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Introducción mínima a la interseccionalidad.

Todos lo hemos oído: “pues hay quien está peor”. Es un primer intento, fallido pero intento, de interseccionalidad. Tú eres pobre, pero no estás discapacitado. Eres una mujer y cuidas de tu madre enferma, pero por lo menos tienes trabajo para manteneros a las dos. En este primer acercamiento, la realidad es una escalera, y cada privilegio que no tienes te hace bajar un escalón. Arriba están los hombres blancos ricos. El segundo escalón está ocupado por las mujeres blancas ricas. Y todo lo demás es una pirámide perfecta. Sencillo, pero incorrecto.

La interseccionalidad es algo más complejo que eso. El término lo creó Kimberlé Crenshaw en los 80, aunque la idea existía desde mucho antes, para referirse a la interacción de múltiples tipos de opresión, es decir, a cómo diversos privilegios y la falta de ellos afectan de distinta manera en distintos contextos. Evidentemente, una persona a la que le “falten” cinco o seis privilegios de la lista (no es tan difícil) tiene una vida más dura que alguien a quien falte uno, o ninguno. Pero muchas veces, lo que se supone que es una característica común a todos los miembros de un colectivo oprimido, sólo lo es de la parte más privilegiada de los mismos. En otras palabras: sin un enfoque interseccional, la lucha contra un privilegio tiende a beneficiar a quienes sólo echan en falta ese privilegio y ninguno más, a costa del resto del grupo. Así es como, en palabras de Ardeluxe, se puede ser comunista y machista, feminista y transfóbica, o gay de derechas.

Si queda un poco abstracto, como mejor puede entenderse es con ejemplos. Voy a poner uno que se beneficiaría de más feminismo, y una crítica al feminismo.

1. La lucha contra la pobreza, la lucha obrera… ese tipo de reinvidicaciones de izquierdas. Por ejemplo, es fácil tomar como héroes, como símbolos, a colectivos muy reivindicativos como los mineros. Símbolos como el del Sindicato de Estudiantes (llave inglesa que se convierte en lápiz) o la hoz y el martillo, apuntan a profesiones típicamente masculinas. Otro símbolo que me encanta a pesar de lo excluyente que es, es el albañil de Manel Fontdevila. currito fontdevilaCuando Fontdevila dibuja a su hombrecillo del casco, no está representando a un albañil sino al conjunto de la clase obrera. No sería muy difícil pensar en una camarera con uniforme, una enfermera, o una profesora, por decir mujeres fáciles de caricaturizar, como representantes del sector servicios (el autor es consciente de ello pero no sé hasta qué punto ha hecho algo por arreglarlo).

Otro ejemplo reciente y no humorístico es el reportaje de Jordi Évole “Precariado”, emitido en La Sexta hace pocos meses. Los ejemplos de profesiones que son o que se han vuelto inestables y mal pagadas: obreros de fábrica de automoción (y de refilón alguna mujer), y un hombre que ha estudiado comunicación audiovisual, como ejemplo de sobrecualificación. Esto, a mi parecer, es un enfoque completamente equivocado sobre el empleo de mala calidad. La peluquera autónoma, su empleada con el salario mínimo, infinidad de dependientas de tiendas, licenciadas que malviven dando clases particulares… estamos rodeados de un ejército invisible de mujeres con empleo precario, con problemas distintos o peores de los que tienen los hombres en su misma situación laboral, y ellas no son el símbolo de nada. Evidentemente, cualquier mejora global de las condiciones de trabajo las beneficia a ellas, pero no parece que nadie las tenga en cuenta.

Del mismo modo, cualquier análisis del empleo más estable que tenemos, el funcionariado, es incompleto sin tener en cuenta que somos una mayoría de mujeres, y por qué. Es fácil, la Administración es el único jefe que no nos pregunta nuestro estado civil.

Lo que busco no es que haya más personajes femeninos en los chistes, o que Jordi Évole entreviste a más mujeres: todo lo que he descrito no es el verdadero problema, sino síntomas de que la imagen mental que se tiene de “la clase obrera” excluye a las mujeres. Esto puede llevar a favorecer políticas, campañas de promoción, etc. que no lleguen al público que más lo necesita y se beneficiaría de ello. Podría decirse mucho más, pero como sólo quiero ilustrar un punto de encuentro (o de choque), lo dejaré aquí.

2. El feminismo también necesita ser más interseccional. Aquí me voy a limitar a explicar algo magníficamente contado por @DrJaneChi. Laurie Penny es una feminista inglesa, blanca, rica, que acaba de publicar una columna en New Statesman acerca de la imposición patriarcal de llevar el pelo largo. Opiniones de mujeres: dos, la suya y la de su hermana. Problemas prácticos de tener pelo largo: no siempre está bonito y lleva tiempo y dinero que lo esté. Penny universaliza su propia experiencia, sin tener en cuenta algunos factores importantes que no la afectan.Parece una cuestión nimia escoger el pelo corto, pero no lo es, y el colectivo menos afectado por ello es precisamente el que Penny escoge como universal, el suyo.

Por ejemplo, las mujeres trans* deben presentar un aspecto hiperfemenino para ser tomadas en serio. De esto puede depender el resto de su vida: cuando una mujer trans decide que quiere hacer los cambios legales y médicos para ser considerada la mujer que sabe que es, tiene que pasar por una serie de barreras puestas por la ley y por profesionales sanitarios para que demuestre cómo se siente, y uno de los puntos que se tienen en cuenta es si la mujer muestra una feminidad convencional. Una trans puede tenerlo complicado para elegir llevar el pelo corto.

En segundo lugar, el ideal de pelo largo es un ideal basado en la belleza de la mujer blanca. Las mujeres negras, o con el pelo más rizado que esto de aquí, tienen que hacer una inversión en tiempo y dinero que no tiene nada que ver con la que hacemos las demás. Además, las mujeres blancas con el pelo de una calidad parecida tampoco se enfrentan a los mismos problemas: lo que en nosotras puede verse como un estilo original, en las mujeres negras puede ser motivo de rechazo. Por eso, para ellas, llevar el pelo corto tiene unas motivaciones diferentes. Un análisis español de esta cuestión hablaría, por cierto, de la obsesión de las mujeres españolas con el pelo liso.

Más cuestiones: la edad. De las mujeres jóvenes y guapas se espera pelo largo, pero a partir de cierta edad, se espera que lo tiñamos y cortemos. Si ya no se es joven, tener el pelo largo, o largo y sin teñir, es más desafiante que ser joven y tenerlo corto.

No puedo terminar sin mencionar a las mujeres que pierden el pelo por una enfermedad. Penny menciona a su hermana, a la que se le cayó el pelo por estrés. ¿Tan difícil era citar dos líneas sobre los efectos de la quimioterapia?

Añadir un enfoque interseccional a una lucha por la justicia y contra la discriminación puede salir natural, sobre todo cuando nos afecta personalmente, o puede ser muy difícil. Es el único activismo que merece la pena. De lo contrario, lo único que estaremos defendiendo es un mundo aún en forma de pirámide, pero con nuestro escaloncito un poco más arriba.

Gitaneos

Cosas que he oído decir a españoles que son propias de gitanos, pero sobre todo de gitanas. No sé si ocurrirá en otros sitios, pero en Andalucía es un calificativo que se usa mucho entre mujeres payas. Es decir, no es “las gitanas dicen o hacen”, sino “eso que haces es de gitanas”; “pareces gitana”.

– Hacer juramentos (en el sentido de “te juro que…”)
– Tener el pelo largo, a menos que esté muy, muy liso.
– Tener el pelo rizado, en cualquier largo o corte.
– Llevar el pelo suelto.
– Estar despeinada. Tener mechones fuera de sitio.
– Tener el corte de pelo descuidado, dejado crecer (como cuando un corte a capas pierde la forma o el pelo corto tapa las orejas a trasquilones).
– Los pendientes largos, o grandes.
– Cualquier adorno de colores en el pelo que no sea una diadema o una coleta.
– Las faldas largas con vuelo.
– Las mujeres muy jóvenes con relaciones estables y formales (nunca he oído “anda que… ¡como un gitano!” a un hombre joven con novia).
– Andar descalza.
– Ser madre soltera.
– Las familias numerosas.
– Dar el pecho.
– La delincuencia.
– La mala conducta escolar.
– Una actitud agresiva y desconfiada, a la defensiva.
– El gusto por discutir.
– El gusto por comerciar.
– El machismo.
– El flamenco de los últimos años. Según un conocido mío, el flamenco de hasta hace una década no tenía el “gitaneo” del de ahora. No se refería al “flamenquito” o fusiones más o menos flamenco-pop.
– Los trajes de novio de color, con toques de color, blancos, o muy barrocos.
– Los trajes de novia muy barrocos.

No intentéis verle lógica. En la imaginación colectiva de la mujer paya andaluza, la gitana es una especie de alien que llevan dentro, que las sitúa peligrosamente lejos del ideal de mujer blanca al que se quieren parecer. Para payos, hombres y mujeres, el hombre gitano es una especie de monstruo de muchas cabezas: un yonqui de los 80, un delincuente listillo y sutil, un perro de pelea, un adulto machista, explotador y vago, un vendedor de mercadillo que sabe regatear.

A veces pienso que los chistes de canis y chonis son la versión socialmente aceptable del racismo gitanofóbico. Últimamente, el clasismo es más divertido y mejor visto que ser racista.