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Violencia de género, estado de alerta.

En España, tenemos estados de especial alerta en algunas situaciones predecibles. Por ejemplo, las fechas en las que mucha gente sale de vacaciones y hay que vigilar más el tráfico. Fechas de calor, frío o precipitaciones. Pero hay una situación predecible que no genera alertas: la suma de vacaciones y calor que hace que más hombres maten a sus parejas en verano (y también que más hombres y mujeres maten a sus familiares más vulnerables, como niños y ancianos). Se ha desmentido que las competiciones deportivas (un momento que une consumir alcohol con los ánimos exaltados) aumente las agresiones, pero sí es verdad que la mayoría de los feminicidios se registran en verano o en fin de semana. Ahora no tenemos ese problema, pero dejola entrada publicada para cuando sea relevante. A lo mejor es útil en diciembre, con tantos festivos. A continuación voy a usar indistintamente “violencia de género”, y violencia familiar, para tener en cuenta a quienes son víctimas de alguien que no es su pareja.

Si conoces algún caso de violencia de género, ofrece ayuda especialmente en esos momentos. Es complicado porque a menudo, si le insistes a una mujer víctima en lo malo que es su pareja para ella, puede sentirse obligada a defenderlo. Es una reacción esperable: ella puede sentirse culpable de que él sea violento, culpable de haber elegido a una pareja que la maltrata, en fin, puede sentirse obligada a justificarse. Qué tipo de ayuda es útil depende mucho de la situación. Algunas mujeres necesitan tomar conciencia de lo atrapadas que están y de que lo que ocurre no es culpa suya. Otras ya están listas para dar el salto y pueden necesitar apoyo material. Siempre es útil ofrecer apoyo material, información, pasar unos días en tu casa, etc. En días festivos, no sabemos si poder pasar un rato fuera de casa, o no dejarla a solas con su maltratador, podría salvarle la vida.

Puede que quien lee esto sea víctima de violencia familiar. El “síntoma” más fácil de explicar es que tienes miedo de tu pareja (o de tus padres, o de quien sea que convive contigo). Piensa bien si es tu caso. Si eres víctima de violencia, seguro que ya sabes predecir los arranques de tu agresor. Te has preparado para ello. Quizá te has dado cuenta ya de que si tenéis que pasar mucho tiempo juntos, como en vacaciones, o cuando viene una ola de calor, el mal humor aumenta y una consecuencia es que se ponen más violentos contigo. Si te estás planteando cortar con tu agresor, planifícalo bien si puedes, y pide ayuda material a gente en la que confíes. Ahora puede ser tu momento.

Puede que no estés preparada para romper o que tengas miedo de las consecuencias que tenga para ti hacerlo. Es verdad que las rupturas son peligrosas, pero no más que continuar la convivencia. De todos modos, si no puedes romper la relación, piensa en estrategias para pasar menos tiempo juntos. Quédate en donde más apoyos tengas.

Desgraciadamente, hay que tener en cuenta que son momentos en los que a lo mejor es más difícil conseguir apoyo institucional. Servicios sociales tienen sus vacaciones, los sanitarios están bajo mínimos, y la policía también o pueden estar muy ocupados con la Operación Salida y otras emergencias propias de las fechas. Por eso también pienso que si estás dudando sobre terminar la relación, si ya tienes un plan o una sospecha, ponte en marcha antes del fin de semana o el día festivo.

Espero que en un futuro, alguien con responsabilidades en el tema examine con cuidado las estadísticas y establezca planes de prevención específicos en torno a momentos que son más peligrosos por este tipo de causas externas.

 

Breve introducción a la ideología doméstica.

roman women at workGrabado flamenco de 1573 representando patricias romanas: una borda, otra cose y otra hila. Museo Británico. 

La ideología doméstica es un mito que lleva un par de siglos sirviendo a los intereses del patriarcado, y que con variaciones locales, es el siguiente: la gente, agrupada en familias por lo general pequeñas, tiene un cabeza de familia, un hombre que trabaja fuera, y una cuidadora doméstica a tiempo completo, su esposa. Todo lo que queda fuera del hogar es hostil, y según algunas ideas religiosas, pecaminoso. La función de la mujer es vital, porque consiste en que su presencia, sus principios éticos y morales, y sus sentimientos por el resto de la familia, conviertan el hogar en un refugio contra las agresiones del exterior. Eso se plasma en el cuidado doméstico: estamos en un Hogar y no en una simple casa porque hay una mujer limpiando y cocinando, y por eso, no sale. Esto hace feliz a cualquiera que entre, y a los miembros de la familia, más.

Como la perspectiva histórica se pierde rápido, y tendemos a creer que las cosas siempre han sido de la misma manera, lo que la mayoría de la gente acaba creyendo es que hasta mediados del siglo pasado, más o menos, las mujeres no eran trabajadoras asalariadas, o si lo eran, se trataba de una excepción. A lo que se dedicaban casi todas era a las tareas del hogar, que consistían en el cuidado de la casa y de los hijos. Es decir: todas las mujeres, menos las muy ricas, desde el Neolítico hasta tu abuela, han dedicado muchas horas del día a “crear hogar”, limpiar la casa y la ropa, cocinar guisos, y cuidar de los niños, y se han dedicado mínimamente a trabajar por cuenta ajena, sobre todo cuando estaban solteras, luego ya no.

El párrafo anterior es, naturalmente, una mentira muy cómoda que ha servido para que creamos que el grado de limpieza del hogar que puede dar una persona dedicada a tiempo completo es el estándar deseable, y que nuestras casas habrían requerido que una persona, preferiblemente una mujer, se dedicara a todo eso que a pesar de que es muy importante no queremos hacer nosotros.

Desmontar la ideología doméstica es una tarea compleja: sabemos que las familias nucleares no son “una organización natural”, que las mujeres han trabajado fuera del hogar más a menudo de lo que se cree, y que la externalización de según qué tareas domésticas o la introducción de empleadas (a veces empleados)  no hace que el Hogar desaparezca, sobre todo si La Señora de la Casa no trabaja por cuenta ajena. Aquí solo voy a explicar una de las partes: cómo “las taréas domésticas” han cambiado con el tiempo para que lo que importe no sean dichas tareas en sí, sino que las mujeres estén dentro de casa haciendo trabajo no asalariado o menos valorado que el masculino.

El trabajo doméstico fue cambiando por fases, entre las que destacan dos: la revolución industrial que llevó a la producción en masa de bienes de consumo que antes se hacían en casa (a veces en talleres y la gente los compraba hechos), y la generalización de la red eléctrica que nos permitió tener electrodomésticos. Por eso los cambios han sido cada vez más rápidos. Examinemos tarea por tarea, presuponiendo una mujer que no es rica y por eso tiene que hacerlo casi todo ella, sin criadas o quizá solo con una o dos:

Primero, el abastecimiento. En un mundo sin frigoríficos, tienes que hacer la compra a diario, menos en ciudades grandes donde viene el proveedor a casa o hay vendedores ambulantes. Puede que en lugares muy pequeños la compra no fuera diaria sino en día de mercado. No hay coches: la mujer de la casa, o sus criadas, tienen que darse el paseo, elegir, regatear, y llevárselo todo de vuelta a casa, antes de pensar en hacer la comida. Ya tienes la mañana echada (y no la has dedicado a limpiar el polvo). Mi abuela seguía haciendo una versión de esto en los años 80, y conozco gente que lo hacía en el año 2000 porque tenían el supermercado cerca. En su caso era costumbre, antes era necesidad.

Pasemos a la cocina. Antes de ir a comprar hemos dejado preparado el desayuno… que en muchos casos nos ha llevado un buen rato para encender el fuego. Sin cerillas, sin mechero. Comprar pan o hacerlo tú, encender el fuego para cocinar y lavarnos o usar agua fría, ha dependido de muchas cosas: vives en un lugar y tiempo donde el pan se compra hecho, hace frío, la costumbre local es desayunar bebidas calientes…. puede que fuera un proceso bastante engorroso o puede que cada uno se buscara la vida. Ahora, cocinemos: ten en cuenta que no hay ni un solo aparato eléctrico, ni tampoco inventos como la olla exprés. Las comidas o son muy sencillas, o necesitan que las vigiles mucho tiempo. Eso sí, seguro que en todos los casos son monótonas. No hay una variedad muy grande de ingredientes porque casi todo es local. Una manera de paliar esto son las conservas caseras: todavía hoy, en algunas partes del mundo la vida diaria se paraliza porque toca envasar tomates al natural o mermelada de fruta, ya sea en casa en privado, o como parte de una fiesta local (una amiga me contó que así ocurre aún hoy día con la mermelada de ciruela en una región de Polonia). Si vives en una zona rural, productos como el queso, la mantequilla, las salchichas y demás formas de conservar el cerdo, etc. son parte de la rutina, si no diaria, sí por lo menos anual.

Salgamos de la cocina. Habrá que vestirse. La fabricación de la ropa se ha ido industrializando por fases. Primero está el hilado, que hasta la Edad Media o un poco después podía hacerse en las casas pero era más frecuente que se hiciera en talleres y desde mediados del siglo XVIII en casas; luego está el tejido. Desde el siglo XVIII como muy tarde, lo normal era comprar la tela hecha. En cuanto a la confección, todas las mujeres menos las muy ricas hacían su ropa y la de toda su familia, a mano. La ropa masculina se compraba hecha desde algo antes de la femenina, y las máquinas de coser domésticas se generalizaron progresivamente en el siglo XX. Una de mis abuelas no tenía. La ropa de punto, los jerseys y demás, fueron de lo último que se externalizó. Tengo un vago recuerdo de que comprarlos hechos fuera novedoso a mediados de los 80, pero quizá en otros sitios era diferente.

Otros enseres domésticos, como el jabón y las velas, dependieron también del momento y el lugar. Pero en resumen, la norma es: si se consume a nivel doméstico, hace un siglo lo hacían las amas de casa. Gratis, sin pensar en vender al exterior.

¿Y la limpieza? Empecemos por la ropa. En un mundo sin lavadoras, la ropa se lava menos, todo el mundo tiene mucha menos ropa, y se está algo más sucio. Tienes dos mudas, quizá dos y la de los domingos, y un día en semana, el lavado de la ropa paraliza de verdad el resto de tareas. No se puede cocinar, ni limpiar, ni nada de nada, porque hay que calentar agua, frotar las manchas, frotar la ropa a base de bien, enjuagarla, escurrirla, y tenderla. Entonces puedes respirar un momento (quizá coincida con la hora de servir las sobras del día anterior) y recoger la ropa tendida.

Continuemos con la cocina. Sí, claro, después de comer hay que fregar los cacharros, de nuevo con agua fría o calentada al fogón… y por sorprendente que resulte, a menudo sin jabón. En la Inglaterra victoriana se usaba bicarbonato. Mi madre, nacida en los 40, ha usado una tierra parecida al albero para frotar ollas grasientas. Es decir, se tardaba muchísimo más que ahora.

Y por último, la limpieza de la casa. ¿En la vuestra se hacía limpieza de primavera? Pues hace unas décadas esa era casi la única que se hacía. Muchas cosas eran diferentes: las casas eran más pequeñas, tenían muchos menos objetos decorativos (menos necesidad de limpiar el polvo), no siempre tenían ventanas de cristal y las que había no eran grandes, y el uso de madera y carbón para calentar la casa y cocinar hacía que las paredes estuvieran siempre cubiertas de hollín. Y muy importante: la idea de que es necesario limpiar por higiene, para impedir la proliferación de gérmenes, es relativamente reciente. Antes se limpiaba por comodidad, no por pensar que era mejor para la salud. Una costumbre entre la gente más rica, con varias casas, era pasar varios meses en una de ellas, sin apenas limpiar, y trasladarse a la siguiente, la casa de verano por ejemplo, mientras los criados limpiaban. Para la mayoría de la gente, sin llegar a este extremo, la limpieza eran “zafarranchos” ocasionales.

Es decir: las mujeres que se dedicaban al cuidado de su casa, además de que no necesariamente lo hacían a tiempo completo, estaban ocupadísimas con tareas que hoy ya no son necesarias, se han externalizado o se hacen en menos tiempo. A medida que las labores domésticas se redujeron, surgió la idea de que es necesario que una casa tenga una mujer dentro para ser un lugar acogedor(1); en épocas anteriores, esas tareas se consideraron propias de la mujer pero no creadoras de hogar o beneficiosas para los demás. De hecho, y esto es de lo más importante, la idea de que las mujeres fueran transmisoras de valores morales, aunque solo fuera en el contexto hogareño, es históricamente muy novedosa. Antes, el trabajo femenino tenía que ver con lo doméstico no porque el hogar fuera importante, sino porque se pensaba que las mujeres no servían para nada más.

En las últimas décadas, las tareas domésticas se han definido como mantener un nivel de higiene muy alto, con limpieza diaria de suelos y superficies, porque literalmente no queda nada más que hacer. Y ahora que nos hemos dado cuenta de que una semana de polvo sobre los muebles ni nos mata ni “deshace hogar”, no ha tardado en llegar una obligación novedosa para la mujer: la exigencia de disponibilidad absoluta para los hijos pequeños, también llamada “crianza con apego”. Pero eso es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión.

(1) En palabras de un compañero de trabajo estepeño en 2010: “una casa necesita una mujer. Y si esa mujer sale tienes que pagar a otra que entre”. En su pueblo, la inmensa mayor parte de las mujeres son trabajadoras industriales o agrícolas, y no pueden permitirse ni ser amas de casa a tiempo completo ni contratar a una asistenta. Pero persiste el mito de que deberían serlo.

Nota bibliográfica: las feministas que han tratado este tema en mayor profundidad son las de la Segunda Ola. Los libros más recomendados son Por tu propio bien de Bárbara Ehrenreich y Deirdre English, y La mística de la Feminidad de Betty Friedan (ojo, este es bastante clasista). El dato de la limpieza que requería mudar familias enteras está sacado de la biografía de María Estuardo, de Antonia Fraser (descatalogado en español). Entre los muchos libros sobre vida cotidiana destaco “What Jane Austen Ate and Charles Dickens Knew”, de Daniel Pool, y el primer volumen de Historia de las mujeres: una historia propia, de Anderson y Zinsser, editado por Crítica.

Pasar a la acción.

Es fácil encontrar por internet explicaciones a la violencia contra la mujer ilustradas por imágenes similares a ésta:

piramide-de-la-violencia-contra-la-mujer es decir, el mensaje más sencillo consiste en que los micromachismos o formas sutiles de discriminación son muy importantes porque sustentan el resto.  Ten en cuenta este dato para continuar leyendo.

Si eres feminista, te sugiero que te plantees algunas cosas:

  1. Cuál crees que es el problema más grave de las mujeres (o del feminismo) ahora. De todas en general.
  2. Cuál crees que es el problema más grave de las mujeres que hay en tu entorno.
  3. Cuál crees que es el problema de las mujeres (o del feminismo) que es más fácil de arreglar.
  4. ¿Tu práctica feminista, tu activismo, es coherente con tu respuesta a las tres cuestiones anteriores?

Ahora, vuelve a la pirámide. Le falta una cosa. Piensa cuál es. La voy a escribir en blanco y para leerla tienes que seleccionar texto. No hay indicativo alguno de pobreza o de desigualdad económica.

Lo dicho. Piensa en qué necesitas, qué necesitamos y qué estás haciendo. No pido milagros, solo coherencia y que no te rindas.

Y no, no estoy hablando solamente de feminismo.

Microfeminismos del día a día.

De vez en cuando, observar a un hombre realizar una acción que beneficia a las mujeres, o percibir pequeños detalles de machismo a mi alrededor, me hace pensar en formas de contrarrestar los “micromachismos”, esas motas de polen en el aire, imperceptibles pero constantes, que molestan por acumulación y ni siquiera te das cuenta de por qué. La mayoría de las acciones feministas son igual de pequeñas.

En esta lista, evito deliberadamente las “tomas de conciencia” y las acciones negativas. No se trata en la lista de hoy de que pienses; se trata de que hagas. Pensar, no hacer, callarte… pueden ser necesarios, pero no son de lo que quiero hablar ahora. Por eso voy a hablar de cosas pequeñas, mínimas. Casi obvias. Casi.

  1. Sobre sexo. Practica y busca obtener consentimiento entusiasta. He hablado sobre evitar violencia sexual aquí. Y sobre si es posible hacer piropos feministas o no amenazadores, aquí.
  2. Ten amigas.
  3. Haz tareas de la casa. Muchas y a menudo. Haz más de lo que crees que te corresponde, a veces. Las que no sepas hacer, aprende. Recoge lo que tiras. Si contratas servicio doméstico, paga su seguro y págale bien.
  4. Es a veces difícil de definir, pero hay algo que podemos llamar “trabajo emocional” que suele caer del lado de las mujeres. Te pongo dos ejemplos elementales: el matrimonio en el que ella compra los regalos de Navidad de toda la familia, la suya y la de su marido; y que en mi trabajo como profesora de Secundaria, observo que las chicas tienden a ser mediadoras espontáneas de conflictos entre compañeros y entre la clase y yo. Observa en qué situaciones consolar, mediar, animar, decir algo amable, etc. lo hace siempre una mujer, y adelántate. U observa cuáles de tus relaciones necesitan más de esto, y hazlo tú.
  5. Lee teoría feminista. Hay mucha, con mucha variedad de temas, niveles de profundidad y dificultad, agresividad y “radicalidad”. Es decir: hay textos muy “radicales” pensados para principiantes, textos filosóficos abstractos  y complicadísimos, teoría política y económica, crítica de cine. Blogs y libros y DE TODO. Si no te gusta un libro/autora/corriente, no te preocupes, que hay más.
  6. Mantente informado sobre noticias y acontecimientos que afectan a las mujeres. Busca más de una fuente de información.
  7. Aprende sobre salud femenina y salud sexual y reproductiva (de hombres y de mujeres).
  8. Si tienes la responsabilidad de llevar el botiquín, los pequeños gastos comunes, el papel higiénico, etc. de un lugar de trabajo, asegúrate de que hay compresas y tampones.
  9. Habla con quienes tengan ideas erróneas sobre las mujeres o el feminismo. A ti te van a hacer más caso que a nosotras, casi seguro.
  10. Ve a manifestaciones o participa en otras campañas de protesta por los derechos de la mujer.
  11. Ofrécete voluntario para cosas que normalmente solo hacen mujeres.
  12. Si tienes hijos, cuídalos. Cógete el permiso de paternidad.
  13. Si las tienes cerca (en tu familia, entre tus amigos), pasa tiempo con niñas. Dedícales atención, juega con ellas, enséñales cosas.
  14. Lleva a tus hijos a colegios mixtos. Lo ideal es que sean públicos; que sean mixtos es fundamental. Anima a tus familia y amigos a llevar a sus hijos a colegios mixtos. Lo mismo va para actividades de ocio.
  15. Cuida de las mujeres de tu familia. Hazles caso, escúchalas.
  16. En el trabajo, en casa, de compras, en un lugar de atención al público, casi siempre preferimos que nos atienda una mujer. Parecen más accesibles… y las interrumpimos más. A los hombres se los interrumpe menos, parece que siempre estén muy ocupados con cosas más importantes. Evita interrumpir a una mujer. Si te pueden atender igualmente un hombre y una mujer, moléstalo a él.
  17. Apoya y difunde el trabajo hecho por mujeres. Esto va a depender de tu ocupación, y de tus circunstancias; puede variar mucho. Piensa en las mujeres que te rodean, en un trabajo y en tus aficiones, y si estás tratándolas con justicia. El trabajo de las mujeres a menudo pasa desapercibido, o no se valora lo suficiente.
  18. Si te molesta la existencia de un espacio no-mixto concreto, participa en uno que sea equivalente, mixto, y feminista (o en el que las mujeres sean bienvenidas), y si no existe cerca de ti, créalo.

Es posible pensar en más cosas, seguro. A ver cuáles se te ocurren a ti.

Criticar a feministas, 2

A veces se oye decir que es machista criticar a feministas, y dicho así tal cual, sin más matiz, no se me ocurre disparate mayor, dado que las feministas han tenido y siguen tenido enfrentamientos sobre todo tipo de cuestiones. Es natural: hay infinitas maneras de expresar una cultura patriarcal, ¿por qué íbamos a estar de acuerdo en cómo transformarla? Estos son algunos de los desacuerdos tradicionales entre diversas ramas del feminismo:

  1. Los inicios del movimiento fueron burgueses. Al principio, la reclamación del voto fue solamente para las mujeres más ricas. Había desacuerdo sobre la manera de conseguirlo: protesta pacífica o no, sufragio universal o no. No había conexión entre la reclamación de sufragio universal masculino y sufragio femenino sólo para burguesas. También había una lucha, que a menudo se recuerda en España, entre sufragistas que querían el voto para la mujer rápidamente y las que estaban preocupadas por la posibilidad de que eso supusiera un giro conservador.
  2. Hay feminismo que piensa que no conseguiremos casi nada sin la colaboración de los hombres y feminismo que piensa que no es así, ya sea porque no los necesitamos o porque son un aliado poco fiable.
  3. Acerca de la religión. Hay feministas que piensan que toda religión, especialmente toda religión organizada, es patriarcal. Otras, algo más light, rechazan aspectos concretos que no les gustan de las religiones ajenas (alguna críticas frecuentes son a la vestimenta de las musulmanas o a la jerarquía católica, enteramente masculina y con las mujeres en un papel subordinado).  Sin embargo, cada religión mayoritaria a nivel mundial tiene su propio movimiento feminista interno, por lo que hay feminismo islámico, cristiano, católico, etc. Finalmente, hay feministas que creen que hay algo sagrado en la feminidad, pero otras piensan que eso es una estupidez y que no hay nada divino en ser mujer, como no lo hay en ser hombre.
  4. Hay feministas que piensan que el feminismo es incompatible con comer carne, y que la violencia hacia los animales es una expresión del patriarcado (o del kyriarcado, en este caso). Esto ha sido atacado no sólo por omnívoros a los que no les convence la idea, sino también por movimientos por los derechos de los discapacitados, y por feministas (o afines) de países pobres, o de razas distintas de la blanca.
  5. Ah, las mujeres que no son blancas. Para empezar, han señalado que el feminismo burgués se benefició de la construcción patriarcal de la mujer blanca, deseable, protegible, y abandonó a su suerte no solo a las pobres sino también a las que no fueran blancas (las categorías de pobre y no-blanca son intercambiables en algunas situaciones dependiendo del país). A veces se ha rechazado el término “feminismo” en favor de “womanism”, por ejemplo. Algunos puntos de enfrentamiento han sido: el racismo de algunas feministas blancas, los cuidados llevados a cabo por mujeres pobres, migrantes y/o de razas distintas a la blanca, el desinterés de las blancas por las culturas ajenas, o los intentos bienintencionados pero mal dirigidos de “salvar” a personas adultas capaces de apañárselas solas (véase el tema de la religión, por ejemplo).
  6. Hay feministas que han rechazado lo doméstico. Otras se han casado y han tenido hijos, y han buscado personal pagado (a menudo muy mal), es decir, han externalizado los cuidados, como han hecho SIEMPRE la inmensa mayoría de los hombres y algunas de las mujeres más ricas. Otras han intentado realizar un feminismo de lo doméstico, llamar la atención sobre los cuidados, mejorar las condiciones de trabajo del personal que los realiza, o implicar a los hombres y los niños. Esto empezó con la profesionalización de la enfermería, así que viene de largo.
  7. La prostitución. Hay feministas que creen que es una profesión más (y fantástica), otras creen que es una profesión más (y por lo tanto un rollo, ¿a quién le gusta trabajar?), quien cree que es un problema debatible y quien cree que es la expresión máxima de lo patriarcal. Las dos primeras opiniones se conocen comúnmente como regulacionismo (la prostitución debe ser regulada) y las dos segundas, como abolicionismo (la prostitución debe ser eliminada).
  8. El sexo. Una de las bases del feminismo radical de los años 60-70 es que en el patriarcado la igualdad entre hombres y mujeres es imposible. Por lo tanto, el consentimiento verdadero no es posible en una relación heterosexual. A esto se añaden las condiciones materiales en las que casi siempre se unen hombres y mujeres: un matrimonio monógamo y permanente en el que el hombre casi siempre va a tener una superioridad económica sobre la mujer. Aquí hay posiciones variadas: rechazo total del sexo heterosexual, la negación de que el sexo sea liberador, o cierta cautela que ha desembocado en un estudio que empieza a ser profundo e interesante sobre la naturaleza del consentimiento. Enfrentado a esto tenemos un movimiento que defiende el sexo como una expresión necesaria de la personalidad, como un placer y una liberación, y a veces como modo de provocación.
  9. Todo lo dicho sobre prostitución y sexo es aplicable a la pornografía. Hay feministas que defienden que pornografía = patriarcado + capitalismo (es consumo de sexo a medida), otras piensan que lo que importa es el contenido (no les gusta el porno tradicional, pero consideran posible una pornografía feminista). Un tercer grupo piensa que la pornografía es una industria del ocio tan válida como cualquier otra y que lo importante es la libertad y las condiciones de trabajo de las actrices. Esta visión conectaría con la visión más favorable a la prostitución y al optimismo respecto al sexo, pero una misma feminista puede tener opiniones diferentes respecto al porno y la prostitución.
  10. Algunas feministas toman como termómetro de la igualdad la presencia de mujeres en el poder político y económico, y entre éstas, unas defienden medidas como las cuotas y las listas cremallera y otras las atacan. Otras feministas piensan que da igual que manden hombres o mujeres si hay una gran cantidad de mujeres muy pobres y que nuestras vidas no se ven beneficiadas por la existencia de mujeres poderosas.
  11. Algunas feministas piensan que el trabajo remunerado es la clave de la liberación. Parte de ellas son de derechas y otras no. Otras creen que da igual que tengamos empleos si no disfrutamos de seguridad e integridad física, de medidas intervencionistas que garanticen que podemos trabajar y tener tiempo libre o para estar con nuestras familias, o de una relación no conflictiva con los hombres.
  12. Hay feministas que se dedican al “feminismo para principiantes”. Hay quien piensa que la igualdad de la mujer debería explicarse sola y que no podemos perder más tiempo y energía con el nivel iniciación.
  13. Hay feminismo a favor y en contra de la existencia de espacios segregados para hombres y mujeres.
  14. Hay feministas que creen que la píldora anticonceptiva es lo mejor que nos ha podido pasar y otras que la critican debido a sus efectos secundarios y a que responsabiliza sólo a la mujer de la anticoncepción.

Creo que con estos ejemplos basta. Se podrían poner más, pero son más que suficientes para ejemplificar que criticar características concretas de feminismos concretos no siempre es machista y es a menudo inherente al propio movimiento. No hay apenas reclamaciones en las que las feministas estemos unánimemente de acuerdo.

Algunas de las ideas que acabo de exponer pueden ser tachadas de muchas cosas: tonterías, discriminatorias, egoístas, simplistas, falsas, equivocadas, irrealizables, de signo político contrario al que yo defiendo. Pero todas son feministas. Es imposible que estemos todas de acuerdo en todo, y así es como debe ser.

“Ellas entran gratis”

Un debate sobre feminismo con hombres muy jóvenes tiende a llegar a ese punto en el que el muchacho suelta una variante de esta frase:

Las chicas entran gratis a las discotecas, por lo tanto el machismo no existe y las feministas sois unas hipócritas porque os aprovecháis de esa desigualdad.

Las mujeres tenemos que hacer frente a una educación sexista, violencia sexual, violencia doméstica, el control social de nuestra sexualidad (“slut-shaming”), discriminación laboral, y que se asuma que las responsabilidades familiares y de cuidado son cosa nuestra, entre otras cosas. El argumento de la discoteca revela que quien lo hace no tiene mayores preocupaciones en la vida que disponer de dinero para el ocio; lo califica como una persona no sólo muy joven, sino de vida excepcionalmente fácil y cómoda. No es fácil discutir con alguien así, porque tiene horizontes muy limitados y una terrible falta de empatía, así que “pero tenemos X otros problemas” es algo que le va a costar aceptar. Sin embargo, puede ser que te apetezca contradecirlo, así que aquí tienes esta entrada. Veamos algunos argumentos por los que este razonamiento es poco correcto.

  1. Lo obvio: las feministas, y también mujeres que no se consideran feministas, sí criticamos esto. Algunos no creen ninguna prueba que aportemos, pero por supuesto que lo criticamos, o boicoteamos los locales que lo hacen. A mí me parece fatal que haya entradas de varios precios, eso lo primero, y lo critico cuando tengo ocasión.
  2. La entrada gratis a discotecas es algo que beneficia a un grupo muy reducido de mujeres: las que son jóvenes y además tienen dinero, tiempo y ganas de ir a discotecas. Olvidas a tu conveniencia los problemas de todas las demás mujeres.
  3. No es un fenómeno tan extendido como quieren hacer creer sus críticos. Una búsqueda google de “chicas gratis discotecas” da pocos o ningún ejemplo de locales concretos que lo hagan, y muchos resultados de foros en los que se critica la costumbre; debates sobre copas gratis o más baratas para las chicas; alguna oferta suelta en la que el número de copas incluidas en la entrada es distinto para mujeres y para hombres. Por ejemplo aquí, la única oferta que he encontrado, chicas con una sola copa gratis; entrada no discriminatoria con dos copas 14 euros. Esto suelen ser fiestas, ofertas, no la entrada habitual al local. También suele ocurrir que la entrada gratis es sólo relativamente temprano: aquí las chicas gratis sin copas hasta la 1:00, y luego todos iguales. No es “chicas gratis”, es “chicas que no beban o que beban poco, gratis si contribuyen a llenar el local a primera hora”.
  4. ¿Por qué copas gratis o más baratas? Porque las chicas beben menos que los chicos,  por costumbre, por seguridad, o por disponer de menos dinero.
  5. El dinero, eso. Las chicas disponen de menos dinero que los chicos. Suelo preguntar a mis alumnos qué paga tienen; los chicos suelen cobrar un 30% más. La última vez que di clases en Bachillerato, la paga media de los chicos era 25 euros y la de las chicas, 15. Otros jóvenes piden dinero a la familia cuando van a salir, lo que obtiene el mismo resultado porque los chicos salen más y vuelven más tarde. Según me dicen mis alumnos, la hora de volver a casa de las chicas es entre una y dos horas más temprano que la de sus compañeros varones. Las chicas no pueden permitirse las mismas actividades de ocio que los chicos. A lo mejor quieres luchar contra la discriminación cobrando lo mismo que tus amigas y volviendo a casa a la misma hora que ellas.
  6. Las mujeres tomamos precauciones extra al salir, para evitar que nos violen o nos agredan, algunas de las cuales nos cuestan dinero, como coger taxis. También conozco a mujeres que no van a discotecas o que van muy poco porque les parece un ambiente poco seguro.
  7. También nos sale más caro arreglarnos para salir. ¿Que es opcional? Sí, claro. Ir a la discoteca también, y el que empezó hablando de lujos y caprichos fuiste tú.
  8. He conocido pandillas que han pagado las entradas entre todos, a fondo común, cuando había diferencia de precios. Ah, ¿que sales en una pandilla de sólo varones? ¿Por qué?
  9. La entrada gratis para chicas es, en parte, un intento de atraerlas a pesar de las dificultades señaladas antes (dinero, tiempo, seguridad), pero sobre todo, y más que cualquier otra cosa, es un reclamo para dar a entender a los chicos que seguro que van a encontrar chicas que ya estarán allí cuando lleguen ellos (recordemos que las ofertas se terminan entre la 1 y las 3). No nos beneficia, nos convierte en mercancía, en decorado de la sala para que no esté vacía cuando lleguen los hombres. Recordemos también que las chicas beben menos: el público que interesa es el masculino. Una discoteca es un negocio, no una labor social. No harían ofertas para chicas si no supieran que los chicos vienen precisamente por eso.

No es fácil, pero chico, ponte en su lugar. Esa chica que ha negociado con más dificultad que tú la hora de volver a casa. Que tiene menos dinero en el bolsillo que tú. Que ha encontrado ropa bonita para salir con más dificultad que tú, y más cara. Que piensa que es imprudente salir sola y por eso queda con las amigas y se organizan para recogerse unas a otras. Que una vez en la discoteca tiene miedo de que le adulteren la bebida y la droguen para atacarla. Que tiene que ir quitándose de encima a tipos molestos. Que piensa que no debería volver sola a casa por si “le pasa algo“. A la que, si de verdad le pasa algo, todos dirán que la culpa fue de ella. ¿En serio crees que tú eres el discriminado?

Control del discurso, otra más: demuéstramelo.

Voy a traducir, con el amable permiso de la autora, una serie de tweets de Bayley the Bookworm, conocida en Twitter como . La secuencia completa está en inglés aquí.

¿Qué es lo que les pasa a los tíos que piensan que pueden exigir que las mujeres “demuestren” su experiencia? (ya sé lo que les pasa a los tíos, no estoy preguntando de verdad). Es importante recordar que cuando un tío dice “demuéstralo”, lo que quiere decir es “no voy a aceptar ninguna prueba que puedas darme”. ¿Tu experiencia personal? No basta. ¿Experiencias de varias mujeres? No basta. ¿Encuestas? No basta. ¿Estudios científicos? No basta. ¿Otro tío que te da la razón? Quizá funcione, a veces.

Es porque no se trata, de verdad, de que los tíos quieran pruebas. Saben que las hay. Lo que quieren es agotarte, es un juego de poder. Saben que sus voces tienen más peso, así que dan por hecho que pueden exigir trabajo emocional e intelectual para divertirse. Ya se han declarado árbitros de si tu experiencia cuenta o no, y ya han decidido que no.

Añadiría esto a algo dicho por @undivaga, y cito de memoria. Quien te pide que clarifiques más de una vez o dos no quiere entenderte mejor, quiere agotarte.

Por qué el feminismo no es igualdad.

El glosario feminista de este blog todavía no tiene una definición de feminismo, pero sí hablo de “igualdad” para decir que el feminismo no es, o no debe ser, la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. Al menos, tal igualdad no es más que un objetivo pequeño, parcial, y a corto plazo. No es lo mismo que la eliminación de la discriminación o la abolición del patriarcado.

En primer lugar, ¿qué significa igualdad? Si estamos hablando de igualdad legal, la tenemos desde hace tiempo para casi todo. Eso no significa que la posición de las mujeres en Occidente haya dejado de ser de desventaja. La igualdad legal no basta, es así de simple. Hay muchas razones para ello; el marco legal intenta garantizar unos mínimos de convivencia y la protección de la propiedad. Un pequeño ejemplo: las mujeres hemos tenido prohibido el acceso al conocimiento y a la propiedad privada durante siglos. Ahora, tenemos derecho a ambas cosas, pero eso no incluye la toma de medidas para compensar siglos de privación y desigualdad. Hemos entrado en una carrera que estaba empezada; eso sí, con igualdad legal.

Además, hay cuestiones que no tienen nada que ver con la igualdad. Por ejemplo, el acoso y la violencia sexual. Las mujeres la sufrimos de manera masiva y sistemática, y tiene efectos devastadores sobre nuestra libertad. Los hombres, en general no pasan por ello. Reclamar “igualdad” no es lo mismo que reclamar el respeto a nuestra libertad sexual, algo que no debería ser una conquista individual sino un objetivo de la sociedad entera.

Por otro lado, somos desiguales en algunos aspectos biológicos. Entender el feminismo como “igualdad” invisibiliza temas tan absolutamente claves como la anticoncepción, el aborto, el embarazo, el parto, la lactancia, la crianza, la dependencia absoluta de los bebés y quién se hace cargo de ellos, la baja por maternidad. Una situación en la que, por ejemplo, no exista la baja por maternidad y esté sometida al mismo régimen que las bajas por enfermedad, es perfectamente igualitaria, ya que las mujeres tendrían los mismos derechos que los hombres. Este aspecto, qué pasa con la reproducción y la crianza, es uno de los puntos más necesarios del feminismo actual, y con igualdad no puede solucionarse. Con esto apunto a otro problema: la igualdad es una cuestión de individuos. No es social. No incluye la creación de mecanismos de protección ni compensa ninguna desigualdad. Nos lanza a todos a jugar al tablero, como si fuéramos fichas iguales de jugar al parchís o a las damas. Da igual que seamos niñas pobres o ancianos discapacitados.

Otra cuestión: la igualdad se suele entender como que las mujeres se tienen que parecer más a los hombres. Tener sus derechos y además, reconocer que podemos tener las características positivas que la sociedad atribuye a lo masculino. Esto suele ignorar, de facto, la posibilidad inversa: que los hombres se dediquen a tareas tradicionalmente femeninas y que tengan características que han sido consideradas, arbitrariamente, femeninas. También se ignora una posibilidad más subversiva: que los géneros son una construcción social y que más que iguales, somos productos de esa construcción.

Por último, una razón histórica. La exigencia básica de la igualdad es una reclamación histórica de las mujeres burguesas que querían los mismos derechos que los hombres burgueses. Esto, en su momento, es decir, hace décadas, no era malo. Fue necesario pedir el voto de las burguesas para que luego lo consiguieran las obreras. Fue necesario exigir la entrada en la universidad. Pero no fue, en ningún caso, suficiente, porque se hizo ignorando de la manera más absoluta a las mujeres pobres, obreras, no-blancas….. La consecuencia ahora es que tenemos que tener mucho cuidado si somos mujeres con un pack saneado de privilegios y reclamamos nuestra igualdad con los hombres. Es más que probable que, incluso cuando no sea nuestra intención, la interpretación fácil es la igualdad de las mujeres ricas con los hombres ricos. La eliminación de un solo escaloncito de la pirámide, en lugar del derribo de la pirámide entera.

Día de la Mujer Trabajadora

Varias veces en mi vida me han preguntado “¿Y cuándo es el día del hombre?” La respuesta fácil es “los otros 364 días”. Una respuesta menos fácil es “todos los domingos son el día del Señor. No hay un día de la Señora, de la mujer ni de la dama en toda la semana” (el origen etimológico de los días es Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, Saturno, Dominus = Señor). Y la respuesta larga es ésta. En la lista de días festivos, o conmemoraciones vigentes en el mundo occidental, ¿cuáles están dedicadas a una mujer que no sea la Virgen María? Otros personajes religiosos, vale y pase, pero una mujer que es virgen, madre, y un modelo de sumisión no me la vendáis como figura histórica.

1 de Enero. Primer día del calendario gregoriano. San Gregorio Magno era un hombre.

6 de Enero. El día de Reyes. Varios hombres sabios visitan a un hombre.

15 de Enero. Día de Martin Luther King.

30 de Enero. Día escolar de la paz y la no-violencia. Se celebra este día en parte en memoria de Mahatma Gandhi, un hombre.

14 de Febrero. San Valentín.

28 de Febrero. Día de Andalucía. Ni la bandera, ni el himno, ni el primer estatuto de Andalucía se elaboraron con la participación de ninguna mujer.

23 de Abril. Día del Libro y de los derechos de autor. Recordamos a William Shakespeare y a Miguel de Cervantes.

12 de Octubre. Día de la Hispanidad, en Estados Unidos “Columbus Day”, Día de Cristóbal Colón. La única mujer que figura en cualquier libro de Historia sobre el Descubrimiento de América es la reina Isabel, que lo financió. En los barcos de Colón sólo había hombres.

6 de Diciembre. Día de la Constitución Española. No había ninguna mujer en el grupo de los siete “padres de la Constitución”.

10 de diciembre. Día de los Derechos Humanos.  Entre los cinco autores de la Declaración, una era una mujer.

En fin, la lista es ampliable. Pero creo que se explica sola.

Introducción mínima a la interseccionalidad.

Todos lo hemos oído: “pues hay quien está peor”. Es un primer intento, fallido pero intento, de interseccionalidad. Tú eres pobre, pero no estás discapacitado. Eres una mujer y cuidas de tu madre enferma, pero por lo menos tienes trabajo para manteneros a las dos. En este primer acercamiento, la realidad es una escalera, y cada privilegio que no tienes te hace bajar un escalón. Arriba están los hombres blancos ricos. El segundo escalón está ocupado por las mujeres blancas ricas. Y todo lo demás es una pirámide perfecta. Sencillo, pero incorrecto.

La interseccionalidad es algo más complejo que eso. El término lo creó Kimberlé Crenshaw en los 80, aunque la idea existía desde mucho antes, para referirse a la interacción de múltiples tipos de opresión, es decir, a cómo diversos privilegios y la falta de ellos afectan de distinta manera en distintos contextos. Evidentemente, una persona a la que le “falten” cinco o seis privilegios de la lista (no es tan difícil) tiene una vida más dura que alguien a quien falte uno, o ninguno. Pero muchas veces, lo que se supone que es una característica común a todos los miembros de un colectivo oprimido, sólo lo es de la parte más privilegiada de los mismos. En otras palabras: sin un enfoque interseccional, la lucha contra un privilegio tiende a beneficiar a quienes sólo echan en falta ese privilegio y ninguno más, a costa del resto del grupo. Así es como, en palabras de Ardeluxe, se puede ser comunista y machista, feminista y transfóbica, o gay de derechas.

Si queda un poco abstracto, como mejor puede entenderse es con ejemplos. Voy a poner uno que se beneficiaría de más feminismo, y una crítica al feminismo.

1. La lucha contra la pobreza, la lucha obrera… ese tipo de reinvidicaciones de izquierdas. Por ejemplo, es fácil tomar como héroes, como símbolos, a colectivos muy reivindicativos como los mineros. Símbolos como el del Sindicato de Estudiantes (llave inglesa que se convierte en lápiz) o la hoz y el martillo, apuntan a profesiones típicamente masculinas. Otro símbolo que me encanta a pesar de lo excluyente que es, es el albañil de Manel Fontdevila. currito fontdevilaCuando Fontdevila dibuja a su hombrecillo del casco, no está representando a un albañil sino al conjunto de la clase obrera. No sería muy difícil pensar en una camarera con uniforme, una enfermera, o una profesora, por decir mujeres fáciles de caricaturizar, como representantes del sector servicios (el autor es consciente de ello pero no sé hasta qué punto ha hecho algo por arreglarlo).

Otro ejemplo reciente y no humorístico es el reportaje de Jordi Évole “Precariado”, emitido en La Sexta hace pocos meses. Los ejemplos de profesiones que son o que se han vuelto inestables y mal pagadas: obreros de fábrica de automoción (y de refilón alguna mujer), y un hombre que ha estudiado comunicación audiovisual, como ejemplo de sobrecualificación. Esto, a mi parecer, es un enfoque completamente equivocado sobre el empleo de mala calidad. La peluquera autónoma, su empleada con el salario mínimo, infinidad de dependientas de tiendas, licenciadas que malviven dando clases particulares… estamos rodeados de un ejército invisible de mujeres con empleo precario, con problemas distintos o peores de los que tienen los hombres en su misma situación laboral, y ellas no son el símbolo de nada. Evidentemente, cualquier mejora global de las condiciones de trabajo las beneficia a ellas, pero no parece que nadie las tenga en cuenta.

Del mismo modo, cualquier análisis del empleo más estable que tenemos, el funcionariado, es incompleto sin tener en cuenta que somos una mayoría de mujeres, y por qué. Es fácil, la Administración es el único jefe que no nos pregunta nuestro estado civil.

Lo que busco no es que haya más personajes femeninos en los chistes, o que Jordi Évole entreviste a más mujeres: todo lo que he descrito no es el verdadero problema, sino síntomas de que la imagen mental que se tiene de “la clase obrera” excluye a las mujeres. Esto puede llevar a favorecer políticas, campañas de promoción, etc. que no lleguen al público que más lo necesita y se beneficiaría de ello. Podría decirse mucho más, pero como sólo quiero ilustrar un punto de encuentro (o de choque), lo dejaré aquí.

2. El feminismo también necesita ser más interseccional. Aquí me voy a limitar a explicar algo magníficamente contado por @DrJaneChi. Laurie Penny es una feminista inglesa, blanca, rica, que acaba de publicar una columna en New Statesman acerca de la imposición patriarcal de llevar el pelo largo. Opiniones de mujeres: dos, la suya y la de su hermana. Problemas prácticos de tener pelo largo: no siempre está bonito y lleva tiempo y dinero que lo esté. Penny universaliza su propia experiencia, sin tener en cuenta algunos factores importantes que no la afectan.Parece una cuestión nimia escoger el pelo corto, pero no lo es, y el colectivo menos afectado por ello es precisamente el que Penny escoge como universal, el suyo.

Por ejemplo, las mujeres trans* deben presentar un aspecto hiperfemenino para ser tomadas en serio. De esto puede depender el resto de su vida: cuando una mujer trans decide que quiere hacer los cambios legales y médicos para ser considerada la mujer que sabe que es, tiene que pasar por una serie de barreras puestas por la ley y por profesionales sanitarios para que demuestre cómo se siente, y uno de los puntos que se tienen en cuenta es si la mujer muestra una feminidad convencional. Una trans puede tenerlo complicado para elegir llevar el pelo corto.

En segundo lugar, el ideal de pelo largo es un ideal basado en la belleza de la mujer blanca. Las mujeres negras, o con el pelo más rizado que esto de aquí, tienen que hacer una inversión en tiempo y dinero que no tiene nada que ver con la que hacemos las demás. Además, las mujeres blancas con el pelo de una calidad parecida tampoco se enfrentan a los mismos problemas: lo que en nosotras puede verse como un estilo original, en las mujeres negras puede ser motivo de rechazo. Por eso, para ellas, llevar el pelo corto tiene unas motivaciones diferentes. Un análisis español de esta cuestión hablaría, por cierto, de la obsesión de las mujeres españolas con el pelo liso.

Más cuestiones: la edad. De las mujeres jóvenes y guapas se espera pelo largo, pero a partir de cierta edad, se espera que lo tiñamos y cortemos. Si ya no se es joven, tener el pelo largo, o largo y sin teñir, es más desafiante que ser joven y tenerlo corto.

No puedo terminar sin mencionar a las mujeres que pierden el pelo por una enfermedad. Penny menciona a su hermana, a la que se le cayó el pelo por estrés. ¿Tan difícil era citar dos líneas sobre los efectos de la quimioterapia?

Añadir un enfoque interseccional a una lucha por la justicia y contra la discriminación puede salir natural, sobre todo cuando nos afecta personalmente, o puede ser muy difícil. Es el único activismo que merece la pena. De lo contrario, lo único que estaremos defendiendo es un mundo aún en forma de pirámide, pero con nuestro escaloncito un poco más arriba.