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Haibun

Demasiado lejos de la ruta monumental para atraer el interés de los turistas, demasiado viejo para facilitar la entrada de los coches, el barrio contiguo al centro histórico languidece, mezcla de solares, ruinas y fachadas. Dos pisos de la misma manzana anuncian prostíbulos, uno con neones rosas y el otro con un corazón gigante pintado en una persiana.

Donde los neones, dos mujeres cuarentonas, gorda y delgada, con sujetadores de colores y moños, salidas de una foto de los años ochenta, llaman a dos jovencitos barbudos de paseo. “¡Guapos!”. Los chicos saludan y bromean. En el balcón del corazón, una niña juega con una muñeca. le cuelgan las piernecillas, y está completamente sumergida en su conversación con el juguete hasta que oye las risas de los barbuditos y dice: “hola, ¿llamo a mi mamá?”.

Refresca la tarde.
En el balcón del prostíbulo
la niña crece.

Gracias por las correcciones a la experta en haibun.

Presumir de cicatrices.

Violencia de género quería decir Ana Orantes en llamas. Desde luego, no quería decir que tras la mordedura de un perro en una urbanización pija, mi mayor preocupación fuera la reacción de él cuando se enterase. Y tenía razón: reaccionó mal, aunque no por mi accidente. Fui a recogerlo a la estación tras un viaje, llegué tarde por culpa de la cojera, y estuvo un par de horas sin hablarme.

A las mordeduras no se les pueden poner puntos porque son heridas muy sucias y coser atraparía las posibles bacterias dentro, así que me tocó pasar alrededor de tres días sangrando y diez más con vendajes, hasta que la herida cerró. El primer día libre de todo aquello, estábamos invitados a casa de unos amigos. Eran los tiempos de la Universidad, cuando una casa sin padres era fiesta obligada, pero como estábamos todos emparejados y éramos pocos y vagos, el plan era tranquilo, pizzas y vídeos. En aquella ocasión estaban allí mi prima, su novio, y dos o tres personas más que yo conocía poco. Comenté la mordedura, y la raza del perro. Nadie se creía que un pastor alemán fuera capaz de atacar con tanta saña, yo estaba segura de que el perro no podía ser ninguna otra cosa, y la discusión fue cortada en seco por él. “Bueno, ya está bien, ninguno de nosotros puede saber qué raza era”. Cambio de tema.

Cuando se fue de allí toda la gente que yo no conocía, me bajé la cinturilla elástica del pantalón para enseñarle la cicatriz a mi prima. Aquel horror me quedaba a la altura de donde habría tenido bolsillos un pantalón que no fuera esa especie de pijama de verano. Y sin más, nos fuimos.

La casa de la fiesta quedaba a medio camino entre mi casa y la de él. No recuerdo porqué tuve que llevarlo a su casa. Quizá su coche estaba roto o algo así. Nos montamos en el coche y él sólo decía frases cortas y desagradables. Estaba acostumbrada al silencio como castigo, y apenas empezaba a darme cuenta de que era una estrategia deliberada. Me recordó al día de la recogida en la estación y a alguna vez en la que comenté que prefiero pelear a los muros de silencio. Le pregunté que qué pasaba. Esta vez había dos problemas.

Problema número uno: yo era una niñata prepotente que siempre quería tener razón, como demostraba mi empeño en discutir sobre la raza del perro que me había mordido y del que llevaba dos semanas hablando con vecinos de los dueños, médicos y una abogada.

Problema número dos: yo le había enseñado el culo al novio de mi prima. Sí, ese novio que llevaba con ella desde el colegio y al que yo llamaba ante extraños “mi cuñado” había visto mi provocativo culo al enseñarle la cicatriz fresca de la herida. Porque yo iba provocando. Queriendo o sin querer. Porque yo no sabía estar en los sitios.

A estas alturas yo había detectado una maniobra que consistía en machacar preguntas que sólo se podían contestar con sí o no, e insistir si la respuesta no era la deseada. Yo hice lo mismo, pero sin insistencia, despacio. El coche había salido del pueblo y bajaba la amplia cuesta en dirección a la ciudad cuando  le hice la pregunta definitiva.

– Entonces, ¿te avergüenzas de mí?
– Sí, Eugenia, ¡me avergüenzo de ti!.

Ese fue el momento en el que corté con él, pero él no lo sabía. No tenía nada más que decir. No recuerdo si él dijo algo. A dos semáforos de su casa, pensé que la única decisión que me quedaba por tomar era si comunicarle que acababa de romper con él. Al día siguiente había una fiesta familiar en su casa, un cumpleaños infantil, y consideré por un momento darle plantón. No lo hice. En la puerta de su bloque y sin salir del coche tuve lo que quise que fuera nuestra última conversación (no lo fue, hubo algunas más y me insultó en todas ellas).

– Me has dicho que te avergüenzas de mí y por eso no quiero verte nunca más.

Repetí la misma frase, quizá con distintas palabras, hasta que salió del coche.

A continuación, pensé que tenía un problema. Tenía que garantizar a toda costa que no me iba a arrepentir de lo que acababa de hacer y que ninguna presión iba a conseguir que volviera con él. Puse música, algo calculado para no asociarlo a nada, bueno o malo, de nuestra relación. Tenía suerte de llevar en el coche un disco nuevo, recién comprado, más bien alegre y sin canciones de amor. Y repetí todo el camino de vuelta: “acabo de cortar con él”.

Eran las tres de la mañana cuando llegué a casa. Mis padres dormían y mi hermano no estaba. Marqué el número de teléfono de mi mejor amiga; sabía que estaría de fiesta en la playa. Ruido de bares.

– He cortado con él.
– Qué dices.
– Que he cortado con él.
– Un momento. Me estás diciendo una cosa muy rara. No sé. Espérate. Vuelve a empezar.

Supongo que le conté los detalles, pero me quedé con los pies fríos. En adelante, ella no me sugirió nunca que volviéramos, pero su actitud fue ambigua. Para ella, habíamos tenido una ruptura de las normales. Me quedé con ganas de más y llamé a mi hermano. Más ruido. Otro bar. Otro “espérate” y una conversación muy diferente. Me dijo que llamara a mis padres, que se iban a alegrar. Yo no lo creí. No me parecía que mis padres se alegraran por nada últimamente. Pero por probar, cuantas más veces lo dijera, cuanta más gente lo supiera, más real sería lo que había hecho.

En la habitación a oscuras me senté en el lado de la cama donde estaba mi padre. Mi madre estaba escuchando, pero eso sólo lo supe más tarde. De entrada, se hizo la dormida. Les conté a los dos lo que había pasado esa noche. Ellos ya me habían visto cada vez más irritable y agresiva los meses anteriores, e imagino que se hacían una idea de lo que estaba pasando. Más adelante no les he contado detalles, sólo los efectos de todo aquello.

En días posteriores, me dediqué a salir muchísimo y pasármelo lo mejor que pude. En eso tuve todo el apoyo de mi prima y de su pandilla de toda la vida. Un grupo-burbuja de gente que se conocía desde hacía 15 años se abrió un instante para absorber a alguien nuevo, y se cerró a mi alrededor. Debieron entender que era un caso desesperado.

Él me persiguió sin mucha insistencia durante varios meses. Siempre seguía el mismo patrón. Tenemos que hablar, yo ya te he dicho todo lo que tenía que decirte, eres una niñata egoísta. Una vez y otra. Meses más tarde, por curiosidad, continué la conversación, y así fue como supe que todo lo que has leído es mentira. Sí, como lo oyes, mentira. Yo no le dejé, me dejó él a mí, porque yo tenía miedo al compromiso.

La cicatriz sigue ahí. Es muy fea, pero pequeña, se ha desdibujado todo menos el centro. Solo la ves si sabes buscarla. A veces da sin avisar un dolor como pinchazos. Quién me mandaba a mí confiar en aquel perro.

Anécdotas de la burbuja

Mi padre tenía un jersey que me encantaba. Era de algodón, con un estampado de rombos y trapecios en colores primarios que servirán para datarlo con precisión en algún museo como moda masculina de la primera mitad de la década de los noventa. Durante una temporada estuve tan gorda que me quedaba sólo un poco suelto, y se lo cogía prestado. Luego adelgacé y ya sólo se lo puso él. No me importó; le quedaba muy bien. Cuando se pasó de moda él siguió usándolo igual. Hay prendas a las que se coge cariño.

Cuando al jersey se le notaban ya los años de lavados, hace ahora unos diez años, los olivares que nos habían rodeado hasta entonces se conviertieron en un bosque de grúas. Audis negros y Seat León amarillos sustituyeron a las motos de todos los críos de la zona. Mi padre volvía de trabajar tardísimo algunas noches. Una mañana, me contó que le habían querido comprar el jersey.

¿Qué? Sí, el jersey que me gustaba. En una gasolinera, mientras él repostaba, llegó un chaval jovencísimo con un cochaco impresionante y le quiso comprar el jersey que llevaba puesto por un billete grande.

– Y le dije que cómo le iba a vender el jersey, que no podía ser, porque le gustaba mucho a mi hija.

Dónde andarán ahora aquel muchacho y su deportivo.

El aborto de ella, el aborto de él.

Había una vez una pareja que se quería mucho. Cuando ella se quedó embarazada, necesitó un aborto, y los dos sufrieron mucho. Les afectaba a los dos.

Ella se había estudiado los recovecos legales del permiso de maternidad. Él no.

Ella tuvo que faltar al trabajo para ir al médico, y mentir. Él podía ir, o no.

A ella le hicieron preguntas. Le sacaron sangre. Le metieron instrumental en el cuerpo. Eso era solo para explorarla, el aborto vino luego.

Los dos recibieron con pena la noticia de que esta vez quizá era mejor abortar.

Ella hizo una composición mental de calendario para volver a intentarlo, la baja por maternidad unida a las vacaciones. Él no.

Ella tuvo que volver a faltar al trabajo sin remedio el día del aborto y pensarse si faltaba o no un par de días más. El la acompañó.

A ella le dolía. A ella le hicieron un procedimiento médico más o menos igual de doloroso que un empaste dental. A él no.

Ella se arriesgaba, poco pero se arriesgaba, a una infección. Él no.

Ella podía ser juzgada como buena o mala madre potencial; una mujer, según se mire, responsable o egoísta. Él no.

Los conocidos y familiares le hablaban a ella con pena. A él no.

A ella le preguntaban “¿lo vas a volver a intentar?” o le aconsejaban “sigue intentándolo, pero no te obsesiones”. A él no.

Los dos veían cómo el aborto, el embarazo, y el hijo tan deseado pero que no fue, se asumía, en las leyes, en la prensa,  en el trabajo, en la calle, como un asunto de ella. Siempre de ella. Y de él, no.

Bienvenidos al nuevo curso.

DSC_0052Os esperamos.

Saludos.

Al hijo único que empieza en la guardería, y a su madre que suspira.

A la niña gorda que piensa que este año sí por fin se va a atrever a jugar al elástico en el patio, a pesar de la vergüenza.

Al niño sin amigos que ha pasado un verano tan aburrido que está deseando que el curso empiece para tener algo que hacer.

Al niño acosado de su misma clase que tiene pesadillas con la vuelta.

A la maestra que pospuso ir al médico a ver si con las vacaciones se le pasaba su sospecha de que estaba deprimida, y que hoy piensa que no debería haber pospuesto esa consulta.

Al maestro al que el ardor de estómago, el dolor de espalda y la erupción de la piel se le esfumaron mágicamente a eso del 10 de Julio, y se siente como nuevo.

Al muchachito asustado que va a empezar 1º de ESO en una ciudad nueva.

A la chica que pasa frío en casa y hambre en el instituto, y lo ha aceptado como la normalidad.

A la directora que lleva una semana sin dormir, intentando que los horarios cuadren con un profesor menos de lo que necesita.

Al quinceañero repetidor que no le interesa nada de lo que ocurre entre estas cuatro paredes y cuenta los días que le faltan para cumplir 16 años.

A su tutora.

A la estudiante de 4º de ESO que quiere hacer Medicina y ya teme que no le va a dar la nota de Selectividad.

A su compañero de clase, de letras, que saca diez en todo y no tiene ni idea de qué estudiar después.

A quienes están en bolsas de trabajo, esperando sustituir.

A quien acaba de aprobar las oposiciones y aún no se lo cree.

A la estudiante que pasa fines de semana enteros ayudando en el bar de sus padres.

A las cuidadoras de sus hermanos.

A los padres que han tirado de tarjeta para pagar los libros de texto.

A quienes se van a estudiar a la Universidad, con beca, y echan cuentas de cuánto van a poder estirar el dinero.

Al parado de larga duración que empieza un ciclo de Formación Profesional.

A la limpiadora de un colegio con goteras.

Saludos, compañeros míos.

Aventuras en un mundo sexista: turno de noche.

Glasgow street dusk

Hace bastantes años, estuve trabajando en una pizzería de Glasgow. Estábamos en pleno centro, en una zona donde entre semana vendíamos el almuerzo a oficinistas, y los fines de semana la cena a quienes iban a los pubs. De día el trabajo tenía sus horas punta y sus horas vacías; las noches de los fines de semana esto era más acusado. Podía variar cuándo entrabas, de cinco de la tarde a once de la noche, y se cerraba a las cinco. Y las avalanchas eran a las doce, al cerrar los pubs, y a las dos, al cerrar las discotecas o lo que fuera que cerrase lo último. En medio, tiempos muertos y un goteo intermitente de borrachos buscando pelea.

El turno de noche tenía fama de peligroso, y precisamente por eso la empresa quería que las mujeres más jóvenes de la plantilla formáramos parte de él. Decían que cuando por la noche sólo había hombres, los clientes con ganas de bronca se ponían más agresivos, y que la simple presencia de alguna mujer, aunque no dijera nada, servía para calmar los ánimos; por lo menos esta versión me contó un compañero.

Había tres clases de trabajo: lo más fácil era despachar. Yo aprendí en un día. Luego te equivocas, pero era un trabajo sencillo. Quien despacha lleva la caja y el stock de las bebidas. Luego estaba el pizzero. Hacer pizzas se puede hacer mejor y peor, pero si el pizzero no era bueno a nadie le importaba mucho. El pizzero controlaba su propio stock. Por último, el freidor. Freír era complicado, no tanto por la freidora sino porque había que saber controlar unas cantidades de comida más abundantes y más caras. Casi todos los freidores sabían hacer pizzas en una urgencia. En un turno de día normal éramos tres, uno en cada posición; de noche, cuatro, y la cuarta persona tenía que ser polivalente. Todos los freidores eran hombres, y una chica que despachaba estaba aprendiendo a hacer pizzas.

Así que una noche en semana estábamos tres hombres y yo, o dos hombres, una segunda mujer y yo. Esto dio lugar al principio a una serie de problemas que contaré otro día. Hoy quiero hablar de los clientes. Estaban los borrachos inofensivos: habían salido del pub y solamente querían comer algo. Aparte de algo de impaciencia o de lentitud al pagar, no daban mayor problema. Estaban los borrachos folloneros: o querían pelea con los otros hombres o querían provocarnos a las mujeres. Lo mejor era ignorarlos, porque sólo querían pelea, y como además venían a la hora punta, concentrarse en trabajar era lo mejor. Había gente como la del turno de día, con su prisa o no, bordes o corteses. Y estaban, por último, las prostitutas que trabajaban cerca de allí.

Las prostitutas trabajaban en la calle. Yo no las veía al ir o volver de trabajar, así que debían estar muy pocas horas. Casi todas eran bastante mayores y todas eran escocesas; era fácil de reconocer por el acento. Mujeres de otra nacionalidad también podrían haber sido blancas y rubias, pero todas las clientas prostitutas que tuve hablaban alguna versión de acento escocés. Se puede uno preguntar, ¿y cómo sabías que eran prostitutas? Porque los compañeros no paraban de hablar del tema cada vez que entraba una. Eran clientas habituales, las reconocías, aprovechaban los tiempos muertos de nuestro trabajo para venir, y cada vez que yo despachaba a alguna, en cuanto salía del local alguien tenía que hacer comentarios.

No daban problemas. Alguna vez, alguna de ellas se enfadaba y se ponía borde (porque atendíamos despacio, sobre todo) pero no más que cualquier otro cliente. Venían a por la cena y punto. Otras, como cualquier persona que se hace habitual en un negocio y saluda a la cajera, hacían algo de charla intrascendente, algo que yo agradecía. Los clientes habituales del turno de mañana rara vez se dignaban a decir algo más largo que los buenos días y su pedido.

Mis compañeros no las aguantaban. La actitud que tenían la resume una anécdota. Un día, una de ellas me pagó con un billete de 50 libras que se sacó del zapato. Había cambio de sobra y se lo di. En cuanto nos quedamos solos, los compañeros me hicieron un consejo de guerra. “¿Sabes quién era? Vete a saber qué ha hecho y de dónde sale el billete”.  “Como sea falso, el jefe nos va a meter a todos en un lío gordo”. Y el remate, la otra mujer del turno: “¿Has visto dónde llevaba el billete? Igual es hasta robado”  (sí, se suponía que aquello tenía lógica, debía haber una banda de ladrones glasgovianos que guardaban el botín en zapatos). Todos con las caras largas ante aquel billete simultáneamente robado, falsificado, y obtenido mediante la prostitución, todo a la vez.

La denuncia falsa.

Había una vez una sociedad en la que las denuncias por violación o violencia de género tenían un peso social tan grande, y eran una acusación tan grave, con tal estigma, que los hombres vivían aterrorizados ante la posibilidad de la calumnia.

– Pero vamos a ver, ¿tú qué le has hecho a ella para que te denuncie?
– ¿Yo? Yo, nada, de verdad tío, yo no le he hecho nada.
Bueno, algo le habrás hecho, ¿no? No te va a denunciar por las buenas, hay que calentar mucho a una mujer para que haga una cosa tan extrema como esa.
– En serio, que no. No le hice nada. Salimos a dar una vuelta, nos tomamos algo como siempre, la dejé en su casa como siempre, me fui, y lo siguiente que sé es que tengo a la policía en casa tomándome muestras biológicas hasta del cielo de la boca.
– Jodeeeeeerrrrrr, pero es que cómo se te ocurre. ¿Qué bebiste?
– Pero eso qué tiene que ver.
– Pues tiene todo que ver. Tú vas, te emborrachas, te pasas, te crees que ella tiene ganas, no las tiene, y ¡POM!, la violaste. Y encima es tu novia, o sea que es violencia de género. Da gracias a que la denuncia es por la violación nada más y no por maltratador.
– ¿Cómo te tengo que decir que no la violé? Que no es que ella no consintiera, que es que no hubo sexo, ni del bueno ni del malo. No. Sexo.
– Eso es lo que dices ahora, tío que soy tu amigo y creo que no tienes mala intención, pero si habías bebido, ¿cómo sabes que no la violaste?
– A ver, si te pones así, uno no está nunca seguro de nada, en fin, ni del suelo bajo los pies, yo qué sé, si hubiera habido sexo me acordaría.
– Aparte es que tú, también, es que da igual, es que eso es ir provocando. Vas y te tomas unas cervezas, y luego os vais a su casa, y claro, por aquellas calles tan vacías, pues ella, normal. Se asusta. Le entra miedo, y hace, pues lo normal en una situación así. Se asusta,  va y te denuncia.
– Pero ¿tú de parte de quién estás?
– Es que no es cuestión de parte de quién estoy, que sabes que eres mi amigo y me importa lo que te pase, pero es que tíos como tú sois los que nos dan mala fama a los demás. ¿Por qué no me llamaste para que fuera con vosotros? Yo también estaba por la parte de los bares, nos vamos los tres a su casa y ya está. Tienes tranquilidad, un testigo, y la seguridad de que no la violas. A ver, como si no te hubieran dicho mil veces que uno no se puede quedar solo con una mujer. Vamos, desde chicos en el colegio.
– ¿Y si nos acusa a los dos?
– Venga ya, que Silvia no es de esas. Silvia es legal.
– Será todo lo legal que tú quieras, ¡pero me acaba de calumniar!
– Ehhhhhh, que calumniar es una palabra muy gorda. Te ha denunciado.
– Me vas a venir a mí con qué palabras son gordas. ¡Que me han puesto un cartel al cuello!
– Venga, no dramatices. Espera a que se le pase un poco el enfado, hablas con ella, le pides perdón, y a ver si retira la denuncia, que yo creo que sí, que es una persona razonable y si le explicas tu versión, te comprenderá.
– Entre los que decís que algo hice y la culpa es mía, y los que decís que las mujeres no pueden evitarlo, y la culpa no es de ella, me tenéis todos harto ya. Voy a ver qué ponen en la tele.

En un canal de televisión hay un documental que se centra en los aspectos más tristes del día a día en prisión de hombres denunciados por violación y violencia de género. Todas las mujeres que aparecen son funcionarias de prisiones, juezas, y mujeres policía.

En otro canal están echando una comedia donde algunas actrices hacen chistes sobre un hombre que es demasiado feo para calumniarlo: no querrían que nadie las relacionara con él.

En otro canal donde también hay una película, es un drama romántico. Una mujer seduce a un hombre. Lo amenaza con denunciarlo, tras lo cual él se enamora de ella, seducido por su chantaje.

En otro canal hay un debate sobre la función que el sistema educativo debe tener enseñando a los chicos a evitar ponerse en situaciones que les lleven a ser calumniados, ya que se produce una escalada del “rumor” a la “acusación” al “chantaje” a la “denuncia” que los chicos deben saber detectar y frenar antes de que sea grave. En ningún momento se dice “las mujeres denuncian”, sino “los hombres reciben denuncias”.

– Estoy harto de toda la mierda antimasculina y calumniante que echan.
– Nah, no tendrías que ser tan radical. Tomátelo más a la ligera que no es algo personal, tío.

La forma correcta de comer un mango.

Es necesario tener:

Hambre. Los mangos son una fruta grande; no comas más con los ojos que con la boca. No busques algo que en realidad no te apetece. Hay que desearlo, pues ¿quién es el loco que se lanza a por lo que no quiere realmente?

Un mango en el momento adecuado. Será en parte verde y en parte amarillo con alguna mancha roja. Cede levemente a la presión, sobre todo cerca del rabito. Sin embargo, es mucho más difícil saber si quien está contigo es la persona adecuada o el momento adecuado. A veces hay que lanzarse, porque puedes llevarte una sorpresa.

Un cuchillo de hoja fina y a ser posible flexible. Siempre es mejor ser flexible. Sacas más jugo de la vida (y de los mangos). Puedes apurar mucho mejor lo que se queda pegado al hueso.

Qué hacer:

Clava el cuchillo en el mango y pártelo por la mitad. Tendrás la mitad grande con el hueso y la pequeña sin él. La mitad pequeña es más fácil de comer y debe ser para la persona más tímida, pasiva, aquel de los dos que necesita algo de ayuda. Si tienes el cuchillo, lo más probable es que esa persona no seas tú. Felicidades. Aunque por supuesto, que te den las cosas hechas tiene su encanto.

Coge la mitad sin hueso y corta una cuadrícula sobre la carne, diagonal a las fibras. Sé suave. Ten cuidado. Si aplicas demasiada fuerza cortarás la corteza y no quedará igual de limpio. Hazlo con mimo. Recuerda que lo estás haciendo para quien comparte este mango delicioso contigo. Ahora, presiona ligeramente desde la corteza hacia dentro para “darle la vuelta”. Quedará con un dibujo de rombos.

Pásaselo. Disfruta de su mirada de placer, anticipación, y hambre. Puedes jugar a no dárselo, pero no mucho tiempo, no seas cruel.

Coge la mitad que te queda. Corta tajaditas alrededor del hueso (¿ves cómo necesitabas un cuchillo flexible?). Introduce con cuidado el cuchillo entre el hueso y la carne para crear otra mitad como la que has dado. Córtale una cuadrícula y vuélvelo del revés como la otra mitad.

Muerde los cuadraditos. Come con los dedos y lámetelos. No se te ocurra coger un tenedor.

¿Quieres gemir de placer? Hazlo. ¿Quieres mirar a quien ya está acabándose la otra mitad y sonreír? Hazlo. Nunca ha comido mango antes, y está sorprendido. Cuéntale cómo fue tu primera vez (el mango estaba verde y fue una enorme decepción). Lame sin que te dé vergüenza las gotas de zumo que van a gotearte por la mano.

Ya que tu acompañante empezó a comer mientras tú todavía cortabas, terminará antes. Seguro que te pide más. Valora qué es más importante, tus ganas de comer mango o tus ganas de satisfacer. Actúa con generosidad, dale un pedacito, aunque sea haciéndote de rogar.

No hay mejor forma de acabar una comida que compartir un mango.