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Haibun

Demasiado lejos de la ruta monumental para atraer el interés de los turistas, demasiado viejo para facilitar la entrada de los coches, el barrio contiguo al centro histórico languidece, mezcla de solares, ruinas y fachadas. Dos pisos de la misma manzana anuncian prostíbulos, uno con neones rosas y el otro con un corazón gigante pintado en una persiana.

Donde los neones, dos mujeres cuarentonas, gorda y delgada, con sujetadores de colores y moños, salidas de una foto de los años ochenta, llaman a dos jovencitos barbudos de paseo. “¡Guapos!”. Los chicos saludan y bromean. En el balcón del corazón, una niña juega con una muñeca. le cuelgan las piernecillas, y está completamente sumergida en su conversación con el juguete hasta que oye las risas de los barbuditos y dice: “hola, ¿llamo a mi mamá?”.

Refresca la tarde.
En el balcón del prostíbulo
la niña crece.

Gracias por las correcciones a la experta en haibun.

Mirlas

Anoche tuve que echar a una mirla del salón. La muy tonta no quería salir: si la espantaba hacia la puerta, se subía a lo alto de los muebles. Así nos pasamos media hora, hasta que le solté encima un trapo, y la saqué al jardín.

Esta mañana, se oía en la casa un piar muy alto. No era una canción, era más bien un “iik-iik”. Era my obvio que se trataba de un mirlito chico, avisando de que tenía hambre. Por eso la mirla de ayer no quería irse: no podía dejar atrás a su cría. Tardé mucho en encontrar al pajarito escondido detrás de unos libros. No era muy pequeño, tenía todas sus plumas adultas en las alas pero aún no en el cuerpo. Su absoluto desaliño me recordó a un adolescente. No fe difícil envolverlo en el mismo trapo que a su madre y dejarlo en una esquina tranquila del jardín. Enseguida, un mirlo muy negro (macho, por tanto), voló hasta el centro del jardín y se puso a cantar muy fuerte y muy rápido.En segundos, al menos tres pájaros se habían acercado a ayudar al pollo, empujándolo hacia un arbusto para que se escondiera.

Catorce madres:
Mirlas al rescate
del pollito caído.

Sírveme lo de siempre.

Nací con predestinación nómada. Todos mis abuelos, y mi madre (mi padre, curiosamente, no) fueron emigrantes. Nací en una ciudad, eché a andar en otra, aprendí a leer en la siguiente. Pasé la adolescencia cerca de lo que siempre pensé que era el punto origen, y nunca me sentí tan fuera de lugar como esos años.

 Entré en la universidad y me dio por viajar, a veces poco tiempo y a veces instalándome en ciudades nuevas. Con becas, con mochila, con trabajillos de camarera, viví en dos ciudades europeas, visité media docena más, y le dije a un amigo escocés que todo lo que necesitaba para sentirme como en casa era una ciudad con río, zonas verdes, y cafeterías.

 Al empezar a trabajar, mi alumnos me preguntaban de dónde era, y yo contestaba que era de donde hay un bar donde me sirven “lo de siempre”.

 Ahora que paso todos los recreos en la biblioteca del instituto, algunos alumnos y yo tenemos una rutina para que me traigan el café de la cafetería. El dueño tiene una curiosa distinción entre “leche manchada” (leche con una gota de café), “manchado” (lo que en cualquier otro bar sería una leche manchada fuertecita) y “café con leche” (Apenas distinguible del manchado, pero con algo menos de leche). Algún alumno de pulso firme va a la cafetería, me pide “un manchado” y me lo traen a la biblioteca, con el azúcar ya vertido, y me lo bebo en el banquito del pasillo para dar ejemplo. En la biblioteca no se come.

 Un día, le pedí a una niña que me trajera otra cosa, porque no tenía ganas de café. Fui a hacer una llamada de teléfono, y cuando volví me encontré un manchado. Vaya, se habrá equivocado la niña. Una semana más tarde, tenía ganas de leche manchada, y mandé con el encargo a una chiquitaja de 1º de ESO. Volvió con un manchado y cara de agobio. “Maeehtra, que dice el del bar que me he equivocado y que esto es lo que tomas tú. Es lo que él me ha dado”. Así que ya estoy donde debo estar: en mi biblioteca, donde hay un bar donde me sirven lo de siempre.

Apátrida
me sirven ‘lo de siempre’
y aquí me quedo.

Olor a potencia, olores potentes.

En un centro de enseñanza hay muchos olores característicos: a fotocopia, a bocadillo, a ropa húmeda, a tiza en los clásicos y a tinta alcohólica de rotulador de pizarra blanca en los centros con ordenadores. Y a sudor.

Con la sobredosis hormonal propia de la edad, y con costumbres como los mini-partidos de fútbol del recreo, la hora de clase que viene justo después tiene un olor inconfundible. Mis veinte quinceañeros me recibían a las doce de la mañana con una oleada de feromonas y sal a la que yo estaba secretamente enganchada.

Comentamos que ese olor era natural e inevitable entre las protestas de los que querían abrir ventanas y los frioleros. Estuvimos todos de acuerdo en que una hora más tarde olería rancio (“a tigre, maestra”). Y aquel muchachillo que venía uno de cada tres días y no siempre abría el libro dijo: “es que no es un olor malo, es intenso. Como el olor de la gasolina. Huele a potencia”.

Gomina y sudor.
Colonia y gasolina.
Él y su moto.