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De todo un poco Política

Mujeres, política y la búsqueda del traje perfecto.

A principios de abril, la ministra Yolanda Díaz era criticada en algunos medios y redes sociales por dar una rueda de prensa vestida de este modo:

La Ministra de Trabajo con un vestido rojo, junto al Ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, con traje gris y corbata que tiene un dibujo indistinguible de color morado, o azul y rojo. Imagen de moncloa.gob.es

He escogido esta foto y no una en la que salga Díaz sola, o desde más cerca, porque me interesa mostrar el contraste entre ella y su colega. El traje de los políticos es el traje de los hombres que van «arreglados». Hay matices, y un traje puede llevarse «bien» o «mal». Sin embargo, salvando los entierros y su propia boda, un hombre con traje y corbata que no sea de dibujos chillones está bien siempre. Las mujeres no tenemos eso, ni siquiera las jóvenes y delgadas. Nunca. Es difícil apreciar la enormidad que supone que en nuestra cultura, no hay (y no sé si la hubo en el pasado) una prenda neutra, símbolo de la clase alta o las ocasiones formales, que siempre resultase correcta. Las mujeres no tenemos ropa que no signifique nada, y ello presenta una enorme dificultad para vestir «formalmente». yendo ahora a lo que nos interesa, una mujer política debe cumplir el código de lo formal, con pocas guías, muchas limitaciones, y muchas posibilidades de hacerlo mal y ser criticada por ello.

El traje debe ser formal pero no parecer de fiesta. Es aceptable que diga algo sobre su ideología.

Irene Montero (Podemos), Ana Pastor (PP), Ana Pastor (moderadora), Inés Arrimadas (Cs), María Jesús Montero (PSOE) y Rocío Monesterio (Vox), casi uniformemente de los colores de sus respectivos partidos. Los colores de Podemos y Vox en representación mucho más apagada que en el logo. ¿Como distinguimos a la presentadora? Porque su traje va sin mangas y así ya no parece «de oficinista». Foto de La Sexta.

Es importantísimo que estén guapas, que parezcan jóvenes pero no demasiado, elegantes pero no de fiesta, monas pero no de una manera frívola, nunca «sexys», al menos no de diario o solo hablaremos de eso. No demasiado arregladas si la ocasión es una tragedia, tampoco. Pero jamás desaliñadas. Con el pelo eso es casi imposible, aunque en España hemos llegado a una aceptación esperanzadora del pelo rizado natural y de las colas de caballo para retirar todo el pelo de la cara. Esto puede parecer una tontería, pero un peinado con mechas, un poco de onda y más o menos movimiento como hemos estado acostumbrados a ver durante años, necesita maña, tal vez una peluquera profesional, y un buen rato de secado. Todo lo que has visto en un pantalla y te parecía pelo natural ha requerido mucho tiempo de peluquería, y hasta una delicada melena lisa al viento está planchada, lacada y un poco así con los dedos para que no quede muy artificial.

Disculpad la cutrez del montaje. Mujeres relevantes en la política española de hace unos 10 años: Arriba Esperanza Aguirre y Ana Botella del PP y abajo Carme Chacón y María Teresa Fernández del PSOE. Para este peinado, si tienes rizos necesitas alisar y si tienes pelo liso necesitas crear volumen donde no existe.

El pelo tiene la ventaja de que una vez que encuentras tu peinado, que te gusta porque te favorece o porque es fácil de mantener, ya no tienes que pensar más y no importa si vas siempre igual. Con la ropa, desgraciadamente, no ocurre así, y hay que vestirse distinto todos los días. Muchas mujeres que se dedican a la política tienen en cuenta que van a salir por televisión, y por ello tienen en cuenta algunos trucos.

Uno de ellos es vestir de rojo, que tiene muchas ventajas. Son conscientes de que tal vez sean la única mujer de la foto, y el rojo las distingue de los hombres enchaquetados. Además, no infantiliza, que sería pecado mortal. Es llamativo, pero no «cuqui». Como decíamos con los problemas de salir en televisión, sale bien en todas las pantallas de toda resolución. Es importante también que combina perfecto con todos los no-colores, es decir, puedes tener complementos grises o negros o marrones o crudo o azul marino. Intenta eso con un vestidito de medio luto gris con un detalle lila.

Lo mejor del rojo es que es una gama entera. Encuentras TU rojo, desde un poco tirando hacia escarlata o casi naranja, a casi morado, pero no hay mujer a la que no le pegue algún tono de rojo. Puede ser también el color de una prenda comodín en algo que afecta en a las políticas y no a las mujeres profesionales: la jerarquía. Estaría feo ir más arreglada a un acto que la Jefa de Estado, por ejemplo. Un vestido de cóctel (rojo) o un traje de chaqueta (rojo y a lo Merkel) siempre quedarán por debajo, sin pensar mucho.

Angela Merkel tiene muchas, muchas chaquetas rojas .

El segundo truco de las políticas es el «color block»: nada de estampados, color liso brillante, a veces contrastando varios colores. Algunos ejemplos internacionales, y repito con merkel. No estoy segura de si es la «creadora» del estilo pero se la identifica totalmente con él. Le permite también prescindir de abrigo, que es un engorro:

Theresa May (Reino Unido): casi siempre liso, casi siempre colores brillantes.
Cristina Kirchner (Argentina).

Tengo la impresión de que este estilo colorido que también tenemos en España no se da en Francia, donde la ropa es más discreta. No sé si mis hallazgos son casualidad. Personalmente me resulta llamativa la chaqueta rosa de Lagarde, que con su diseño obviamente de Chanel parece decir: «que no cunda el pánico, hoy visto de color pero la prenda vale 5.000 euros».

Christine Lagarde.

No busco dar consejo u opinar sobre si determinadas mujeres visten bien o mal, sino hacer ver que ponerse una prenda u otra siempre es una decisión, es todo consciente, no es fácil, y para el gusto de alguien siempre te vas a equivocar. Va a ser demasiado frívolo, informal, pijo, serio, pasado de moda, demasiado atrevido. Siempre.

Termino con un caso práctico, un desafío. Imagina a una mujer que se ha dedicado a otra cosa, porque no queremos políticos profesionales. No es ni rica ni famosa ni nada parecido. Ahora ocupa un cargo público y sale por televisión muy a menudo. Hasta hace seis meses apenas dedicaba dinero o atención a su vestuario. Tiene 45 años y la talla 46. ¿Qué tiene que tener en el armario para cogerlo sin mirar y que no se le pueda poner una pega?

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De todo un poco Feminismo

Entrevista a Pilar Bernal, asesora de compras.

Pilar_Bernal_Maya_Periodista

Pilar Bernal se dedica a una profesión poco común: es asesora de compras. La conozco desde hace bastante tiempo, y me ha ayudado a resolver algunos de mis problemas con la ropa. En mi opinión, su trabajo visibiliza que escoger la ropa adecuada y crear una imagen es algo que a las mujeres normalmente se nos presupone, y que por lo tanto tiene poco valor.

¿En qué consiste tu trabajo como asesora de compras? Mi trabajo va desde acompañar al cliente a tiendas, enseñarles con qué colores se pueden sacar más partido o qué cortes y tendencias son los que sientan mejor a su morfología corporal. También hablamos de cortes de pelo o maquillajes, tratamientos cosméticos/corporales… todo lo que sirva para mejorar su imagen o ayudarles a proyectarla para cumplir el objetivo que tengan entre manos, ya sea personal o laboral por ejemplo.

¿La gente suele repetir? Sí. Hay quien tiene pánico a ir de comprar porque no tiene tiempo o ganas, pero cada cierto tiempo tiene que renovar su armario o comprar un look para una boda o evento concreto. Así que repiten, porque en una hora se van con su ropa y accesorios comprados, y con la seguridad de que van perfectos.

¿Qué tipo de asesoría te piden más: para una ocasión especial, qué colores les van, renovar el armario…..? Un poco de todo, aunque en principio la mayoría quiere saber qué colores y tendencias les sientan mejor. Otros vienen con la prisa de que tienen un evento en pocos días y no tienen nada que ponerse, así que nos vamos de tiendas.

¿El centro comercial y tú en tu promoción personal anunciáis el servicio como unisex? sí.

Aquí me dio por comprobarlo, y pienso que se podría hacer explícito. Una entrevista al gerente de Airesur, y la publicidad en Facebook del servicio, utilizan el genérico masculino o estrategias como «tod@s», pero no hay una política explícita de publicidad para hombres.

¿Quieren ellos lo mismo que las mujeres? No exactamente. Ellos quieren agradar a alguien en concreto: su jefe, la familia de la pareja, a la pareja, o se visten para encontrarla si es que no la tienen. En general, son más inseguros con su imagen que las mujeres.

¿Son el mismo tipo de persona? Es decir, ¿Clientes y clientas suelen tener la misma edad, el mismo estilo… o no? No, qué va. Son de muy diferentes edades, estilos y poder adquisitivo. La mayoría de los hombres son jóvenes (de 20 a 40 años); sin embargo, he tenido clientas desde los 10 años, que vienen a comprar con su madre, hasta los 70. Hay quien llega muy perdido, sin saber ni qué estilo tiene, y esperan que yo los oriente a encontrarlo y sentirse bien, más seguros.

¿Recurren a ti personas, hombres y mujeres, a los que les cuesta trabajo encontrar ropa? ¿Por qué? Sí. Desde la talla 34 hasta más de la 50. Bajitos (de metro y medio) y muy altos (más de 1.90 m) Eso también es importante a la hora de elegir ropa y zapatos. Hay quién está acomplejado por tener una talla pequeña y unos pies demasiado grandes, por ejemplo, quien cree que no puede llevar pitillos denim porque tiene una 48 y no va a encontrarlos. Mi trabajo también les da confianza y les disipa dudas y miedos que no les permiten encontrarse a gusto con su talla/morfología corporal.

Saco como conclusión poco sorprendente de la experiencia profesional de Pilar Bernal que los hombres se sitúan en los extremos. La mayoría de las mujeres no tenemos problema en pedir consejo, y estamos preocupadas por nuestro aspecto: una asesora de compras gratuita es un capricho razonable que nos facilita la vida. Los hombres en cambio no sólo están educados en que la coquetería es femenina y su ropa, sencilla, sino también en no pedir ayuda y consejo: ellos siempre son los expertos. Por eso, un hombre que vaya de tiendas con asesoría tiene que ser joven, coqueto, preocupado por su aspecto (interesante que se estén vistiendo para una persona concreta) y además, lo bastante inseguro como para no fiarse de su propio criterio.

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Costumbrismo Feminismo

El precio de la naturalidad

Es fácil observar que las mujeres dedicamos más dinero y más tiempo al cuidado personal que los hombres. Pero surge una duda si queremos analizar esto en serio desde mi punto de vista feminista tirando a radical: ¿cuánto de esa diferencia es necesaria para estar integradas en la sociedad sin tener mucho problema? Hagamos una comparación entre un hombre y una mujer lo más parecidos posible, en una situación que requiere buena presencia un poco conservadora, como un trabajo cara al público o una entrevista de trabajo.

La mujer va a ser una concreta: yo. Esta es mi lista de la compra, de momento.

  • Pelo: Mi pelo es rizado, seco, y canoso. Necesito tinte (tengo demasiadas canas para ir 100% natural sin parecer hippy). Vaselina para no macharme de tinte. Champú y acondicionador para pelo seco o teñido. Algún tipo de producto de peinado, tipo espuma. Un peine de púas muy anchas. Si quiero ir verdaderamente conservadora necesitaría un cepillo, un secador y una plancha.
  • Cara. Necesito una limpiadora o jabón suave, una hidratante con protector solar y otra sin él. Unas pinzas de depilar. Bandas de cera fría.
  • Cuerpo. Desodorante. Cuchillas de afeitar. Una pastilla de jabón que huela bien. Una hidratante corporal (necesaria si me depilo o afeito las piernas). Bandas de cera fría.
  • Manos y pies. Cortauñas. Lima. Alicates. Crema de manos.
  • Maquillaje: mantendré esta cuenta separada de las demás, porque podría considerarse opcional, y en el mínimo de productos que uso cuando quiero estar «maquillada pero natural». Base, corrector, eyeliner, colorete, una sola barra de labios. Desmaquillador de ojos. Algodones.

El hombre equivalente necesita:

  • Pelo: Necesariamente corto. Champú, gomina.
  • Cara.
  • Cuerpo. Desodorante. Una pastilla de jabón que huela bien.
  • Manos y pies. Cortauñas.

Las condiciones de la «compra» son:

  • Ver tres listas paralelas en un supermercado barato (Dia), uno intermedio (Mercadona, Carrefour) y uno caro (Corte Inglés).
  • No voy a comprar nada para enseñaros el ticket después, os vais a tener que fiar de que voy a la tienda y tomo notas.
  • Buscaré precios intermedios. Marca blanca donde la haya

¿Me falta algo?

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De todo un poco Feminismo

Tacones y hijabs

Me pregunto cuándo se le va a ocurrir a alguien prohibir los tacones altos. Porque ya sé que taparse la cara y taparse la cabeza no son lo mismo, pero si me pongo a comparar el velo con los tacones, no hay color.

Primero las diferencias.

1. Los tacones altos hacen que duelan los pies, las rodillas y las lumbares. El velo no duele.

2. Los tacones pueden provocar lesiones permanentes e irreversibles en las articulaciones. El velo, no (taparse la cara imagino que puede hacer perder visión).

3. Los tacones limitan la movilidad. Con ellos no se puede correr, ni agacharse, entre otros movimientos. El velo no afecta a la movilidad (taparse la cara, sí, por la pérdida de visión periférica).

4. El tacón es sexy y se inventó para ser sexy. El velo, por el contrario, generalmente des-sexualiza a quien lo lleva.

5. El tacón no tiene absolutamente nada que ver con la religión. El velo sí.

6. No todas las mujeres pueden ponerse tacones, por los motivos de salud dichos al principio. El velo, en cambio, se lo puede poner todo el mundo.

7. Un velo es más barato que un par de zapatos de tacón, y mucho más barato que un par de zapatos de tacón de buena calidad.

8. Un tacón es un accesorio exclusivamente femenino. En el islam, los hombres no se cubren la cabeza, aunque en otras religiones sí (judíos y sikhs).

Ahora algunas semejanzas:

1. Es opinión mayoritaria pero controvertida que los tacones son bonitos en sí mismos, y que realzan la belleza de quien se los pone. Los velos pueden ser bonitos, y también es una opinión discutida que puede embellecer a quien lo lleva. Eso depende del tipo de velo.

2. El tacón es un identificativo cultural. El velo también, pero mucho más intensamente.

3. El tacón es a veces obligatorio, por ejemplo por razones profesionales. El velo también. Todas las musulmanas se lo ponen como mínimo para rezar.

4. El tacón es una obligación social. Si está de moda, es el único calzado disponible para ir vestida elegantemente. Forma parte de algunos uniformes. El velo puede ser, también, una obligación social. Sí, sé que hay diferencias de grado.

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Feminismo Política

Indefensión adquirida y feminismo, o: por qué uso colorete rosa.

La indefensión adquirida es un fenómeno muy estudiado en mamíferos superiores y en seres humanos, en el que se observa que si al sujeto le ocurren cosas desagradables,  impredecibles e incontrolables, se pierde la sensación de que controlamos nuestras vidas, dando lugar a trastornos como ansiedad, depresión, irritabilidad, o la sensación de que hay problemas en otros aspectos de la vida que no tienen nada que ver con lo que produce ese mal. Es decir: los seres humanos somos capaces de soportar sufrimientos muy grandes, siempre y cuando nos parezcan merecidos, predecibles, y controlables, o que al menos nos dejen la sensación de que controlamos un espacio lo bastante grande de nuestra vida.

La primera vez que se asoció la indefensión adquirida y el feminismo fue en «La Mística Femenina» de Betty Friedan, uno de los mejores ejemplos de feminismo de segunda generación (y si no sabes de qué estoy hablando, léete esto antes de seguir). Incluye un capítulo llamado «Deshumanización progresiva: El campo de concentración acogedor», en el que señala que muchos problemas psicológicos de los Baby Boomers americanos se debían a la deshumanización de sus madres. Fue un principio de una serie de paralelismos entre la condición femenina y los campos de concentración.

Aquí alguien podría decir: «Eugenia, te has pasado. Ser una mujer no se parece en nada a estar en un campo de concentración. En Buchenwald te asesinaban por existir y en Andalucía, año 2013, las mujeres pueden hacer lo que quieran». Ya, sí. Pero primero, no todas las mujeres tienen la suerte de ser, como yo, nacionales, de la raza dominante, aparentemente heterosexuales, y ricas (yo no paso hambre). Segundo, sí hay unas cuantas cosas que compartimos las mujeres en el patriarcado y los judíos de Austria, años 30.

  • No podemos salir. Como no funde una comuna de feministas radicales, aquí me quedo.
  • No pertenecemos al grupo dominante, ni lo haremos nunca.
  • Vemos que les pasan cosas horribles, incluida la muerte, a gente como nosotras, y que les ocurre porque son de este colectivo (sí, hay más asesinatos de hombres que de mujeres, pero a los hombres no se los asesina porque son hombres y a las mujeres se las mata porque son mujeres).
  • Nos cuentan que si somos muy buenas y seguimos una serie de instrucciones al pie de la letra, no tenemos nada que temer. Podemos creerlo o no.
  • El Mal es aleatorio, o lo aparenta. Normalmente no nos dicen cuáles son los objetivos globales del opresor hacia todo nuestro colectivo.

Pongamos un ejemplo de algo pequeño que yo no puedo controlar. Como mujer, joven, de rasgos suaves tirando a infantiles, y personalidad entusiasta, he visto cómo diversos jefes y jefas me han tratado de forma protectora, paternal (maternal!!), condescendiente unas veces y muy amable otras. Esto me ha pasado con jefes italianos, españoles, escoceses, estadounidenses, hombres y mujeres de edades variadas. Ante esto yo puedo reprimir lo que provoca esa reacción en mis jefes: vestirme y peinarme de otra manera, adoptar un tono más frío. A lo mejor me toman más en serio. A lo peor caigo mal. Puedo favorecer los rasgos que provocan esto. Supongamos que mi jefe me llama con un diminutivo: ¿lo corrijo o lo dejo pasar? Parece algo tonto, pero ¿qué va a pasar el día que le diga a, un suponer, el director del instituto, que quiero coordinar un proyecto educativo importante? ¿me tratará como a un adulta responsable o como a una cría de cuarto de la ESO? ¿Y si un padre me amenaza? ¿Me conviene despertar los instintos de protección de jóvenes doncellas de ese director?

Lo importante es que mi margen de elección es estrecho, y que desde la primera vez que me dijeron que estaba muy guapa, la primera vez que me pusieron unas medias, la primera vez que observé que había elecciones de niño y elecciones de niña, sé que las posibilidades que se me abren son distintas, peores, y más impredecibles.

Ante esto, creo que es importante como feminista reaccionar con empatía ante las decisiones de las demás mujeres. Mucha gente que conozco, particularmente chicas adolescentes, critican a otras mujeres por conductas como la promiscuidad, el amor romántico, determinadas maneras de vestir, etc. En realidad, esas mujeres no tienen elección. O sí la tienen, pero no lo saben. O saben que la alternativa es peor. En cualquier caso, yo no soy quién para juzgar cómo sobrevive cada una a su particular campo de internamiento.

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Costumbrismo Feminismo

Gitaneos

Cosas que he oído decir a españoles que son propias de gitanos, pero sobre todo de gitanas. No sé si ocurrirá en otros sitios, pero en Andalucía es un calificativo que se usa mucho entre mujeres payas. Es decir, no es «las gitanas dicen o hacen», sino «eso que haces es de gitanas»; «pareces gitana».

– Hacer juramentos (en el sentido de «te juro que…»)
– Tener el pelo largo, a menos que esté muy, muy liso.
– Tener el pelo rizado, en cualquier largo o corte.
– Llevar el pelo suelto.
– Estar despeinada. Tener mechones fuera de sitio.
– Tener el corte de pelo descuidado, dejado crecer (como cuando un corte a capas pierde la forma o el pelo corto tapa las orejas a trasquilones).
– Los pendientes largos, o grandes.
– Cualquier adorno de colores en el pelo que no sea una diadema o una coleta.
– Las faldas largas con vuelo.
– Las mujeres muy jóvenes con relaciones estables y formales (nunca he oído «anda que… ¡como un gitano!» a un hombre joven con novia).
– Andar descalza.
– Ser madre soltera.
– Las familias numerosas.
– Dar el pecho.
– La delincuencia.
– La mala conducta escolar.
– Una actitud agresiva y desconfiada, a la defensiva.
– El gusto por discutir.
– El gusto por comerciar.
– El machismo.
– El flamenco de los últimos años. Según un conocido mío, el flamenco de hasta hace una década no tenía el «gitaneo» del de ahora. No se refería al «flamenquito» o fusiones más o menos flamenco-pop.
– Los trajes de novio de color, con toques de color, blancos, o muy barrocos.
– Los trajes de novia muy barrocos.

No intentéis verle lógica. En la imaginación colectiva de la mujer paya andaluza, la gitana es una especie de alien que llevan dentro, que las sitúa peligrosamente lejos del ideal de mujer blanca al que se quieren parecer. Para payos, hombres y mujeres, el hombre gitano es una especie de monstruo de muchas cabezas: un yonqui de los 80, un delincuente listillo y sutil, un perro de pelea, un adulto machista, explotador y vago, un vendedor de mercadillo que sabe regatear.

A veces pienso que los chistes de canis y chonis son la versión socialmente aceptable del racismo gitanofóbico. Últimamente, el clasismo es más divertido y mejor visto que ser racista.

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Costumbrismo

Tallas

Tengo una talla inglesa 14. En España eso quiere decir M, L, 44, 46, la-46-es-pequeña-y-48-no-tenemos, y muy de vez en cuando 42. Tengo dos prendas (un jersey y una chaqueta entallada) de talla 36… premamá, lo cual quiere decir que un diseñador decidió que tengo el cuerpo de una mujer muy menuda pero con una barriga por delante. Ninguna de estas cosas me preocupa demasiado.

El tallaje español quiere decir que en las tiendas, o mi talla no existe, o se acaba muy deprisa, o las cosas que se supone que deberían ser de mi talla no me sientan bien. Lo mejor que me puede pasar en una tienda es que mi talla sea la más grande, o que haya una talla justo por encima de la mía. Hace más de 15 años que compro ropa y todavía no he aprendido del todo qué empresas quieren mi dinero y cuáles no.

En las últimas semanas he vivido unas cuantas experiencias bastante deprimentes sobre este tema. Lo primero, parte de la culpa del problema lo tienen las consumidoras españolas. Como suena. Me he encontrado cosas como éstas:

– Compañeras de trabajo a las que les entraba la risa tonta hablando con repelú de que en alguna tienda de tipo coste medio-bajo había tallas muy grandes. Es decir, no les gustaba que la misma prenda que ellas se iban a comprar en una talla 42 o 44 estuviera disponible en la 54. No les gustaba que las tallas grandes compartieran local con las otras. Y no podían imaginar quién podía necesitar una camiseta mona y de colorines en la talla 54.

– Compañeras mías que no se quieren creer que uso mi talla. A ojo, me atribuyen entre una y tres tallas menos, porque de la misma manera que la 36 es el ideal de la delgadez, la 42 parece ser el ideal de la mujer curvilínea y «madura» (quiero decir, no infantilizada), y cualquier cosa por encima se entiende como «tallas grandes», es decir tallas de gorda, y como yo no me parezco a la pesadilla obesa de su imaginación, creen que exagero o que no me gusto.

– En general, gente que piensa que te tienes que ajustar a la ropa y no la ropa a ti. Pero esto es una batalla perdida.

Ayer estuve de tiendas en dos boutiques multimarca muy modernitas y caras de Sevilla. En la primera de ellas, había sobre todo ropa francesa. Camisetas, chaquetas y vestidos de 300 euros, rebajadas a la mitad. Pregunté a la vendedora cuál era la talla más grande que trabajan, y básicamente se hizo un lío. Lo que entendí mirando las etiquetas es que en lugar de las habituales cinco o como mucho seis tallas (de la 36 a la 46), trabajan menos, entre tres y cuatro tallas por marca de ropa, y que empiezan entre la 32 y la 34. Es decir, que habría sido necesario que las marcas tuvieran al menos seis tallas para que me mereciera la pena entrar en la tienda. La vendedora no hizo el menor esfuerzo por animarme a probarme alguna de las prendas más grandes de la tienda, y me dijo que el problema es que las prendas más grandes se las quitan de las manos antes de las rebajas. Vamos, que la culpa es mía por salir de tiendas en Enero.

En la segunda tienda tuve una experiencia parecida, aunque no me paré a hablar con la vendedora. Me pregunto cuántas mujeres de la talla 36 pueden disponer alegremente de 200 euros para gastar en una sola prenda. Y cuántas mujeres de la talla 50 están en la misma situación que yo: con mucho dinero para gastar.

Al final acabé comprando en un local nuevo para mí, donde por primera vez en mi vida los pantalones me quedan perfectos. Aquí, las vendedoras tenían una verdadera preocupación porque las clientas no pensáramos que la etiqueta nos estaba llamando gordas. Desde el probador escuché decir unas cuatro veces «la etiqueta dice 46 pero esa es la talla italiana, usted en verdad tiene la talla 44, ¿eh?». No fuera a ser que alguien se negara a comprar algo solamente porque la etiqueta no favorece.

Y es un curioso contraste el de la primera y la última vendedora. La primera me dijo, «yo no me puedo poner los vestidos que vendo porque a pesar de que tengo la talla 38, soy ancha de hombros». La vendedora a la que dejé la tienda vacía me dijo «es cuestión de encontrar la tienda donde el patronaje te sienta bien. Esta marca que vendo no hace pantalones que me queden bien a mí». Una le echaba la culpa a su cuerpo. La otra se lo echaba al diseño.