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El debate como herramienta educativa.

Este post puede entenderse como la segunda parte de este otro sobre la confusión adolescente entre opinión e información.

Hay una técnica de uso frecuente en el ámbito escolar, dentro del aprendizaje inductivo, que es el “debate”. Su dinámica se mueve en unas líneas básicas bastante constantes, da igual de qué estemos hablando. Pueden ser temas vistos en clase, en los que necesitas bastante información y es fácil equivocarte, como por ejemplo “cómo arreglaríamos el cambio climático”. También se puede tratar de cuestiones morales en una clase del tipo de Ética, o cuestiones que sí son pura opinión y no hay error posible como la organización de la clase, o dónde queremos irnos de excursión. Algunas características del debate en clase son que los alumnos tienden a dirigirse todos hacia el profesor, y tienen dificultad en escuchar a sus compañeros. También se asume que todo el mundo tiene derecho a hablar, da igual si está informado o no, y que todas las opiniones son válidas, o casi. Si la actividad es evaluable, no se evalúa el contenido de lo que se está diciendo, sino hacer el esfuerzo de intervenir o como mucho, que esa intervención sea articulada, coherente y respetuosa.

El “debate” escolar no tiene como propósito, en mi opinión, que el alumno que está argumentando “pena de muerte sí o no” o “Cómo solucionar el cambio climático” aprenda algo nuevo para él sobre dichos temas. Son una consecuencia inevitable y a menudo positiva de un sistema pedagógico más abierto e interactivo. Hay momentos, particularmente al principio o al final de un tema, en los que preguntar a la clase qué saben o qué opinan es útil y necesario. En una pregunta abierta como “Qué harías tú si fueras Lázaro de Tormes”, tienes que estar como mínimo situado en el contexto del tema que tratamos para saber qué decir. Finalmente, la expresión oral forma parte de los contenidos evaluables. Esto penaliza la timidez, pero hay que hablar de algo, lo que sea, para trabajar técnicas de expresión oral. Hablar alto y claro, respetar el turno… este tipo de cosas.

El problema es que hay gente que termina la Secundaria con un par de ideas erróneas. La primera, que “tengo derecho a dar mi opinión” significa “tengo derecho a opinar sobre cualquier cosa, porque todas las opiniones son válidas si se expresan con educación”. La segunda es “el debate es una herramienta educativa eficaz fuera del aula”.

Vayamos a por la primera. “Todas las opiniones son válidas”. Pues mira, no. Primero, hay opiniones que son un error respecto a los datos. “No hay cambio climático”, “la Tierra es plana”, o “las mujeres se han incorporado recientemente al mercado laboral” son falsas, enteramente falsas sin matices. Hay opiniones que van en contra de los derechos humanos o que son inmorales; por ejemplo, la pena de muerte o pegar a los niños. Hay opiniones basadas en falacias. Y así. Hay cuestiones sobre las que no se puede opinar sin datos y hay cuestiones (como los derechos humanos) que no son opinables). Ante esto está el “yo no creo en la verdad absoluta”, que solo revela que nuestro interlocutor piensa en términos de extremos: hay verdades absolutas u opiniones respetables, en lugar de un rango estrecho de opiniones válidas dentro de las admitidas por los datos.

A por la segunda. ¿Es el debate una técnica eficaz de adquisición de nuevos conocimientos? En una palabra: no. En una aula se adquieren más cosas que conocimientos. Cuando en clase tenías un “debate” a los catorce años sobre si es buena o mala idea que las musulmanas lleven velo, el objetivo de la profesora no era que el debate te llevara a aprender sobre el tema. Si hubiera querido que aprendieras por qué llevan velo, habría preguntado directamente a las chicas para que compartieran con la clase los motivos de su decisión, o te habría llevado textos de lectura sobre ello. No, cuando tenemos un “debate” mis objetivos como profesora son:

  1. En lenguas extranjeras, obviamente, el uso correcto de la lengua extranjera.
  2. El uso de una correcta expresión en el idioma que estés usando.
  3. El uso de las técnicas correctas para hablar en público: hablar alto y claro, dirigirte a tu interlocutor, el uso del lenguaje corporal que consideramos correcto, etc.
  4. Mantener una buena educación. Respetar el turno de palabra, no gritar, no insultar, no personalizar.
  5. Demostrar tu creatividad.
  6. Aprender a argumentar, a razonar, a detectar una argumentación fallida.
  7. Supongamos que nos hemos leído El Sí de las Niñas y vamos a debatir sobre la situación de la mujer en el S XVIII y ahora: si no te has leído la obra no puedes debatir. Me demuestras indirectamente que has leído y entendido la obra.

Es decir: nuestro objetivo no es que aprendáis algo, porque el debate es muy útil para aprender a expresarse pero bastante lento y pobre para adquirir conocimientos tal como se utiliza en términos escolares. El que piensa que aprende debatiendo fuera del aula no se da cuenta de que el debate que conoce, el escolar, tiene muchas limitaciones:

  1. El adolescente se siente ofendido si se indica que su opinión es un error. Para animar a la participación y evitar malentendidos del tipo “el maestro no me deja opinar”, se parte de la ficción, solo de puertas del aula para adentro,  de que todas las opiniones son válidas.
  2. El aula es el único lugar del mundo donde a tu interlocutor le importa muchísimo que hables. Que digas lo que sea, pero que hables. Y te va a felicitar (o a poner nota) por ello. El resto de interlocutores del resto de tu vida no te prestarán jamás atención de una manera tan intensa.
  3. Tu sensación es tener una conversación entre iguales. Esa sensación es falsa. En el debate de clase, el interlocutor, o según el caso, el moderador, es el docente, que ya ha tenido la misma conversación con otros grupos de alumnos, que se sabe la teoría, y que tiene el poder de moderar o interrumpir. Si aprendes algo no es tú solo: es porque te han guiado.
  4. Relacionado con esto: el profesor te está enseñando terminología aunque tú no te des cuenta. ¿No te has fijado que cuando “debates” fuera del aula a menudo la discusión se vuelve hacia qué significan las palabras? Eso es porque no tienes ni conocimientos suficientes, ni un moderador a mano.
  5. Cuando quieres aprender en un debate fuera del aula, olvidas que tu interlocutor no es un profesor que tiene la obligación de enseñarte y que ha planeado dedicar tiempo a la discusión abierta.

Resumiendo: el debate como herramienta educativa útil fuera del aula necesita un moderador, una discusión entre iguales que ya dominan el tema del que van a hablar, respeto, tiempo, y la voluntad de no “quedar por encima” simplemente contradiciendo lo que el contrario presenta. Y quienes aprenden normalmente no son quienes debaten, sino su público. Cualquier otra cosa puede ser una pelea, una conversación o lo que quieras, pero no es un debate fructífero como técnica de aprendizaje. Y cansar a otra persona contradiciendo todo lo que dice no es un debate: es portarse como un niño demandando atención.

Control del discurso, otra más: demuéstramelo.

Voy a traducir, con el amable permiso de la autora, una serie de tweets de Bayley the Bookworm, conocida en Twitter como . La secuencia completa está en inglés aquí.

¿Qué es lo que les pasa a los tíos que piensan que pueden exigir que las mujeres “demuestren” su experiencia? (ya sé lo que les pasa a los tíos, no estoy preguntando de verdad). Es importante recordar que cuando un tío dice “demuéstralo”, lo que quiere decir es “no voy a aceptar ninguna prueba que puedas darme”. ¿Tu experiencia personal? No basta. ¿Experiencias de varias mujeres? No basta. ¿Encuestas? No basta. ¿Estudios científicos? No basta. ¿Otro tío que te da la razón? Quizá funcione, a veces.

Es porque no se trata, de verdad, de que los tíos quieran pruebas. Saben que las hay. Lo que quieren es agotarte, es un juego de poder. Saben que sus voces tienen más peso, así que dan por hecho que pueden exigir trabajo emocional e intelectual para divertirse. Ya se han declarado árbitros de si tu experiencia cuenta o no, y ya han decidido que no.

Añadiría esto a algo dicho por @undivaga, y cito de memoria. Quien te pide que clarifiques más de una vez o dos no quiere entenderte mejor, quiere agotarte.

Hombres que me han enseñado sobre feminismo

Mi padre. Porque si el feminismo es la idea radical de que las mujeres somos seres humanos, el primero que me trató como tal fue mi padre.

Mi marido. El porqué sería largo de contar.

Tres de mis ex. Me enseñaron a gustarme. Y no deseaban “hacerme” cosas. Deseaban mi sí y me enseñaron a consentir en lugar de a dejarme hacer.

Joss Whedon. No soy su mayor fan, precisamente, pero me gusta cómo trabaja con sus ideas de “mujer fuerte”. Las series serían más aburridas sin él.

Charles Dickens. No era feminista; él quería un patriarcado amable. Se aprende mucho observando en sus novelas porqué eso es imposible.

Michael Kimmel. Autor de libros sobre roles de género. Le preocupa especialmente la masculinidad moderna. The Gendered Society es un libro suyo magnífico sobre sexismo.

James Eli Adams, catedrático de la Universidad de Cornell cuyo trabajo se centra en la masculinidad victoriana. También es un excelente profesor. Hay muchos buenos profesores y muchos victorianistas, pero me quedo con Adams porque me gustó verlo ejercer de padre de su hija.

Daryl Bem, otro profesor universitario en Cornell, éste de psicología. Me dio un curso breve pero intenso sobre formación de ideologías.

Bill, el marido de Suzanne, mi amiga que es cura episcopaliana. El primer hombre al que vi, en vivo y en directo, ser el apoyo logístico y emocional de su mujer y no al revés. Él compaginaba su propia carrera y sus hobbies con tener el rol de “cuidador” en la pareja. Sin problemas y sin alardes.

William Shakespeare, que inventó el personaje femenino con agencia. Exagero un poco, pero sólo un poquito.

Los comunistas en twitter. No todos, sólo algunos. Perdonad que no los mencione, prefiero no olvidarme de ninguno. Porque me recuerdan que no puedo hacer sólo feminismo para blancas y ricas.

Michel Foucault. Para recordar entre otras cosas que el sexo no libera. La libertad está en poder consentir o no.

Manuel Almagro y Brian Crews, profesores universitarios que me recomendaron a Jeanette Winterson. Otros editaron y publicaron mi artículo sobre una novela suya.

Donald Dutton escribió casi todo lo que sé sobre violencia de género. Miguel Lorente añadió otro poco. Juan José Millas remató con Hay algo que no es como me dicen.

Algunos feministas en twitter. No quiero dar nombres por si me olvido de alguno, pero ellos saben quiénes son. De su mirada de novato que se acaba de tomar la pastilla roja, de su odio por las injusticias, no sólo se aprende: se sacan fuerzas.

Algunos alumnos varones que no responden a los ideales de la masculinidad. “Hombres débiles”, como dice un hombre feminista; chicos no necesariamente amanerados ni homosexuales, pero que aún así, no responden a lo que se espera de ellos. Ellos lo saben. Procuran no llamar la atención. Estoy aprendiendo a convertir mi aula en un sitio donde puedan ser ellos mismos. Apenas estoy empezando.

Gustavo Bolívar, autor de la novela “Sin tetas no hay paraíso”. No os la perdáis. Buenísima.

Hayao Mizayaki, por tantas películas con buenos personajes femeninos, sobre todo con las mujeres más invisibles: las ancianas.

Roddy Doyle, novelista irlandés autor de entre otras “The Woman who Walked into doors”, una novela para mí con cualidades de exorcismo.

Michael Ende. Por Momo. Porque seguro que tuve mejor infancia que con un héroe masculino.

John Irving. Otro novelista. Porque en En Mundo Según Garp tuve mi primer contacto con feminismo pesimista, partidario de la segregación. Y en Las Normas de la Casa de la Sidra se habla de aborto como en ninguna otra obra de ficción que yo conozca.

Y tú, aliado posible, quién sabe si amigo, ¿vas a hablar de feminismo? ¿Vas a llamarte feminista? ¿Vas a enseñarme algo? ¿Vas a mejorar la vida de alguien? ¿Vas a echar abajo las injusticias a patadas? ¿O sólo piensas quedarte ahí, criticando?

Mamasplaining

por @undivaga.

—Me encanta cuidar del niño. Han sido cuatro meses maravillosos, pero lo cierto es que estoy muy cansada, apenas puedo dedicarme tiempo a mí misma.
—¿El padre no se ocupa del niño?
—Sí, cuando viene de trabajar, encima como ahora las cosas están tan mal siempre tiene que hacer horas extra y se tira 12 horas fuera de casa. Pero cuando viene de trabajar se ocupa él y la verdad es que caigo redonda. Eso sí, de noche me despierto igual, porque claro, tengo que darle la teta.
—¡Anda! ¿No se pilló baja paternal para ocuparse de todo lo que no sea la teta y dejarte descansar?
—No, tuvo el permiso ese de 15 días y gracias, está la cosa como para pillarse baja paternal.
—¿Y una excedencia sin cobrar? Vuestro hijo es lo más importante y tú tienes unas ojeras tremendas, te tienen abandonada.
—Ojalá pudiera pillarse una excedencia. ¿De qué viviríamos?
—Bueno, mujer, podríais pedir un préstamo a vuestros suegros, que tienen una buena pensión. Vuestro hijo es lo más importante. Un niño debería tener a ambos progenitores cuidándole a él y tú también te mereces que tu pareja te quite carga de encima para que puedas recuperarte del parto.
—No sé, lo veo muy complicado. Aunque le concedieran la excedencia es probable que se viera perjudicado en su trabajo. No me quiero imaginar que le echaran.
—¿Es que vuestro hijo no es lo más importante para vosotros? Los trabajos vienen y van. Además, no hace falta tener tantas cosas. No os hace falta un coche. Podéis ir en metro.
–Gracias, pero ya estamos realmente muy apretados. No entiendo tanta insistencia.
—Pues nada, que siga perdiéndose a su hijo.
—¿A qué viene tanta insistencia? Te he dicho ya que no podemos, ojalá pudiéramos, él cuidaría de su hijo encantado.
—Si realmente quisiera, estaría cuidándolo. Siempre hay excusas.

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¿A que este diálogo os parece completamente fuera de lugar? ¿A que percibís una persecución injustificada contra un simple padre de familia? Leed este otro diálogo.

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—Ha sido maravilloso cuidar de nuestro hijo los últimos cuatro meses. Es una pena que el padre se tenga que reincorporar ya al trabajo, le va a echar mucho de menos.
—Y está enorme, ¡altísimo! ¡Y qué sano! ¡Y siempre riendo!
—Menos mal que el padre se levantaba todas las noches a darle el biberón, yo me quedé destrozada tras el parto. Las horas de sueño extra me vinieron de lujo.
—¿No le diste el pecho?
—No, qué va, yo no producía leche suficiente y además desarrollé mastitis en ambos pechos, por lo que tuve que desistir en los primeros días.
—Eso no es verdad.
—¿Cómo?
—Todas las madres tienen leche suficiente.
—Te dijo que mi hijo se deshidrataba por momentos hasta que decidimos empezar con apoyos de leche en jeringa y después biberones. Además, tengo el pezón plano.
—¿Usaste pezoneras para intentar sacar la leche?
—Sí, también probé con las pezoneras, pero nada. No he sentido un dolor mayor en mi vida.
—Otra cosa que puedes hacer es probar distintas posturas. Sería que no probarías las posturas adecuadas.
—Acudí a todos los cursos de lactancia habidos y por haber, donde me explicaron las distintas posturas, y después del parto intentaron ayudarme varias matronas.
—Mira, te explico lo que hay que hacer (cinco minutos con enumeración de las cosas que se pueden hacer para dar el pecho), lo hacías mal, seguro. Todas pueden.
—Oye, te estoy diciendo que yo no pude, ¿por qué insistes? Tomé una decisión razonada en unas determinadas circunstancias y haces que parezca un capricho.
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Precisamente, lo que diferencia a un capricho de una decisión es que el primero no requiere motivos, es simplemente un deseo irracional que el sujeto quiere llevar a cabo, mientras que las decisiones se toman basándose en hechos y argumentos racionales. Las decisiones que toman las mujeres, sin embargo, suelen considerarse como si fueran caprichos, porque se las toma por niñas incapaces de razonar y necesitadas de un adulto que les dicte lo que hay que hacer. No ocurre así con los hombres.

Con el auge de la promoción de la lactancia materna (que, ojo, nadie duda de que a priori sea la mejor opción) existe un consenso no declarado en que lo racional es la lactancia materna (en adelante, LM) y que quien da lactancia de fórmula (en adelante, LF) lo hace por capricho. De cara a la galería se admiten unos pocos casos en los que es preferible la LF que pueden consultarse en este documento de la OMS  pero, claro, rara vez se le dirá a una madre con problemas reales para dar el pecho que ella se encuentra en uno de esos casos.

He visto, por ejemplo, auténticos ejercicios de tortura a mujeres con mastitis, que por cierto es un proceso muy doloroso, muchísimo, peor que el peor dolor de muelas. Dado que la OMS recomienda que se deje descansar la mama afectada según el criterio médico (en el criterio médico está el quid, es lo que permite todos los abusos) abre la puerta a la tortura de mujeres con dudoso criterio científico, porque la LM siempre es mejor, no importa cuánto duela, no importa cuánto sufrimiento provoque.

Las mujeres que abandonan la LM por diversos motivos (desde motivos laborales hasta una baja producción de leche) no suelen ser preguntadas acerca de estos motivos para incorporarlos a una estadística, a no ser que sean motivos de salud tan burros que no se puedan obviar fácilmente. Por ejemplo, un cáncer o una tuberculosis. Pero la inmensa mayoría de mastitis, pezones planos e hipogalactias pasarán a engrosar el capítulo de “vanos caprichos” de la madre, porque estos motivos sencillamente jamás aparecerán en un documento. Es más, cuando se realiza una búsqueda en Google de la palabra “hipogalactia” el primer resultado ya distingue entre hipogalactia verdadera e hipogalactia falsa, porque ya se sabe que las caprichosas mujeres no dudarán en exagerar o mentir con tal de satisfacer sus irracionales deseos.

hipogalactica

No existe el mismo grado de sospecha, ni por asomo, sobre los hombres que deciden no implicarse en el mismo grado que la madre en la crianza de sus hijos durante sus primeros meses de vida, que además son una inmensa mayoría. Si ellos dicen que no pueden, no pueden y punto. A ellos no se les pide que pasen a explicar por enésima vez todas las circunstancias que les llevaron a tomar esa decisión porque se les toma por adultos responsables. Nosotras, en cambio, debemos volver a explicarnos siempre, ante profesionales médicos, ante hombres y mujeres, ante amigas, incluso ante desconocidas. Y debemos estar dispuestas, siempre, a escuchar consejos ajenos ya cien mil veces escuchados. Porque somos niñas y porque somos ignorantes. Porque siempre lo seremos.

¿Qué es el mansplaining?

El término “mansplaining” fue creado por la escritora Rebecca Solnit, que en este artículo tan de “me río por no llorar” cuenta cómo un señor le dijo insistentemente que debía leer un libro… que ella misma había escrito, y del que él sólo conocía la reseña en el periódico. Desde entonces, algunas feministas hemos usado esa palabra u otras para referirnos a lo que pasa cuando un hombre nos intentadar lecciones sobre algo que conocemos mejor que él.

Esta semana en Esceptica.org hacían un análisis del mansplaining muy interesante. La autora consideraba algo que yo también he pensado: hay explicaciones que no son bienvenidas pero no son necesariamente machistas. Ya que podemos decir sobreactuar, sobreexplotar, y palabras parecidas, ¿por qué no llamar “sobreexplicar” a todas las explicaciones que no queremos oír? Por ejemplo: un día te equivocas haciendo una receta que haces a menudo y en casa, tu madre te dice cómo se hace la receta de arriba a abajo. Muchas veces, cuando nos equivocamos en algo que hacemos regular, la repetición de explicaciones teóricas no sirve para nada y molesta. Otro ejemplo: quiero que un amigo me arregle la cámara y mi amigo me da los detalles técnicos de por qué se ha roto. No quiero hablar de cacharros, si te entiendiera la arreglaría yo, sólo quiero saber si tiene arreglo y si me la puedes arreglar a cambio de un bizcocho, que está la cosa muy mal.

Ahora, ¿qué resulta verdaderamente discriminatorio, aun sutilmente? Estas son algunas pistas:

  • Rebatir o poner en duda experiencias personales. Si digo que el mansplaining existe porque lo he vivido, no me digas que no existe porque a ti no te pasa, porque otra mujer dice que no pasa, o porque has leído un libro que dice que no pasa.
  • Rebatir o poner en duda conocimientos y experiencias profesionales o académicas. A menos que seas un colega de profesión, no discutas lo que una mujer dice que es su trabajo.
  • Asumir que como-es-una-mujer no tiene conocimientos de un tema concreto.
  • Antes de intentar corregir algo que hace una mujer, piensa si no se lo habrán dicho mil veces y ya lo sabe. Por ejemplo “a los hombres también nos dicen que no tenemos ni idea de cocina”. Ya lo sé, muchacho.
  • ¿Es posible probar el motivo por el que estás en desacuerdo conmigo? “A lo mejor no te interrumpió porque eres una mujer. A lo mejor interrumpe así a todo el mundo”. Puedes hablar de cosas que no puedes demostrar, sí. Hacerlo para corregir no es constructivo.

Casi siempre, los casos verdaderamente fastidiosos son los de gente hablando de cosas de las que no tiene ni idea, y los de quienes no están realmente “explicando” algo, sino negando o quitando importancia a lo que otros dicen. No todos los hombres lo hacen, pero en los casos en los que ocurre pienso que no parte de un particular desprecio a la mujer, sino a un exceso de confianza poco corregido y una tendencia a convertir la conversación en discusión, mientras que a las mujeres se nos educa en la modestia, la falsa modestia, y un estilo conversacional mucho más cooperativo. Los hombres que dicen que la regla no puede ser para tanto, por poner un ejemplo de algo que ellos desconocen, no quieren ofender, ni hacer daño. Sólo están mal acostumbrados a opinar sobre lo que no entienden sin que nadie se lo critique.

Yo evito las acusaciones directas. Decir “¡Mansplaining!” como el que saca tarjeta roja es divertido, pero no sirve para nada. Prefiero hacer una pregunta directa sobre los conocimientos del muchacho en cuestión, o decir que ya lo sé (a veces, agresivamente). Enfrentados a su propio desconocimiento, arrogancia, o mala educación, es posible que nuestro explicador cambie su actitud. Aunque desgraciadamente, el silencio, cambiar de tema, o una sonrisa fascinada son el recurso principal para ahorrarnos infinidad de sobreexplicaciones. Es cuestión de saber elegir cuándo merece la pena pelear.

(*) NOTA: lo mismo podría decirse de otros privilegiados. He visto palabras como whitesplaining para decir “conducta de personas blancas que explican cómo deben sentirse a personas negras”.

EXTRA: Aquí un precioso diagrama de flujo, traducido con la ayuda técnica de @aphrabh, y tomado de More Women in Skepticism.

mansplaining

La carga del hombre blanco

En cualquier activismo feminista, es frecuente encontrar hombres con la colección completa de privilegios, que nos dicen “el patriarcado también me oprime a mí”. Queridísimo compañero, aliado en potencia, quién sabe si amigo: no vuelvas a decirme esa tontería nunca más si valoras mi tiempo. No vas a conseguir nada bueno.

Estás hablando con feministas. Sabemos de qué hablamos, conocemos el patriarcado y sus estrategias. No necesitamos tu explicación. Y no tienes que convencernos de nada: unas estamos de acuerdo y otras consideramos que tú pretensión es ridícula. Y qué? Te vamos a valorar por otras cosas. No hace falta que estés oprimido para formar parte de la lucha.

Muy importante: ninguna de nosotras, ni siquiera la más implicada en la transformación de la masculinidad, puede hacer nada por ti que no esté haciendo ya. Para luchar contra los estereotipos que te oprimen, debes cambiar TÚ el mundo que te rodea. Sin esperar reconocimiento alguno por ello, por supuesto.

Otra cuestión importante es que casi todos los ejemplos que pones de opresión masculina lo son en realidad de misoginia (no se te permite “feminizarte”) o de homofobia. ¿Por qué no intentas colaborar con el movimiento homosexual? Lee, infórmate, apúntate a una asociación en la que gusten los aliados heteros. Lucha para que nadie llame maricón a ese niño hetero que no juega al fútbol. Contigo llegaron tarde. No lo dejes tirado a él, a qué esperas.

Mansplainer bingo.

Bingo mansplainerQuerido novato en el proceloso mar de la discusión sobre feminismo: en este pequeño gráfico (diseño cortesía de @relatividad) tienes, para tu comodidad, algunas cosas muy elementales que puedes ahorrarte decir si estás discutiendo con una feminista. Hay más cosas que no queremos que digas, pero todas éstas destacan porque son errores o mentiras.

1 – ¿Las mujeres tienen privilegios?. Detállalos. Pon ejemplos muy concretos de privilegios que la mayoría de las mujeres, aquí, y a ser posible también en Yemen y en Vietnam, tienen respecto a la mayoría de los hombres.

2 – Deberías leer/ estudiar/ conocer tal o cual cosa: es más que probable que si una mujer está dispuesta a discutir en público contigo, sabe mucho sobre el tema en cuestión. Si la conversación tiene lugar con desconocidas por internet, podrían ser profesionales de lo que nombras.

3 – El feminismo debería encargarse de (este tema). O debería hacerlo con (este enfoque).  Aquí hay multitud de problemas. Para empezar, ¿tú que sabes qué hago cuando no estoy hablando contigo? Por otra parte, si no soy una experta, mejor que no me meta en ese aspecto del feminismo. Ya hay más gente en él. Y, para terminar, si crees que hay que arreglar algo, arréglalo tú.

(Aquí otra cosa distinta es que pertenezcas a un grupo concreto, con un número de miembros relativamente pequeño, y quieras cambiar qué hacen tus compañeras. Se aconseja el máximo tacto)

4 – Pero es que algunas mujeres han hecho (algo negativo que no es de lo que tu interlocutora habla). Esto es la falacia del hombre de paja: si estamos hablando de mis derechos laborales, o de que el feminismo es relevante y necesario, no me saltes con las denuncias falsas por violación, con el lenguaje inclusivo, o con que tu ex era de Valladolid, por donde pasa el Pisuerga.

5 – Ley de Godwin. Una analogía o comparación con los nazis hará pensar a cualquiera que no tienes argumentos.

6 – No os hacemos caso por vuestro tono: eso es, sencillamente, mentira. No me haces caso porque no te da la gana, y además, no te gusta mi tono. Si nos hicieras caso cuando bajamos el tono, esta conversación no habría necesitado empezar. Mi madre habría obtenido todo lo que reivindicó en su momento, y seríamos todos más felices.

7 – Pues en (país donde las mujeres son de color marrón) están peor.  En sus dos variantes: no te quejes que podría ser peor y ayúdalas. Ante lo primero: que las niñas etíopes mueran de hambre porque la comida es para sus hermanos no se va a resolver si yo dejo de hablar de cine.

Y segunda: la idea de “ayudar” a personas adultas e inteligentes es espinosa. Cada uno debe contribuir al bien común según sus posibilidades, y para informar-concienciar-educar sobre problemas sociales es importante tener un conocimiento profundo de nuestros interlocutores. Yo, aquí en España, no tengo derecho a entrometerme en cómo desarrollan sus luchas sociales en culturas muy distintas de la mía.  Las mujeres marrones encontrarán su camino libremente si evito ser racista y explotadora, y si las escucho como quiero que tú me escuches a mí.

Algo muy distinto es aprovechar las ocasiones de prestar ayuda real: por ejemplo, la más fácil es dar dinero a una ONG de confianza. Pero volviendo al tema inicial: mi obsesión con el test de Bechdel no perjudica a las mujeres egipcias o tailandesas. Y ¿qué estás haciendo tú por ellas, ya que estamos?

8 No tienes sentido del humor / no entiendes nuestro humor. Podemos entender un chiste, entender porqué te parece gracioso, y al mismo tiempo pensar que no tiene gracia porque incluye estereotipos que no nos gustan, o porque trata un tema como si fuera ridículo cuando para nosotras es real. Nos divierten otras cosas. Y aparte, si no tengo humor, ¿qué más da? ¿tengo por eso menos razón?

9 – Es que XYZ no es feminismo, es igualdad / sentido común. El feminismo es un movimiento de justicia social, que defiende, entre otras cosas, XYZ, y si XYZ existe, es porque lo han logrado feministas. Si eso consigue lo que tú llamas “la igualdad”, mira qué bien. Pero “igualdad” es un término espinoso (¿igualdad de quiénes?) y resbaladizo (igualdad ante la ley ya tenemos).

10 – ABC es simplemente cómo es el lenguaje, usar esa expresión no es machista. El lenguaje refleja cómo pensamos, y qué valores refleja la sociedad. Un ejemplo: “austero” significa “severo y ajustado a la moral; sencillo y sin alardes”. ¿Tiene eso algo que ver con los recortes y eliminaciones de servicios públicos de los últimos años? Pues no. Pero el discurso político nos ha dejado sin mejores palabras.

11 – Es que la RAE…. – La Real Academia Española es un club de 35 señores y 5 señoras. Todos son muy mayores, no todos son lingüistas (hay escritores y periodistas; ha sido dirigida por un médico), y tienden a una ideología conservadora. Opinan que “almóndiga” es una palabra correcta, que los pingüinos viven en el Hemisferio Norte, y que la palabra “género” no existe.

12 – YO no soy machista. Primero, que nadie se considera machista. Decir que no lo eres no es tema de conversación. Y casi todo el mundo tiene algún resto de conducta machista. Segundo, ¿estás completamente seguro de que estábamos hablando de ti?

13 – Pero si ya tenéis la igualdad, ¿qué más queréis? – Tenemos la igualdad ante la ley. Ahora queremos: que no nos violen, que no se piense que las tareas domésticas son cosa nuestra, igualdad laboral, y derechos parecidos a lo que ya tenemos las demás para las pobres, las lesbianas, las trans* y las de piel más oscura. Eso, para empezar.

14 – Estamos debatiendo. Si nuestro punto de partida es un desacuerdo frontal, el debate no sirve para nada. Y si estás intentando hablar sobre un tema que otra persona domina y tú no, no estáis igualados, y por lo tanto no hay debate, y a lo más que puedes aspirar es a que la otra persona tenga paciencia y ganas para educarte. ¿Suena mal? Imagina que quieres debatir sobre cine gore o sobre baloncesto. Con tu abuela. Así nos estás haciendo sentir.

15 – Cualquier mención de la palabra “hembrismo” – Si estás insultando, allá tú. Pero el hembrismo como “movimiento social que defiende la superioridad de la mujer respecto al hombre” sólo existe en tus pesadillas. A lo mejor es que estás usando la palabra para referirte a feministas que ofenden a tu sensibilidad. Veáse punto 6.

16 – Censura / Atacas mi libertad de expresión: Tú eres libre de expresarte, y yo de atacar tus opiniones. Sólo si te he amenazado, chantajeado, o en caso de comunicación online, hackeado, puedes decir que te estoy impidiendo expresarte. Si te molesta que te cuestionen, es problema tuyo.