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21 días, día 4. ¿Llamar, picar o golpear a la puerta?

Bob Dylan, Knockin’ on Heaven’s Door.

Los miércoles vienen completitos: tres horas seguidas de clase, recreo en la biblioteca, una reunión y otra hora de clase. Es decir, cinco horas y media sin pausas igual que los lunes, pero se agradece la reunión. Con un horario como el mío, las reuniones hacen las veces de descansos.

Empiezo con tercero. Son un grupo muy tranquilo, los que menos tengo que reñir. Nunca levanto la voz. Hoy parecen dormidos; iba a empezar con una audición pero no están muy por la labor. Improviso invirtiendo el orden con la actividad siguiente. El libro utiliza la palabra collocations sin definirla y dedico unos minutos a explicar en español, con ejemplos en inglés, español y portugués, la diferencia entre refrán, frase hecha y “collocation”. Les recuerdo que desde primero saben utilizar collocations y hacer ejercicios con ellas, y se me desmandan todos en un arrebato de nostalgia sobre compañeros de clase y anécdotas de 1º de ESO. Cuando consigo traerlos de nuevo a la Tierra, hacemos sin problema un ejercicio sobre qué complementos son adecuados para do (do your homework), have (a shower) y get (an award). Añado en la pizarra tres ejemplos con make. Hacemos el listening ahora que están más espabilados y les sale bastante bien. El actor tiene acento americano y les cuesta un poco; me pregunta uno cómo se distingue americano de británico y le imito las distintas pronunciaciones de four cars y reality. Como sobra tiempo, les pongo con mi móvil trocitos de dos versiones Knockin’ on Heaven’s Door, que mencioné para poner un ejemplo. Alguien dice “ha muerto el de California” refiriéndose a Glenn Frey, compositor de Hotel California. Íbamos a cantar noséqué de Maroon 5 por petición popular, pero cuando la escuchan los convenzo de cantar Hotel California. Deberes míos para el fin de semana: haz un listening a partir de ésta, junta las versiones de Eagles, Gypsy Kings a ser posible con videoclip de The Big Lebovski, y Kevin Johansen; reserva la biblioteca para tener un audio mínimamente decente.

¿Por qué hemos escuchado música usando mi móvil como reproductor? Porque no funciona el audio de la pizarra digital. Tengo una clase sin ordenador, una clase con ordenador pero sin audio, y una clase con pizarra digital y audio pero sin posibilidad de poner DVD (y hasta ayer sin libro digital).

Siguiente clase: primero. Les he dicho que me tienen que esperar en sus sitios y con el material de inglés y no lo ha hecho casi nadie. Reparto puntos negativos a diestro y siniestro. Les informo de que voy a hacer algunos cambios en mi manera de dar clase y de puntuar para que aprendan mejor y saquen mejores notas, y les leo lo que creo que es relevante para ellos del informe que elaboré ayer. A continuación corregimos los deberes:  tomo nota de quién no los ha hecho, pido agendas para avisar a las familias de quienes no los han hecho muchas veces seguidas, y proyecto en la pizarra digital lo que casi todos tienen en fotocopias. Son una colección de actividades de tipo tradicional, poco comunicativas, que reuní en septiembre a partir de materiales y suplementos que las editoriales consideran fotocopiables. No es lo ideal, pero es la manera más rápida y barata de tener un cuaderno de ejercicios. Hoy tengo que reñir muy poco y avanzamos muchísimo. Es el último día de clase antes del examen y les veo bastante bien preparados.

Tutoría. El plan inicial era hacer una autoevaluación de sus métodos de trabajo y estudio del 1º trimestre, y a partir de ahí hacer un dibujo o un poster con los puntos que se comprometen a mejorar. No vamos a poder hacerlo todo porque estoy enfadadísima con ellos y toca reñir: ayer una chica se enganchó con la puerta en un momento en el que estaba bloqueada de gente. Esta es una costumbre permanente de todo el instituto: donde quieren estar entre clase y clase es en el quicio de la puerta. En el recreo se ponen en la puerta de la biblioteca, cerrando el paso, sin mala intención. A mí me pone de los nervios porque cualquier día alguien da un portazo y les pilla un dedo, o como ayer, de un empujoncillo o broma alguien se desgarra la camiseta con el picaporte. Pregunto  qué pasó y me salen al menos cuatro personas que estaban donde no debían. Una amenaza de parte (cartita para las familias) acaba con una escena de llantos. Corto el drama con un ejercicio de relajación, y me alivia que nadie protesta. La fuerza de la costumbre hace que cuando digo “pies en el suelo, mira adelante, las manos caen, espalda recta, cierra los ojos”, inmediatamente se interrumpe lo que se esté haciendo. Les dirijo diez respiraciones profundas y pasamos a la tarea de autoevaluación que nos encomendó la orientadora. No da tiempo de hacer un dibujo y se lo dejo encargado a los que tienen Alternativa mañana.

Recreo. Poca gente viene a leer o estudiar pero hay un trasiego muy activo de préstamos y de consultas, además de los dos o tres niños que vienen a ayudar. Estoy molida, así que me planto en la silla y les hago traerme y llevarse cosas, entre ellas café.

Reunión de tutores. En estas reuniones, lo más habitual es que la orientadora nos vaya diciendo qué podemos hacer con nuestra clase en la hora de tutoría. Nos da algunas instrucciones sobre el día de la paz y alguna cosa más mientras me como el yogur que no pude tomarme ayer. Me comunican que se han establecido unos criterios comunes y obligatorios para el profesorado al evaluar los cuadernos de clase; lo único que no hago ahora es que los niños tienen que escribir los enunciados completos de los ejercicios. No sé si se refiere a copiar todo el contenido del libro cuando hacen, por ejemplo,  un ejercicio de rellenar huecos, o solo a copiar el título de cada ejercicio. En ese momento entiendo que se refiere a lo segundo, y de todas maneras si hiciera a mis alumnos copiar ejercicios completos antes de empezar a resolverlos, haríamos la cuarta parte del trabajo que hacemos ahora. Salgo a comentar un par de detalles disciplinarios o burocráticos con la jefa de estudios. Alguien dice que hoy es un día especialmente movido, todo el mundo quiere hablar con todo el mundo y todo da problemas. La reunión acaba un poco pronto, pero en los quince minutos escasos que me sobran ¿qué tarea puedo empezar y terminar? Me limito a poner papeles en orden.

La última clase del día. El otro grupo de primero. Será que es la quinta clase del día pero no hay quien haga nada. Tardamos casi toda la hora en hacer el ejercicio de escucha que el otro grupo hizo ayer. Les cuento lo mismo sobre cambios que voy a hacer en la clase, y protestan mucho, además de hacer muchas preguntas sobre hipotéticos casos de acumulación de amonestaciones. Dar por supuesto que se van a portar mal y que acabaré sancionando más que antes, cuando mi propósito es el contrario.

Salgo tarde. Me ha pasado más veces esta semana pero no es lo que acostumbro.

Ya en casa, lanzo al aire en twitter una pregunta sobre recomendaciones de lectura para los 12 años y en un momento hay veinte personas hablando a la vez. Tomo una nota rápida de los títulos que citan (esto no lo voy a añadir al conteo de horas que pongo al final). Decidir qué libros comprar para la biblioteca es una parte algo difícil de mi trabajo.

Para terminar el día, termino el examen de primero que tanto tiempo me ha llevado. La diferencia entre las versiones mayoritaria y simplificada es que en la mayoritaria, 5.5 puntos corresponden a preguntas tipo test, verdadero o falso, y similares, y en el muy fácil, es así el examen entero, pero los contenidos son los mismos. tengo la obligación legal de adaptar los contenidos a algunos alumnos, muy pocos, pero me gusta ponerle el examen fácil a cerca del 20% más rezagado de la clase.

Horas lectivas: 4.
Horas no lectivas: 1:30.
Horas reales trabajadas: 6:30

21 días, día 2. Lunes de prisas.

Soy una profesora muy poco moderna. Pongo deberes, uso libro de texto… vamos, de lo peor.

Los lunes son el horror porque tengo cinco horas y media seguidas sin ninguna pausa. Tres clases, biblioteca, dos clases. Por lo menos salgo a las dos. Hoy llego un poco antes de la hora, porque necesito que las conserjes me fotocopien el examen que voy a poner a las 9:30 y a las 12. Normalmente hago los exámenes con un poco más de antelación y habría pedido estas copias el viernes, pero la semana pasada fue un poco rara. Dejo el examen (impreso en casa) en la conserjería y me voy a juntar los trastos (libros, bolsas, reproductor de CD) que tengo en la sala de profesores. De paso, dejo una caja grande de magdalenas. En este instituto, hay muchas profesoras que cuando tienen algo que celebrar traen comida, y hoy me apetecía hacerlo a mí. El día empieza bien y la gente me felicita.

Me voy a Tercero. Este grupo es una consecuencia de la LOMCE. Antes, en 3º había dos niveles. El estándar, y “diversificación”, un grupo reducido con dificultades de aprendizaje de distinta naturaleza que pasa alrededor de la mitad de sus horas aparte y la otra mitad, mezclado con un grupo grande. También tienen menos profesores. En mi experiencia, el éxito de Diversificación está en el grupo reducido: alrededor de diez alumnos y ninguno de ellos conflictivo. Desde este año, con la LOMCE, la segregación es triple. Por una parte, “programa de mejora”, equivalente a Diversificación. Por otra, los alumnos que cursan un currículum muy parecido al estándar de siempre. Y un grupo intermedio: los que han escogido “matemáticas aplicadas”. En otras comunidades autónomas, escoger Matemáticas Aplicadas en 3º obliga a cogerlas en 4º e impide acceder a Bachillerato, pero en Andalucía no. De momento, el grupo que tiene matemáticas aplicadas y ninguna otra adaptación reúne a alumnado con alguna dificultad pero no tantas como para entrar en Diversificación, ya que se prefiere que una opción que puede limitar las salidas académicas y profesionales solo la estudie el mínimo posible de alumnos. En mi materia, el nivel en general es bajo (con excepciones) y están muy poco motivados. Muchos tienen el inglés pendiente del año anterior y algunos apenas sabían nada al empezar el curso.

Corregimos deberes. Casi todos los han hecho. Se trataba de un tipo test que repasaba varios temas, y lo corregimos oralmente. Trabajamos con el libro de texto digital sobre un proyector y eso facilita mucho la corrección y la lectura. Tengo que decir una y otra vez (y otra, y otra) que no quiero que me digan solo la respuesta, sino que lean una frase entera cada uno. Suelen leer las palabras de una en una, haciendo largas pausas y esperando que corrija su pronunciación entre palabra y palabra. Hago dos interrupciones: una para reñir a uno que bromea con que una chica es demasiado “de pueblo” para pronunciar bien y otra con un chico que se atasca y lee no con acento español, sino cambiando casi todas las consonantes. “A packet of crisps” se convierte en “A pascket osh crip”. Le hago repetir después de mí, pero se atasca y además habla cada vez más bajo. Lo dejo cuando los demás se ríen. Cuando terminamos de corregir, explico en español un concepto gramatical que no han acabado de entender en uso, hacemos dos ejercicios, pongo más deberes, y me voy un minuto antes de que toque el timbre. Dejarlos solos está prohibidísimo, pero tengo que ir a poner un examen en 2º.

En el pasillo, la jefa de estudios me avisa de que en el recreo va a venir el padre de un niño al que sancioné la semana pasada por una pelea. Eso significa que no voy a poder abrir la biblioteca hasta que resuelva la situación.

Cuando llego a segundo, no han separado las mesas para hacer el examen. No tienen ninguna prisa. Se separan, reparto los fáciles primero y el otro (que jamás llamo “examen normal”) después. Doy instrucciones detalladas en español sobre las preguntas. Me preguntan unas diez veces cómo se hace una de ellas, para mí muy sencilla. Después de que toque el timbre, un niño me dice que no consigue entrar con su usuario y contraseña en el “aula virtual” del instituto. Le digo que ahora mismo no lo puedo resolver.

Clase en 1º. También deberes, un test parecido. Lo han hecho dos tercios de la clase y van leyendo cada uno una frasecita entera sin problemas, menos uno o dos alumnos que también ponen consonantes de más que ni están ahí ni son más fáciles en español. “Do birds…?” es “don bet”. Cuando terminamos con el test, sobran 20 minutos. Mi idea es introducir rápidamente una lista de vocabulario con rutinas diarias y a continuación hacer una actividad comunicativa sobre las mismas, pero no hay manera. Tengo que mandar callar tantísimas veces que tengo el tiempo justo de comprobar que entienden el vocabulario que he dado. Pongo deberes e insisto una y otra vez que si los mando es porque hacer deberes es más útil que estudiar teoría para el examen del viernes.

Recreo. Salgo a la carrera a hablar con el padre que no acepta la versión que hemos dado sobre la pelea de la semana pasada. Nos reunimos en un despacho los dos implicados, el padre, dos testigos, la Jefa de Estudios y yo. Resolvemos lo que se deja resolver; mientras tanto, son menos diez y no he abierto la biblioteca. Engullo una de mis magdalenas por el pasillo y abro; hay un corrillo esperando pacientemente, el niño de la duda informática y mis ayudantes. A las ayudantes las pongo a recolocar los libros que están fuera de sitio. Al niño no lo puedo ayudar, porque en la biblioteca internet funciona solo a ratos.

Examen. Otro grupo sin ninguna prisa por colocar las mesas en filas. Le digo a una alumna angloparlante que solo tiene que hacer dos preguntas del examen (la comprensión lectora y la redacción). Cuando por fin se colocan y reparto exámenes, miro a ver el problema informático del niño. Lo resuelvo. Un niño dice “el examen que tenemos la mayoría“. Disfruto de mi momentáneo triunfo sobre la palabra “normal”. Terminamos sin incidentes y me voy a mi última clase.

Primero. La clase va peor que la que tuve antes del recreo. Casi nadie ha hecho los deberes, así que hacemos el ejercicio ahora. Hay uno o dos niños con ese problema que les lleva a inventarse consonantes. No funciona decirles que repitan después de mí, ni escribir transcripciones fonéticas en la pizarra. La clase está un poco revoltosa y tengo que mandar callar muchas veces. No oigo bien a los que están dándome soluciones al ejercicio, ya sea porque me hablan demasiado bajo o porque hay varios grupitos charlando con el compañero. Pongo puntos negativos. Por una razón o por otra, me quedo corta y no consigo terminar la introducción del vocabulario que sí trabajé en la otra clase.

En una clase de cuyo nombre no quiero acordarme hay una alumna con una discapacidad que le impide llevar el ritmo de la clase, ni siquiera simplificado. Sale al “Aula de Apoyo” la mitad de mis horas, así que la tarea que suele realizar conmigo no tiene nada que ver con el resto. Lee en español libros infantiles y juveniles que escojo para que aprenda algo sobre la cultura anglosajona; ahora está con Las Brujas de Roald Dahl. Cuando no entiende una palabra suelta, me pregunta e interrumpo lo que haga con los demás para explicárselo. Es muy poco frecuente salirnos tanto de lo establecido, pero creo que esta adaptación es más enriquecedora para ella que hacer ejercicios de inglés de nivel Primaria. Es un caso extremo de adaptación y al departamento de Orientación le parece adecuado.

Salgo tarde, porque tres personas tienen que hablarme de distintos papeleos.

Voy a comer a casa y vuelvo porque tengo citadas a tres familias. Dos de ellas me dan plantón. A la tercera, le digo que más que hablar conmigo hoy le interesa asistir a una reunión que coordina la Orientadora. Me paso la mayor parte de esa hora corrigiendo exámenes.

Llegada a casa, priorizo dos tareas: apunto en la hoja de cálculo de las calificaciones cosas que andan en papelillos sueltos, y empiezo a diseñar un examen para 1º de ESO. ¿Que por qué papelillos sueltos? Porque no uso “cuaderno del profesor”, solo la hoja de cálculo, y en 2 de las 5 aulas no hay ordenador.

Horas lectivas: 5.
Horas no lectivas: 1.30
Horas reales trabajadas: 8.

Tres sistemas universitarios y sus exámenes.

Sala de estudio en la UPV (Fuente: Flickr del Campus de Gandía). Este tipo de sala de estudio no era frecuente en las universidades extranjeras, donde las bibliotecas se utilizaban para buscar información, o aprovechar la wifi.

Una de las ventajas de estudiar fuera, con una beca Erasmus por ejemplo, es que descubres que hay sistemas educatvos y de evaluación muy distintos a los que conoces. Aquí mi experiencia tiene un problema a la hora de comparar, porque terminé la carrera hace más de diez años y desde entonces ha tenido lugar una reforma universitaria que ha cambiado algo las cosas; ya me diréis si ha cambiado cómo son los exámenes, o la carga lectiva, que es en lo que me voy a centrar.

En España he estudiado Derecho y Filología Inglesa. En Derecho la cuestión era sencilla. Había tres modelos de examen: La inmensa mayoría de los profesores ponían preguntas largas, “de desarrollar”, aunque no había que desarrollar nada, sino más bien largar toda la teoría que hubieras sido capaz de aprenderte de memoria. Los exámenes de preguntas breves (por ejemplo una definición, o contestar algo que podía ocupar cinco líneas) los ponían profesores amables que volvían su asignatura fácil. Por último, algunos profesores ponían exámenes con pequeños casos prácticos o preguntas cortas para hacerte pensar un poco. Eso sí, en clase nunca se hacían ejercicios parecidos a los exámenes. Pasabas de la teoría en clase a estudiar teoría en casa a intentar resolver un mini-caso práctico.

Las preguntas podían ser a veces de temas muy obvios e importantes, pero casi siempre se asumía que “iban a pillarte”. Recuerdo un examen de la segunda mitad de Derecho internacional (una asignatura anual). El temario tenía 43 temas: introducción, introducción histórica, 40 temas con sustancia, y “conclusiones, divagaciones, idas de olla, el futuro del derecho internacional”. El tema 43 no se trató en clase. En el examen final cayó una pregunta normalita, una que era un listado a palo seco de tratados internacionales con sus fechas, y el tema 43. Escoge 2 de 3 (aprobé, no sé cómo).

Había unas 15 a 20 horas de clase a la semana, unas cinco asignaturas, la asistencia no contaba, necesitabas mucho tiempo para estudiar. Esto era diferente en Filología Inglesa. Teníamos unas 20-24 horas de clase a la semana pero la distribución en 3 días maratonianos era la más frecuente. El número de asignaturas variaba porque las optativas podían concentrarse en el primer o el segundo cuatrimestre, pero no bajaba de seis. La carga de tareas además de los exámenes aumentaba en el tiempo; en la 2º mitad de la carrera era casi incompatible con trabajar (la carrera, desde el primer día, era incompatible con trabajos entre semana). ¿Y qué tareas eran esas? Pues bien, había presentaciones orales (era obligatorio hacerlas pero no tenían nota numérica), trabajos escritos para entregar (a veces además de examen, a veces sustituyéndolo), y había que leer. Muchísimo. De 3 a 5 obras por cada asignatura de literatura. En 3º me tuve que leer 17 novelas en 13 semanas. La principal prueba en los exámenes consistía en que tenías que identificar de qué libro eran algunas líneas extraídas. Es decir, se buscaba demostrar que te habías leído los libros, pero tenías que recordar frases exactas porque tenías que situarlas en su contexto.

En ninguna de las carreras era obligatorio asistir a clase. La asistencia era mayor en clases que te aportaran algo que no viniera en los libros. Por ejemplo, las de literatura que se centraran en técnicas de comentario de texto. De facto, los profesores valoraban la asistencia a clase de manera arbitraria y subjetiva.

Salto a Aberdeen (Escocia). Primera sorpresa: prohibido tener más de 3 asignaturas a la vez. Yo nunca tuve más de dos. Segunda sorpresa: con dos asignaturas se trabajaba casi tanto como con 6 u 8 asignaturas en Sevilla. Por ejemplo, en “Shakespeare” leíamos una obra de Shakespeare a la semana. Esto era perfectamente compatible con un trabajo a tiempo parcial, porque con menos horas de clase eres más flexible y porque hay costumbre de contratar a estudiantes, por lo que si dices que a tales horas estás en clase, no es problema y te lo respetan (depende del sitio, claro). Había que hacer trabajos para clase donde se esperaba que supiéramos hacer buen uso de la bibliografía. Para que os hagáis una idea de la formación que había tenido en Sevilla, yo en aquel momento era superior a la media en conocimientos, en lectura, y en escritura del estilo de comentarios de texto, pero muy mediocre buscando y utilizando información crítica. No sabía usar una biblioteca, ni utilizar fuentes para apoyar o contrastar mis ideas, porque en Sevilla no me había hecho falta.

Los exámenes fueron un sorpresón. Eran muy difíciles porque eran verdaderas preguntas de desarrollo donde te pedían sacar conclusiones personales a partir de las lecturas obligatorias pero también de las recomendadas. Lo fácil es que te daban muchísimos temas, a escoger dos. Es difícil poner ejemplos y que se entienda su dificultad sin contexto, pero lo principal es que las preguntas no eran nada que se hubiera visto en clase. Suponte que habíamos tenido tres (TRES) clases teóricas sobre La Tempestad, centradas en sus influencias, sus predecentes, y adaptaciones al cine. Pues bien, una pregunta de examen era algo así como “Cuál es la influencia que tienen las localizaciones de La Tempestad en la acción. Dificultades y exigencias para la representación teatral”. Puede que hubieras leído algo sobre el tema, y puede que tuvieras que improvisar. En una asignatura de lingüística, tuvimos que analizar características de  nuestro propio dialecto, cada estudiante el suyo nativo. Esta manera de trabajar se había trabajado previamente en clase.

Por último, Estados Unidos. Aquí una diferencia grande es que las dos universidades anteriores eran públicas, y la americana, Cornell, no. Había estudiantes que trabajaban a la vez, pero eran la excepción. Imagino que en otras partes del país es diferente. La cantidad de asignaturas era un término medio entre España y Escocia, pero la cantidad de trabajo para casa estaba más en la línea escocesa. En una asignatura de psicología tuve que leerme un libro a la semana; en una de literatura de la que fui oyente había que leer el doble que en Sevilla. Todo esto se acompañaba de sesiones de debate y de entrega de tareas. Era normal tener que entregar un trabajo y hacer un examen, igual que en Escocia,pero con el doble de asignaturas. Mucho trabajo, en suma. Eso sí, los exámenes eran un mero trámite. Eran ridículamente fáciles. Lo que contaba era el trabajo anterior. Te leías un libro a la semana, entregabas deberes, participabas en una sesión de debate / comentario del libro semanal, y al final una pregunta del examen era “cuál es la idea principal que defiende Este Autor en Este Libro”. Tal como suena. Un simple trámite.

En los dos sistemas extranjeros había un número variable de lecciones magistrales a la semana (entre 4 y ninguna). La asistencia era obligatoria y no evaluable en una sola sesión semanal, de una o dos horas. Podías faltar a un número reducido de sesiones de estas sesiones, y daba igual tu justificación. En ambos sistemas, suspender un examen era relativamente raro, y hacer un examen de recuperación un drama. Eso sí, en ambos sistemas la nota media de la carrera era importante en el currículum y en EEUU muchos estudiantes se jugaban el acceso a estudios posteriores en función de su calificación media y en asignaturas concretas. Estudios clave que en Europa son un grado, en EEUU son siempre posgrado. Algunos ejemplos son medicina y derecho, pero para casi cualquier profesión hay posgrados. Una amiga americana me dijo en 2005 que su grado en psicología no servía para absolutamente nada en el mercado laboral, y no se refería a falta de ofertas de empleo sino a que no se considera un título suficiente.

Mi conclusión es que el sistema universitario español pre-Bolonia asumía que el estudiante no trabaja, o lo hace a tiempo parcial en hostelería (¿qué otro trabajo puedes hacer sólo en fin de semana?).  Continuaba con la tendencia escolar que intenta enseñar extensivamente: las asignaturas son muchas, y lo que cubren es amplio. Enseñaba fundamentalmente a memorizar y preparaba muy bien para opositar: varios temarios de oposición coinciden bastante bien con los de las carreras que hice.

El sistema británico es intensivo, con pocas materias pero estudiadas a fondo, y en Humanidades, se preocupa poco o nada por la “empleabilidad” de los conocimientos adquiridos. En cambio, se da importancia al uso de técnicas de aprendizaje muy diversas y te prepara para un mercado laboral muy flexible y que a menudo te pide que tengas un título, pero le da igual cuál. Te facilita trabajar a tiempo parcial.

Si estudiar en España es una carrera de obstáculos, el sistema americano te pone los obstáculos en el acceso. Es difícil entrar a una universidad de prestigio, ya sea para grado o para posgrado, pero los estudios de grado en sí son fáciles. MUY fáciles. Tiene mucho en común con el sistema británico, pero una de las diferencias es fundamental: estudiar un posgrado es imprescindible para que tu título sirva de algo, debido al interés económico de unas universidades que son casi siempre empresas privadas.

¿Es mi suspicacia, o en sus intentos de hacer un sistema menos memorístico, más práctico y dinámico, la universidad española no ha perdido ninguna de sus características antiguas y ha tomado la peor del americano?