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Los agradecimientos de la #tesiszombie

El germen de esta tesis está en la lectura infantil de obras que en ediciones resumidas o íntegras han estado en casa de mis padres desde que tengo memoria. Sólo por eso el primer agradecimiento es para mis padres. De mi madre ha sido, además, documentación médica.

Una parte fundamental de la documentación la obtuve en la Universidad de Cornell. Allí también tuve la generosa ayuda del profesor James Eli Adams, que me animó con lo más difícil, que es empezar. Mi introducción a la psicología vino del profesor Daryl Bem, que hizo atrayente un campo completamente nuevo para mí y me recomendó algunas lecturas. En Sevilla, el profesor Rafael Portillo hizo recomendaciones sobre la relación entre la novela victoriana y el teatro, y la importancia del melodrama.

Dice Umberto Eco en Cómo se hace una tesis que al director de una tesis no hay que nombrarlo en los agradecimientos porque sólo hace su trabajo, y se le presupone. Así que aquí sólo agradeceré a María Ángeles Toda Iglesia su paciencia y amabilidad. Puedo decir lo mismo de Ana Luisa Martín Bejarano. Las dos hacen mucho más de lo que se supone que es su obligación.

El profesor Carlos Portillo Fernández me prestó un libro con todas las ilustraciones originales de las novelas de Charles Dickens. Tras su muerte, tan lamentada, su hermano José Ramón quiso que lo conservara yo. Esas ilustraciones, aun quedando fuera del ámbito de estudio de esta tesis, han sido una inspiración que ha facilitado el análisis de los personajes.

Enrique Salom Marco sugirió cómo mejorar algunos aspectos de la bibliografía y a organizar fases finales del trabajo. Fernando de Sagarra me aclaró dónde buscar algunas comparaciones con la novela francesa. María García-Puente Sánchez localizó para mí documentación médica y me enseñó a usar PubMed. María García, César González-Pérez, María Jesús del Río y Ana Sáez dieron opiniones que mejoraron el Anexo. César también ayudó con los gráficos y me animó a escribir y compartir reflexiones personales que, si bien quedan fuera de esta tesis, me decidieron a terminarla.

La lista de amigos que han dado apoyo moral es demasiado larga para citarla entera. Sin sus preguntas esto no habría llegado a ninguna parte, especialmente “¿por qué estás haciendo una tesis? ¿para qué es?”. Gracias por ayudarme a matar la #TesisZombie.

Toni ha hecho más de lo que se podría esperar de nadie.

Esta tesis no se podría haber escrito sin las Suites para Cello de Johann Sebastian Bach en la interpretación de Yo-Yo Ma. Thank you, Mr. Ma.

Presumir de cicatrices.

Violencia de género quería decir Ana Orantes en llamas. Desde luego, no quería decir que tras la mordedura de un perro en una urbanización pija, mi mayor preocupación fuera la reacción de él cuando se enterase. Y tenía razón: reaccionó mal, aunque no por mi accidente. Fui a recogerlo a la estación tras un viaje, llegué tarde por culpa de la cojera, y estuvo un par de horas sin hablarme.

A las mordeduras no se les pueden poner puntos porque son heridas muy sucias y coser atraparía las posibles bacterias dentro, así que me tocó pasar alrededor de tres días sangrando y diez más con vendajes, hasta que la herida cerró. El primer día libre de todo aquello, estábamos invitados a casa de unos amigos. Eran los tiempos de la Universidad, cuando una casa sin padres era fiesta obligada, pero como estábamos todos emparejados y éramos pocos y vagos, el plan era tranquilo, pizzas y vídeos. En aquella ocasión estaban allí mi prima, su novio, y dos o tres personas más que yo conocía poco. Comenté la mordedura, y la raza del perro. Nadie se creía que un pastor alemán fuera capaz de atacar con tanta saña, yo estaba segura de que el perro no podía ser ninguna otra cosa, y la discusión fue cortada en seco por él. “Bueno, ya está bien, ninguno de nosotros puede saber qué raza era”. Cambio de tema.

Cuando se fue de allí toda la gente que yo no conocía, me bajé la cinturilla elástica del pantalón para enseñarle la cicatriz a mi prima. Aquel horror me quedaba a la altura de donde habría tenido bolsillos un pantalón que no fuera esa especie de pijama de verano. Y sin más, nos fuimos.

La casa de la fiesta quedaba a medio camino entre mi casa y la de él. No recuerdo porqué tuve que llevarlo a su casa. Quizá su coche estaba roto o algo así. Nos montamos en el coche y él sólo decía frases cortas y desagradables. Estaba acostumbrada al silencio como castigo, y apenas empezaba a darme cuenta de que era una estrategia deliberada. Me recordó al día de la recogida en la estación y a alguna vez en la que comenté que prefiero pelear a los muros de silencio. Le pregunté que qué pasaba. Esta vez había dos problemas.

Problema número uno: yo era una niñata prepotente que siempre quería tener razón, como demostraba mi empeño en discutir sobre la raza del perro que me había mordido y del que llevaba dos semanas hablando con vecinos de los dueños, médicos y una abogada.

Problema número dos: yo le había enseñado el culo al novio de mi prima. Sí, ese novio que llevaba con ella desde el colegio y al que yo llamaba ante extraños “mi cuñado” había visto mi provocativo culo al enseñarle la cicatriz fresca de la herida. Porque yo iba provocando. Queriendo o sin querer. Porque yo no sabía estar en los sitios.

A estas alturas yo había detectado una maniobra que consistía en machacar preguntas que sólo se podían contestar con sí o no, e insistir si la respuesta no era la deseada. Yo hice lo mismo, pero sin insistencia, despacio. El coche había salido del pueblo y bajaba la amplia cuesta en dirección a la ciudad cuando  le hice la pregunta definitiva.

– Entonces, ¿te avergüenzas de mí?
– Sí, Eugenia, ¡me avergüenzo de ti!.

Ese fue el momento en el que corté con él, pero él no lo sabía. No tenía nada más que decir. No recuerdo si él dijo algo. A dos semáforos de su casa, pensé que la única decisión que me quedaba por tomar era si comunicarle que acababa de romper con él. Al día siguiente había una fiesta familiar en su casa, un cumpleaños infantil, y consideré por un momento darle plantón. No lo hice. En la puerta de su bloque y sin salir del coche tuve lo que quise que fuera nuestra última conversación (no lo fue, hubo algunas más y me insultó en todas ellas).

– Me has dicho que te avergüenzas de mí y por eso no quiero verte nunca más.

Repetí la misma frase, quizá con distintas palabras, hasta que salió del coche.

A continuación, pensé que tenía un problema. Tenía que garantizar a toda costa que no me iba a arrepentir de lo que acababa de hacer y que ninguna presión iba a conseguir que volviera con él. Puse música, algo calculado para no asociarlo a nada, bueno o malo, de nuestra relación. Tenía suerte de llevar en el coche un disco nuevo, recién comprado, más bien alegre y sin canciones de amor. Y repetí todo el camino de vuelta: “acabo de cortar con él”.

Eran las tres de la mañana cuando llegué a casa. Mis padres dormían y mi hermano no estaba. Marqué el número de teléfono de mi mejor amiga; sabía que estaría de fiesta en la playa. Ruido de bares.

– He cortado con él.
– Qué dices.
– Que he cortado con él.
– Un momento. Me estás diciendo una cosa muy rara. No sé. Espérate. Vuelve a empezar.

Supongo que le conté los detalles, pero me quedé con los pies fríos. En adelante, ella no me sugirió nunca que volviéramos, pero su actitud fue ambigua. Para ella, habíamos tenido una ruptura de las normales. Me quedé con ganas de más y llamé a mi hermano. Más ruido. Otro bar. Otro “espérate” y una conversación muy diferente. Me dijo que llamara a mis padres, que se iban a alegrar. Yo no lo creí. No me parecía que mis padres se alegraran por nada últimamente. Pero por probar, cuantas más veces lo dijera, cuanta más gente lo supiera, más real sería lo que había hecho.

En la habitación a oscuras me senté en el lado de la cama donde estaba mi padre. Mi madre estaba escuchando, pero eso sólo lo supe más tarde. De entrada, se hizo la dormida. Les conté a los dos lo que había pasado esa noche. Ellos ya me habían visto cada vez más irritable y agresiva los meses anteriores, e imagino que se hacían una idea de lo que estaba pasando. Más adelante no les he contado detalles, sólo los efectos de todo aquello.

En días posteriores, me dediqué a salir muchísimo y pasármelo lo mejor que pude. En eso tuve todo el apoyo de mi prima y de su pandilla de toda la vida. Un grupo-burbuja de gente que se conocía desde hacía 15 años se abrió un instante para absorber a alguien nuevo, y se cerró a mi alrededor. Debieron entender que era un caso desesperado.

Él me persiguió sin mucha insistencia durante varios meses. Siempre seguía el mismo patrón. Tenemos que hablar, yo ya te he dicho todo lo que tenía que decirte, eres una niñata egoísta. Una vez y otra. Meses más tarde, por curiosidad, continué la conversación, y así fue como supe que todo lo que has leído es mentira. Sí, como lo oyes, mentira. Yo no le dejé, me dejó él a mí, porque yo tenía miedo al compromiso.

La cicatriz sigue ahí. Es muy fea, pero pequeña, se ha desdibujado todo menos el centro. Solo la ves si sabes buscarla. A veces da sin avisar un dolor como pinchazos. Quién me mandaba a mí confiar en aquel perro.

Anécdotas de la burbuja

Mi padre tenía un jersey que me encantaba. Era de algodón, con un estampado de rombos y trapecios en colores primarios que servirán para datarlo con precisión en algún museo como moda masculina de la primera mitad de la década de los noventa. Durante una temporada estuve tan gorda que me quedaba sólo un poco suelto, y se lo cogía prestado. Luego adelgacé y ya sólo se lo puso él. No me importó; le quedaba muy bien. Cuando se pasó de moda él siguió usándolo igual. Hay prendas a las que se coge cariño.

Cuando al jersey se le notaban ya los años de lavados, hace ahora unos diez años, los olivares que nos habían rodeado hasta entonces se conviertieron en un bosque de grúas. Audis negros y Seat León amarillos sustituyeron a las motos de todos los críos de la zona. Mi padre volvía de trabajar tardísimo algunas noches. Una mañana, me contó que le habían querido comprar el jersey.

¿Qué? Sí, el jersey que me gustaba. En una gasolinera, mientras él repostaba, llegó un chaval jovencísimo con un cochaco impresionante y le quiso comprar el jersey que llevaba puesto por un billete grande.

– Y le dije que cómo le iba a vender el jersey, que no podía ser, porque le gustaba mucho a mi hija.

Dónde andarán ahora aquel muchacho y su deportivo.

Hombres que me han enseñado sobre feminismo

Mi padre. Porque si el feminismo es la idea radical de que las mujeres somos seres humanos, el primero que me trató como tal fue mi padre.

Mi marido. El porqué sería largo de contar.

Tres de mis ex. Me enseñaron a gustarme. Y no deseaban “hacerme” cosas. Deseaban mi sí y me enseñaron a consentir en lugar de a dejarme hacer.

Joss Whedon. No soy su mayor fan, precisamente, pero me gusta cómo trabaja con sus ideas de “mujer fuerte”. Las series serían más aburridas sin él.

Charles Dickens. No era feminista; él quería un patriarcado amable. Se aprende mucho observando en sus novelas porqué eso es imposible.

Michael Kimmel. Autor de libros sobre roles de género. Le preocupa especialmente la masculinidad moderna. The Gendered Society es un libro suyo magnífico sobre sexismo.

James Eli Adams, catedrático de la Universidad de Cornell cuyo trabajo se centra en la masculinidad victoriana. También es un excelente profesor. Hay muchos buenos profesores y muchos victorianistas, pero me quedo con Adams porque me gustó verlo ejercer de padre de su hija.

Daryl Bem, otro profesor universitario en Cornell, éste de psicología. Me dio un curso breve pero intenso sobre formación de ideologías.

Bill, el marido de Suzanne, mi amiga que es cura episcopaliana. El primer hombre al que vi, en vivo y en directo, ser el apoyo logístico y emocional de su mujer y no al revés. Él compaginaba su propia carrera y sus hobbies con tener el rol de “cuidador” en la pareja. Sin problemas y sin alardes.

William Shakespeare, que inventó el personaje femenino con agencia. Exagero un poco, pero sólo un poquito.

Los comunistas en twitter. No todos, sólo algunos. Perdonad que no los mencione, prefiero no olvidarme de ninguno. Porque me recuerdan que no puedo hacer sólo feminismo para blancas y ricas.

Michel Foucault. Para recordar entre otras cosas que el sexo no libera. La libertad está en poder consentir o no.

Manuel Almagro y Brian Crews, profesores universitarios que me recomendaron a Jeanette Winterson. Otros editaron y publicaron mi artículo sobre una novela suya.

Donald Dutton escribió casi todo lo que sé sobre violencia de género. Miguel Lorente añadió otro poco. Juan José Millas remató con Hay algo que no es como me dicen.

Algunos feministas en twitter. No quiero dar nombres por si me olvido de alguno, pero ellos saben quiénes son. De su mirada de novato que se acaba de tomar la pastilla roja, de su odio por las injusticias, no sólo se aprende: se sacan fuerzas.

Algunos alumnos varones que no responden a los ideales de la masculinidad. “Hombres débiles”, como dice un hombre feminista; chicos no necesariamente amanerados ni homosexuales, pero que aún así, no responden a lo que se espera de ellos. Ellos lo saben. Procuran no llamar la atención. Estoy aprendiendo a convertir mi aula en un sitio donde puedan ser ellos mismos. Apenas estoy empezando.

Gustavo Bolívar, autor de la novela “Sin tetas no hay paraíso”. No os la perdáis. Buenísima.

Hayao Mizayaki, por tantas películas con buenos personajes femeninos, sobre todo con las mujeres más invisibles: las ancianas.

Roddy Doyle, novelista irlandés autor de entre otras “The Woman who Walked into doors”, una novela para mí con cualidades de exorcismo.

Michael Ende. Por Momo. Porque seguro que tuve mejor infancia que con un héroe masculino.

John Irving. Otro novelista. Porque en En Mundo Según Garp tuve mi primer contacto con feminismo pesimista, partidario de la segregación. Y en Las Normas de la Casa de la Sidra se habla de aborto como en ninguna otra obra de ficción que yo conozca.

Y tú, aliado posible, quién sabe si amigo, ¿vas a hablar de feminismo? ¿Vas a llamarte feminista? ¿Vas a enseñarme algo? ¿Vas a mejorar la vida de alguien? ¿Vas a echar abajo las injusticias a patadas? ¿O sólo piensas quedarte ahí, criticando?

Dirty Old Town

Cuando yo rondaba los diez años, ponían en la televisión la tarde de los viernes un programa musical llamado “Plastic”. Creo que lo presentaban un hombre rubio y otro moreno, muy jóvenes, y una mujer que a veces sobraba. Lo veíamos con la merienda mi padre, mi hermano, y yo. Y si con mi madre aprendí a disfrutar de los libros, con mi padre aprendí a disfrutar de la música. Él era fan de Sting y me enseñó a reconocer un bajo dentro de las canciones, y ahora yo enseño a mis alumnos a decir “bass guitar”. Escuchaba The Wall y yo tarareo Nobody Home cuando me deprimo. Plastic duró poco, pero las meriendas de los viernes de aquellos meses las recuerdo bien.

Una sección del programa eran los videoclips subtitulados. Uno a la semana nada más, para una niña que estaba justo empezado a aprender inglés. Y pusieron éste:

Y yo me quedé prendada, alucinada, con aquel tipo tan feo que cantaba con tanto odio. Mi padre me explicó algo, la letra, el grupo, no sé; yo estaba hipnotizada por el sentimiento con el que Shane McGowan maldecía su ciudad.

Mi padre no me enseñó a traducir, pero me animó a ser una buena traductora y a tomarme libertades según me pareciera. Así que aquí está mi versión, algo libre, de la letra de esta canción. Con versión haiku de propina.

Quedé con mi amor junto a la fábrica de gas,
Tuve un sueño junto al canal.
Besé a mi chica junto al muro de la fábrica,
mierda de pueblo,
pueblo de mierda.

Las nubes pasan y tapan la luna,
los gatos hacen la ronda,
la primavera es una fulana nocturna.
Mierda de pueblo,
pueblo de mierda.

Oí una sirena en el muelle,
vi un tren, una noche en llamas,
Se olía la primavera en el viento.
Mierda de pueblo,
pueblo de mierda.

Me voy a hacer un hacha bien grande.
Acero brillante, forjado en la fragua.
Te partiré a cachos como árbol podrido.
Mierda de pueblo
pueblo de mierda.

*
Gas, humo, muerte.
Noche de primavera
sin redención.