metes una semana de clase para tratar a poetisas del siglo XVII vas a tener que sacar a uno de los autores hombres, y el titular va a ser “En la Universidad de Villa Grande se puede estudiar Arte sin estudiar a Autor Super Importante”. Veréis, si metes una cosa nueva tienes que sacar una vieja o arriesgarte a que tratemos superficialmente las dos. También podemos confiar en que los estudiantes saben usar una bibliografía crítica y una biblioteca.

La siguiente cuestión es la de los avisos de contenido, o trigger warnings. Es el problema estrella, el que se usa para representar el resto, y sinceramente, soy incapaz de entender por qué. Se trata de algo tan sencillo como avisar, en clase o por escrito (por ejemplo, si los alumnos reciben una fotocopia al principio del curso con el plan semanal de la asignatura), de que determinados contenidos que se van a tratar pueden herir sensibilidades, ya sea en la teoría o en el debate en clase. Los ejemplos que suelen darse en la prensa están relacionados con violencia sexual, ya sea en literatura, al estudiar Derecho Penal, en Ciencias de la Salud… También los he visto con menor frecuencia en cuestiones de violencia contra minorías, con el suicidio, temas así, duros.

Cuando alguien decide estudiar Derecho sabe que va a haber Derecho Penal, terrorismo, cuestiones sobre los límites de la vida, etc. Y qué decir si estudiamos cualquier carrera sanitaria. Sería poco factible y bastante absurdo hacer avisos de contenido en situaciones así, salvo quizá si se van a tratar materias especialmente escabrosas, casos prácticos basados en hechos reales, vídeos, etc. Si quieres ser médico o trabajador social te vas  encontrar cosas igual de horribles en persona. Por ello los avisos donde pueden ser útiles de verdad es en aquellos estudios en los que los contenidos sensibles sean tangenciales o puntuales; por ejemplo, al leer Otello o al estudiar una asignatura de periodismo en la que se hable de reportajes de guerra o en crisis humanitarias.

¿Para quién son los avisos de contenido? Estoy de acuerdo en que entender que se dirigen al público general es infantilizar a los estudiantes universitarios. La mayoría de los jóvenes de diecimuchos son capaces de ver las noticias y discutir temas dolorosos sin venirse abajo. Mi enfoque personal va dirigido a aquellos que tienen algún problema psicológico o han vivido la clase de temas a los que me refiero. Para las personas que han sufrido un trauma, estar sobre aviso de que se les viene encima una situación relacionada puede servir muchos propósitos, como por ejemplo:

  • Aliviar una sorpresa desagradable. Solamente estar avisado ya amortigua.
  • No ponerse a estudiar en un momento de cansancio o tristeza sino mentalizándose primero.
  • Estudiar en compañía si preferimos hablar de cómo nos hace reaccionar la lectura, o a solas si creemos que nos va a afectar fuertemente (la verdad es que a mí me pasaba algo así con algunas lecturas relacionadas con mi tesis; planeaba poder hcer algo relajante y distraído después de leer porque sabía que se me iba a quedar el cuerpo malo).
  • Programar citas con el psicólogo alrededor de las fechas en las que se va a hablar de temas desagradables en clase.
  • Pedir una tutoría con el profesor para comentarle que el tema es tan desagradable que preferiríamos que no nos señalara para hablar en un debate. O incluso lo contrario, decir que tenemos experiencia personal y podríamos aportar un punto de vista no esperado.

Es decir: un aviso de contenido en un contexto académico sirve, sobre todo, para que personas que encuentran ciertos temas muy duros puedan planear cómo amortiguar el estrés que prevén que les va a provocar. Quejarse de una petición de trigger warnings es pensar que estudiar debe incluir llevarse sorpresas desagradables, o confundirlas con una petición de que el tema no se estudie. No hay más.

Por último, están los “lugares seguros”. Esta expresión no me gusta porque es demasiado amplia y cabe en ella cualquier cosa. Se trataría de la expresión en la dinámica de clase de la inclusividad que hemos tratado en primer término: conseguir que un aula sea un lugar en el que todos los participantes se sientan respetados, cómodos, no amenazados, y con dereho a participar (si la clase es un debate). Esto debería ser el grado cero del aprendizaje, pero incluso formulado en unos términos tan neutros, algunos parecen creer que se refiere a que los alumnos buscan el nivel de apoyo propio de las aulas de Primaria. Traduzco un fragmento de la carta que la Universidad de Chicago ha enviado a sus alumnos de primer curso de este año:

Esperamos que los miembros de nuestra comunidad participen en un debate riguroso, que discutan, y que a veces haya desacuerdo. A veces esto puede ser un desafío o incluso haceros sentir incómodos.

Nuestro compromiso con la libertad académica significa que no apoyamos los mal llamados “avisos de contenido” (…) y no aprobamos la creación de “lugares seguros” intelectuales en los que los individuos se puedan aislar de ideas y perspectivas contrarias a las suyas. 

Mi pregunta es: ¿en qué afecta un aviso de contenido a la libertad de expresión? ¿Por qué se asume que un “lugar seguro” en un contexto académico consiste en eximir a los estudiantes de trabajar contenidos concretos? Se asume que el problema son “cosas con las que el alumno está en desacuerdo”, y que el estrés que los alumnos van a sufrir se debe a que van descubrir que, vaya, no todo el mundo es tan amable como los profesores del instituto y que aquí no se sobreentiende que todo el mundo puede dar su opinión. Que cuando das tu opinión, te la devuelven toda machacada.

Fuera de las aulas, el término “safe space” se ha utilizado para la creación de asociaciones o grupos informales de todo tipo de minorías. Las universidades americanas siempre han sido muy activas en esta cuestión; la fraternidad aún activa más antigua se fundó en 1776. Sin embargo, solo la creación de clubs feministas, LGBT, de minorías raciales, etc., ha recibido la crítica de que “en ellas no hay libertad de expresión”.

Como en este blog nos encanta dar consejos, basado en mi experiencia como alumna aquí van unos cuantos sobre cómo hacer un aula universitaria (o para adultos) un lugar seguro según mi definición.

  1. Deja muy claro al principio del curso (sobre todo en primer ciclo) que no todas las opiniones son válidas y sobre todo, por qué.
  2. No utilices el sarcasmo contra tus alumnos, ni lo permitas. Sé respetuoso.
  3. Asume que tu alumnado tiene una experiencia vital muy distinta de la tuya y que aunque ello puede afectar a su aprendizaje, no los hará peores estudiantes.
  4. Asume que a veces vais a tratar contenidos que los alumnos han experimentado, o visto de cerca. Los más horribles también. Y las más raras.
  5. Da margen para circunstancias personales extraordinarias. Ten criterios para entregar cosas tarde, para la ausencia justificada, etc.
  6. Infórmate sobre las necesidades de los estudiantes con discapacidad.

Un poco de empatía no debería impedir la libertad académica, sino crear un ambiente estimulante que facilite la discusión y el aprendizaje de los temas más espinosos.

 

¿Sirve al feminismo que las mujeres lleguen al poder?

Un encuentro de la Unión Europea en Alemania, 2013.
Un encuentro de la Unión Europea en Alemania, 2013.

Cuando una mujer obtiene poder político, a veces se celebra como si fuera un triunfo de todas. Otras veces tenemos a los medios de comunicación y a los políticos ocupados con las cuotas para mujeres y con las listas cremallera. Se discute sobre si eso es positivo para las instituciones que lo practican, o si es justo. Es de justicia que las mujeres lleguen al poder y no discuto eso, sino algo más profundo: ¿beneficia al conjunto de la sociedad, o de las mujeres, que haya algunas en posiciones de poder político o económico? Veamos algunos de los argumentos que he escuchado alguna vez.

1. Las mujeres en el poder son como mínimo un síntoma de que se ha alcanzado la igualdad ante la ley, aunque luego socialmente se comentan todo tipo de discriminaciones e injusticias.
Bueno… esto es verdad. A menos que el cargo sea heredado. Ser la hija del rey, del ministro o del empresario, que tienen poder para cambiar o retorcer las leyes, puede conceder muchas ventajas respecto al conjunto de las mujeres y no “abrir camino” para nadie más. Antes de alegrarnos por la situación de ninguna mujer concreta, habría que preguntarse si la pusieron donde están sus relaciones familiares. En tal caso, no se trata de un logro “para la mujer” en absoluto. Te recomiendo comprobar cuántas de las mujeres más ricas del mundo lo son por herencia, ahí está la lista Forbes.

En cualquier caso, la llegada al poder por méritos propios de mujeres en un sistema democrático y con igualdad ante la ley es síntoma de que algunas mujeres han sido capaces de sortear las zancadillas que la vida les ha puesto a ellas y a las demás, ya sean en forma de discriminaciones directas, acoso, dificultades para trabajar y cumplir a la vez con otras obligaciones, etc. No quiere decir que esos obstáculos hayan desaparecido, ni que vayan a desaparecer, ni que otras mujeres tengan sus estrategias o su suerte.

2. Las mujeres con poder son más sensibles que los hombres. Más “femeninas”. Más colaboradoras, menos autoritarias.
Esto es una estupidez. A las mujeres se nos educa en eso, hasta ahí es verdad. Pero no todas somos así. Y cuando no lo somos, cuando una mujer es “dura”, se enfrenta a acusaciones de que no es una “verdadera mujer”. Una mujer no es lo que tú digas, ni lo que se ajuste a tu concepto de feminidad. Hay libros y debate sobre esto, pero no existe la ética femenina, la sensibilidad femenina, ni ninguna de esas patochadas que nos han hecho creer. Si fuera así, no habrían existido ni Isabel Bathory, ni Bloody Mary, ni Pilar Primo de Rivera, ni las monjas que torturaban niños en orfanatos franquistas. Ni Christine Lagarde. Todas estas son tan mujeres como la que más.

3. Bueno va, pero contribuyen a la conciliación. Y les preocupan los temas “femeninos”. Tienen más empatía con las “cosas de mujeres”.
Perdonadme que recurra al estereotipo más fácil. La medida que hizo famosa a Margaret Thatcher como ministra de Educación fue eliminar un suministro de leche gratis en los colegios. Y además del conjunto de su carrera, está la famosa declaración de que “la sociedad no existe. Hay hombres y mujeres individuales, y luego hay familias”, que en contexto quería decir que el Estado no tiene la obligación de velar por nadie, ni por los más débiles ni por nadie. La carrera entera de Margaret Thatcher es una demostración de que esa empatía y preocupación está subordinada a las ideas políticas previas. También dijo que no le debía nada al feminismo; la mayoría de la gente piensa que se ha ganado lo que tienen por sus propios logros individuales, y las mujeres poderosas no son la excepción.

Otro ejemplo más cercano son las diputadas del Partido Popular que votaron a favor de una ley del aborto que nos habría obligado a llevar a término y parir en todos los casos de malformación, incluidos los más graves, y dijeron que eso era apoyo a la maternidad. Hasta aquí la empatía y la solidaridad.

Sobre contribuir a la conciliación y demás problemas asociados a la mujer: la realidad es que las mujeres ricas lo tienen más fácil. Han podido pagar cuidados para sus hijos, han tenido familias que las han apoyado (si no, difícilmente estarían donde están), y luego llaman “organización” a renunciar al permiso de maternidad y a seguir trabajando quince horas diarias. Ojo, no critico: que cada una se organice como quiera y pueda. Solo que este estilo de vida desmiente que tener mujeres en puestos de poder contribuya a una mayor sensibilidad hacia los problemas de las demás.

Hay muchos ejemplos de países donde la participación política de las mujeres es alta y su desigualdad económico-laboral, también.

4. Ver que hay mujeres en el poder inspira respeto a los hombres porque demuestra que las mujeres pueden ser sus iguales o sus superiores. Ya no somos muñequitas sumisas.
Algunos países con participación política de las mujeres superior a la española (en términos relativos, comparadas con los hombres), son Nicaragua, Bolivia, Sudáfrica, India y Bangladesh. No parece que la existencia de mujeres poderosas influyan mucho en esos países, particularmente en los dos últimos, a la hora de respetar a las mujeres.

5. Que haya mujeres en el poder es un triunfo de todas que inspira solidaridad. Es un motivo de alegría porque es una de las nuestras.
No para mí, ya que estamos hablando de la pura subjetividad. Que haya mujeres capaces de reducir los salarios, de aumentar la desigualdad, de explotar laboralmente a otras mujeres, y así, no me llena de orgullo sino de desconfianza. Los mayores problemas de las mujeres están relacionados con la pobreza, la falta de independencia económica y la conciliación de todas nuestras obligaciones, y no veo que las mujeres con poder económico hagan nada por remediar esto. No son de las nuestras.

6. Las mujeres en el poder son un estímulo a las que vienen detrás. Ver que hay mujeres que mandan inspira a las niñas y jóvenes.
Pues no lo sé. A lo mejor. Sí que contribuye a la normalización. Esas fotos con 20 trajes grises y una sola chaqueta de color son muy tristes. Pero la foto con doce trajes grises y ocho chaquetas de colores es solo eso: una foto.

No al feminismo de la foto.

 

Interrupciones

Empieza como un murmullo muy suave y muy corto. Se repite con un poco más de volumen. El lenguaje corporal indica nerviosismo y desinterés. Más ruido. Tras un tiempo que pueden ser unos segundos o varios minutos, termina el crescendo, levísimo siempre, justo en el límite de ser molesto. El niño por fin ha conseguido que un compañero de clase, a escondidas, le diga qué hora es. Mientras tanto, la maestra, apenas consciente de que el ruido le estaba haciendo elevar la voz (llegará a casa afónica), casi se da cuenta de que los está perdiendo, de que hace un momento le hacían caso y ya no, hasta que oye ese “menos diez”.

Y ahora, ¿qué haces?

Yo, reñir, porque a estas alturas de curso debería estar claro que la norma es que si quieren saber la hora, me la pregunten a mí. La diré en inglés, la entenderán, se enterará toda la clase, y prefiero una interrupción cortés y momentánea a la marea de susurros de varios minutos. cuando van preguntando quién tiene hora. Al principio no me entendían, porque se supone que cualquier profesor se tiene que enfadar mucho cuando alguien quiere saber la hora, y contestar con alguna gilipollez irónica supuestamente graciosa. Pero ¿por qué debería ser así? ¿No estamos todos deseando saber cuánto nos queda, incluso si lo estamos pasando bastante bien? ¿Querer saber cuánto tiempo falta para el recreo o para el examen de la hora siguiente es insultante?

Lo que yo querría es tener un reloj de pared en todo lo alto de la pizarra. Mientras, tengo que enseñarles a confiar en mí. Os aseguro que no es nada fácil.

 

El descanso de la clase obrera, y sus jueces.

La sociedad victoriana mantuvo un intenso debate social acerca del descanso dominical, que tuvo dos vertientes fundamentales. La socialista y obrera estaba a favor de un aumento del tiempo libre y una reducción de la jornada laboral, contra la voluntad, por supuesto, de los empresarios y de la clase media. Las jornadas industriales eran muy largas: doce horas, seis días a la semana era corriente. Las más largas eran las del servicio doméstico: unas quince horas diarias, seis días en semana, y medio día los domingos. No todo el mundo tenía jornadas tan largas pero el fin de semana de dos días no era la norma.

El debate en la clase media no era si las jornadas eran largas o cortas, sino qué era adecuado hacer en el tiempo libre. Aquí nos encontramos a Charles Dickens, que en sus escritos periodísticos tomó partido en varias ocasiones. A Dickens  no le interesaba demasiado el derecho al descanso laboral, que presuponía, sino el libre disfrute del tiempo de ocio. Cuando este autor escribía (1830-70) existía una opinión dominante, la de los sabbatarians, un nombre derivado del nombre hebreo del sábado (Sabbat). Éstos eran cristianos, normalmente protestantes evangélicos, que hacían una interpretación muy restrictiva de la norma religiosa y pensaban que el domingo tenía que cerrar todo. Era aún pronto para que alguien pensara en garantizar el descanso de los trabajadores de la incipiente industria del ocio, y ese no era el motor de los sabbatarians, sino obligar a la gente a ir a misa porque literalmente no habría nada más que hacer. O vas a misa o te quedas en casa. Además, consideraban que muchas diversiones eran pecado, siempre o en el Día del Señor. El sabbatarianismo tenía cierto arraigo a mediados del siglo XIX, y en otros novelistas, como Anne Brontë, leemos que había incluso gente que iba a la iglesia mañana y tarde.

¿Qué podía hacer la mayor parte de la población un domingo por la tarde? En los pueblos, era fácil ir al campo y llevarte un picnic, si hacía sol. En ciudad, necesitabas un parque público en tu barrio, algo que no era habitual: los bloques de pisos iban comiendo terreno a campo que nunca había sido muy acogedor. De hecho, los parques públicos nacen a menudo como parte del altruismo de las clases altas que donan todo o parte del jardín de una mansión, para que los pobres disfruten de un poco de verde. Lo mismo tienes el Parque de María Luisa en Sevilla que el Duthie Park en Aberdeen.

¿Y si llueve? Había pubs, que servían alcohol. Los restaurantes eran más bien para ricos, y una hostelería del placer, que no fuera parte de las necesidades de los viajeros, estaba casi recién inventada. Dickens escribió sobre la necesidad de  crear un término medio entre el pub y el restaurante caro, para los obreros. Cuando la gente de cualquier clase social quedaba con sus amigos, casi siempre era en sus casas. Las fiestas eran a menudo bailes.

También estaba el teatro, que iba desde las obras clásicas a las modernas (normalmente muy populares y de no demasiada calidad literaria) y el teatro de variedades. A la ópera iban los ricos, y a las operetas, pantomimas y musicales iba todo el mundo.

Sobre el ocio de la clase obrera, Dickens veía con acierto que era una cuestión de lucha de clases. Los ricos podían hacer fiestas, estar en sus jardines, ir al campo en coche de caballos, leer libros, sentarse al piano, aunque alguna madre severa indicara que la lectura y la música deberían ser de temas religiosos o como mínimo serios. Los obreros no tenían nada de todo esto: un par de horas en la iglesia, y el resto del día mano sobre mano. Por eso le parecía que mantener parques públicos, pubs, y otros entretenimientos obreros abiertos en domingo era una necesidad urgente.

Siglo y medio más tarde, supuestamente con jornadas más cortas, aún debatimos sobre qué es ético que hagan los demás con su descanso. Concentrémonos en alargarlo. Todo lo demás es sabatarianismo.

Cosas que no decir a las aspirantes a madre

Ahora mismo, al menos tres mujeres de mi entorno cercano quieren tener hijos y están teniendo dificultades para ello. Digo mujeres y no parejas porque no conozco a todos los hombre implicados. Las mujeres hablamos más de estas cosas, y también se nos pregunta y se nos exige más.

Es fácil explicar que es de pésima educación meter miedo o echar sermones a las mujeres que no planean tener hijos, ya sea porque han decidido no tenerlos o porque “ahora no”. El tema no se toca, y ya está. Pero ¿qué decir cuando sabes que una mujer (o una pareja) quiere tener niños, y no pueden? Si tienes confianza como para saber algo tan íntimo, seguro que quieres consolar o aconsejar, pero te arriesgas a decir algo que lo empeore. A continuación, unas cuantas cosas que es mejor que no digas,  y luego algo más constructivo.

“¿Has pensado en la adopción?”. A ver. La adopción es una opción tan obvia, tan pública, que es como preguntar si sabe cómo se hacen los niños. De verdad que no necesita que se la recuerdes. Si no ha intentado adoptar todavía, tendrá sus razones.

“¿Has pensado en la fecundación in vitro?”. A menos que te haya contado su historial médico y el de su pareja también, no tienes ni idea de por qué no tiene niños. Igual hay contraindicaciones. Igual es caro. Igual los recovecos del sistema de salud de donde ella vive la dejan fuera de la cobertura. Además, hay parejas que no lo consiguen a pesar de que sobre el papel ambos son fértiles. De nuevo, ella ya sabe que esto existe.

Cualquier cosa que signifique “si deseas quedarte embarazada, no te quedas. Te quedarás cuando no pienses en ello”. Además de cruel, es mentira. Puede que el estrés tenga algún efecto que dificulta la concepción, pero el cuerpo no va a distinguir “estrés por exceso de trabajo” de “estrés por ganas de quedarse embarazada”. Lo único que consigues es culpabilizarla. Y ¿no es curioso que en un mundo que repite que la voluntad es mágica y todo lo consigue, justo esto se gafa si lo deseas? Venga ya.

“Todavía eres joven” a las mujeres de más de treinta y pico. Sobre todo si ella dice que no se siente joven o que siente que se le acaba el tiempo. Da igual si tienes razón o no, porque no estamos en una conversación filosófica sobre si la juventud es un estado de ánimo, sino sobre las posibilidades objetivas de tener un embarazo con éxito.

“Mi prima tuvo tres abortos espontáneos y ahora tiene un bebé”. “Mi prima lo intentó diez años y tuvo un bebé con 47”. “Mi prima lo consiguió con su tercer marido”. Nos alegramos mucho por tu prima. Sabemos que es posible tener niños después de mucho esperar y mucho sufrimiento. Pero ahora mismo, los niños de los demás y las historias de terror sobre embarazos complicados son la última y la penúltima cosa de las que apetece hablar.

Cualquier consejo médico si no eres su médico. Primero porque igual te equivocas. Segundo porque la concepción es cosa de dos y no sabes si pasa algo con la segunda persona.

“A lo mejor no te quedas porque estás gorda/demasiado delgada”. Esto suele venir acompañado de un “mi prima no se quedaba porque estaba gorda/demasiado delgada, se lo dijo el médico”. Sin comentarios.

Y estas son algunas cosas que puedes decir, además de “sé que es muy duro, lo estás pasando muy mal. ¿Quieres un café?”.

¿Te ha visto el médico? ¿te han dicho por qué os pasa esto? Si estás preocupada, ve al médico si aún no lo has hecho. Hay muchos problemas que tienen una solución muy sencilla, como tomar medicación.

Algún comentario positivo sobre su pareja o su relación que NO sea “bueno, vosotros ya sois felices juntos sin tener niños”. Es decir, algo del estilo de “os queréis mucho, se os ve bien juntos, cuando vengan será un buen padre, esto es muy duro pero seguro que os dais mucho apoyo”.

“Todavía eres joven” acerca de la crianza. Algo que se resuma en “ahora tienes más experiencia de la vida que con 25 años, y cuando vengan, serás una buena madre”.

“Hacer dieta/hacer ejercicio puede que te haga sentirte mejor, y si te quedas embarazada estarás más sana y mejor preparada”. No hablo de recomendar hacer dieta a una mujer gorda porque está gorda, sino de animar a quien lleva una vida sedentaria, o a quien no está comiendo sano, a hacerlo por sí misma, no por sus supuestos beneficios para la concepción.

Sugerencias de cosas concretas, útiles y agradables que alivien el estrés y la ansiedad, si tiene.

“A mí me pasó lo mismo que a ti”. Cuando es relevante, claro.

Y si estás en esta situación y has llegado aquí buscando consejo, ve al médico. Y si no te da solución, busca otro. Si eso ya está controlado, mucho ánimo y suerte.

Dinámicas adolescentes y grupos de rock.

Esta es una experiencia que he tenido varias veces en grupos de 2º ciclo de la ESO, normalmente mi tutoría, pero también ha venido al caso en grupos de los que era simplemente la profesora de inglés. Aquí voy a poner solo la “teoría” del asunto, de una forma esquemática y simple, y si alguien quiere convertirlo en algo más interactivo y que genere participación guiada de los alumnos, me encantará conocer vuestras opiniones.

Se parte de haber escuchado música rock de buena calidad en clase. Puede haberse usado como ejercicios de comprensión auditiva en clase de inglés, como fondo agradable mientras estudian o hacen ejercicios, o para trabajar valores diversos. Mientras lees, te recomiendo que escuches cualquier canción de Queen, que son un ejemplo válido para lo que voy a contar.

A la clase les cuento lo siguiente: en un grupo de rock tienes casi siempre cuatro miembros (a veces tienes tres, como en The Police), y cada uno de ellos tiene una personalidad, y unas fortalezas y flaquezas que afectan al grupo. Lo importante no son las personalidades, porque esto no es un horóscopo, sino las dinámicas que se crean.

El cantante quiere el protagonismo. Es un MÍRAME A MÍ, SÍ, A MÍ. Puede que tenga un talento especial o puede que no, pero sabe ser la estrella, y tiene capacidades de liderazgo. Normalmente ha creado el grupo (hay excepciones, como Bono, cantante de U2, que contestó a un anuncio que puso Larry Mullen Jr, que acabó de batería). Esta necesidad de atención genera tensiones con el antilíder o contra-líder: el guitarrista. Éste es “el segundo”, quizá el mejor amigo del cantante, pero también su rival. Tiene algún tipo de talento fácil de identificar, pero suele faltarle esa chispa (hay muy pocas excepciones, diría que una es Sid Vicious). ¿Cómo resolver esto? En lo musical, con el solo de guitarra a mitad de canción. El guitarrista tiene su medio minuto de protagonismo, en el concierto los fans le aplauden, el cantante recupera su micro para redondear y cerrar la canción, y todos contentos. Y en lo no musical, seguro que si se plantea en clase todo el mundo puede pensar en momentos en los que hace falta ceder protagonismo.

Luego tenemos a la parte que lleva el ritmo. Un cantante solo no hace nada, necesita un batería y un bajo, y a veces una segunda guitarra. Vayamos a por el bajo: los bajistas son “los raros”. Son gente original y creativa que toca un instrumento bastante cerebral, acotado, que da ritmo pero que no se descontrola, no aparenta mucha energía como la percusión. En el ejemplo para mis clases el bajista es “como ese amigo nuestro que va un poco a su rollo pero cuando está todo sale mejor”, o “como ese amigo que ni se lo nota pero a veces tiene un momentito fugaz, brillante, y deja a todos con la boca abierta”. El ejemplo musical de “protagonismo” del bajo serían estas canciones que empiezan con el bajo casi solo, y una vez todos escuchan y la pauta está marcada, entran cantante y guitarra a sacar pecho. El bajo está tranquilo y feliz porque sabe que sin él se llevarían a matar y habría una cacofonía horrorosa. Siempre hay excepciones, como Paul McCartney, Sting o Roger Waters, de bajistas que cantan o componen.

El batería, finalmente, es el pegamento del grupo. Sin bajo te las apañas mal; sin percusión no tienes rock, tienes otra cosa. Es el que lo mantiene todo unido y el que más se nota si no está, incluso más que el cantante: hay música instrumental, pero no hay música sin ritmo. Como me ha dicho Diego P Castro, los baterías son gente muy energética y activa; en mi analogía no se trata de si tienen esa característica en su personalidad sino de si prefieren trabajar en grupo, discretamente y sin destacar por algo personal.

Desde estas cuatro pequeñas explicaciones, que se pueden acompañar de ejemplos musicales clásicos o modernos y conocidos por el alumnado, se pueden plantear dinámicas o debates sobre cómo se sienten ellos, cómo ven a sus amigos, qué pasa cuando todos queremos ser “estrellas del rock” y ocupar toda la atención todo el tiempo, qué pasa si todos queremos quedarnos en la sombra. Y hay que dejar claro que hablamos de roles en el grupo, no de características estables de la personalidad: los divos del aula quizá son el batería de su relación de pareja, por ejemplo.

El efecto de la metáfora sobre la clase es muy positivo. Los alumnos que siempre intentan acaparar la atención entienden que tienen que ceder y no se sienten ofendidos, sobre todo los que han sido ridiculizados por ello, y los que suelen mediar espontáneamente en sus peleas se sorprenden al descubrir que la profesora sabe que han estado ahí todo el tiempo. Los tímidos se sienten “baterías” y una parte valiosa del grupo. Y alguna vez me he enterado de que en sus perfiles de redes sociales han puesto después frases del estilo “Hoy me han dicho que soy una superestrella del rock… yeah”.

Sobre lenguaje activista y sus problemas

Te das una vuelta por internet (incluyendo el glosario feminista de este blog, que necesita una limpieza de polvo y telarañas) y te encuentras con unas cuantas palabras que a fuerza de uso repetido acaban usándose mal, o demasiado, y extendiendo sus significados hasta que significan “lo bueno” y “lo malo” de una manera que solo sirve para crear confusión. Lo que voy a decir es una reflexión personal sobre los peligros de este proceso, y sé que muchas compañeras no van a estar de acuerdo conmigo. Allá voy.

Un privilegio no es toda ventaja injusta. Si quieres que lo tenga todo el mundo, no es un privilegio. Es un derecho, y su ausencia, discriminación. Por ejemplo, trabajo estable, vacaciones, o la posibilidad de desplazarte con seguridad por las calles. Si quieres eliminarlo, pero todos reconocemos que es injusto, o que es ilegal, es una injusticia, o una ventaja injusta. Sigue sin ser un privilegio. Por ejemplo: si dices algo que parezca terrorismo etarra vas a la cárcel, si dices que las mujeres maltratadas se merecen todo lo que les pase no. Si lo tiene poca gente y  está amparado por leyes, rompiendo con todo principio legal de igualdad, eso sí es un privilegio. Por ejemplo, en España la Iglesia no paga IVA ni IBI, y eso es legal. Por lo tanto, es un privilegio. El rey es inviolable según la Constitución: otro privilegio.

Muy despacito para que lo entiendan los despistados del fondo: el privilegio es legal y desearías que desapareciera. Los privilegios son malos y no quieres extenderlos, quieres que no existan. Si llamas “privilegio” a un salario dices que quieres que no exista, si llamas “privilegio” a que no te peguen una paliza por la calle estás diciendo que las palizas por la calle deberían formar parte de la normalidad. Privilegio no es desigualdad, sino un tipo muy concreto de la misma. Si lo que quieres es tener tú eso que otros disfrutan, no lo llames privilegio, porque no lo es. Llámalo derecho.

Esto nos lleva a la expresión “revisar privilegios”, que ya he criticado en más ocasiones. En el enlace traduzco un artículo que analiza los problemas de ese proceso, pero aquí mis críticas son solo semánticas, puesto que la frase en cuestión significa varias cosas contradictorias entre sí. ¿Qué me ordena alguien que me dice que revise mis privilegios?Lo primero sería hacerme consciente de ellos, y después quizá un proceso que en el catolicismo se llama examen de conciencia. Es decir, para una persona que piense que privilegio quiere decir “derecho, ventaja, lo contrario de discriminación”, sería para empezar mi admisión de “sí, mi vida es más fácil por ser blanca, cis, adulta y sin discapacidades”. Examen de conciencia terminado.

Hay quien va más allá. En el enlace del párrafo anterior comparo la revisión de privilegios con el calvinismo. “Revisar mis privilegios” suele querer decir que debo sentirme culpable de ser blanca, cis, etcétera,  y tengo que aceptar que las ventajas que he obtenido a lo largo de la vida por ello me impiden trabajar en igualdad con quienes están peor que yo. Existe una brecha insalvable, de la que soy responsable aunque esa no sea mi intención. Esto se llama depravación total. No es “pecado original” porque éste se perdona con el bautismo, y los privilegios no se “perdonan” tras la revisión, como mucho se eliminan (un día dejaré de ser joven, por ejemplo).

“Revisarse” puede estar conectado con el autoexamen y ser también un proceso más activo, más orientado al exterior. Si observo cómo mis circunstancias afectan al mundo que me rodea, y a mí también, “toma de conciencia” es sólo el principio de cómo podríamos llamar a esto. Pero ya dejaría de ser un proceso de autoexamen, con lo que el uso de la palabra “revisión” dejaría de tener sentido. Una revisión del coche no es una reparación.

La verdad es que no sé qué quieren decir las personas que dicen “¡revísate los privilegios!”, y si se están refiriendo a un proceso solo mental o a una puesta en práctica. Y un concepto tan amplio y deformable se vuelve inútil y peligroso.

Los costaleros y la responsabilidad

COSTALEROS_SOLIDARIOSUn ensayo de costaleros en Bornos (Cádiz). De bornos.es.

Para los que no estén familiarizados con la Semana Santa tal como se celebra en Andalucía Occidental, existe la costumbre de colocar estatuas grandes de madera sobre un pedestal muy ornamentado, que unos hombres, llamados costaleros porque la protección de la cabeza se llama costal, cargan a hombros, sí, sobra la nuca, como los bueyes el yugo. He puesto una foto de un ensayo para que se observe bien la técnica, ya que las estatuas con todos sus adornos llevan faldones que impiden ver lo que se hace ahí dentro. Los costaleros, además de cargar con mucho peso, tienen un extra: van haciendo paradas a descansar, y si lo que van cargando es una estatua de María, que son cerca de la mitad, lo levantan pegando un salto. En este vídeo muy breve puede apreciarse un poco la dificultad:

Antiguamente, los costaleros eran de pago, gente como por ejemplo cargadores del puerto que se sacaban un dinero extra. Ser costalero era vergonzoso, porque eran pobres (ABC) y no eran una figura nada popular. Ahora son voluntarios llevados por un sentimiento religioso. Cargan con un peso de entre 30 y 50 kilos por persona (Diario de Sevilla), haciendo turnos en un recorrido que puede durar unas doce horas.

Como os podéis imaginar, este esfuerzo puede suponer lesiones físicas graves y permanentes. Los principales riesgos son las lesiones musculares desde el cuello a las piernas, y las hernias discales en los peores casos. También heridas en el cuello, por el roce, y las derivadas del esfuerzo físico intenso (agotamiento, bajadas de tensión, desmayos). Ante una conducta así, que supone un riesgo para la salud, se podría esperar que se tratara a los costaleros de irresponsables, incluso de temerarios, como si fueran por ahí en coche sin cinturón, o si fumaran, o cualquier otra conducta libremente asumida y que es mala para la salud. Quizá podríamos esperar un “que cada uno haga las locuras que quiera, pero que corra luego con las consecuencias”. Pues no, ni una cosa ni otra. Es más, los Colegios de Fisioterapeutas dan apoyo a los costaleros, información y tratamientos (aquí Sevilla y aquí Madrid).  También se puede ver a niños y bebés disfrazados de costaleros para la ocasión; no cargan ningún peso, claro, pero se considera más alegre y bonito que vestirlos de nazareno o monaguillo.

Sería inimaginable dar a los costaleros el mismo trato que para otras personas que tienen conductas peligrosas para sí mismos, como fumar, o incluso un discurso sobre la responsabilidad personal como el que encuentran quienes necesitan un aborto, una práctica que no tiene nada que ver pero en la que se habla de responsabilidad y de “asumir las consecuencias de tus actos”. No hay un mandato de  “asumir las consecuencias de tus actos” a quienes realizan una práctica peligrosa cuando la misma es socialmente aceptada. Por ejemplo, un “debería contarse con la opinión de su familia. Al fin y al cabo están arriesgando su vida”, ni tampoco un “no tengo nada en contra, pero que se lo paguen ellos, que la fisioterapia es carísima”.

La verdad es que me caen bien los costaleros en la medida en la que su hobby no colapse la ciudad. Echan las tardes en una actividad física con los amigos, no hacen daño a nadie más que a sí mismos (al contrario de, por ejemplo, un conductor a 120 por la circunvalación), y para el que le guste, los pasos de Semana Santa son un espectáculo (sí, hay una sevillana muy, muy escondida dentro de mí). Pero son un ejemplo de que cuando hablamos de responsabilidad personal, no contamos la historia completa. No llames “falta de responsabilidad” a no actuar como tú quieres.