Archivo de la etiqueta: problemas de convivencia

21 días, día 2. Lunes de prisas.

Soy una profesora muy poco moderna. Pongo deberes, uso libro de texto… vamos, de lo peor.

Los lunes son el horror porque tengo cinco horas y media seguidas sin ninguna pausa. Tres clases, biblioteca, dos clases. Por lo menos salgo a las dos. Hoy llego un poco antes de la hora, porque necesito que las conserjes me fotocopien el examen que voy a poner a las 9:30 y a las 12. Normalmente hago los exámenes con un poco más de antelación y habría pedido estas copias el viernes, pero la semana pasada fue un poco rara. Dejo el examen (impreso en casa) en la conserjería y me voy a juntar los trastos (libros, bolsas, reproductor de CD) que tengo en la sala de profesores. De paso, dejo una caja grande de magdalenas. En este instituto, hay muchas profesoras que cuando tienen algo que celebrar traen comida, y hoy me apetecía hacerlo a mí. El día empieza bien y la gente me felicita.

Me voy a Tercero. Este grupo es una consecuencia de la LOMCE. Antes, en 3º había dos niveles. El estándar, y “diversificación”, un grupo reducido con dificultades de aprendizaje de distinta naturaleza que pasa alrededor de la mitad de sus horas aparte y la otra mitad, mezclado con un grupo grande. También tienen menos profesores. En mi experiencia, el éxito de Diversificación está en el grupo reducido: alrededor de diez alumnos y ninguno de ellos conflictivo. Desde este año, con la LOMCE, la segregación es triple. Por una parte, “programa de mejora”, equivalente a Diversificación. Por otra, los alumnos que cursan un currículum muy parecido al estándar de siempre. Y un grupo intermedio: los que han escogido “matemáticas aplicadas”. En otras comunidades autónomas, escoger Matemáticas Aplicadas en 3º obliga a cogerlas en 4º e impide acceder a Bachillerato, pero en Andalucía no. De momento, el grupo que tiene matemáticas aplicadas y ninguna otra adaptación reúne a alumnado con alguna dificultad pero no tantas como para entrar en Diversificación, ya que se prefiere que una opción que puede limitar las salidas académicas y profesionales solo la estudie el mínimo posible de alumnos. En mi materia, el nivel en general es bajo (con excepciones) y están muy poco motivados. Muchos tienen el inglés pendiente del año anterior y algunos apenas sabían nada al empezar el curso.

Corregimos deberes. Casi todos los han hecho. Se trataba de un tipo test que repasaba varios temas, y lo corregimos oralmente. Trabajamos con el libro de texto digital sobre un proyector y eso facilita mucho la corrección y la lectura. Tengo que decir una y otra vez (y otra, y otra) que no quiero que me digan solo la respuesta, sino que lean una frase entera cada uno. Suelen leer las palabras de una en una, haciendo largas pausas y esperando que corrija su pronunciación entre palabra y palabra. Hago dos interrupciones: una para reñir a uno que bromea con que una chica es demasiado “de pueblo” para pronunciar bien y otra con un chico que se atasca y lee no con acento español, sino cambiando casi todas las consonantes. “A packet of crisps” se convierte en “A pascket osh crip”. Le hago repetir después de mí, pero se atasca y además habla cada vez más bajo. Lo dejo cuando los demás se ríen. Cuando terminamos de corregir, explico en español un concepto gramatical que no han acabado de entender en uso, hacemos dos ejercicios, pongo más deberes, y me voy un minuto antes de que toque el timbre. Dejarlos solos está prohibidísimo, pero tengo que ir a poner un examen en 2º.

En el pasillo, la jefa de estudios me avisa de que en el recreo va a venir el padre de un niño al que sancioné la semana pasada por una pelea. Eso significa que no voy a poder abrir la biblioteca hasta que resuelva la situación.

Cuando llego a segundo, no han separado las mesas para hacer el examen. No tienen ninguna prisa. Se separan, reparto los fáciles primero y el otro (que jamás llamo “examen normal”) después. Doy instrucciones detalladas en español sobre las preguntas. Me preguntan unas diez veces cómo se hace una de ellas, para mí muy sencilla. Después de que toque el timbre, un niño me dice que no consigue entrar con su usuario y contraseña en el “aula virtual” del instituto. Le digo que ahora mismo no lo puedo resolver.

Clase en 1º. También deberes, un test parecido. Lo han hecho dos tercios de la clase y van leyendo cada uno una frasecita entera sin problemas, menos uno o dos alumnos que también ponen consonantes de más que ni están ahí ni son más fáciles en español. “Do birds…?” es “don bet”. Cuando terminamos con el test, sobran 20 minutos. Mi idea es introducir rápidamente una lista de vocabulario con rutinas diarias y a continuación hacer una actividad comunicativa sobre las mismas, pero no hay manera. Tengo que mandar callar tantísimas veces que tengo el tiempo justo de comprobar que entienden el vocabulario que he dado. Pongo deberes e insisto una y otra vez que si los mando es porque hacer deberes es más útil que estudiar teoría para el examen del viernes.

Recreo. Salgo a la carrera a hablar con el padre que no acepta la versión que hemos dado sobre la pelea de la semana pasada. Nos reunimos en un despacho los dos implicados, el padre, dos testigos, la Jefa de Estudios y yo. Resolvemos lo que se deja resolver; mientras tanto, son menos diez y no he abierto la biblioteca. Engullo una de mis magdalenas por el pasillo y abro; hay un corrillo esperando pacientemente, el niño de la duda informática y mis ayudantes. A las ayudantes las pongo a recolocar los libros que están fuera de sitio. Al niño no lo puedo ayudar, porque en la biblioteca internet funciona solo a ratos.

Examen. Otro grupo sin ninguna prisa por colocar las mesas en filas. Le digo a una alumna angloparlante que solo tiene que hacer dos preguntas del examen (la comprensión lectora y la redacción). Cuando por fin se colocan y reparto exámenes, miro a ver el problema informático del niño. Lo resuelvo. Un niño dice “el examen que tenemos la mayoría“. Disfruto de mi momentáneo triunfo sobre la palabra “normal”. Terminamos sin incidentes y me voy a mi última clase.

Primero. La clase va peor que la que tuve antes del recreo. Casi nadie ha hecho los deberes, así que hacemos el ejercicio ahora. Hay uno o dos niños con ese problema que les lleva a inventarse consonantes. No funciona decirles que repitan después de mí, ni escribir transcripciones fonéticas en la pizarra. La clase está un poco revoltosa y tengo que mandar callar muchas veces. No oigo bien a los que están dándome soluciones al ejercicio, ya sea porque me hablan demasiado bajo o porque hay varios grupitos charlando con el compañero. Pongo puntos negativos. Por una razón o por otra, me quedo corta y no consigo terminar la introducción del vocabulario que sí trabajé en la otra clase.

En una clase de cuyo nombre no quiero acordarme hay una alumna con una discapacidad que le impide llevar el ritmo de la clase, ni siquiera simplificado. Sale al “Aula de Apoyo” la mitad de mis horas, así que la tarea que suele realizar conmigo no tiene nada que ver con el resto. Lee en español libros infantiles y juveniles que escojo para que aprenda algo sobre la cultura anglosajona; ahora está con Las Brujas de Roald Dahl. Cuando no entiende una palabra suelta, me pregunta e interrumpo lo que haga con los demás para explicárselo. Es muy poco frecuente salirnos tanto de lo establecido, pero creo que esta adaptación es más enriquecedora para ella que hacer ejercicios de inglés de nivel Primaria. Es un caso extremo de adaptación y al departamento de Orientación le parece adecuado.

Salgo tarde, porque tres personas tienen que hablarme de distintos papeleos.

Voy a comer a casa y vuelvo porque tengo citadas a tres familias. Dos de ellas me dan plantón. A la tercera, le digo que más que hablar conmigo hoy le interesa asistir a una reunión que coordina la Orientadora. Me paso la mayor parte de esa hora corrigiendo exámenes.

Llegada a casa, priorizo dos tareas: apunto en la hoja de cálculo de las calificaciones cosas que andan en papelillos sueltos, y empiezo a diseñar un examen para 1º de ESO. ¿Que por qué papelillos sueltos? Porque no uso “cuaderno del profesor”, solo la hoja de cálculo, y en 2 de las 5 aulas no hay ordenador.

Horas lectivas: 5.
Horas no lectivas: 1.30
Horas reales trabajadas: 8.

Las “tutorías con las familias” en educación.

Una de las partes más invisibles del trabajo del profesorado es la entrevista con las familias. Cuando hice cursos de preparación pedagógica y metodológica nunca se las mencionó, excepto para decir, de pasada, que hay quien protesta porque “hemos suspendido a su niño”. Sí, a veces la cita con la familia puede tener que resolver un conflicto, pero hay bastante más que saber.

Para empezar, el protocolo que se sigue. Yo puedo hablar del que me he encontrado en los institutos de secundaria de Andalucía. La cita puede ser a petición de la familia, que normalmente te lo comunica a través del alumno, o del profesor. Los profesores tenemos montones de cosas que hacer que nos vienen impuestas, y es difícil tener iniciativa para citar tú, pero en algunos momentos (esas rebeldías adolescentes, el paso de Primaria a ESO, esa criatura que ves venir que va a suspender muchas como no cambie…) una llamada de teléfono a tiempo puede arreglar mucho.

Si eres tutor, legalmente se reserva a esta tarea una hora semanal, que en muchos casos es por la tarde. Como yo me extiendo bastante en esas reuniones, me da tiempo a ver a pocas familias y por eso también meto algunas citas en huecos que tengo en mi horario de mañana. Entre llamar por teléfono, hablar con otros profesores, la reunión en sí, y llevar un registro, probablemente me coge un par de horas semanales de media. Pero nada, cita cogida y lo siguiente es conseguir que los demás profesores rellenen una hojita con la información que consideren relevante sobre el alumno: cómo se porta, si hace las tareas, y qué notas saca. Las primeras veces me extrañó, yo creía que los niños llegan a casa y cuentan qué les han puesto en tal examen o si tienen deberes, pero resulta que no, que algunos mienten o disimulan. Algunos padres se enfadan mucho cuando se enteran, y otros se resignan a que sus hijos no hablen en casa de ningún problema académico.

Y entonces llega la cita. Tienes que tener preparada la hoja en la que los profesores han apuntado sus observaciones y cualquier otra información que consideres necesaria. Aunque parezca una tontería, con la persona que venga lo primero que tienes que hacer es identificarte (sabe que eres el tutor o tutora pero quizá no sabe ni cómo te llamas ni qué materia das) e identificar a quien ha venido. En mi experiencia, la cita suele ser con la madre, pero también veo a padres, abuelas, abuelos, tutores legales, y cuidadores de facto sin relación de sangre, además de a la actual pareja de la madre y a hermanas mayores.

Las familias vienen casi siempre a que se las informe del progreso académico, pero no es lo único que quieren saber. En época de notas vienen a que se les cuente la causa de los suspensos, y eso no debe ponernos a la defensiva, ya que muchas veces quien parece que viene a protestar porque cree que su hijo mereció otra cosa lo que quiere saber son los motivos: ¿necesita refuerzo? ¿tiene dificultades porque trabaja y aún así no comprende? ¿no ha trabajado lo suficiente? ¿por qué no me avisaron de que no hacía nunca los deberes? (y aquí es donde te das cuenta que deberías haber citado tú a esa familia semanas antes). También hay familias con hijos que trabajan más y mejor si están un poco “controlados”, y vienen a verte una o dos veces al trimestre para que su hijo sienta esa vigilancia. A veces, si el alumno está en un curso inmediatamente anterior a que haya optatividad, es bueno orientar a los padres sobre cuáles son las opciones futuras de sus hijos sin necesidad de que pregunten.

Hay reuniones agradables, tipo “yo lo que quería era ponerle cara porque si no es muy frío, que mi hijo pasa aquí con usted todo el día” y reuniones muy desagradables, como cuando te toca arreglar un caso de acoso escolar o cuando una familia está enfrentada con un profesor (tú o un compañero). En cualquier caso, las desagradables son una excepción. Lo más importante es tener toda la información muy clarita antes de que la familia llegue, y si no puedes tenerla, saber a quién tienes que preguntar.

Muy pocas veces he tenido una reunión simultánea con la familia y un alumno (exactamente dos veces en toda mi carrera). No suele ser una buena idea porque el adolescente va a sentirse demasiado presionado por tanto adulto hablando de él, y se puede cerrar en banda. Estas reuniones sí son una buena idea cuando ha habido malentendidos: el alumno nos ha mentido y queremos aclararlo entre todos, hay un caso de acoso y la presencia de un familiar adulto es reconfortante, queremos orientar unas técnicas de estudio que el adulto puede asistir porque el niño solo no va a saber… es decir, algunas situaciones muy puntuales.

Por supuesto, se puede atender por teléfono o email. Yo reservo el teléfono solo para lo que es urgentísimo, y el email lo uso siempre que la propia familia me lo pide. Aunque sea lo más rápido, me gusta el trato en persona.

La cita con los padres es una rutina más del profesorado que no se valora lo suficiente. Hay que tratarlas con el respeto que merecen y no verlas como un fastidio, aunque como no son una tarea sistemática, siempre parecen un “extra”. Un par de reuniones con una familia pueden aclarar dudas, prevenir conflictos posteriores, e incluso salvar la trayectoria de un niño.

Una forma de introducir las “normas de conducta” en ESO

Hace algunos años que cuando tengo que hablar de normas de conducta en una clase de ESO, recurro a esta justificación. Espero que resulte útil a otros profesores. Sirve para cualquier nivel educativo. A veces la uso para introducir el inevitable tostón “Estas Son Las Normas Del Centro”, y a veces para recordar por qué es importante obedecer una norma que han incumplido.  Años después de poner en práctica esta explicación, me contaron que lo que transmito en clase es el imperativo categórico kantiano, que olvidé en su día.

A mis clases les cuento que hay tres clases de normas educativas y para no soltar un rollo todo seguido, les pido que me den ejemplos de lo que voy diciendo.

El tipo 1, las menos importantes a la hora de la verdad, son las normas que facilitan la tarea a un profesor, las que son una preferencia nuestra. Casi todas son formales. El perjudicado por el incumplimiento es quien da la orden. Por ejemplo, usar cuaderno o bloc, usar lápiz o prohibirlo, sentarnos en el sitio que nos han asignado. A los alumnos les cuesta pensar en ejemplos de este tipo de normas: a poco que se les haga reflexionar, entienden que casi nada de lo que hacen es un capricho de quien da la orden.

El tipo 2 son las tareas que facilitan el aprendizaje. Si se rompen, el perjudicado es el que las incumple. Por ejemplo, prestar atención en clase o traer el material necesario.

El tipo 3, y este es el meollo, son las normas que sirven para que cientos de personas (en mi instituto somos 300) convivamos con comodidad y seguridad en un sitio bastante estrecho. Si las rompes perjudicas a la comunidad entera porque no puedes esperar que te las saltes solo tú. Dicho de otro modo, con estas normas te tienes que portar como si todo el mundo, tu clase entera, se portara igual que tú, siempre.  Aquí entra casi todo: desde insultar a un compañero a hablar en clase. No valen los “es que resulta que yo hoy”, “es que ha sido una vez nada más”, y demás excusas.

Ante un “imagínate que todo el mundo hiciera lo que acabas de hacer”, el treceañero medio reacciona más que ante un “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”. No sé si es por la novedad. Probadlo, a ver si os funciona.

 

Yo sobreviví a la EGB.

frato_la_maquina_de_la_escuelaAñade el acoso escolar, y lo tienes.

Es inevitable tratar con nostalgia la época escolar, propia o colectiva, salvo casos traumáticos y puntuales. La vida entonces era más fácil, y al mismo tiempo, nosotros éramos, por los motivos que sea, mejores que los jóvenes de ahora. Como dice el dicho, “youth is wasted on the young”, “la juventud se malgasta en los jóvenes”. En España, además, tenemos la peculiaridad de las reformas educativas, que nos separan drásticamente según estudiásemos EGB y quizá BUP, o Primaria y ESO. La frontera está en nacer antes o después de 1980, aproximadamente.

Yo sobreviví a la EGB, y no la recuerdo con nostalgia. Por situarnos, las circunstancias fueron estas, que ya conté con más detalle en un post anterior. La EGB, que va desde el actual 1º de Primaria hasta el actual 2º de ESO, era la educación obligatoria. Yo la hice en un colegio de Huelva situado junto a dos barrios entre obreros y marginales. BUP era el bachillerato y lo hice en un instituto de zona rural que se estaba convirtiendo en residencial de chalés adosados justo entonces.

Empezaré hablando del mito actual del mérito y el esfuerzo. En aquel tiempo, no existía ningún tipo de adaptación oficial al alumnado. Si dabas la talla bien, y si no, peor para ti.  La única diversidad era la mal llamada “Educación Especial”, que consistía en que los alumnos con discapacidad intelectual estaban en una aula propia la jornada escolar completa. Esta uniformización del resto del alumnado hace pensar a algunos que las adaptaciones significativas y no significativas, la atención personalizada, la diversificación, y demás estrategias creadas en los últimos veinte años, han supuesto una reducción del esfuerzo del alumnado y una pérdida de “nivel” (“nivel” significa dificultad y cantidad de los contenidos que aprueba el tercio del alumnado que saca mejores notas). Lo que puedo añadir es que en aquella época dorada, la “actitud positiva”, es decir, el parecer una niña buena y estar calladita en tu sitio, contaba más de lo que recordamos.

Un ejemplo eran mis clases de Física de 2º de BUP. El profesor hablaba, yo intentaba no quedarme dormida, no entendía nada de nada, hacía exámenes desastrosos y aprobaba, porque era calladita y formalita y no daba guerra. No era el único profesor que se portaba así, conmigo y con más estudiantes.

Lo mismo ocurría si te pillaban copiando. En mis clases de BUP era muy frecuente copiar, y la sanción si te pillaban variaba entre una leve reprimenda y que te mandaran a Septiembre en función de lo bien que le cayeras al profesor. Lo vi muchas veces. En las clases de los últimos años de EGB pasaba algo similar, aunque copiar no era tan habitual.

Por otra parte, si estamos hablando de ese famoso “nivel” que sube y que baja, si explicaban algo que ya te sabías, te aguantabas. No existía el material extra para alumnos adelantados. Y finalmente, en mi promoción de EGB estudiamos BUP solo un puñadito y en mi instituto llegamos a Selectividad la mitad de los que empezamos 1º de BUP. Habría más nivel, quizá. Pero desde luego, al listón llegábamos bien pocos y nadie se preocupaba por los demás.

Hablemos ahora de contenidos y de la enseñanza como tal. En aquellas clases tan añoradas, aquella EGB tan completa y tan profunda, podías aprobar o suspender por la caligrafía. Y no me refiero a primero o segundo, cuando estás aprendiendo a escribir, no. Me refiero a la clase de Ciencias de 7º de EGB. Luego he conocido a otros adultos que fueron niños y niñas castigados a hacer cuadernos de caligrafía con 10, 11, 12 años.

Caligrafia rubio¿Sientes esa punzada de odio?

Las clases en general consistían en lecciones magistrales, con o sin deberes. Entre 6 y 8 de EGB, todas las clases de Ciencias Naturales consistieron en pura memorización. El profesor preguntaba la lección, como en una película de los años 50, luego leía la lección del libro, y ponía más materia para memorizar para el día siguiente. Fue quizá algo más instrucivo que las clases de lengua, que consistían en corregir ejercicios y poner deberes. Nunca me explicaron nada. Sí, como suena. Corregir los deberes del día anterior, mandar más, y vigilar que trabajábamos los 40 minutos o así que faltaban de la hora. La gente en vez de hacer ejercicios se ponía a charlar. Una vez, un maestro de EGB llamó a mi casa para quejarse de que yo leía mucho, porque llevaba algún librito a clase tipo Barco de vapor para aprovechar los tiempos muertos. Ojo, que no llamaba para decir que yo leía en vez de trabajar.

En matemáticas, hice mi último problema con 10 años, en 5º de EGB. Tuve clase de matemáticas cinco largos años más, tres de EGB y dos de BUP, pero sólo teoría y operaciones, nunca más problemas. Un profesor de BUP se enfadó cuando le pregunté para qué servía algo, no sé si la trigonometría o los logaritmos. Mi pregunta era curiosidad, no un “esto no sirve para nada”.

Además de los problemas de matemáticas, más cosas que no tratamos: en 12 años, recibí un par de horas de clase sobre nutrición. No me digáis que entonces comíamos mejor porque anda que no había guarrerías. Tampoco recibí ni un solo minuto de educación afectivo-sexual. Ah, en física alguna vez hicimos problemas (en BUP, en EGB no) pero de química nada de nada. Todo teoría.

No me he referido a la enseñanza de idiomas porque ya lo he tratado antes. Aunque ante el nivel en lenguas extranjeras del español medio mayor de cuarenta años, hay poco que comentar.

Terminemos hablando de los valores que transmitía aquella educación.Se trataba de una época en cierto modo de transición porque se conservaban algunas características visibles de la dictadura. Mi maestra de 1º a 5º de EGB empezaba las mañanas haciéndonos rezar, en un colegio público, y conozco a hombres que sufrieron castigos físicos sistemáticos en la escuela pública de los 80. Tuve un tutor que colocaba a las niñas en la columna de la ventana, a los niños en la de la puerta, y la de en medio, niñas delante y niños atrás. Estos casos no sé si eran aislados, pero como suelen sorprender cuando los cuento, me imagino que sí lo eran.

Hay que tener en cuenta que el ambiente era muy homogéneo. Todos éramos blancos; en EGB tuve compañeros gitanos, considerados una rareza tanto por la cuestión étnica como por su absentismo ocasional y sus familias algo más numerosas. Todos, o casi, habíamos nacido a la vista del colegio. Sin embargo, esta homogeneidad se traducía en un constante machaque a la menor diferencia. Por ejemplo, recuerdo a maestros decir en EGB  cosas del estilo de “no jures, que eso es de gitanos”. El insulto más repetido para las niñas gitanas o alguna paya que tuviera el pelo largo o revuelto era “piojosa”. Las niñas gitanas iban limpias, pero se fundían las dos características para insultar. Todo esto ocurría bajo la mirada de los maestros.

También oí a profesores hacer chistes sobre la homosexualidad, generalmente en forma de ridiculizar a rivales deportivos de mis compañeros de clase (el aula de enfrente, un partido con niños de otro colegio), y sobre violaciones, normalmente relacionados con la posibilidad de ser ellos o los alumnos varones víctimas de hombres homosexuales. Acerca de la violencia sexual, en 1º de BUP un compañero usaba esto en clase. Salía a la pizarra a corregir ejercicios luciendo este bonito dibujo a la espalda. Muy agradable de ver, como podéis imaginar.

GnR was here

Los alumnos de todas las edades pasábamos mucho tiempo sin supervisión; por ejemplo, como he contado en otra ocasión, en el descanso de dos horas y media de un comedor escolar estábamos unos 50 niños de 5 a 15 años encerrados en un patio sin vigilancia. Los profesores estaban completamente desentendidos de los problemas personales de los alumnos, ya fuera lo que ocurría fuera del colegio (pobreza, maltrato, etc) o dentro de él, como por ejemplo acoso escolar. La violencia entre alumnos era frecuente, en el aula , en el recreo y en la calle.Una maestra insistía en que no quería saber nada que ocurriera de la puerta para afuera ni tampoco sobre violencia que no fuera física, lo que era una manera muy efectiva de trasladar las palizas al camino de vuelta a casa. Algunos maestros incitaban explícitamente al aislamiento, acoso y abuso de alumnos, coreando motes, aislando pupitres, participando en burlas iniciadas por alumnos, y así.

Seguramente tu EGB fue mejor, y me alegro por ti. Pero la EGB también fue esto, y cosas peores. Guárdate tu nostalgia para los caramelos, los juguetes y las series de televisión.

Educación, remedio de todo mal.

813-ART-Sahasrabhuja-Avalokitesvara-2Avalokitesvara, dios hindú de la compasión representado con once cabezas y mil brazos para poder atender todas las súplicas.

Algo que leemos en prensa con cierta frecuencia, y el cierre de cualquier congreso profesional que se precie, es “nuestro objeto de estudio debería formar parte de la educación obligatoria”. En la educación obligatoria, en primaria pero sobre todo en secundaria, tendríamos que enseñar: prevención de alcoholismo y drogodependencias, nutrición, (y también cultura del vinococina, finanzas, Ciudadanía, que puede entenderse como justicia social o como un conocimiento de las leyes y normas básicas del Estado,  feminismo,  sexualidad, salud mental, ajedrez, espíritu independiente (o emprendimiento), educación vial, seguridad online (aparte de la ya existente clase de informática), tauromaquia, programación, y derecho de propiedad intelectual. ¿Olvido algo?

Antes de sugerir que los sufridos escolares tienen que aprender una cosa más, cualquier cabeza pensante debería plantearse varias cuestiones.

  1. Quién va a dar esa clase, y cómo. Es decir, qué educadores y con qué formación.
  2. Qué es lo que vas a sacrificar para meter lo que a ti te interesa.
  3. ¿Por qué en la escuela?

Veamos estas cuestiones de una en una. Para la primera, os cuento un poco sobre formación continua en la educación pública. Tienes diversas opciones: demostrar que has estudiado idiomas (no que los sabes: que has superado exámenes), hacer los cursos que te ofrecen empresas, sindicatos, y los Centros de Formación del Profesorado (en Andalucía, coloquialmente llamados CEP). Casi todos estos cursos son breves, de algunas horas, y todos son optativos, con muy contadas excepciones (por ejemplo, un curso para directores en prácticas). Otra opción es montar en tu centro un “grupo de trabajo”, que será supervisado por el CEP. Insisto: la forma y el contenido de la formación continua siempre es opcional y tenemos mucho donde escoger. Es decir, si montas una asignatura sobre Ingeniería Aeroespacial y decides que la van a dar los profes de Tecnología, puede que no tengan ni idea de naves espaciales. Otra cosa es que ese conocimiento se incorpore a futuras generaciones que estudien el Máster para ser profesores de Secundaria. Pero, en principio, la profe de Ciencias Naturales que ya está en su puesto no sabe cómo dar clase de nutrición. A lo mejor ha preferido dedicar su formación continua a aprender a ser una buena tutora, a desarrollar trabajo por proyectos o a aprender francés para dar clase en un centro bilingüe. Os recuerdo que hay una diferencia entre ser un adulto con unos conocimientos sobre una materia, y ser capaz de convertir eso en una programación completa apta para estudiantes de 5, 10 o 15 años.  Es un proceso que necesita formación, tiempo, y materiales.

Así que puede muy bien ocurrir que tu brillante idea educativa no tenga profesores preparados para ello en muchos años. No es  que no aceptemos cambios, sino que no es viable que ocurran de un año para otro aunque eso suele ser la norma en estos casos.

Sobre la segunda cuestión,  los estudiantes españoles tienen unas vacaciones de verano muy largas, si se compara con otros países, pero la jornada escolar es, también en comparación, muy larga. En Primaria, 5 horas de clase y media hora de descanso. En Secundaria, seis horas de clase y 30 minutos de descanso. La suma de horas de clase anuales es superior a la de la mayoría de países con un sistema educativo comparable.

El número de materias que se imparten en esas largas horas varía, pero puedes dar por hecho una docena en Secundaria y ocho en Primaria. Sí, todas esas.  Sí, es una barbaridad. Sí, la gente que dice que deberíamos dar clase de lo que a ellos les interesa también les parece que esto es excesivo, pero no suelen atreverse a dejar claro qué materias o contenidos habría que sacrificar (suelen decir muy bajito y en privado que ciudadanía, religión o alguna de las humanidades).

Finalmente, el tercer problema y el peor de todos. Si decimos “tal y cual cosa debería impartirse en la escuela”, es porque asumimos que el sistema educativo en exclusiva  debe resolver todos y  cada uno de los problemas de la sociedad. Casi todo puede resolverse con educación, pero eso no es lo mismo que el sistema educativo. Un ejemplo no relacionado con dar clase: conozco gente que piensa que ante casos graves de acoso escolar, o de agresiones ocurridas en el centro, es la misma escuela la que debería sancionar al agresor, por ejemplo con una expulsión permanente u otro tipo de castigos. Decir esto presupone desconocer o desconfiar del trabajo de la Justicia de Menores, entre otros organismos que podrían hacerse cargo de ese tipo de problemas (ojo, que en el centro se pueden sancionar las agresiones y el acoso, pero de una manera limitada). Podrían, incluso, coordinarse con el centro escolar. Sin embargo, estamos tan acostumbrados a tener unos servicios sociales bajo mínimos que queremos que el más visible de todos ellos, la escuela, se haga cargo de absolutamente todo lo que tenga que ver con los menores de edad. Y no, esto no tiene nada que ver con la crisis. Esos servicios sociales no existían antes, o lo hacían de una forma esquelética, elemental, sumamente precaria, siempre dependiente de la subvención de este año, y el año que viene ya veremos.

Siempre habrá alguien que diga que enseñar, por ejemplo, educación sexual es cosa de las familias, a lo que la respuesta esque la educación está para garantizar la igualdad y que no podemos confiar en que todos los niños tengan una familia bien informada y que los cuide bien. Pero decir “esto debería formar parte del currículum escolar” es asumir que en el resto del día, los niños y niñas no van a contar con bibliotecas públicas, ludotecas, escuelas municipales de música, polideportivos, centros sociales públicos, asociaciones de vecinos, y clubs diversos que les faciliten ese tipo de formación, variada y necesaria, que la escuela no siempre les da, más que nada porque no hay tiempo. Pero claro, añadir un tema más al libro de Ciencias Naturales o quitar una hora de Sociales para dársela a la moda de turno es mucho más fácil que crear unos servicios públicos que atiendan a los niños y a las familias.

No te preguntes porqué no estoy enseñando yoga, ajedrez o violín a mis alumnos. Pregúntate si hay un gimnasio municipal baratísimo con clases de yoga infantil, y por qué no. Pregúntate si se puede montar un club de ajedrez en tu barrio, y en qué local. Y por qué es difícil, y por qué no lo monta nadie. Pregúntate qué puede hacer gratis y yendo solo, a pie, un niño que viva en tu barrio. El sistema educativo es finito, no una diosa de infinitos brazos. No nos eches la culpa de tener que hacernos cargo de lo que no quiere hacer nadie más.

(Luego está que la escuela tiene que remediar desigualdades sociales, sobre lo que recomiendo esto de Elías Gómez).

21 días, día 21. Conclusiones.

DSC_0389Dedicar cada día un rato a escribir sobre la marcha normal de un momento normalísimo del año académico me ha hecho reflexionar, y darme cuenta de cosas que normalmente me pasan desapercibidas. Cualquiera que haya leído las 20 entradas anteriores podrá sacar sus propias conclusiones, que me encantaría saber. Estas son las conclusiones que saco yo.

1. Yo ya sabía que el trabajo no se termina nunca, pero no me había parado a contar cuánto hago de verdad. Eliminadas todas las pausas, me salen 113 horas efectivas, que dan una media de 7,5 horas si sólo trabajase los días laborables, es decir, una típica jornada de 40 horas porque en esas 7,5 no hay ni un solo momento de descanso. No trabajamos así, claro: hay momentos de más y de menos trabajo. Los funcionarios, seamos docentes o no, trabajamos en teoría 35 horas a la semana. Es decir, que estas tres semanas os he regalado, a mis alumnos, a la Administración, y a vosotros que sois los beneficiarios últimos de la función pública, una media de una hora de trabajo al día. Tened en cuenta que como Jefa de Departamento tengo un grupo-clase menos que mis compañeros, es decir, que otro año haría alguna hora más. Hay momentos del curso que son peores (todo el primer trimestre, el mes que viene, y Junio) y un momento más tranquilo (Enero).

Insisto en que el trabajo no termina nunca. Hay tareas no urgentes que estaban pendientes hace tres semanas, y siguen pendientes.

2. El trabajo se hace a pequeños golpes de un máximo de una hora-cincuenta minutos. Las interrupciones son constantes. Si necesitas concentrarte, lo haces en casa.

3. Hay centros donde los profesores no se llevan bien. No es mi caso. Las relaciones son cordiales y eso beneficia mucho cómo se trabaja.

4. No es un trabajo físicamente duro pero sí activo. Pasas frío (mucho) y calor (a veces). Estás todo el día en movimiento. Se trabaja de pie. Cargas pesos: libros, un portátil, cuadernos de alumnos. Mi bolsa suele pesar alrededor de 5 kilos y la cargo todo el día. Bajas y subes escaleras varias veces al día. Hablas. Elevas la voz. Y a tu alrededor, el ruido es alto y constante. Los alumnos disfrutan mucho haciendo ruido, tanto si están hablando como si no.

5. Todo lo que no es dar clase se hace a base de buena voluntad y generalmente fuera de horario. Dos ejemplos: la biblioteca y el mantenimiento informático. El profesor que se encarga de esas cosas arregla unas cosas y remite otras a un servicio técnico que actúa tarde y mal. El personal de un centro somos profesores, una orientadora, conserjes y uno o dos administrativos, no hay personal altamente cualificado para ese tipo de tareas. No he hablado de la orientadora porque como no soy tutora trabajo poco con ella, pero no dan abasto porque hay una sola para todo el centro.

6. Los medios materiales son pocos, viejos y si se estropean se arreglan, repito, tarde y mal. Encontrar una impresora que funcione conectada a un ordenador que funcione SIEMPRE es una aventura. Como me decía alguien que trabaja en la empresa privada, trabajamos con presupuestos de juguete.

7. La evaluación depende mucho del profesor. Desde que decides qué porcentaje de la nota va a ser el examen, y cómo diseñas ese examen, a cómo trabajas la materia en clase. Los mismos contenidos se pueden trabajar con distintos niveles de dificultad: hay, digamos, una “horquilla” de posibilidades variadas para el mismo curso. Esto no es un simple “subir o bajar” el nivel, porque, por ejemplo, puedes dar más o menos importancia a la parte práctica, o a la comunicativa, a la teórica, etc.

8. Mis grupos son mejores que la media porque tengo un solo grupo de primer ciclo de la ESO, y porque este año me ha tocado la lotería de los niños buenos. Aún así, casi todos los días hay algún problema. Hay muchos más problemas de convivencia leves de los que yo era consciente. Además, los alumnos, sobre todo los de 11 a 14 años, demandan mucha atención. A veces es obvio que lo único que busca el mal comportamiento es obtener atención. Hay una conexión muy clara entre familias de pocos recursos y bajo nivel académico.

Hay pocos recursos para integrar a quienes vienen con bajo nivel o un historial de mala conducta. En una clase de 1º de ESO se puede empezar a adivinar quiénes se van a salir del sistema en 1-3 años. En 1º suele haber unos 100 alumnos. En 4º, han sobrevivido unos 50.

Para los estudiantes que no se salen nunca de los raíles, el futuro no va a ser fácil. Sus salidas académicas y profesionales están condicionadas por la oferta de estudios local (Bachillerato y 3 grados de FP en el instituto grande del mismo pueblo), padres que quieren que estudien una carrera tradicional, la escasez de becas, la ausencia de ayudas que compensen nuestra situación periférica.

21 días, día 12. De aquí para allá.

DSC_0006

Hoy voy al dentista antes del trabajo. Los jueves tengo una hora no lectiva a las 10:30 y biblioteca a las 11:30 y eso me da margen para ir a hacer algún recado. He avisado de que puede que llegue tarde, pero al final llego antes de la hora. Hay otra compañera que ha venido a trabajar con fiebre.

Hago fotocopias del trabajo que me voy a llevar a casa para no tener que cargar con cinco libros. Me convocan a una reunión: el jefe de área, que nos coordina a los jefes de idiomas, lengua y sociales, nos dice que un informe que hemos elaborado rellenando casillas en un formulario hay que repetirlo en un formato más abierto. Se nota que no quiere molestar, que no quiere que nos enfademos porque haya que repetirlo, y que él sólo es el mensajero. Igual que yo, que no haré el informe, lo tiene que hacer otra persona.

Selecciono un material especial, con juegos y dibujos, para un par de personas de 1º. Saco de su clase a la niña con la que he tenido tantos problemas. Le aplico un clásico palo/zanahoria: si no distraes a la gente trabajas con estas fichas. Si me das más guerra y no dejas trabajar, te las quito. Le parece todo bien y no me discute.

En la biblioteca, se mezclan quienes leen, estudian, me piden que les recomiende un libro, me ayudan, o se aburren y distraen. Hay una gran cantidad de libros fuera de sitio: los que vinieron ayer, cuando había otra persona, desordenaron mucho más que cuando vigilo yo. Otros profesores se sorprenden mucho de que los alumnos vengan a la biblioteca sólo a estar, o a molestar. A veces creo que buscan llamar la atención, que se les haga caso aunque sea para reñir y echarlos.

En la hora siguiente, corrijo algunos exámenes, pocos. Y luego tengo una hora de trabajo semilibre por grupos en 4º. Les digo que trabajen una estructura gramatical con un mínimo de ejercicios del libro que ellos quieran y dos de los tres grupos hacen más de lo exigido. Hablo con la chica que no quería trabajar con un chico que dijo algo ofensivo. Él no se ha disculpado y está esperando que las chicas, de las que dependía su puesto en un grupo de trabajo, actúen. Le digo, a él y  toda la clase, que lo primero es disculparse y luego están los “peroesqueyo”. La sanción del chico por aquella ofensa podría acabar siendo que al no estar en ningún grupo, va a perder un 20% de la nota final. Sólo depende de si se disculpa. Para terminar, en el otro grupo de 4º les cuento en qué consiste el trabajo que deben entregar dentro de un mes. Se ponen muy nerviosos cuando les digo que deberán hacer una exposición oral.

En casa, termino de preparar una sesión de vocabulario para 4º. Los alumnos escogieron en Septiembre una docena de los temas que salen en los libros de que dispongo, y este tema en concreto (delitos) no me gusta como viene en ninguno. Así que cojo la parte relevante de todos los libros que tratan el tema, sintetizo, añado, y me monto el guión de la clase de mañana.

Horas lectivas: 2.
Horas no lectivas: 2:30.
Horas reales trabajadas: 6.

21 días, día 11. Exámenes.

DSC_0030

Hoy tengo, en principio, un día tranquilo: guardia, una clase, tres exámenes. En la guardia, falta un profesor. Me confirman que no tengo que darles ninguna tarea. Como el grupo ocupa el aula de al lado de la biblioteca, me los llevo. Se sientan todos al fondo. Mientras hacen sus cosas, catalogo libros y hago fotos. No les obligo a estudiar, pero algunas niñas me preguntan dudas de inglés. Aviso varias veces de que pueden jugar con sus portátiles, pero no poner música ni ningún juego con sonidos. No es por mi dolor de cabeza, sino porque siempre me molesta ese ruido añadido al griterío que están montando. Es la única regla que impongo, porque me parece demasiado duro hacerles guardar el silencio de los exámenes y no saben estar en un término medio.
Un compañero me releva y voy a hacer fotocopias de los partes que puse ayer. Cuando a se pone un parte, hay que hacer fotocopias para el tutor, para el jefe de estudios y para el alumno, y llamar a su casa para informar de lo ocurrido. La comunicación es doble, oral y escrita, para estar completamente seguros de que la familia está informada de un proceso que puede acabar en expulsión.

De ahí me voy a mis exámenes. Espero a que guarden el material; siempre hay alguien repasa sus apuntes hasta que digo dos o tres veces que no reparto los exámenes hasta que lo retiren todo. Explico en español qué hay que hacer en cada ejercicio. No leen o no comprenden los enunciados: me preguntan varias veces “en este ejercicio, ¿qué hay que hacer?”. Es la primera vez en mi vida que un examen me queda demasiado largo, y en todas las clases doy cinco minutos más, lo que se come cerca de un cuarto de hora del recreo. Me da tiempo a tomarme un café.

En 1º, vemos los adverbios acabados en -ly. El libro trae pocos ejemplos. Me he inventado una familia donde cada uno conduce con un estilo y escribo las frases en la pizarra, según las voy diciendo: “My mother is a good driver. She drives well”. Una niña dice que su madre no tiene carnet. Un niño bromea “tu madre es una sinpapeles”. La niña se ofende, me llama, y quienes los rodean le dan la razón a ella. Comento que es desagradable, y que es muy triste valorar a las personas por su documentación, lo que lleva a un minidebate porque han visto en televisión algo sobre los inmigrantes sin tarjeta sanitaria y no les gusta la idea. Me hacen muchas preguntas que contesto brevemente, diciendo la verdad pero procurando no asustarlos. Volviendo a los adverbios, los entienden en teoría pero sólo la cuarta parte de la clase es capaz de resolver a la primera un ejercicio para convertir adjetivos añadiendo -ly. Habrá que insistir.

Mientras tanto, la niña a la que puse un parte ayer se lleva un chasco, porque ha dado por supuesto que cuando le entregue su parte la expulsaré de la clase y no era mi intención hacerlo. Hace todo lo que puede para que la eche. Se niega a copiar de la pizarra. Distrae a sus amigas, sentadas varias mesas más atrás. Le digo que si sigue así, la sentaré sola. La siento sola. Dice que no se va a mover porque no quiere. Hace ruido: habla sola, tira bolígrafos al suelo y vuelve a cogerlos, se ríe. Al terminar la clase, voy a hablar con el Jefe de Estudios a contarle lo que ha pasado. La alumna ha pasado de no querer trabajar a querer echarme un pulso, y la verdad, me daría pena que la echaran del centro una semana a base de ponerle partes, que sería lo fácil. El jefe dice que hablaremos con ella.

Me llevo a casa las redacciones que los grupos de 3º y 4º me han entregado, hechas en casa. 43 alumnos, 4 que no la han traído. Cada día de retraso resta 0,1. A mí me gustaría tenerlo todo para mañana, pero imposible. Tardo dos horas con pausas mínimas en corregir las 15 redacciones de 3º. Son amenas de leer: la biografía de alguien que no sea famoso. Todos han escogido a su familia. No es fácil ponerles nota numérica. Cuento y corrijo sus errores en gramática, vocabulario, expresión (3 puntos cada cosa), y ortografía/puntuación (1 punto), pero no voy descontando X puntos por error. Casi todas tienen errores graves pero son legibles, y algunas, amenas. Al final, apunto los errores más repetidos que no sean un simple despiste, para comentarlos en clase el próximo día.

Horas lectivas: 4.
Horas no lectivas: 1.
Horas reales de trabajo: 7:30.
Recursos que he echado en falta: no tengo grabaciones para poner ejercicios de escucha en los exámenes de 4º: es un material que no se compra, las editoriales lo regalan si los alumnos se compran el libro.
Los recursos para trabajar con alumnos con problemas de conducta graves son muy limitados. Puedo hacer poco más que echarlos de la clase o dejarlos sin recreo. Y cuento con un equipo directivo excelente, si no lo fueran no sé qué sería de mí.

21 días, día 10. Castigos y copiados.

Creo que ya he dicho que los martes son el peor día. Entro antes de la hora para hacer fotocopias de los exámenes de mañana sin agobiar demasiado a la conserje.

Me meto en clase con 3º, que está dispuesto a hacer un último intento de cantar su canción, no a cappella sino en modo karaoke. Están dispuestos, el problema es que mi grabadora ha escogido este momento para estropearse definitivamente. Cojo la grabadora de mi ordenador portátil. Cuando escucho lo que acaban de cantar, apenas se oye: está pensada para usarla como micrófono de la webcam y graba realmente mal el sonido ambiente. Pues nada. Jubilamos definitivamente esta canción.

Tengo dos opciones: usar mi móvil como grabadora, o comprar una. No sé si la usaría fuera del trabajo, y no sería justo comprarla para el Departamento si sólo la voy a usar yo. No tengo ni idea de cuál sería un precio adecuado. De momento tengo cerca de cien adolescentes motivados con esta actividad y me las apañaré con el móvil.

El resto de la clase transcurre sin novedad. A continuación, 4º: hacemos sesión de repaso por grupos, y les pido permiso para usar el móvil y descargarme una aplicación pasara usarlo de grabadora. Les hago hablar y compruebo que de momento nos apañaremos. Casi todos están ocupados haciendo una versión preliminar de la redacción que me van a entregar mañana.

Tengo un hueco en el horario a las 10:30 y otro a las 13:00. Los dedico, sobre todo,  orednador libros y papeles. Parece que hubiera cosas mías desperdigadas por el instituto entero. Además, tengo tres bolsas (la del portátil, el bolso y la bolsa grande para llevar libros) con lo que el desorden se agrava. Ayudo a una compañera a entenderse con un pdf y la impresora. Empiezo a preparar una sesión de vocabulario para 4º de ESO, sobre delitos. Me la han pedido ellos. Fusiono el vocabulario de tres libros de textos distintos y añado más cosas, porque todos los delitos son contra la propiedad y quiero añadir un poco del tipo de acoso, maltrato, chantaje…

En la biblioteca me encuentro con la sorpresa de que una alumna que no conozco está castigada a ayudarme un mes. Es la segunda vez en dos años que se usa la biblioteca para castigar. La pongo a ordenar libros, y cuando termina, a leer. Más tarde, la compañera que la ha castigado me dice que dio una mala contestación. Algo que justifica un castigo, sí. A ver si se aficiona a leer, curioseando las estanterías.

Tras el recreo, Alternativa. Estamos viendo El Viaje De Chihiro, aunque tengo que coger a un corrillo y separarlos, cada uno a una punta de la clase, porque ni ven la película ni trabajan. Aprovecho que tengo el portátil para pasar a ordenador un texto de un libro de cuentos de miedo que trabajaremos en 4º en una o dos semanas.

A última hora, a las dos, tengo clase con 1º. Grabamos su canción. Después de grabar, montan muchísimo ruido y no se ponen en sus sitios para trabajar. Aviso de que si alguien vuelve a hacer ruido arrastrando mesas, pondré un parte. Salgo a la puerta de al lado a por un material y oigo un ruido repetido como si estuvieran demoliendo el instituto. Vuelvo, y un niño está levantando en peso una esquina de la mesa y dejándola caer contra el suelo. Le digo que tiene un parte. No reacciona. Más tarde pongo otro parte: una niña que no ha trabajado nada me dice que lo ha borrado,  es fácil ver en el papel que es mentira. Le echa las culpas a la compañera: “ella trabaja y yo copio”. Se empeña en sentarse con sus amigas y no donde yo le he dicho. Conclusión tras cuatro avisos de que se esté quieta: parte. Dice que no va a volver a trabajar y que si le pongo un parte mejor, que si la expulsan así no tiene que venir.

Una niña con adaptación, que sólo está en clase de inglés un día en semana y que sólo hace la tarea que le pone la “maestra de apoyo”, me pide que le dé “fichas”. Qué sorpresa. Su profesora de matemáticas me dice luego que con ella ha hecho lo mismo:

El resto de la clase monta muchísimo ruido. Y tengo que decir, otra vez más, otro día más, que si hacen un ejercicio del libro no deben copiar nada, sólo escribir las respuestas. Es imposible que me hagan caso: Si tienen que hacer un ejercicio del tipo “rellena los huecos de este texto larguísimo con la preposición correcta”, copian todo el enunciado, todo el texto, y sólo entonces empiezan a leer, comprender y rellenar huequitos. Todos los días tengo que recordarle a alguien que no podemos desperdiciar nuestro valioso tiempo de clase en copiados.

El día termina con una comida para celebrar el cumpleaños de un profesor. Viene un tercio de la plantilla, incluida una conserje y el encargado del bar. Es un instituto con mucho compañerismo.

Horas lectivas: 4
Horas no lectivas: 2:30
Horas reales trabajadas: 6.30
Recursos que he echado en falta: la calefacción, como siempre. La grabadora. Un ordenador con proyector o una pizarra digital en 4º. Tener ordenador en el departamento de inglés. La impresora de la sala de profesores no funciona. La impresora de la biblioteca no tiene tinta. Más formación para saber qué hacer con el alumnado conflictivo. Otra clase de vida para la niña a la que puse un parte.

 

 

21 días, día 6. Una retirada a tiempo.

Los viernes tienen el horario más cargado de toda la semana. 4º, reunión, 1º, biblioteca, guardia, 3º, 4º. Teóricamente, no tengo ni un momento de descanso en 6 horas y media. La realidad es que la guardia es tranquila y me da tiempo a comerme el bocadillo.

En 4º, alguien ha intentado salir en un programa de televisión y se ha sentido engañada. La consuelo comentando algo sobre los procesos de selección que se hacen en los programas donde no salen famosos: tertulias, realities, etc. De ahí pasamos a rematar la última parte de gramática del trimestre. Explico en español y pongo los ejemplos en inglés en la pizarra, como ya pasó con el otro grupo que tuvo una clase parecida a principios de semana. Y con esto, no más gramática hasta dentro de cinco o seis semanas.

La reunión es del Departamento de inglés. Somos tres. Nos reunimos en la sala de profesores porque el despacho está helado. Otros profesores entran y salen. A la vista de una estadística que me han dado de Dirección, comentamos con mejor perspectiva  los resultados del primer trimestre. Tenemos un poco de “sesión de desahogo” y ponemos posiciones en común porque dentro de dos semanas, dos de nosotros tenemos una reunión con los maestros de 6º de Primaria de los colegios cercanos, para ir organizando el “tránsito” de los niños.

En 1º, tengo la sensación de estar dando clase a un tercio de los alumnos. Cantan todos. Hacen un ejercicio escuchando una grabación y casi nadie lo entiende. Vemos, esta vez sí en inglés, cómo se da permiso y se prohíbe. Pongo una tabla en la pizarra porque no me gusta cómo viene el tema en el libro, y la copian. Y para terminar hacemos un par de ejercicios del libro. Un tercio parece pillarlo a la primera, la cuarta parte no quiere hacer nada pero no impiden trabajar, y el resto acaba por pillar el concepto al final, a base de repeticiones.

En la biblioteca, nada nuevo. Como siempre, protestas enérgicas de la gente que quiere sentarse en los puntos de paso: “¡Ni que estuviera aparcado en doble fila!”.

En mi guardia de los viernes, me voy a la sala que se usa para los alumnos expulsados de clase. Si un niño da mucha, mucha guerra, se le pone un “parte”, un formulario que detalla qué ha hecho, y es opcional mandarlo (o mandarla) a esta sala, donde el profesor sólo lo admite si hay “parte” con deberes para que haga en el rato que pasa allí. Es un rato muy tranquilo. Como no tienen público y la sanción no la has puesto tú, no te discuten. Hoy también tengo que hacer llamadas de teléfono a padres de niños enfermos, para que los recojan. Entre dirigir el tráfico para que los niños entren en su clase, conseguir unos papeles y hacer llamadas, se va media hora. Más tarde, tengo una cantidad desacostumbrada de expulsados: tres. Por responder a voces, y por hablar con el compañero. Aprovecho para pasar a limpio las actas de la reunión que tuve antes.

En 3º, nos rendimos definitivamente con What Can I Do de The Corrs. No la cantan bien, y algunos se dedican a hacer el payaso. Me enfado. Les digo que no es problema si están aburridos de la canción, pero que me molesta que tengamos tantas “estrellas del rock”, que es como suelo llamar a la gente que llama demasiado la atención. Por un momento, se callan. Acordamos que a la siguiente canción le vamos a dar, la semana que viene, una sola oportunidad, y si no la disfrutan me lo dirán y cambiaremos de método. Después de eso, tienen su sesión semanal de trabajo semilibre en grupos. Resuelvo dudas y les hago de diccionario.

En 4º, ensayamos nuestra canción. Votamos una entre dos versiones de un clásico para usar como karaoke. Esta actividad ha despertado algo. Después vemos media hora de Romeo y Julieta. Es nuestra única sesión semanal en una sala con pantalla.

Salgo tarde, porque recojo libros que me van a hacer falta para trabajar en casa, donde hago un par de cosillas sin muchas ganas.

Horas lectivas: 4
Horas no lectivas: 2:30.
Horas reales trabajadas: 7. 6:30 seguidas en el trabajo, sin pausas, y media en casa.
Recursos que he echado en falta: nada nuevo.