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El Festín de Babette

Babette prepara el postre de su festín.

Las películas navideñas que merecen la pena dan ganas de verlas año tras año, y El Festín de Babette es una de ellas. Tiene además el encanto de ser una película «para adultos» de la que me hablaron bien sin que pudiera verla en mucho tiempo, hasta la llegada del DVD, así que me llegó con estatus de culto, y encima no me decepcionó.

Hasta hace poco me la ponía de fondo mientras decoraba la casa en Navidad. Ahora tengo que buscar algún momento tranquilo para verla a solas porque nadie más comparte mi fervor por las experiencias de Babette y un puñado de fanáticos protestantes.

Me gusta el lugar de la acción: el quinto pino, los montes de Armenia, allá donde Cristo perdió el mechero. Un sitio muy bonito pero donde no se le ha perdido nada a nadie, donde vienes a evangelizar o a huir y donde sabes que todo lo interesante ha terminado. No es que yo viva en el monte, pero sí estoy algo lejos de todo lo que me atrajera antes de llegar aquí. Me identifico con ese cantante francés que viaja a ver si la soledad lo cura más que con el militar que lo siente como un destierro. Yo creí que estaba de paso, hasta que decidí echar raíces de papel en forma de hipoteca. Una de las ventajas en acabar convertida en el viejo predicador es que quien viene aquí viene a verme: aquí estamos el mar y yo.

Las dos hermanas. A veces siento en la película una sombra de rivalidad o envidia. Otras solo veo amor y la entrega a la causa que heredaron de su padre. La tentación de una salida gloriosa, sensual, y efímera: una en el amor y la otra en el canto. La resolución es un poco diferente. El enamorado de Martine se marcha sin que ella pueda objetar; Filippa renuncia, y aunque las circunstancias sean igual de forzadas, al menos salva su dignidad y escoge ella. Además, solo de Filippa se nos dice que lo que tiene es un don. El padre también lo tiene y a él sí se le da la oportunidad de cultivarlo y sacarlo a la luz. Esto me hace preguntarme si todos tenemos alguno, si es necesario trabajar en ellos, y claro, en si tengo alguno yo, o quienes me rodean. Llevo dos años viviendo al día; el horizonte más lejano son los márgenes de una hora en los que el bebé duerme y yo escojo entre tareas de la casa o alguna distracción que me permita poner la mente en blanco. Y no se trata solo de falta de tiempo; hay cosas para las que he aceptado que nunca tuve habilidad alguna, o que me suponen un esfuerzo tan grande que no puedo hacerles frente; otras me provocan tal inseguridad que son, de momento, imposibles. Mientras tanto, otras personas crean arte o cambian el mundo. Yo observo el resultado final y suelo enterarme la última.

Entra Babette. Al principio parece que no se entera de nada. Es una extraña que se adapta como puede. De qué me sonará a mí esto. Llevo diez años o más viendo esta película, y solo me he identificado con Babette recientemente. Es demasiado lejana, como un hada madrina. Nadie sabe cuáles son sus sueños y sus intereses hasta el final, y tiene poderes casi mágicos, no solo para cocinar. Hay gente con la capacidad de alegrar o tranquilizar a los demás solo con estar ahí. Este año he tenido la oportunidad de convivir brevemente con alguien con una habilidad similar, que a veces envidio. No termino de sentirme a gusto con ser la cabeza caliente, aunque he aprendido a juntarme con quien pueda apreciarlo, y a bajar la potencia cuando me siento muy cómoda.

En cualquier caso, desde hace un par de años me veo mucho más en el lugar de Babette. La cocina como salida a la creatividad. Sentirme en los márgenes de la acción principal sin que eso sea necesariamente malo. Ser quien cuida, quien está mientras otros hacen. Quizá la parte negativa es que la obra que se deja es efímera. Eso une tanto a Filippa y a Babette; el don para lo efímero y una capacidad de hacer felices a los demás que quizá ha quedado desaprovechada. ¿Es suficiente hacer feliz a muy poca gente?

La película lleva la mitad justa cuando empiezan los preparativos del festín. Babette se va del pueblo un par de semanas, por primera vez en 14 años. Justo lo que hacía falta para que se note qué pasa cuando no está. Y a continuación, a preparar el banquete.

El menú es lo de menos. Todos los años me digo: “pues me podría armar de valor y prepararlo, no son tantos platos”… No, este año tampoco va a ser. Además, lo importante no es qué se prepara, como se nos ha enseñado con las gachas de pan y cerveza. Los puritanos rehúyen los exóticos platos franceses, y es fácil burlarse del miedo al placer cuando está motivado por la ignorancia, pero ¿cuántas veces hemos evitado algo bueno por cobardía? ¿cuántas veces hemos deseado algo que nos iba a hacer daño? Nah, al final también somos como esas ancianitas asustadas.

Llegado el final, con todos a la mesa, tras muchas copas de vino, el militar, ahora viejo, cita a su manera al predicador, recordando sus frases más amables. La misericordia y la verdad se han encontrado. La justicia y la dicha se besarán mutuamente. En nuestra humana debilidad, creemos que debemos elegir en esta vida. Y temblamos ante el riesgo que corremos. Conocemos el temor, pero no. Nuestra elección no importa nada. Llega un tiempo en el que se abren nuestros ojos. Y llegamos a comprender que la misericordia y la gracia son infinitas y lo único que debemos hacer es esperar con confianza y recibirla con gratitud. La misericordia y la gracia no ponen condiciones y dirá: Todo lo que hemos elegido nos ha sido concedido y todo lo que rechazamos también nos lo es dado. Sí, incluso se nos devuelve aquello que rechazamos, porque la misericordia y la verdad se han encontrado. Y la justicia y la dicha se besarán.”

No hace falta compartir la religión de los personajes para entender que en el ambiente adecuado, todo es posible. Cuidar de los demás, cumplir con las obligaciones sin que nos opriman, encontrar un lugar propio, ser felices aunque sea a ratos.

Seré un buen lugar si me toca serlo. Y un día, nuestros dones harán felices a los ángeles.

El cristianismo, un complicado club de fans

Diagrama color

Esa fiesta con globos de la imagen es un esquema de las variedades y ramificaciones más importantes del cristianismo. No están todas. Sólo la Iglesia Católica es única, todas las demás tienen más variaciones teológicas y más organizaciones independientes dentro.

Todo lo que está dentro del cuadrilátero es cristianismo. He excluido deliberadamente a Testigos de Jehová y Mormones, digan ellos lo que digan. De fuera a dentro, ¿quiénes son los unitarios? pues un conjunto de iglesias que tienen en común no creer en la Trinidad. De ahí se deduce que no creen, dudan, o consideran irrelevante el estatus divino de Jesús. Conozco la Iglesia Unitaria Universalista de EEUU y tienden a ser muy progresistas; por ejemplo, en su equivalente a la confirmación de los adolescentes, los chicos hacen una lista de en qué creen y en qué han decidido que no creen.

El óvalo rosa no tiene nombre; son las iglesias más antiguas. Comparten dos rasgos fundamentales: primero, la necesidad de intermediarios altamente cualificados entre las personas y Dios. Esto se ve en casi todos los aspectos de la práctica de la religión. En lo privado, es frecuente no rezar a Dios sino a santos, porque tienen una relación especial con Dios. Cuando un católico reza a Santa Lucía o un ortodoxo a la Virgen María, no le piden a estas dos señoras que cumplan algo: le piden a ellas, ya que tienen a Dios más a mano, que le pidan a Dios ese favor de su parte. Esto se llama «interceder». En lo público, no hay casi nada que un católico o un ortodoxo pueda hacer frente a frente con su Dios, ni siquiera leer los textos sagrados, que sólo deben ser interpretados por los expertos, es decir por los curas. Leer la Biblia está permitido, pero no se anima a los creyentes a ello.

El segundo rasgo fundamental que comparten es la salvación por las obras. Los católicos mantienen sobre el tema un sí-pero-no porque llevan alrededor de un siglo copiando detallitos protestantes para que no se les escape el rebaño definitivamente, pero la idea básica es ésta: para ir al cielo hay que ser un cristiano bautizado que ha sido «bueno», que ha realizado actos bondadosos o inversamente, que no ha cometido pecados graves. Además están los sacramentos, que son una serie de actos de valor sagrado que debe realizar en todos los casos menos dos (bautismo y matrimonio) un profesional.

La diferencia entre coptos, que son cristianos egipcios; ortodoxos, y católicos es sobre todo histórica. Los ortodoxos son más conservadores y están más apegados a lo ritual. Pero teológicamente hay poca diferencia.

Vayamos ahora al óvalo amarillo. Los protestantes se definen bien por oposición a los católicos. Lo primero: no hay nada entre Dios y el creyente. ¿Que hay santos? Haz lo que quieras, pero nada te distingue de un santo, nada te impide rezarle tú, directamente, a Dios. La Biblia está para leerla y es el único texto que cuenta. Otras personas, curas, teólogos o no, pueden haber escrito libros que te inspiren, pero no los necesitas. A los curas tampoco los necesitas: el cura, ministro o pastor sabe más que tú porque para eso ha estudiado, y hay un par de cosas que ellos están habilitados para hacer y la gente corriente no, pero NO es un intermediario entre Dios y tú.

Despejemos a los anabaptistas: ellos no se dan este nombre, que da a entender que no bautizan. Son un conjunto de iglesias muy distintas entre sí que niegan la validez del bautismo de los menores de edad. Suelen ser profundamente pacifistas. Aquí están los Amish y los Menonitas; hay menonitas que viven como los Amish de las películas y menonitas perfectamente integrados en la sociedad occidental.

Los protestantes de tradición luterana y los de tradición calvinista se distinguen en una cosa muy importante: cómo se consigue la salvación. No es por las obras, como en el caso de los católicos.

Lutero vino antes y llegó a una conclusión lógica que personalmente le interesaba. Si Dios es infinitamente bueno, y los seres humanos somos pecadores, y él asume que todos los pecados son igual de graves, entonces ¿cómo nos salvamos? Según él, por la fe. Si eres cristiano, al cielo de cabeza. Fácil, ¿verdad? Hay actos buenos y malos, la moral existe, por supuesto, pero para Dios lo mismo da cotillear que decir mentiras que cualquier cosa horrible que se te ocurra. El pecado es inevitable, no hay categorías de pecado, si eres creyente te salvas, y si no eres creyente, es opinable si te salvas o desapareces.

Los calvinistas son otra historia. Según Calvino, los seres humanos estamos tan corruptos en nuestra naturaleza que lo que nos salva no es la fe, es la voluntad de Dios. Unos se salvan, y otros no. Dios elige, Él sabra por qué, a los que se salvan, y esos elegidos se sabe quiénes son porque tienen una fe inquebrantable. Es decir: no es que dudar u obrar mal sean pecado: es que si no se tiene fe, se duda, o se cometen pecados, es un signo de que esa persona probablemente no ha sido elegida para salvarse.

Los anglicanos, también llamados episcopales, son protestantes luteranos que han decidido, en parte por una conveniencia histórica, conservar muchas características del catolicismo, especialmente rituales. La principal diferencia entre una misa católica y una anglicana es que el cura en la anglicana muy probablemente está casado y es posible que sea un mujer, pero en las fórmulas rituales apenas hay diferencia (en España sí, pero eso es una historia para otro día).

Los evangélicos son un grupo muy complejo. El evangelismo nació dentro del anglicanismo como un movimiento de renovación que daba énfasis a las obras sociales y a la responsabilidad personal para mejorar la sociedad, una cosa muy victoriana. Al tratarse de una renovación con un gran interés proselitista, se expandió y muchos evangélicos se aproximaron al calvinismo atraídos por su austeridad, y su énfasis en una relación personal con Dios que en el anglicanismo a veces se pierde al mantener los rituales y fórmulas del catolicismo. Cuando he oído decir a luteranos «en esa iglesia son muy evangélicos» suelen querer decir demasiadas cosas distintas: que utilizan un rito con pocas fórmulas y bastante improvisación, que va a haber canciones muy ñoñas y muchas palmas, que son calvinistas con un barniz de buen rollito, que son fundamentalistas, o muy dedicados al proselitismo. Lo que sí es verdad es que todas las iglesias que llevan «evangélica» en el nombre son de creación muy reciente y por eso mismo son más proselitistas, entusiastas, y practicantes que las demás.

Diagrama de Venn realizado por @sanfermina a partir de mis apuntes.