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Orgullo, prejuicio y chelines: ¿cuánto vale el dinero de las novelas clásicas?

Cuando leemos un libro, o vemos películas o series de época, a veces se pierde la noción de la importancia de las cosas según su precio. ¿Cien denarios eran una fortuna, o una pieza de pan?(1). Esto llega al máximo cuando disfrutamos de la literatura y la historia de una cumbre del materialismo: Gran Bretaña, siglo XIX. En novelas, series, películas, biografías, constantemente se menciona el dinero, ya sean precios, salarios, rentas o posesiones. Si no tenemos ni idea del valor del dinero por entonces, nos estaremos perdiendo parte de lo que el público contemporáneo pillaba enseguida, igual que si escribo “un bar con las cervezas a tres euros” sabes dónde está y hasta la pinta del camarero.

Lo primero que hay que saber es que una libra son veinte chelines, un chelín veinte peniques, y que las guineas eran la unidad de venta de artículos de lujo concretos pero se acuñaron por última vez en 1813. En la época que nos ocupa, una guinea eran 21 chelines. Donde leas guinea, entiende “libras pagadas antes de 1800 o para comprar cosas especialmente caras”.

El dinero va perdiendo poder adquisitivo, pero no tan deprisa como en la época actual. Hay calculadoras online para decir “cuánto dinero de ahora mismo equivale a estas libras de 18 nosécuántos”, aunque ahora no tengo localizada ninguna. Una buena aproximación es que un chelín equivalía a cinco euros, pero hay que tener en cuenta algunas diferencias como que se daba un salto muy grande del precio de los artículos de primera necesidad a los de lujo, y que los salarios eran muy bajos. Es decir, el sistema estaba montado para que fuera difícil o imposible ascender de clase social solamente ahorrando.

Un peón podía ganar un chelín al día si iba por libre, pero tenía que pagarse casa y comida (un chelín cinco euros, 25 días de trabajo 125 euros, esto no cuadra con nuestro nivel de vida pero es que mucha gente era así de pobre). Una criada cobraba 10 libras al año como mínimo. Los criados bastante más. Una institutriz unos 25. El servicio doméstico tenía manutención también.

Veamos cómo funcionaba la cosa en las novelas de Jane Austen. Como es bastante antes que en la época victoriana, la versión fácil es que un chelín son unos 7 euros, más que 5. Una libra, cerca de 150€.

Primero Sentido y Sensibilidad: según empieza la novela sabemos que las tres Miss Dashwoods y su madre cuentan con 13.000 libras en total. Eso es más o menos millón y medio de euros… para cuatro personas que en teoría no pueden trabajar, porque lo único que pueden hacer es ser institutrices o algo parecido y eso las expulsa de la clase media. Ya no podrían ni quedar con sus amigos, ni casarse, y dificulta las posibilidades de matrimonio de las hermanas pequeñas porrque la familia entera pierde prestigio. 25 libras al año no merecen ese sacrificio. Las 13.000 libras se meten en el banco y se vive del interés, que son 500 libras (cómo sabemos esa relación lo veremos con Lizzie Bennett y el primo Collins, unos párrafos más abajo). Quinientas libras = 50.000 €. «Pues con 50.000 euros, cuatro personas de clase media viven bien». Ojo ahí. Para seguir siendo clase media necesitan criados (el sueldo de un hombre y una mujer, lo que coman, sus uniformes). Y lo importante es que ese dinero no va a crecer, y no tienen dote. Tienen lo justo para vivir. Al lado de esto, las 2.000 al año (unos 200-300.000 €) del Coronel Brandon son una salvación. Ahorrando un poquito se puede poner dote a la hija pequeña, y si Elinor nunca se casa, ella y su madre se apañan con algún regalo que les hagan los Brandon.

Ahora analicemos con más detalle Orgullo y Prejuicio. Personajes y narrador no paran de hablar de dinero. Primera cifra: Mr Bingley tiene una gran fortuna, es del norte de Inglaterra y ha alquilado una mansión que llevaba tiempo vacía. El lector de aquel momento lo sitúa socialmente al milímetro, y no está exactamente en la cumbre de la pirámide. Si ha alquilado una mansión y no se dice «Mr Bingley de Nosecuantitos Hall», no tiene tierras. Si es del norte, la fortuna puede venir de minas (no puede ser, porque no tiene tierras) o industria textil (bueno, aceptamos barco) o comercio internacional (que sería algo nivel «no hables de eso que estamos comiendo»). «4 o 5000 al año» = medio millón al año, mínimo. Es decir: Papá Bingley, que cuando empieza la narración está muerto, tenía una fábrica textil o plantaciones de caña de azúcar en el Caribe, porque era un poco pronto para hacerse rico de verdad comerciando con la India. Y hasta que no invierta una buena parte de ese dinero en comprar una mansión con terrenito, no formará parte de la auténtica buena sociedad pata negra.

Las hermanas Bingley «tenían una fortuna de 20.000 libras y gastaban más de lo que debían». Si las Dashwood obtenían 500 libras de sus 13000, las Bingley sacan 800 de sus 20000. Eso sí: como una de ellas vive con su hermano y la otra está casada, ese equivalente de 100.000€ se lo pueden gastar entero en caprichos. No es la mejor idea posible porque no saben si van a tener seis hijas cada una, y a ver de dónde salen esas dotes.

  1. Vamos a ver a la familia Bennett. Disponen de: Las tierras, que van a pasar al primo Collins porque lo dice el testamento de quien se las dejó a Mr Bennett. Sí, estar atadas a la línea masculina no era una condición legal de las tierras a estas alturas sino una condición que se podía poner en los testamentos.
  2. 2000 al año, es decir unos 300.000€, más que suficientes para vivir con discreción y además ahorrar para dejarle dote a las niñas. Se insiste en que no les ha dado la gana (algunos detalles caros: libros, profesor de piano, nunca es un problema comprar ropa nueva, caballos)
  3. Las 4000 libras (total, no renta) de Mrs Bennett aportan un interés de 160 al año = unos 20.000 euros. Al nivel de vida de la clase media acomodada es poco dinero, pero en 15 años de ahorro tienes 2.400 para la dote de una hija. Casas a la mayor o a la más guapa con el hombre más rico que puedas encontrar, y los contactos y el prestigio de esa unión facilitan las bodas (y la supervivencia) de las demás. Esto la novela no te lo explica, lo sobreentiende.

Por eso se insiste tanto en que Mrs Bennett es tonta (y mala madre por mimar en exceso a sus hijas), que Mr Bennett pasa de todo (y es un mal padre porque no ha sabido gestionar su casa) y por qué las tres mayores han tenido una educación excelente: una buena cultura general y saber música o canto te hacen quedar mejor en fiestas donde conseguir un novio. Pero eso, que estaría muy bien si hubieran tenido un hermano para que heredara la fortuna familiar, sirve para muy poco cuando todo el mundo sabe que tú sola eres pobre, que lo único que tienes es tu apellido. Esto se lo restriega el primo Collins a Lizzie, en lo que en términos austenianos es de los peores insultos de su obra: «sé que lo único que tienes son mil al año al cuatro por ciento». Ese “cuatro por ciento” se menciona de pasada en otros lugares como el interés más habitual que te daría un banco por tener tu dinero quieto. En este caso son 40 libras al año, y con eso Lizzie no tiene ni para pipas. Al contrario que su hermana Mary, le faltan habilidades para ser institutriz. Lo tiene realmente crudo, y no hacía falta recordárselo. Ya sabéis algo más sobre por qué es odioso el primo Collins: no es que hablar de dinero sea ordinario, es que la está llamando muerta de hambre.

Ahora, los Darcy. Las 10.000 libras al año de Mr Darcy son una cantidad simbólica de OH DIOS MÍO ATENCIÓN CHICAS, ESTÁ PODRIDO DE PASTA. Alrededor de un millón de euros al año. Es verdad que en pagar criados, coches de caballos y todo eso se va bastante. La fortuna (no renta) de Miss Darcy son 30.000 libras, que dan 1200 de interés al año.

Terminemos con la cuestión de cuánto dinero era suficiente para tener el estilo de vida de los personajes principales, y por qué son importantes las maquinaciones de Wickham. Resumiendo, Wickham tiene una herencia modestísima, apenas suficiente para hacerse un hueco en la clase media. Pero él no ha nacido para trabajar, e intenta seducir a Miss Darcy. Cuando no le funciona, le echa la caña a Lizzie Bennet hasta que descubre que es pobre (la educación de ella engañaría a cualquiera) o tal vez solo quería jugar. Dejando a un lado cuestiones morales, fugarse con Lydia es un grado de irresponsabilidad absurdo, porque no puede beneficiarle económicamente, y el único sentido de escaparse juntos es casarse. Cualquier otra cosa podrían hacerla a escondidas Tal vez solo le importe pasárselo bien un rato y abandonarla.

Los Bennet y sus íntimos saben muy bien qué necesita Lydia para sobrevivir y qué puede llegar a pedir Wickham. Tomemos información de otras novelas. Las tres hermanas Dashwood y su madre (Sentido y Sensibilidad) vivían muy justas con 500 libras al año. Edward Ferrars y Elinor Dashwood se casan y se las apañan con 450 al año. El coronel Brandon se casa con Marianne y 2000 al año es desahogado. Nos queda bastante claro que con 500 al año sobrevives si eres clase media; las mujeres son un partidazo muy serio nivel «solo se casa con ella por su dinero» a partir de unos 1000 al año. Los hombres puede asegurar una vida cómoda a su familia con unos 2000. Ahora sabemos que los 1200 al año de Miss Darcy son suficiente para un matrimonio responsable o comenzar un negocio, pero quizá no suficiente como para darse la gran vida, que es lo que Wickham querría.

Sigamos. Cuando Wickham pone condiciones económicas a Mr Bennett para casarse con Lydia, quiere las mil de ella, que le tocan porque las heredaría de su madre, y cien más de renta. Eso suma 140 anuales, un tercio de lo que necesitan para sobrevivir. El padre no se lo cree: «Wickham es imbécil si se la queda por menos de diez mil». ¿por qué esa cifra? ¿Porque es redonda? No, porque la renta de 10.000 son 400 y es la cantidad mínima con la que Wickham podría vivir sin trabajar. Y tachán: se da a entender que precisamente 10.000 es el soborno que le da Darcy.

Se dice muy al final que cuando Mr Bennett le pasa cien al año a Wickham, no es mucho más de los que le costaba mantener a su hija, entre criarla y que la madre le pagaba todos los caprichos. En una familia con unos ingresos modestos, esos 15.000 en dinero moderno es una barbaridad.

Para terminar, se dice que Wickham tenía mil libras en deudas. Además de decir que equivale a unos 100.000 euros, una cantidad que no nos cabe muy bien en la cabeza, también podéis calcular que un profesional modesto vivía con 500, uno acomodado con 2.000. Es un poco como gastarse el doble del sueldo anual de un profesor de hoy día. Por si tenéis curiosidad: un hombre que se gastara demasiado dinero en cosas inconfesables se lo dejaba en alcohol, prostitutas y juegos de azar. Si el hombre en la novela enferma o muere, se sobreentiende que más lo primero que lo último.

(1) Sabemos gracias al edicto de precios máximos de Diocleciano, de 301 d.c., que 50 denarios era el jornal diario de un trabajador cualificado o la tarifa mensual por alumno de un maestro de enseñanza elemental. Con 100 denarios podías comprar unas botas. Gracias a @Carmen_caesaris por facilitarme el documento.

Panteón.

Nos asiste la Santísima Trinidad
de la almendra, la grasa y el cacao.
Su sustento continuo, su cíclico consuelo.

La fuerza de las hermanas mayores
y los bajistas
que dan ritmo y forma a los días,

Los amaneceres.
La búsqueda del único hombre bueno.
Lo que sueñan los bebés dormidos,
Lucien,
Jane Austen,
un buen plato de lentejas.

El Festín de Babette

Babette prepara el postre de su festín.

Las películas navideñas que merecen la pena dan ganas de verlas año tras año, y El Festín de Babette es una de ellas. Tiene además el encanto de ser una película «para adultos» de la que me hablaron bien sin que pudiera verla en mucho tiempo, hasta la llegada del DVD, así que me llegó con estatus de culto, y encima no me decepcionó.

Hasta hace poco me la ponía de fondo mientras decoraba la casa en Navidad. Ahora tengo que buscar algún momento tranquilo para verla a solas porque nadie más comparte mi fervor por las experiencias de Babette y un puñado de fanáticos protestantes.

Me gusta el lugar de la acción: el quinto pino, los montes de Armenia, allá donde Cristo perdió el mechero. Un sitio muy bonito pero donde no se le ha perdido nada a nadie, donde vienes a evangelizar o a huir y donde sabes que todo lo interesante ha terminado. No es que yo viva en el monte, pero sí estoy algo lejos de todo lo que me atrajera antes de llegar aquí. Me identifico con ese cantante francés que viaja a ver si la soledad lo cura más que con el militar que lo siente como un destierro. Yo creí que estaba de paso, hasta que decidí echar raíces de papel en forma de hipoteca. Una de las ventajas en acabar convertida en el viejo predicador es que quien viene aquí viene a verme: aquí estamos el mar y yo.

Las dos hermanas. A veces siento en la película una sombra de rivalidad o envidia. Otras solo veo amor y la entrega a la causa que heredaron de su padre. La tentación de una salida gloriosa, sensual, y efímera: una en el amor y la otra en el canto. La resolución es un poco diferente. El enamorado de Martine se marcha sin que ella pueda objetar; Filippa renuncia, y aunque las circunstancias sean igual de forzadas, al menos salva su dignidad y escoge ella. Además, solo de Filippa se nos dice que lo que tiene es un don. El padre también lo tiene y a él sí se le da la oportunidad de cultivarlo y sacarlo a la luz. Esto me hace preguntarme si todos tenemos alguno, si es necesario trabajar en ellos, y claro, en si tengo alguno yo, o quienes me rodean. Llevo dos años viviendo al día; el horizonte más lejano son los márgenes de una hora en los que el bebé duerme y yo escojo entre tareas de la casa o alguna distracción que me permita poner la mente en blanco. Y no se trata solo de falta de tiempo; hay cosas para las que he aceptado que nunca tuve habilidad alguna, o que me suponen un esfuerzo tan grande que no puedo hacerles frente; otras me provocan tal inseguridad que son, de momento, imposibles. Mientras tanto, otras personas crean arte o cambian el mundo. Yo observo el resultado final y suelo enterarme la última.

Entra Babette. Al principio parece que no se entera de nada. Es una extraña que se adapta como puede. De qué me sonará a mí esto. Llevo diez años o más viendo esta película, y solo me he identificado con Babette recientemente. Es demasiado lejana, como un hada madrina. Nadie sabe cuáles son sus sueños y sus intereses hasta el final, y tiene poderes casi mágicos, no solo para cocinar. Hay gente con la capacidad de alegrar o tranquilizar a los demás solo con estar ahí. Este año he tenido la oportunidad de convivir brevemente con alguien con una habilidad similar, que a veces envidio. No termino de sentirme a gusto con ser la cabeza caliente, aunque he aprendido a juntarme con quien pueda apreciarlo, y a bajar la potencia cuando me siento muy cómoda.

En cualquier caso, desde hace un par de años me veo mucho más en el lugar de Babette. La cocina como salida a la creatividad. Sentirme en los márgenes de la acción principal sin que eso sea necesariamente malo. Ser quien cuida, quien está mientras otros hacen. Quizá la parte negativa es que la obra que se deja es efímera. Eso une tanto a Filippa y a Babette; el don para lo efímero y una capacidad de hacer felices a los demás que quizá ha quedado desaprovechada. ¿Es suficiente hacer feliz a muy poca gente?

La película lleva la mitad justa cuando empiezan los preparativos del festín. Babette se va del pueblo un par de semanas, por primera vez en 14 años. Justo lo que hacía falta para que se note qué pasa cuando no está. Y a continuación, a preparar el banquete.

El menú es lo de menos. Todos los años me digo: “pues me podría armar de valor y prepararlo, no son tantos platos”… No, este año tampoco va a ser. Además, lo importante no es qué se prepara, como se nos ha enseñado con las gachas de pan y cerveza. Los puritanos rehúyen los exóticos platos franceses, y es fácil burlarse del miedo al placer cuando está motivado por la ignorancia, pero ¿cuántas veces hemos evitado algo bueno por cobardía? ¿cuántas veces hemos deseado algo que nos iba a hacer daño? Nah, al final también somos como esas ancianitas asustadas.

Llegado el final, con todos a la mesa, tras muchas copas de vino, el militar, ahora viejo, cita a su manera al predicador, recordando sus frases más amables. La misericordia y la verdad se han encontrado. La justicia y la dicha se besarán mutuamente. En nuestra humana debilidad, creemos que debemos elegir en esta vida. Y temblamos ante el riesgo que corremos. Conocemos el temor, pero no. Nuestra elección no importa nada. Llega un tiempo en el que se abren nuestros ojos. Y llegamos a comprender que la misericordia y la gracia son infinitas y lo único que debemos hacer es esperar con confianza y recibirla con gratitud. La misericordia y la gracia no ponen condiciones y dirá: Todo lo que hemos elegido nos ha sido concedido y todo lo que rechazamos también nos lo es dado. Sí, incluso se nos devuelve aquello que rechazamos, porque la misericordia y la verdad se han encontrado. Y la justicia y la dicha se besarán.”

No hace falta compartir la religión de los personajes para entender que en el ambiente adecuado, todo es posible. Cuidar de los demás, cumplir con las obligaciones sin que nos opriman, encontrar un lugar propio, ser felices aunque sea a ratos.

Seré un buen lugar si me toca serlo. Y un día, nuestros dones harán felices a los ángeles.

Dinámicas adolescentes y grupos de rock.

Esta es una experiencia que he tenido varias veces en grupos de 2º ciclo de la ESO, normalmente mi tutoría, pero también ha venido al caso en grupos de los que era simplemente la profesora de inglés. Aquí voy a poner solo la «teoría» del asunto, de una forma esquemática y simple, y si alguien quiere convertirlo en algo más interactivo y que genere participación guiada de los alumnos, me encantará conocer vuestras opiniones.

Se parte de haber escuchado música rock de buena calidad en clase. Puede haberse usado como ejercicios de comprensión auditiva en clase de inglés, como fondo agradable mientras estudian o hacen ejercicios, o para trabajar valores diversos. Mientras lees, te recomiendo que escuches cualquier canción de Queen, que son un ejemplo válido para lo que voy a contar.

A la clase les cuento lo siguiente: en un grupo de rock tienes casi siempre cuatro miembros (a veces tienes tres, como en The Police), y cada uno de ellos tiene una personalidad, y unas fortalezas y flaquezas que afectan al grupo. Lo importante no son las personalidades, porque esto no es un horóscopo, sino las dinámicas que se crean.

El cantante quiere el protagonismo. Es un MÍRAME A MÍ, SÍ, A MÍ. Puede que tenga un talento especial o puede que no, pero sabe ser la estrella, y tiene capacidades de liderazgo. Normalmente ha creado el grupo (hay excepciones, como Bono, cantante de U2, que contestó a un anuncio que puso Larry Mullen Jr, que acabó de batería). Esta necesidad de atención genera tensiones con el antilíder o contra-líder: el guitarrista. Éste es «el segundo», quizá el mejor amigo del cantante, pero también su rival. Tiene algún tipo de talento fácil de identificar, pero suele faltarle esa chispa (hay muy pocas excepciones, diría que una es Sid Vicious). ¿Cómo resolver esto? En lo musical, con el solo de guitarra a mitad de canción. El guitarrista tiene su medio minuto de protagonismo, en el concierto los fans le aplauden, el cantante recupera su micro para redondear y cerrar la canción, y todos contentos. Y en lo no musical, seguro que si se plantea en clase todo el mundo puede pensar en momentos en los que hace falta ceder protagonismo.

Luego tenemos a la parte que lleva el ritmo. Un cantante solo no hace nada, necesita un batería y un bajo, y a veces una segunda guitarra. Vayamos a por el bajo: los bajistas son «los raros». Son gente original y creativa que toca un instrumento bastante cerebral, acotado, que da ritmo pero que no se descontrola, no aparenta mucha energía como la percusión. En el ejemplo para mis clases el bajista es «como ese amigo nuestro que va un poco a su rollo pero cuando está todo sale mejor», o «como ese amigo que ni se lo nota pero a veces tiene un momentito fugaz, brillante, y deja a todos con la boca abierta». El ejemplo musical de «protagonismo» del bajo serían estas canciones que empiezan con el bajo casi solo, y una vez todos escuchan y la pauta está marcada, entran cantante y guitarra a sacar pecho. El bajo está tranquilo y feliz porque sabe que sin él se llevarían a matar y habría una cacofonía horrorosa. Siempre hay excepciones, como Paul McCartney, Sting o Roger Waters, de bajistas que cantan o componen.

El batería, finalmente, es el pegamento del grupo. Sin bajo te las apañas mal; sin percusión no tienes rock, tienes otra cosa. Es el que lo mantiene todo unido y el que más se nota si no está, incluso más que el cantante: hay música instrumental, pero no hay música sin ritmo. Como me ha dicho Diego P Castro, los baterías son gente muy energética y activa; en mi analogía no se trata de si tienen esa característica en su personalidad sino de si prefieren trabajar en grupo, discretamente y sin destacar por algo personal.

Desde estas cuatro pequeñas explicaciones, que se pueden acompañar de ejemplos musicales clásicos o modernos y conocidos por el alumnado, se pueden plantear dinámicas o debates sobre cómo se sienten ellos, cómo ven a sus amigos, qué pasa cuando todos queremos ser «estrellas del rock» y ocupar toda la atención todo el tiempo, qué pasa si todos queremos quedarnos en la sombra. Y hay que dejar claro que hablamos de roles en el grupo, no de características estables de la personalidad: los divos del aula quizá son el batería de su relación de pareja, por ejemplo.

El efecto de la metáfora sobre la clase es muy positivo. Los alumnos que siempre intentan acaparar la atención entienden que tienen que ceder y no se sienten ofendidos, sobre todo los que han sido ridiculizados por ello, y los que suelen mediar espontáneamente en sus peleas se sorprenden al descubrir que la profesora sabe que han estado ahí todo el tiempo. Los tímidos se sienten «baterías» y una parte valiosa del grupo. Y alguna vez me he enterado de que en sus perfiles de redes sociales han puesto después frases del estilo «Hoy me han dicho que soy una superestrella del rock… yeah».

Cerrar capítulos

Glasgow clock

He vivido en tres países y ocho casas; diez mudanzas, o un número en realidad infinito, porque la vida de los tres a los trece años nunca cerró la maleta.

Se me da bien llegar, me adapto enseguida. Se me pegan trozos del acento, añadiendo giros sueltos al collage anterior. Los nuevos amigos (más los extranjeros que los españoles) notaban qué rápido llamo «mi casa» a un piso sin amueblar. Llego bien, me voy casi siempre a disgusto, y cuando aterrizo en el siguiente destino, empiezo un capítulo nuevo. Desde cero.

Esta adaptación tiene sus partes siniestras. Además de no sentirme de verdad de ningún sitio (no, de Sevilla tampoco), me acostumbro fácilmente a cerrar fases. Como si fueran capítulos. Esto afecta a más cosas que las mudanzas: relaciones y aficiones que a veces terminan, carpetazo, y como si nunca hubieran existido.

No es que se me dé mal mantener relaciones a distancia. Siempre hay amigos queridos que hacen de ancla sujetándome a algún lugar al que quiero volver. Es más bien la sensación de «hasta aquí hemos llegado», de final absoluto, cuando no continúo algo que había sido vital hasta entonces, y cómo los reencuentros, cuando los hay, parecen relecturas de libros terminados hace muchísimo tiempo. Esa otredad. Aquella amiga, aquel grupito, los años dedicados obsesivamente a una afición, ¿realmente me ocurrieron a mí? ¿tanto me importó todo eso?

Toca cambiar de agenda de papel, lo que más se parece a esos cierres de capítulo,  y lo que se queda atrás provoca a veces la satisfacción de dejarlo todo limpio y ordenado, y a veces algo de pena. Este año es de los segundos.

Quiero hacer cambios y empezar proyectos sin cerrar ningún libro, sin terminar ninguna de las relaciones que tengo ahora.

Quiero empezar, pero no desde cero.

No quiero sentirme a la deriva.

Ancladme.

Ghazal del cuchillo

La mejor herramienta es un cuchillo.

Déjame que te enseñe a coger un cuchillo.

Siente el peso del mango en la mano.

Si es de una sola pieza, mejor es el cuchillo.

Cada uso requiere distinto diseño.

Aún así, es bueno que sean grandes, los cuchillos.

Vigila a los niños. Enséñales bien.

Puede ser peligroso darles un cuchillo.

Concentración y una tabla.

Relaja y distrae picar a cuchillo.

Pueden ser algo siniestros. Lo admito.

Nunca me he visto al otro lado del cuchillo.

La rabia que ves llegar.

Para estar en forma, usa todos tus músculos, de todas las maneras. Para mantener la mente ágil, usa todas tus habilidades. Y por supuesto, tienes que pasar por todas tus emociones. Están para eso. Se pueden exteriorizar más o menos, eso depende de ti, y de las circunstancias, eso no importa. Pero siéntelas. A veces, siéntelas mucho.

Ni pensamiento positivo, ni estoicismo, ni tonterías: las emociones negativas tienen su momento. Como el picante en la lengua, el dolor que avisa de que algo no va bien, los pliés que me machacan las rodillas y los cuádriceps, el frío, la gripe, la muerte.

Sí, echas de menos, reconócelo. Sí, estás enfadada. ¿Quieres gritar y no puedes? No grites. Pero que la furia te invada. Dale color y forma. Siéntela subir y rodearte. Haz que salga de ti, o que te inunde. Como tú veas. Sí, sientes envidia y sabes que está mal, añade culpa y haz una ensalada con las dos. Procésalas, examínalas, rómpelas, trágalas, digiérelas, decide si merece la pena conservarlas, dales tiempo a acomodarse en los recovecos de tu cabeza.

Dales su momento. Cuando corres y te quedas sin aire, sabes parar, ¿no? Haz eso con la pena. Cuando ya no sirva para nada, la guardas. Pero primero, dale una oportunidad.