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21 días, día 9. De excursión.

DSC_0387La excursión no era para mí, sino para algunos de los alumnos, por lo que con los que quedaban no era buena idea tener una sesión de clase normal, sino sólo repaso.

Hoy las máximas son de 14 grados y en el IES hace más frío que en la calle, por la orientación norte y la poca luz natural. El frío me pone peor el dolor de espalda. Voy todo el día cargando con dos bolsos llenos de libros. El dolor se me pasa cuando dejo de tener frío, afortunadamente.

A primera hora, me enfado, y mucho. Dos personas en una clase de catorce se han traído una fotocopia con la letra de la canción. ¿Excusa? “que hoy tocaba película”. Pero sí se han traído, muchos de ellos, el cuaderno de clase. Lógica, ninguna. Les digo que yo traigo Plan A, B, C, D y E y que no hay motivo para dejarse los materiales en casa. Esperamos a que la conserje le dé a un diferencial que ha saltado antes de poner 40 minutos de Romeo y Julieta.

Cuando una niña dice que en la película han hecho algo “como los gitanos”, paro la película. Le digo que ese tipo de comentario es racista, y la niña se ofende, pues “los gitanos” tienen ese comportamiento y “eso no es malo, es que ellos son así”. Le digo que muchos payos también son así, que hay mil comportamientos que calificamos de “gitaneos” y que la mayoría son simples insultos. La chica sigue defendiéndose. Un niño (que no es blanco) me da la razón cuando digo que si tuviéramos gitanos en la clase hablaríamos de otro modo. En este tipo de situaciones yo estoy en una línea muy fina porque hay niños que pueden sentirse insultados, y un “la maestra me ha llamado racista” puede ser un problema. Antes, cuando lo de las fotocopias, les dije que yo no creo ue haya personas malas sino gente que actúa mal, y ahora le digo que sé que no tenía mala intención. Seguimos con la película.

En la hora de biblioteca, catalogo unos cuantos libros más.

En la siguiente clase han venido solo seis: siete de excursión, y tres no han venido probablemente porque no han querido. Contaba con tener a poca gente y uso el “Workbook” de la pizarra digital. Los libros de texto de inglés suelen venir en dos tomos que vlen cada uno tanto como un libro entero. El libro normal, que es el único que se puede pedir en el programa de gratuidad de libros de texto, tiene colorines, actividades mecánicas, y actividades comunicativas. El libro de actividades, que queda fuera del programa de gratuidad (no es que no se puede pedir “además”, es que no se puede pedir “en lugar de”), tiene actividades mecánicas, el suplemento gramatical, y cuestionarios de autoevaluación, todo ello en blanco y negro y con un mínimo muy mínimo de ilustraciones. Tenemos órdenes “de arriba” (yo no sé si son a nivel provincial o autonómico) de no mandar ningún material obligatorio que no sea un solo libro de texto gratuito, por lo que está prohibido pedir que los niños se compren el libro de actividades. Por eso insisto con la explicación teórica de la gramática: las papelerías no quieren traer unos libros que a lo mejor no se venden, y los niños no se van a comprar un libro sin que les obliguemos. En cualquier caso, tengo los ejercicios del libro de actividades en el libro digital que sólo se puede usar en el aula, y hacemos algunos de los más comunicativos entre lo que hay par elegir. También practicamos pronunciación porque se lían con palabras simples.

Tenemos un recreo tranquilo en la biblioteca. Mis voluntarios ordenan libros mientras yo presto, registro devoluciones y catalogo.

Y terminamos con 1º, que no tiene un bien día. Tenemos un lesionado llorando flojito de dolor y una marabunta de enfermeros voluntarios. Además intentamos leer un texto y no damos pie con bola: en el ejercicio de verdadero/falso, intentan resolver sin entender, simplemente comparando frases del texto a ver si son iguales. Les explico que esa clase de lectura literal no sirve si el ejercicio es un poco más complejo, que tienen que entender lo que leen. No puedo ayudarles si no me hacen preguntas. Esto es algo que pasa a menudo, y en más clases, no sólo ésta: un muro de caras que no contestan, no preguntan sus dudas, no hacen nada, esperan a que yo interprete que su silencio significa “no lo sé”. De hecho, es muy raro que alguien me diga que no sabe o que no entiende.

Están a dos horas de clase de un examen y no los veo nada preparados.

Horas lectivas: 3.
Horas no lectivas: 1:30.
horas reales: 4:30

 

Los privilegios en acción: ejemplo práctico.

Nuestro primer encuentro con el concepto de “privilegio” puede ocurrir en áreas que produzcan mucha división social, áreas muy visibles como el género o la riqueza. Siel primer ejemplo que alguien conoce son sus propios privilegios, esto puede generar algo de resentimiento y una tendencia a ponerse a la defensiva. Yo entré por el camino fácil, leyendo sobre feminismo, donde evidentemente la privilegiada no soy yo, sino los hombres.Llevaba bastante tiempo leyendo sobre las consecuencias de ser una persona privilegiada cuando me di en las narices con algunos blogs transexuales, y entendí qué puede sentir un hombre al que se le dicen que tiene privilegios cuando leí sobre los privilegios cis. Aquí tenéis un ejemplo en inglés.

¿Es culpa mía, o de otras personas parecidas a mí, que ser trans* sea a menudo un asco tan grande? Pues no. Yo no decidí que sexo = género, ni soy la psiquiatra que quiere decididir si esa persona es hombre o mujer. Pero tengo privilegio cis, porque mi vida es más fácil que si no lo fuera, y porque ser cis no es mérito mío. Ea, ya tienes una definición de privilegio que excluye toda culpa y responsabilidad.  Ahora yo puedo elegir ser opresora, en este caso transfóbica, o ser cómplice y pasar del tema, o ser aliada y hacer lo que se pueda por los trans*, consiguiendo así reducir el privilegio cis o su impacto.

Un catálogo completo de privilegios sería, en la sociedad occidental moderna, varón, cis, blanco, nacional (no extranjero), heterosexual, rico, diestro, sin discapacidades, adulto joven, atractivo. Para terminar de explicarlo, aquí va un repaso de cuántos tengo yo, y algunos ejemplos de qué me benefician habitualmente.

Ser mujer no es un privilegio. Ser cis, sí, muchísimo. Puedo moverme por espacios femeninos sin ningún problema, y nunca tengo que dar explicaciones sobre la conjunción nombre-aspecto externo-personalidad-genitales. Hay más, pero os recomiendo que lo estudiéis vosotros. Ahí hay otro privilegio: puedo hablar de algunos no-privilegiados alegremente y mi opinión contará más que la de ellos, aunque yo tengo poca o ninguna experiencia, porque tengo formación académica y porque asumís mi objetividad.

Soy blanca según y cómo. En el sur de Europa es indudable (además soy paya); en el Reino Unido me aplican estereotipos bienintencionados de fiestera y alegre, por ser sureña; en Estados Unidos soy blanca hasta que abro la boca o el pasaporte, y entonces soy latina. Personalmente, me identifico con unas etiquetas o con otras dependiendo del contexto. A veces leo las experiencias negativas de no-blancas en Estados Unidos y pienso “eso me ha pasado a mí”. Pero en general, el privilegio de blanca es más beneficioso que cualquier lastre. Sirve, por ejemplo, para poder encontrar con facilidad novelas que me representan a mí y a mi experiencia de la vida; para que la gente asuma que soy nacional; participo en un sistema educativo que enseña a los niños las cosas que ha hecho gente como yo.

Ser nacional está estrechamente relacionado, pero si pensamos en los gitanos, que son nacionales pero no son considerados socialmente como blancos, vemos las diferencias. Si yo fuera la misma persona, pero gitana, probablemente recibiría comentarios condescendientes sobre lo bien que he “superado los estereotipos”, y bla, bla, bla. En el trabajo la gente me pediría mi opinión sobre Los Gitanos con mayúscula y cualquier cosa que hiciera que se saliera un poco del tiesto se atribuiría a mi origen.

Yendo a mis privilegios por ser nacional: es uno de los que más disfruto de tener, lo reconozco. Me encanta vivir en un sitio donde nadie me considera forastera y creo que he tenido mucha suerte por no tener que emigrar lejos. Mi familia está a una hora en coche. Domino el idioma, el lenguaje corporal y otras idiosincrasias de casi todas las personas que me rodean. Compartimos una cultura. El Estado del Bienestar, o lo que queda de él, está pensado para mí.

Mi educación es de clase media, y no paso hambre, así que digamos por simplificar que soy de clase media. Además, el azar me ha dado acento del norte de España, que en Andalucía Occidental significa “pijo”. De mi origen social he sacado educación superior, que me ha permitido acceder a trabajos estimulantes y motivadores, conocer a gente estupenda, y poder escoger con quién me relaciono y con quién no. La gente suele tomarme en serio cuando hablo. He observado algo parecido en algún otro norteño transplantado al sur. Ah: no se nos considera “inmigrantes”, por supuesto. Ir del norte al sur no es como ir del sur al norte.

El triángulo mujer-blanca-clase media suma “inofensiva y respetable”. La policía me hace más caso, y tienden a dejar pasar infracciones de tráfico. Me han hecho dos controles de alcoholemia en mi vida: me paran, y cuando me ven, me dicen que siga. Casi siempre llevo una navaja suiza en el bolso, y no me preocupa que me registren. No me vigilan en las tiendas, de hecho, lo normal es que me hagan caso.

Soy diestra y además no tengo discapacidades físicas. Bueno, tengo dolores que pueden cronificar si no dedico bastante tiempo a cuidarlos. Pero después del yoga y los analgésicos, el mundo está hecho a mi medida, literalmente. La cama, la mesa, los cacharros para comer y cocinar, el coche, TODO está pensado para mí y mi comodidad.

Adulta, joven: tengo todos los privilegios de los adultos, entre los que agradezco especialmente que está peor visto que me agredan mis cuidadores si los tengo, que tengo más derecho a mantener un espacio personal, que los desconocidos no hablan conmigo por la cara, y que mis rutinas diarias las creo yo. ¿Te parece que estoy diciendo una tontería? Piensa en la diferencia entre una enfermedad mental en un niño y en un adulto. Piensa en un niño con malos cuidadores. Piensa en la diferencia entre una niña y una mujer violadas. Hay cosas que no son mera consecuencia de la inmadurez física y mental, sino construcciones culturales y privilegios. Pasemos a que soy joven: por un lado tenemos joven-y-en-forma: volvemos a que no tengo discapacidades, o como dicen algunos, soy bípeda. Por otra parte, soy joven-y-atractiva. Creo que la principal consecuencia de ello es que caigo mejor que si fuera fea o mucho más mayor. Y me hace visible, literalmente. He visto a dependientes en tiendas ignorar a mi madre (atraversarla con la mirada, no oírla, una cosa extrema) y contestarme a mí a la primera. Además, creo que cierto aire de indefensión y bondad que no sé si retrendré para siempre suele despertar ganas de ayudarme en hombres y mujeres mayores que yo.

Delgada, lo que es delgada, no estoy. Estoy en el punto en el que personas sin formación médica opinan sobre mi comida, y antes del punto en el que una enfermedad mental se asociaría con mi cuerpo (“está gorda porque no se cuida porque no se gusta porque está deprimida” “está gorda porque no le gustan los hombres porque una vez….”).

Da igual si soy heterosexual o no: lo parezco porque estoy casada con un hombre y porque doy una imagen femenina. Me voy a repetir: casi toda la ficción romántica, casi toda la poesía, está pensada para mí. Puedo ser cariñosa con hombres, empezando por mi marido, en público, sin temor a represalias. El personal médico respeta mi sexualidad.  En el curriculum educativo que enseño, existimos yo y otros como yo (la soltería o el celibato no se presentan jamás como opciones deseables). Nadie cuestiona porqué estoy con mi pareja o porqué elegí a un hombre.

La suma de mis privilegios me hace visible. Soy la mujer por defecto, soy en lo que piensas cuando piensas “mujer”. Me ves y piensas “mujer”; las demás etiquetas están muy al fondo del cajón. Un político dice “ayudas a la mujer” y habla de mí. Un cantante dice “A esa mujer” y sabes que habla de mí. Abres el periódico, y salgo yo. Soy visible, soy de verdad, soy normal, soy neutra. Si has leído hasta aquí, observarás que nada de todo esto es culpa mía. Aún así, es de justicia que quiera cambiarlo; y no perderé nada que es mío cuando otros ocupen el lugar que merecen.

Entrada realizada con colaboración de Jorge Fuentes.

Gitaneos

Cosas que he oído decir a españoles que son propias de gitanos, pero sobre todo de gitanas. No sé si ocurrirá en otros sitios, pero en Andalucía es un calificativo que se usa mucho entre mujeres payas. Es decir, no es “las gitanas dicen o hacen”, sino “eso que haces es de gitanas”; “pareces gitana”.

– Hacer juramentos (en el sentido de “te juro que…”)
– Tener el pelo largo, a menos que esté muy, muy liso.
– Tener el pelo rizado, en cualquier largo o corte.
– Llevar el pelo suelto.
– Estar despeinada. Tener mechones fuera de sitio.
– Tener el corte de pelo descuidado, dejado crecer (como cuando un corte a capas pierde la forma o el pelo corto tapa las orejas a trasquilones).
– Los pendientes largos, o grandes.
– Cualquier adorno de colores en el pelo que no sea una diadema o una coleta.
– Las faldas largas con vuelo.
– Las mujeres muy jóvenes con relaciones estables y formales (nunca he oído “anda que… ¡como un gitano!” a un hombre joven con novia).
– Andar descalza.
– Ser madre soltera.
– Las familias numerosas.
– Dar el pecho.
– La delincuencia.
– La mala conducta escolar.
– Una actitud agresiva y desconfiada, a la defensiva.
– El gusto por discutir.
– El gusto por comerciar.
– El machismo.
– El flamenco de los últimos años. Según un conocido mío, el flamenco de hasta hace una década no tenía el “gitaneo” del de ahora. No se refería al “flamenquito” o fusiones más o menos flamenco-pop.
– Los trajes de novio de color, con toques de color, blancos, o muy barrocos.
– Los trajes de novia muy barrocos.

No intentéis verle lógica. En la imaginación colectiva de la mujer paya andaluza, la gitana es una especie de alien que llevan dentro, que las sitúa peligrosamente lejos del ideal de mujer blanca al que se quieren parecer. Para payos, hombres y mujeres, el hombre gitano es una especie de monstruo de muchas cabezas: un yonqui de los 80, un delincuente listillo y sutil, un perro de pelea, un adulto machista, explotador y vago, un vendedor de mercadillo que sabe regatear.

A veces pienso que los chistes de canis y chonis son la versión socialmente aceptable del racismo gitanofóbico. Últimamente, el clasismo es más divertido y mejor visto que ser racista.