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Dinámicas adolescentes y grupos de rock.

Esta es una experiencia que he tenido varias veces en grupos de 2º ciclo de la ESO, normalmente mi tutoría, pero también ha venido al caso en grupos de los que era simplemente la profesora de inglés. Aquí voy a poner solo la “teoría” del asunto, de una forma esquemática y simple, y si alguien quiere convertirlo en algo más interactivo y que genere participación guiada de los alumnos, me encantará conocer vuestras opiniones.

Se parte de haber escuchado música rock de buena calidad en clase. Puede haberse usado como ejercicios de comprensión auditiva en clase de inglés, como fondo agradable mientras estudian o hacen ejercicios, o para trabajar valores diversos. Mientras lees, te recomiendo que escuches cualquier canción de Queen, que son un ejemplo válido para lo que voy a contar.

A la clase les cuento lo siguiente: en un grupo de rock tienes casi siempre cuatro miembros (a veces tienes tres, como en The Police), y cada uno de ellos tiene una personalidad, y unas fortalezas y flaquezas que afectan al grupo. Lo importante no son las personalidades, porque esto no es un horóscopo, sino las dinámicas que se crean.

El cantante quiere el protagonismo. Es un MÍRAME A MÍ, SÍ, A MÍ. Puede que tenga un talento especial o puede que no, pero sabe ser la estrella, y tiene capacidades de liderazgo. Normalmente ha creado el grupo (hay excepciones, como Bono, cantante de U2, que contestó a un anuncio que puso Larry Mullen Jr, que acabó de batería). Esta necesidad de atención genera tensiones con el antilíder o contra-líder: el guitarrista. Éste es “el segundo”, quizá el mejor amigo del cantante, pero también su rival. Tiene algún tipo de talento fácil de identificar, pero suele faltarle esa chispa (hay muy pocas excepciones, diría que una es Sid Vicious). ¿Cómo resolver esto? En lo musical, con el solo de guitarra a mitad de canción. El guitarrista tiene su medio minuto de protagonismo, en el concierto los fans le aplauden, el cantante recupera su micro para redondear y cerrar la canción, y todos contentos. Y en lo no musical, seguro que si se plantea en clase todo el mundo puede pensar en momentos en los que hace falta ceder protagonismo.

Luego tenemos a la parte que lleva el ritmo. Un cantante solo no hace nada, necesita un batería y un bajo, y a veces una segunda guitarra. Vayamos a por el bajo: los bajistas son “los raros”. Son gente original y creativa que toca un instrumento bastante cerebral, acotado, que da ritmo pero que no se descontrola, no aparenta mucha energía como la percusión. En el ejemplo para mis clases el bajista es “como ese amigo nuestro que va un poco a su rollo pero cuando está todo sale mejor”, o “como ese amigo que ni se lo nota pero a veces tiene un momentito fugaz, brillante, y deja a todos con la boca abierta”. El ejemplo musical de “protagonismo” del bajo serían estas canciones que empiezan con el bajo casi solo, y una vez todos escuchan y la pauta está marcada, entran cantante y guitarra a sacar pecho. El bajo está tranquilo y feliz porque sabe que sin él se llevarían a matar y habría una cacofonía horrorosa. Siempre hay excepciones, como Paul McCartney, Sting o Roger Waters, de bajistas que cantan o componen.

El batería, finalmente, es el pegamento del grupo. Sin bajo te las apañas mal; sin percusión no tienes rock, tienes otra cosa. Es el que lo mantiene todo unido y el que más se nota si no está, incluso más que el cantante: hay música instrumental, pero no hay música sin ritmo. Como me ha dicho Diego P Castro, los baterías son gente muy energética y activa; en mi analogía no se trata de si tienen esa característica en su personalidad sino de si prefieren trabajar en grupo, discretamente y sin destacar por algo personal.

Desde estas cuatro pequeñas explicaciones, que se pueden acompañar de ejemplos musicales clásicos o modernos y conocidos por el alumnado, se pueden plantear dinámicas o debates sobre cómo se sienten ellos, cómo ven a sus amigos, qué pasa cuando todos queremos ser “estrellas del rock” y ocupar toda la atención todo el tiempo, qué pasa si todos queremos quedarnos en la sombra. Y hay que dejar claro que hablamos de roles en el grupo, no de características estables de la personalidad: los divos del aula quizá son el batería de su relación de pareja, por ejemplo.

El efecto de la metáfora sobre la clase es muy positivo. Los alumnos que siempre intentan acaparar la atención entienden que tienen que ceder y no se sienten ofendidos, sobre todo los que han sido ridiculizados por ello, y los que suelen mediar espontáneamente en sus peleas se sorprenden al descubrir que la profesora sabe que han estado ahí todo el tiempo. Los tímidos se sienten “baterías” y una parte valiosa del grupo. Y alguna vez me he enterado de que en sus perfiles de redes sociales han puesto después frases del estilo “Hoy me han dicho que soy una superestrella del rock… yeah”.

Cerrar capítulos

Glasgow clock

He vivido en tres países y ocho casas; diez mudanzas, o un número en realidad infinito, porque la vida de los tres a los trece años nunca cerró la maleta.

Se me da bien llegar, me adapto enseguida. Se me pegan trozos del acento, añadiendo giros sueltos al collage anterior. Los nuevos amigos (más los extranjeros que los españoles) notaban qué rápido llamo “mi casa” a un piso sin amueblar. Llego bien, me voy casi siempre a disgusto, y cuando aterrizo en el siguiente destino, empiezo un capítulo nuevo. Desde cero.

Esta adaptación tiene sus partes siniestras. Además de no sentirme de verdad de ningún sitio (no, de Sevilla tampoco), me acostumbro fácilmente a cerrar fases. Como si fueran capítulos. Esto afecta a más cosas que las mudanzas: relaciones y aficiones que a veces terminan, carpetazo, y como si nunca hubieran existido.

No es que se me dé mal mantener relaciones a distancia. Siempre hay amigos queridos que hacen de ancla sujetándome a algún lugar al que quiero volver. Es más bien la sensación de “hasta aquí hemos llegado”, de final absoluto, cuando no continúo algo que había sido vital hasta entonces, y cómo los reencuentros, cuando los hay, parecen relecturas de libros terminados hace muchísimo tiempo. Esa otredad. Aquella amiga, aquel grupito, los años dedicados obsesivamente a una afición, ¿realmente me ocurrieron a mí? ¿tanto me importó todo eso?

Toca cambiar de agenda de papel, lo que más se parece a esos cierres de capítulo,  y lo que se queda atrás provoca a veces la satisfacción de dejarlo todo limpio y ordenado, y a veces algo de pena. Este año es de los segundos.

Quiero hacer cambios y empezar proyectos sin cerrar ningún libro, sin terminar ninguna de las relaciones que tengo ahora.

Quiero empezar, pero no desde cero.

No quiero sentirme a la deriva.

Ancladme.

Ghazal del cuchillo

La mejor herramienta es un cuchillo.

Déjame que te enseñe a coger un cuchillo.

Siente el peso del mango en la mano.

Si es de una sola pieza, mejor es el cuchillo.

Cada uso requiere distinto diseño.

Aún así, es bueno que sean grandes, los cuchillos.

Vigila a los niños. Enséñales bien.

Puede ser peligroso darles un cuchillo.

Concentración y una tabla.

Relaja y distrae picar a cuchillo.

Pueden ser algo siniestros. Lo admito.

Nunca me he visto al otro lado del cuchillo.

La rabia que ves llegar.

Para estar en forma, usa todos tus músculos, de todas las maneras. Para mantener la mente ágil, usa todas tus habilidades. Y por supuesto, tienes que pasar por todas tus emociones. Están para eso. Se pueden exteriorizar más o menos, eso depende de ti, y de las circunstancias, eso no importa. Pero siéntelas. A veces, siéntelas mucho.

Ni pensamiento positivo, ni estoicismo, ni tonterías: las emociones negativas tienen su momento. Como el picante en la lengua, el dolor que avisa de que algo no va bien, los pliés que me machacan las rodillas y los cuádriceps, el frío, la gripe, la muerte.

Sí, echas de menos, reconócelo. Sí, estás enfadada. ¿Quieres gritar y no puedes? No grites. Pero que la furia te invada. Dale color y forma. Siéntela subir y rodearte. Haz que salga de ti, o que te inunde. Como tú veas. Sí, sientes envidia y sabes que está mal, añade culpa y haz una ensalada con las dos. Procésalas, examínalas, rómpelas, trágalas, digiérelas, decide si merece la pena conservarlas, dales tiempo a acomodarse en los recovecos de tu cabeza.

Dales su momento. Cuando corres y te quedas sin aire, sabes parar, ¿no? Haz eso con la pena. Cuando ya no sirva para nada, la guardas. Pero primero, dale una oportunidad.