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Cosas que no decir a las aspirantes a madre

Ahora mismo, al menos tres mujeres de mi entorno cercano quieren tener hijos y están teniendo dificultades para ello. Digo mujeres y no parejas porque no conozco a todos los hombre implicados. Las mujeres hablamos más de estas cosas, y también se nos pregunta y se nos exige más.

Es fácil explicar que es de pésima educación meter miedo o echar sermones a las mujeres que no planean tener hijos, ya sea porque han decidido no tenerlos o porque «ahora no». El tema no se toca, y ya está. Pero ¿qué decir cuando sabes que una mujer (o una pareja) quiere tener niños, y no pueden? Si tienes confianza como para saber algo tan íntimo, seguro que quieres consolar o aconsejar, pero te arriesgas a decir algo que lo empeore. A continuación, unas cuantas cosas que es mejor que no digas,  y luego algo más constructivo.

«¿Has pensado en la adopción?». A ver. La adopción es una opción tan obvia, tan pública, que es como preguntar si sabe cómo se hacen los niños. De verdad que no necesita que se la recuerdes. Si no ha intentado adoptar todavía, tendrá sus razones.

«¿Has pensado en la fecundación in vitro?». A menos que te haya contado su historial médico y el de su pareja también, no tienes ni idea de por qué no tiene niños. Igual hay contraindicaciones. Igual es caro. Igual los recovecos del sistema de salud de donde ella vive la dejan fuera de la cobertura. Además, hay parejas que no lo consiguen a pesar de que sobre el papel ambos son fértiles. De nuevo, ella ya sabe que esto existe.

Cualquier cosa que signifique «si deseas quedarte embarazada, no te quedas. Te quedarás cuando no pienses en ello». Además de cruel, es mentira. Puede que el estrés tenga algún efecto que dificulta la concepción, pero el cuerpo no va a distinguir «estrés por exceso de trabajo» de «estrés por ganas de quedarse embarazada». Lo único que consigues es culpabilizarla. Y ¿no es curioso que en un mundo que repite que la voluntad es mágica y todo lo consigue, justo esto se gafa si lo deseas? Venga ya.

«Todavía eres joven» a las mujeres de más de treinta y pico. Sobre todo si ella dice que no se siente joven o que siente que se le acaba el tiempo. Da igual si tienes razón o no, porque no estamos en una conversación filosófica sobre si la juventud es un estado de ánimo, sino sobre las posibilidades objetivas de tener un embarazo con éxito.

«Mi prima tuvo tres abortos espontáneos y ahora tiene un bebé». «Mi prima lo intentó diez años y tuvo un bebé con 47». «Mi prima lo consiguió con su tercer marido». Nos alegramos mucho por tu prima. Sabemos que es posible tener niños después de mucho esperar y mucho sufrimiento. Pero ahora mismo, los niños de los demás y las historias de terror sobre embarazos complicados son la última y la penúltima cosa de las que apetece hablar.

Cualquier consejo médico si no eres su médico. Primero porque igual te equivocas. Segundo porque la concepción es cosa de dos y no sabes si pasa algo con la segunda persona.

«A lo mejor no te quedas porque estás gorda/demasiado delgada». Esto suele venir acompañado de un «mi prima no se quedaba porque estaba gorda/demasiado delgada, se lo dijo el médico». Sin comentarios.

Y estas son algunas cosas que puedes decir, además de «sé que es muy duro, lo estás pasando muy mal. ¿Quieres un café?».

¿Te ha visto el médico? ¿te han dicho por qué os pasa esto? Si estás preocupada, ve al médico si aún no lo has hecho. Hay muchos problemas que tienen una solución muy sencilla, como tomar medicación.

Algún comentario positivo sobre su pareja o su relación que NO sea «bueno, vosotros ya sois felices juntos sin tener niños». Es decir, algo del estilo de «os queréis mucho, se os ve bien juntos, cuando vengan será un buen padre, esto es muy duro pero seguro que os dais mucho apoyo».

«Todavía eres joven» acerca de la crianza. Algo que se resuma en «ahora tienes más experiencia de la vida que con 25 años, y cuando vengan, serás una buena madre».

«Hacer dieta/hacer ejercicio puede que te haga sentirte mejor, y si te quedas embarazada estarás más sana y mejor preparada». No hablo de recomendar hacer dieta a una mujer gorda porque está gorda, sino de animar a quien lleva una vida sedentaria, o a quien no está comiendo sano, a hacerlo por sí misma, no por sus supuestos beneficios para la concepción.

Sugerencias de cosas concretas, útiles y agradables que alivien el estrés y la ansiedad, si tiene.

«A mí me pasó lo mismo que a ti». Cuando es relevante, claro.

Y si estás en esta situación y has llegado aquí buscando consejo, ve al médico. Y si no te da solución, busca otro. Si eso ya está controlado, mucho ánimo y suerte.

Dinámicas adolescentes y grupos de rock.

Esta es una experiencia que he tenido varias veces en grupos de 2º ciclo de la ESO, normalmente mi tutoría, pero también ha venido al caso en grupos de los que era simplemente la profesora de inglés. Aquí voy a poner solo la «teoría» del asunto, de una forma esquemática y simple, y si alguien quiere convertirlo en algo más interactivo y que genere participación guiada de los alumnos, me encantará conocer vuestras opiniones.

Se parte de haber escuchado música rock de buena calidad en clase. Puede haberse usado como ejercicios de comprensión auditiva en clase de inglés, como fondo agradable mientras estudian o hacen ejercicios, o para trabajar valores diversos. Mientras lees, te recomiendo que escuches cualquier canción de Queen, que son un ejemplo válido para lo que voy a contar.

A la clase les cuento lo siguiente: en un grupo de rock tienes casi siempre cuatro miembros (a veces tienes tres, como en The Police), y cada uno de ellos tiene una personalidad, y unas fortalezas y flaquezas que afectan al grupo. Lo importante no son las personalidades, porque esto no es un horóscopo, sino las dinámicas que se crean.

El cantante quiere el protagonismo. Es un MÍRAME A MÍ, SÍ, A MÍ. Puede que tenga un talento especial o puede que no, pero sabe ser la estrella, y tiene capacidades de liderazgo. Normalmente ha creado el grupo (hay excepciones, como Bono, cantante de U2, que contestó a un anuncio que puso Larry Mullen Jr, que acabó de batería). Esta necesidad de atención genera tensiones con el antilíder o contra-líder: el guitarrista. Éste es «el segundo», quizá el mejor amigo del cantante, pero también su rival. Tiene algún tipo de talento fácil de identificar, pero suele faltarle esa chispa (hay muy pocas excepciones, diría que una es Sid Vicious). ¿Cómo resolver esto? En lo musical, con el solo de guitarra a mitad de canción. El guitarrista tiene su medio minuto de protagonismo, en el concierto los fans le aplauden, el cantante recupera su micro para redondear y cerrar la canción, y todos contentos. Y en lo no musical, seguro que si se plantea en clase todo el mundo puede pensar en momentos en los que hace falta ceder protagonismo.

Luego tenemos a la parte que lleva el ritmo. Un cantante solo no hace nada, necesita un batería y un bajo, y a veces una segunda guitarra. Vayamos a por el bajo: los bajistas son «los raros». Son gente original y creativa que toca un instrumento bastante cerebral, acotado, que da ritmo pero que no se descontrola, no aparenta mucha energía como la percusión. En el ejemplo para mis clases el bajista es «como ese amigo nuestro que va un poco a su rollo pero cuando está todo sale mejor», o «como ese amigo que ni se lo nota pero a veces tiene un momentito fugaz, brillante, y deja a todos con la boca abierta». El ejemplo musical de «protagonismo» del bajo serían estas canciones que empiezan con el bajo casi solo, y una vez todos escuchan y la pauta está marcada, entran cantante y guitarra a sacar pecho. El bajo está tranquilo y feliz porque sabe que sin él se llevarían a matar y habría una cacofonía horrorosa. Siempre hay excepciones, como Paul McCartney, Sting o Roger Waters, de bajistas que cantan o componen.

El batería, finalmente, es el pegamento del grupo. Sin bajo te las apañas mal; sin percusión no tienes rock, tienes otra cosa. Es el que lo mantiene todo unido y el que más se nota si no está, incluso más que el cantante: hay música instrumental, pero no hay música sin ritmo. Como me ha dicho Diego P Castro, los baterías son gente muy energética y activa; en mi analogía no se trata de si tienen esa característica en su personalidad sino de si prefieren trabajar en grupo, discretamente y sin destacar por algo personal.

Desde estas cuatro pequeñas explicaciones, que se pueden acompañar de ejemplos musicales clásicos o modernos y conocidos por el alumnado, se pueden plantear dinámicas o debates sobre cómo se sienten ellos, cómo ven a sus amigos, qué pasa cuando todos queremos ser «estrellas del rock» y ocupar toda la atención todo el tiempo, qué pasa si todos queremos quedarnos en la sombra. Y hay que dejar claro que hablamos de roles en el grupo, no de características estables de la personalidad: los divos del aula quizá son el batería de su relación de pareja, por ejemplo.

El efecto de la metáfora sobre la clase es muy positivo. Los alumnos que siempre intentan acaparar la atención entienden que tienen que ceder y no se sienten ofendidos, sobre todo los que han sido ridiculizados por ello, y los que suelen mediar espontáneamente en sus peleas se sorprenden al descubrir que la profesora sabe que han estado ahí todo el tiempo. Los tímidos se sienten «baterías» y una parte valiosa del grupo. Y alguna vez me he enterado de que en sus perfiles de redes sociales han puesto después frases del estilo «Hoy me han dicho que soy una superestrella del rock… yeah».

Sobre lenguaje activista y sus problemas

Te das una vuelta por internet (incluyendo el glosario feminista de este blog, que necesita una limpieza de polvo y telarañas) y te encuentras con unas cuantas palabras que a fuerza de uso repetido acaban usándose mal, o demasiado, y extendiendo sus significados hasta que significan «lo bueno» y «lo malo» de una manera que solo sirve para crear confusión. Lo que voy a decir es una reflexión personal sobre los peligros de este proceso, y sé que muchas compañeras no van a estar de acuerdo conmigo. Allá voy.

Un privilegio no es toda ventaja injusta. Si quieres que lo tenga todo el mundo, no es un privilegio. Es un derecho, y su ausencia, discriminación. Por ejemplo, trabajo estable, vacaciones, o la posibilidad de desplazarte con seguridad por las calles. Si quieres eliminarlo, pero todos reconocemos que es injusto, o que es ilegal, es una injusticia, o una ventaja injusta. Sigue sin ser un privilegio. Por ejemplo: si dices algo que parezca terrorismo etarra vas a la cárcel, si dices que las mujeres maltratadas se merecen todo lo que les pase no. Si lo tiene poca gente y  está amparado por leyes, rompiendo con todo principio legal de igualdad, eso sí es un privilegio. Por ejemplo, en España la Iglesia no paga IVA ni IBI, y eso es legal. Por lo tanto, es un privilegio. El rey es inviolable según la Constitución: otro privilegio.

Muy despacito para que lo entiendan los despistados del fondo: el privilegio es legal y desearías que desapareciera. Los privilegios son malos y no quieres extenderlos, quieres que no existan. Si llamas «privilegio» a un salario dices que quieres que no exista, si llamas «privilegio» a que no te peguen una paliza por la calle estás diciendo que las palizas por la calle deberían formar parte de la normalidad. Privilegio no es desigualdad, sino un tipo muy concreto de la misma. Si lo que quieres es tener tú eso que otros disfrutan, no lo llames privilegio, porque no lo es. Llámalo derecho.

Esto nos lleva a la expresión «revisar privilegios», que ya he criticado en más ocasiones. En el enlace traduzco un artículo que analiza los problemas de ese proceso, pero aquí mis críticas son solo semánticas, puesto que la frase en cuestión significa varias cosas contradictorias entre sí. ¿Qué me ordena alguien que me dice que revise mis privilegios?Lo primero sería hacerme consciente de ellos, y después quizá un proceso que en el catolicismo se llama examen de conciencia. Es decir, para una persona que piense que privilegio quiere decir «derecho, ventaja, lo contrario de discriminación», sería para empezar mi admisión de «sí, mi vida es más fácil por ser blanca, cis, adulta y sin discapacidades». Examen de conciencia terminado.

Hay quien va más allá. En el enlace del párrafo anterior comparo la revisión de privilegios con el calvinismo. «Revisar mis privilegios» suele querer decir que debo sentirme culpable de ser blanca, cis, etcétera,  y tengo que aceptar que las ventajas que he obtenido a lo largo de la vida por ello me impiden trabajar en igualdad con quienes están peor que yo. Existe una brecha insalvable, de la que soy responsable aunque esa no sea mi intención. Esto se llama depravación total. No es «pecado original» porque éste se perdona con el bautismo, y los privilegios no se «perdonan» tras la revisión, como mucho se eliminan (un día dejaré de ser joven, por ejemplo).

«Revisarse» puede estar conectado con el autoexamen y ser también un proceso más activo, más orientado al exterior. Si observo cómo mis circunstancias afectan al mundo que me rodea, y a mí también, «toma de conciencia» es sólo el principio de cómo podríamos llamar a esto. Pero ya dejaría de ser un proceso de autoexamen, con lo que el uso de la palabra «revisión» dejaría de tener sentido. Una revisión del coche no es una reparación.

La verdad es que no sé qué quieren decir las personas que dicen «¡revísate los privilegios!», y si se están refiriendo a un proceso solo mental o a una puesta en práctica. Y un concepto tan amplio y deformable se vuelve inútil y peligroso.

Los costaleros y la responsabilidad

COSTALEROS_SOLIDARIOSUn ensayo de costaleros en Bornos (Cádiz). De bornos.es.

Para los que no estén familiarizados con la Semana Santa tal como se celebra en Andalucía Occidental, existe la costumbre de colocar estatuas grandes de madera sobre un pedestal muy ornamentado, que unos hombres, llamados costaleros porque la protección de la cabeza se llama costal, cargan a hombros, sí, sobra la nuca, como los bueyes el yugo. He puesto una foto de un ensayo para que se observe bien la técnica, ya que las estatuas con todos sus adornos llevan faldones que impiden ver lo que se hace ahí dentro. Los costaleros, además de cargar con mucho peso, tienen un extra: van haciendo paradas a descansar, y si lo que van cargando es una estatua de María, que son cerca de la mitad, lo levantan pegando un salto. En este vídeo muy breve puede apreciarse un poco la dificultad:

Antiguamente, los costaleros eran de pago, gente como por ejemplo cargadores del puerto que se sacaban un dinero extra. Ser costalero era vergonzoso, porque eran pobres (ABC) y no eran una figura nada popular. Ahora son voluntarios llevados por un sentimiento religioso. Cargan con un peso de entre 30 y 50 kilos por persona (Diario de Sevilla), haciendo turnos en un recorrido que puede durar unas doce horas.

Como os podéis imaginar, este esfuerzo puede suponer lesiones físicas graves y permanentes. Los principales riesgos son las lesiones musculares desde el cuello a las piernas, y las hernias discales en los peores casos. También heridas en el cuello, por el roce, y las derivadas del esfuerzo físico intenso (agotamiento, bajadas de tensión, desmayos). Ante una conducta así, que supone un riesgo para la salud, se podría esperar que se tratara a los costaleros de irresponsables, incluso de temerarios, como si fueran por ahí en coche sin cinturón, o si fumaran, o cualquier otra conducta libremente asumida y que es mala para la salud. Quizá podríamos esperar un «que cada uno haga las locuras que quiera, pero que corra luego con las consecuencias». Pues no, ni una cosa ni otra. Es más, los Colegios de Fisioterapeutas dan apoyo a los costaleros, información y tratamientos (aquí Sevilla y aquí Madrid).  También se puede ver a niños y bebés disfrazados de costaleros para la ocasión; no cargan ningún peso, claro, pero se considera más alegre y bonito que vestirlos de nazareno o monaguillo.

Sería inimaginable dar a los costaleros el mismo trato que para otras personas que tienen conductas peligrosas para sí mismos, como fumar, o incluso un discurso sobre la responsabilidad personal como el que encuentran quienes necesitan un aborto, una práctica que no tiene nada que ver pero en la que se habla de responsabilidad y de «asumir las consecuencias de tus actos». No hay un mandato de  «asumir las consecuencias de tus actos» a quienes realizan una práctica peligrosa cuando la misma es socialmente aceptada. Por ejemplo, un «debería contarse con la opinión de su familia. Al fin y al cabo están arriesgando su vida», ni tampoco un «no tengo nada en contra, pero que se lo paguen ellos, que la fisioterapia es carísima».

La verdad es que me caen bien los costaleros en la medida en la que su hobby no colapse la ciudad. Echan las tardes en una actividad física con los amigos, no hacen daño a nadie más que a sí mismos (al contrario de, por ejemplo, un conductor a 120 por la circunvalación), y para el que le guste, los pasos de Semana Santa son un espectáculo (sí, hay una sevillana muy, muy escondida dentro de mí). Pero son un ejemplo de que cuando hablamos de responsabilidad personal, no contamos la historia completa. No llames «falta de responsabilidad» a no actuar como tú quieres.

Deberes, cómo sí y cómo no.

Internet está lleno, y con razón, de blogs de padres (madres) y de docentes en contra de los deberes. Que son injustos  porque unos niños tienen ayuda en casa y otros no, que son excesivos, y que no mejoran el rendimiento. Todo esto es verdad a menudo. Ahora bien, a partir de un momento en la educación de una persona, que no siempre es la misma edad ni el mismo nivel para todos, concentrarte en lo que se hace en clase no resulta suficiente, y hay que trabajar en casa. Pueden ser deberes mecánicos, tareas más creativas o estudiar teoría.

Como ese momento llega alguna vez, aquí van unas pautas sobre cómo organizarnos como docentes. Un factor importantísimo es la coordinación en el departamento, ya que hay una tendencia fuerte a que los profesores que den la misma materia evalúen igual (por ejemplo, que los exámenes sean el 80% de la nota final), que trabajen al mismo ritmo para poder cumplir la programación, etc. Si está recogido que los deberes son evaluables, tienes que mandarlos. Para eso están las reuniones de departamento y el enendimiento entre compañeros. Si eres anti-deberes, siempre tienes margen para mandar pocos.

Lo más importante: los deberes tienen que servir para algo por sí mismos. «Crear hábito de estudio» no es una razón, te pongas como te pongas, de ninguna de las maneras. Es como ir al gimnasio a ver a la gente trabajar para crear hábito de ir al gimnasio. Los niños no van al colegio a crear rutinas ni a ser adiestrados: van a aprender. Esto significa que la razón por la que se suelen poner deberes en Primaria no es válida. No pongas deberes «para crear hábito». Nunca. Es inútil, y encargar tareas inútiles es cruel.

Ante esto te puede surgir una duda: ¿y si les cuesta mucho esfuerzo el salto a un nivel educativo en el que sean imprescindibles los deberes, o estudiar a diario? ¿y si en ese desajuste fracasan? Pues verás: a casi todos los estudiantes les llega un momento en el que la cantidad de trabajo del curso anterior no basta. Los estudiantes bastante dotados, esos que aprueban sin ningún esfuerzo, un día se estrellan y suspenden unas cuantas, o bajan del notable al aprobado raspadito. Entonces se espabilan y se ponen a hacer deberes y a estudiar por las tardes, o si están en una etapa postobligatoria cambian de estudios, porque el fracaso escolar no depende de la capacidad de hacer deberes, y donde sí depende, es que el sistema es absurdo: ¿cómo puedes querer que los estudiantes de Primaria y Secundaria trabajen más en su casa que en tu clase?

Otro problema: cuántos deberes. La jornada escolar es muy larga, y el tiempo libre excluido comer y descansar que tienen los niños y jóvenes es de 5 a 9. Los deberes no deberían ocupar más de un par de horas diarias en la ESO, como límite. Tienes 6 horas diarias de clase de unas 10 materias, y si todas mandan 15 min de deberes diarios juntas 90 minutos sin descansos. Es decir: hay que poner poco. No siempre podemos coordinarnos con el resto del equipo educativo para mandar una cantidad equilibrada de tareas, pero podemos tomar dos medidas muy sencillas. Una: preguntar a los alumnos. Pasas por lo menos dos horas semanales con ellos, puedes dedicar un cuarto de hora a preguntar qué profesores  mandan más deberes y qué días de la semana dejan la agenda temblando. Entonces, actúa en consecuencia. Dos: manda en clase tareas similares a las que van a ser los deberes, y mide el tiempo que se tarda en completarlas. No mandes más de lo que los alumnos pueden hacer en casa en, digamos, una hora semanal, como mucho dos para las asignaturas de 4-5 horas semanales. Si tus alumnos tardan diez minutos en sacar el cuaderno, entender tus instrucciones, hacer UN ejercicio y compararlo con el del compañero mientras cotillean, puedes mandar de seis a diez ejercicios a la semana como máximo. Sé realista: en casa están cansados y tienen muchas distracciones. No tienen por qué trabajar más y mejor que en clase; al contrario.

Sobre la organización, ¿qué pasaría si hoy mismo tuvieras que hacer un recado inesperado de una o dos horas? ¿podrías hacer todas las demás cosas que sueles hacer? ¿a que no? Pues los deberes igual. Igual mañana hay un examen de otra materia, o esta tarde tienen fútbol o dentista o ganas de dormir siesta. No mandes tarea de un día para el siguiente. Te recomiendo escoger uno o dos días semanales y que sean «los días de los deberes». Ahora yo pongo en 4 de mis 5 clases «el lunes para el jueves, y el jueves para el lunes». Repito esa frase en clase TODOS los días. Así se genera una rutina de trabajo (OJO: creo rutinas que faciliten el trabajo, no mando trabajo para crear rutinas) y es menos probable que se nos olvide, a mí también, qué toca. El quinto grupo no tiene inglés el jueves así que ellos van de lunes a miércoles y viceversa.

Por último, qué poner como deberes. Los deberes se usan a menudo para lo que no da tiempo en el aula. Explicamos la teoría, y a continuación ponemos ejercicios, y si no se terminan a tiempo, los mandamos para casa. Esto es un problema grave si los alumnos no tienen la oportunidad de preguntar todas y cada una de sus dudas en clase antes de hacer deberes en casa. Los factores son muchos: falta de tiempo, una metodología que no da un turno de preguntas, timidez, cansancio. El resultado es que tendrás quien no hace los deberes o simplemente los copia de un amigo porque no sabe hacer la tarea, y no sabe hacerla porque no ha podido entender las instrucciones. En dos palabras: los deberes tienen que ser fáciles y tienen que hacerse sobre contenidos que han quedado claros en clase. Una posible solución a este problema es un método que se llama «la clase al revés», que en su definición más simple es que en casa, los estudiantes se familiarizan con la teoría (lectura, vídeo, presentación de diapositivas, lo que el profesor considere) y en clase se trabajan actividades más dinámicas. Tienes un inconveniente de los deberes (invades el tiempo personal del estudiante) pero pierdes otros, como el trabajo en solitario sin ayuda.

Por último, en ESO y Bachillerato evaluamos hacer los deberes, no que estén bien o mal, a menos que pongamos una tarea más o menos larga y creativa. ¿Por qué? porque hacer tareas es más efectivo como método de aprendizaje que estudiar teoría, y queremos convencer a la clase de que trabajar un ratito por las tardes va a ser productivo y útil. La segunda vez que un alumno reciba una nota negativa por hacer los deberes mal no va a volver a hacerlos. ¿Para qué, si ha perdido tiempo y además una nota? Distinto es mandar con mucho tiempo e instrucciones una tarea creativa puntuable, como por ejemplo una redacción en idiomas.

Y ¿cuánto deben puntuar los deberes? Depende de cuánto quieras que puntúe todo lo demás. Lo habitual es hacer medias ponderadas: por ejemplo, 50% el examen, 10% la «actitud», 20% un proyecto o tarea práctica y 20% los deberes. Yo no soy partidaria de que ninguna de las partes, especialmente los deberes, sea clave. Si un alumno no hace NUNCA los deberes y es capaz de aprobar los exámenes, le ponemos cero en ese aspecto y calculamos la media. Esto perjudica de verdad a dos tipos de alumno. Primero, a los  que sacan muy buenas notas en los exámenes y que verdaderamente no necesitan hacer deberes para aprender a ese nivel. Podemos dejarles con el 6 o 7 de media que se les va a quedar y que se fastidien, o hacerles una adaptación para que puedan avanzar, dándoles deberes más difíciles o más creativos. Y en segundo lugar, a los que no pueden hacer deberes, ni bien ni mal, porque tienen algún problema personal (familiar, de salud) y en los exámenes se quedan muy raspaditos, cerca del aprobado. Estos ya quedan al criterio de cada profesor, porque cada caso es diferente.

En resumen, lo importante es la empatía. No intentes recordar cómo eras tú a su edad: piensa cómo te sientes ahora respecto a hacer horas extras, a pasarte las tardes corrigiendo en casa, y dales lo que te gustaría tener.

21 días, día 21 y conclusiones.

PHOTO_20160129_133404Parte de la decoración de la entrada en estos días.

La primera vez que hice este seguimiento de lo que hago todos los días en el trabajo escribí unas conclusiones. Mantengo casi todo, y las cosas que ahora son diferentes se deben a los cambios en mis grupos. Estas son las conclusiones que saco ahora:

1. He trabajado 105,5 horas en 20 días, incluidos un día acortado por tener que ir al médico. Esto supone una jornada laboral en abstracto y en teoría de 35 horas, pero como no contabilizo descansos y mi jornada matinal rara vez los tiene, si incluyéramos descansos hablamos de 37,5 horas, que es más o menos lo que la ley supone que hago. Debido a interrupciones y necesidades vitales variadas, cumplir con un horario así implica trabajar fines de semana, incluso si te propones, como yo, estar en el instituto unas 30 horas semanales.

2. El recuento que he hecho de las tareas usando trello no es completo: cada cinco días o así elimino tareas que he hecho, añado las que hayan ido surgiendo y me acuerde. Las que no me acuerdo de apuntar o he resuelto antes de abrir trello no figuran. Ha habido un ligero descenso, de 32 a 20. He hecho de todo: meterle el diente a tareas amplias y abiertas que no se terminan nunca, poner y corregir exámenes, cosas muy concretas como una llamada de teléfono. El trabajo no se termina nunca, y trabajar 8 horas al día no sirve para avanzar, que incluiría también hacer regularmente tareas más imaginativas que las del libro. Puedo hacerlas, pero muy de vez en cuando. De todas maneras, el trello es una ayuda magnífica, unque lo use poco.

3. Me paso la vida riñendo y creo que no soy la única. Dar clase en primero y a veces en segundo supone pasar más tiempo poniendo orden (en todos los sentidos, no solo la disciplina sino recordando, por ejemplo, qué día hay que entregar algo) que enseñando la materia.

4. El nivel de estrés es muy alto, para los profesores y para los alumnos. En los profesores se traduce en problemas de salud, que das clase peor, que riñes más y que no te concentras ni en el instituto ni en casa: hace dos años, con niños más mayores y más tranquilos, hacía más horas en casa. En los alumnos, en problemas de salud del tipo de ataques de nervios y dolores leves de cabeza o de barriga, en el ruido que hacen todo el día, y en peleas a las que ellos rara vez dan importancia. No sé qué habría que hacer para reducir el estrés aparte de aumentar los descansos y reducir las horas de clase.

5. Trabajar en un instituto pequeño (320 alumnos, 30 profesores, 4 grupos en 1º) y pasar la mayor cantidad posible de horas en el centro facilita la comunicación con otros profesores más que las reuniones regladas, porque en esas hay un orden del día que hay que seguir y consisten más bien en que alguien superior te transmite información. Poder tomarte un café o cruzarte en un cambio de clases con el tutor de ese niño que da problemas o con la Jefa de Estudios es lo que puede salvar un curso.

6. Otra cosa que puede salvar un curso es la atención personalizada. No es tan importante si tienes clases grandes o pequeñas (a 20 alumnos tampoco les das atención personalizada) como que tengas tiempo de llevar un registro de su trabajo y sus circunstancias, conocerlos, hablar con ellos en privado, hablar con sus familias y comunicarles si trabajan o no, hablar con los otros profesores del mismo niño, prepararles tareas aparte si es necesario, etc. Para mí la diferencia entre un grupo de 28 o un grupo de 20 no está en la clase en sí, sino en si al final tengo que echar cuentas de 130 niños o de 90. Ahí sí hay una diferencia, y estas tres semanas he observado un cambio de actitud grande en algunos alumnos/as que han recibido la clase de atención a la que me refiero. Eso sí, no es una fórmula mágica.

7. Doy clase con un método muy tradicional, pero cualquier pequeña ruptura con la monotonía, como una canción (que también es método tradicional), se percibe como la cumbre de lo innovador. Es como una boda por la iglesia, con todos sus perejiles, en la que la novia lleve un vestido rosa: dentro de una maquinaria que siempre hace lo mismo de la misma manera, los cambios más pequeños se notan muchísimo.

8. La clave de una clase de idiomas es usarlo. Todo lo demás son trucos de magia para que el alumnado no se aburra ni desmotive.

9. No me considero mala profesora, ni tampoco muy buena, pero no me veo puntos fuertes. Mis puntos más débiles son enseñar a hablar y a leer. El seguimiento de los 21 días me ha hecho mucho más organizada.

10. Hasta ahora me había parecido que las quejas del tipo «pasamos más tiempo haciendo papeleos y burocracia que dando clase» eran un poco exageradas. Ya no me lo parecen.

21 días, día 6. Accidentes e imprevistos.

A mi tutoría le gusta que ponga esta música como fondo cuando hacemos ejercicios de relajación.

Los viernes son, en teoría, el único día en el que puedo descansar en el recreo. La biblioteca la abre alguien del equipo de apoyo: 5 profesores que se turnan en ello. Lo hacen sin que conste en su horario: oficialmente están descansando. La única ventaja que consiguen son puntos para el concurso de traslados. Esto es algo bastante frecuente en algunas tareas que realizamos.

Hoy, sin embargo, en el recreo abro yo porque mis compañeros ya se encargaron ayer mientras yo estaba en el médico. Es importante para mí que la biblioteca abra todos los días, ya que solo se abre al público en los recreos. Además hoy llueve y no hay apenas sitio donde estar en esos casos.

Mi jornada empieza a las 10:30, pero me levanto muy temprano para corregir exámenes. Termino con un grupo, meto las notas en la hoja de cálculo que también me sirve para hacer una pequeña estadística. Hay un 0,9 y luego todas las demás notas están entre el 2,7 y el 6.3. Media: 4.6. Aprobados: justo la mitad. Descanso un rato, sigo con el otro grupo, y me voy al instituto.

Examen de primero. Quieren colocarse en filas separadas que empiecen en la pared de delante, bloqueando la puerta y todo el camino de salida del aula. Les digo que se echen para atrás. Se colocan, reparto, y doy instrucciones. Les pregunto a ellos que expliquen de uno en uno qué hay que hacer en cada ejercicio. Mi experiencia es que no las leen, esperan a que yo explique. Están muy alterados y resulta casi imposible que se callen del todo y no hagan ruido. No están haciendo trampa, solo ruido. Me preguntan hasta cuatro veces dudas de vocabulario y les digo todas ellas que no les voy a contestar. Me preguntan seis veces cómo se hace el ejercicio 11 y les digo que hay que poner signos de puntuación. Entonces, el desastre: en la funda donde llevo los CDs del libro de texto falta el de los exámenes de primero, el que pone «5 out of 5». Lo busco por todas partes. No está. Los niños me dan sugerencias sobre qué hacer, todas inútiles. Le pido a uno que busque al maestro de guardia, que viene en un par de minutos, y me voy a buscar el CD. Me cruzo con mis compañeros de departamento: nadie tiene un ejemplar. El problema es que esos CDs están pegados al libro del profesor, que por distintos motivos yo no llevo nunca a las clases, así que metí los CDs en una de esas fundas pensadas para llevar CDs en el coche.

Encuentro un CD 5 en el departamento, pero cuando intento reproducirlo en el examen, está rayadísimo y no reconoce el corte. Me hacen más malas propuestas y les digo que les pondré el listening en ficha aparte el lunes, en diez minutillos. Terminan antes de la hora, parece que el examen me ha quedado corto.

Recreo. Niñas que tienen libros desde diciembre vienen a renovarlos. Un profesor que coordina una reunión a la que no pude asistir viene a pedirme unos datos y se los doy de memoria. Recomiendo Mort a dos que bichean estanterías. hago una copia a mp3 del corte que no se dejaba reproducir en la clase anterior y lo grabo en un pendrive. Recuerdo difusamente una época en la que podía catalogar en los recreos.

Me voy al grupo de segundo del que he corregido el examen y lo entrego. Cuando digo que los tengo, un par de ansiosos preguntan repetidamente «¿y están bien?». No me dejan hablar. Les enseño la estadística en la hoja de cálculo, les reparto el examen, y les echo el enésimo discurso motivador: sois mejores en inglés de lo que creéis. Un par protestan por no haber hecho el examen adaptado. En un caso no negocio (el examen adaptado ha cumplido su función y ya no estás descolgada) y en el otro sí (haz tu trabajo diario y da menos guerra; el examen adaptado no es un capricho que me puedas exigir). A continuación, mi chasco: nadie, o casi, ha hecho los deberes. Dejo su corrección para el lunes y les digo que si ellos me dan disgustos, yo les daré disgustos a ellos (sí, es poco pedagógico y motivador, pero a veces me sale el ramalazo). Les cuento por encima de qué trata el próximo tema. En dos palabras, que el Past Simple es fácil, que la lista de los verbos irregulares hay que aprenderla sí o sí, y que las próximas seis semanas deberían estudiar inglés a diario si esperan enterarse de algo, no ya aprobar.

Entre aclarar las dudas con el examen y el anuncio del tema 3 (deberes míos para el fin de semana: preparar una plantilla. Ya os contaré), son casi menos veinte. Entre las cosas que puedo improvisar, ya que no quiero corregir deberes, está el vocabulario que introduce el tema 3. Por cierto, si estoy empezándolo no es porque sea muy lenta: he dado los temas 1, 2 y 8 porque me parecía más claro y pedagógico. El tema es la familia y es rápido y fácil poner el típico árbol genealógico en la pizarra. Aclaro las dudas, insisto en los sitios donde sé por otros años que más errores hay, y a poner un examen al otro grupo de primero.

Se ha roto la pizarra digital. Sí, la nueva, la que lleva instalada desde septiembre, cuando nos quitaron el proyector del ordenador que funcionaba perfectamente (cosas de la Junta: hay que usar pizarras digitales, no ordenadores conectados a un cañón proyector, aunque no necesites las funciones de una pizarra digital). Sí, esa pizarra en la que se instalaron esta misma semana los libros de texto digitales. Les digo que tienen que hacer el examen muy calladitos porque estoy muy cansada, y todo transcurre sin novedad, salvo que hacen veinte veces la misma pregunta. Me dan dos versiones sobre la posible causa de la avería: una pelea en broma acabó con una colisión múltiple A empuja a B -> B cae sobre C -> C golpea sin querer la pizarra, y que un niño (con nombre y apellidos) de otra clase vino y la estuvo aporreando. Se lo digo por el pasillo a la jefa de estudios, que dice que habrá que hablar con los respectivos tutores. Los compadezco, o quizá no, porque ellos han salido ya y a mí me queda por dar una clase.

Segundo. Soy la tutora, y a pesar de que ya tuvimos sesión de tutoría el miércoles, pretenden que reorganice ahora cómo se sientan. No me dejo engatusar, pero tengo que dedicar unos minutos a supervisar agendas y citas con sus padres. Compruebo los deberes: no los ha hecho casi nadie aquí tampoco. Los dejo para el lunes, y les doy la misma introducción a los verbos irregulares que hice en la otra clase. Antes del vocabulario sobre la familia, hacemos una relajación con música. Pongo The velocity of love, que ya la conocen. Son capaces de cerrar los ojos hasta con un vídeo de youtube y el proyector encendido.

La diferencia en el repaso del vocabulario sobre la familia es que al comentar el género gramatical father vs. parent hago una broma sobre su típico error «my fathers» y acabamos con un brevísimo debate y muchas preguntas sobre el matrimonio igualitario y la educación de los hijos de parejas del mismo sexo. Algunos arrugan la nariz porque sea posible; otros se escandalizan de que el matrimonio igualitario y la adopción por homosexuales no sean universalmente reconocidas. Un niño dice «pues yo no estoy de acuerdo» «¿con qué?» «con la homosexualidad». En el coro de protestas escojo a la voz que dice «…derecho a su opinión». Zanjo esto con que no todo es opinable, y que no podemos tener  un debate sobre los derechos más básicos de la gente. Decir «imagínate que tenemos un compañero de clase gay» ayuda.

Mi bolsa es un caos de papelitos, notas, agendas, exámenes. Eso me agobia muchísimo. La ordeno un poco, lo justo para separar el trabajo que merece la pena llevarme a casa.

Horas lectivas: 4.
Horas no lectivas: ninguna.
Horas reales trabajadas: 6.30

 

21 días, día 5. Una jornada interrumpida.

A este grupo de primero le gusta más esta versión que la de los Beatles.

Los jueves son el día más largo de la semana, pero no cansan. Tengo dos horas de clase, una de gestión administrativa, recreo en la biblioteca, una hora oficialmente libre pero que solo puedo emplear en trabajar (eso os lo explico el jueves que viene), y dos horas más de clase. Sin embargo, hoy es diferente porque tengo que ir al médico. La cosa va así: disponemos de cuatro días por año natural para ir a una cita médica o para estar de baja. A partir del quinto, nos descuentan el 50% del sueldo. Hace 5 años, cuando estaba afónica, si iba al médico me daban entre una y dos semanas de baja. Ahora, directamente no voy al médico, ¿para qué? si no me podría permitir perder tanto dinero. Así fue cómo en noviembre estuve tres semanas con dolor de garganta hast que me obligaron a ir porque tenía una infección y placas de pus. De todas maneras, el dolor de garganta es permanente. No lo he mencionado hasta ahora porque alargo mucho las entradas, pero hace años que me quedo ronca con mucha facilidad. He encontrado maneras de elevar mucho la voz sin que duela mucho más; de hecho me resulta más fácil hablar alto que suave. Duele menos. No se lo digáis a un logopeda, que me riñen.

Volviendo a lo de hoy, si faltamos solo parte de nuestra jornada, no cuenta para quitarnos sueldo. Antes de que existiera la norma me parecía razonable llegar tarde o irme pronto si tenía algo justificable que hacer, y no faltar todo el día si por ejemplo tenía que estar en un curso a las doce. Así que hoy doy las dos primeras horas de clase antes de salir para el médico.

La primera alegría me la llevo antes de entrar: en la puerta, se están besando una alumna mía y una chica que no es de este centro. Las despedidas apasionadas a las ocho de la mañana son habituales, pero suelen ser entre chicas del centro y varones de fuera, y en lugares más discretos que el mismísimo portalón. Nadie pestañea.

Persigo por un pasillo a dos chicas que no entregan libros a la biblioteca, y entro en primero. Ayer se me olvidó poner en la crónica que como nos sobraron cinco minutos de clase y no quería empezar nada nuevo, me recordaron que hace mucho que no cantamos. Se aprendieron de memoria Hello, Goodbye de los Beatles en diciembre y no la han olvidado, así que les dije que hoy la grabaríamos. Practicar una canción, grabar a un grupo entero cantando a coro, solo sonido, sin vídeo, y subirlo a una página web, es una de las actividades más motivadoras que he hecho. Hay ejemplos del año pasado aquí.

Primero corregimos los deberes. Solo los han hecho 10 de 25, pero corrijo de todas maneras. Unas cosas las leen ellos y otras las dicto yo. No tengo ordenador en esta clase (se acaba de averiar) y solo escribo en la pizarra las dudas. Me hacen preguntas sobre nutrición y sobre animales porque los ejercicios tratan un poco de eso, y contesto unas en inglés y otras en español, según lo complicadas que sean. Un niño alaba el nivel de español de una alumna rumana que no sabía nada cuando llegó en septiembre; la integración de los niños extranjeros es admirable y el racismo del alumnado suele ser bastante escaso. Cantan Hello Goodbye porque se han portado muy bien y sobra tiempo, la grabo, y me llevo la tarjeta de memoria de la grabadora para subirla a internet desde casa. La grabadora es mía, no quise gastarme el presupuesto del departamento de hace dos o tres años en algo que solo pensaba usar yo.

Me voy a tercero. En la puerta, un niño viene desde la otra punta del pasillo. Algunos tienen la costumbre de meterse en clases ajenas, lo que puede dar problemas serios porque si se rompe o pierde algo siempre se acusará a «uno de otra clase que vino». Me ve que pongo mala cara y hace una pose y un gesto de burla. Le digo que si tiene ganas de partes, y dice que él no ha hecho nada. Va a ser peor si me enfrento, así que lo dejo pasar.

Varios protestan por el calor; es verdad que la calefacción está puesta demasiado alta esta semana. Hago que se sienten lo más lejos posible de la pared de los radiadores, y empezamos. ¿Quién ha hecho los deberes? nadie. ¿Quién ha hecho la redacción? Un tercio de la clase como mucho. Les digo que no vamos a usar los deberes como material de clase, que los quiero para el lunes, y empiezo tema nuevo.

El vocabulario suelo trabajarlo siempre de la misma manera. Si el libro dice «la ropa», y da una lista, casi siempre sin orden, yo les doy cinco minutos para recordar, hago un gráfico o tabla, y lo relleno primero con lo que dicen ellos, luego con lo que no saben en inglés pero tienen curiosidad por traducir, y luego lo completamos con lo que venga en el libro. Evito trabajar con listas descontextualizadas. Este vocabulario es muy frecuente en 3º de ESO, independientemente del libro de texto que se use. Hoy nos cuesta porque algunos tienen unas carencias de vocabulario muy elementales. Cuando llevo diez minutos preguntando para que digan una palabra cada uno por turnos y le toca a un chico muy tímido (o muy inseguro en mi clase, no lo sé), se queda callado mirando fijamente las tablas de la pizarra y tapándose la boca con la mano. Acabo por sacarle con fórceps que no sabe dónde habría que clasificar la que quiere decir (partes de arriba y de abajo, ropa fresca y cálida, complementos y joyas) porque no entiende las palabras que configuran las tablas. Le grito (sí, ya sé que está mal) «Si no entiendes algo, pregúntalo». Cuando le pregunto qué es lo que no entiende, dice que «nada«. Desgrano, en inglés, despacio, con sinónimos y ejemplos, los significados de cool, warm, y accesories. Cuando llego a top y bottom, señalo la parte de arriba y de abajo de la pizarra, de una silla, de la mochila de una niña, y ya que estoy en el centro de la clase, vuelvo a la pizarra con un sonoro «and this is my bottom» y una palmada. La clase entera menos el tímido se ríe, pero no de él. Seguimos con normalidad y al final tienen interés en saber cómo se dicen los nombres de la ropa interior. Los doy todos. No conseguimos acabar porque no hemos tocado el libro.

Antes de irme al médico, le pido a las conserjes que me hagan copias del examen de mañana, y dejo tarea para que el maestro de guardia supervise al grupo al que no voy a poder dar clase hoy. Agradezco infinito que la biblioteca se coma las horas que podría pasar haciendo guardias, y como es una tarea pesada que a nadie gusta, me tomo en serio la obligación de dejar deberes puestos si voy a faltar.

Por la tarde, tengo más cosas que hacer que tiempo para hacerlas y empiezo por la más pesada: corregir los exámenes de 2º que puse el lunes. Odio corregir con toda mi alma, y suelo tardar mucho en ponerme a ello. Corrijo quince exámenes en hora y media, lo que significa que no voy a poder tener cincuenta para mañana como quería. Pero las notas no son muy bajas y la niña a la que llevo apoyando aparte dos medias horas ha pasado del 2,3 al 4,9.

Horas lectivas: 4. (he cumplido 2)
Horas no lectivas: 1:30 (no he cumplido ninguna)
Horas reales trabajadas: 3:30 (dos por la mañana y 1:30 por la tarde).

Las «tutorías con las familias» en educación.

Una de las partes más invisibles del trabajo del profesorado es la entrevista con las familias. Cuando hice cursos de preparación pedagógica y metodológica nunca se las mencionó, excepto para decir, de pasada, que hay quien protesta porque «hemos suspendido a su niño». Sí, a veces la cita con la familia puede tener que resolver un conflicto, pero hay bastante más que saber.

Para empezar, el protocolo que se sigue. Yo puedo hablar del que me he encontrado en los institutos de secundaria de Andalucía. La cita puede ser a petición de la familia, que normalmente te lo comunica a través del alumno, o del profesor. Los profesores tenemos montones de cosas que hacer que nos vienen impuestas, y es difícil tener iniciativa para citar tú, pero en algunos momentos (esas rebeldías adolescentes, el paso de Primaria a ESO, esa criatura que ves venir que va a suspender muchas como no cambie…) una llamada de teléfono a tiempo puede arreglar mucho.

Si eres tutor, legalmente se reserva a esta tarea una hora semanal, que en muchos casos es por la tarde. Como yo me extiendo bastante en esas reuniones, me da tiempo a ver a pocas familias y por eso también meto algunas citas en huecos que tengo en mi horario de mañana. Entre llamar por teléfono, hablar con otros profesores, la reunión en sí, y llevar un registro, probablemente me coge un par de horas semanales de media. Pero nada, cita cogida y lo siguiente es conseguir que los demás profesores rellenen una hojita con la información que consideren relevante sobre el alumno: cómo se porta, si hace las tareas, y qué notas saca. Las primeras veces me extrañó, yo creía que los niños llegan a casa y cuentan qué les han puesto en tal examen o si tienen deberes, pero resulta que no, que algunos mienten o disimulan. Algunos padres se enfadan mucho cuando se enteran, y otros se resignan a que sus hijos no hablen en casa de ningún problema académico.

Y entonces llega la cita. Tienes que tener preparada la hoja en la que los profesores han apuntado sus observaciones y cualquier otra información que consideres necesaria. Aunque parezca una tontería, con la persona que venga lo primero que tienes que hacer es identificarte (sabe que eres el tutor o tutora pero quizá no sabe ni cómo te llamas ni qué materia das) e identificar a quien ha venido. En mi experiencia, la cita suele ser con la madre, pero también veo a padres, abuelas, abuelos, tutores legales, y cuidadores de facto sin relación de sangre, además de a la actual pareja de la madre y a hermanas mayores.

Las familias vienen casi siempre a que se las informe del progreso académico, pero no es lo único que quieren saber. En época de notas vienen a que se les cuente la causa de los suspensos, y eso no debe ponernos a la defensiva, ya que muchas veces quien parece que viene a protestar porque cree que su hijo mereció otra cosa lo que quiere saber son los motivos: ¿necesita refuerzo? ¿tiene dificultades porque trabaja y aún así no comprende? ¿no ha trabajado lo suficiente? ¿por qué no me avisaron de que no hacía nunca los deberes? (y aquí es donde te das cuenta que deberías haber citado tú a esa familia semanas antes). También hay familias con hijos que trabajan más y mejor si están un poco «controlados», y vienen a verte una o dos veces al trimestre para que su hijo sienta esa vigilancia. A veces, si el alumno está en un curso inmediatamente anterior a que haya optatividad, es bueno orientar a los padres sobre cuáles son las opciones futuras de sus hijos sin necesidad de que pregunten.

Hay reuniones agradables, tipo «yo lo que quería era ponerle cara porque si no es muy frío, que mi hijo pasa aquí con usted todo el día» y reuniones muy desagradables, como cuando te toca arreglar un caso de acoso escolar o cuando una familia está enfrentada con un profesor (tú o un compañero). En cualquier caso, las desagradables son una excepción. Lo más importante es tener toda la información muy clarita antes de que la familia llegue, y si no puedes tenerla, saber a quién tienes que preguntar.

Muy pocas veces he tenido una reunión simultánea con la familia y un alumno (exactamente dos veces en toda mi carrera). No suele ser una buena idea porque el adolescente va a sentirse demasiado presionado por tanto adulto hablando de él, y se puede cerrar en banda. Estas reuniones sí son una buena idea cuando ha habido malentendidos: el alumno nos ha mentido y queremos aclararlo entre todos, hay un caso de acoso y la presencia de un familiar adulto es reconfortante, queremos orientar unas técnicas de estudio que el adulto puede asistir porque el niño solo no va a saber… es decir, algunas situaciones muy puntuales.

Por supuesto, se puede atender por teléfono o email. Yo reservo el teléfono solo para lo que es urgentísimo, y el email lo uso siempre que la propia familia me lo pide. Aunque sea lo más rápido, me gusta el trato en persona.

La cita con los padres es una rutina más del profesorado que no se valora lo suficiente. Hay que tratarlas con el respeto que merecen y no verlas como un fastidio, aunque como no son una tarea sistemática, siempre parecen un «extra». Un par de reuniones con una familia pueden aclarar dudas, prevenir conflictos posteriores, e incluso salvar la trayectoria de un niño.

De adopciones, acogidas, y sus mitos.

annieAnnie (1982) y sus amigas del orfanato esperaban unas a sus padres y otras, una adopción.

Sobre la adopción y la acogida pesa un mito que se puede resumir así:

El mundo en general y los países pobres en general está lleno de niños que necesitan y desean ser adoptados. Si adoptar es caro y difícil, es porque hay graves restricciones a la demanda, es decir, porque para ser adoptante te «exigen» muchísimo.

Sobre la segunda mitad de este mito, no tengo nada que decir. Este post está encaminado a destripar la primera mitad. Es algo que trabajadores sociales y otros expertos seguro que harán mejor que yo, pero me lo he encontrado varias veces seguidas, y también es algo que las mujeres sin hijos nos encontramos cuando alguien bienintencionado nos dice: «¿has pensado en adoptar?». Así que haré lo que pueda por aclarar un poco la cuestión.

En primer lugar, un concepto. «Acogida» puede significar «pre-adopción, adopción en pruebas» y también tener la guarda de un menor que ni es «tuyo», en el sentido de que no le vas a poner tus apellidos, ni lo va a ser nunca. Hay acogidas puntuales (emergencias), temporales y permanentes según la legislación y las necesidades del menor. También hay acogida internacional para que niños de zonas del mundo muy concretas pasen sus vacaciones en España (dos ejemplos son los saharauis y sus «Vacaciones en paz» y los bielorrusos de la zona de Chernobyl). En este post usaré solo este significado y no el de «preadopción».

Volviendo al principio: los niños. Para tener menores sin padres necesitas quitárselos a la familia, o que los abandonen padres desprovistos de una red de apoyo familiar. Otra opción es que la madre muera en ausencia de la mencionada red de apoyo. Os adelanto: en España es extraordinariamente raro, por no decir insólito, que a alguien «le quiten» los niños. Por ejemplo, no le quitan los niños a la gente que no los escolariza, ni a quienes les niegan tratamiento médico, ni a los maltratadores (o asesinos) de su pareja. Resumiendo, a casi nadie. Lo más frecuente que los niños completamente desatendidos queden de facto a cargo de un familiar. Sólo cuando toda la familia es un puro horror o cuando la madre está muy sola, sin abuelas ni tías ni amigas, se nota que hay niños desatendidos. En un sistema así, los servicios sociales se basan en que lo peor para los niños es el desarraigo familiar y que intervenir consiste en educar o apoyar a la familia. Puedes tener sistemas de servicios sociales que aparten a los hijos de los padres con más facilidad, pero corren un grave riesgo de ser clasistas y de centrarse en las familias pobres y en las madres solteras.

En cualquier caso, acabas teniendo menores institucionalizados porque algunos sí salen de esas familias que no cuidan de ellos. Estos niños no van a ser bebés: vas a tener una madre que por razones diversas no quiere o no puede cuidar de sus hijos, a veces varios, y desatiende a todos o a parte de ellos tras una temporada de intentarlo o de que la situación se le vuelva insostenible. Te preguntarás por qué cuando esos menores ingresan en algún centro, no se los «da» en adopción. Primero, porque la madre no ha perdido la «titularidad» última sobre ellos. Se espera que cuando salga del bache los reclame, se la evalúe y los recupere, y algunas de las situaciones que provocan estas acogidas son breves, o de naturaleza temporal. Segundo, porque pasada cierta edad se piensa que no es una gran idea dar en adopción. Ponte en el lugar de un niño de diez años: no quiere simplemente «amor adulto», quiere el amor de SU madre, la que él conoce. No es tan sencillo decir «ah, qué bien, esta señora dice que ahora me va a querer ella». Cada caso es diferente, por supuesto. Para esos niños, la acogida con familias voluntarias es el término medio que se va buscando: un ambiente familiar que se espera que sea temporal pero a veces no lo es. Resumiendo: no es nada fácil adoptar niños españoles porque apenas hay, y no los hay porque el sistema se basa en no quitárselos a sus padres biológicos y casi nadie los abandona, y mucho menos cuando son muy pequeños.

Mucha gente tiene la vaga noción de que no hay niños españoles adoptables, y entonces se plantea la adopción internacional. Y volvemos a las tres razones para que un niño no tenga padres: abandono o muerte en ausencia de familiares, y retirada por los poderes públicos. Vamos a por el primero: ¿por qué piensas que las mujeres extranjeras tienen más ganas que las españolas de abandonar a sus hijos? ¿por su particular cultura, o porque son pobres?

Observémoslo desde el principio. Para tener un sistema que facilite que se entreguen niños en adopción, necesitas un país que no esté en guerra para que la burocracia pueda funcionar eficazmente. También que no haya anticonceptivos fáciles de conseguir, ni aborto legal o accesible. Estar embarazada es molesto, y puede tener riesgos como que al padre no le guste la idea, o que te echen del trabajo. ¿Qué mujer mantendría un embarazo no deseado si puede evitarlo o terminarlo? Una vez nacido el niño, necesitas que la madre no pueda mantener a la criatura, es decir, que sea pobre,  y ausencia de red familiar de apoyo. Para facilitar el abandono, la entrega a las autoridades, o la retirada del menor, también debes tener una cultura entera con cierto desprecio por la vida, y un sistema social autoritario que se haga cargo de embarazadas, recién paridas y bebés. Para facilitar las adopciones internacionales necesitas que no haya familias locales que quieran quedarse con esos niños en su país de origen. Creer que el mundo está lleno de orfanatos como los de Annie, lleno de niños pequeños guapos y exóticos cuyo gobierno está encantado de venderte o regalarte es una idea muy colonialista, porque asume una serie de pequeños pensamientos, como ladrillos, para construir ese orfanato de tu mente: «las mujeres de países pobres no quieren o no saben usar anticoncepción. Esas mujeres abandonan bebés con gran facilidad, quizá es porque en sus culturas no se siente tanto amor por los niños. También es una cultura en la que a esposos, abuelos, etc., les parece bien que se abandone a los niños de la familia; o será porque nadie quiere a esas mujeres. Las autoridades que no tienen medios para cuidar de ella (trabajo, servicios sociales) sí los tienen para crear una red de orfanatos. Quizá lo que ocurre es que en su país, a las madres muy pobres o solteras el gobierno les roba a sus hijos, aunque eso no lo podemos saber y casi mejor que no enterarse. En cualquier caso, esos niños están mejor aquí que en su país. Quedarnos los niños es más inmediato que arreglar los problemas que los han sacado de su familia».

Según las mujeres van consiguiendo más derechos, la cantidad de países que cumplen los requisitos indicados es cada vez más pequeña. Por eso la adopción internacional es cada vez más difícil, porque aunque nos guste pensar lo contrario, no existen esos orfanatos llenos a rebosar de bebés que nos esperan.

La gente que ya está embarcada en una adopción, internacional o no, tiene mi admiración por su valentía y su paciencia. Para los que se lo están planteando como una manera de arreglar el problema de la pobreza y el desamparo infantil, olvídate.  No sirve. Te propongo dos opciones: la fácil es colaborar con ONGs que se dediquen a promocionar la anticoncepción o a cuidar de niños. Dependiendo de la ONG y de ti puede ser colaborar en tiempo o en dinero. Evita que los niños de otros países necesiten llegar a ser adoptados. La difícil es informarte sobre las acogidas en tu comunidad autónoma. Puede que las haya temporales, urgentes, de larga duración… quizá puedas hacerle la vida más agradable temporalmente a un crío necesitado.

Las acogidas internacionales me las recordó @versoblanco.