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Studio Ghibli y largometrajes anime: una guía de visionado.

Poco a poco, las películas de Studio Ghibli han ido creando fans en España. Crean un universo bello, imaginativo, con personajes maravillosos y con modelos femeninos más interesantes que los de Disney. Sus obras también son excepcionales en Japón, donde la inmensa mayoría de los largometrajes de animación son obras de consumo fácil, vinculadas al manga y a series de televisión, aunque gracias a la influencia de Ghibli han surgido otras películas en la misma línea, de éxito y calidad variable.

No todas las películas de Studio Ghibli están pensadas para el mismo tipo de público ni son adecuadas para niños pequeños. Voy a comentar todas las de Ghibli y todas los largometrajes japoneses de animación que me parece que resisten la comparación, por orden de grupo de edad al que van dirigidas. Dentro de cada grupo de edad, las ordeno según me gustan más o menos. Están dirigidas por Hayao Miyazaki mientras no diga lo contrario. Las que tienen asteriscos no son de Studio Ghibli.

Películas para preescolares:

totoroMi Vecino Totoro.

Ponyo en el acantilado (2008): El remake feminista de La Sirenita. En el cuento original no sobrevive a salir del agua y se convierte en espíritu del aire, con un príncipe bastante egoísta y bobo. En Disney, el amor es la entrega absoluta, pero eso sí, ganas al príncipe y te quedas el reino. Studio Ghibli presenta otra visión, con un niño encantador que sabe lo que es amar mucho mejor que todos los príncipes azules. Y con Ponyo, una sirenita maravillosa. Una película de verdad, de verdad, para todas las edades.

Mi vecino Totoro (1988): Olvida los mensajes didácticos y la “educación en valores” (que la hay, y mucha). Una fantasía pequeña, preciosa, sobre cosas que dan miedo pero al final salen bien. Por eso me parece buena para niños pequeños: ¿habrá algo que dé más miedo que una enfermedad de tu madre?

Películas infantiles pero con algo más de complicación:

wolf-childrenLos niños lobo.

El viaje de Chihiro (2001): Lo que me gustaría que inspirase el próximo siglo de cine infantil. Perfecta, redonda.

La princesa Mononoke (1997): Puede que el principio le dé miedo a niños pequeños. Una maravilla sin comparación con nada.

Porco Rosso (1992): Puede ser una buena introducción al cine bélico clásico y a las guerras mundiales porque es accesible a niños muy pequeños. Admite muchos visionados porque la entenderán mejor según crezcan.

El Castillo ambulante de Howl (2004): En la línea de fantasía de Chihiro y Mononoke, pero un poco más sombría.

El Castillo en el cielo (1986): una fantasía algo absurda en la que destaca la primera de las “Ancianas Ghibli que parece que van a ser malas pero luego resulta que no”, la abuela pirata.

Los niños lobo*** (Mamoru Hosoda, 2012): Un cuento tan triste a ratos, que parece de Takahata: la historia de una mujer humana cuyos hijos son niños-lobo. Una historia muy bonita. Fuera de Ghibli, de lo más adecuado para menores de diez-doce años.

El cuento de la princesa Kaguya (Takahata, 2013): estéticamente preciosa, dividida en dos mitades, la primera más divertida y la segunda más melancólica.

Arietty y los diminutos (Hiromasa Yonebayashi, 2010): Los Diminutos están en la misma situación que los tanukis: viven en los cimientos de una casa y dejan de tener una vida tranquila. En lugar de usar animalitos o un bosque, esta vez el mensaje ecológico es una metáfora con seres imaginarios.

El niño y la bestia*** (Hosoda, 2015): Chihiro + Karate Kid = Esto. Muy entretenida y a un nivel imaginativo y de calidad muy alto.

Pompoko (Isao Takahata, 1994): La película más divertida de su director. Los protagonistas son “tanukis”, un animal japonés de aspecto similar a un perro o un mapache. En el folklore se dice que son listos y pueden transformarse en cualquier cosa, sobre todo en personas, y los tanukis protagonistas usan ese poder para intentar impedir que se urbanice el bosque donde viven. Es una de las películas con mensaje conservacionista más claro.

Kiki’s Delivery Service (Kiki, aprendiz de bruja) (1989): Flojea un poquito, aunque tiene el encanto de todas las historias de aprendices de brujos y brujas, niños solos que se las apañan en el mundo adulto…

Cuentos de Terramar (2006): La única película de Ghibli de la que he visto malas críticas, pero se deja ver.

Películas adecuadas para preadolescentes y jóvenes: Seguramente habrá niños que disfruten de estas películas. No es que tengan contenido inadecuado, ya que son casi todas bastante blanditas, sino que no están hechas con niños pequeños en mente.

nausicaaNausicaa del valle del viento.

Nausicaa del valle del viento (1984). El mensaje ecologista tan frecuente en Ghibli está mezclado aquí con un ambiente postapocalíptico.

Tokyo Godfathers*** (Satoshi Kon, 2003): una pequeña maravilla: la aventura navideña de tres personajes callejeros intentando localizar a los padres de un bebé abandonado. Toca algunos temas duros (empezando por el abandono de la niña). No tiene elemento sobrenatural, pero se basa mucho en la idea de las coincidencias y casualidades.

La tumba de las luciérnagas (Takahata, 1988): probablemente la película más famosa de Takahata. No sé si pasará en más sitios, pero mis alumnos llegan a una edad, a la altura de 2º o 3º de ESO, en la que se obsesionan con la Segunda Guerra Mundial. Es algo “guay”, es la guerra más importante que conocen y quizá la mayor de la historia, Hitler tiene tintes de villano de cómic… esta es una película que puede educar sobre cómo son las guerras de verdad.

La colina de la amapola (Goro Miyazaki, 2011): Quizá la mejor de las tres historias de instituto. Uno de sus sub-argumentos tiene que ver con el conservacionismo… urbano: el instituto lucha contra la demolición del viejo edificio que usan para alojar sus clubs y asociaciones juveniles.

La chica que saltaba a través del tiempo*** (Hosoda, 2006): Lo mejor de las historias costumbristas de instituto con un añadido sobrenatural cuando una chica descubre que puede viajar en el tiempo a momentos anteriores de su vida. Para los acostumbrados a Ghibli, la heroína puede ser un poco irritante: más pasiva, más dependiente, más… tonta. A pesar de ello es una película bonita.

Summer Wars*** (Hosoda, 2009): El “Juegos de Guerra” de esta generación. En serio, si de pequeño te gustó Juegos de Guerra haz un programa doble con niños, pizzas y palomitas. Aquí el malo en vez de ser la política internacional son los virus y el robo de datos personales. Tiene su historia sentimental con adolescentes que se hacen amigos o se enamoran, su encantador Japón rural, su drama familiar de fondo…

Puedo escuchar el mar (Tomomi Mochizuki, 1993), Susurros del corazón (Yoshifumi Kondo, 1995): Historias sencillas y realistas de amor adolescente.

Haru en el reino de los gatos (Hiroyuki Morita, 2002): el contrapunto de fantasía al costumbrismo de Susurros del corazón: la película del cuento que escribe la chica protagonista de Susurros.  Puede ser infantil pero tiene algo más de sentido si hemos visto Susurros primero.

Cuando Marnie estuvo allí / El recuerdo de Marnie (Hiromasa Yonebayashi, 2014): Con un punto de partida frecuente en Ghibli, la mudanza de una niña de ciudad a un pueblo, se cuenta una historia un poco triste paralela a cómo la chica se integra. Menos original que otras de la productora.

Películas de temática adulta: Si son adecuadas para adolescentes ya es cuestión de la madurez y los gustos de cada uno.

paprikaUna escena onírica de Paprika.

El viento se levanta (Miyazaki, 2013): La biografía de un ingeniero que diseñó los principales avances aeronáuticos japoneses para la Segunda Guerra Mundial. Se trata de pasada el conflicto ético que ello supone; Jiro Horikoshi era un técnico que quería hacer máquinas voladoras bellas, y tras la guerra continuó, de hecho, haciendo aviones de transporte civil. Lo que la hace menos adecuada para niños que Porco Rosso o incluso La Tumba de las Luciérnagas es su ritmo muy lento y la inserción de una historia de amor que al principio es lenta, frenando la acción principal, y luego se vuelve muy triste.

Mis vecinos los Yamada (Tahakata, 1999): Para mí, muy divertida aunque con un humor muy peculiar que va de lo ridículo a lo surrealista con muchas dosis de costumbrismo. Los Yamada son una especie de Simpsons japoneses, metidos en aventuras como perder a su niña pequeña en el supermercado o protestar porque la madre siempre pone lo mismo para cenar.

Paprika*** (Satoshi Kon, 2006): Con un argumento que es casi una excusa (un invento para grabar sueños sale mal cuando un error permite entrar en la conciencia de los usuarios) se crea una obra con una estética bellísima y un desarrollo muy original. Para gente sensible a estos temas aviso que hay violencia sexual hacia personas inconscientes.

Ghost in the Shell*** (Mamoru Oshii, 1995): Para hacer un programa doble, o triple, con Blade Runner y Matrix. Acción, ciencia ficción, reflexiones filosóficas sobre la inteligencia artificial y el poder de la tecnología para controlar nuestras vidas… Tiene un modo de contar más anticuado (o menos occidentalizado) que las demás películas de esta lista, se nota diferente, pero la incluyo porque sigue siendo buenísima.

Recuerdos del ayer (Takahata, 1991): Me han contado que hay muchos japoneses urbanos que pasan sus vacaciones en la zona rural de donde sea originalmente su familia, y allí trabajan en el campo. Un poco por recuperar sus raíces o por patriotismo, para mejorar la productividad de la zona. Esta es la historia de una mujer que sigue esta costumbre y se enfrenta a sus recuerdos de infancia y a la posibilidad de tener una relación amorosa. Una historia costumbrista, bonita, completamente pensada para público adulto, pero muy tierna.

Millenium Actress*** (Kon, 2001): Quizá la más confusa de las películas del director, parte de una entrevista a una ficticia actriz,  ya anciana, y sirve para repasar la historia de Japón, a través de su vida y de sus películas.

Si he contado bien, son veintinueve películas. ¿Cómo redondearías hasta treinta?

Entrevista a Galicia Méndez, limpiadora

La limpieza profesional une cuestiones centrales al feminismo: los cuidados y las condiciones de trabajo de los empleos típicamente femeninos. Muchas mujeres limpian casas para que otras tengan tiempo de trabajar fuera. Muchas mujeres limpian nuestros lugares de trabajo para que los demás tengamos un ambiente higiénico. Son la base misma del sistema productivo, y a pesar de ello su trabajo se considera fácil, “no cualificado”. La falta de formación oficial es sintomática de este desprecio; la LOMCE ha creado una Formación Profesional Básica, un título muy elemental, para estudiantes que por sus circunstancias no van a superar la ESO. Hasta la creación de este grado básico, que no voy a analizar ahora, no existía formación oficial dedicada a la limpieza, ni siquiera a la limpieza industrial (que ahora veremos qué es). Esto, en un país que busca que el sistema educativo incluya todas las habilidades que un joven puede necesitar. Se ve que se saber limpiar o llevar una casa no es tan importante.

Hoy entrevistamos a Galicia Méndez, que es limpiadora y lucha por los derechos de estas profesionales.

Galicia retrato Cesar Viteri MultimaniacoGalicia fotografiada por César Viteri.

¿Qué tipos de limpieza has hecho? Casas, oficinas, hoteles….
​He trabajado en casas, de manera intermitente. Las mujeres de mi familia han tocado varios palos más, pero yo he tenido suerte y no he tenido que moverme mucho de los trabajos.​

¿Cómo has estado contratada? “En negro”, en plantilla, subcontrata, autónoma…
​He trabajado en negro y, actualmente por suerte, con contrato. Establecerte como autónoma es un suicidio, pero las empresas de limpieza tampoco es que sean mejores. ​En casa, como he dicho, varias de mis familiares trabajan en el sector o han trabajado en él. Las subcontratas cumplen la ley a rajatabla, pero ni te renuevan ni te tratan como una persona. Las empresas de limpieza, depende. Ambas tienen en común que explotan a los trabajadores de una manera bestial. Te dan un tiempo para limpiar el sitio, esté como esté. Por supuesto, las condiciones laborales son de risa y cuando entras a trabajar y te pones el mono o bata dejas de ser un humano. Por ponerte un ejemplo, en Murcia en un edificio estatal en pleno verano se apagaba el aire acondicionado cuando se iban los funcionarios “porque no quedaba personal”. Los de la limpieza no son personal. Es verdad que cotizas, pero ni te reconocen enfermedades profesionales ni tienes casi ningún derecho. En las casas el rollo es más duro, porque si quieres cotizar “te lo pagas tú” y punto pelota. Por supuesto, las vacaciones pagadas son un lujo del que casi ninguna trabajadora dispone y yo, que tengo encima dos pagas extra, soy como la persona más afortunada de España. Mi jefe no solo cumple el convenio, lo mejora en bastantes ocasiones. Otra cosa es la limpieza industrial (donde, curiosamente, el porcentaje de hombres es mayor). Aquí me apunta una familiar que ha trabajado en el ramo que los hombres de la limpieza industrial suelen tener siempre puestos de “más responsabilidad” y cobran más. No sé, casualidad.

¿A qué se llama limpieza industrial y qué la diferencia del resto?

La limpieza industrial es la que se produce, valga la redundancia, en la industria. Consiste desde la limpieza profunda de fábricas hasta la descontaminación en centrales nucleares. ​Es un trabajo copado por hombres, mucho más cualificado y mejor pagado. Si vas a páginas web en las que se ofrecen este tipo de servicios, todas las fotos son de señores muy profesionales haciendo cosas muy importantes. Limpiar una casa, un gimnasio o un colegio, sin embargo, es un trabajo poco adecuado para hombres, que sólo trabajan en puestos de mantenimiento como conserje. Es otro techo de cristal. Las mujeres en la casa, los hombres en la industria.

limpieza industrial

limpieza doméstica

limpieza profesionalUna búsqueda Google revela que la limpieza industrial la hacen hombres concentrados, la limpieza doméstica mujeres sonrientes, y la limpieza profesional, guantes de goma sin cuerpo.

¿Cuáles son las enfermedades profesionales más habituales? ¿Alguna vez se reconocen?
​Por ejemplo, el síndrome del túnel carpiano que ahora está empezando a ser reconocido aunque creo que todavía no entra dentro del grupo de profesiones que “pueden causarlo” y no sé si en el grupo de limpiadoras de hogar se ha reconocido. ​

​También enfermedades relacionadas con el aparato respiratorio, dermatitis y diferentes problemas con la piel, sobre todo la de las manos. Aunque uses guantes es una exposición continua y un riesgo que está ahí. Sé que es una anécdota viejísima y que ahora, por fortuna, ya no se produce este problema, pero es mítico lo de las lavanderas ciegas por las emanaciones de lejía. Mi tatarabuela era lavandera. Te puedes imaginar que la vista no la tenía bien, precisamente.

¿Qué tipos de trabajo te gustan más y menos? ¿Cuáles son sus ventajas e inconvenientes?
​A mí me encanta mi trabajo en general. Me gusta mucho ser minuciosa, y limpiar me ayuda a ordenar la cabeza. Lo que más odio es limpiar los cristales porque tengo muchísimos metros cuadrados de cristales por limpiar. Me gusta trabajar en casas porque te proporciona un ambiente seguro, sueles estar sola y el trabajo es bastante rutinario. Eso me permite ser mucho más cuidadosa con los detalles. Trabajar en oficinas o para empresas de limpieza no me dejaría nada de tiempo para serlo y además me tendría que enfrentar a los escuadrones de cotilleo (que no llevo nada, pero nada bien). Quizás lo que más me entretiene es ordenar. Cada vez que tengo ocasión me meto en el vestidor de mis jefes y lo reordeno. Si tengo un mal día, corro un poco con lo demás y me pongo a ordenar. Me viene de fábula.

¿Crees que tus jefes asumen que limpiar está necesariamente asociado a más tareas, como por ejemplo cuidar niños? Si es así, ¿qué tareas te han pedido o han supuesto?
​¡Mis jefes me contrataron para más cosas! La limpieza me ocupa una buena porción de la jornada pero también hago la compra (y no, no es solamente meter cosas en un cesto y luego pagar por ellas), cocino si me lo piden, arreglo cosillas eléctricas e informáticas (soy una maga), coso, me ocupo de pequeños recados y de coordinar que la casa esté perfectamente en todo momento. Pero esto quedó claro en el momento en el que acordamos las condiciones del trabajo. Nunca me han pedido nada que me pudiera ocasionar incomodidad y son muy cuidadosos con mi horario y la carga de trabajo. Me consta que no siempre es así, y que se asume de manera genérica que limpieza y cuidado de menores o dependientes es un pack indivisible. Tengo constancia de muchos casos en los que delegan en la limpiadora cuidado de personas dependientes o de bebés porque “total, no dan mucho la vara y se pueden manejar las dos cosas”. Muchas veces nos extralimitamos en lo que deberían ser nuestras funciones y nos transformamos en cuidadoras, enfermeras, cocineras, niñeras… Y no lo hacemos por amor a la profesión. Es que no hay otra; o te adaptas o te hundes en la mierda. ¿Y eso se paga? No. No podemos ser el sostén de una sociedad que va tan deprisa para producir que necesita explotar al tejido social más desprotegido para seguir su huida hacia el rendimiento máximo. Y normalmente este trabajo, además, es en negro. Conozco un caso concreto de una mujer con un riesgo de exclusión tremendo que está trabajando cuidando a un anciano y hace tareas del hogar porque el anciano no se mueve y la familia cree que si no hace algo más están tirando el dinero. Por supuesto, le pagan una miseria y está en negro. Limpia la casa, asea al anciano, le da de comer, lo acuesta y, además, le hace compañía. Todo esto sin tener conocimientos geriátricos ni herramientas ni fuerza para hacerlo. Pero claro, es lo que hay.

¿Crees que es necesaria formación específica? ¿De qué tipo?
​Sí, lo creo. Hace falta conocer normas de seguridad en el hogar, no en vano es el lugar en el que más accidentes ocurren. Hace falta saber planchar (tender la ropa muy estirada no sirve), un poco de cocina española (especifico porque muchas inmigrantes saben cocinar pero nada de la comida típica de aquí y eso es un problema), hace falta saber organizar el trabajo y las tareas. Saber cómo planificar las tareas y estimar qué tiempo te van a llevar es crucial. Cómo realizar correctamente la limpieza para no comprometer la salud de nadie. Parece que nos olvidamos que en este trabajo se higieniza el hogar y de ello depende la salud de los que viven en él. También hacer pequeñas reparaciones puede ser un plus.Sé que quizás parece una tontería que pongan en el proyecto de FPB de servicio doméstico que aprender a usar la lavadora entra en el temario, pero es que poner una lavadora en “automático” no es saber lavar. Las sábanas blancas deben quedar blancas, y según el tejido tienen un programa específico u otro. Hay pantalones de mi jefe que tengo que lavar aparte. Y también tienes que saber lavar a mano, y qué cosas se lavan en seco, porque si no igual le jodes una colada a tu empleador y eso significa un montón de pasta tirada a la basura. Por supuesto, aprenderte tus derechos y deberes como trabajador. Eso me parece vital. Un amigo abogado está empezando en el campo laboral ahora mismo y todos sus casos son de mujeres empleadas en el hogar a las que han intentado estafar.

Has dicho alguna vez que limpiar es “el acto más subversivo y feminista que puedes hacer”. ¿Por qué?
​Sí. Lo estuve pensando mucho cuando lo retomé. He estado trabajando de muchas cosas diferentes relacionadas con la comunicación pero volví, por cuestiones personales, a la limpieza, y lo viví como un fracaso. Era como un talento perdido pero sin el como. ​Mi madre, mi abuela, mi bisabuela, mi tatarabuela… Todas habían trabajado o trabajan en la limpieza y yo pensaba que iba a romper ese círculo, que iba a tener reconocimiento social. Y empezaron los compadecimientos “al menos es un trabajo” “bueno, podrías estar peor”. Hasta que me harté, porque me encontré a mí misma dando explicaciones sobre que no era una sierva. He usado todos los conocimientos que nos dan para ser la esposa perfecta para darle una patada en el culo a todo. Soy una mujer independiente, con un trabajo estable. Soy una persona a la que sus empleadores respetan y escuchan. Hago un trabajo que permite a otras personas vivir cómodamente y a mí tener independencia. El feminismo, o al menos esa es mi percepción, ha huido del trabajo doméstico por todo la historia de explotación de la que proviene, pero es un error. Este es un sector eminentemente femenino, invisibilizado. A mi madre la han cortado en una conversación sobre trabajo para mentir sobre su puesto y decir que era administrativa porque les daba vergüenza que dijera que era limpiadora. Mi madre, una señora que se moviliza dos casas completas y encima estudia cuando puede.  Yo no voy a dejar que nadie me diga eso. No voy a dejar que nadie me trate como una esclava cuando soy más libre de lo que él se pueda imaginar. Soy mujer, obrera, limpio y soy feminista. Y todo lo que nos han enseñado para ser oprimidas ahora lo vamos a usar para romper las cadenas que nos oprimen.  A mí es que siempre me ha gustado combatir el fuego con fuego.

Es decir, que si te entiendo bien lo liberador y feminista no es tanto limpiar como dignificarlo como profesión, ¿es así?
​Este es un trabajo tradicionalmente denostado. Somos sirvientas, sólo tienes que ver “Los Santos Inocentes” para ver lo que era servir en una casa de ricos. Ahora de manera más sibilina somos igualmente despreciadas. Y creo que es feminista reclamar la pasta que nos corresponde por hacer este trabajo que hemos hecho tanto en nuestra casa como en las ajenas  a cambio de lo mínimo o gratis. ​

Hay quien dice que no debería haber trabajo doméstico porque cada uno debería ir recogiendo lo que tira; es decir que su posible indignidad viene de la falta de higiene u organización de los usuarios. ¿Qué opinas de esto?
​Que es una tontería como una casa que viene de la imagen del señorito y la criada. El trabajo doméstico es necesario en muchas casas porque permiten a los integrantes desocuparse de tareas vitales. Es como si yo dijera que coser es una indignidad porque todos deberían saber hacer las prendas con las que se visten o que todo el mundo debería saber arreglar su coche o su ordenador. El hecho es que el dinero compra tiempo a través de los servicios. Nosotros tenemos ocio porque subcontratamos servicios a otras personas. ¿Que puedes ocuparte de tu casa? Seguro. ¿Te renta en términos de tiempo y preocupación? Quizás no. Eso tampoco quiere decir que dejes todo por ahí ni que trates a la limpiadora como una esclava pero es un punto que tampoco me sorprende en un mundo en el que sigue existiendo personas que se piensan que los camareros o las dependientas son sus sirvientes porque él es el consumidor.

¿Y la viabilidad económica? Al fin y al cabo, una familia con sueldos medianos no puede pagar un buen sueldo a su vez.
Acabas de dar con el motivo por el que la profesión del servicio doméstico no tiene mejores condiciones. ¿Te imaginas lo que pasaría si todas las personas que están trabajando en servicio doméstico estuvieran con el contrato que les corresponde? Muchas familias tendrían problemas para gestionar su vida. Ahora mismo el tema es viable económicamente porque siempre hay alguien que lo hace más barato, más en negro y más deprisa. La limpieza doméstica es un paradigma del liberalismo más salvaje. Aquí, mariquita el último. Y eso que las condiciones son de risa: 400 euros, 6h, sin contrato, sin vacaciones, sin bajas para limpiar la casa (planchar, hacer la comida) y el negocio. Y llega alguien y te lo hace. Porque lo están haciendo. Claro que son perfiles al borde de la exclusión social; es eso o el Caos. Mujeres que se divorcian y se quedan en la nada después de haber estado criando a los hijos, mujeres viudas, con maridos problemáticos, inmigrantes o, simplemente, pobres. Y claro, 400 euros es mejor que 0 euros. O sea, que la viabilidad económica bien. Las clases medias están sajando bien al lumpen para seguir viviendo su idilio de hipotecas y vacaciones en la sierra.

¿Qué solución ves a este conflicto de intereses, concretamente con la limpieza doméstica, que es mucho más difícil de inspeccionar que en negocios? ¿Qué dice el convenio? ¿Qué crees que es lo más justo? Pienso también en las familias que no quieren una empleada sino sólo unas horas en semana.
​Nosotras somos el único colectivo que a pesar de tener un trabajo por cuenta ajena no cotizamos para tener derecho a subsidio por desempleo. Somos como una especie de falsas autónomas pero en legal, tenemos el privilegio -y digo privilegio porque se ha conseguido hace apenas unos años- de tener asistencia sanitaria pública, baja por maternidad, accidente y enfermedad. Además, cotizamos para tener una (mierda de) pensión en el futuro. ​

​La ley contempla que es el empleador el que debe dar de alta al empleado. El convenio es bastante confuso para mí, que no soy especialista, y tengo la suerte de tener un único empleador, por lo que me quito de bastantes problemas. ¿La solución para evitar las irregularidades? La solución no pasa por apretar a nuestro colectivo. Pasa por asegurar más derechos y una mejor Justicia para nosotras. El problema básico es que la mayoría de limpiadoras de hogar están en una situación que raya la exclusión social y aunque entiendo que estamos en un sistema que prima la producción fuera de casa, es inmoral aprovechar la falta de papeles, la falta de pasta o una situación familiar jodida para que la chica que viene a tu casa se ajuste a tu presupuesto. ¿Qué se necesita? Que puedas denunciar sin miedo, que puedas dejar de sentir miedo porque no tienes papeles y te van a deportar si denuncias tus condiciones. Que las mujeres se organicen como se hace en el sector de limpieza pública que copan grandes empresas y se hace necesario presionar al conjunto de la sociedad para que se reconozcan los derechos básicos que tenemos. No se pide más.

¿Cuáles crees que son las mayores necesidades laborales de las limpiadoras en España?
​Derechos laborales. En esas dos palabras se resume casi todo lo necesario. Y por supuesto, visibilización. Si estás limpiando en una oficina, en una casa o en donde sea, si sacas a tu familia adelante con ese dinero sudando cada euro tienes toda mi admiración. ​Para mí, las limpiadoras son heroínas con bata.

¿Y se te ocurre el modo de conseguir mejores derechos laborales?
​En dos palabras: ORGA​NIZACIÓN SINDICAL

¿Sirve al feminismo que las mujeres lleguen al poder?

Un encuentro de la Unión Europea en Alemania, 2013.
Un encuentro de la Unión Europea en Alemania, 2013.

Cuando una mujer obtiene poder político, a veces se celebra como si fuera un triunfo de todas. Otras veces tenemos a los medios de comunicación y a los políticos ocupados con las cuotas para mujeres y con las listas cremallera. Se discute sobre si eso es positivo para las instituciones que lo practican, o si es justo. Es de justicia que las mujeres lleguen al poder y no discuto eso, sino algo más profundo: ¿beneficia al conjunto de la sociedad, o de las mujeres, que haya algunas en posiciones de poder político o económico? Veamos algunos de los argumentos que he escuchado alguna vez.

1. Las mujeres en el poder son como mínimo un síntoma de que se ha alcanzado la igualdad ante la ley, aunque luego socialmente se comentan todo tipo de discriminaciones e injusticias.
Bueno… esto es verdad. A menos que el cargo sea heredado. Ser la hija del rey, del ministro o del empresario, que tienen poder para cambiar o retorcer las leyes, puede conceder muchas ventajas respecto al conjunto de las mujeres y no “abrir camino” para nadie más. Antes de alegrarnos por la situación de ninguna mujer concreta, habría que preguntarse si la pusieron donde están sus relaciones familiares. En tal caso, no se trata de un logro “para la mujer” en absoluto. Te recomiendo comprobar cuántas de las mujeres más ricas del mundo lo son por herencia, ahí está la lista Forbes.

En cualquier caso, la llegada al poder por méritos propios de mujeres en un sistema democrático y con igualdad ante la ley es síntoma de que algunas mujeres han sido capaces de sortear las zancadillas que la vida les ha puesto a ellas y a las demás, ya sean en forma de discriminaciones directas, acoso, dificultades para trabajar y cumplir a la vez con otras obligaciones, etc. No quiere decir que esos obstáculos hayan desaparecido, ni que vayan a desaparecer, ni que otras mujeres tengan sus estrategias o su suerte.

2. Las mujeres con poder son más sensibles que los hombres. Más “femeninas”. Más colaboradoras, menos autoritarias.
Esto es una estupidez. A las mujeres se nos educa en eso, hasta ahí es verdad. Pero no todas somos así. Y cuando no lo somos, cuando una mujer es “dura”, se enfrenta a acusaciones de que no es una “verdadera mujer”. Una mujer no es lo que tú digas, ni lo que se ajuste a tu concepto de feminidad. Hay libros y debate sobre esto, pero no existe la ética femenina, la sensibilidad femenina, ni ninguna de esas patochadas que nos han hecho creer. Si fuera así, no habrían existido ni Isabel Bathory, ni Bloody Mary, ni Pilar Primo de Rivera, ni las monjas que torturaban niños en orfanatos franquistas. Ni Christine Lagarde. Todas estas son tan mujeres como la que más.

3. Bueno va, pero contribuyen a la conciliación. Y les preocupan los temas “femeninos”. Tienen más empatía con las “cosas de mujeres”.
Perdonadme que recurra al estereotipo más fácil. La medida que hizo famosa a Margaret Thatcher como ministra de Educación fue eliminar un suministro de leche gratis en los colegios. Y además del conjunto de su carrera, está la famosa declaración de que “la sociedad no existe. Hay hombres y mujeres individuales, y luego hay familias”, que en contexto quería decir que el Estado no tiene la obligación de velar por nadie, ni por los más débiles ni por nadie. La carrera entera de Margaret Thatcher es una demostración de que esa empatía y preocupación está subordinada a las ideas políticas previas. También dijo que no le debía nada al feminismo; la mayoría de la gente piensa que se ha ganado lo que tienen por sus propios logros individuales, y las mujeres poderosas no son la excepción.

Otro ejemplo más cercano son las diputadas del Partido Popular que votaron a favor de una ley del aborto que nos habría obligado a llevar a término y parir en todos los casos de malformación, incluidos los más graves, y dijeron que eso era apoyo a la maternidad. Hasta aquí la empatía y la solidaridad.

Sobre contribuir a la conciliación y demás problemas asociados a la mujer: la realidad es que las mujeres ricas lo tienen más fácil. Han podido pagar cuidados para sus hijos, han tenido familias que las han apoyado (si no, difícilmente estarían donde están), y luego llaman “organización” a renunciar al permiso de maternidad y a seguir trabajando quince horas diarias. Ojo, no critico: que cada una se organice como quiera y pueda. Solo que este estilo de vida desmiente que tener mujeres en puestos de poder contribuya a una mayor sensibilidad hacia los problemas de las demás.

Hay muchos ejemplos de países donde la participación política de las mujeres es alta y su desigualdad económico-laboral, también.

4. Ver que hay mujeres en el poder inspira respeto a los hombres porque demuestra que las mujeres pueden ser sus iguales o sus superiores. Ya no somos muñequitas sumisas.
Algunos países con participación política de las mujeres superior a la española (en términos relativos, comparadas con los hombres), son Nicaragua, Bolivia, Sudáfrica, India y Bangladesh. No parece que la existencia de mujeres poderosas influyan mucho en esos países, particularmente en los dos últimos, a la hora de respetar a las mujeres.

5. Que haya mujeres en el poder es un triunfo de todas que inspira solidaridad. Es un motivo de alegría porque es una de las nuestras.
No para mí, ya que estamos hablando de la pura subjetividad. Que haya mujeres capaces de reducir los salarios, de aumentar la desigualdad, de explotar laboralmente a otras mujeres, y así, no me llena de orgullo sino de desconfianza. Los mayores problemas de las mujeres están relacionados con la pobreza, la falta de independencia económica y la conciliación de todas nuestras obligaciones, y no veo que las mujeres con poder económico hagan nada por remediar esto. No son de las nuestras.

6. Las mujeres en el poder son un estímulo a las que vienen detrás. Ver que hay mujeres que mandan inspira a las niñas y jóvenes.
Pues no lo sé. A lo mejor. Sí que contribuye a la normalización. Esas fotos con 20 trajes grises y una sola chaqueta de color son muy tristes. Pero la foto con doce trajes grises y ocho chaquetas de colores es solo eso: una foto.

No al feminismo de la foto.

 

Criticar a feministas, 2

A veces se oye decir que es machista criticar a feministas, y dicho así tal cual, sin más matiz, no se me ocurre disparate mayor, dado que las feministas han tenido y siguen tenido enfrentamientos sobre todo tipo de cuestiones. Es natural: hay infinitas maneras de expresar una cultura patriarcal, ¿por qué íbamos a estar de acuerdo en cómo transformarla? Estos son algunos de los desacuerdos tradicionales entre diversas ramas del feminismo:

  1. Los inicios del movimiento fueron burgueses. Al principio, la reclamación del voto fue solamente para las mujeres más ricas. Había desacuerdo sobre la manera de conseguirlo: protesta pacífica o no, sufragio universal o no. No había conexión entre la reclamación de sufragio universal masculino y sufragio femenino sólo para burguesas. También había una lucha, que a menudo se recuerda en España, entre sufragistas que querían el voto para la mujer rápidamente y las que estaban preocupadas por la posibilidad de que eso supusiera un giro conservador.
  2. Hay feminismo que piensa que no conseguiremos casi nada sin la colaboración de los hombres y feminismo que piensa que no es así, ya sea porque no los necesitamos o porque son un aliado poco fiable.
  3. Acerca de la religión. Hay feministas que piensan que toda religión, especialmente toda religión organizada, es patriarcal. Otras, algo más light, rechazan aspectos concretos que no les gustan de las religiones ajenas (alguna críticas frecuentes son a la vestimenta de las musulmanas o a la jerarquía católica, enteramente masculina y con las mujeres en un papel subordinado).  Sin embargo, cada religión mayoritaria a nivel mundial tiene su propio movimiento feminista interno, por lo que hay feminismo islámico, cristiano, católico, etc. Finalmente, hay feministas que creen que hay algo sagrado en la feminidad, pero otras piensan que eso es una estupidez y que no hay nada divino en ser mujer, como no lo hay en ser hombre.
  4. Hay feministas que piensan que el feminismo es incompatible con comer carne, y que la violencia hacia los animales es una expresión del patriarcado (o del kyriarcado, en este caso). Esto ha sido atacado no sólo por omnívoros a los que no les convence la idea, sino también por movimientos por los derechos de los discapacitados, y por feministas (o afines) de países pobres, o de razas distintas de la blanca.
  5. Ah, las mujeres que no son blancas. Para empezar, han señalado que el feminismo burgués se benefició de la construcción patriarcal de la mujer blanca, deseable, protegible, y abandonó a su suerte no solo a las pobres sino también a las que no fueran blancas (las categorías de pobre y no-blanca son intercambiables en algunas situaciones dependiendo del país). A veces se ha rechazado el término “feminismo” en favor de “womanism”, por ejemplo. Algunos puntos de enfrentamiento han sido: el racismo de algunas feministas blancas, los cuidados llevados a cabo por mujeres pobres, migrantes y/o de razas distintas a la blanca, el desinterés de las blancas por las culturas ajenas, o los intentos bienintencionados pero mal dirigidos de “salvar” a personas adultas capaces de apañárselas solas (véase el tema de la religión, por ejemplo).
  6. Hay feministas que han rechazado lo doméstico. Otras se han casado y han tenido hijos, y han buscado personal pagado (a menudo muy mal), es decir, han externalizado los cuidados, como han hecho SIEMPRE la inmensa mayoría de los hombres y algunas de las mujeres más ricas. Otras han intentado realizar un feminismo de lo doméstico, llamar la atención sobre los cuidados, mejorar las condiciones de trabajo del personal que los realiza, o implicar a los hombres y los niños. Esto empezó con la profesionalización de la enfermería, así que viene de largo.
  7. La prostitución. Hay feministas que creen que es una profesión más (y fantástica), otras creen que es una profesión más (y por lo tanto un rollo, ¿a quién le gusta trabajar?), quien cree que es un problema debatible y quien cree que es la expresión máxima de lo patriarcal. Las dos primeras opiniones se conocen comúnmente como regulacionismo (la prostitución debe ser regulada) y las dos segundas, como abolicionismo (la prostitución debe ser eliminada).
  8. El sexo. Una de las bases del feminismo radical de los años 60-70 es que en el patriarcado la igualdad entre hombres y mujeres es imposible. Por lo tanto, el consentimiento verdadero no es posible en una relación heterosexual. A esto se añaden las condiciones materiales en las que casi siempre se unen hombres y mujeres: un matrimonio monógamo y permanente en el que el hombre casi siempre va a tener una superioridad económica sobre la mujer. Aquí hay posiciones variadas: rechazo total del sexo heterosexual, la negación de que el sexo sea liberador, o cierta cautela que ha desembocado en un estudio que empieza a ser profundo e interesante sobre la naturaleza del consentimiento. Enfrentado a esto tenemos un movimiento que defiende el sexo como una expresión necesaria de la personalidad, como un placer y una liberación, y a veces como modo de provocación.
  9. Todo lo dicho sobre prostitución y sexo es aplicable a la pornografía. Hay feministas que defienden que pornografía = patriarcado + capitalismo (es consumo de sexo a medida), otras piensan que lo que importa es el contenido (no les gusta el porno tradicional, pero consideran posible una pornografía feminista). Un tercer grupo piensa que la pornografía es una industria del ocio tan válida como cualquier otra y que lo importante es la libertad y las condiciones de trabajo de las actrices. Esta visión conectaría con la visión más favorable a la prostitución y al optimismo respecto al sexo, pero una misma feminista puede tener opiniones diferentes respecto al porno y la prostitución.
  10. Algunas feministas toman como termómetro de la igualdad la presencia de mujeres en el poder político y económico, y entre éstas, unas defienden medidas como las cuotas y las listas cremallera y otras las atacan. Otras feministas piensan que da igual que manden hombres o mujeres si hay una gran cantidad de mujeres muy pobres y que nuestras vidas no se ven beneficiadas por la existencia de mujeres poderosas.
  11. Algunas feministas piensan que el trabajo remunerado es la clave de la liberación. Parte de ellas son de derechas y otras no. Otras creen que da igual que tengamos empleos si no disfrutamos de seguridad e integridad física, de medidas intervencionistas que garanticen que podemos trabajar y tener tiempo libre o para estar con nuestras familias, o de una relación no conflictiva con los hombres.
  12. Hay feministas que se dedican al “feminismo para principiantes”. Hay quien piensa que la igualdad de la mujer debería explicarse sola y que no podemos perder más tiempo y energía con el nivel iniciación.
  13. Hay feminismo a favor y en contra de la existencia de espacios segregados para hombres y mujeres.
  14. Hay feministas que creen que la píldora anticonceptiva es lo mejor que nos ha podido pasar y otras que la critican debido a sus efectos secundarios y a que responsabiliza sólo a la mujer de la anticoncepción.

Creo que con estos ejemplos basta. Se podrían poner más, pero son más que suficientes para ejemplificar que criticar características concretas de feminismos concretos no siempre es machista y es a menudo inherente al propio movimiento. No hay apenas reclamaciones en las que las feministas estemos unánimemente de acuerdo.

Algunas de las ideas que acabo de exponer pueden ser tachadas de muchas cosas: tonterías, discriminatorias, egoístas, simplistas, falsas, equivocadas, irrealizables, de signo político contrario al que yo defiendo. Pero todas son feministas. Es imposible que estemos todas de acuerdo en todo, y así es como debe ser.

Buscando definición del feminismo burgués

lagarde-merkel-GreeceChristine Lagarde y Angela Merkel, encuentro sobre la deuda de Grecia, Abril 2014. De greekreporter.com.

Cuando entendí que había varias clases de feminismo, mi visión estaba marcada por una división raza-clase presente en mis fuentes, que eran americanas. Por un lado estaban las mujeres blancas y ricas, y por otro las pobres a las que se presuponía ser negras, latinas, o migrantes. Entendí, de una manera más o menos intuitiva, que lo mismo ocurría en lugares donde las tensiones raciales no eran exactamente las mismas: el feminismo que yo había aprendido de pequeña era, de forma muy resumida, la lucha por los derechos de las mujeres que lo tenían todo en la vida, menos ser hombres. Y lo llamé “feminismo para ricas”. Bastante más adelante, me enteré de que la acusación de “feminismo burgués” se lanza contra las feministas, a veces sin criterio. Todo lo que no le gusta a según qué críticos es feminismo burgués, algo que tiene un peligroso tufillo a “pero de qué os quejáis, las de Yemen están peor”. Pero veamos si hay algún fundamento en la acusación e intentemos definir qué es eso del “feminismo burgués”.

Una dificultad que surge es que casi todo el feminismo académico, las teorías, los libros, lo fácil de difundir, lo han hecho precisamente burguesas, que para eso tenían el tiempo, la formación y las conexiones. Algunas de las ideas de las grandes autoras clásicas burguesas, como Virginia Woolf, son imprescindibles, y olvidarlas nos deja un feminismo bastante cojo. Que cometieron errores, sí. Pero sin disculparlos, hay que verlas en su contexto y extraer lecciones o propuestas de acción útiles para todas.

Sigamos; en un definición más estricta, sería aquello que beneficia a las mujeres burguesas. Algunos de los logros en este sentido nos parecen universales pero o no lo fueron en su momento, o no son igualmente positivos para todas. Por ejemplo, el derecho al voto, que históricamente no fue una petición de sufragio universal sino de acceso al voto en las mismas condiciones que los hombres. Otros derechos parecidos fueron el acceso a la universidad y a las profesiones liberales: primero se luchó porque fuera legal y luego porque fuésemos aceptadas y respetadas como profesionales, pero no había, y sigue sin haber, un gran interés equiparable por los estudios o el trabajo de las mujeres pobres. La generación de mi madre fue la primera que vivió esto: en los 70 dejó de ser muy sorprendente que una mujer estudiara una carrera universitaria que no fuera Magisterio o Enfermería. ¿Supuso esto una reducción de la desigualdad social y económica? No lo creo, desde luego no al mismo tiempo ni por los mismos motivos.

Otro ejemplo, más contemporáneo: la llamada “crianza natural”. ¿Quién puede permitirse poner otros aspectos de su vida en pausa durante varios años para dedicarse en cuerpo y alma a los hijos? Alguien que tiene todo lo demás resuelto, al menos en lo económico.

También podemos calificar de feminismo burgués todo aquello que además de beneficiar a las burguesas, perpetúa la situación de las oprimidas, normalmente por ser obreras, pero puede haber más intersecciones (por ejemplo, no ser de la raza o cultura dominante). Por dar un ejemplo que continúa lo anterior: la incorporación de las mujeres a profesiones de prestigio sin ningún cambio en la relación de los hombres con lo doméstico ha supuesto el mantenimiento de un servicio doméstico en unas condiciones de explotación inaceptables. No es el problema el servicio doméstico en sí, sino cómo se realiza.

Por último, la definición más amplia de feminismo burgués  sería la de todo aquello que nos distrae de lo que pueda suponer una mejora global de las condiciones de vida de todas las mujeres. Es un concepto quizás demasiado amplio: ¿es “feminismo burgués” hacer crítica feminista de productos culturales? ¿hablar de autoestima e imagen corporal? ¿Todos los problemas que no son a vida o muerte son desechables por “burgueses”? No me parece fácil decir que sí y desecharlo todo. La clave puede estar en no perder la perspectiva de conjunto sobre qué deseamos, y en preguntarnos siempre qué efecto tienen nuestras acciones en mujeres que no tienen las mismas circunstancias que nosotras. Hablo por mí; mi medida son mis alumnas, hijas de obreras, residentes en una zona rural. No todo lo que hago las beneficia directamente, pero están ahí, en mi campo de visión.

Y es que, al final, la explotación económica nos puede hacer tanto daño como el patriarcado. También nos mata. También nos dice que no somos del todo humanas. También nos engaña con la posibilidad de que algunas de nosotras estemos por encima de líneas arbitrarias. La existencia de mujeres explotadoras, burguesas en el sentido de dueñas ellas de los medios de producción y no esposas o hijas de los burgueses, es un logro del feminismo. ¿Es bueno para alguien que exista Christine Lagarde o Mónica Oriol? No. En absoluto. No hay dudas. No hay ni una chispa de mejora para nadie más que ellas mismas. Han hecho falta siglos de lucha para que existan, ¿y ha merecido la pena? Les hemos dado una plataforma para hacernos daño gracias al feminismo burgués. Son un efecto secundario, venenoso, de haber creído que bastaba con ser iguales que los hombres ricos. Un sueño que produce tales monstruos.

Por qué el feminismo no es igualdad.

El glosario feminista de este blog todavía no tiene una definición de feminismo, pero sí hablo de “igualdad” para decir que el feminismo no es, o no debe ser, la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. Al menos, tal igualdad no es más que un objetivo pequeño, parcial, y a corto plazo. No es lo mismo que la eliminación de la discriminación o la abolición del patriarcado.

En primer lugar, ¿qué significa igualdad? Si estamos hablando de igualdad legal, la tenemos desde hace tiempo para casi todo. Eso no significa que la posición de las mujeres en Occidente haya dejado de ser de desventaja. La igualdad legal no basta, es así de simple. Hay muchas razones para ello; el marco legal intenta garantizar unos mínimos de convivencia y la protección de la propiedad. Un pequeño ejemplo: las mujeres hemos tenido prohibido el acceso al conocimiento y a la propiedad privada durante siglos. Ahora, tenemos derecho a ambas cosas, pero eso no incluye la toma de medidas para compensar siglos de privación y desigualdad. Hemos entrado en una carrera que estaba empezada; eso sí, con igualdad legal.

Además, hay cuestiones que no tienen nada que ver con la igualdad. Por ejemplo, el acoso y la violencia sexual. Las mujeres la sufrimos de manera masiva y sistemática, y tiene efectos devastadores sobre nuestra libertad. Los hombres, en general no pasan por ello. Reclamar “igualdad” no es lo mismo que reclamar el respeto a nuestra libertad sexual, algo que no debería ser una conquista individual sino un objetivo de la sociedad entera.

Por otro lado, somos desiguales en algunos aspectos biológicos. Entender el feminismo como “igualdad” invisibiliza temas tan absolutamente claves como la anticoncepción, el aborto, el embarazo, el parto, la lactancia, la crianza, la dependencia absoluta de los bebés y quién se hace cargo de ellos, la baja por maternidad. Una situación en la que, por ejemplo, no exista la baja por maternidad y esté sometida al mismo régimen que las bajas por enfermedad, es perfectamente igualitaria, ya que las mujeres tendrían los mismos derechos que los hombres. Este aspecto, qué pasa con la reproducción y la crianza, es uno de los puntos más necesarios del feminismo actual, y con igualdad no puede solucionarse. Con esto apunto a otro problema: la igualdad es una cuestión de individuos. No es social. No incluye la creación de mecanismos de protección ni compensa ninguna desigualdad. Nos lanza a todos a jugar al tablero, como si fuéramos fichas iguales de jugar al parchís o a las damas. Da igual que seamos niñas pobres o ancianos discapacitados.

Otra cuestión: la igualdad se suele entender como que las mujeres se tienen que parecer más a los hombres. Tener sus derechos y además, reconocer que podemos tener las características positivas que la sociedad atribuye a lo masculino. Esto suele ignorar, de facto, la posibilidad inversa: que los hombres se dediquen a tareas tradicionalmente femeninas y que tengan características que han sido consideradas, arbitrariamente, femeninas. También se ignora una posibilidad más subversiva: que los géneros son una construcción social y que más que iguales, somos productos de esa construcción.

Por último, una razón histórica. La exigencia básica de la igualdad es una reclamación histórica de las mujeres burguesas que querían los mismos derechos que los hombres burgueses. Esto, en su momento, es decir, hace décadas, no era malo. Fue necesario pedir el voto de las burguesas para que luego lo consiguieran las obreras. Fue necesario exigir la entrada en la universidad. Pero no fue, en ningún caso, suficiente, porque se hizo ignorando de la manera más absoluta a las mujeres pobres, obreras, no-blancas….. La consecuencia ahora es que tenemos que tener mucho cuidado si somos mujeres con un pack saneado de privilegios y reclamamos nuestra igualdad con los hombres. Es más que probable que, incluso cuando no sea nuestra intención, la interpretación fácil es la igualdad de las mujeres ricas con los hombres ricos. La eliminación de un solo escaloncito de la pirámide, en lugar del derribo de la pirámide entera.

Introducción mínima a la interseccionalidad.

Todos lo hemos oído: “pues hay quien está peor”. Es un primer intento, fallido pero intento, de interseccionalidad. Tú eres pobre, pero no estás discapacitado. Eres una mujer y cuidas de tu madre enferma, pero por lo menos tienes trabajo para manteneros a las dos. En este primer acercamiento, la realidad es una escalera, y cada privilegio que no tienes te hace bajar un escalón. Arriba están los hombres blancos ricos. El segundo escalón está ocupado por las mujeres blancas ricas. Y todo lo demás es una pirámide perfecta. Sencillo, pero incorrecto.

La interseccionalidad es algo más complejo que eso. El término lo creó Kimberlé Crenshaw en los 80, aunque la idea existía desde mucho antes, para referirse a la interacción de múltiples tipos de opresión, es decir, a cómo diversos privilegios y la falta de ellos afectan de distinta manera en distintos contextos. Evidentemente, una persona a la que le “falten” cinco o seis privilegios de la lista (no es tan difícil) tiene una vida más dura que alguien a quien falte uno, o ninguno. Pero muchas veces, lo que se supone que es una característica común a todos los miembros de un colectivo oprimido, sólo lo es de la parte más privilegiada de los mismos. En otras palabras: sin un enfoque interseccional, la lucha contra un privilegio tiende a beneficiar a quienes sólo echan en falta ese privilegio y ninguno más, a costa del resto del grupo. Así es como, en palabras de Ardeluxe, se puede ser comunista y machista, feminista y transfóbica, o gay de derechas.

Si queda un poco abstracto, como mejor puede entenderse es con ejemplos. Voy a poner uno que se beneficiaría de más feminismo, y una crítica al feminismo.

1. La lucha contra la pobreza, la lucha obrera… ese tipo de reinvidicaciones de izquierdas. Por ejemplo, es fácil tomar como héroes, como símbolos, a colectivos muy reivindicativos como los mineros. Símbolos como el del Sindicato de Estudiantes (llave inglesa que se convierte en lápiz) o la hoz y el martillo, apuntan a profesiones típicamente masculinas. Otro símbolo que me encanta a pesar de lo excluyente que es, es el albañil de Manel Fontdevila. currito fontdevilaCuando Fontdevila dibuja a su hombrecillo del casco, no está representando a un albañil sino al conjunto de la clase obrera. No sería muy difícil pensar en una camarera con uniforme, una enfermera, o una profesora, por decir mujeres fáciles de caricaturizar, como representantes del sector servicios (el autor es consciente de ello pero no sé hasta qué punto ha hecho algo por arreglarlo).

Otro ejemplo reciente y no humorístico es el reportaje de Jordi Évole “Precariado”, emitido en La Sexta hace pocos meses. Los ejemplos de profesiones que son o que se han vuelto inestables y mal pagadas: obreros de fábrica de automoción (y de refilón alguna mujer), y un hombre que ha estudiado comunicación audiovisual, como ejemplo de sobrecualificación. Esto, a mi parecer, es un enfoque completamente equivocado sobre el empleo de mala calidad. La peluquera autónoma, su empleada con el salario mínimo, infinidad de dependientas de tiendas, licenciadas que malviven dando clases particulares… estamos rodeados de un ejército invisible de mujeres con empleo precario, con problemas distintos o peores de los que tienen los hombres en su misma situación laboral, y ellas no son el símbolo de nada. Evidentemente, cualquier mejora global de las condiciones de trabajo las beneficia a ellas, pero no parece que nadie las tenga en cuenta.

Del mismo modo, cualquier análisis del empleo más estable que tenemos, el funcionariado, es incompleto sin tener en cuenta que somos una mayoría de mujeres, y por qué. Es fácil, la Administración es el único jefe que no nos pregunta nuestro estado civil.

Lo que busco no es que haya más personajes femeninos en los chistes, o que Jordi Évole entreviste a más mujeres: todo lo que he descrito no es el verdadero problema, sino síntomas de que la imagen mental que se tiene de “la clase obrera” excluye a las mujeres. Esto puede llevar a favorecer políticas, campañas de promoción, etc. que no lleguen al público que más lo necesita y se beneficiaría de ello. Podría decirse mucho más, pero como sólo quiero ilustrar un punto de encuentro (o de choque), lo dejaré aquí.

2. El feminismo también necesita ser más interseccional. Aquí me voy a limitar a explicar algo magníficamente contado por @DrJaneChi. Laurie Penny es una feminista inglesa, blanca, rica, que acaba de publicar una columna en New Statesman acerca de la imposición patriarcal de llevar el pelo largo. Opiniones de mujeres: dos, la suya y la de su hermana. Problemas prácticos de tener pelo largo: no siempre está bonito y lleva tiempo y dinero que lo esté. Penny universaliza su propia experiencia, sin tener en cuenta algunos factores importantes que no la afectan.Parece una cuestión nimia escoger el pelo corto, pero no lo es, y el colectivo menos afectado por ello es precisamente el que Penny escoge como universal, el suyo.

Por ejemplo, las mujeres trans* deben presentar un aspecto hiperfemenino para ser tomadas en serio. De esto puede depender el resto de su vida: cuando una mujer trans decide que quiere hacer los cambios legales y médicos para ser considerada la mujer que sabe que es, tiene que pasar por una serie de barreras puestas por la ley y por profesionales sanitarios para que demuestre cómo se siente, y uno de los puntos que se tienen en cuenta es si la mujer muestra una feminidad convencional. Una trans puede tenerlo complicado para elegir llevar el pelo corto.

En segundo lugar, el ideal de pelo largo es un ideal basado en la belleza de la mujer blanca. Las mujeres negras, o con el pelo más rizado que esto de aquí, tienen que hacer una inversión en tiempo y dinero que no tiene nada que ver con la que hacemos las demás. Además, las mujeres blancas con el pelo de una calidad parecida tampoco se enfrentan a los mismos problemas: lo que en nosotras puede verse como un estilo original, en las mujeres negras puede ser motivo de rechazo. Por eso, para ellas, llevar el pelo corto tiene unas motivaciones diferentes. Un análisis español de esta cuestión hablaría, por cierto, de la obsesión de las mujeres españolas con el pelo liso.

Más cuestiones: la edad. De las mujeres jóvenes y guapas se espera pelo largo, pero a partir de cierta edad, se espera que lo tiñamos y cortemos. Si ya no se es joven, tener el pelo largo, o largo y sin teñir, es más desafiante que ser joven y tenerlo corto.

No puedo terminar sin mencionar a las mujeres que pierden el pelo por una enfermedad. Penny menciona a su hermana, a la que se le cayó el pelo por estrés. ¿Tan difícil era citar dos líneas sobre los efectos de la quimioterapia?

Añadir un enfoque interseccional a una lucha por la justicia y contra la discriminación puede salir natural, sobre todo cuando nos afecta personalmente, o puede ser muy difícil. Es el único activismo que merece la pena. De lo contrario, lo único que estaremos defendiendo es un mundo aún en forma de pirámide, pero con nuestro escaloncito un poco más arriba.

Viejas

Todos los días me cruzo por la calle con muchas mujeres mayores. Se puede distinguir su nivel socioecómico más fácilmente que a los hombres: es decir, con los hombres viejos no es tan fácil distinguir pobres de no-tan-pobres, ni extranjeros de nacionales. A veces veo una pareja de ancianos y sé que son turistas por ella, no por él, que podría parecer español hasta que abre la boca.

¿Que por qué me fijo en esta distinción? Porque me revela algunas de las terribles injusticias que se han cometido contra las mujeres pobres, en este país y en otros. Se ve a la legua, os explico. La mayoría de las ancianas no andan con soltura. Esa rigidez puede variar: algunas arrastran los pies, y otras se tambalean de lado a lado, como barcos, como palios en Semana Santa. Algunas, debido a la rigidez de la cintura, se tambalean o hacen pequeños movimientos innecesarios al caminar, sólo de cintura para arriba. Otras, pocas, cojean. Siempre tienen chepita, o los hombros caídos. No caminan con la espalda recta. Nunca parecen del todo cómodas. Muestran inseguridad. A menudo están gordas, con una distribución corporal de esa gordura distinta de las mujeres jóvenes, y de las mujeres más ricas que vienen a hacer turismo. Es, creo, la suma de flaccidez con acumulación de grasa. Esto se añade a la sensación de torpeza, dolor e incomodidad que transmiten.

No suelen ir de luto, pero sí van vestidas de manera discretamente fea. Muchos no-colores. Ropa barata (la que hay). Poca ropa que ajuste al cuerpo y defina las formas. Muy rara vez pantalones. Muy rara vez ropa que esté de moda. Sólo las muy ricas son elegantes. Las de en medio, las que no son pobres, tienen su propia forma de vestir, condicionada en primer lugar por qué está disponible en su talla, y en segundo, por la discreción. Algunas se pintan. Muchas se tiñen el pelo, mal, y en casa. Tienen el pelo corto, pero no como los hombres: lo llevan corto y sin forma. Son frecuentes, en las que se lo pueden permitir, las joyas de oro que son más un indicativo de clase que un complemento que embellezca.

Esto no es una necesidad de la vejez. Las viejas españolas parecen veinte o treinta años mayores que las turistas extranjeras de su misma edad. Esto es lo que pienso sobre las experiencias vitales, desde la infancia, que hacen que sea tan fácil identificar el origen o la clase social de las ancianas.

Los zapatos. De qué calidad han sido. Con cuánta frecuencia han podido renovarlos. ¿Han tenido un solo par de zapatos, el mismo para todos los días, sin poder alternar? ¿Han tenido que usar zapatos que les quedaban pequeños? ¿Han usado mucho zapato de tacón? Fíjate cuado veas una vieja por la calle: es probable que use zapatillas de estar por casa para salir, negras o marrones para que parezcan verdaderos zapatos. Todo lo demás les duele, y no están educadas para usar zapatos deportivos. Además, las zapatillas son más baratas.

El ejercicio físico.
¿Iban al colegio y había educación física? ¿Han hecho deporte por placer? Las tareas domésticas no cuentan: son un ejercicio asimétrico e irregular. Esa es otra cuestión: ¿cuánto tiempo han dedicado a tareas domésticas que pueden dañar la espalda o las articulaciones, del tipo de como fregar suelos, cargar pesos o lavar a mano? ¿qué edad tenía tu abuela cuando usó por primera vez una lavadora? ¿qué edad tenía una mujer holandesa o inglesa de la generación de tu abuela?

Un lenguaje corporal orientado a ocupar poco espacio. Esto no ha pasado de moda; recuerdo, por ejemplo, unas manos detrás de mí juntándome discretamente los codos contra el cuerpo alrededor del año 2000. Las viejas españolas han sido educadas en bajar la mirada, en caminar con pasos cortos, poco eficientes. A no pasar más que el tiempo justo en la calle. No están acostumbradas a ocupar el espacio público. ¿Han salido solas a hacer algo que no fuera un recado?

La comida.
Las viejas españolas se han criado a base de caldo, pan, dulce, legumbres, grasa. Esto conduce a desarrollar poca masa muscular. Cuando más adelante en us vidas hubo mayor cantidad de alimentos, su salud en parte mejoró, pero por otra parte  engordaron más rápidamente y con una distribución distinta a la que tendrían si hubieran tenido acceso a alimentos de buena calidad cuando eran más jóvenes.

El cuidado dental. Sobra cualquier comentario.

Los embarazos. ¿cuántos tuvieron, y cuántos hijos? ¿qué cuidados prenatales tuvieron? ¿cómo fue la asistencia al parto? ¿cómo pudieron recuperarse después?

La ropa, sobre todo la ropa interior.
¿Qué ropa interior usaron de jóvenes? ¿Fajas que las oprimían, que quitaban libertad de movimientos? ¿Qué edad tenían cuando empezó a ser normal que las mujeres usaran pantalones? ¿Y cuando fue normal que las mujeres usáramos ropa deportiva?

Una vida entera de sacrificio, poco ejercicio, poco acceso al espacio público, poco o ningún acceso al poder, ropa restrictiva, calzado de mala calidad, comida de mala calidad, nos han dado varias generaciones de viejas enfermas y cansadas, que asumen la enfermedad como un hecho de la vida a pesar de que sus maridos no están tan estropeados, o al menos no de la misma manera.

Me dan envidia, sí, las turistas. Y me entristece ver a las ancianas de mi familia arrastrar los pies. No me basta con haberme “liberado” yo, porque sé que es consecuencia de la crianza, bastante privilegiada, que he tenido. Si dentro de treinta años, yo camino más como una turista que como mis vecinas, habremos fracasado.

Qué quiero decir cuando digo que eres rico.

En el glosario sobre feminismo, sexualidad, privilegios y temas afines, señalo que “si llegas a fin de mes es que eres rico”. Esto necesita delimitación, porque desde el punto de vista político, económico y social una persona puede estar en esferas diferentes, con más o menos concurrencia de privilegios por ello.

Es todo cuestión de grados: ¿qué quiere decir llegar a fin de mes? ¿llegar a fin de mes sin salir, ir al cine, comer pescado, comprarte un móvil? hay debate sobre qué quiere decir pobreza en Occidente; si por ejemplo vives en el extrarradio de una ciudad grande, necesitas dinero para transporte para ir a trabajar. Si tienes hijos, necesitan material escolar. Si tienes o buscas un trabajo con cierto código de vestimenta, necesitas comprarte esa ropa y renovarla. Si estás mal comunicado, necesitas coche. Estas preocupaciones no las tiene un pastor de cabras en el África Subsahariana, pero son necesidades reales y urgentes y no cubrirlas quiere decir que somos pobres. Así que en este sentido, mi margen para ser “rico” es subjetivo. No quiere decir ser millonario. Por ejemplo yo, profesora de secundaria, según mi propio criterio soy rica.

En el feminismo, esto tiene consecuencias. A menos que estemos hablando de la intersección con el comunismo, los intereses tradicionalmente defendidos por el feminismo son los de las mujeres ricas. Uno de los primeros, por ejemplo, fue el derecho de las mujeres casadas a conservar su patrimonio y el de las burguesas a ser profesionales. Hay una preocupación porque las mujeres ocupen los centros de poder, fundamentalmente con cuotas. Y como último ejemplo, el comentario crítico de la industria del ocio y el entretenimiento es un interés bastante “para ricas”. Podemos discutir esto, pero los pobres no producen películas, es menos probable que vayan a la universidad a aprender análisis textual, y tienen preocupaciones más urgentes y graves que el test de Bechdel.

La segunda es el punto de vista político, por el que pasaré muy por encima. Es simple: o eres dueño de medios de producción, y entonces eres burgués, o no lo eres, y entonces eres obrero, o asalariado, como más te guste decirlo. Si eres autónomo o pequeño empresario, estás en medio. En un país capitalista, los propietarios de medios de producción suelen ser ricos, y los demás normalmente no. Aquí la parte interesante del trabajo feminista de izquierdas es concienciar a los no-propietarios de que deben ser un colectivo unido. Hay mucho que decir sobre esa lucha, pero como lo que estoy haciendo es sólo definir, lo dejo aquí de momento.

En tercer lugar, tenemos lo más difícil y difuso: desde el punto de vista cultural, tenemos la clase media. Desde mi segundo punto de vista, la clase media no existe, es un engaño que nos han dado a los trabajadores “intelectuales” para que nos sintamos superiores a otros trabajadores. Yo, licenciada, soy un superior a la maestra diplomada que es mejor que la administrativa, que es mejor que la conserje que es mejor que la camarera que es mejor que la limpiadora. Hay una escala sobre con quién me apetece tomar café. Y es todo mentira, porque al final, todas tenemos el mismo jefe y los mismos problemas, sólo que para mí son un poquitín más fáciles porque nuestro jefe común me ha dado a mí más paga. El prestigio social de hacer un trabajo no manual ni me da de comer, ni me da más derechos, ni me protege de la explotación del empresario.

Sin embargo, observemos ese prestigio social. Ese sí es un privilegio: el de pertenecer a la clase media. Su definición es compleja; inevitable, es sólo un ideal, y además, quiere definirse por estar “en el término medio”, como la virtud (véase falacia del término medio). Por otra parte, como señala Lynda Nead (1), cuando se creó el concepto de clase media se hizo aglutinando a grupos de muy diversas ocupaciones y nivel de ingresos, con lo que se llegó a una definición coherente mediante la llamada “ideología doméstica” (la sacralización de la vida doméstica burguesa como lugar de paz y armonía) y la producción de roles de género claramente delimitados que nos han llegado hasta hoy.

De manera esquemática, las siguientes características son propias de la clase media en Occidente, aunque no tienen que cumplirse todas.

– Trabajadores intelectuales. Trabajas sentado. No haces trabajo manual. Has estudiado una carrera universitaria o una especialización, como un grado superior.

– Eres de una familia que siempre ha supuesto que ibas a estudiar. El recorrido “esfuerzo -> estudios -> carrera -> trabajo bien pagado” es un valor en el que se educa a los niños.

– En general, un aura de respetabilidad, que además se cultiva cuidadosamente. La clase alta pasa, y la clase obrera da esa batalla por perdida.

– Algo parecido se aplica a los modales. La clase media es la que se preocupa por con qué cubiertos se comen las gambas. La clase alta lo sabe… pero no se tiene que preocupar por ello. La clase media es la que le da mucho valor a saludar, a pedir por favor y a dar las gracias. No es que las otras no lo hagan, sino que no le dan la misma importancia.

– Un nivel económico intermedio según lo dicho en la primera definición.

– Un consumo muy alto de productos culturales, en parte porque casi todo lo que se hace te tiene a ti como objetivo.

– Uso de un registro lingüístico que se corresponde con el estándar en ese idioma. Esto tiene variaciones; por ejemplo, el andaluz culto o estándar no tiene el menor valor en este sentido fuera de Andalucía, pero los andaluces somos muy conscientes de la diferencia.

Un ejemplo de los valores de la clase media lo vemos en muchísimas películas que nos venden la idea de que con esfuerzo se consigue superar cualquier dificultad. Se me ocurren: El Indomable Will Hunting, Gattaca, Jerry Maguire, En Busca de la Felicidad, Family Man, Armas de Mujer, Billy Elliott. Y muchas películas sobre deportistas (por ejemplo, Invictus, Rocky, Quiero ser como Beckham). Todas estas películas cuentan lo mismo: desde orígenes obreros, o desde una crisis grave que lleva desde la parte media-alta al fondo de la escala, el esfuerzo personal y una pequeñita ayuda externa conducen a nuestro protagonista a donde quiere estar: del uno al diez, un siete. A un chalet en las afueras, y no a una mansión. A una pareja perfectamente heteronormativa, y estable, con niños a ser posible. El final feliz no tiene nada que ver con conseguir mucho dinero, puesto que la recompensa final casi siempre es… encontrar trabajo. El final feliz es el esfuerzo recompensado, la estabilidad, la incorporación a lo normativo, y a veces, el escape de la clase obrera. Cuando nos quieren contar una historia de millonarios, se recurre a la biografía de personajes históricos (María Antonieta, El Aviador), para dejar muy claro que nosotros, el público, no tenemos que aspirar a ser así. Sí, son ricos, pero son raros, inmorales, desgraciados y están locos. Esto vale también para la obsesión inglesa con la época eduardiana (véase Downton Abbey)

Es decir, y como conclusión: el dinero nos da privilegios, y más cuanto más dinero tengamos. Es un continuo con zonas grises. La clase media, aunque desde el punto de vista económico y laboral es una mentira, social y culturalmente sí es un privilegio,  relacionado con que nos convierte en el grupo “normal”, prestigioso, e invisible.

Respecto al segundo de los tres puntos de vista recomiendo MUCHO leer esto (sobre la clase obrera) y esto (sobre la mentira de la clase media).

1. Nead, Lynda. Myths of Sexuality: Representations of Women in Victorian Fiction. 1988.

Sexo, género, presentación

Es común en Sociología y en feminismo distinguir entre sexo, que es físico, y género, que es social. Veamos cómo se expresan en el ser humano.

El sexo puede ser masculino, femenino o intersexual. Las personas que estamos claramente situadas en un esquema binario tenemos perfectamente conjuntados nuestros cromosomas, genitales externos, genitales internos, y producción hormonal, y por eso somos hombres y mujeres. La intersexualidad es el nombre conjunto que se le da a una gran cantidad de causas que pueden hacer que una persona tenga rasgos físicos simultáneamente masculinos y femeninos.

El género es una construcción social, excepto en una cosa: la transexualidad parece que sirve para demostrar que la inmensísima mayoría de la gente, incluso a pesar de fuerte presión social al contrario, siente y piensa que es un hombre o una mujer. Algunas personas no tienen ninguno de los dos géneros, y una palabra para llamarlos es genderqueer.

Poniendo de ejemplo al género femenino, es el de una persona que:

  1. Siente que es mujer, algo se lo dice dentro de su cabeza.
  2. Le interesan las cosas que en su cultura se consideran gustos propios de mujer. En Occidente, por ejemplo, lo doméstico, la moda, la imagen personal, las relaciones personales.
  3. Le gusta adoptar el aspecto externo que en su cultura es normal que tengan las mujeres. Si no adopta el mismo, es consciente de estar realizando una transgresión. Por ejemplo, en Occidente lleva el pelo por los hombros, joyas, y ropa de colores variados ajustada al cuerpo. Está delgada, o quiere estarlo. Le interesa estar guapa.
  4. Tiene rasgos de personalidad, muchos o pocos, que su cultura y su educación le han enseñado que son propios de las mujeres. En Occidente podría ser insegura, dependiente, amable, sensible, autoexigente, coqueta, golosa, pudorosa, con deseos maternales e interés en el cuidado de los demás. Estoy exagerando, pero os hacéis una idea.

Y por simetría, veamos qué sería el género masculino:

  1. La persona piensa y siente que es un hombre. Se identifica con los otros hombres que conoce, le parecen sus iguales.
  2. Le interesan las cosas que en su cultura se consideran propias de hombres. En Occidente, por ejemplo, los deportes como espectador y quizá como practicante. Cómo funcionan las cosas. Los hechos y los datos, más que las relaciones entre las personas.
  3. Le gusta adoptar el aspecto externo que en su cultura es el propio de los hombres. Si no lo hace así, es consciente de estar transgrediendo. En Occidente, esto quiere decir el pelo corto, una figura ideal musculosa, ausencia de joyas y complementos, uso exclusivo de los pantalones como prenda de vestir de cintura para abajo, poca variedad cromática con predominancia de colores fríos o no-colores, ropa holgada en lugar de ajustada.
  4. Tiene rasgos de personalidad considerados típicamente masculinos. En Occidente eso supone: un rechazo de los rasgos femeninos, seguridad en sí mismo, valor, riesgo incluso con cierta temeridad, preferencia por competir frente a cooperar, una sexualidad activa, etc.

Los puntos 2 a 4 se consideran “presentación” y no “identidad” en la magnífica gráfica del Muñequito de Galleta de Jengibre. Hay una explicación anterior que es también fabulosa e imprescindible. Estos puntos 2 a 4 son enteramente culturales, y tienden -ay- a estar definidos por el patriarcado.

Naturalmente, las mujeres no somos todas la Barbie ni Gwyneth Paltrow, y los hombres no son todos James Bond ni Sylvester Stallone. Los ejemplos que he puesto son sólo ilustrativos de qué es lo que tenemos en los extremos en nuestra cultura. Podemos ver que dependen de la cultura y la historia observando cómo varían. Por ejemplo, el interés en la religión, no el ser un profesional de la misma como un sacerdote, sino el ser una persona devota, en el Judaísmo es tradicionalmente parte de ser hombre y no de ser mujer. La coquetería era característica masculina en la Inglaterra isabelina. El espíritu de sacrificio es femenino en Occidente sólo desde hace dos siglos.

El género es, además, fluido. La identidad no tanto, pero la presentación sí. Una niña indiferente puede ser una adulta coqueta; un joven tímido puede ser un adulto con seguridad. Cambiamos a lo largo del día, también: llegas a casa con los tacones, te los quitas y te pones la camiseta del Club de Taekwondo. Evidentemente eso no nos hace “cambiar de género”, simplemente es una muestra de que el género es una cuestión de grado.

¿Y esto para qué sirve?

– Para hablar de la transexualidad y la intersexualidad más correctamente.

– Para entender que absolutamente todos los rasgos de personalidad que atribuimos a la gente en función de su sexo, son arbitrarios y culturales.

– Para aceptar a los que son diferentes de la mayoría.

– Para saber que podemos cambiar.

– Para observar cómo lo masculino se vuelve “neutral”, y “normal” y lo femenino “diferente”. Y luego, atacar eso.

–  Para dejar que los niños se desarrollen con algo menos de presión.

– Y para identificar tus propios privilegios, que es una cosa muy sana.

Así que hala, todo el mundo a imprimir el Muñequito de Galleta y a pegarlo en la pared.