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Algunas aclaraciones sobre la brecha salarial.

La brecha salarial es algo que provoca grandes polémicas porque no se tiene clara su definición y además parece difícil de aceptar, y también de creer que en una empresa pueda mantenerse en su definición más restringida sin que nadie se dé cuenta o proteste con éxito. Los negacionistas de la discriminación salarial de la mujer la definen así: «que las mujeres cobren menos dinero por hacer el mismo trabajo, con la misma capacitación, en el mismo puesto profesional con el mismo nombre y título hasta la última coma, sin tener encuenta más ventajas que el sueldo bruto y no, por ejemplo, otras ventajas concedidas por la empresa». Por ejemplo, que un profesor y una profesora de Matemáticas cobren diferente sueldo por las mismas horas. Si son un profesor de Matemáticas y una profesora de Historia, aducen «es que ya no están haciendo el mismo trabajo». Cuando nos referimos a brecha salarial queremos decir que las mujeres ganan menos dinero que los hombres a igual capacitación, en puestos equivalentes, con nivel de responsabilidad equivalente, y también de manera más ampliada, al uso de mecanismos varios que provocan, de facto, que las mujeres ganen menos dinero que los hombres. Esto está recogido y demostrado mil veces; una muestra muy conservadora de ello es el Índice de Desigualdad de Género que mide el Foro Económico Mundial, una asociación internacional de empresas que elabora un informe sobre este tema. Explico en otro post en qué consiste exactamente este informe. Aquí se puede consultar el más reciente, que señala esto respecto a España:

  • Estamos en la posición 29 global, y si la igualdad es el 1, alcanzamos el 0,74.
  • En participación económica y laboral estamos en el puesto 80 con un nivel de desigualdad del 0.66 y esto es una mejora.
  • Las mujeres ganan un 66%, aproximadamente, de lo que ganan los hombres, en valores absolutos (es decir, sin referirnos al tipo de ocupación de unos y otras)
  • Estamos en la posición 49 en cuanto a nivel educativo con un nivel de paridad del 0.95 así que no es un problema de formación de las mujeres.

Insisto en que el Foro no es una asociación de gobiernos sino de empresas, es decir, esto es lo que están diciendo ellas sobre el funcionamiento del país en su conjunto. No todo lo que produce brecha salarial por género se debe a que las empresas sean «malas», no todo es «culpa» suya. A veces es deliberado, a veces es inconsciente y a veces escapa a lo que las empresas pueden arreglar ellas solas.

Veamos algunas de las maneras en las que las mujeres ganan menos dinero que los hombres. Lo primero es «mismo sueldo base, complementos diferentes». Como ejemplos, una noticia y una anécdota. La noticia: un hotel paga, por la vía de un complemento, 204 euros más al mes a los camareros que a las camareras. Los hombres que limpian se llaman «fregadores» y cobran más que las mujeres que limpian. La anécdota: Me contaron que en Altos Hornos de Vizcaya, en una zona donde todos los trabajadores cobraban un plus por la peligrosidad de los tóxicos que allí había, las limpiadoras no tenían ese plus. A «es que era por ser limpiadoras, no por ser mujeres»: no estamos examinando motivaciones que pertenecen al campo de lo psicológico, estamos examinando efectos. Si trabajar al lado de un tóxico lleva un plus, y no lo lleva para todos, hay discriminación.

Otra opción se da que se da muy a menudo, entre otros lugares en industria alimentaria y en agricultura, es «Todos los hombres hacen la misma tarea, y todas las mujeres hacen otra distinta, categoría laboral distinta, sueldo distinto». Son tareas que requieren un nivel de formación similar, una responsabilidad sobre la producción también parecida, aunque sean de naturaleza diferente. En industria alimentaria es muy habitual que las mujeres trabajen en la «cinta» (no se mueven de su sitio, y manipulan alimentos o envases en una cinta transportadora) y los hombres como «mozos». A los hombres no se les ofrece trabajar en cinta, ni a las mujeres fuera de ella, independientemente de su experiencia o habilidades personales. En la cinta se cobra menos. Si pensáis que es que es un trabajo menos peligroso: puede tener cuchillas como guillotinas, por ejemplo. Y en muchas máquinas se puede quedar atrapada una parte del cuerpo. Si trabajas en un escritorio, como teleoperador por ejemplo, tienes derecho a descansos breves por hacer un trabajo repetitivo, pero en una cinta no, así que incluso contando con una pausa para comer puedes encadenar horas haciendo exactamente el mismo movimiento, con un nivel de atención constante, sin parar un segundo. Aquí hay un buen ejemplo en una envasadora hortofrutícola de Almería, que además explica que ellas tenían funciones más diversas que los hombres y a veces los sustituían. La distinción envasadora/mozo era artificial.

A pesar de la jurisprudencia en contra, esto sigue ocurriendo. Octavio Prieto, profesor en Castilla-La Mancha, cuenta que en su región la cosecha y preparación del ajo es un trabajo estacional. En los almacenes a las chicas se les paga 5,20 euros la hora por un trabajo «de cinta» (pelar ajos) y a los chicos 5,90 por cargar cajas. 0,70 la hora en una jornada completa es un 12% del sueldo y quiere decir 117 euros al mes. Para estudiantes que lo hacen en sus vacaciones escolares, 232 euros de más o de menos con los que empezar el curso. La justificación es que la tarea es diferente, pero los varones no necesitan más formación, ya no se cargan cajas sino que se usan «toros» así que la fuerza física no es un requisito, las mujeres a veces tienen que ocuparse de trabajos que no son el pelado sin que eso suponga aumentarles el sueldo (lo mismo que ocurría en la envasadora almeriense) y no hay diferencia en cuál de los dos trabajos es más importante. Algunos almacenes lo han cambiado cuando se ha protestado, y otros no. Evidentemente, una chica de 17 años que necesita pasarse el verano en un almacén de verduras para poder pagarse sus estudios tiene cosas más urgentes que hacer con sus ahorros que demandar a esa empresa. Así la situación se perpetúa porque afecta a las más vulnerables.

Una situación relacionada, que en twitter ha contado Desiré Carmona entre otras, es que a las mujeres se les reconocen habilidades superiores para la gestión, la administración, la mentorización o la docencia… y no se pagan o no se consideran parte del horario. Es decir: de las mujeres se presupone que van a coordinar, que van a ser sus propias administrativas, y que van a ser las supervisoras de compañeros con la misma categoría profesional. Esto puede ser una pérdida salarial (coordinador o docente puede ser un sueldo mayor que el que se está cobrando) y es siempre una pérdida de tiempo (porque haces tarea y media) y de oportunidades: como trabajas demasiado no tienes tiempo de aceptar nuevos retos y se te va la jornada solo en estar al día.

En otros aspectos la brecha salarial afecta desde la contratación. En profesiones cualificadas, a las mujeres se les exige más currículum, tanto por formación como por experiencia, porque llegan a la selección de personal con menos contactos. Los hombres acceden a la posibilidad de ser contratados (o al puesto en sí) gracias a oportunidades anteriores, por haber hecho más relaciones públicas, mientras que las mujeres tienden a ser más «cumplidoras» en lo académico y laboral. Por voluntad propia o por tener obligaciones familiares, etc., no han desarrollado esos contactos a medio camino entre lo laboral y lo social. Esto afecta por ejemplo al trabajo en medios de comunicación, en tecnologías de la información, etc, en los que no es imprescindible tener una titulación universitaria concreta (o tener una en absoluto). Los estudiantes o aprendices varones empiezan a encadenar pequeños trabajos y van haciendo agenda, mientras que las chicas estudian. Aquí hay más anecdotario que noticias, aunque espero poder contar más en el futuro.

Está relacionado con esto que los logros de las mujeres se evalúan con más rigor y dureza. Puede ser porque los hombres tienen más tendencia a exagerar, y sus interlocutores a aceptarlo, o porque las mujeres tienen más tendencia a ser precisas, realistas o modestas en la exposición de sus logros o de sus objetivos, y sus interlocutores además desprecian este estilo comunicativo. Un estudio reciente sobre solicitudes de becas de investigación que se presentaban anónimamente, para evitar sesgos, muestra que las mujeres recibían menos becas que los hombres pero que si obtenían la beca, publicaban más artículos científicos que ellos, es decir, no eran peores investigadoras. La diferencia que perjudicaba a las mujeres tenía que ver con el estilo del lenguaje: en ellas era más conciso y en ellos más general. h

También hay casos en los que directamente se paga menos a las mujeres. Porque sí y ya. Quien lo sabe, calla, aunque siempre sabemos de algún caso, como quien contó en twitter que siendo becario supo que una empleada con un puesto superior cobraba 6.000 al año menos que sus compañeros hombres. Picanúmeros compartió varias gráficas sacadas de la Encuesta de Estructura Salarial del Instituto Nacional de Estadística, con datos de 2014. Comparando 81 puestos de trabajo distintos de personas con idéntica jornada laboral, duración de contrato, sector y nacionalidad (española/extranjera) (ojo que nos referimos a ocupaciones, no a 81 personas) obtuvo que en un 56,8%, los hombres cobraban un 10% o más que las mujeres, y en un 9,8%, las mujeres cobraban un 10% o más que los hombres.

Es decir, en resumen: las causas inmediatas de la brecha salarial son la creación de dos puestos de trabajo con distinto nombre para funciones del mismo valor para la empresa, la creación de complementos y ventajas que se les dan a los puestos ocupados por hombres y no a los ocupados por mujeres, y directamente, pagar menos a las mujeres y ya está.

De una manera menos inmediata, más indirecta o a medio-largo plazo, los hombres consiguen más ascensos que las mujeres. Y también, las mujeres trabajan más a tiempo parcial, en parte porque se hacen cargo del cuidado de los hijos y de la casa, y sus parejas no. Esta es una cuestión que va un poco más allá de la responsabilidad de las empresas, aunque ayudaría tener medidas como la jornada continua.

Una crítica que se oye a veces sobre este tema es que «si fuera verdad que a las mujeres les pagan menos, las contratarían preferentemente a ellas y tendrían menos paro». Es legítimo preguntarse esto, es decir, si es verdad que un empresario puede salirse con la suya y pagar a las mujeres por debajo del salario adecuado a la ocupación, ¿por qué no contratar a más mujeres para todo o casi todo? Todas las razones son machistas, pero unas tienen más sentido económicamente que otras. La primera, desconfiar de las mujeres en edad de ser madres, no solo porque se cojan el permiso de maternidad sino porque durante bastantes años, los niños requieren estar acompañados, se ponen enfermos, ocupan bastante tiempo de los adultos, y los empresarios asumen que son las madres y no los padres quienes se harán cargo de todo esto. En otros casos, ni siquiera se cuenta con mujeres, de manera inconsciente quizá, como en algunas tareas peligrosas o que requieren cargar pesos. Es el caso de los estibadores, por ejemplo, aunque ahora sea un trabajo muy mecanizado. Además, hay pocas mujeres con formación o vocación para algunos empleos masculinizados, y no estoy pensando en los que requieren más estudios sino por ejemplo los relacionados con ciencia y tecnología que requieren una formación media (es más fácil encontrar una ingeniera que una fontanera). Por último, aunque de esto solo tengo anécdotas, en empleos muy feminizados se valora mucho la presencia masculina, formal o informalmente, y los escasos hombres ocupan enseguida posiciones de prestigio y de poder. He visto esto ocurrir en la enseñanza, y me han dicho que ocurre en enfermería y en servicios sociales. No tiene por qué ser universal, pero ocurrir ocurre.

La realidad es que las mujeres en el mundo ganan menos dinero que los hombres, y que realizan similar trabajo remunerado y mucho más trabajo no remunerado. Las causas, al final, son irrelevantes. Lo importante es dar fin a esta situación, dejar de cronificar la pobreza femenina, y valorar justamente nuestro trabajo.

Post invitado: Manual para la felicidad en pareja

Cronopia, La Crono, es una tuitera muy popular por sus hilos humorísticos en los que desgrana consejos o anécdotas. Este fin de semana ha publicado unos consejos para la vida doméstica, orientados a mujeres aún por casar (o arrejuntar), que amablemente nos permite recopilar aquí. Está un poco condensado:

Hay una norma de oro. La norma namber guan. La que hay que tener presente siempre, pero especialmente los primeros años. La norma dice: no llegues a EL MOMENTO. ¿Y qué es el momento?, me preguntáis, como si yo fuera un señor de esos que lo saben todo. El Momento es un instante en el tiempo, una ocasión, una sola, en la que tú te haces cargo de sus cosas como si fueran tu responsabilidad. No te acerques nunca a ese momento. No estoy diciendo que no le puedas hacer un favor, sino que no tienes que llegar nunca al momento en que te hagas cargo de sus cosas como si fueran tuyas.

Llega tarde a trabajar: es cosa suya. Va con la ropa arrugada: es cosa suya. Se levanta tarde y no desayuna: es cosa suya. Y así. No te hagas cargo nunca, jamás de lo que a él le corresponde: su higiene, su salud, su alimentación. Recuerda que te has casado (o, si eres una persona sin moral ninguna, te has arrejuntado) con un señor, no con un niño. El tiempo, si Dios quiere, ya te dará hijos. El tío de barbas que duerme a tu lado SABE ocuparse de sus cosas. No dejes que se aproveche de ti.

El Momento es más difícil de esquivar de lo que crees, por eso hago especial incidencia. No es solo decir «pues no le pienso planchar las camisas». Eso es fácil y de una lógica que cae por su propio peso. Es que NO SE LA PLANCHES. ¿Que necesita que se la planches porque llega tarde? Que se hubiera levantado antes. -Oh, pero es que si yo llego tarde él también me la planchará a mí. Sí, un día, y tú acabarás planchándole la camisa todas las mañanas.

Ignora las presiones externas. Cuando te casas (o bien pecas y te arrejuntas) se pone en marcha toda una maquinaria social destinada a que llegue El Momento. Vara evitarlo, impide que nadie entre en tu casa a hacer lo que tú no quieres hacer. No puede entrar ni su madre, ni su hermana, ni su prima a plancharle la camisa. Eres muy mala, una bruja y una guarra que mira cómo lleva a su marido: da igual. No pueden.

Bien. Pasan los primeros años de matrimonio (o de vida en pecado, tú misma) y consigues esquivar El Momento. CUIDADO CON LA LLEGADA DEL PRIMER HIJO. Recuerda esto y tenlo siempre presente: el permiso maternal es para cuidar a un niño, no para cuidar de una casa ni de un señor que ya se está quedando calvo. Además, la que está con el bebé está más cansada que el que trabaja fuera.

De los cumpleaños, Reyes, fiestuquis y detalles varios que incluyan preparación, ornamentos o regalos: cada uno se ocupa de su familia. No te ocupes de los regalos de tu familia política. «Ñé, ñé, ñé, is qui yi ni sí iscigir in riguili», te dirá. ¿Verdad que cuando estaba en fase de conquista te sabía comprar regalos molones? Pues que busque regalos molones para su madre y para sus sobrinos. También tiene que ser él el que se acuerde de ir a visitar a su madre.

Asimismo, cuidado con los ólogos. Esto es, de sus citas con urólogos, podólogos, traumatólogos y etcétera se tiene que ocupar: ÉL. En resumen, tú no eres su agenda.

Si se da la nada extraña circunstancia de que no hace nada sin que se lo pidas, hay que planificar. Planificar es una tarea doméstica y debe compartirse. Esto significa que hay que planificar juntos. Supervisar la planificación, igual.

Si le parece mucho follón que os ocupéis los dos de una misma cosa porque luego es un lío, que se ocupe él.

Si se decide de mutuo acuerdo repartirse las tareas de forma que «yo hago la compra y tú ordenas la ropa»: CUIDADO. Que sean trabajos que se lleven a cabo con la misma frecuencia. Ejemplo: Colgar cuadros no es equivalente a hacer la compra, a no ser que hagáis la compra una vez cada cinco años.

No interpretes sus deseos/indirectas como órdenes. Si te dice «ya no quedan tomates» no significa que tengas que ir tú esa misma tarde a por tomates.

No obedezcas órdenes.

Niégate a responder a las preguntas que te haga en segunda persona del singular sobre asuntos que son de los dos. Ejemplo: -¿Dónde guardas los trapos? Es una pregunta trampa. Los trapos los guardáis los dos . Si le parece mucho follón que os ocupéis los dos de una misma cosa porque luego es un lío, que se ocupe él.

Si te compara con la mujer de su primo, o con la vecina o con su madre, que «mira todo lo que hacen en casa y no se quejan nunca», compáralo tú con Keanu Reeves

No tiene que conducir siempre él. No conduce mejor que tú. Él no es nadie para supervisar cómo conduces.

Ganar menos dinero no te quita derechos en el uso del tiempo y el espacio. El mejor sitio del sofá no tiene por qué ser para él. La habitación que sobra no tiene por qué convertirse en «su despacho». Y que ganes menos dinero no resta peso a tus opiniones ni a tu capacidad de decidir en temas comunes.

Si cocina él cuando hay visita, no permitas que se lleve todos los aplausos. Recuerda a los comensales que tú has hecho las ensaladas/recogido la casa/ordenado la cocina. Visibiliza tu trabajo. Si se pasa la puñetera comida explicando la receta y cómo ha cortado la cebolla y cómo ha hecho el sofrito, bosteza sonoramente hasta que cambien de tema. O también, cocina tú cuando haya visita y deja que él se ocupe de todo lo demás.

Comprar cortinas, electrodomésticos y otros accesorios para casa computa como tareas domésticas.

No tienes por qué ser la amiga de las parejas de sus amigos. No tienen por qué gustarte sus aficiones .

Si te pones enferma, no te disculpes. Él tendrá que ocuparse de las tareas domésticas y te tendrá que cuidar a ti. No pidas perdón. No es culpa tuya. Salvo fuerza mayor (trabajo o tener que cuidar a alguien más necesitado que tú), el que tiene que cuidarte es él; ni madres, ni hermanas.

Como resumen, un señor que no es capaz de ocuparse de sus cosas, que cree que tiene derecho a vivir un pelín mejor que tú, a tener más tiempo libre y a ocupar más espacio, no merece tu atención ni tu compañía .

¿Por qué leer libros escritos por hombres?

En esta época de ferias del libro surge otra vez la discusión sobre si leer a autoras porque sí, porque si no hacemos un esfuerzo consciente se las ningunea y olvida, o porque aportan un punto de vista «nuevo» o «diferente». ¿Pero diferente de qué? Llevamos con este mismo tema dos siglos, aunque antes se trataba de que había temas sobre los que una dama no debía escribir. Y hablemos claro: no es que las mujeres escriban sobre temas muy nuevos o con estilos muy característicos, sino que los temas favoritos de muchos autores hombres están deshilachados de tanto uso.

He leído a autores hombres, en narrativa, en poesía lírica y en ensayo, hasta que sus problemas e intereses se me han salido por las orejas. La vida es corta, y mi tiempo, limitado. Hay cosas que no quiero leer más veces. Y esta es una lista parcial:

  • No quiero leer más veces a fans de Neruda. Quiero decir que no quiero leer más veces la visión poética del sexo heterosexual presentada por un hombre joven con el mismo dialecto que yo. No quiero leer un desglose de las partes del cuerpo de una mujer joven. Y de verdad, lo más importante: no quiero leer más petrarquismo, en serio, ya me he enterado de qué os gusta y lo que os frustra.
  • No quiero leer más veces otro remake de Grandes Esperanzas. No quiero leer otra vez que el mayor problema de un varón blanco heterosexual occidental joven y guapo es ser de clase obrera, y quiere dejar de serlo. Tampoco quiero volver a leer que desea casarse/acostarse con una mujer más rica que él.
  • No quiero volver a leer personajes femeninos que solo son símbolos de estatus. La esposa amable pero imperfecta, la amada inalcanzable que simboliza sus ansias de superación, la pareja de su amigo que simboliza quién ha triunfado en la vida.
  • No quiero leer novelas protagonizadas por un hombre cuyo mundo interior se desmenuza hasta lo subatómico sin que sepamos nunca qué aspiraciones tienen los personajes femeninos. Están ahí, eso basta.
  • No quiero leer novelas en las que el protagonista tiene un bajón que se supera teniendo una relación sexual o romántica con una mujer joven y bella.
  • No quiero leer cómo un hombre blanco viaja a lugares exóticos, se siente un poco fuera de lugar, conoce a una bella mujer exótica, y cambia a mejor la vida de los que le rodean antes de volver a casita.
  • No quiero leer ningún libro en el que sea clave la muerte de una mujer antes de que comience la acción principal. Especialmente si esa mujer no tenía una sexualidad socialmente aceptada.
  • No quiero leer que tu madre no estaba ahí para ti. Sobre todo si estaba muerta.
  • No quiero leer que tu padre era un héroe para ti hasta que lo pillaste bostezando y entendiste que no era más que otro señor mayor, muy cansado.
  • No quiero leer que el miedo a no dar la talla, el miedo al rechazo social, o un rechazo amoroso, han sido las experiencias más traumáticas de tu vida. Y así durante trescientas páginas.

Virginia Woolf habla en una Habitación Propia de la sensación maravillosa de leer en una novela «A Chloe le gustaba Olivia», es decir, una mención de pasada y sin mayor importancia de una amistad femenina, algo poco frecuente en los clásicos escritos por hombres. Han pasado noventa años y seguimos como Woolf: explicando que leemos a mujeres porque hablan de nosotras. Hablemos más de que la tendencia de algunos hombres de contarnos siempre, una y otra vez, la misma historia más que superada.

Violencia de género e independencia económica.

Todos los años, en torno al 25 de noviembre se insiste con el consejo más básico contra la violencia de género: si te maltratan, rompe la relación y denuncia. Desde hace unos años esto se ha vuelto algo menos simple, con listas de listas de señales de alerta ante el maltrato psicológico y conductas posesivas, cuya intención es educar, sobre todo a las chicas más jóvenes, sobre que el maltrato empieza mucho antes de la primera bofetada. También tenemos listas de medidas para protegernos al salir de casa, por si nos agrede un desconocido. En todas esas listas de medidas de autoprotección, algo que no he visto nunca son indicaciones sobre la imprescindible independencia económica. Ser independiente económicamente no nos protege del maltrato, pero sí facilita escapar de una relación que nos atrapa. ¿A dónde vas a huir sin amigos y sin un duro? No se puede olvidar que una relación de maltrato está basada en el control, y es más difícil controlar a alguien que tiene sus propios medios de subsistencia. También influye educar a las chicas en que no necesitan a un hombre para ser miembros plenos de la sociedad (y ya me sé lo problemático de identificar al individuo con su trabajo productivo, pero aquí estamos hablando de dinero y otro día hablaremos de otra cosa).

Empecemos por consejos que son útiles a todas las mujeres, también si no tienen pareja o si están en una relación positiva y amorosa:

  1. No dejes los estudios. Estudia hasta el máximo nivel que tus capacidades y tu economía permitan.
  2. No estudies algo que dependa de dónde vive o qué disponibilidad tiene tu pareja. Supongamos que tu pareja quiere desplazarse para estudiar y tú no: no le sigas. Supongamos que para estudiar lo que quieres te tienes que desplazar: te desplazas. Si te planteas que lo que te interesa es en turno de tarde pero entonces sólo lo verías los fines de semana, pues a tu turno de tarde. Tus estudios son para siempre. Los novios quién sabe.
  3. Ahorra. Ten una hucha, física o en el banco, a la que tu pareja no tenga acceso. En una relación cordial es bueno que sepa que existe, pero si es sólo tuya, se limitan las tentaciones de usarla. Una opción es tener tu cuenta, tu pareja la suya, y una cuenta común en la que se pone el dinero de los gastos domésticos. Así, tu cuenta personal hace de hucha.
  4. Busca trabajo de lo que puedas y te guste. Véase el consejo sobre los estudios.
  5. No dejes de trabajar por tener pareja, aunque gane dinero suficiente para ambos. Y muchísimo menos si tienes hijos.
  6. No aproveches que te has quedado sin trabajo para tener hijos: busca trabajo y cuando lo tengas, a por el bebé. Es más fácil luchar por una readmisión si te despiden embarazada que por un contrato cuando eres madre.
  7. No pidas reducción de jornada cuando tengas un hijo, si puedes evitarlo.

Algunas conductas relacionadas con lo económico que alertan de que tu pareja te controla en exceso, o te maltrata:

  1. Es un problema para él que seas estudiosa.
  2. No le gusta que tengas ambiciones profesionales. Te critica, te gasta bromas, le hace sentir incómodo.
  3. Quiere que estar con él sea más importante que estudiar, trabajar, buscar mejores opciones profesionales…
  4. Te hace chantaje emocional relacionado con el tiempo, esfuerzo o dinero que dedicas a tus estudios o tu trabajo.
  5. Quiere que dejes de trabajar para cuidarlo a él, la casa o los niños.
  6. Critica tu manera de administrar tu dinero, ya sea para decir que eres muy derrochona o muy avariciosa.
  7. Quiere controlar cuánto ganas o cuánto tienes. Se enfada si no lo sabe.
  8. Mira tus datos bancarios sin tu permiso, o los sitios donde guardas dinero en metálico.
  9. Utiliza, vende, gasta o intercambia sin tu permiso tus objetos de valor o tu dinero, o es el encargado oficial de guardártelos.
  10. Tiene mucho más control de los bienes comunes de la pareja que tú.
  11. No podéis gastar dinero (o ahorrar) en nada que sea idea tuya o que sólo te beneficie a ti, como por ejemplo ahorrar para comprar una casa o hacerte un arreglo dental. Nunca hay para tus cosas, o lo que quiera él siempre es más importante.
  12. Cosas importantes y de valor compradas con tu dinero están a nombre de tu pareja.
  1. La manera más segura de ahorrar dinero sin que tu pareja lo sepa es tener una cuenta bancaria en un banco online. Contrata un apartado postal en una oficina de Correos si necesitas dar una dirección física para poder abrirla. Otra opción es guardar dinero en metálico, mejor fuera de casa.
  2. Si compras algo caro con tu dinero, ponlo a tu nombre. Incluso si estáis casados en régimen de gananciales y haya que tenerlo en cuenta para un reparto, en el supuesto de que salgas por pies con ese objeto, que muy bien puede ser tu coche, no podrá reclamártelo.

Una de las bases de la prevención de la violencia de género ha sido educar en contra del amor «romántico», posesivo, dependiente. La idea de un amor absoluto e incondicional nos ha hecho daño. El siguiente paso ha sido el análisis de la masculinidad tradicional. Ojalá la prevención de la violencia contra la mujer se centre lo antes posible en cómo se crean jerarquías económicas sexistas dentro de la pareja.

 

Romanticismo y sorpresas.

Tengo una amiga, A (de anónima), y ella tiene otra amiga, M (de más anónima) y un compañero, P (de Pesado). Han quedado juntos en un grupo grande dos o tres veces, y P tiene interés en ver más a M, que no es del todo consciente de lo que hay. Sí, ya sé que suena un poco adolescente, pero creedme, es verdad. la semana pasada, P le comentó a A que pensaba ir por sorpresa a un partido de M, que practica un deporte de competición. A le dijo que a M no le gustaría una visita sorpresa, por muchos motivos entre los que están que la competición es tensa, que es una ocasión de estar con las amigas, y que si están apenas empezando a tantear sus sentimientos, sorprenderla sería agobiarla. A esto, P reaccionó muy mal. Se enfadó, dijo que los sentimientos deben expresarse con espontaneidad, y al mismo tiempo negó toda intención romántica respecto a M.

En este blog ya se ha hablado de que los piropos son una invasión del espacio de las mujeres. Ahora hablo de otra cosa considerada romántica y que es en realidad una falta de educación: las sorpresas románticas, las visitas sin avisar, especialmente de alguien a quien conocemos poco. El novio reciente que viene a verte inesperadamente a tu lugar de trabajo o estudios.

Habrá mujeres a las que les guste esto, pero es en principio una mala idea. Veamos algunos motivos. El primero, nuestra seguridad. Tú tienes unas intenciones de lo más caballerosas, pero una chica que te conoce poco no puede distinguir tu actitud de una conducta muy frecuente en acosadores, ex-novios cabrones y otra gente peligrosa. ¿Te parece que exageramos? Luego no digas que no sabemos calar a los malotes, porque una señal fácil de detectar de los hombres con los que no se puede tener una relación pacífica es que son demasiado impulsivos.

El segundo, que es de mala educación pensar que nuestro tiempo está a tu servicio, que hasta que no llegues no vamos a tener nada que hacer. En nuestro caso, M a lo mejor ha quedado con otras personas a celebrar la victoria, si gana. La chica a la que vas a ver a la salida del trabajo a lo mejor quiere ir al gimnasio, a la peluquería, a casa a poner los pies en alto, o a cualquier otro plan que no incluya sonreírte. Piénsalo en masculino. ¿Harías lo mismo con un hombre con el que tuvieras el mismo grado de confianza, es decir, te presentarías te visita proponiendo un plan divertido sin avisar? ¿A que no? Claro, porque es una intromisión en su vida privada, por apasionante que sea el plan que has hecho.

Otro más es que a lo mejor queremos estar mentalizadas cuando aparezcas. Queremos arreglarnos, o tener en cuenta que si vas a venir con la moto mejor nos ponemos pantalones, avisar a alguien de dónde vamos a estar y cuándo volvemos, en fin, prepararnos. Igual hoy le duele la cabeza y no tiene ganas de ver a nadie.

Volvamos a mis A, M y P. P defiende la espontaneidad, pero él no es espontáneo: está preparando con antelación sorprender a M. Exige que M sea espontánea cuando él llegue. La visita romántica sorpresa requiere preparación para encontrar a una mujer de hábitos predecibles (¿qué pasa si cuando llegas no está? Conozco a alguien a quien le montaron una bronca por eso), que no tiene mada mejor que hacer que dejarse llevar sumisamente, en lo que a ti te parece espontaneidad, por tus planes cuidadosamente trazados. La espontaneidad es lo que pasa cuando ya estáis juntos y ella se lo pasa tan bien que uno de los dos propone algo nuevo, no lo que tú organizas antes de verla. Esto también sirve online, claro, como un chateo que se convierte en «oye, ¿y por qué no quedamos ahora mismo?», siempre y cuando estés dispuesto a aceptar un no.

Así que en este mundo moderno en el que contamos con mil canales de comunicación, no des sorpresas. Avisa de que te apetece quedar. Y por supuesto, acepta un «hoy no me viene bien». Es lo mínimo.

POSTDATA: Ha pasado un mes desde esta entrada. No conozco de nada a M, pero A me ha contado que P está mandándole mensajes de whatsapp muy largos en los que le dice cosas como «no me tienes que dar explicaciones pero necesito saber si te has acostado con X», exigiéndole que no estropee el «clima de confianza» entre ambos, y acusándola de «no haber querido nada con él», donde nada significa sexo, después de haberse creado una convivencia más o menos amistosa. Es decir, era mentira que solo quisiera amistad, y menos de dos meses después de conocerla (no después de sentar la primera piedra de una relación romántica o amistosa, no: de verla por primera vez) el deseo de  dar sorpresas (que asume disponibilidad) pasa a ser deseo de control con estrategias múltiples. Por qué no me sorprende.

Violencia de género, estado de alerta.

En España, tenemos estados de especial alerta en algunas situaciones predecibles. Por ejemplo, las fechas en las que mucha gente sale de vacaciones y hay que vigilar más el tráfico. Fechas de calor, frío o precipitaciones. Pero hay una situación predecible que no genera alertas: la suma de vacaciones y calor que hace que más hombres maten a sus parejas en verano (y también que más hombres y mujeres maten a sus familiares más vulnerables, como niños y ancianos). Se ha desmentido que las competiciones deportivas (un momento que une consumir alcohol con los ánimos exaltados) aumente las agresiones, pero sí es verdad que la mayoría de los feminicidios se registran en verano o en fin de semana. Ahora no tenemos ese problema, pero dejola entrada publicada para cuando sea relevante. A lo mejor es útil en diciembre, con tantos festivos. A continuación voy a usar indistintamente «violencia de género», y violencia familiar, para tener en cuenta a quienes son víctimas de alguien que no es su pareja.

Si conoces algún caso de violencia de género, ofrece ayuda especialmente en esos momentos. Es complicado porque a menudo, si le insistes a una mujer víctima en lo malo que es su pareja para ella, puede sentirse obligada a defenderlo. Es una reacción esperable: ella puede sentirse culpable de que él sea violento, culpable de haber elegido a una pareja que la maltrata, en fin, puede sentirse obligada a justificarse. Qué tipo de ayuda es útil depende mucho de la situación. Algunas mujeres necesitan tomar conciencia de lo atrapadas que están y de que lo que ocurre no es culpa suya. Otras ya están listas para dar el salto y pueden necesitar apoyo material. Siempre es útil ofrecer apoyo material, información, pasar unos días en tu casa, etc. En días festivos, no sabemos si poder pasar un rato fuera de casa, o no dejarla a solas con su maltratador, podría salvarle la vida.

Puede que quien lee esto sea víctima de violencia familiar. El «síntoma» más fácil de explicar es que tienes miedo de tu pareja (o de tus padres, o de quien sea que convive contigo). Piensa bien si es tu caso. Si eres víctima de violencia, seguro que ya sabes predecir los arranques de tu agresor. Te has preparado para ello. Quizá te has dado cuenta ya de que si tenéis que pasar mucho tiempo juntos, como en vacaciones, o cuando viene una ola de calor, el mal humor aumenta y una consecuencia es que se ponen más violentos contigo. Si te estás planteando cortar con tu agresor, planifícalo bien si puedes, y pide ayuda material a gente en la que confíes. Ahora puede ser tu momento.

Puede que no estés preparada para romper o que tengas miedo de las consecuencias que tenga para ti hacerlo. Es verdad que las rupturas son peligrosas, pero no más que continuar la convivencia. De todos modos, si no puedes romper la relación, piensa en estrategias para pasar menos tiempo juntos. Quédate en donde más apoyos tengas.

Desgraciadamente, hay que tener en cuenta que son momentos en los que a lo mejor es más difícil conseguir apoyo institucional. Servicios sociales tienen sus vacaciones, los sanitarios están bajo mínimos, y la policía también o pueden estar muy ocupados con la Operación Salida y otras emergencias propias de las fechas. Por eso también pienso que si estás dudando sobre terminar la relación, si ya tienes un plan o una sospecha, ponte en marcha antes del fin de semana o el día festivo.

Espero que en un futuro, alguien con responsabilidades en el tema examine con cuidado las estadísticas y establezca planes de prevención específicos en torno a momentos que son más peligrosos por este tipo de causas externas.

 

Breve introducción a la ideología doméstica.

roman women at workGrabado flamenco de 1573 representando patricias romanas: una borda, otra cose y otra hila. Museo Británico. 

La ideología doméstica es un mito que lleva un par de siglos sirviendo a los intereses del patriarcado, y que con variaciones locales, es el siguiente: la gente, agrupada en familias por lo general pequeñas, tiene un cabeza de familia, un hombre que trabaja fuera, y una cuidadora doméstica a tiempo completo, su esposa. Todo lo que queda fuera del hogar es hostil, y según algunas ideas religiosas, pecaminoso. La función de la mujer es vital, porque consiste en que su presencia, sus principios éticos y morales, y sus sentimientos por el resto de la familia, conviertan el hogar en un refugio contra las agresiones del exterior. Eso se plasma en el cuidado doméstico: estamos en un Hogar y no en una simple casa porque hay una mujer limpiando y cocinando, y por eso, no sale. Esto hace feliz a cualquiera que entre, y a los miembros de la familia, más.

Como la perspectiva histórica se pierde rápido, y tendemos a creer que las cosas siempre han sido de la misma manera, lo que la mayoría de la gente acaba creyendo es que hasta mediados del siglo pasado, más o menos, las mujeres no eran trabajadoras asalariadas, o si lo eran, se trataba de una excepción. A lo que se dedicaban casi todas era a las tareas del hogar, que consistían en el cuidado de la casa y de los hijos. Es decir: todas las mujeres, menos las muy ricas, desde el Neolítico hasta tu abuela, han dedicado muchas horas del día a «crear hogar», limpiar la casa y la ropa, cocinar guisos, y cuidar de los niños, y se han dedicado mínimamente a trabajar por cuenta ajena, sobre todo cuando estaban solteras, luego ya no.

El párrafo anterior es, naturalmente, una mentira muy cómoda que ha servido para que creamos que el grado de limpieza del hogar que puede dar una persona dedicada a tiempo completo es el estándar deseable, y que nuestras casas habrían requerido que una persona, preferiblemente una mujer, se dedicara a todo eso que a pesar de que es muy importante no queremos hacer nosotros.

Desmontar la ideología doméstica es una tarea compleja: sabemos que las familias nucleares no son «una organización natural», que las mujeres han trabajado fuera del hogar más a menudo de lo que se cree, y que la externalización de según qué tareas domésticas o la introducción de empleadas (a veces empleados)  no hace que el Hogar desaparezca, sobre todo si La Señora de la Casa no trabaja por cuenta ajena. Aquí solo voy a explicar una de las partes: cómo «las taréas domésticas» han cambiado con el tiempo para que lo que importe no sean dichas tareas en sí, sino que las mujeres estén dentro de casa haciendo trabajo no asalariado o menos valorado que el masculino.

El trabajo doméstico fue cambiando por fases, entre las que destacan dos: la revolución industrial que llevó a la producción en masa de bienes de consumo que antes se hacían en casa (a veces en talleres y la gente los compraba hechos), y la generalización de la red eléctrica que nos permitió tener electrodomésticos. Por eso los cambios han sido cada vez más rápidos. Examinemos tarea por tarea, presuponiendo una mujer que no es rica y por eso tiene que hacerlo casi todo ella, sin criadas o quizá solo con una o dos:

Primero, el abastecimiento. En un mundo sin frigoríficos, tienes que hacer la compra a diario, menos en ciudades grandes donde viene el proveedor a casa o hay vendedores ambulantes. Puede que en lugares muy pequeños la compra no fuera diaria sino en día de mercado. No hay coches: la mujer de la casa, o sus criadas, tienen que darse el paseo, elegir, regatear, y llevárselo todo de vuelta a casa, antes de pensar en hacer la comida. Ya tienes la mañana echada (y no la has dedicado a limpiar el polvo). Mi abuela seguía haciendo una versión de esto en los años 80, y conozco gente que lo hacía en el año 2000 porque tenían el supermercado cerca. En su caso era costumbre, antes era necesidad.

Pasemos a la cocina. Antes de ir a comprar hemos dejado preparado el desayuno… que en muchos casos nos ha llevado un buen rato para encender el fuego. Sin cerillas, sin mechero. Comprar pan o hacerlo tú, encender el fuego para cocinar y lavarnos o usar agua fría, ha dependido de muchas cosas: vives en un lugar y tiempo donde el pan se compra hecho, hace frío, la costumbre local es desayunar bebidas calientes…. puede que fuera un proceso bastante engorroso o puede que cada uno se buscara la vida. Ahora, cocinemos: ten en cuenta que no hay ni un solo aparato eléctrico, ni tampoco inventos como la olla exprés. Las comidas o son muy sencillas, o necesitan que las vigiles mucho tiempo. Eso sí, seguro que en todos los casos son monótonas. No hay una variedad muy grande de ingredientes porque casi todo es local. Una manera de paliar esto son las conservas caseras: todavía hoy, en algunas partes del mundo la vida diaria se paraliza porque toca envasar tomates al natural o mermelada de fruta, ya sea en casa en privado, o como parte de una fiesta local (una amiga me contó que así ocurre aún hoy día con la mermelada de ciruela en una región de Polonia). Si vives en una zona rural, productos como el queso, la mantequilla, las salchichas y demás formas de conservar el cerdo, etc. son parte de la rutina, si no diaria, sí por lo menos anual.

Salgamos de la cocina. Habrá que vestirse. La fabricación de la ropa se ha ido industrializando por fases. Primero está el hilado, que hasta la Edad Media o un poco después podía hacerse en las casas pero era más frecuente que se hiciera en talleres y desde mediados del siglo XVIII en casas; luego está el tejido. Desde el siglo XVIII como muy tarde, lo normal era comprar la tela hecha. En cuanto a la confección, todas las mujeres menos las muy ricas hacían su ropa y la de toda su familia, a mano. La ropa masculina se compraba hecha desde algo antes de la femenina, y las máquinas de coser domésticas se generalizaron progresivamente en el siglo XX. Una de mis abuelas no tenía. La ropa de punto, los jerseys y demás, fueron de lo último que se externalizó. Tengo un vago recuerdo de que comprarlos hechos fuera novedoso a mediados de los 80, pero quizá en otros sitios era diferente.

Otros enseres domésticos, como el jabón y las velas, dependieron también del momento y el lugar. Pero en resumen, la norma es: si se consume a nivel doméstico, hace un siglo lo hacían las amas de casa. Gratis, sin pensar en vender al exterior.

¿Y la limpieza? Empecemos por la ropa. En un mundo sin lavadoras, la ropa se lava menos, todo el mundo tiene mucha menos ropa, y se está algo más sucio. Tienes dos mudas, quizá dos y la de los domingos, y un día en semana, el lavado de la ropa paraliza de verdad el resto de tareas. No se puede cocinar, ni limpiar, ni nada de nada, porque hay que calentar agua, frotar las manchas, frotar la ropa a base de bien, enjuagarla, escurrirla, y tenderla. Entonces puedes respirar un momento (quizá coincida con la hora de servir las sobras del día anterior) y recoger la ropa tendida.

Continuemos con la cocina. Sí, claro, después de comer hay que fregar los cacharros, de nuevo con agua fría o calentada al fogón… y por sorprendente que resulte, a menudo sin jabón. En la Inglaterra victoriana se usaba bicarbonato. Mi madre, nacida en los 40, ha usado una tierra parecida al albero para frotar ollas grasientas. Es decir, se tardaba muchísimo más que ahora.

Y por último, la limpieza de la casa. ¿En la vuestra se hacía limpieza de primavera? Pues hace unas décadas esa era casi la única que se hacía. Muchas cosas eran diferentes: las casas eran más pequeñas, tenían muchos menos objetos decorativos (menos necesidad de limpiar el polvo), no siempre tenían ventanas de cristal y las que había no eran grandes, y el uso de madera y carbón para calentar la casa y cocinar hacía que las paredes estuvieran siempre cubiertas de hollín. Y muy importante: la idea de que es necesario limpiar por higiene, para impedir la proliferación de gérmenes, es relativamente reciente. Antes se limpiaba por comodidad, no por pensar que era mejor para la salud. Una costumbre entre la gente más rica, con varias casas, era pasar varios meses en una de ellas, sin apenas limpiar, y trasladarse a la siguiente, la casa de verano por ejemplo, mientras los criados limpiaban. Para la mayoría de la gente, sin llegar a este extremo, la limpieza eran «zafarranchos» ocasionales.

Es decir: las mujeres que se dedicaban al cuidado de su casa, además de que no necesariamente lo hacían a tiempo completo, estaban ocupadísimas con tareas que hoy ya no son necesarias, se han externalizado o se hacen en menos tiempo. A medida que las labores domésticas se redujeron, surgió la idea de que es necesario que una casa tenga una mujer dentro para ser un lugar acogedor(1); en épocas anteriores, esas tareas se consideraron propias de la mujer pero no creadoras de hogar o beneficiosas para los demás. De hecho, y esto es de lo más importante, la idea de que las mujeres fueran transmisoras de valores morales, aunque solo fuera en el contexto hogareño, es históricamente muy novedosa. Antes, el trabajo femenino tenía que ver con lo doméstico no porque el hogar fuera importante, sino porque se pensaba que las mujeres no servían para nada más.

En las últimas décadas, las tareas domésticas se han definido como mantener un nivel de higiene muy alto, con limpieza diaria de suelos y superficies, porque literalmente no queda nada más que hacer. Y ahora que nos hemos dado cuenta de que una semana de polvo sobre los muebles ni nos mata ni «deshace hogar», no ha tardado en llegar una obligación novedosa para la mujer: la exigencia de disponibilidad absoluta para los hijos pequeños, también llamada «crianza con apego». Pero eso es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión.

(1) En palabras de un compañero de trabajo estepeño en 2010: «una casa necesita una mujer. Y si esa mujer sale tienes que pagar a otra que entre». En su pueblo, la inmensa mayor parte de las mujeres son trabajadoras industriales o agrícolas, y no pueden permitirse ni ser amas de casa a tiempo completo ni contratar a una asistenta. Pero persiste el mito de que deberían serlo.

Nota bibliográfica: las feministas que han tratado este tema en mayor profundidad son las de la Segunda Ola. Los libros más recomendados son Por tu propio bien de Bárbara Ehrenreich y Deirdre English, y La mística de la Feminidad de Betty Friedan (ojo, este es bastante clasista). El dato de la limpieza que requería mudar familias enteras está sacado de la biografía de María Estuardo, de Antonia Fraser (descatalogado en español). Entre los muchos libros sobre vida cotidiana destaco «What Jane Austen Ate and Charles Dickens Knew», de Daniel Pool, y el primer volumen de Historia de las mujeres: una historia propia, de Anderson y Zinsser, editado por Crítica.

Pasar a la acción.

Es fácil encontrar por internet explicaciones a la violencia contra la mujer ilustradas por imágenes similares a ésta:

piramide-de-la-violencia-contra-la-mujer es decir, el mensaje más sencillo consiste en que los micromachismos o formas sutiles de discriminación son muy importantes porque sustentan el resto.  Ten en cuenta este dato para continuar leyendo.

Si eres feminista, te sugiero que te plantees algunas cosas:

  1. Cuál crees que es el problema más grave de las mujeres (o del feminismo) ahora. De todas en general.
  2. Cuál crees que es el problema más grave de las mujeres que hay en tu entorno.
  3. Cuál crees que es el problema de las mujeres (o del feminismo) que es más fácil de arreglar.
  4. ¿Tu práctica feminista, tu activismo, es coherente con tu respuesta a las tres cuestiones anteriores?

Ahora, vuelve a la pirámide. Le falta una cosa. Piensa cuál es. La voy a escribir en blanco y para leerla tienes que seleccionar texto. No hay indicativo alguno de pobreza o de desigualdad económica.

Lo dicho. Piensa en qué necesitas, qué necesitamos y qué estás haciendo. No pido milagros, solo coherencia y que no te rindas.

Y no, no estoy hablando solamente de feminismo.

Microfeminismos del día a día.

De vez en cuando, observar a un hombre realizar una acción que beneficia a las mujeres, o percibir pequeños detalles de machismo a mi alrededor, me hace pensar en formas de contrarrestar los «micromachismos», esas motas de polen en el aire, imperceptibles pero constantes, que molestan por acumulación y ni siquiera te das cuenta de por qué. La mayoría de las acciones feministas son igual de pequeñas.

En esta lista, evito deliberadamente las «tomas de conciencia» y las acciones negativas. No se trata en la lista de hoy de que pienses; se trata de que hagas. Pensar, no hacer, callarte… pueden ser necesarios, pero no son de lo que quiero hablar ahora. Por eso voy a hablar de cosas pequeñas, mínimas. Casi obvias. Casi.

  1. Sobre sexo. Practica y busca obtener consentimiento entusiasta. He hablado sobre evitar violencia sexual aquí. Y sobre si es posible hacer piropos feministas o no amenazadores, aquí.
  2. Ten amigas.
  3. Haz tareas de la casa. Muchas y a menudo. Haz más de lo que crees que te corresponde, a veces. Las que no sepas hacer, aprende. Recoge lo que tiras. Si contratas servicio doméstico, paga su seguro y págale bien.
  4. Es a veces difícil de definir, pero hay algo que podemos llamar «trabajo emocional» que suele caer del lado de las mujeres. Te pongo dos ejemplos elementales: el matrimonio en el que ella compra los regalos de Navidad de toda la familia, la suya y la de su marido; y que en mi trabajo como profesora de Secundaria, observo que las chicas tienden a ser mediadoras espontáneas de conflictos entre compañeros y entre la clase y yo. Observa en qué situaciones consolar, mediar, animar, decir algo amable, etc. lo hace siempre una mujer, y adelántate. U observa cuáles de tus relaciones necesitan más de esto, y hazlo tú.
  5. Lee teoría feminista. Hay mucha, con mucha variedad de temas, niveles de profundidad y dificultad, agresividad y «radicalidad». Es decir: hay textos muy «radicales» pensados para principiantes, textos filosóficos abstractos  y complicadísimos, teoría política y económica, crítica de cine. Blogs y libros y DE TODO. Si no te gusta un libro/autora/corriente, no te preocupes, que hay más.
  6. Mantente informado sobre noticias y acontecimientos que afectan a las mujeres. Busca más de una fuente de información.
  7. Aprende sobre salud femenina y salud sexual y reproductiva (de hombres y de mujeres).
  8. Si tienes la responsabilidad de llevar el botiquín, los pequeños gastos comunes, el papel higiénico, etc. de un lugar de trabajo, asegúrate de que hay compresas y tampones.
  9. Habla con quienes tengan ideas erróneas sobre las mujeres o el feminismo. A ti te van a hacer más caso que a nosotras, casi seguro.
  10. Ve a manifestaciones o participa en otras campañas de protesta por los derechos de la mujer.
  11. Ofrécete voluntario para cosas que normalmente solo hacen mujeres.
  12. Si tienes hijos, cuídalos. Cógete el permiso de paternidad.
  13. Si las tienes cerca (en tu familia, entre tus amigos), pasa tiempo con niñas. Dedícales atención, juega con ellas, enséñales cosas.
  14. Lleva a tus hijos a colegios mixtos. Lo ideal es que sean públicos; que sean mixtos es fundamental. Anima a tus familia y amigos a llevar a sus hijos a colegios mixtos. Lo mismo va para actividades de ocio.
  15. Cuida de las mujeres de tu familia. Hazles caso, escúchalas.
  16. En el trabajo, en casa, de compras, en un lugar de atención al público, casi siempre preferimos que nos atienda una mujer. Parecen más accesibles… y las interrumpimos más. A los hombres se los interrumpe menos, parece que siempre estén muy ocupados con cosas más importantes. Evita interrumpir a una mujer. Si te pueden atender igualmente un hombre y una mujer, moléstalo a él.
  17. Apoya y difunde el trabajo hecho por mujeres. Esto va a depender de tu ocupación, y de tus circunstancias; puede variar mucho. Piensa en las mujeres que te rodean, en un trabajo y en tus aficiones, y si estás tratándolas con justicia. El trabajo de las mujeres a menudo pasa desapercibido, o no se valora lo suficiente.
  18. Si te molesta la existencia de un espacio no-mixto concreto, participa en uno que sea equivalente, mixto, y feminista (o en el que las mujeres sean bienvenidas), y si no existe cerca de ti, créalo.

Es posible pensar en más cosas, seguro. A ver cuáles se te ocurren a ti.

Criticar a feministas, 2

A veces se oye decir que es machista criticar a feministas, y dicho así tal cual, sin más matiz, no se me ocurre disparate mayor, dado que las feministas han tenido y siguen tenido enfrentamientos sobre todo tipo de cuestiones. Es natural: hay infinitas maneras de expresar una cultura patriarcal, ¿por qué íbamos a estar de acuerdo en cómo transformarla? Estos son algunos de los desacuerdos tradicionales entre diversas ramas del feminismo:

  1. Los inicios del movimiento fueron burgueses. Al principio, la reclamación del voto fue solamente para las mujeres más ricas. Había desacuerdo sobre la manera de conseguirlo: protesta pacífica o no, sufragio universal o no. No había conexión entre la reclamación de sufragio universal masculino y sufragio femenino sólo para burguesas. También había una lucha, que a menudo se recuerda en España, entre sufragistas que querían el voto para la mujer rápidamente y las que estaban preocupadas por la posibilidad de que eso supusiera un giro conservador.
  2. Hay feminismo que piensa que no conseguiremos casi nada sin la colaboración de los hombres y feminismo que piensa que no es así, ya sea porque no los necesitamos o porque son un aliado poco fiable.
  3. Acerca de la religión. Hay feministas que piensan que toda religión, especialmente toda religión organizada, es patriarcal. Otras, algo más light, rechazan aspectos concretos que no les gustan de las religiones ajenas (alguna críticas frecuentes son a la vestimenta de las musulmanas o a la jerarquía católica, enteramente masculina y con las mujeres en un papel subordinado).  Sin embargo, cada religión mayoritaria a nivel mundial tiene su propio movimiento feminista interno, por lo que hay feminismo islámico, cristiano, católico, etc. Finalmente, hay feministas que creen que hay algo sagrado en la feminidad, pero otras piensan que eso es una estupidez y que no hay nada divino en ser mujer, como no lo hay en ser hombre.
  4. Hay feministas que piensan que el feminismo es incompatible con comer carne, y que la violencia hacia los animales es una expresión del patriarcado (o del kyriarcado, en este caso). Esto ha sido atacado no sólo por omnívoros a los que no les convence la idea, sino también por movimientos por los derechos de los discapacitados, y por feministas (o afines) de países pobres, o de razas distintas de la blanca.
  5. Ah, las mujeres que no son blancas. Para empezar, han señalado que el feminismo burgués se benefició de la construcción patriarcal de la mujer blanca, deseable, protegible, y abandonó a su suerte no solo a las pobres sino también a las que no fueran blancas (las categorías de pobre y no-blanca son intercambiables en algunas situaciones dependiendo del país). A veces se ha rechazado el término “feminismo” en favor de “womanism”, por ejemplo. Algunos puntos de enfrentamiento han sido: el racismo de algunas feministas blancas, los cuidados llevados a cabo por mujeres pobres, migrantes y/o de razas distintas a la blanca, el desinterés de las blancas por las culturas ajenas, o los intentos bienintencionados pero mal dirigidos de “salvar” a personas adultas capaces de apañárselas solas (véase el tema de la religión, por ejemplo).
  6. Hay feministas que han rechazado lo doméstico. Otras se han casado y han tenido hijos, y han buscado personal pagado (a menudo muy mal), es decir, han externalizado los cuidados, como han hecho SIEMPRE la inmensa mayoría de los hombres y algunas de las mujeres más ricas. Otras han intentado realizar un feminismo de lo doméstico, llamar la atención sobre los cuidados, mejorar las condiciones de trabajo del personal que los realiza, o implicar a los hombres y los niños. Esto empezó con la profesionalización de la enfermería, así que viene de largo.
  7. La prostitución. Hay feministas que creen que es una profesión más (y fantástica), otras creen que es una profesión más (y por lo tanto un rollo, ¿a quién le gusta trabajar?), quien cree que es un problema debatible y quien cree que es la expresión máxima de lo patriarcal. Las dos primeras opiniones se conocen comúnmente como regulacionismo (la prostitución debe ser regulada) y las dos segundas, como abolicionismo (la prostitución debe ser eliminada).
  8. El sexo. Una de las bases del feminismo radical de los años 60-70 es que en el patriarcado la igualdad entre hombres y mujeres es imposible. Por lo tanto, el consentimiento verdadero no es posible en una relación heterosexual. A esto se añaden las condiciones materiales en las que casi siempre se unen hombres y mujeres: un matrimonio monógamo y permanente en el que el hombre casi siempre va a tener una superioridad económica sobre la mujer. Aquí hay posiciones variadas: rechazo total del sexo heterosexual, la negación de que el sexo sea liberador, o cierta cautela que ha desembocado en un estudio que empieza a ser profundo e interesante sobre la naturaleza del consentimiento. Enfrentado a esto tenemos un movimiento que defiende el sexo como una expresión necesaria de la personalidad, como un placer y una liberación, y a veces como modo de provocación.
  9. Todo lo dicho sobre prostitución y sexo es aplicable a la pornografía. Hay feministas que defienden que pornografía = patriarcado + capitalismo (es consumo de sexo a medida), otras piensan que lo que importa es el contenido (no les gusta el porno tradicional, pero consideran posible una pornografía feminista). Un tercer grupo piensa que la pornografía es una industria del ocio tan válida como cualquier otra y que lo importante es la libertad y las condiciones de trabajo de las actrices. Esta visión conectaría con la visión más favorable a la prostitución y al optimismo respecto al sexo, pero una misma feminista puede tener opiniones diferentes respecto al porno y la prostitución.
  10. Algunas feministas toman como termómetro de la igualdad la presencia de mujeres en el poder político y económico, y entre éstas, unas defienden medidas como las cuotas y las listas cremallera y otras las atacan. Otras feministas piensan que da igual que manden hombres o mujeres si hay una gran cantidad de mujeres muy pobres y que nuestras vidas no se ven beneficiadas por la existencia de mujeres poderosas.
  11. Algunas feministas piensan que el trabajo remunerado es la clave de la liberación. Parte de ellas son de derechas y otras no. Otras creen que da igual que tengamos empleos si no disfrutamos de seguridad e integridad física, de medidas intervencionistas que garanticen que podemos trabajar y tener tiempo libre o para estar con nuestras familias, o de una relación no conflictiva con los hombres.
  12. Hay feministas que se dedican al “feminismo para principiantes”. Hay quien piensa que la igualdad de la mujer debería explicarse sola y que no podemos perder más tiempo y energía con el nivel iniciación.
  13. Hay feminismo a favor y en contra de la existencia de espacios segregados para hombres y mujeres.
  14. Hay feministas que creen que la píldora anticonceptiva es lo mejor que nos ha podido pasar y otras que la critican debido a sus efectos secundarios y a que responsabiliza sólo a la mujer de la anticoncepción.

Creo que con estos ejemplos basta. Se podrían poner más, pero son más que suficientes para ejemplificar que criticar características concretas de feminismos concretos no siempre es machista y es a menudo inherente al propio movimiento. No hay apenas reclamaciones en las que las feministas estemos unánimemente de acuerdo.

Algunas de las ideas que acabo de exponer pueden ser tachadas de muchas cosas: tonterías, discriminatorias, egoístas, simplistas, falsas, equivocadas, irrealizables, de signo político contrario al que yo defiendo. Pero todas son feministas. Es imposible que estemos todas de acuerdo en todo, y así es como debe ser.