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Sobre acoso escolar.

Empecemos con las malas noticias: nadie sabe arreglar el acoso escolar. De verdad. Si tuviéramos soluciones las habríamos aplicado. No hay sistema educativo del mundo que haya descubierto El Secreto, el protocolo post-acoso que siempre funciona. Si leéis “En Finlandia se crea la figura del blabliblú”, lo que yo leo es “en Finlandia también hay acoso”. Quien dice Finlandia dice El Colegio Santa María Donde Usan Ipads y Son Tan Modernos Que No Tienen Ni Paredes. Como con otras cosas, lo que sí puede funcionar es prevenir, aunque es difícil porque en lugar de un protocolo que aplicas a casos individuales, como si de una enfermedad se tratara, debe ser un hábito permanente.

El rasgo más importante es el más difícil de conseguir: tener una sociedad igualitaria, sin discriminaciones. Cuando más igualitaria la sociedad, menos acoso, y esto vale para el colegio, el trabajo y la calle. Los acosadores buscan impunidad, y atacar a gente en desventaja queda impune en las sociedades donde la discriminación y la desigualdad son grandes. Como crear esta sociedad se nos queda grande, consigamos que lo igualitario sean los centros educativos. Esto lo puedes conseguir desde el Ministerio de Educación hasta la Dirección de un colegio, cada uno en su ámbito.

Hay medidas en el entorno escolar que no siempre son fáciles de adoptar, porque dependen de la construcción del edificio, la disponibilidad de aulas y las guardias del profesorado: crear ambientes acogedores y al mismo tiempo vigilados. Que no haya rincones donde esconderse, y que haya lugares acogedores para los niños más vulnerables (por ejemplo, abrir la biblioteca en los recreos). Que sea fácil para los profesores ir de una clase a la siguiente sin dejar que pasen 5-10 minutos. Y así.

Entremos en el aula. La víctima de acoso o de maltrato psicológico está atrapada en una situación de la que suele desconocer “la teoría”, es decir, las dinámicas que la alimentan, cómo funciona la mente de su agresor… a él o ella le maltratan, le aíslan, y eso es todo. Un mensaje tan sencillo como “el acoso es culpa del que acosa. Son predadores. Si no estuvieras tú, irían a por el gordo o la de gafas”, NO es obvio. He visto muchas caras de sorpresa al decírselo a chicos y chicas que habían sufrido acoso. Por eso, ese sencillo mensaje (“el acoso responde a una tara del acosador”) debe repetirse de manera verbal, explícita, frecuente, en grupos y en privado.

El segundo mensaje que los niños necesitan oír hasta que se les quede es “la diferencia entre el acoso y una pelea es la repetición. Vuelve y me lo cuentas si se repite”. Esto lo tienen que oír los agresores, reales o potenciales, porque hay chicos (y chicas) que realmente no son conscientes de la gravedad de sus actos. Como cualquier otro maltratador, por otra parte, sólo que ellos son pequeños y todavía son educables en la mayoría de los casos. Es el único punto donde un “es que son cosas de críos” es cierta: el niño, a veces, no ve la diferencia entre pelearse con su amigo e insultar a Pepe El De Las Gafas porque a veces y al principio es una cuestión de frecuencia y proporción.

Para que una víctima te crea cuando le dices “me lo cuentas si se repite” tienes que haber creado confianza primero. Ya ha roto un tabú pidiendo ayuda; ahora tiene que creer que no le estás dando largas. Es importante crear un clima de cercanía y que se note que somos sinceros. Y los profesores, para saber si se repite, tenemos q estar en contacto, porque el niño quizá ha preferido hablar con su profesor favorito o con un testigo de una agresión en lugar de con su tutor. La comunicación niño-> tutor-> equipo educativo-> jefatura-> tutor del agresor tiene que ser fluida.

He dicho que a veces el agresor no es consciente de la gravedad de sus actos, o no vas a conseguir que la admita, que para el caso es lo mismo. Eso sí, las víctimas sí que distinguen pero que muy bien una pelea o broma de un acoso. Este es un tema en el que muy rara vez hay exageraciones o “denuncias falsas”. A veces sí hay un poco de timidez extra, o una situación de aislamiento previa que hace a los alumnos más sensibles o más vulnerables, así que un trabajo extra para el profesorado es darnos prisa en facilitar las habilidades sociales de quienes se sienten inseguros, la creación de amistades del alumno nuevo, etc. Es una pésima idea dejar “que espabilen solos” a los que puedan ser vulnerables aunque nos parezca que “todavía” no hay acoso real. Supongamos que hay un alumno vulnerable y un caso apenas comenzado; si hemos intervenido a tiempo, simplemente difundir toda la información relevante a todos los implicados (familias, tutor, decirle a los agresores que los tenemos calados) puede bastar porque ese niño debería contar con otros para que no se lo aísle.

Por supuesto, si hay un chico vulnerable o ya acosado lo que no debemos hacer nunca es participar nunca en una broma en su contra, por inofensiva que nos parezca, ni llamar la atención sobre él o ella, o hacer cualquier cosa que contribuya a aislarlo. Tampoco debemos decir nunca que “no queremos enterarnos” de algo. Una situación que vi y que me han contado mucho de la escuela de los años 80 (qué tiempos aquellos) era el profesor que repetía “no quiero saber nada de lo que ocurra fuera del horario escolar o fuera del centro”. Eso era en la práctica una provocación para trasladar lo peor del acoso al camino de vuelta a casa, que funcionaba muy bien si lo que el profesor quería era fomentar la violencia.

Para los agresores tenemos pocas medidas, sobre todo si no hay agresiones físicas o si todo es difícil de demostrar. Es bueno hablar con las familias para que nadie pueda decir que no sabía lo que estaba ocurriendo, incluso si nos va a suponer una escena desagradable. Es importante saber de antemano que los niños agresores no tienen rasgos en común: lo puede hacer cualquiera. Diría que los que están aislados no, porque hace falta el apoyo de la masa, así que fíate menos de los chicos populares y de las pandillas, pero hasta ahí.

Casi todas las conversaciones que he tenido sobre acoso escolar con no docentes (familias, adultos que fueron víctimas de pequeños…) se centran en cómo sancionar o cómo reparar los casos más graves. Las medidas más extremas en contra de los acosadores, como expulsarlos del centro, no sirven para mucho: deben estar escolarizados, así que los trasladas a otro centro, donde otra Jefatura, otro tutor, y otro Pepe el de las Gafas tendrá que bregar con ellos. Medidas como el internamiento en un centro de menores son más una fantasía de venganza que algo realizable; además supondría hacer cambios muy profundos en la ley, no algo que podamos hacer desde los centros.

Este post me sabe a poco; me gustaría poder decir “para prevenir el acoso hay que decir Esta Fórmula Mágica, y para arreglarlo si se produce, Cágima Lámufor Taes”. Pero no. Hay que decir, todos los días, muchas veces, las mismas obviedades. Y ni así.

 

 

 

 

Educación y rentabilidad

La Education Endowment Foundation es una fundación creada por el Ministerio de Educación británico. El Ministerio está ahora en manos del gobierno conservador pero la fundación es, en teoría, independiente. Su principal interés es mejorar el desarrollo educativo del alumnado pobre en las escuelas más deprimidas. Y recientemente ha publicado un estudio del que hay un resumen aquí, sobre la rentabilidad de algunas estrategias para impulsar ese rendimiento académico. La rentabilidad es importante, claro, aunque no sea el único factor, ya que también hay que pensar en la formación integral, en los derechos de las familias, el alumnado y el profesorado, en su satisfacción, etc. Pero en un sistema público de enseñanza, será mejor optar por las medidas más económicas. El estudio se ha hecho en las escuelas inglesas, así que no tienen por qué ser universales, aunque son una buena pista.

Veamos las estrategias que el estudio considera más rentables:

Las dos medidas más rentables son el feedback y las técnicas de estudio. El feedback es para los alumnos y los profesores: para los alumnos, consistiría en dar no solo notas numéricas sino una explicación lo más detallada posible de la calidad de sus tareas, de sus progresos y de sus métodos de estudio o trabajo. Es decir, una evaluación continua y motivada. Para los profesores, la verdad es que recibimos bastante poco de esto. El uso de técnicas de estudio y también de autoevaluación es tan importante que sorprende que haya que recordarlo.

Las siguientes estrategias con un buen nivel de efectividad y rentabilidad son muchas a un nivel similar. El EEF mide en “meses lectivos en los que se compensa una desigualdad  educativa” y les da a todas un valor de cinco. Destacan en Primaria reforzar la expresión oral y la comprensión lectora; evidentemente sin comprensión lectora, que debe ser trabajada durante toda la educación obligatoria hasta alcanzar un nivel maduro y crítico, no podemos aprender nada más. El trabajo de la expresión oral obliga a crear clases lo más participativas posible, y que sea posible que los alumnos mantengan discusiones y no solo “reciten la lección” o resuelvan ejercicios. Además, esto sugiere que es bueno reducir el tamaño de los grupos o hacer que se trabaje en equipos supervisados. El aprendizaje colaborativo y supervisión a cargo de compañeros de clase son, por lo tanto, dos estrategias con beneficios múltiples. Por una parte, se ha demostrado que produce mejoras organizar un trabajo en equipo que garantice que todo el mundo hace algo (no vale mandar trabajo para casa y ya está). Y por otra, si se trabaja en grupitos en el aula en tareas sencillas, el profesor puede supervisar los grupos y atender a más frentes a la vez. La supervisión por compañeros no se haría tanto en el aula sino por ejemplo a la hora de hacer los deberes. Un poco al modo de clases particulares. Para realizarla puede ser muy práctico que haya jornadas un poco más cortas y horas de estudio libre o guiado en el centro escolar. Si no, se convierte en una extensión de los deberes.

Otras técnicas con el mismo nivel de eficacia son hacer deberes en Secundaria (en Primaria no), y una técnica de trabajo llamada en inglés “mastery learning” consistente en dividir el aprendizaje en bloques pequeños y hasta que no superas uno no avanzas. La estimulación temprana, es decir, ir a la guardería o recibir apoyo antes de los 7 años, junto con el apoyo individual o clases particulares son dos métodos útiles pero que salen carísimos. Es decir, yo los consideraría ineficientes. Pero claro, los niños no van a la guardería o a Infantil solo para garantizar su aprendizaje cinco años más tarde: van a socializar, a no estar todo el día metidos en casa, a aprender cosas que les gusten y les sean útiles en ese momento de sus vidas, y a dejar a sus padres hacer algo que no sea cuidarlos, unas horas al día. No todo se hace por criterios globales de eficiencia, como dije al principio.

Veamos las técnicas que suponen una compensación cercana a un trimestre, es decir, un impacto positivo pero muy moderado. Para empezar, los programas a nivel de centro o de aula para reducir la conflictividad requiere formación del profesorado, crear un programa con sus protocolos y demás, y trato individualizado al alumnado o los grupos más disruptivos. Sin tener en cuenta la mejora académica, es una medida básica porque contribuye al bienestar de todos. Sorprendentemente, tienen un nivel similar de eficacia la introducción de tecnología digital para apoyar el aprendizaje y la práctica de actividades deportivas al aire libre. Sí, como suena: dedicar un día a aprender escalada o una semanita a irnos de camping genera actitudes positivas (resiliencia, fuerza de voluntad…) y contribuye al trabajo en equipo, que ya hemos visto que funciona muy bien. También puede tener un valor para la motivación del alumnado: tan simple como “si os portáis bien os llevamos al rocódromo al final del trimestre”. Curiosamente las actividades artísticas o deportivas tienen un impacto un poco menor.

La implicación de las familias se pone en este nivel, aunque aquí dudo y me parece que debe haber problemas metodológicos. Y por último, reducir el tamaño de las clases, aunque es muy incompleto porque los estudios parecen centrados en reducciones pequeñas, por ejemplo de 30 a 25. Para que la reducción sea efectiva a corto plazo debe ser suficiente para permitir que el profesor haga cambios metodológicos que faciliten una dinámica más participativa. También es uno de los cambios más caros de efectuar.

Ahora, ¿qué es lo que no tiene ninguna efectividad? Intentar motivar a los alumnos a largo plazo con la orientación laboral. Tiene sentido: “si estudias cinco años más podrás trabajar de….” no tiene mucho sentido para las edades en las que comienzan las desigualdades educativas. Tampoco sirve de nada alargar las clases (es decir, 4 o 5 clases de 90 minutos en lugar de 5 o 6 de una hora). Sirve de poco alargar el curso o la jornada, e ir a clases extra en verano. Resumiendo: los niños ya tienen todas las horas que necesitan.

Pagar más a los profesores si los alumnos aprueban no sirve para que los estudiantes aprendan más. Me ahorro el sarcasmo. Os recuerdo que estos estudios provienen de un gobierno conservador; vaya, que muy a favor de mejorar las condiciones del profesorado no están. A ver si así se enteran algunos.

La medida más negativa de todas, que hace que los alumnos incluso retrocedan en el aprendizaje, es repetir curso. Y es carísima. Entonces ¿por qué seguimos haciéndolo? Porque no tenemos otra alternativa. Algo hay que hacer con el alumnado que no ha aprendido. De momento la propuesta de la LOMCE es sacarlos del itinerario estándar, pero seguro que hay medidas mejores, tanto preventivas como a posteriori. Por cierto, agrupar a los alumnos por habilidad, tal como la LOMCE propone, también es una medida ineficaz que provoca un retroceso en el aprendizaje según el mismo informe. Otra cosa es que a veces esa segregación se hace para que los alumnos no abandonen.

La verdad es que estos estudios tienen mucha miga. Tienen muchas medidas que el profesorado no puede llevar a cabo por sí mismo pero siempre es bueno saber qué es lo que ha demostrado que funciona.

Funciones del profesorado: las guardias.

Hay una noticia terrible estos días sobre una niña que ha sufrido una paliza en su colegio, en Mallorca. Ante esto es normal preguntarse qué estaban haciendo los profesores. No voy a hablar del caso, porque yo no estaba allí, y no conozco los detalles. Este post no entra en eso. Solo voy a hablar de la función de guardia y su relación con el resto del horario docente, y con los recortes en personal. Hay que recordar un par de cosas ante todo: no puedes pedir a la gente que trabaje gratis, es obligatorio permitir un breve descanso a mitad de la jornada, y los profesores tenemos que hacer cada hora (o fracción) una sola función que consta en nuestro horario, decidido a principio de curso. O estás en una reunión o estás en 1º C. No estás “a lo que surja”. Y lo que voy a decir se aplica a Secundaria en Andalucía aunque en general es así en el resto del país.

El horario de los profesores es bastante complejo. En primer lugar están las horas de clase, que ahora son por ley un mínimo de 20. En teoría el máximo son 21. Yo he llegado a tener 22 cuando el margen legal era de 18 a 21. Después de eso vienen las horas de obligada permanencia en el centro, hasta llegar a 25. En estas horas la mayoría de nosotros, que somos tutores, tenemos que encajar como mínimo lo siguiente: una hora de atender a las familias, una reunión de departamento, una reunión de tutores (así te reúnes con Orientación para saber cómo resolver problemas no académicos), y hasta este año, aquí se incluía una hora llamada de “tutoría académica”, para hacer papeleo como por ejemplo llevar las faltas de asistencia o llevar por escrito qué actividades haces con la tutoría, como por ejemplo resolver conflictos, llamar a una familia por teléfono, o lo que sea. Este año, esta última hora no forma parte de las 25, sino del llamado “horario no regular”. Aquí se recogen las actividades que se hacen con menos frecuencia, y no se pueden calcular por semanas. Se hacen según necesidad. Serían actividades de formación (os recuerdo que es un derecho del trabajador que la formación continua compute como tiempo trabajado), reuniones de evaluación, reuniones de equipo educativo (imprescindibles si te hueles un caso de acoso o tienes problemas de convivencia), participar en actividades extraescolares. Cosas así.

Ya tenemos treinta horas. Se supone que hay 7.5, hasta llegar a las 37.5, que vas a hacer donde quieras y que vas a dedicar a: preparar tus clases (os recuerdo que no queréis que use libros de texto), corregir actividades, y actividades administrativas o académicas de todo tipo. La formación suele cogernos bastante más de lo que oficialmente se considera “horario no regular”. Algunos profesores tenemos una coordinación, como por ejemplo “convivencia”, que significa que eres el responsable de las estrategias para evitar, prevenir, detectar y resolver el acoso y la violencia escolares.

¿Te has hecho un lío? Venga, te voy a dar un esquema.

  1. 20 horas: dar clase.
  2. 5 horas: horario regular no lectivo.
    1. Al menos 3 horas deberían ser reuniones.
    2. Si eres coordinador, 2 horas para eso.
    3. Lo que sobre son las guardias.
  3. 5 horas: horario no regular. Actividades que no son iguales todas las semanas. Al principio del curso se hace una estimación de qué vas a hacer.
    1. Reuniones no semanales. Entre quincenales y mensuales.
    2. Formación continua.
    3. Actividades extraescolares.
    4. Tareas administrativas.
  4. 7.5 horas: se supone que estás preparando clases, corrigiendo, o haciendo lo que no dio tiempo en las 10 horas anteriores.

¿Te parecen muchas reuniones? Quizá, pero si creo que estoy detectando un caso de acoso necesito hablar con Jefatura de Estudios que sanciona, con Dirección que también, con Orientación que propone soluciones, con los padres de víctima y agresor(es), con víctima, agresor(es) y testigos, con los demás profesores que dan clase a los mismos niños para saber si ellos han visto algo. Y eso solo se puede hacer si el horario de cada uno de los profesores tiene huecos que coincidan con los míos.

Cuando empecé en mi centro actual hace seis años, en las guardias de clase había tres personas, a veces dos. Entonces aumentaron las horas mínimas de clase de 18 a 20, y ahora estamos de guardia dos profesores, a veces uno. En las guardias de recreo había seis profesores y ahora hay cinco. Cada vez hay menos profesores de guardia porque las decide Dirección, que se ve atrapada entre la obligación de darle un horario legal a un profesorado insuficiente, y la obligación de que los estudiantes estén bien cuidados. “Pues que pongan más profesores”… ah, es que entonces ya no haría 25 horas, haría 26 o 27. ¿Que solo son dos horas? Primero que es ilegal. Y segundo, ¿por qué no quieres que yo siga con 18 o 19 horas de clase, 25 de permanencia en total, y así tengamos uno o dos profesores más, que nos hacen muchísima falta? ¿en serio quieres que estén en el paro todos esos aspirantes? Porque esa es la parte que se olvida cuando se dice que “los profesores se quejan por trabajar una hora más a la semana”: cada hora de más que hacemos supone un profesor menos por cada 30. No es “les vamos a pedir que trabajen más”, es “vamos a echar a la calle al 3% de los interinos”. Nunca se ha hecho para mejorar la educación sino para despedir o no renovar.

Visto esto, ¿en qué consiste hacer guardia? Es muy distinto hacer guardia de recreo o en horas lectivas. En una guardia de recreo tienes que vigilar todo esto:

  1. Que nadie se quede escondido dentro de las clases. A veces es muy difícil de impedir, y si hay algún hurto o pérdida se monta un lío.
  2. Que no quede nadie rondando por los pasillos. En mi centro hay cinco en dos plantas. En el anterior, ocho en cuatro plantas.
  3. Que vayan niñas al servicio de niñas, niños al de niños, que no se entre al servicio con objetos que puedan utilizarse para sabotearlos (en mi centro los atascaban con bocadillos, por diversión), que no se fume dentro. Esto lo haces sin entrar a menos que sea imprescindible, vigilas el pasillo.
  4. Hacer guardia de biblioteca. Puede que suponga llevar el servicio de préstamo, vigilar que los libros se devuelvan a donde corresponde, mantener el orden…
  5. Si se abre el gimnasio para que jueguen allí, vigilar el buen estado del material y que nadie entre con comida.
  6. Si el centro tiene cafetería a veces hay que controlarla. Depende del centro y de cómo sea el alumnado.
  7. Controlar el patio: que no haya peleas, que la gente que se esconde en los rincones no haga peleas o cualquier otra cosa ilegal, y ¡ay!, que no se tiren papeles al suelo.

Sí, todo esto lo hacemos entre cuatro y seis personas. ¿Dónde están los demás profesores? Disfrutando de su derecho legalmente reconocido al descanso a media jornada. O renunciando a él para adelantar trabajo que no se puede hacer en otro momento. Por ejemplo hablando con la Orientadora de un problema, llamando por teléfono a una familia, imprimiendo algo que vas a necesitar usar en clase, asegurándote de que el equipamiento tecnológico de un aula funciona para que eso no pise el tiempo de la clase, decirle al coordinador TIC que algo está roto, quedarte con niños a los que has castigado sin recreo, a veces ver a familias porque por la tarde no pueden venir y tú no tienes suficientes huecos en el horario en las horas de clase.

En las guardias en horas de clase las tareas son menos variadas. Lo más importante es que si falta un compañero, te vas a su aula, y vigilas a sus alumnos, que normalmente tienen una tarea que el profesor ausente ha dejado por escrito. No se nos sustituye hasta después de haber faltado dos semanas seguidas, así que si un profesor está enfermo esto es lo que toca. No das su clase, porque si eres de inglés y los alumnos de física, ya me dirás. Te limitas a decirles qué ha dicho el profesor que tienen que hacer.

Otra misión importantísima es controlar el pasillo entre clase y clase. Supongamos que son las 10:30. Ha terminado una clase e instantáneamente empieza la siguiente. Entre que un profesor que está en 1º A recoge sus cosas, sortea a los niños que hacen un corrillo a su alrededor, y llega a 2ºB, que puede estar en la punta opuesta del edificio, incluso si lo hace sin parar un instante va a pasar un tiempo en el que podría ocurrir cualquier cosa. Una que va a ocurrir segurísimo es que la gente va a salir al pasillo. Y ahí está el profesor de guardia, diciéndoles que vuelvan a meterse en su clase para no provocar aglomeraciones, peleas, accidentes y problemas varios. Parece una tontería, pero imagínate cuatro clases enfrentadas, cinco o seis niños de cada clase montando tertulia en mitad de un pasillo, y otro grupo más que necesita atravesarlo para llegar al gimnasio. Alguien se despista y le da por esconderse en los servicios, irse a la clase de otro con el que se ha peleado… en fin.

Si has estado dando clase y te toca guardia, los primeros cinco minutos necesitas hacerlo todo a la vez: acabar tu clase, vigilar pasillos e ir a sustituir a alguien. No te vale con saberlo desde las 8:30 porque si falta más de un profesor te tienes que coordinar con el resto del profesorado de guardia; si hay más profesores ausentes que de guardia (imagina un centro con 60 profesores, dos profes por cada guardia y la temporada de gripe) sigues lo que te mande Jefatura, que suele ser quedarte con los más pequeños.

Si la guardia es tranquila, tienes que estar localizable para por lo menos dos tareas. La primera es estar en el aulita pequeña a la que se manda a la gente expulsada de clase sobre la marcha, o a los alumnos que tienen una expulsión pero se considera conveniente que no falten al centro. La segunda es que si un alumno quiere avisar a casa para que lo recojan porque está enfermo, llamas tú. Si el instituto está muy cerca del centro de salud, puede que el protocolo sea llevarlos a Urgencias. En mi centro todos los días hay alumnado, por lo menos un par al día, llamando a casa porque les duele la cabeza o la barriga.  Si el centro es grande o hay problemas, puede que tengas que pasarte la guardia patrullando pasillos para ver si hay alguien escondido y escaqueándose con la excusa, por ejemplo, de ir al baño.

En conclusión: hacer guardias es un trabajo pesado y desagradecido para el que no tenemos personal suficiente. No te lo puedes llevar a casa, no lo puedes hacer al mismo tiempo que otra cosa, y cuantas más horas de clase damos, menos guardias podemos cumplir. Así de sencillo. Desgraciadamente, quinientos adolescentes en un sitio estrecho necesitan vigilancia aunque sean muy buenos y siempre puede pasar cualquier cosa. Con niños más pequeños, no me lo puedo ni imaginar. Así que las reclamaciones de los profesores para tener menos horas de clase no son para “trabajar menos”: son para tener más tiempo para estas tareas invisibles y necesarias.

21 días, día 21 y conclusiones.

PHOTO_20160129_133404Parte de la decoración de la entrada en estos días.

La primera vez que hice este seguimiento de lo que hago todos los días en el trabajo escribí unas conclusiones. Mantengo casi todo, y las cosas que ahora son diferentes se deben a los cambios en mis grupos. Estas son las conclusiones que saco ahora:

1. He trabajado 105,5 horas en 20 días, incluidos un día acortado por tener que ir al médico. Esto supone una jornada laboral en abstracto y en teoría de 35 horas, pero como no contabilizo descansos y mi jornada matinal rara vez los tiene, si incluyéramos descansos hablamos de 37,5 horas, que es más o menos lo que la ley supone que hago. Debido a interrupciones y necesidades vitales variadas, cumplir con un horario así implica trabajar fines de semana, incluso si te propones, como yo, estar en el instituto unas 30 horas semanales.

2. El recuento que he hecho de las tareas usando trello no es completo: cada cinco días o así elimino tareas que he hecho, añado las que hayan ido surgiendo y me acuerde. Las que no me acuerdo de apuntar o he resuelto antes de abrir trello no figuran. Ha habido un ligero descenso, de 32 a 20. He hecho de todo: meterle el diente a tareas amplias y abiertas que no se terminan nunca, poner y corregir exámenes, cosas muy concretas como una llamada de teléfono. El trabajo no se termina nunca, y trabajar 8 horas al día no sirve para avanzar, que incluiría también hacer regularmente tareas más imaginativas que las del libro. Puedo hacerlas, pero muy de vez en cuando. De todas maneras, el trello es una ayuda magnífica, unque lo use poco.

3. Me paso la vida riñendo y creo que no soy la única. Dar clase en primero y a veces en segundo supone pasar más tiempo poniendo orden (en todos los sentidos, no solo la disciplina sino recordando, por ejemplo, qué día hay que entregar algo) que enseñando la materia.

4. El nivel de estrés es muy alto, para los profesores y para los alumnos. En los profesores se traduce en problemas de salud, que das clase peor, que riñes más y que no te concentras ni en el instituto ni en casa: hace dos años, con niños más mayores y más tranquilos, hacía más horas en casa. En los alumnos, en problemas de salud del tipo de ataques de nervios y dolores leves de cabeza o de barriga, en el ruido que hacen todo el día, y en peleas a las que ellos rara vez dan importancia. No sé qué habría que hacer para reducir el estrés aparte de aumentar los descansos y reducir las horas de clase.

5. Trabajar en un instituto pequeño (320 alumnos, 30 profesores, 4 grupos en 1º) y pasar la mayor cantidad posible de horas en el centro facilita la comunicación con otros profesores más que las reuniones regladas, porque en esas hay un orden del día que hay que seguir y consisten más bien en que alguien superior te transmite información. Poder tomarte un café o cruzarte en un cambio de clases con el tutor de ese niño que da problemas o con la Jefa de Estudios es lo que puede salvar un curso.

6. Otra cosa que puede salvar un curso es la atención personalizada. No es tan importante si tienes clases grandes o pequeñas (a 20 alumnos tampoco les das atención personalizada) como que tengas tiempo de llevar un registro de su trabajo y sus circunstancias, conocerlos, hablar con ellos en privado, hablar con sus familias y comunicarles si trabajan o no, hablar con los otros profesores del mismo niño, prepararles tareas aparte si es necesario, etc. Para mí la diferencia entre un grupo de 28 o un grupo de 20 no está en la clase en sí, sino en si al final tengo que echar cuentas de 130 niños o de 90. Ahí sí hay una diferencia, y estas tres semanas he observado un cambio de actitud grande en algunos alumnos/as que han recibido la clase de atención a la que me refiero. Eso sí, no es una fórmula mágica.

7. Doy clase con un método muy tradicional, pero cualquier pequeña ruptura con la monotonía, como una canción (que también es método tradicional), se percibe como la cumbre de lo innovador. Es como una boda por la iglesia, con todos sus perejiles, en la que la novia lleve un vestido rosa: dentro de una maquinaria que siempre hace lo mismo de la misma manera, los cambios más pequeños se notan muchísimo.

8. La clave de una clase de idiomas es usarlo. Todo lo demás son trucos de magia para que el alumnado no se aburra ni desmotive.

9. No me considero mala profesora, ni tampoco muy buena, pero no me veo puntos fuertes. Mis puntos más débiles son enseñar a hablar y a leer. El seguimiento de los 21 días me ha hecho mucho más organizada.

10. Hasta ahora me había parecido que las quejas del tipo “pasamos más tiempo haciendo papeleos y burocracia que dando clase” eran un poco exageradas. Ya no me lo parecen.

21 días, día 13. Día de la Paz.

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Hoy tendría el recreo libre y cuatro horas de clase pero es el día escolar de la paz y tenemos una celebración al final de la jornada.

Primero. Hoy toca que me entreguen un trabajo que han hecho por equipos, sobre animales. Recojo, tomo nota de quién no ha participado en ningún trabajo, y doy algunas indicaciones sobre la diferencia entre buscar información y plagiar. Dos de los trabajos han consistido en copiar largos párrafos de wikipedia, en inglés o en español, usando traductores online. Intento mediar entre gente que tenía que coordinarse y no lo hizo, y doy unas pautas sobre cómo hacer un trabajo así sin hacer trampa. Fundamentalmente: no copies nada que no entiendas.

Se nos va casi toda la clase con esto. Los que tienen intención de hacer tarde o de mejorar su trabajo toman nota. Empezamos un ejercicio, pero solo da tiempo a explicar cómo se hace. Se queda para la semana que viene.

Me quedo sin recreo porque algunos profesores nos tenemos que reunir con la dirección para abordar algunos problemas muy generales de rendimiento y de conducta de un grupo concreto. Qué pena el cafelito que no me he podido tomar…

Segundo. Están un poco distraídos y tengo que decirles a casi todos, de uno en uno y por su nombre, que saquen el cuaderno de inglés. Esta vez trabajamos casi todo en español: les explico mientras copian (o solo escuchan) la teoría del pasado simple. Hoy no hay verbos irregulares. Remato toda la teoría del tema y ahora solo nos queda practicarlo las próximas semanas. Da gusto cuando se trabaja bien. Hacemos dos ejercicios, uno en afirmativa y otro con preguntas. Cada vez tenemos menos problemas para que lean en voz alta aunque sea con errores.

Primero. La clase es casi igual que la que tuve antes del recreo, pero más corta, porque a y media nos vamos al patio. Me limito a comprobar quién me entrega el trabajo y quién no.

En el patio, pasamos una hora al sol con distintas actividades relacionadas con el día de la paz: leer un manifiesto, escuchar a alumnos bilingües leer unas frases en sus lenguas maternas (árabe, portugués, rumano… cerca de una docena), ver una coreografía a una canción sobre la paz, lo típico de esta ocasión. A las dos y media, recogemos y los niños tienen un rato libre hasta que nos vamos a las tres. Y a lo largo de la mañana de hoy, día de la paz, he separado por lo menos cuatro peleas, casi todas a patada limpia, casi todas en broma…

En casa, escribo un pequeño documento sobre lo que se habló en la reunión del recreo. Y cierro por hoy. Mi plan para el fin de semana es no hacer nada de trabajo el sábado, y hacer muchas cosas el domingo.

Horas lectivas: 4.
Horas no lectivas: ninguna.
Horas reales trabajadas: 5.30

21 días, día 11. Preparando el Día de la Paz.

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El día empieza con tercero. Los deberes son una autoevaluación de verbos irregulares, que la mayoría ha hecho. Pasamos a otro grupito de verbos, lo repasamos y la autoevaluación se queda para el lunes. Pasamos a un ejercicio de escucha que cuesta muchísimo hacer porque no podemos reproducir sonido desde el ordenador (pizarra digital rota o desconectada, no lo sé), y el CD portátil se niega  reproducir el disco, el original de la editorial. Creo que está en las últimas. Leo el guión de medio ejercicio y el otro medio se deja escuchar desde el aparato. Corregimos; éste les ha costado. Intento hacer un poco de conversación, pero me miran como si hablara en ruso; el tema no les interesa. Paso a introducir la próxima cuestión gramatical que vamos a ver la semana que viene.

Primero. Arrancamos bastante bien; corregimos deberes (muy sencillo: hacer dos listas, una de tiendas y locales que tu pueblo no tiene y otra que sí). La mitad de la clase no los ha hecho. Hoy toca el presente continuo; presento toda la gramática de un tirón, en español cuando quiero comparar la gramática de los dos idiomas y en inglés cuando pido o pongo ejemplos. Tienen muchas ganas de participar y cuesta que no lo hagan todos a la vez. Damos toda la gramática de una unidad didáctica en dos patadas, los felicito y se alegran. Hacemos un ejercicio, y eso ya les cuesta más.

Segundo: tutoría. Hoy nos toca hacer una tarea que nos ha mandado Orientación para preparar el día escolar de la paz, el 30 de enero. Estoy desanimada porque todo queda siempre en buenas intenciones, son días en los que hay que cubrir el expediente y tengo más ganas de ir al dentista ahora mismo que de hablar de Paz con mayúscula. Tenemos que pensar en varios lemas y decorar una o varias palomas de las que tenemos la silueta en una fotocopia. Les insisto en que no podemos entender la paz como lo opuesto de la guerra que ocurre en países lejanos. Pongo la definición de la RAE en la pizarra digital cortando las definiciones religiosas y les pregunto qué rompe la paz en el instituto. A base de ir haciendo preguntas y estimulando cierto debate la pizarra acaba con tres columnas: una de problemas (peleas), otra de causas (discriminación, ruido) y otra de soluciones (saber escuchar, igualdad). Cuando hablamos de discriminación hablan espontáneamente de machismo y racismo y yo introduzco el clasismo y la homofobia, que conocen como ideas aunque las palabras sean nuevas. Convertimos la tercera columna, la de las soluciones, en lemas. Son muy originales. Insisten mucho en que el “lema de la clase” (sus palabras) que decora el tablón de corcho tiene que ser el lema ganador que entreguemos a la Orientadora. Ellos no lo saben, pero es el imperativo categórico kantiano formulado en términos coloquiales (pórtate como quieres que lo haga todo el mundo). Unos voluntarios  hacen pósters. Mucha gente señala quiénes deben dibujar, es bonito ver que se aprecian unos a otros. Es todo un poco caótico al final, pero en conjunto ha salido bien.

Recreo en la biblioteca. Hay más gente de lo habitual. Mis ayudantes devuelven los libros a su sitio. Echo a un par de niños que han venido a “hacer un sorteo” (!!) y se van la mitad. Todo el mundo hace mucho ruido. Es inevitable si están trabajando en equipo; no saben hablar en voz baja.

Después del recreo, me encuentro en el pasillo con una niña que llora hipando (no es la misma de ayer). Parece otro ataque de ansiedad, pero es un disgusto por una pelea. Estos ataques aparatosos no son tan frecuentes como enfermedades misteriosas, dolores de cabeza y de barriga, mareos… cada día, por lo menos un par de alumnos vuelven enfermos a su casa o pasan una horita en el sillón de la entrada.

Reunión de tutores con Orientación. Hoy apenas hay novedades. Esto pasa a veces; como algunas reuniones tienen que estar en el calendario semanal, no siempre hay novedades, mientras que para otras que a lo mejor hacen falta hay poco tiempo. Es una consecuencia inevitable de las pocas horas presenciales-pero-no-lectivas que tenemos. Cuando la orientadora termina de informarnos sobre algo que pasará la semana que viene, aprovecho para pasar faltas de asistencia a la aplicación informática, actualizar la hoja de cálculo de las clases usando mi cuadernito, y enviar avisos por SMS a las familias de los alumnos que han acumulado muchos “negativos” de conducta o de falta de trabajo. Tengo el tiempo justo para esas tareas administrativas: toca el tiembre en cuanto termino.

Primero. Terminamos en veinte minutos el ejercicio de escucha que no pudimos hacer en el examen del viernes pasado. Tardan muchísimo en estar listos. Les entrego el ejercicio en forma de papelito, separado del examen original, y cuando termino, intento hacer lo mismo que en el otro grupo: la teoría más básica del presente continuo. Aquí es más difícil. Charlan, no trabajan, o se pierden. Sobre todo, muchos no están copiando lo que pongo en la pizarra. Es el cuarto tema y saben ya que desmenuzo la gramática mucho más que el libro (que no tiene explicaciones teóricas de ningún tipo, por otra parte). Los que no están escribiendo es porque están distraídos, porque esperan una orden directa y dirigida a ellos (JUAN, copia eso)… me enfado mucho con un niño que ha arrancado una hoja del cuaderno con los esquemas a medias y ha empezado a copiar de nuevo. No hay ningún problema en la hoja arrancada. Esto es algo que al principio hacían todos: el cuaderno tiene que estar perfecto y además incluir todas las respuestas a todos los ejercicios, tanto si los han hecho como si solo están copiando sin pensar. Vuelvo a repetir una vez más, en español, para qué sirve el cuaderno y que el objetivo no es que quede “bonito”.

Me voy a casa de mal humor. He dado casi todas las clases a gritos. No riñendo, no, solo gritando sin darme cuenta por encima del ruido constante. Me duele la garganta el resto del día.

En casa, hay muchas cosas que quiero hacer pero no tengo tiempo de ninguna, entre cuestiones personales y que quiero descansar. Estoy intentando dormir todas las horas que me pida el cuerpo y cerrar todo lo que sea trabajo a las nueve como muy tarde; no hay manera de hacer eso y  adelantar trabajo. Dos clases empiezan a impacientarse porque quieren que corrija exámenes o prepare trabajo con canciones, pero hoy no va a ser el día. Creo que es el primero desde que empecé este experimento en el que no hago horas extras.

Horas lectivas: 4.
Horas no lectivas: 1:30
Horas reales trabajadas: 5:30

21 días, día 9. Otro lunes infernal.

nighthawks

Como ya he dicho, mis lunes son terribles. Al lío.

Tercero: hoy toca acabar de ver cómo cuenta el libro el vocabulario que empezamos el jueves, hacer un ejercicio de escucha (sí, otro) y probar una técnica nueva para aprendernos los verbos irregulares. Teóricamente esa lista de verbos es materia de 2º, y hay profesores que la convierten en llave para aprobar (con la LOMCE no sé, pero con la LOE me parece ilegal del todo). Esta clase, en conjunto, no la domina, algo bastante habitual en tercero. Haber intentado memorizarla en un curso no basta, hay que utilizar las palabras para comunicarse, leer sobre todo. También repaso deberes. los ha hecho más gente que la última vez, pero no muchos. El tiempo se me va, porque a raíz de un ejercicio del libro me preguntan por el contexto cultural de la película Criadas y Señoras (les explico por qué me parece mala y tramposa), El niño del pijama de rayas (peor aún) y por cuestiones sociales relacionadas con la Segunda Guerra Mundial. Hablamos de Mengele, de la banalidad del mal y del diario de Ana Frank , que no han leído pero conocen por un documental. Me despisto y me dejo enredar un poco; eso se come el tiempo del ejercicio de escucha. Les cuento cómo vamos a trabajar los verbos irregulares a partir de ahora: unos minutos en clase para repasar, y una autoevaluación en clase. La idea la reciben con apatía.

Segundo: ruido, mucho ruido. Primero compruebo si han hecho los deberes y les digo que voy a poner las soluciones en la plataforma online del instituto. Corregir es aburridísimo y llevamos mareando los mismos ejercicios una semana. Leemos las respuestas a otro del libro, y pasamos a los verbos irregulares. Les hago un repaso ultrarrápido de cómo funciona el pasado simple de los regulares, comprueban que está tirado de fácil, y les detallo cómo vamos a estudiarlos (repasos en clase 2 veces en semana, los deberes van a ser autoevaluaciones). He separado los verbos en grupos de los que se conjugan parecido y empezamos con los que tienen tres formas iguales (cut-cut-cut: cortar, por ejemplo). entre todos ven que se saben la mayoría de los significados. Todo bien por aquí.

Primero: nadie está sentado en su sitio y me lío a poner negativos. Me he buscado un cuadernito para dejar de usar papeles sueltos en las clases en las que no hay ordenador. Me hacen tantas preguntas absurdas y tengo que llamar al orden tantas veces que empezamos casi a menos cuarto. Empezamos tema con vocabulario: las partes de la ciudad. Son casi todo nombres de tiendas (panadería, librería…) y cosas como parque y colegio. Les hago que me vayan diciendo las que saben, y en vez de dar una lista corta y simple como el libro, las separamos en tiendas, sitios divertidos, y todo lo demás. No va mal, salvando que me tengo que pasar la hora mandando callar y les obligo a quedarse un par de minutos de recreo para terminar.

Recreo en la biblioteca. Estoy cansadísima y no hago casi nada aparte de ordenar devoluciones. Me chivan (no hay otro nombre: me lo dicen ml y a escondidas) que unas niñas están viendo “cosas que no deben”: es un libro de láminas de arte, poco accesible, con pintura figurativa del siglo XX, así que hay un par de desnudos frontales masculinos, hombres feos, tipo Lucien Freud. A las niñas las conozco, son de primero y están más bien nerviosas y un poco escandalizadas. No les parece divertido y no quieren gastarme ninguna broma como quizá sí harían si tuvieran un par de años más. Les explico con el libro cerrado o con una de las imágenes a medio tapar que es natural que resulte chocante una figura humana mostrada de una manera que no es bonita; lo que yo creo que el artista quiere expresar y qué opinan ellas sobre que ese libro esté en la biblioteca y se pueda coger si a uno no le desagradan esas pinturas tan chocantes. Otras veces he tenido problemas con cómics que mostraban desnudos. Los retiro de la circulación, no por el desnudo sino porque algunos chicos vienen a verlos, reírse y molestar a quienes leen o estudian. Las láminas de arte, en cambio, vuelven a la estantería.

Segundo. Se repite casi la misma clase que en el otro grupo con poca diferencia. Están completamente incrédulos ante mi manera de introducir los verbos irregulares. Una repetidora dice: “¡pero si nos vamos a autoevaluar va a aprobar todo el mundo!”. Más incredulidad cuando les digo que suelo dar aprobados generales de vez en cuando (me pasa en cuarto: otro resultado es un fracaso para mí). Bromeo con que “la página de los verbos en el libro es tó fea” y sugieren arrancarla; les prometo que si se portan bien veremos El Club de los Poetas Muertos. No se saben muy bien lo que significan los primeros verbos. Sobra tiempo y hacemos un ejercicio de escucha que nadie entiende. Un niño quiere dar todas las respuestas de absolutamente todo y dice que no piensa cambiar cuando le digo que deje hablar a los demás.

Primero: otra ronda de puntitos negativos a los que no se sientan. La clase va justo como la anterior, pero sorprendentemente y a pesar de la hora se portan muchísimo mejor. Me sobran cinco minutos para dar la misma materia y ellos mismos han dado extra de vocabulario así que añado una explicación de las diferencias entre pub inglés, bar americano y “bar” en español. Les enseño el típico cuadro de Hopper para que vean qué es un diner americano.

Antes de irme a comer, dejo puesta tarea para un alumno que sale expulsado. Cuando un alumno acumula avisos por mal comportamiento, se puede acabar expulsándolo, pero no es imprescindible. En estos casos, hay que dejar apuntadas actividades para que el niño no pierda clase.

Esta tarde, además de tres familias tengo claustro. Afortunadamente dos madres vienen juntas y muy pronto y las puedo ver antes de la reunión. Más tarde viene un padre separado que no convive con su hijo y acuerdo que lo voy a tener informado con emails. Una madre no viene a verme a mí, pero ya que nos cruzamos me saluda y hablamos de cuánto ha mejorado su hija. Es bonito y me sienta muy bien que me reconozcan el trabajo, la verdad.

Un claustro es una reunión de todos los profesores de un centro educativo. Hay al menos un par por trimestre, rara vez más de uno al mes. El de Enero consiste en ver estadísticas de resultados de la primera evaluación, por grupos, por niveles y por departamentos; comentar un informe sobre las faltas de convivencia; comunicar y si hace falta debatir y cambiar el calendario de actividades del trimestre; y en este caso, organizar qué vamos a hacer por el Día de la Paz y el Día de Andalucía.

No llego a casa hasta las siete. Llevo once horas dando vueltas. Hago un par de tareas prioritarias: meto en la hoja de cálculo los puntos que he puesto en el día, y envío vía online un SMS a las familias de alumnos especialmente revoltosos o que llevan dos semanas enteras sin hacer los deberes. Es más rápido que ponerles una nota en la agenda a los niños.

Horas lectivas: 5.
Horas no lectivas: 1.30
Horas reales trabajadas: 8

 

 

 

21 días, día 5. Una jornada interrumpida.

A este grupo de primero le gusta más esta versión que la de los Beatles.

Los jueves son el día más largo de la semana, pero no cansan. Tengo dos horas de clase, una de gestión administrativa, recreo en la biblioteca, una hora oficialmente libre pero que solo puedo emplear en trabajar (eso os lo explico el jueves que viene), y dos horas más de clase. Sin embargo, hoy es diferente porque tengo que ir al médico. La cosa va así: disponemos de cuatro días por año natural para ir a una cita médica o para estar de baja. A partir del quinto, nos descuentan el 50% del sueldo. Hace 5 años, cuando estaba afónica, si iba al médico me daban entre una y dos semanas de baja. Ahora, directamente no voy al médico, ¿para qué? si no me podría permitir perder tanto dinero. Así fue cómo en noviembre estuve tres semanas con dolor de garganta hast que me obligaron a ir porque tenía una infección y placas de pus. De todas maneras, el dolor de garganta es permanente. No lo he mencionado hasta ahora porque alargo mucho las entradas, pero hace años que me quedo ronca con mucha facilidad. He encontrado maneras de elevar mucho la voz sin que duela mucho más; de hecho me resulta más fácil hablar alto que suave. Duele menos. No se lo digáis a un logopeda, que me riñen.

Volviendo a lo de hoy, si faltamos solo parte de nuestra jornada, no cuenta para quitarnos sueldo. Antes de que existiera la norma me parecía razonable llegar tarde o irme pronto si tenía algo justificable que hacer, y no faltar todo el día si por ejemplo tenía que estar en un curso a las doce. Así que hoy doy las dos primeras horas de clase antes de salir para el médico.

La primera alegría me la llevo antes de entrar: en la puerta, se están besando una alumna mía y una chica que no es de este centro. Las despedidas apasionadas a las ocho de la mañana son habituales, pero suelen ser entre chicas del centro y varones de fuera, y en lugares más discretos que el mismísimo portalón. Nadie pestañea.

Persigo por un pasillo a dos chicas que no entregan libros a la biblioteca, y entro en primero. Ayer se me olvidó poner en la crónica que como nos sobraron cinco minutos de clase y no quería empezar nada nuevo, me recordaron que hace mucho que no cantamos. Se aprendieron de memoria Hello, Goodbye de los Beatles en diciembre y no la han olvidado, así que les dije que hoy la grabaríamos. Practicar una canción, grabar a un grupo entero cantando a coro, solo sonido, sin vídeo, y subirlo a una página web, es una de las actividades más motivadoras que he hecho. Hay ejemplos del año pasado aquí.

Primero corregimos los deberes. Solo los han hecho 10 de 25, pero corrijo de todas maneras. Unas cosas las leen ellos y otras las dicto yo. No tengo ordenador en esta clase (se acaba de averiar) y solo escribo en la pizarra las dudas. Me hacen preguntas sobre nutrición y sobre animales porque los ejercicios tratan un poco de eso, y contesto unas en inglés y otras en español, según lo complicadas que sean. Un niño alaba el nivel de español de una alumna rumana que no sabía nada cuando llegó en septiembre; la integración de los niños extranjeros es admirable y el racismo del alumnado suele ser bastante escaso. Cantan Hello Goodbye porque se han portado muy bien y sobra tiempo, la grabo, y me llevo la tarjeta de memoria de la grabadora para subirla a internet desde casa. La grabadora es mía, no quise gastarme el presupuesto del departamento de hace dos o tres años en algo que solo pensaba usar yo.

Me voy a tercero. En la puerta, un niño viene desde la otra punta del pasillo. Algunos tienen la costumbre de meterse en clases ajenas, lo que puede dar problemas serios porque si se rompe o pierde algo siempre se acusará a “uno de otra clase que vino”. Me ve que pongo mala cara y hace una pose y un gesto de burla. Le digo que si tiene ganas de partes, y dice que él no ha hecho nada. Va a ser peor si me enfrento, así que lo dejo pasar.

Varios protestan por el calor; es verdad que la calefacción está puesta demasiado alta esta semana. Hago que se sienten lo más lejos posible de la pared de los radiadores, y empezamos. ¿Quién ha hecho los deberes? nadie. ¿Quién ha hecho la redacción? Un tercio de la clase como mucho. Les digo que no vamos a usar los deberes como material de clase, que los quiero para el lunes, y empiezo tema nuevo.

El vocabulario suelo trabajarlo siempre de la misma manera. Si el libro dice “la ropa”, y da una lista, casi siempre sin orden, yo les doy cinco minutos para recordar, hago un gráfico o tabla, y lo relleno primero con lo que dicen ellos, luego con lo que no saben en inglés pero tienen curiosidad por traducir, y luego lo completamos con lo que venga en el libro. Evito trabajar con listas descontextualizadas. Este vocabulario es muy frecuente en 3º de ESO, independientemente del libro de texto que se use. Hoy nos cuesta porque algunos tienen unas carencias de vocabulario muy elementales. Cuando llevo diez minutos preguntando para que digan una palabra cada uno por turnos y le toca a un chico muy tímido (o muy inseguro en mi clase, no lo sé), se queda callado mirando fijamente las tablas de la pizarra y tapándose la boca con la mano. Acabo por sacarle con fórceps que no sabe dónde habría que clasificar la que quiere decir (partes de arriba y de abajo, ropa fresca y cálida, complementos y joyas) porque no entiende las palabras que configuran las tablas. Le grito (sí, ya sé que está mal) “Si no entiendes algo, pregúntalo”. Cuando le pregunto qué es lo que no entiende, dice que “nada“. Desgrano, en inglés, despacio, con sinónimos y ejemplos, los significados de cool, warm, y accesories. Cuando llego a top y bottom, señalo la parte de arriba y de abajo de la pizarra, de una silla, de la mochila de una niña, y ya que estoy en el centro de la clase, vuelvo a la pizarra con un sonoro “and this is my bottom” y una palmada. La clase entera menos el tímido se ríe, pero no de él. Seguimos con normalidad y al final tienen interés en saber cómo se dicen los nombres de la ropa interior. Los doy todos. No conseguimos acabar porque no hemos tocado el libro.

Antes de irme al médico, le pido a las conserjes que me hagan copias del examen de mañana, y dejo tarea para que el maestro de guardia supervise al grupo al que no voy a poder dar clase hoy. Agradezco infinito que la biblioteca se coma las horas que podría pasar haciendo guardias, y como es una tarea pesada que a nadie gusta, me tomo en serio la obligación de dejar deberes puestos si voy a faltar.

Por la tarde, tengo más cosas que hacer que tiempo para hacerlas y empiezo por la más pesada: corregir los exámenes de 2º que puse el lunes. Odio corregir con toda mi alma, y suelo tardar mucho en ponerme a ello. Corrijo quince exámenes en hora y media, lo que significa que no voy a poder tener cincuenta para mañana como quería. Pero las notas no son muy bajas y la niña a la que llevo apoyando aparte dos medias horas ha pasado del 2,3 al 4,9.

Horas lectivas: 4. (he cumplido 2)
Horas no lectivas: 1:30 (no he cumplido ninguna)
Horas reales trabajadas: 3:30 (dos por la mañana y 1:30 por la tarde).

21 días, día 4. ¿Llamar, picar o golpear a la puerta?

Bob Dylan, Knockin’ on Heaven’s Door.

Los miércoles vienen completitos: tres horas seguidas de clase, recreo en la biblioteca, una reunión y otra hora de clase. Es decir, cinco horas y media sin pausas igual que los lunes, pero se agradece la reunión. Con un horario como el mío, las reuniones hacen las veces de descansos.

Empiezo con tercero. Son un grupo muy tranquilo, los que menos tengo que reñir. Nunca levanto la voz. Hoy parecen dormidos; iba a empezar con una audición pero no están muy por la labor. Improviso invirtiendo el orden con la actividad siguiente. El libro utiliza la palabra collocations sin definirla y dedico unos minutos a explicar en español, con ejemplos en inglés, español y portugués, la diferencia entre refrán, frase hecha y “collocation”. Les recuerdo que desde primero saben utilizar collocations y hacer ejercicios con ellas, y se me desmandan todos en un arrebato de nostalgia sobre compañeros de clase y anécdotas de 1º de ESO. Cuando consigo traerlos de nuevo a la Tierra, hacemos sin problema un ejercicio sobre qué complementos son adecuados para do (do your homework), have (a shower) y get (an award). Añado en la pizarra tres ejemplos con make. Hacemos el listening ahora que están más espabilados y les sale bastante bien. El actor tiene acento americano y les cuesta un poco; me pregunta uno cómo se distingue americano de británico y le imito las distintas pronunciaciones de four cars y reality. Como sobra tiempo, les pongo con mi móvil trocitos de dos versiones Knockin’ on Heaven’s Door, que mencioné para poner un ejemplo. Alguien dice “ha muerto el de California” refiriéndose a Glenn Frey, compositor de Hotel California. Íbamos a cantar noséqué de Maroon 5 por petición popular, pero cuando la escuchan los convenzo de cantar Hotel California. Deberes míos para el fin de semana: haz un listening a partir de ésta, junta las versiones de Eagles, Gypsy Kings a ser posible con videoclip de The Big Lebovski, y Kevin Johansen; reserva la biblioteca para tener un audio mínimamente decente.

¿Por qué hemos escuchado música usando mi móvil como reproductor? Porque no funciona el audio de la pizarra digital. Tengo una clase sin ordenador, una clase con ordenador pero sin audio, y una clase con pizarra digital y audio pero sin posibilidad de poner DVD (y hasta ayer sin libro digital).

Siguiente clase: primero. Les he dicho que me tienen que esperar en sus sitios y con el material de inglés y no lo ha hecho casi nadie. Reparto puntos negativos a diestro y siniestro. Les informo de que voy a hacer algunos cambios en mi manera de dar clase y de puntuar para que aprendan mejor y saquen mejores notas, y les leo lo que creo que es relevante para ellos del informe que elaboré ayer. A continuación corregimos los deberes:  tomo nota de quién no los ha hecho, pido agendas para avisar a las familias de quienes no los han hecho muchas veces seguidas, y proyecto en la pizarra digital lo que casi todos tienen en fotocopias. Son una colección de actividades de tipo tradicional, poco comunicativas, que reuní en septiembre a partir de materiales y suplementos que las editoriales consideran fotocopiables. No es lo ideal, pero es la manera más rápida y barata de tener un cuaderno de ejercicios. Hoy tengo que reñir muy poco y avanzamos muchísimo. Es el último día de clase antes del examen y les veo bastante bien preparados.

Tutoría. El plan inicial era hacer una autoevaluación de sus métodos de trabajo y estudio del 1º trimestre, y a partir de ahí hacer un dibujo o un poster con los puntos que se comprometen a mejorar. No vamos a poder hacerlo todo porque estoy enfadadísima con ellos y toca reñir: ayer una chica se enganchó con la puerta en un momento en el que estaba bloqueada de gente. Esta es una costumbre permanente de todo el instituto: donde quieren estar entre clase y clase es en el quicio de la puerta. En el recreo se ponen en la puerta de la biblioteca, cerrando el paso, sin mala intención. A mí me pone de los nervios porque cualquier día alguien da un portazo y les pilla un dedo, o como ayer, de un empujoncillo o broma alguien se desgarra la camiseta con el picaporte. Pregunto  qué pasó y me salen al menos cuatro personas que estaban donde no debían. Una amenaza de parte (cartita para las familias) acaba con una escena de llantos. Corto el drama con un ejercicio de relajación, y me alivia que nadie protesta. La fuerza de la costumbre hace que cuando digo “pies en el suelo, mira adelante, las manos caen, espalda recta, cierra los ojos”, inmediatamente se interrumpe lo que se esté haciendo. Les dirijo diez respiraciones profundas y pasamos a la tarea de autoevaluación que nos encomendó la orientadora. No da tiempo de hacer un dibujo y se lo dejo encargado a los que tienen Alternativa mañana.

Recreo. Poca gente viene a leer o estudiar pero hay un trasiego muy activo de préstamos y de consultas, además de los dos o tres niños que vienen a ayudar. Estoy molida, así que me planto en la silla y les hago traerme y llevarse cosas, entre ellas café.

Reunión de tutores. En estas reuniones, lo más habitual es que la orientadora nos vaya diciendo qué podemos hacer con nuestra clase en la hora de tutoría. Nos da algunas instrucciones sobre el día de la paz y alguna cosa más mientras me como el yogur que no pude tomarme ayer. Me comunican que se han establecido unos criterios comunes y obligatorios para el profesorado al evaluar los cuadernos de clase; lo único que no hago ahora es que los niños tienen que escribir los enunciados completos de los ejercicios. No sé si se refiere a copiar todo el contenido del libro cuando hacen, por ejemplo,  un ejercicio de rellenar huecos, o solo a copiar el título de cada ejercicio. En ese momento entiendo que se refiere a lo segundo, y de todas maneras si hiciera a mis alumnos copiar ejercicios completos antes de empezar a resolverlos, haríamos la cuarta parte del trabajo que hacemos ahora. Salgo a comentar un par de detalles disciplinarios o burocráticos con la jefa de estudios. Alguien dice que hoy es un día especialmente movido, todo el mundo quiere hablar con todo el mundo y todo da problemas. La reunión acaba un poco pronto, pero en los quince minutos escasos que me sobran ¿qué tarea puedo empezar y terminar? Me limito a poner papeles en orden.

La última clase del día. El otro grupo de primero. Será que es la quinta clase del día pero no hay quien haga nada. Tardamos casi toda la hora en hacer el ejercicio de escucha que el otro grupo hizo ayer. Les cuento lo mismo sobre cambios que voy a hacer en la clase, y protestan mucho, además de hacer muchas preguntas sobre hipotéticos casos de acumulación de amonestaciones. Dar por supuesto que se van a portar mal y que acabaré sancionando más que antes, cuando mi propósito es el contrario.

Salgo tarde. Me ha pasado más veces esta semana pero no es lo que acostumbro.

Ya en casa, lanzo al aire en twitter una pregunta sobre recomendaciones de lectura para los 12 años y en un momento hay veinte personas hablando a la vez. Tomo una nota rápida de los títulos que citan (esto no lo voy a añadir al conteo de horas que pongo al final). Decidir qué libros comprar para la biblioteca es una parte algo difícil de mi trabajo.

Para terminar el día, termino el examen de primero que tanto tiempo me ha llevado. La diferencia entre las versiones mayoritaria y simplificada es que en la mayoritaria, 5.5 puntos corresponden a preguntas tipo test, verdadero o falso, y similares, y en el muy fácil, es así el examen entero, pero los contenidos son los mismos. tengo la obligación legal de adaptar los contenidos a algunos alumnos, muy pocos, pero me gusta ponerle el examen fácil a cerca del 20% más rezagado de la clase.

Horas lectivas: 4.
Horas no lectivas: 1:30.
Horas reales trabajadas: 6:30

21 días, día 3. De aquí para allá.

A los martes los llamo “el día tonto”, porque solo tengo dos horas de clase: de una a tres. Eso sí, tengo que abrir la biblioteca en el recreo, así que me he puesto una hora de gestión de la biblioteca a las doce. Muchos martes llego antes de la hora que me toca, para poder adelantar trabajo aquí en vez de en casa.

Tengo tres sitios para elegir: la sala de profesores, el departamento de inglés, y la biblioteca si no la ocupa nadie. En la sala de profesores hay un solo ordenador que funcione y hasta hace nada la impresora no funcionaba; en el departamento funciona todo; en la biblioteca no va la impresora (tengo que pedirle a quien lleva esas cosas que me compre un tóner) y la conexión a internet es lenta e intermitente por un problemilla técnico. Me voy a la biblioteca porque es la sala más cálida, pero en un cuarto de hora me piden que me vaya para proyectar algo: en una clase funciona la pizarra digital… sin sonido. He perdido ese cuarto de hora en arrancar el ordenador, sacar mis cosas, e intentar abrir un programa que se resiste.

En el departamento, empiezo por algo importante. Si en una evaluación suspenden más del 60% de los alumnos de un grupo en una materia, el profesor que la imparta tiene que hacer un documento explicando las causas, y sobre todo, qué piensa hacer para cambiar esto. En mi caso esto afecta a dos de cinco grupos. Otras veces, la redacción del documento ha estado sujeta a reglas estrictas, o ha sido una plantilla que no conservo. Esta vez la redacción es libre, lo que es quizá peor porque te lo pueden echar para atrás si no gusta el formato escogido, si las propuestas que haces se consideran insuficientes, o si más tarde proponen un esquema común. Redacto mi propia versión del documento, imprimo, saco copia para mí, y también imprimo el informe de autoevaluación de la biblioteca que lleva hecho diez días. Pensándolo bien, en el informe de mejoras hay cambios que podría hacer en todos los grupos, no solo en los que tienen muchos suspensos. Me tomo un café en diez minutos mal contados y dedico todo el tiempo que queda hasta el recreo en llamar por teléfono a los padres de 20 alumnos que se retrasan en devolver libros a la biblioteca. Estos retrasos me amargan la vida. La semana pasada alguien devolvió un libro que tenía desde primeros de noviembre.

En el listado en papel junto al teléfono de Secretaría, el formulario permite hasta cuatro números de teléfono, pero por cada alumno suele venir un solo número de fijo y otro de móvil. Son su casa y su madre. Consigo hablar con cinco madres, un solo padre y una abuela. Una de las madres se alarma y no se cree que su hija tenga un libro prestado, “debe ser de la otra niña de su clase con un nombre parecido, mi hija tiene en casa todos los libros que necesita y lee los que le compramos”. No me queda tiempo ni energía de explicar para qué sirve una biblioteca. Consigo hablar con todas las familias que me cogen el teléfono en horario de mañana. Me quedan cinco, y llevo paseando esta lista tres días lectivos.

Recreo. A la biblioteca. El ruido siempre es un problema porque no les obligo a estar en silencio y no saben hablar suavemente, pero hace poco descubrí que hacen mucho menos ruido si pongo música suave a un voumen muy bajo. Como la conexión a internet no me deja fiarme de Youtube ni de Spotify, abro iTunes para copiar algunos CDs míos que he traído de casa. Dice que hay una actualización pero no se dejan descargar. Abandono internet y copio Cosilas de Moby, Enya y John Coltrane: mi plan es hacer días temáticos, lunes de jazz, martes de clásica, algo así. Escribo en la pizarra “Hoy escuchamos un recopilatorio de chill out pop” sin decir nada y eso provoca preguntas y peticiones de que suba el volumen. Mi ayudante del día es un muchachín de 1º que aprende a colocar los libros por orden alfabético de autor. Una niña que no es de mi tutoría dice que su madre quiere hablar conmigo; eso es un caso poco frecuente. De todas maneras le cojo la cita.

Termina el recreo. Tengo una hora supuestamente para seguir en la biblioteca, pero he acordado con una alumna de 2º que para evitar que vaya a clases particulares la voy a supervisar individualmente un ratito de los martes. No tengo ninguna obligación de hacerlo, pero estoy harta de que las carencias se arreglen con clases particulares,  así que aquí estoy. Es nuestra segunda semana. Ha hecho los deberes extra que le puse y trabajamos el verbo have got como si no lo hubiera visto en su vida; de hecho, no recuerda una instrucción explícita como la que le acabo de dar. Está de buen humor y parece motivada. La semana que viene, el presente simple. Catalogo unos libros que compré justo antes de las vacaciones, y quiero picar algo en el cuarto de hora que me queda, pero no puedo: una familia (o quizá la niña) se han equivocado con el día en el que les tocaba venir a hablar conmigo y tengo que atenderlos sobre la marcha. Sólo quieren información general y yo suspiro por el yogur que me estaba esperando en el frigorífico de la sala de profesores.

Mientras, un drama. En mi tutoría, un grupo que jugaba a forcejear con una puerta, a bloquearla para no dejar pasar a los demás, le ha pillado un brazo a una niña que salía de una optativa para volver a su aula. No le han hecho mucho daño pero le han roto la camiseta. No se sabe quiénes eran ni cómo se les podría sancionar. Tengo que arreglarlo yo, que para algo soy la tutora, pero ahora no. Llego tarde a dar clase en primero.

En este grupo no hay ordenador con proyector o pizarra digital, sino una pizarra digital que no necesita ordenador. Funciona más o menos como un smartphone o tablet de dos metros de altura, y es infinitamente menos práctica que un ordenador. No se le podían poner DVDs o CDs así que para hacer ejercicios de audición necesitaba llevar a cuestas el radiocasette. Ayer le instalaron el libro digital, lo que me facilitará corregir ejercicios y hacer los “listenings”.

La clase empieza tarde por mi retraso, y además están un poco alterados. Quieren hablarme todos a la vez. Una niña ha perdido la agenda y no menos de cinco se levantan a buscarla o me dicen que ellos no la tienen. Hay una cadena infinita de gente pidiéndome permiso para ir al baño (solo pueden ir de uno en uno y no se puede ir en la hora anterior a ésta). Hay dos o tres grupitos que se pasan la hora entera cuchicheando con el compañero por más veces que les mando callar. La clase no empieza de verdad hasta que llevo allí diez minutos. Les informo de que vamos a tener un par de normas disciplinarias nuevas; no aviso de cuáles van a ser las novedades positivas para ellos, porque se me olvida y además no estoy de buen humor. Sí me acuerdo de sacar una hoja de pegatinas y ponerle una en la agenda a un niño de bajo rendimiento que hoy se entera de todo. Un niño aplicado protesta porque él también quiere una.

Hacemos un ejercicio de escuchar sobre unos niños que juegan con gatos. A pesar de lo revoltosos que están, el ejercicio les ha gustado. Me gusta preguntar “¿quién no se ha enterado de nada?” al final de las escuchas y hoy solo se levanta una mano. Después de corregirlo con nuestro recién estrenado libro digital, repasamos el vocabulario que no nos dio tiempo ayer y lo amplío un poco en la pizarra.

Tercero. Estoy agotada y trabajo sin ganas en un ejercicio de comprensión lectora. Un clásico: cómo es el trabajo de un adiestrador de animales. Parece que les gusta mucho y lo entienden bien. Se adelantan y en lugar de escribir las respuestas en sus cuadernos, me las dicen espontáneamente, la mayoría en español. No me importa porque me están dejando claro que entienden el texto.

Me voy a casa llevándome gran cantidad de material de trabajo. Habitualmente voy andando, lo que es un límite muy bueno a la tentación de ir con papeles arriba y abajo, pero hoy me llevan en coche. Una vez en casa, se me quitan las ganas de todo y solo hago una cosa: añadir ejercicios al examen para primero que empecé ayer (versión estándar y adaptada), pero no lo termino.

Horas lectivas: 2.
Horas no lectivas: 1:30
Horas reales trabajadas: 6:30.