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Fórmulas mágicas en educación.

Entre tanto “pues resulta que en Finlandia…” se olvida a menudo que un sistema educativo es mucho más que lo que hacen los profesores en el aula, y también que depende de cosas que ocurren en el conjunto de la sociedad. Es peligroso decir que algo es “cultural”, “depende de la sociedad entera”, o “es estructural” porque hace que parezca que no puede resolverse y diluye las responsabilidades cuando las hay. Veamos algunos de los elementos que contribuyen desde fuera al funcionamiento del aula.

Primero, el debate como herramienta educativa, y el valor de la participación en clase (en grupos pequeños o grandes) están condicionados por si nos hallamos en una cultura que favorezca el debate en general, la participación pública, o todo lo contrario. Empezando por la participación política: ¿hay cauces suficientes, eficaces y transparentes para la participación ciudadana? Por lo que vemos en los medios de comunicación: ¿en un debate en televisión, radio, o podcast, la gente se escucha con atención para hablar reposadamente de temas interesantes, o se monta un griterío en el que solo importa hablar más que el contrario? ¿Los niños tienen modelos positivos fuera del aula? En el caso español, diría que todas las respuestas son pesimistas. Con todos los defectos que veo en el debate escolar, no conozco un ambiente con un intercambio de ideas más valioso y respetuoso. Sí, estoy hablando de quinceañeros.

¿La gente tiende a cumplir las normas sin que se les obligue? ¿Cómo andamos de civismo? Desde tirar papeles al suelo al volumen con el que se hbla en lugares públicos. Difícilmente vamos a tener una buena convivencia escolar si no hay buena convivencia en la calle.

El sistema se asienta sobre la formación del profesorado, inicial y continua. Las leyes españolas que han cambiado el sistema educativo llevan al menos 25 años sin ir acompasadas con los cambios en la formación del profesorado, y nuestra formación continua deja mucho que desear. La formación inicial es demasiado breve y genérica, es un máster caro en lugar de ser prácticas pagadas, y la formación continua es insuficiente y parcheada. Hay demasiadas cosas que podemos hacer y muy poco tiempo. Y algo que ocurre una y otra vez es que los cambios primero se imponen, y luego se nos forma para hacerles frente. Pero esto tenemos que compararlo con cómo funciona, en general, la formación continua en nuestro país. Abuso de los becarios, incumplimiento de las leyes, gente trabajando en puestos para los que no ha recibido formación específica, exigencia de la CEOE de que tal formación la imparta la educación pública, accidentes laborales que al menos en parte deberían haberse prevenido con formación… no, los problemas de la formación del profesorado no son exclusivos nuestros.

Sobre las lenguas extranjeras: habrá que ver si estamos en un país donde a la gente le gusta o necesita utilizar lenguas extranjeras. En España, el doblaje es una batalla perdida. La mayoría de la gente ha pasado de pensar que los idiomas no van con ellos a tratarlos como un requisito importantísimo en el mundo laboral, en lugar de una fuente de placer que amplía tus posibilidades de ocio y de comunicación. Con los niños ha pasado igual: lo importante es “que se saquen el B2“. Da igual si saben un idioma y les gusta, lo que necesitan es un papel que lo demuestre. Y por supuesto, el inglés es el único idioma que existe. Ante esta actitud, no hay escuela bilingüe ni método educativo que funcione como pastillita mágica.

Se insiste en que una de las claves del éxito educativo es la comprensión lectora, y también se dice que la de los niños españoles deja mucho que desear. Pero ¿qué modelo están dando los adultos a los niños? ¿Los padres leen a los niños? ¿Mucha gente lee por placer? ¿Cómo está la cosa de bibliotecas públicas? ¿Y de bibliotecas escolares? MI impresión a raíz de lo que se encuentra en las librerías es que si alguien lee en este país son los niños. Pero nada, vamos a seguir diciendo que el problema es que no les enseñamos.

Ya que estoy con el modelo que los padres dan a los hijos: ¿qué nivel educativo han alcanzado los padres y abuelos de los niños? Esto tiene varios efectos. Primero, que los niños “captan” que estudiar es algo que se hace y punto, o que es algo más bien opcional. Pueden estar captando de manera más o menos implícita que estudiar lo haces para conseguir un trabajo (y mis alumnos traen de casa esa visión utilitarista desde Primaria) o ni cuestionarlo: estudiar es lo que hacen los niños y jóvenes, sin más. Un segundo efecto es la posibilidad que las familias de los niños les puedan ayudar cuando tengan dudas con sus estudios. Una tercera cuestión que mezcla el poder adquisitivo, el tiempo libre y las inclinaciones de los padres, es estimularlos leyéndoles cuentos, haciendo actividades culturales en familia, etc. Esto no está necesariamente ligado a la educación formal de los padres pero sí a una visión de la educación como algo natural, divertido y continuo.

Sigamos con las familias: ¿cómo es la implicación de las mismas en educación? Esto se conecta con lo que dije al principio sobre participación ciudadana. Podemos tener padres desentendidos de la escuela (el profe que haga lo suyo que yo haré lo mío), padres que buscan una comunicación con el centro sobre SU hijo, y asociacionismo familiar que busca una participación global en aspectos del funcionamiento del centro. En España hemos pasado de la primera opción a la segunda.

Hablemos de dinero. Es más que sabido que el nivel adquisitivo de las familias afecta al rendimiento educativo de los niños (con hambre y frío se estudia fatal). No me refiero a eso. Lo que propongo considerar es si el sistema educativo se ha creado con un determinado poder adquisitivo de la población en mente, nivel que puede ser nacional o regional, y si nos hallamos en un lugar con muchas desigualdades. ¿El sistema educativo se ha diseñado para la media de la población, para la sección más favorecida económicamente, o para paliar desigualdades? ¿Son esas desigualdades tan graves que impiden el acceso a la educación a mucha gente? Pongo un ejemplo: en España no hay nada que compense las dificultades económicas a las que se enfrentan quienes no viven a un ratito de autobús de un centro de educación no obligatoria (ya sea FP o universidad). El sistema educativo, la distribución de centros con FP y las becas están pensados para gente que vive en ciudad y con sus padres. Esto condiciona los estudios del alumnado rural desde la Primaria: “maestra, es que yo no voy a seguir estudiando”, te dice un niño de 12 años.

Y por último de momento, están las condiciones de acceso a la educación post-obligatoria y el mercado laboral que los estudiantes se van a encontrar después.

Todo esto, que queda fuera del control del profesorado, afecta al sistema educativo, a su gestión y al aula. Se nos pueden pedir muchas cosas, pero no que vayamos a la contra de toda la sociedad.

Prevenir o reducir la violencia de género. España en un contexto internacional.

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Mujeres víctimas de violencia de género en Europa.

Hace unos veinte años, coincidiendo con el caso de Ana Orantes, que la violencia de género está presente en España en los medios de comunicación, el discurso político y el sistema educativo. No todo el mundo le da la misma importancia, pero por fin se reconoce que existe y que es un problema grave. Por eso puede resultar algo sorprendente saber que en España hay menos denuncias y menos feminicidios que en otros países de Europa. Establecer el grado de violencia familiar en una sociedad es muy difícil por todo lo que no se denuncia, así que podemos tener varias hipótesis. De momento no estoy defendiendo ninguna de ellas, solo las expongo.

1. La violencia de género es un fenómeno que busca el poder y el control. En sociedades con mujeres más igualadas a los hombres, la inseguridad de los hombres que tengan tendencias violentas, psicopáticas, etc. los llevará a agredir a sus parejas. La sociedad española es en algunos aspectos bastante igualitaria y en otros muy poca. No es un aspecto en el que nuestro país destaque.

2. Las mujeres españolas sufren una desigualdad económica muy alta, y a menudo dependen económicamente de su agresor, por lo que les resulta más difícil denunciar. Además la posibilidad de que la mujer salga de la relación es uno de los factores que según la OMS puede aumentar el riesgo de feminicidio.

3. Hay más feminicidio en los países donde el acceso a armas de fuego es muy fácil, en los países con mucha violencia interpersonal independientemente de la causa, y donde la criminalidad en general es alta. Ninguno de los tres factores se da en España. Somos un país de gente excepcionalmente pacífica.

4. El alcohol y el uso de drogas también son un catalizador (ojo: no son una causa, sino un factor para el empeoramiento). En España el consumo de drogas es bastante alto pero el alcoholismo es más bajo que en el Este y Norte de Europa.

5. La falta de servicios sociales es un factor que disuade a las mujeres de denunciar o de salir de una relación violenta. Ejemplo: te animas a denunciar porque puedes dejar a los niños en la guardería. O vas a Urgencias en un país en el que el médico puede denunciar por ti.

6. La presencia de hijos de relaciones anteriores de la mujer. Es decir: un hombre con tendencias violentas será más violento hasta llegar al feminicidio si su actual pareja trae hijos de una relación anterior. En España, factores como los noviazgos largos y la natalidad tardía hacen que esto sea menos frecuente.

En resumen, no podemos saber con los medios de los que disponemos si somos un país “moderadamente violento” en lugar de muy violento, o si somos un país en el que hay tanta violencia como en otros que quedan peor sobre el papel, solo que aquí no se denuncia.

Dicho esto, para situarnos, ¿qué podemos hacer para reducir el nivel de violencia? La verdad es que los expertos a nivel internacional todavía no lo tienen muy claro. En estudios a nivel mundial, se observan una serie de factores relacionados con la violencia en una sociedad en su conjunto, y que está vinculados también a la violencia contra la mujer. Es decir: una sociedad muy violenta en general también produce más violencia de los hombres contra sus parejas. Reducir niveles globales de criminalidad, violencia interpersonal, alcoholismo, drogadicción, desigualdad económica y discriminación de la mujer baja los niveles de violencia de género hasta un suelo, pero no más. Un ejemplo lo da Japón: tiene tasas bajísimas de todo lo malo, y niveles de violencia contra la mujer que no descienden. Así que, ¿qué soluciones hay? Tenemos que distinguir la protección para que la violencia no llegue a producirse por un lado, y la capacidad de las mujeres de salir de una situación violenta por otro.

Para lo primero, casi toda la responsabilidad está en la educación de los niños varones, y en la conducta de los hombres adultos. ¿Cómo me protejo de empezar una relación con un hombre violento? Está claro que no es posible.  No puedo aislarme de los hombres, especialmente si soy una mujer que desea tener relaciones románticas con ellos, y los que tienen un potencial agresor no llevan un cartel. Además están los casos en los que él ataca precisamente porque ella no quiere epezar la relación: un par de ejemplos. Desgraciadamente, “educación contra la violencia de género” suele querer decir “educación en el entorno escolar para que las adolescentes aprendan a salir de relaciones que ya se han vuelto violentas”. En este sentido, se deben dan a conocer las señales tempranas de maltrato, salir por pies antes de que la cosa vaya a más, y ahí quedó. La realidad es que por más que se diga que “esto se arregla con educación”, tenemos varios problemas.

  1. Esa educación tiene que ser de los varones, por las razones expuestas. Las mujeres y las chicas jóvenes no pueden protegerse de todos los hombres ni tampoco identificar rápidamente a los agresores antes de que sea tarde. No es malo educar a las chicas, pero es muy insuficiente.
  2. Esa educación tiene que ser necesariamente en el entorno familiar. La educación escolar al respecto llega muy tarde, y es poca.
  3. Nadie tiene del todo claro qué ocurre en la educación de los hombres maltratadores para que hayan llegado a ser así. Hay muchas teorías distintas.

Sí, ya sé que es difícil.

Sigamos. Una vez que la violencia es inevitable y frecuente (en España, parece que menos frecuente que en otros sitios), ¿qué hacemos para que sea fácil y seguro salir de ella? Partamos de estudios internacionales unidos a las particularidades de este país.

  1. Red de apoyo. La víctima necesita tener a quien recurrir. Familia, amigos, servicios sociales, en ese orden. Primero emocional y luego estratégico, económico…
  2. Un sistema sanitario preparado para prevenir y detectar, trabajando en conjunción con servicios sociales. Servicio de salud mental en condiciones.
  3. Una policía muy bien preparada y en la que las víctimas puedan confiar.
  4. Un sistema judicial eficaz.
  5. Un mercado laboral igualitario y que funcione. Para ambos: el desempleo del hombre es factor de riesgo para el feminicidio, y la desigualdad social de las mujeres contribuye a que haya más violencia en total. Una mujer independiente económicamente podrá también salir antes de una relación.
  6. El alcoholismo y el consumo de drogas del agresor son factores de riesgo, no para que haya más casos de violencia sino para agravar los ya existentes, por lo que es necesaria una buena política social de prevención de ambas cosas.
  7. Fácil acceso a la anticoncepción para la mujer. No tener hijos facilita salir de la relación. También hay agresores que utilizan la concepción o los hijos para aislar, privar de libertad o maltratar a la mujer.
  8. Una sociedad en la que creamos a las mujeres y eliminemos los tópicos sobre qué tipo de hombre puede ser un agresor. Es imprescindible que cuando hablamos de “educación”, sobre todo a nivel escolar, dejemos clarísimo a las chicas que no hay ninguna relación entre ser un agresor y el estereotipo de los “malotes”. Hay agresores de todas las personalidades (en apariencia) y de todas las clases sociales.

Todo esto está entre lo utópico y las declaraciones vagas de buenas intenciones, pero son un mínimo para reducir tanto la cantidad de muertes como la violencia en su conjunto. NI los manifiestos, ni los actitos oficiales, ni las campañas escolares de un día al año nos sacarán de ésta.

Atravesar el muro, de Alan Spence.

Si prefieres leer el cuento en tu ereader, Johan Solo nos ha hecho una adaptación a epub, azw3 y fb2 que puedes descargarte.

Aquí hay notas al margen de todas las referencias geográficas. Monumentos, calles, todo. No necesitas una guía turística para disfrutar una ciudad, pero no estorba en el bolso.

Todas las frases en inglés son letras de canciones y llevan a enlaces de Youtube. No necesitas escuchar música paseando, pero a algunos nos gustan los auriculares.

Te dejo con Alan Spence. Espero haberle hecho justicia.

Atravesar el muro.

No es como lo recordaba. Al menos, no en la superficie. A Glasgow le han dado un lavado de cara, un lifting. Los viejos bloques grises parecen nuevos. Es domingo por la mañana y vamos diez mil camino de Glasgow Green. Muchos. No me lo imaginaba. Traigo ropa limpia en la mochila. Llevo puesto un chándal viejo que no me importa tirar. Me lo dejaré hasta el último momento. Me lo quito justo antes de que empiece la carrera. A la basura. Como el verso ese del Gita que habla de morir. Como un hombre que se quita una prenda dada de sí. Se deshace de ella cuando el alma ya ha tenido bastante. Y a otra cosa.

Bajo por Candleriggs y voy para Saltmarket. Paso por delante de los juzgados y el parque me queda a la izquierda. Me fijo en la morgue al otro lado de la calle, y me doy cuenta de que he estado intentando no acordarme de la última vez que estuve aquí. Me golpea como un puñetazo al estómago. Me pone malo.

Fuera.

Al parque. Busco la tienda para dejar mis cosas. Huele a hierba pisoteada y lonas apulgaradas, a sudor y linimento. Hay gente dando vueltas, asustados y nerviosos, como sentenciados. Unos hablan y ríen en ese tono demasiado alto, otros callan y se concentran. Bostezo, un signo claro de que estoy nervioso. Lo siento en el estómago y en los dientes. Me unto vaselina en la cara interna de los muslos, en las ingles, donde puede que rocen las calzonas. Un buen pegote en cada pezón o acabarán en carne viva.

Faltan diez minutos.

Me voy a la línea de salida y busco mi sitio. Por la marca de las tres horas. Unos estiramientos de último minuto. La pierna derecha cruzada por delante de la izquierda, toca el suelo con las manos, repite con la izquierda. Estira pantorrillas y muslos. Separa las piernas, dobla la cintura, toca el suelo con las palmas. Sobre una pierna, agarra el otro pie por detrás. Espero que las rodillas aguanten. No hay sitio para nada más, de repente la acera está abarrotada. Una bulla de espectadores, los corredores pasan a empujones. Un minuto.

Me quito el chándal, lo de arriba primero. Los pantalones son un problema, se quedan atascados con los zapatos, pero me las arreglo para sacarlos a tirones. Miro a ver dónde tirarlos. Me llama una señora.

–¿Los quieres tirar, hijo?

–Sí.

–Ya me encargo yo, busco una papelera.

Se me había olvidado esto. La amabilidad porque sí, esa calidez sencilla. Le paso el montoncito. –Muchas gracias.

–Mi nieto va a correr – dice – Quiere batir las tres horas.

–Igual que yo.

–Lleva una camiseta del Partick Thistle.

–¡Lo buscaré!

–Buena suerte.

–Gracias.

Entonces paso al otro lado de la cinta y me uno a la multitud de corredores, buscando un hueco. Aliso mi número, pinchado al pecho de mi camiseta. Saludo al que va a mi lado, que se ha puesto una bolsa de basura con un agujero para la cabeza.

– Ey.

– Vamos al lío, ¿no?

– Venga.

Se quita la bolsa de basura, la tira a un lado. Medio minuto. Suena la banda sonora de Carros de Fuego. Alguien delante grita “¡Oggi, oggi, oggi!” y la gente le contesta: “¡oi-oi-oi!”. ¿Quién empieza estas cosas? Lo habrán visto en el Maratón de Londres, por la tele.

Entonces hay una cuenta atrás, los últimos diez segundos. Pongo el cronómetro a cero. Tres….. dos….. uno…. el pistoletazo de salida. Le doy al botón. Un rugido tremendo como el de un campo de fútbol y me mueve a pesar mío, me atrapa y me arrastra. Al lío.

Al principio tenemos que ir en bloque, al mismo ritmo. Me bloquean el paso una y otra vez, y tengo que acortar las zancadas. Subimos pasando al lado del Tron y el Tolbooth, el corazón de la Merchant City. En algún sitio por aquí cerca estaba el almacén del restaurante Sloan’s, donde trabajaba mi padre de cobrador, puerta a puerta. Ganaba diez libras a la semana. Los cincuenta.

Subimos por High Street, por delante del albergue. El Great Eastern. Los pobres desgraciados tirados en la calle. Glasgow está mucho mejor ahora.

Ahora es un poco más fácil moverse, no me voy tropezando con los que van en cabeza, pero todavía me van arrastrando. De momento es un ritmo cómodo, es bueno estar en movimiento, libera, sube la adrenalina. Me lleva al final de la primera milla más rápido de lo que había planeado. 6:41. Dando margen a que empezamos despacio significa que voy a 6:30. Un poco demasiado rápido, intento relajar, echar el freno. Por George Square cortaba yo al volver a casa, todos los días durante seis años. El chillido de los estorninos las oscuras tardes de invierno. Pasamos al lado de la estación de Queen Street. Relajo los hombros y voy ajustando un paso estable. Retengo una imagen de Abebe Bikila corriendo descalzo por las calles de Roma, como si planeara. Imágenes en blanco y negro, los Juegos Olímpicos de 1960. El año después de la muerte de mi madre. El primer año de instituto. Grisura y desolación interminables. Mi padre hecho polvo. Vi la maratón por la tele, con la cabeza metida en los deberes de Latín. Amo Amas Amat. Conjugando el amor. El pam, pam de los pies de Bikila en las duras calles de Roma. Qué idea.

Mis pies van ahora en unas Adidas de competición, ligeras, TRX Comp, blancas con las tres rayas azules. Ya no las hacen. Cada vez que encuentro un zapato que me gusta. Obsolescencia programada. Estas tienen la amortiguación necesaria pero no abultan demasiado. Son lo bastante ligeras como para sentir el suelo. Diseño alemán de alta tecnología salido de fábricas explotadoras de Taiwan y Corea. Mantengo la vista en la calzada. Pam, pam, pam de mis pies. Abebe Bikila. En Sauchiehall Street, todavía bastante gente en las aceras. Te dan un subidón, saludas y recibes sus ánimos.

– ¡Bieeeeeeen!

-¡Ánimo!

-¡Venga, que solo quedan veinticinco millas!

Siempre hay algún gilipollas que grita “¡Sube las rodillas!” Ahí está. Cabezón. Don Risitas. “¡Un-dos-tres-cuatro!”. Solo me hace reír. Soy inmune, planeo como Abebe Bikila. Pasamos por lo que antes fue Charing Cross, destrozado por la autovía. El puente a ninguna parte sobre pilares de hormigón. Garnethill, donde vivíamos cuando nos casamos. Un apartamento en Hill Street, seis libras a la semana. Una habitación grande, soleada, con una buena vista de la ciudad. Compartíamos el piso con un albañil irlandés, un estudiante chino que cocinaba unos cangrejos que apestaban la casa entera, y un iraní con aires de dandy que daba vueltas por aquella cocina cutre envuelto en un batín de seda. Nos quedamos allí un año. Leímos en el periódico que un mes más tarde de salir de la casa, habían asesinado a alguien en lo que había sido nuestra luminosa habitación. Nunca se sabe lo que puede pasar.

Dos millas. 13:41. Tengo que echar cuentas. Siete menos veinte. 6:40. Todavía voy un poco rápido. El objetivo es un 6:50 constante. En fin. Descontando el principio. Y suponiendo que baje la velocidad al final. Viene bien ahorrar unos segundos ahora. A la hucha. Paso por un puesto de avituallamiento, cojo un vasito de papel e intento beber mientras corro. Trago aire con el agua, me derramo un poco por la camiseta. Tiro el vasito. Sigo corriendo.

– ¡Oggi, oggi, oggi!

– ¡Oi-oi-oi!

Hay un viejo delante de mí, cincuentaymuchos, con la camiseta de un club de atletismo y unas calzonas viejas de algodón. Un tipo duro. Nervudo y flaco, sin un gramo de grasa. La clase de tío que se va a morir con las zapatillas puestas, por ahí en una carrera larga, o a los ochenta, intentando batir el récord de su grupo de edad en una de diez kilómetros. Así se hace. Corre muy suelto, metido en sí mismo, con una forma perfecta. Me pongo detrás, le miro los pies. Me engancho a su paso. Me concentro en el ritmo. Pam. Pam. Pam.

Subimos por Kelvin Way camino de University Avenue. Me veo salir de un examen de Derecho en 1966. Perdiendo los papeles. No tenía ni idea de quién era. Traje mod y peinado a lo Small Faces. Borracho perdido en la cervecería de la Union. Empanada, alubias y una pinta de las fuertes. Las mesas todas salpicadas de cerveza. Estudiantes paletos, de medicina y de ingeniería, voceando canciones de rugby. Dame la vuelta, túmbame y vuelve a empezar. Vivía para el sábado y el baile en la Union. Grupos que tocaban Tamla, Atlantic, Stax. Dulce música soul. Quién era yo. Me enamoraba y me desenamoraba. El verano del 66, excitado, en sintonía y acabado. Puesto de ácido, la primera vez allá en aquella colina del Kelvingrove despatarrado en el césped de la ladera a todo volumen abierto de par en par todo ello latiendo en mí el ding-dong del reloj de la Universidad en su torre neogótica cada cuarto de hora una nota alta y una baja trayéndome de vuelta recordándome que el tiempo es una broma. Vaya broma.

Tres millas. 20:12. No me salen las cuentas pero son menos de siete. Bien. Un paseo por aquí una tarde de verano con Mary hace muchísimo tiempo, con ropa de terciopelo de segunda mano comprada en el mercadillo de los irlandeses, llevando las flores que habíamos cogido. Dios, qué felicidad. Ding-dong. Una nota alta y una baja. Mi niña bonita.

A darse prisa.

Por la avenida, hacia Byres Road. Cuántos años. El apartamento que encontré para mi padre. Un pisito enano pero le gustaba vivir aquí, le iba bien. Bebo otro sorbo de agua, le pego patadas a los vasitos del plástico del suelo, no pierdo de vista al viejo que corre con un club.

Dejamos atrás el Botánico y el Palacio de Kibble. Un cuento que escribí y convertí en obra de teatro, sobre mi padre cuando vivía en aquel apartamento. Se sentaba en el Kibble buscando luz y calor. Siempre era verano. There is a flower that bloometh…Justo cuando termino de escribirla, paso a máquina la última línea y suena el teléfono. Una mala noticia.

¿Eso eran las cuatro millas? No me fijé. Iba a lo mío. El tiempo seguiría bien, 26:53. Alcanzo al viejo, corro a su lado.

-Eh, ¿Eso eran las cuatro millas?

-¡Eso espero! Si no, la he liado.

-Vale. Se me pasó. Quería asegurarme.

-¿Ya en las nubes? ¡Muy mal!

-¡Ya lo sé!

Lo sé. Corro a su lado un rato, siento su poder. Economía del esfuerzo. Entiende de esto. Tengo que preguntar.

-¿Vas a por menos de tres horas?

No está realmente molesto por la pregunta; se lo piensa.

-Puede ser. Si llega, llega. No me voy a matar.

Pom, pom. Un paso constante.

Su camiseta tiene pequeños desgarros por delante y por detrás, hilos arrancados y rotos por años de imperdibles y dorsales. Corredor punk. Escupe, con puntería, a la alcantarilla.

¡Puaj!

-¿Y tú?

-Bajar de tres horas estaría bien.

-¿Lo has hecho antes?

-Una vez. 2:55.

-No hay razón para no repetir, si has entrenado.

-Eso.

-Si te chocas con el muro recuerda que puedes atravesarlo. Solo tienes que aguantar y tirar palante.

-¡Muy bien!

-¡Venga!

Y quizá sube el ritmo lo justo, me descuelgo un metro o dos, dejo que me adelante. Entramos en Maryhill, descampados entre los bloques. Un chavalín hindú en la ventana de un tercer piso, saludando con la mano. Le devuelvo el saludo y me río. Esto es genial, la libertad, correr por mitad de la calle, una perspectiva diferente, mirando hacia arriba. Una sensación como de estar de vacaciones. Desde una ventana se escucha Keep on running llegar al final y volver a empezar. Spencer Davis. Stevie Winwood con quince años y aquella magnífica voz sin pulir. One fine day I’m gonne be the one to make you understand. Pam, pam, pam. Sigue.

Subir en coche por Maryhill Road. Merryhell. Los Fleet mandaban aquí pero bien. “Tiny Mental Fleet Matan”. Tenías que tener cuidad en según qué pubs. Una vez me equivoqué y tuve que salir cagando leches por esta misma calle. Pies ligeros. Keep on running.

Por Garioch Road, la oficina del paro que me tocaba. Demanda de empleo. Intentando escribir. Miro el tiempo. 33:43. Cinco millas. Todavía bien pero es la primera vez que me da una punzada en el costado, me corta el aliento.

Leí en alguna parte que lo que hay que hacer es espirar fuerte desde el diafragma, empujarlo, gruñir. Me clavo las uñas en las palmas de las manos. Es una especie de acupresión. Clava. Gruñe. Sigo corriendo y al cabo de un rato se calma, casi se va. Recupero mi ritmo. Pam, pam. El veterano sigue delante de mí, a su paso estable. No se va a matar.

La historia de uno que se puso a correr para acabar con todo. Cansado de vivir. Pero el seguro no pagaría si se suicidaba. Tenía que pensar en su mujer y sus hijos. Así que pensó que correría hasta el agotamiento. Estaba en muy mala forma, no sería difícil provocarse un ataque al corazón. Hizo testamento y todo. Salió. Un par de vueltas a la manzana. Agotado y dolorido, pero no muerto. La noche siguiente un poco más. Y la siguiente. En un mes de seguir sin morirse, corría una milla. En dos meses dos millas y empezó a cogerle el gusto. Tiró el testamento. Siguió corriendo. Siguió viviendo.

Correr para estar en forma. ¿En forma para qué? En forma para correr. Correo ergo sum.

Por Temple, pasando Dawsholm Park y bajando Bearsden Road hacia Anniesland.

Seis millas. 40:34.

¿Por qué Temple? Algo masónico. ¿Y quién era Annie si esta tierra era suya? ¿Y es verdad que había osos que tenían un cubil por aquí? Cosas en las que uno nunca piensa. Nombres. Nama rupa. Nombre y forma. Dios, otra punzada. Esta vez en el hombro izquierdo, me lo ha dejado paralizado. Respira Gruñe Clava. Necesito un mantra para mantener la concentración. Intento el viejo trico budista. Gate Gate. El ritmo correcto. Un buen paso.

Gate Gate Paragate Parasamgate Bodhi Svaha.

Se ha ido. Se ha ido más allá. Se ha ido más allá del más allá.

Escuchar a Ginsberg cantarlo hace años, en una lectura en Blysthwood Square. Tocaba el armonio. Cantó El primer pensamiento es el mejor. Recuerdo aquello. Pero no ayuda con la punzada, no se va. Lo único que puedo hacer es seguir corriendo.

Gate Gate.

Sigo.

Siete millas. 47:25. OK. Great Western Road.

Aquella vez que acompañé a Mary a su casa hasta aquí, a las tres de la mañana, todo el camino hasta Drumchapel por el Bulevar. Caminando por la hierba. Caminando a ciegas. Ella había estado fuera, de viaje. y había una distancia. Take heed, take heed of the Western wind. A punto de romper. Caminamos justo por esta calle. Pasamos por la fábrica de Goodyear, que ya no está. Ls avefrías en círculos. Pío pío. En mitad de la noche. Hablamos de arreglarlo, encontramos algo por lo que empezar, gracias a Dios. Por esta calle.

Bajamos ahora para Scotstounhill, ahí están los pisos altos, el bloque de en medio de los cinco, mi padre y yo nos mudamos ahí cuando echaron abajo nuestro bloque. Los últimos en irnos, toda la calle cerrada ya, las ventanas cegadas. Yo tumbado en la cama una mañana, enfermo, y suena un estruendo en el tejado, de martillazos, y por la ventada empieza a verse cómo salen cosas volando. Ladrillos, tejas y tubos, antenas, lanzados al patio trasero. Y “¡OYE!”, grito. “¿Qué coño pasa?” Alguien me oye y se paran. ¡Cagonlaputa! Creían que el edificio estaba vacío y lo iban a demoler. Media hora más y el tubo de la chimenea se habría caído del techo, sobre mí. Nunca se sabe, de verdad. Me podían haber aplastado. Después de aquello nos mudamos, esa misma semana. Allá al vigésimo tercer piso.

Ocho millas. 54:15.

Una habitación blanca para mí solo, una vista del río que llegaba hasta Dumbarton. Incienso y alfombrillas de esparto. La String Band en mi viejo Dansette. Everything’s fine right now.

Ahora. Esto es todo. Sigue. Por la autovía. Han cerrado un trozo al tráfico. Fantástico. Hemos tomado la ciudad. En el siguiente puesto de avituallamiento cojo una esponja. Una niña me la pasa, chorreando de un cubo. Gracias. Me la estrujo en lo alto de la cabeza. El shock del agua fría cayéndome por la cara, por el cuello, empapándome la camiseta. Me refresca rápidamente, un chute de energía. Me quedo con la esponja, me la paso por los brazos y los muslos. Me doy cuenta de que tengo las piernas rígidas, endureciéndose, el principio del agotamiento. Ocurre. Una última pasada por la cara y el cuello y tiro la esponja al suelo. Ejércitos de voluntarios recogerán toda la basura. Es increíble la escala de esto, la organización. Todo para que podamos correr hasta reventar. Qué locura. 9 millas. 1:01:06.

Una camiseta del Partick Thistle por delante de mí. Roja y amarilla con los bordes negros. Los Jags. Firhill, La Emoción. La palabra que usaban era “impredecible”. Me pregunto si ese chico es el nieto de la señora del principio. Lo alcanzo y corro a su lado.

-Vaya carrera, ¿eh?

-Pues sí.

-¿Vas a por tres horas?

-Eso espero, sí.

-Bueno, vamos bien.

-¡Sí, de momento!

-¿Eres del Thistle?

-¡Sí, por desgracia! Ya no sé ni pa qué me molesto.

-Bueno, todos tenemos una maldición.

-Eso mismo.

Seguimos juntos un ratito. A este paso, charlar no es fácil. Pero hago el esfuerzo.

-Oye, ¿tu abuela estaba en el principio de la carrera?

-¿Eh?

Supongo que sí que suena muy raro.

-Una señora mayor. Pelo gris. Es que estaba buscando a su nieto. Decía que llevaba una camiseta del Thistle.

-¡Ése soy yo! Me dijo que vendría pero no la vi.

-Pues mira por dónde.

-Qué pequeño es el mundo, ¿eh?

-Pues sí.

Esa es toda la filosofía de la que somos capaces, sobre el tiempo y la casualidad, las coincidencias. Qué pequeño es el mundo, la verdad. Pues sí. Sí.

El pequeño acelerón para alcanzarlo me ha sentado bien. Lo intento otra vez y avanzo, con zancadas relajadas. Pasamos Minerva Street. Diosa de la Sabiduría y de la Seguridad Social. Por el muelle de Finnieston y la inmensa estructura de la grúa, tracería de hierro. Glasgow hizo al Clyde, el Clyde hizo a Glasgow. Otra época, pasada. Mi padre, de joven trabajando en el astillero, haciendo velas. Lo echaron después de la guerra, la antigua industria pesada en declive, viniéndose abajo. Entropía.

Necesito más agua. Otra esponja. Diez millas.

1:07:55.

Otro montón de espectadores, una gran ovación. Algunos ofrecen bebidas, gajos de naranja, onzas de chocolate. No necesito nada pero les doy las gracias de todos modos. Los niños levantan la mano para chocarla. Les doy según corro. A la americana.

Corriendo en Nueva York, me acuerdo de la banda de instituto atronando con el tema central de Rocky. Bam! . . . Bam! Bam! Bam! Eye of the Tiger. Y el barrio judío, Williamsburg, los jasídicos ortodoxos con abrigos negros y sombrero, barbas y largos tirabuzones. Quietos en silencio total viéndonos pasar. Y la señal de las veinte millas, muerto viviente, arastrándome por el Bronx. Y aquel hombrón negro que me llamó: “¡Eh, tío! Yo que tú seguía corriendo. A ver, ¿de verdad quieres pararte en el Bronx?”

Ni en broma.

¡Oggie oggie oggie!

¡Oi oi oi!

Broomielaw, donde los barcos de vapor se iban río abajo. The river Clyde, the wonderful Clyde. Yo tocaba eso en Ibrox cuando iba a las gradas de pie. Antes del partido y en el descanso. Eso y Shirley Bassey. Let the great big world keep turning. El olor del tabaco y la brillantina al aire libre. Mi padre empezó a levarme cuando tenía tres años.

Me doy con unos adoquines, duros bajo los pies. Un pinchazo en la rodilla izquierda. Espero que no me duela haber acelerado. Qué buena actitud protestante. Pagaré por ello. Pagaré por ello. Once millas. 1:14:43. Ahora es más difícil de calcular. Setenta y cuatro y poco. Todavía bien, por debajo de siete. Intento deslizarme, Abebe Bikila, relajado, sin dejarme caer. Evito poner el peso sobre el talón. Va bien. Talón y empuja con la bola del pie. Fácil. Sin problema. El dolor para pero me preocupo igual, le doy vueltas. Fin de los adoquines y otra vez asfalto. Mejor.

Mucho mejor. Mejormejormejor. Un poeta concreto. Smilesmilesmiles. Una historia del Ramayana. Un ladrón y asesino intenta decir el nombre de Dios, Rama, Rama. Todo lo que le sale es Mara, Mara, oscuridad. Pero persevera, sigue repitiendo Mara Mara hasta que finalmente es Rama Rama.

Increíble lo que tenemos flotando ahí en la cabeza. MaraMaraMaRamaRamaRama. De la oscuridad a la luz. MilesMilesMileSmileSmile.

Glasgow, mucho mejor. Vaya campaña de relaciones públicas. El urbanismo de por aquí, como el muelle, los pisos de lujo en la ribera.

Como Brando en blanco y negro en La Ley del Silencio. Podría haber sido alguien. Podría haber sido un aspirante al título.

Las manos de mi padre. Más grandes que las mías, más fuertes. Manos de obrero. Fue boxeador amateur. Útil. Conocía a Benny Lynch. Intentó abrirse camino a puñetazos, pero no lo consiguió. Nunca fue lo bastante bueno. O lo bastante malo. Perdió.

Podría haber sido un aspirante al título. A brazo partido.

Las manos de mi padre.

He alcanzado otra vez al viejo corredor del club, que va justo por delante de mí. Descontando millas. Ahora doce. 1:21 y pico. Una más para estar a mitad de camino. Ya llegamos. Talón y punta. Un poco de brisa del río, opone resistencia, corremos contra ella, pero es agradable y refresca. El primer escalofrío, raro porque tengo calor. Una sensación eléctrica en la columna y la parte de atrás de las piernas. Lo recuerdo de otras veces. Es un aviso. De momento, pasa. Un giro brusco a la derecha y cruzamos el puente de la Estación Central. Oswald Street. Puente de Jorge V. Arriba y cruzamos el río, euforia. ¡Sí!

Al lado sur, salimos del puente, es más fácil con el viento a la espalda, da un empujón extra, anima. Me entrecruzo, adelanto a algunos que empiezan a ir más despacio. Para cuando me fijo he adelantado al del club.

-Vaya vaya – dice- ¿te sientes con ganas?

-No voy mal, la verdad.

-Sólo puedes guiarte por cómo te vas sintiendo.

-Ahí estamos.

-Puedes ir a por todas, ya que estás.

-Sí.

-Pero ten cuidado, que todavía queda bastante.

-Lo tendré.

-Muy bien.

-Hasta luego.

A por todas. He cogido fuerzas hablando con él, paso por más adoquines, sobrepaso viejos edificios del muelle, almacenes, hasta llegar a las trece millas, a medio camino, yarda arriba o abajo, lo que sea la mitad de 385. En la mitad a 1:28. Perfecto. En mi mejor tiempo hice las dos mitades iguales. 1:27 de ida y 1:28 de vuelta. En Edimburgo, por la costa, sesenta corredores. Hice media carrera solo. No había pelotón para ir acompañado.

Así que esto va bien, muy bien. El mismo tiempo y todo este apoyo. La mitad. Mezzo nel cammin. Un hundimiento apenas momentáneo en la idea de que tengo que volver a correr otra vez lo mismo, que es sólo la mitad, y el cansancio. Pero no puedo pensar eso. He pasado de la mitad. Camino de la meta.

Por debajo del paso elevado, pilares de cemento, nos caercamos al Puente de Kingston. El tráfico ruge sobre nosotros. Cortes donde antes estaba Tradeston. La calle donde se crió mi padre, Houston Street. No está.

No conocí a mi abuelo, herrero industrial, trabajó en Howden’s toda la vida. Se murió cuando yo era un bebé, y su mujer antes de que yo naciera. Sólo he visto fotos viejas, retratos rajados, en sepia, guardados en una lata de galletas. Mi abuelo fue andando de Campbeltown a Glasgow para progresar. Duro como el acero. El otro abuelo por parte de madre trabajaba en Dixon, la fundición. Solo uno de mis cuatro abuelos llegó a viejo. No somos una familia longeva, mi madre murió a los 38. Dios. ¿Por qué pensar en ello?

Hago un intento consciente de relajar los hombros, respirar hondo, correr tranquilo. Por el Colegio Lorne donde se organizaba la marcha orangista. Mi tío Billy. Un orangista fanático. Era un buen hombre, decente. Pero toda aquella locura y odio. Una división de locos, tener a la gente peleándose entre ellos en lugar de contra lo que estuviera mal. Y así siempre.

Pasada la parada de metro de Cessnock, giramos a Paisley Road West. Bloques de piedra marrón. Otro pinchazo en la rodilla. Cojeo un poco, me dejo llevar hasta que se calma. Bien.

Catorce millas. 1:34. Pasamos al lado del Ibrox. Un corredor con una camiseta de los Rangers saluda con el puño en alto. ¡Hola! Y más abajo puedo ver los pisos altos, en el descampado. El boque en el que nací estaba por aquí. Ahora no es más que un hueco entre los edificios. El cuarto con cocina estaba en algún lugar de ese espacio, una cápsula en mitad del aire. El edificio fuera, la calle fuera, mi madre muerta hace tiempo y ahora mi padre. Nuestra vida allí solo está en mi cabeza y morirá conmigo.

El Albión. Ahora es el campo de entrenamiento de los Rangers. Antes era el canódromo, donde mi padre trabajaba en los accesos, un par de noches a la semana. Apostaba un poquito de vez en cuando, a veces ganaba, casi siempre perdía. Me traía a casa fotos de la línea de meta para que las viera. Casi abstractas, ráfagas de luz, los galgos alargados, ondeando hacia la línea. Me las traía a casa para enseñármelas, eso era todo. Mi papá.

Dios.

Ese escalofrío otra vez aunque debo estar acalorado. Camiseta húmeda, de sudor y del agua de las esponjas que me he pasado por el cuello. Esa sensación eléctrica como un cortocircuito en brazos y piernas. Respiro algo peor, esto empieza a doler. Se me había olvidado.

Torcemos hacia Bellahouston Park. ¿Quién era Bella Houston? ¿La misma de Houston Street? Más agua, bebo y se me derrama. Una mujer da caramelos de glucosa, un paquete de dextrosol. Cojo uno y lo muerdo, es como una tiza, dejo que se disuelva y lo trago. Deja una extraña sensación de frío en la boca. Pero el chute rápido da un subidón, casi instantáneo. Recupero e ritmo, atravieso el parque.

Creo que eso era otra milla. Debería llevar quince. Miro la hora, 1:41 y algo. Va más o menos bien. Creo. Paso por delante del Palacio del Arte. Una vez participé en noséqué show de los Scouts. Cantando. Marchando. Ni idea. O the wanderlust is on me, and tonight I strike the trail. Eso era. Swing along to a hiking song on the highway winding west.

El Palacio lo dejaron tras la Exposición Imperial. Mi padre ayudó a poner carpas y toldos, tiendas y marquesinas. Me enseñó el sitio. Solíamos venir aquí las tardes de verano, mi padre, mi madre y yo subido a hombros de mi viejo. Nos sentábamos arriba en la colina junto al kiosco de la banda, y él fumaba Senior Service y escuchábamos a las bandas tocar canciones populares. Younger than springtime. A veces nos traíamos una pelota y la pateábamos mientras mi madre se quedaba sentada. La pelota era de goma, y olía marrón. Hacía un ruido de goma al darle patadas. Más cuando le dabas de cabeza. Boing. Y el ruido en la cabeza y los flashes de color detrás de los ojos. Rojo. Cansancio y volver a hombros de mi padre, volviendo a casa cuesta abajo.

Flashes de luz en la cabeza, el olor de la hierba cortada, esto es ahora. En el parque. Mosspark Boulevard y Corkerhill Road. Paso las dieciséis justo por debajo de 1:49. Solo sé que es menos de siete minutos la milla, y eso vale, eso está muy bien.

Casas con jardín aquí, el sueño adosado de la posguerra, el tipo de cosa que mis padres soñaban y nunca tuvieron. Algunos críos en una esquina, quieren chocar los cinco otra vez. Uno de ellos alarga una botella de Lucozade. Paro y doy un sorbo, la espuma caliente me da en la garganta, y voy eructando burbujas por la nariz la siguiente media milla. Aun así, el golpe de cafeína al cerebro es bueno. Bien. Otro estirón. Gate Gate Paragate. Pam, pam. Asfalto duro. Los ojos en la carretera. A veces brillos y centelleos de partículas que captan la luz. Bonito e hipnótico. Me pierdo en ello. Estrellas en un cielo de alquitrán. Y otra vez esos flashes de luz en la cabeza. Pulso. Espacio profundo. Pero los pies en el suelo, es lo que tiene correr, que mantiene los pies en el suelo. una y otra vez, y en medio vuelo. Cuando corras, sólo corre. Esto es Pollok. Casas de protección oficial. Bloques enguijarrados.

Una vez corrí en Barnsley. En diciembre. Exótico que no veas. ida y vuelta entre montones de carbón y de escoria. Las primeras cuatro millas todo cuesta abajo. Eso significaba que las últimas cuatro eran una escalada que te machacaba. Me mató completamente. Un viejo me adelantó cojeando en la última subida, y todavía le quedaba aliento para hablar. “Cagonsusmuertos de la carrera”.

Toda la razón. Así que esta podría ser peor. Debería estar agradecido. La bola del pie izquierdo está empezando a agarrotarse. Intento relajarla, destensarla, estirar los dedos. Sobre los talones otra vez. Así. Las diecisiete ya están cerca. 1:55.

¿Siete redondas qué sería? Siete por diez setenta. Más siete por siete cuarenta y nueve. Sumado es ciento veinte menos uno, que es ciento diecinueve. Un minuto por debajo de dos horas. 1:59. Así que voy con cuatro minutos de margen. Divide cuatro entre diecisiete. Réstale eso a 7 para ver a qué velocidad voy. Joder. Diecisiete entre doscientos cuarenta segundos. Dividir llevando de cabeza ya es difícil en el mejor de los casos. Y aquí estoy, tras 17 millas en una carrera. E intentando no pensar que nueve millas todavía es un trecho largo de cojones.

Veinticuatro entre diecisiete es una y me llevo siete. ¿Setenta entre diecisiete cuánto es? diecisiete por cuatro es sesenta y ocho. Está bastante cerca. ¿Y eso en qué queda? Rondará los catorce. Siete minutos menos catorce segundos es 6:46. No está mal. Nada mal.

Subiendo por Barrhead Road, un camino largo, recto y lento, un campo de golf a cada lado. Y el viento sale de ninguna parte y me golpea. En contra. Me abro paso. Subo la cuesta. Corro contra el viento. Sin resuello. Millasmillasmillas. Maramaramara. Gate Gate.

Entre los olores del sudor y el Reflex pillo una ráfaga de perfume. Miro alrededor y veo a una chica que va planeando. Pelo rubio en una cola de caballo. Diadema de rizo. Delgada y de pies ligeros. Al ritmo que llevo no quedarán muchas mujeres por delante de mí, pero tendrá que haber unas cuantas. Y esta tiene buena pinta. Arrastra una cola de cuatro o cinco hombres, dispuestos a no dejarle superarlos. Los mantiene motivados, supongo, es algo en lo que trabajar. Parece que les importe. Y ella sigue ahí, con el grupo a la zaga. Me coloco detrás de ellos un rato, chupando rueda, a ver si supero este trozo. Dieciocho millas y pasan de dos horas. 2:02. Me rindo y no echo más cuentas. Ya me da igual. Me siento bien.

Pollowshawks Road. Otra muchedumbre. Un gran aplauso para la chica, que sigue marcando el paso, arrastrándonos con ella. Mary habría corrido en ésta si no se hubiera puesto enferma. Hace un par de días, con gripe. La dejó tumbada, era demasiado tarde para recuperarse a tiempo. Encerrada en casa, metida en la cama lamentándose. Qué pena. Tengo que correr bien por ella. Dios, cómo me ayudó cuando todo iba mal. Suena a canción de country. A veces como son las cosas de verdad, las verdades simples y obvias, suenan a tonterías. La vida cotidiana es el camino.

A Pollok Park, otra vez el olor a hierba recién cortada. Venir aquí de niño era una caminata larga, millas, atravesando tres calles principales. Renacuajos en un bote de cristal. Alevines. Nunca sobrevivían.

Jugar a los soldados. Venía aquí con mi amiguito, Brian, para jugar en el descampado de delante de los Bloques. Lo llamábamos el Canón. De Cañón, supongo. Me juntaba con un montón de críos de las casas grandes de alrededor. Jugábamos a la guerra y nos caíamos haciéndonos el muerto. Brian cayó mal y se torció un tobillo. Un par de niños lo ayudaron a llegar a casa de ellos. Un sitio enorme con jardín y garaje. Una casa de cuento. El padre tenía acento inglés. Nos dio a todos zumo de naranja, frío, del frigorífico. Le tocó el tobillo, Brian se retorció. El padre se ofreció a llevarnos a casa en coche. Fue la primera vez que me montaba en uno, no se tardaba nada, minutos. Y la calle parecía tan diferente, sobre ruedas, viéndola desde la ventanilla del coche. Como una película. Los bloques hechos polvo, el pub de la esquina. Era como verlo por primera vez. Aquí es donde vivimos. Paró en la calle de Brian, un enjambre de niños alrededor según salíamos. Dims las gracias y dijimos adiós con la mano, y en cuanto el coche desapareció de la vista, Brian se fue dando saltos por la calle, sin ningún problema en el pie. – Al principio me dolía-, dijo, -pero entonces vi la casa y pensé, ¡a tomar por culo!

A tomar por culo todo.

Pues sí.

Diecinueve millas y me está costando. Sigo el ritmo de ese pelotón y la chica. Cojo un vaso de agua e intento beber a la carrera, se me cae todo, tengo que parar y coger otro, dejo escapar al pelotón. Buena suerte. Necesito beber. De un trago. Y otro. Sigo corriendo, e incluso una parada así de corta, unos segundos, hace que las piernas se agarroten, rígidas. Cojeo los primeros pasos, me recupero, continúo.Rodillas arriba. No es posible. Atrapado. El camino serpentea, arriba y abajo por el parque. La finca Pollok. Pollok House y el Burrell.

Una escultura china de un monje meditando, un lohan. Casi de tamaño natural, de cerámica, con túnica verde. Sentado quieto y alerta, con un fondo de árboles tras un cristal. Necesito esa quietud, esa alerta, en el corazón de la acción, en mitad de llevarme al límite, así. Fue la meditación lo que me metió en esto. Mi maestro el yogi hindú. Vino a Glasgow, me cautivó con su simplicidad, su luminosidad. Lo que más, lo directo que era. Esto es lo que hay. Vívelo. Me hizo echarme a correr en vez de quedarme con el culo pegado al suelo. No, además de estar con el culo pegado al suelo. Corre y llega. Esto se lo agradezco. Machacarme. Empuja. Empuja. Empuja. Estar justo ahí en el momento. No hay nada igual. Los pies en el suelo.

Esto. Esto. Esto. Esto. Esto.

El camino por delante. El largo camino a casa. No pienses en ello. No pienses. Intenta respirar bien. El olor de la hierba. Otra vez ese escalofrío. Pasos sobre mi tumba. No voy a tener tumba. Cremación, como mi padre.

Be still my soul.

La electricidad que me baja por la espalda, por las piernas. Cortocircuito. Las pantorrillas hechas nudos, los muslos tensos como cuerdas enrolladas, apretadas.

Pero veinte millas es algo. Un hito. 2:16:42. Debería ser capaz de dividir eso entre veinte. Entre dos y entonces diez. Pero esa parte del cerebro ya no trabaja. No lo consigo. Lo enfoco desde el otro lado, me quedan seis millas. Si consigo mantenerme en los siete minutos por milla, son 42 minutos. Suma eso a 2:16 y son 2:58. Me conformaría con eso. Dios, sí. pero eso significa no bajar la velocidad, y eso es duro. Sin flexibilidad, cada paso es un esfuerzo. Veinte millas es lo más que corro entrenando, ahora ya estoy más allá. Gate gate.

Una vez vi a un amigo intentar cruzar a nado el Canal de La Mancha. En octubre. Una locura, demasiado frío. Salió de noche. Recuerdo la luz del barco que iba con él, deseapareciendo en la oscuridad, hacia lo desconocido. La sensación de vasto vacío. El Vacío. Al final no lo consiguió, tuvo que retirarse a medio camino. Volvió con el barco.

Aquí la única manera de volver es seguir adelante. De vuelta al principio. Un pie y luego el otro. Y otro. Mantén esos siete minutos. Como entrenar hasta el final. Al fin y al cabo. Siete minutos. Sin problema. Un paseo. Sigue siguiendo.

¡Oggi, oggi, oggi!

¿De dónde ha salido? Hacía rato que no lo oía. ¿Empezó demasiado rápido y lo estoy alcanzando? ¿O al revés, es él el que me come terreno a mí? El “¡oi, oi, oi!” ahora es más calmado, menos entusiasta. A esta altura todo el mundo está luchando. A siete minutos. En Barnsley al final iba por nueve o quizá más lento. Pero aquella era una carrera de cagarse en sus muertos. Aquí no hay cuestas. Puedo hacerlo.

Fuera del parque y de vuelta en la calle. Dumbreck Road. Dumbo. Cumbre. Se me va la cabeza. Estoy incómodo con el peralte de la calzada, me subo a la acera, lo siento como un escalón altísimo, estoy al límite. Un paso gigante. Caminar sobre la luna. Me vendría bien no pesar nada, flotar. En vez de eso me arrastra la gravedad. Piernas de plomo.

21 millas.

2:23.

Ahora la acera parece más dura que la calzada. Bajo el bordillo. Mierda. Otro pinchazo en la rodilla, éste más agudo, me hace cojear otra vez, duele si apoyo todo el peso. Me apoyo en una farola, algo en lo que apoyarme, cualquier cosa. Agarro el pie izquierdo con la mano derecha, tiro hacia atrás. Algo hace crack. No hay flexibilidad en los músculos. Cambio a la otra pierna, empiezo a moverme con cautela, el pinchazo reducido a un dolor sordo. Chondromalacia pattelica. Rodilla de corredor. Un fastidio.

Llego con esfuerzo al centro de la calle, donde está más plano, con menos curva. Al nivel. En equilibrio. Sigo hacia adelante. Levantamiento mínimo de las rodillas. Sin opciones. No podría acelerar ni aunque quisiera. Reducido a arrastrar los pies. El juego de pies de Muhammad Ali, flotando como una mariposa. Ojalá. Harlem Shuffle. Sam & Dave. You slide into the limbo, how long can you go? Buena pregunta.

¿Y esto qué es? ¿Dónde estoy ahora? Barrios anodinos. Busco una señal. Busco un milagro, parece. Este pone Fleurs Avenue. Bonito nombre. Avenue des Fleurs. El sueño de alguien. Avenida de las flores. El camino de prímulas. Bajo la cabeza, mirada al suelo.

Esto. Esto. Esto.

Sigo. Al limbo. Se me había olvidado esto, de verdad que sí. Es lo que cuentan de los partos. Que si te acordaras, si de verdad te acordaras de lo que su siente, no volverías a hacerlo nunca más. Y estoy empezando a acordarme, Dios, sí, siempre es así. Estoy cayendo en picado de verdad.

Otra señal. 22 millas.

Es difícil enfocar la vista en el reloj. Bizqueo. 2:30. No sé qué significa eso. Pero me quedan cuatro. En media hora. Solo tengo que resistir y no morirme. Me digo a mí mismo que solamente he agotado la reserva de glucógeno. Es una bajada de azúcar, eso es todo. Esto me ha pasado antes. He corrido hasta atravesarlo. Pero me cago en Cristo, duele.

Una mujer, una madre joven con un bebé en un carrito. Sostiene algo y me giro, cojeo hacia ella, veo que es media naranja, pelada, y su bondad, su simple amabilidad me sobrecoge, me llega. Apenas puedo dar las gracias, solo gruño y cojo la fruta, la engullo, como/bebo de golpe y me la trago entera. Bendita seas. Sigo, y ayuda, está claro que ayuda. Por lo menos doscientas yardas más o menos. Entonces empieza otra vez, me voy cuesta abajo. Apenas me mantengo a flote. Con el depósito vacío. ¿Por qué coño estoy haciendo esto? No tiene sentido.

Si ese hijo de puta grita Oggi Oggi Oggi una vez más.

¿Me he saltado un puesto de agua? Hace demasiado de la última vez que bebí. Todos esos dibujos del tipo reptando, arrastrándose por el desierto. Un oasis que resulta ser un espejismo.

Alguien a mi derecha, pies caen pesados.

-Un infierno, ¿eh?

La camiseta del Thistle. Pinta tan mal como yo me siento pero se mueve mejor, más fuerte. Esos Jags. Lo único que puedo hacer es gruñir “sí”. Y me saluda con la mano, me adelanta, muy despacio pero alejándose de mí a cada paso.

Agua.

Para.

Cojo un vaso con la mano temblorosa. Bebo, la dejo caer. Me llegan por los tobillos. Cojo otra y me obligo a beberla, aunque me siento como si me ahogara. Tori el segundo vaso, le doy una patada, salgo del montón de basura.

Ahora. Se trata. De. Recuperar. El ritmo. No sé si puedo. Sólo quiero sentarme en mitad de la calle. Mezzo nel cammin. La gente que se pierde en la nieve, en tormentas, en mitad de ninguna parte. El deseo de hacerse un ovillo y morir. Lo entiendo perfectamente. Desaparecer.

Joder.

No puedo más, voy a seguir. Samuel Beckett, qué tío, sabía de qué hablaba. Sabía su lugar. Las últimas palabras de la trilogía. Me la leí de un tirón cuando tenía diecinueve años y estaba malo con gripe. Un buen estado de ánimo para apreciarlo.

Estoy chocándome con el muro. Tengo que atravesarlo. Un paso. Otro. Un territorio interesante. Lo recuerdo ahora. No puedo más. Voy a seguir.

El Innombrable.

¿Cómo era que llamaban al pollo pakora en los restaurantes indios? En Glasgow y en ningún otro sitio. Eh tío, ponme un plato de innombrables. De impredecibles.

¡Indescriptibles!

Eso era. Solo en Glasgow.

Un plato de indestructibles. De inefables.

Inmortal invisible.

¿Y qué es esto ahora, por Dios? y ya qué estamos ¿quién soy yo?

Aquella pintura de Gauguin. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?

¡Pollowshawks!

Conozco estas calles de antes.

Tenía una tía que vivía por aquí. La hermana de mi madre. Veníamos de visita. Un poco después de que mi madre muriera mi padre se peleó con toda esa parte de la familia. Una bronca idiota. Algo que ver con dinero prestado que no se devolvió. Lo mismo que me pasa siempre, dijo.

La Cruz de San Andrés. Cada uno su cruz. A Andrés lo crucificaron cabeza abajo y en diagonal. Nuestro santo patrón. Nos pega.

Mortificación. ¿Qué estoy haciendo ahora? No, esto lo hago porque sí, por esto mismo. Trascendencia. Ir más allá. Más allá de más allá. Parasamgate.

Cogemos Eglinton Street, por delante del Bedford y el Coliseum, por el desastre que hicieron con los Gorbals. Los sesenta. Que Dios nos ayude. Unos cuantos años más y lo echarán todo abajo otra vez. Por el Puente de Jamaica. Y sí que me perdí un marcador de millas, esta es la 24. Pero veo borroso, no puedo mirar el reloj. My eyes are dim I cannot see. I haven’t brought my specs with me.

Mi viejo otra vez, cantaba esa en los viajes en autobús. Nos íbamos de excursión. Largs o Troon. Le echaba ganas dirigiendo el cante. O haciendo un solo con Danny Boy. O come again when summer’s in the meadow.

Jo, Papá. So cabrón. Te quería.

La llamada. Malas noticias. Tu padre, me temo.

Salió a comer en su descanso del trabajo. Estaba de dependiente. Salió por la puerta de atrás a tomar el aire, dar un paseo. Cayó redondo en mitad de la calle. Tal cual. Al lado de la iglesia donde antes predicaba Tom Allan. Buchanan Street, la parte peatonal, todo el mundo saliendo a comer. Un lugar tan bueno como cualquier otro para irse.

El viento del río me está enfriando otra vez. Estoy temblando. Las manos y los brazos acorchados. Take heed, take heed.

Yo venía de Edinburgo para verlo cada dos semanas. O llamaba, estaba en contacto. Pero había estado fuera, dos meses de viaje. Le mandé una postal, eso fue todo. El plan era venir y darle una sorpresa al día siguiente. Su cumpleaños, por Dios. Habría cumplido 64. Will you still need me. No llamar, sino plantarme en su trabajo al final de la jornada. Drop me a postcard, send me a line. Si hubiera escrito, o llamado.

Joder.

Yours sincerely wasting away.

Esas luces como flashes en la cabeza otra vez, estrellas pulsantes.

-¿Estás bien?

El viejo corredor me adelanta. Ha controlado el tiempo a la perfección. Hago un ruido incoherente.

-Tienes mala pinta –dice. – Intenta comer algo. Un poco de fruta o algo así.

Consigo asentir, le hago un gesto con la mano. Me lo devuelve y desaparece.

Al siguiente grupo de gente dando comida cojo lo que puedo. Patatas fritas, chocolate, un trozo de donut, medio plátano. Más agua y sigo. Otra vez.

La morgue, cuando la vi esta mañana, ese puñetazo al estómago. Tuve que ir allí a identificar el cuerpo. Mary vino conmigo, me ayudó a superarlo. Los olores químicos, el formaldehído. Preparándome para verlo por última vez. Tocarlo. Pero la brusquedad de aquello. Entro en una sala y hay una pantalla en una esquina. Imagen en blanco y negro, la cara contraída en una mueca de dolor.

-¿Su padre?

Qué shock. -Sí.

Sí, pero.

Y deprisa para afuera, a la sala de espera.

Sí, pero no. Él, pero no él. El cuerpo pero no el hombre. No el Papá.

Y así de rápido, en cuestión de minutos, el forense diciéndonos que se había acabado la autopsia. Un ataque al corazón. Ateroma en arteria coronaria. Y el tío sigue charlando alegremente, dándome un papel para que firme y me den las cosas de mi padre. La cartera con algo de dinero – un billete de cinco, un poco de calderilla. Sus gafas. Un resguardo de casa de apuestas. Un bolígrafo.

-La ropa la quemamos, claro.

Claro.

-Y llevaba una bolsa de plástico. Un pan y una pinta de leche. Pero esas cosas no se conservan.

Claro.

-Así que si firma aquí, eso es todo. Estupendo.

El portero a las puertas del infierno.

Un pan y una pinta de leche. Y las gafas. My eyes are dim I cannot see. Dios mío.

Tranquila, alma mía, es lo que cantamos en el funeral, cuando el ataúd se deslizó adentro. Consumirse, reducirse a sus elementos. Como alguien que se quita una prenda vieja y dada de sí. Ir. Ir más allá.

Ahora respiro a trompicones, a sollozos. Este mundo cruel tomando aliento con dolor. Se me va todo el sentido del tiempo, ya me da igual. Todo grita que me pare. No puedo más voy a seguir, toda mi existencia enfocada en esto. Todo lo que queda las puras ganas de seguir resistiendo. Algo contra la muerte. Algo contra nada.

Un pulso de luz en mi cabeza. Una avalancha de ruido, viene y se va como la marea. Y de repente, sin más, ya no estoy corriendo, el cuerpo caído, tirado, tumbado ahí en el suelo y floto sin él en algún lugar por encima, viéndolo desde arriba. Triste y cómico ese cuerpecillo tirado ahí en camiseta y calzonas, las zapatillas blancas con las rayas azules. Ése soy yo. Pero también soy éste que está aquí flotando. Me elevo hacia la luz. Una dulce liberación tras el esfuerzo. Es así de fácil, dejarme ir.

Entonces estoy otra vez abajo con él, re-entrada, siento mi peso. Hay voces junto a mi cabeza.

-Cuidado.

-Lo tengo.

Y manos, brazos debajo de mí que me levantan y me llevan. Pietá. Me dejan sobre la acera y me echan una manta por encima, un gorro de lana en la cabeza, me frotan los brazos para que entre en calor. Los amo. Dos hombres y una mujer, con uniformes de primeros auxilios.

-Nos tenías preocupados. Te desmayaste.

Me cuesta pero consigo formar las palabras. -¿Cuánto?

-¿Eh?

-¿Cuánto tiempo he estado así?

-Cosa de cinco o diez minutos.

Ahora la siguiente pregunta. -¿A cuánto estamos de la meta?

-Unas doscientas yardas.

Yo no me quedo sin terminar. Ahora no. Me pongo de pie, aún tembloroso. Me ayudan a levantarme, me sostienen por si acaso. Pero sé que puedo hacer esto, que tengo que hacerlo.

-Gracias -les digo-, estoy bien.

Glasgow Green otra vez. Círculo cerrado. Solo un último empujón. Cada paso me descompone. El cuerpo en shock. Arrastrarlo estas últimas doscientas yardas no es nada. Tan cerca. Puedo verlo, la línea de meta, la pancarta. Reloj digital, el parpadeo de los segundos al pasar. Pone 3:07:28. Tic. 29. Tac. 30. El público en la última recta animándonos. Los. Últimos. Pasos. La mente sobre el cuerpo. ¿No hay mente? ¡No hay cuerpo! Un. Empujón. Y. Ya. 3:07:48. Me parece bien. Brazos arriba. Un fotógrafo avispado tomando a todo el mundo. Lo atrapa. El momento. Inmortal. Sí. Es todo.

Atravesar el muro: una guía turística en notas al margen.

“Atravesar el muro” está lleno de referencias culturales que no quitan mucho a la comprensión del cuento, y también de referencias a la ciudad de Glasgow, unas más importantes que otras, que he contado aquí muy a mi manera. Puedes ir leyendo el cuento con sus referencias, dejártelas para el final, o ignorarlas y dejarte llevar. Las referencias a canciones las he incluido todas en el propio cuento como enlaces a Youtube.

No he querido cambiar las millas a kilómetros porque el corredor va midiendo sus tiempos, e indicar cifras que no fueran redondas distraería demasiado y habría quitado mucha fluidez. Te vale con recordar que una maratón = 42 kilómetros = 26 millas. Para lo que nos interesa, las yardas son casi iguales a los metros.

Glasgow Green: Un parque grande. Está en el límite sureste del centro histórico.

Candleriggs y Saltmarket: nombres de calles contiguas a Glasgow Green.

La morgue: un depósito de cadáveres municipal. Es un edificio histórico y ahora es una oficina de objetos perdidos.

Partick Thistle: un equipo de fútbol local. Originarios del barrio de Partick, su estadio está en Maryhill desde 1909. Cuando se escribió este cuento, se habían pasado una década en 2º división y aunque recién ascendidos, estaban a punto de desaparecer.

Tron: un teatro en un edificio histórico.

Tolbooth: La torre, alta y delgada, del ayuntamiento viejo.

Merchant City: un distrito financiero muy antiguo que hace tiempo que tiene tiendas caras y restaurantes modernitos.

Sloan’s: un restaurante y pub que lleva ahí toda la vida.

High Street: la expresion suele ser una metáfora para las calles del centro. Esta no es especialmente animada, es solo una “frontera” de la Merchant City.

Great Eastern: El “Great Eastern Hotel” está en Duke Street, una calle perpendicular que a nuestro corredor está dejando atrás. Era un albergue de propiedad privada en el que vivían hombres pobres; cerró en el 2001.

George Square: La plaza del ayuntamiento. Es muy grande y muy animada.

La estación de Queen Street: está en uno de los lados de George Square. Glasgow tiene dos estaciones de tren en el centro, y esta es la pequeña. La grande está cuatro manzanas al sur de aquí.

Sauchiehall Street: es una calle muy larga que conecta el centro con el West Side. La zona oriental es muy comercial, con muchas tiendas y restaurantes.

Lo que había sido Charing Cross destrozado por la autovía: Charing Cross era una plaza a la mitad de Sauchiehall Street, creada por el cruce de caminos que conectaban el centro con el West End (el barrio de la universidad). A finales de los 60 alguien pensó que era una buena idea unir dos proyectos: una autovía Edimburgo-Glasgow y una ronda en torno al centro de Glasgow. El chapucero resultado es que la autovía atraviesa la ciudad, separando barrios en una especie de F (centro/oeste y centro/noroeste). El anillo no se completó. Se puede pasar a pie porque hay pasarelas y soterramientos. “Lo que era Charing Cross” ahora es un acceso a la autovía.

El “puente a ninguna parte”: Debido a lo parcheado e intermitente de la construcción de la autovía M8, se hicieron dos puentes en los 60 que no conectaron nada. El de Charing Cross se usó como base a un bloque de oficinas en los 90. Otro un poco más al sur es un carril bici desde 2013.

Garnethill: un barrio residencial, límite entre el centro y el West End. Está al lado oriental de la autovía. Uno de esos barrios con mucha población inmigrante, estudiantes y artistas, porque está cerca de la Escuela de Artey sin ser céntrico está bien situado.

Kelvin Way, University Avenue: Al final de Sauchiehall street, a tu derecha (es decir al norte) te queda Kelvingrove Park, que es tan grande como Glasgow Green. Kelvin es el río, el nombre no es más que “Parque de los Jardines del Kelvin”. Kelvin Way es una calzada que atraviesa el parte de sur a norte y lo divide en dos mitades. La Avenida de la Universidad atraviesa el campus.

The Union: Union significa Sindicato. Aquí se refiere al de estudiantes. Se llama simplemente “The Union” al bar o conjunto de ellos que funcionan como una especie de club privado para universitarios, a menudo con precios y servicios algo mejores que los del resto de pubs.

“El mercadillo de los irlandeses”: un mercadillo popular por sus artículos de segunda mano, a veces robados, por Saltmarket.

Byres Road: la calle más comercial y concurrida del West End.

Kibble Palace: el invernadero principal del Jardín Botánico, que está en uno de los extremos de Byres Road. Se llama así por su diseñador, John Kibble.

Maryhill: un barrio grande y densamente poblado en el noroeste de la ciudad.

Merryhell: “Alegre infierno” suena casi igual que “Maryhill”.

“Tiny Mental Fleet Matan”. Hasta hoy, Maryhill siempre ha tenido bandas callejeras de delincuentes juveniles. Aquí nuestro corredor está pensando en un slogan o un titular de prensa. La banda de los 60 y también sus miembros se llamaban Young Mental Fleet (donde “mental” significa “loco”).

Garioch Road: Desde Byres Road hemos cogido dirección norte. Estamos bastante lejos del centro.

Dawsholm Park: El parque de la zona noroeste. Se mantiene como una mini reserva natural, asilvestrado.

Temple y Bearsden Road hacia Anniesland: Dos calles de Maryhill que llevan a Anniesland, un barrio residencial del West End, bastante anodino. Estamos empezando a tomar dirección sur pero seguimos yendo hacia el oeste. “Bearsden” significa literalmente “el cubil del oso”.

Blythswood Square: Una plaza muy céntrica, muy lejos de donde estamos ahora.

Great Western Road: Una calle que parte del Jardín Botánico en dirección noroeste trazando una diagonal bastante clara, hasta que sale de la ciudad convertida en carretera . Nuestro corredor la coge hacia fuera.

Drumchapel: El barrio del extremo noroeste de la ciudad, obrero y pobre. Si el corredor vivía en los pisos altos del párrafo siguiente y su novia más allá de la fábrica, el camino a Drumchapel fue de mínimo una hora andando. Y luego la vuelta.

Scotstounhill: Scotstoun, a la que pertenece Scotstounhill como una pequeña cuña, es un barrio que mezcla casas históricas muy bonitas con cinco bloques de pisos gigantes y espantosísimos de protección oficial. Salvando un trozo de la Great Western Road, llevamos dos millas casi rectas dirección sur.

Dumbarton. Un pueblo a quince kilómetros.

Por la autovía: La A814 sale del mismísimo centro hacia el noroeste (si te parece que detectas un patrón en las calles de la ciudad, felicidades), entre el río Clyde y la Great Western Road. Hace las veces de zona sur de la circunvalación fallida.

Firhill: el estadio del Partick Thistle.

Minerva Street: Hemos cogido carrerilla en una diagonal hacia el sureste y ahora estamos justo al sur del West End. O sea que de momento hemos atravesado el centro, hemos dado la vuelta a la zona noroeste, hemos vuelto casi hasta el centro por una ruta paralela a la de ida.

El muelle de Finnieston: Glasgow tiene dos ríos, el Kelvin y el Clyde. El Kelvin es pintoresco, cortito, y serpentea por la zona noroeste hasta desembocar en el Clyde justo una milla (kilómetro y medio) más arriba de donde estamos ahora, a la altura a la que el corredor se cruzó con el muchacho del Partick Thistle. El Clyde es caudaloso, y atraviesa la ciudad de este a oeste. Este muelle está un poco al oeste del centro.

Broomielaw: una avenida junto al río que va del muelle de Finnieston hasta el centro.

Ibrox. El estadio de fútbol de los Rangers, uno de los dos equipos grandes de la ciudad. Hay una rivalidad intensa entre este equipo, popular entre los protestantes, y los Celtic, de los católicos.

Mejormejormejor: juego de malabras intraducible. Miles = millas. Miles better = mucho mejor. Smile = sonrisa. “Glasgow’s miles better”, Glasgow es mucho mejor o Glasgow sonríe mejor, fue una campaña publicitaria del turismo en la ciudad, una de las primeras del mundo en la estela del “I Love NY”, en los 80.

Benny Lynch: un boxeador escocés de la primera mitad del S XX.

Puente de Kingston: Hemos vuelto a tomar dirección oeste, ahora en la orilla sur.

Tradeston: un barrio muy pequeño en la zona suroeste, adyacente al río, víctima de la reconversión industrial del puerto y de la rama norte-sur de las autovías que atraviesan la ciudad.

Howden: empresa fabricante de ventiladores industriales, aún con sede en Glasgow.

Campbeltown: un pueblo en la costa oeste de Escocia a más de 200 km de Glasgow. 120 si se coge un ferry.

Marcha Orangista: a mediados de julio, los protestantes de distintas localidades de Irlanda del Norte y de Escocia organizan un desfile en el que lucen simbología de la Orden de Orange (y en Glasgow, los colores de los Rangers) para celebrar unas victorias militares en Irlanda del rey de Inglaterra, Guillermo III, en 1690. El sentido de esos desfiles es atravesar los barrios de mayoría católica en una exhibición de fuerza y poder, por lo que han sido violentos hasta hace poco.

Cessnock, Paisley Road, Ibrox: seguimos cogiendo dirección suroeste en el mismo barrio, de amplios espacios abiertos.

Bellahouston Park: Un parque grande al sur de Ibrox, con un museo de arte y otros edificios públicos.

Palacio del Arte, Exposición Imperial: la Exposición se celebró en el 38. El Palacio del Arte nunca llegó a usarse como museo y ha sido casi siempre un gimnasio y centro comunitario.

Mosspark Boulevard, Corkerhill Road: la calle que marca el sur de Bellahouston Park, y la perpendicular a ésta.

Pollok: un barrio casi al extremo sur de la ciudad, construido de una sola vez y planeado para alojar a población chabolista. Enguijarrar es una técnica de hacer fachadas muy británica, propia de construcción barata. Una especie de gotelé de piedrecitas.

Barnsley: una ciudad pequeña al sur de Yorkshire.

Barrhead Road, campos de golf: seguimos en Pollok y recto al sur. Sí, a pesar de los campos de golf seguimos en un barrio obrero. En Escocia es un deporte popular y no muy caro, sobre todo en los campos de golf urbanos.

Pollowshawks road, Pollok Park. La zona verde más grande de la ciudad, con diferencia. Pollok House y la Colección Burrell son una antigua mansión y un museo de arte (sí, otro).

Dumbreck road, Fleurs Avenue: empezamos a volver hacia el norte.

El desastre que han hecho con los Gorbals: El barrio sureste contiguo al río ha sido de los más pobres y peligrosos de la ciudad. Tras la reconversión industrial ha pasado por varias oleadas de mejora urbanística, sin dejar de ser obrero y con problemas causados por la construcción de viviendas sociales de muy mala calidad.

Largs, Troon: dos pueblos turísticos, de playa, a una hora en coche al oeste de Glasgow.

Buchanan Street, la iglesia de Tom Allan: el centro del centro. No hay sitio más concurrido a esa hora.

La Ciencia de Mundodisco: guía de lectura

Terry Pratchett escribió, además de las novelas de Mundodisco de las que ya he hablado un poco por aquí, unos cuantos libros independientes pero situados en el mismo mundo. Son más de veinte, y no los he leído todos. Aquí voy a comentar los cuatro de la serie “La Ciencia de Mundodisco”.

Todos tienen una estructura similar: los capítulos impares tienen una novela breve protagonizada por los magos de la Universidad Invisible, y en capítulos alternos, dos científicos presentan ensayos autoconclusivos sobre ciencia, conectados muy superficialmente con el capítulo de ficción. Sus temas suelen ir saltando de un lado para otro de una manera que recuerda un poco a la serie Cosmos, la de Carl Sagan. A veces, esta manera de ir cambiando de tema los hace confusos y no creo que sea del gusto de todo el mundo. Los científicos son Ian Stewart, matemático, y Jack Cohen, biólogo. El nivel intenta ser accesible… digamos que soy de letras, MUY de letras, en lo que eso tiene de bueno y de malo, y aunque hay secciones que se me quedan grandes, dan la sensación de que quieren que les entienda el público general.

Libro por libro:

La Ciencia de Mundodisco (1999: publicada entre El Quinto Elefante y La Verdad, puedes leerla después de El País del Fin del Mundo): Los magos crean por accidente Mundobola, una especie de maqueta de un universo en el que para su sorpresa, no hay magia ni narrativium. Deducen experimentando las leyes básicas de la física newtoniana (bueno… más o menos) y utilizan la magia para entrar en la maqueta, que es por supuesto nuestro universo. Les decepciona no descubrir vida inteligente: para cuando se fijan en nosotros, hemos huido al espacio exterior.

Los capítulos sobre ciencia intentan ser muy generales. Perdonad si no os gusta alguna traducción de los títulos, son todas mías y los juegos de palabras no son fáciles.

  • Ciencia de campo de squash: Energía nuclear.
  • La ciencia y la magia: qué es la ciencia y cómo funciona.
  • Principios y fundaciones: El origen y naturaleza del universo.
  • Polvo de estrellas: qué son y cómo funcionan los átomos y la tabla periódica de los elementos.
  • La forma de las cosas: la forma del universo y la Teoría de la Relatividad.
  • ¿De dónde salen las reglas? Este capítulo plantea la posibilidad de una “teoría unificada” e introduce la mecánica cuántica.
  • Mundos disco. El Sistema Solar.
  • Tierra y fuego. Geología: la estructura de nuestro planeta.
  • Aire y agua. La atmósfera, los océanos, y la corteza terrestre.
  • Un gran salto: la luna.
  • Cosas que no son: un capítulo muy original sobre las cosas que se definen por ser opuestas, pares en los que normalmente solo una de las dospuede medirse, como la luz o el calor.
  • A pesar de lo cual….: el origen de la vida.
  • Selección antinatural: la evolución.
  • El Origen de Darwin: más evolución.
  • Llega el iceberg: las glaciaciones.
  • Universales y específicos: más evolución todavía, explicando seres y características que están por todas partes (universales) y otras puntuales para un problema concreto (específicos). También, biodiversidad.
  • No mires hacia arriba: ¿Qué podría provocar extinciones masivas? Para empezar, meteoritos.
  • Nueve de cada diez: estadísticas y sesgos.
  • Huyendo de los dinosaurios: evidentemente, dinosaurios.
  • La muerte de los dinosaurios.
  • Mamíferos en marcha: cómo se expandieron los mamíferos.
  • El hormiguero: el origen de los homínidos.
  • Exteligencia: la cultura. Qué es (definida como una “inteligencia externa”, ya sea transmitida por la familia, libros, etc) y por qué la necesitamos.
  • Cómo dejar tu planeta: los viajes espaciales.

Es una introducción muy sencilla y amena, adecuada para gente sin estudios especializados, porque ellos seguro que lo encontrarán demasiado básico. Podría ser incluso una introducción a Mundodisco a adolescentes y postadolescentes a los que les guste muchísimo la ciencia.

El segundo libro, The Science of Discworld: The Globe (2002: publicada entre El Asombroso Mauricio y Ronda de Noche), intenta hacer lo mismo con las humanidades, en mi opinión sin éxito. la historia es original y divertida: los magos pueden viajar en el tiempo en Mundobola y por lo tanto cambiar la historia de formas significativas. Aquí, descubren que el mundo tiene que encontrar un equilibrio entre la ausencia total de magia y que los seres humanos creamos en ella tanto que seamos vulnerables a los duendes y hadas, seres parásitos y dañinos (para más información, lee Lords and Ladies, Lores y Damas en la traducción). La clave aquí es que tienen que producir una serie de cambios que permitan que exista William Shakespeare y escriba las obras que conocemos.

Los capítulos de Stewart y Cohen tratan los siguientes temas:

  • El elemento nosécuántico: Recapitula la parte de ficción del libro anterior, define el narrativio, y explica que contar historias con sentido es fundamental para nuestra manera de pensar.
  • La posibilidad adyacente: El “espacio fase”, explicado como el conjunto de todo lo posible en una situación, estudio, etc., aplicado también fuera de las matemáticas. Por ejemplo, cálculo estadístico o de probabilidades de todos los libros que se podrían escribir, etc.
  • La filosofía del pulidor de lentes: el paso del pensamiento mágico al científico durante el Renacimiento y las ideas que vivieron en esa transición, como la adivinación, la alquimia, etc.
  • El Planeta de los Simios: los homínidos, su origen, cómo llegaron a  convertirse en Homo sapiens. El concepto de cultura.
  • Un ciego con una linterna. Más sobre nuestro origen. Algunos rasgos que nos diferencias de otros animales. La domesticación.
  • Gente al filo. Algunas características humanas, como la migración y los ritos de paso en la adolescencia. Distinción entre “gente tribal” y “bárbaros”.
  • Winnie the Pooh y los profetas. El lenguaje.
  • Libre determinación. Pues eso: ¿existe el libre albedrío? ¿Y la predestinación? Visiones científicas y religiosas.
  • Un cachito: Pasamos de hablar de lenguaje(s) a hablar de cómo funciona el ADN. Con cosas cuánticas en medio y alrededor. Sí, es así de enrevesado.
  • Dioses Menores: reflexiones acerca del origen, razón de ser e inconvenientes de la religión.
  • El nuevo narrativio: “del mito al logos”. Los orígenes del pensamiento científico o casi.
  • El presente extendido. Arte. Qué es, para qué sirve, cómo surge.
  • Mentiras a los chimpancés: mentiras.
  • Mundos de “y si…”: Historia con mayúscula y con minúscula. Lo impredecible, nuestros intentos de dar sentido al caos. Géneros literarios: la ciencia-ficción.
  • Mentiras a los humanos: el concepto de meme.
  • Puede contener frutos secos: conclusiones sobre la importancia de las historias. Las que nos creemos y las que contamos sin creerlas.

Si parece caótico, lo es, y mucho. Es el que menos me gusta de los cuatro, con diferencia.

El tercero, Darwin’s Watch (El reloj de Darwin) (2005: publicado tras Cartas en el Asunto, el mismo año que Thud!) mejora. La narración repite la idea de que los magos tienen que modificar la continuidad temporal terrestre para que la humanidad sobreviva… pero esta vez es Darwin y no Shakespeare quien tiene que escribir sus obras con éxito. Sin Shakespeare, o más bien, sin el nivel de fantasía que da lugar a artistas como Shakespeare, no se da la civilización. Sin Darwin, no se desarolla la ciencia de los últimos 150 años y los seres humanos se extinguen por alguna catástrofe natural sin inventar las naves espaciales con las que huyen de Mundobola.

Los capítulos de ciencia se conectan mejor con lo que ocurre en los de ficción, aunque salten de un tema a otro como te los voy a presentar:

  • El reloj de Paley:  introducción a quién era Darwin, la Teoría de la Evolución, qué es el creacionismo y por qué existe, cómo funciona la investigación científica.
  • Paley ontología: William Paley era un sacerdote que escribió un libro de teología acerca del origen de la vida, que incluye la famosa analogía: Si nos encontramos un reloj tirado por la calle creeremos que alguien lo ha construido, los relojes no se hacen solos. Este capítulo explica en qué se equivoca Paley y el creacionismo y habla también bastante de geología.
  • Tiempo prestado: la posibilidad de los viajes en el tiempo. Agujeros negros y otras opciones.
  • Avance hasta el pasado: más sobre viajes temporales.
  • Watch-22: algunos datos de la biografía de Darwin relacionados con sus descubrimientos.
  • El libro equivocado: más sobre la historia de la publicación de El Origen de las Especies.
  • Aleph-nosecuántiplex: líos matemáticos rarísimos. Universos paralelos, cosas cuánticas, operaciones con infinitos. Sí, infinitos en plural. No estoy segura de haber entendido nada.
  • Destino manifiesto: un intento raro de aplicar la idea de evolución a la Historia. No como “progreso”, sino… ¿de unos eventos determinados A se siguen necesariamente unas consecuencias B? Causalidad. Cómo al estudiar “Historia” seleccionamos acontecimientos según nos parezcan relevantes.
  • La época de la máquina de vapor: ¿las ideas brillantes cambian el mundo, o son una consecuencia de cambios? ¿o es que aparecen cuando el mundo está listo? Ejemplo: la máquina de vapor. Quizá la mejor “mezcla de temas de ciencias y de letras” de los tres libros que llevamos hasta ahora.
  • Los secretos de la vida: Una pequeña explicación de cómo funcionan la evolución y el ADN.
  • Olvídate de los hechos: Creencias, ideas, religiones, pseudociencia, ciencia. Cosas sobradamente tratadas en el libro anterior, aquí con más atención a lo religioso.
  • Una escasez de sargentos: qué tenía de especial la Gran Bretaña victoriana para dar pie a tantos avances científicos y tecnológicos.

Un libro muy entretenido. Si eres muy, muy de letras te puedes saltar los tres capítulos sobre viajes espaciales y matemáticas y no te vas a perder el hilo de la discusión, centrada en biología e historia.

El cuarto libro, El Día del Juicio (2013: coincide con A Todo Vapor) cuenta una historia muy diferente. Los Omnianos, que creen que Mundodisco es redondo, quieren que los magos les entreguen Mundobola porque piensan que les pertenece y para ellos es una reliquia sagrada. Mientras, una bibliotecaria de Mundobola acaba en Mundodisco por accidente. Esta historia es mucho más corta que las demás.

Los capítulos de Stewart y Cohen vuelven a tratar temas de humanidades mezclados con los de ciencias. Esta vez lo hacen de una forma más clara que en The Globe.

  • Pensar a lo grande. Introducción. Cómo funciona la ciencia y el método científico. Se presentan dos modos contrarios pero compatibles de pensamiento: centrado en el ser humano (tendente a la mitología y a las explicaciones inmediatas) y centrado en el universo.
  • Tortugas mundiales. Repaso a las mitologías que imaginan una tierra plana.
  • La realidad no es mágica. Ejemplos de causalidad y de cosas que parecen “magia” porque la mayoría no sabemos cómo funcionan.
  • Un globo entretenido. Demostraciones de que la tierra es redonda.
  • ¿Y eso de dónde ha salido? La preocupación humana por los orígenes. Explicación científica de dos orígenes misteriosos: la luna y la vida.
  • El largo brazo de la tradición. Qué es una ley científica.
  • Una ratonera mejor. Diseño desde el punto de vista de la tecnología y “diseño inteligente”. Evolución.
  • La esfericidad está por todas partes. Geometría. La forma del universo.
  • ¿Adiós al Big Bang? Algunas ideas que ponen en duda esta teoría.
  • Sistema de descreencia. Neurociencia. Saber, creer, pensar, imaginar.
  • Adiós a los ajustes. Constantes universales. Se insiste de nuevo en que nuestra existencia es pura casualidad.
  • No coleccionar sellos. Una defensa del ateísmo. La ciencia como lo contrario de la religión.

Lo breve del libro y su insistencia en la crítica a la religión, además de la fecha en la que se publicó, sugieren apresuramiento, como si los tres autores necesitaran echar esto fuera lo antes posible. Eso no le quita calidad, al contrario: se hace muy ameno, tanto como el primero o más.

Resumiendo: de los tres libros, recomiendo el primero y el último. El tercero está bien si te interesa el tema y el segundo solo es entretenido a ratos. Como pega, diría que si no te gusta que un ensayo vaya saltando de aquí para allá como un niño de cuatro años, definitivamente estos libros no son para ti. Pero me parecen un buen complemento a las novelas de los magos de Mundodisco, y si no sabes nada sobre los temas científicos que tratan puedes aprender muchísimo. No sé si alguien con más formación los puede encontrar demasiado básicos o no estar de acuerdo con la forma de exponer.

Eso que llamas cosificación masculina… no lo es.

Una crítica a las mujeres que a veces se usa para quitar importancia a nuestra cosificación es, resumiendo, “a las mujeres también os gustan los hombres atractivos”. “A las mujeres les gustan las piernas de los futbolistas”, “pues anda que las fans de [inserte aquí cantante de moda]”. Esto iguala dos fenómenos diferentes: la cosificación, que es perniciosa, evitable, y en nuestra sociedad ocurre más a mujeres que a hombres, y el atractivo sexual de las personas famosas, que no es necesariamente malo y que aunque afecte a los hombres, lo hace de manera ventajosa para ellos.

Empecemos por delimitar bien qué es cosificar.  Encontrar a otra persona sexualmente atractiva no lo es.  No tratamos a todas las personas bellas como a objetos, y no todas las imágenes las transforman en cosas. Muchos ejemplos de esto se encuentran en la publicidad.

Siguiendo a Sociological Images, hay algunos elementos que pueden “diagnosticar” cosificación. Por ejemplo, mostrar sólo partes de un cuerpo sexualizado.

tomford

Publicidad de colonia masculina.

sexist -comic-assCómic.

Beachvolley doubleJugadoras olímpicas de voleibol. La imagen izquierda es del Independent, diario británico “serio” que tiende a la izquierda, y la derecha del Sun, tabloide sensacionalista de derechas. Cosificar une.

Otras rasgos cosificadores: mostrar a personas o partes del cuerpo como si fueran intercambiables: “colecciones” de cosas. Aquí hay buenos ejemplos.

ryanair-calendario-sexista8--478x270Anuncio de Ryanair.

post20itAquí la “colección” no sale, pero te la imaginas.

También vemos a personas sexualmente disponibles, indefensas, pasivas o sometidas más o menos violentamente. De esto no me apetece mostrar imágenes. Dentro de una estética menos violenta os recomiendo páginas sobre cómo salen los personajes femeninos en los cómics de superhéroes: Hawkeye Initiative Escher girls, y el post ya referido de Sociological Images.

Entre los ejemplos de mujer como objeto, son reveladores los de las mujeres comestibles y las mujeres como superficie para pintar o escribir.

jerte--644x362Campaña de cereza del Jerte retirada tras protestas.

wash-me-lynxAnuncio de un gel de baño dirigido a hombres.

El post de Sociological Images no lo nombra (sí en otro punto de la página web) pero por último yo incluiría el uso de mujeres como decoración. Esto lo ha observado Aita Sarkeesian:

Sarkeesian habla de ficción, de videojuegos. Hay mujeres como decorado entregando premios deportivos, “mujeres florero” en televisión (y la sola existencia de la frase hecha es reveladora). Mi impresión es que cada vez hay menos lugares donde se demande que las mujeres sean una figura decorativa, aunque quizá me equivoco.

Bien, hasta aquí sólo para explicar que si no se dan este tipo de elementos no estamos cosificando. Siguiente cuestión: ¿puede ser que dar importancia al atractivo físico de una persona cuestione el resto de su valía? En dos palabras: para las mujeres casi siempre. Para los hombres rara vez.

rugby femenino

Cate Blanchett le dice a la cámara que quiere sacar un plano de su vestido: “¿A los tíos le hacéis eso?” 00:30

ScarlettRueda de prensa en la promoción de Los Vengadores. Scarlett Johanson reacciona cuando un periodista hace preguntas “profundas y existenciales” sobre Tony Stark a Robert Downey Jr. y a ella le preguntan sobre su dieta.

cecile-duflotCecile Duflot, una ministra francesa que recibió una pitada del Parlamento francés por llevar este vestido.

Las mujeres somos, en primer lugar, guapas o feas. En segundo, disponibles (simpáticas) o no. Y en tercer lugar, ya si eso, profesionales de lo nuestro.  La exigencia de belleza es a todas las mujeres, y no a los hombres. Ser feo o no ser físicamente atractivo nunca es un obstáculo para que un hombre sea un profesional de éxito (habrá casos extremos, desde luego, y desgraciadamente esto parece estar cambiando).

Podemos comprobarlo en la industria del espectáculo. Las actrices tienen que ser, o parecer, siempre jóvenes y además impecables: limpias, perfumadas, peinadas y planchadas. Los hombres, pues no. Alguna recomendación de lectura: hay un solo modelo de belleza femenina, y muchos de hombres. Todos los personajes femeninos de todas las películas de Pixar tienen la misma cara (que es, añado, bonita e infantil). En el apocalipsis zombie, seguimos depilándonos.

Volvamos al inicio, a la atracción física de las mujeres por hombres ricos, famosos y poderosos. Para empezar, ellos siempre son más ricos que las mujeres equivalentes (aquí una noticia sobre discriminación salarial en Hollywood; aquí fútbol femenino) y tienen más poder (aquí una explicación de qué es el informe sobre desigualdad de género y cómo funciona). Para quien ya tiene dinero y poder, ser deseado es un extra. Puede ser un problema si ese atractivo es feminizante o infantilizante (se me ocurren Justin Bieber, Leonardo diCaprio, e Íñigo Errejón, por ejemplo) pero más allá de alguna broma, no perjudica a una carrera profesional.

Veamos algún ejemplo para terminar el argumento. Pensemos en algunos hombres considerados atractivos y recordemos su edad: tras preguntar en twitter, algunas respuestas destacadas fueron Michael Fassbender (38), George Clooney (54), Clive Owen (50). Actores. Como deportistas, David Beckham (40) y Xabi Alonso (33). Y un político, Yannis Varoufakis (54).

Clive & Clooney

George Clooney y Clive Owen.

Pregunto:

1. ¿Estás acostumbrado a ver imágenes de estos hombres u otros utilizadas rutinariamente como mero decorado? ¿Aparecen en imágenes denigrantes? ¿Adoptan poses que los convierten en un receptor pasivo, indefenso,  para el disfrute de otros? ¿Alguien ha dicho que su dignidad, su derecho a ser respetados, depende de que no muestren demasiada carne en público?

2. ¿La carrera de estos hombres depende de ser bellos?¿Pueden ser profesionales de aquello a lo que se dediquen sin ser muy guapos de una forma que está estandarizada? ¿Pueden dedicarse a su trabajo sin que el foco mediático y la atención de sus jefes, productores, etc. esté puesta en su belleza? ¿Se les insulta o humilla porque son guapos, o no-tan-guapos-como-antes?

3. ¿Son todos muy parecidos entre sí? ¿Su tipo de belleza sólo puede conseguirse tras largas sesiones de cuidados profesionales? ¿Se ven obligados a mantener la misma clase de belleza que tenían a los 20 años? ¿Su belleza está fuera del alcance de la mayor parte de los hombres?

¿Has contestado a todo que sí? Entonces estamos hablando del nivel de exigencia aplicable a las mujeres.

Termino. He señalado que resultar físicamente atractivos no denigra a los hombres ricos y famosos, pero eso no significa que no pueda haber hombres tratados como objetos. Aquí, el único ejemplo que he encontrado recientemente (gracias, Octubrista). En un pub escocés, los camareros dejan de llevar kilt para evitar el acoso de las clientas.  Es decir, la cosificación masculina es posible, siempre y cuando reunamos a hombres y a personas que se sienten sexualmente atraídas por ellos en una relación de poder muy desigual. Dado que eso es infrecuente, también lo es la cosificación masculina. Esperemos que siga siéndolo.

Nota: con el post publicado, @Zezenzuska me señala un perfil en El Mundo de un político español, Raül Romeva, cuyo único parecido con Varoufakis es la calvicie, a mi entender. Es una mezcla de obsesión por el físico, falta de respeto, conversión de la política en un juego tonto, y al mismo tiempo idealización: “deberá empezar a pensar en descansar un poco. Sobre todo si este madrileño de nacimiento quiere cumplir con las altas expectativas que sobre él recaen como nuevo héroe de la causa independentista”. Llama la atención que el final quiere insistir en que la belleza masculina representa liderazgo: “apreciamos la belleza de un hombre por su capacidad de lucha, su fortaleza y virilidad . . . Esta apariencia les convierte en “buenos cazadores”, protectores y líderes, algo que por naturaleza provoca atracción”. Es decir, a mi entender lo denigrado es aquí la política convertida en un espectáculo, no Romeva, “el líder”.

¿Cómo nació tu conciencia de clase?

Ciclo Cocina Aguilar y CanoMis alumnos del Ciclo de Grado Medio de Cocina, curso 2008-2009, en clase. Menú inglés de pechugas de pollo en salsa y tarta de manzana.

Hace unos días, planteé en twitter que a pesar de la existencia de la “salida del armario” o toma de conciencia casi ya como género narrativo, conozco poquísimas historias personales sobre el nacimiento de la conciencia de clase o el pensamiento de izquierdas. A continuación tuve una verdadera avalancha de respuestas, lo que demuestra que en realidad sí hay ganas de hablar de este tema, sólo que es necesario tener una comunidad receptiva con la que compartirlos, algo que facilite el diálogo más que el simple recitado de una confesión pública. El estado anterior a la toma de conciencia es en unos casos de opresión, y en otros de ignorancia de ser beneficiario de injusticias, pero en ninguna de las personas que me contaron su anécdota me pareció ver algo tan feo como culpabilidad o exhibicionismo.

Hay afortunados que nacieron así. Les viene de familia.

@pradagast: Ah, ¿pero con eso no se nace? ;P

La trini: Me viene de familia de izquierdas y de viajar.

@juliolxxix: Creo que de siempre. Mis padres me inculcaron que eran clase trabajadora, y no eran fontaneros ni obreros en sí, sino ingeniero y maestra.

@mjdelrio: cuando entendí el trabajo de mi madre en el sindicato.

@twistedpalo: cuando vi de niña a mi padre en la portada de El País encabezando una mani en una huelga y me explicaron que no era por ser famoso.

Algunos comentan que su conciencia de clase nació en el propio twitter:

@txuseta: cuando me hice twitter y empecé a seguir a gente de izquierdas. mi entorno no era conservador, pero no se hacía preguntas.

@alrucco: Unas cuantas cuentas de twitter me dieron la “teoría”, digamos. Mi padre albañil trabajando para mi tío empresario me dio un ejemplo práctico cercano.

@miquintopino: Cuando me hice una cuenta en tuiter y empecé a leer a la gente correcta. Yo siempre he sido de izquierdas, pero la conciencia de clase vino después, leyendo. Añade @chachenaguer: Casi como yo, hoyga.

@isarya: Leyéndoos a algunas y trabajando de recepcionista en una clínica privada en el barrio de Salamanca. Ha sido más por leeros. La gente suele ser educada, lo noto más en el trato que da la clínica a según qué personas.

@akisuki: Cuando comencé a leer; de ahí pasé a una mayor información y lucidez.

El primer empleo, a veces en condiciones muy precarias, es un maestro concienciador:

@solserpiente: Cogiendo cebollas a los 17 años para ganar cuatro cuartos. No me hacía falta para comer, pero aprendí mucho de mi lugar en el mundo.

@Morlock71: Cuando con 13 años comencé a trabajar para compaginarlo con los estudios. Fue de camarero, en un restaurante al lado de casa. Tras acabar octavo, comencé ese verano. Luego fui empalmando curros diversos. Con el instituto logré compaginarlo con un taller de reparación de lavadoras y frigoríficos. Así hasta los 17. Tuve la suerte de poder seguir estudiando, pero muchos compañeros de clase se quedaron en la obra o se fueron a la mili.

@El_Taquillero: a veces te viene en la “genética”. Pero sobre todo, cuando empiezas a currar. En mi caso a los 16.

Trabajar en ambientes donde se hace más patente la desigualdad, como la citada Isarya, ilumina mucho. Para varias personas de origen desahogado, conocer a otras con peor situación económica despertó una solidaridad que se convirtió en conciencia de clase obrera, o en una conciencia de una injusticia contra la que luchar. Mi historia, que ya he contado antes, es de este tipo.

@ayquemal: Vengo de familia de izquierdas y mis libros de BUP estaban llenos de hoces y martillitos, pero tomé conciencia cuando dejé la carrera a la mitad y empecé a currar repartiendo publicidad. Yo, desde mi atalaya de niña rebeldita de clase media, lo consideraba algo temporal, no así la mayoría de mis compañeras, de familias humildes y muchas solo con el graduado. Me hizo bajar de las nubes y darme cuenta de que como ellas, yo también era una obrera. Así que en crisis pero sin traumas desde 1999. Me parece muy significativo que muchos tomamos conciencia cuando salimos de las cuatro paredes del espejismo de la clase media.

@ayala3001: Cuando pregunté a mis padres si con el sueldo que pagaban a la mujer que nos limpiaba la casa, ella podía pagar a alguien que le limpiara la casa. Entonces tomé conciencia de que yo era de clase burguesa y de que había una injusticia evidente en ello. Cuando estudiaba me empeñé en currar de verdad en verano. Estuve en cadena de montaje de otra fábrica, mi padre no lo entendía bien pero me venía a buscar en su Mercedes, y  yo le pedía que aparcara lejos para que mis compañeros no vieran el coche. Muy surrealista…

@antoniomaestre: Con 18 años, me fui a trabajar con mi padre. Quemaba pelos de caretas de cerdo con un soplete. Sustituía a un hombre que llevaba 20 años haciendo ese trabajo, 10 horas diarias, cada día. No imaginé esas condiciones de trabajo para una vida.

@NicolasaQM: yo fui al instituto con otras 4 personas de mi clase de 8° EGB. Éramos 105 en ese curso. Vivía en ese barrio, obrero no, lo siguiente, porque mis padres se trasladaron a él como parte de su acción política.

En algunos casos se sintió el clasismo de los demás, la desigualdad, o no tener necesidades cubiertas.

@gmit3: Varias veces repartí propaganda en la misma facultad en la que estudiaba, y algunos compañeros de clase huyeron  como la peste al verme. Por esa época más o menos fue.

@CMDurden: 3º ESO. En un trabajo por parejas, mi compañero no quería hacer nada: “mi padre es empresario y me colocará, no necesito aprobar”.

@Lnihmedu: cuando de niños todos hablaban de los puestos de chupatintas de sus padres, y los míos eran mecánico y técnico de laboratorio.

@morganapendragon: porque no puedo permitirme un seguro médico, por ejemplo. Y cuando quiero comprarme algo lo analizo comparando con mi sueldo.

@Infilanak: Cuando caí en la cuenta en la diferencia entre mi padre (obrero) y mi tía, (accionista y jefa en la misma empresa).

@PakitoMCal: Cuando comprobé que el mérito y la capacidad no eran suficiente para alcanzar mejores puestos.

@_bitterswt: cuando estudiaba peluquería una señora de bien “no valéis para otra cosa y claro, los padres os meten aquí”. Y en general al estudiar y trabajar fuera del barrio y ver lo que se decía de nosotras (barriobajeras y/o sin carrera).

@diasasaigonados: Fue en el pueblo de mi madre, a mediados de los ochenta, con poco más de siete años. Fuimos con unos primos suyos a una finca donde trabajaban para que un niño urbanita como yo viera animales, campo y cosas así. En medio de la visita aparecieron de improviso los señoritos y aquellos rudos campesinos tornaron en personas dóciles y asustadas; prácticamente formaron para saludar a los dueños del cortijo. Todos menos mi padre, que por supuesto se negó a ser parte de aquella farsa. Un simple funcionario que les miró a la cara con todo el desprecio que merecían por ser quienes eran. Me dijo que en la vida me dejara ningunear por nadie, y menos por el mero hecho de que tuvieran más dinero que yo. En el viaje de vuelta, a bordo del symca blanco, me sentí orgulloso de mi padre, sin saber bien porqué, pero sobre todo orgulloso de ser parte de algo que era más grande que yo pero que a la vez era yo. Y así, creo, fue básicamente como sucedió.

La universidad, ya sea por haber estado trabajando o por tener experiencias nuevas, ha formado parte de la transformación de muchos. Lo caro que es estudiar en la universidad, y no sólo por las tasas, pone en relieve las desigualdades económicas.

@anuskatruska: Siempre he convivido en un ambiente de izq, pero lo que se dice conciencia, reflexionada y asumida, vino al pisar la universidad. Y no por un hecho en concreto: fue un proceso paulatino de toma de conciencia de quién soy, de dónde vengo y qué quiero. Estudio en la Complutense y creo que eso lo dice todo; he visto nacer muchas cosas. Es un lugar propicio 😉

@Tabernita: Curiosamente, cuando pusieron de pago el aparcamiento alrededor de la facultad. Vivía en un pueblo sin autobuses y tenía un coche q se caía a trozos, y nada de dinero para pagar por aparcar. Al resto de la gente con coche le importó menos que a mí que hubiera que pagar.

@editora: Cuando me fui de Erasmus (gracias a tres becas) y descubrí que los padres de todos los demás eran gente con estudios y no eran obreros. También recuerdo la cara de una amiga que me tramitó unos papeles para una de las becas y me dijo “el sueldo de tu padre debe estar mal”.

@feminoacid: Llegué a la universidad y descubrí que lo normal era tener menos poder adquisitivo que yo, no más. :/

@nebulina: A los 4 años pedía que subieran el volumen cuando salía Anguita por la tele. Fue algo progresivo. Aún así, cuando noté el alcance de las clases fue al empezar la universidad.

@judg2: Empecé de pequeño, al ver la diferencia entre mi padre, trabajador, y mi tío, empresario con dinero. Acabé de tenerlo claro en la universidad, al comprobar las diferencias entre unos compañeros y otros, los que necesitábamos beca sí o sí, y los que no.

La identificación de la propia valía con el trabajo que se realiza hace que nuestro mundo, y el de nuestra familia, se derrumbe cuando se pierde. Las reacciones a ello pueden ser muy diferentes.

@errejoners: Hace casi 20 años (yo era peque), cuando a mi madre la echaron del trabajo, cogió una depresión enorme y no podía ni llevarme al colegio por las mañanas. Luego tuvo un revival cuando cerraron la empresa de mi padre y se volvió una persona con muchísimo miedo. Nunca lo he abordado desde una perspectiva económica, sino más desde el hecho de tu propia desechabilidad. Todavía en esa época había más acción colectiva y pudieron conseguir buenas indemnizaciones, te hablo de la reconversión industrial. Si pasa lo mismo ahora, el efecto económico no hubiera sido el mismo.

@nielisse: hace relativamente poco, cuando el paro era una constante en mi vida y no lo que le ocurría a otros. Y eso siendo hija de sindicalista, aunque de joven me quedaban como muy lejos los problemas de los interinos y de la educación pública.

@Srta_Angus: yo al hablar con mi pareja, hijo de jornaleros, y al salir de la universidad y darme de bruces con el paro.

Curiosamente, el contacto con la doctrina social de la Iglesia Católica ha contribuido en casos donde al mismo tiempo se contaba con una educación de izquierdas.

@capolanda: Pues en parte porque en casa son de izquierdas, en parte porque era un cristiano sincero (lo último se me pasó).

 @Subnorbook: yo ya venía educado con ella. Un día le pregunté a mi padre con diez años qué era la izquierda, y me lo explicó: “Hijo, la izquierda consiste en creer que todas las personas son iguales y actuar en consecuencia”. Por otro lado mi madre es muy cristiana, lo que viene muy mal para unas cosas, pero para la justicia social vino al pelo.

Muchas personas pasan por el paro, una época de dificultad económica, o trabajos de menor cualificación de la esperada. Muchísima gente tiene algún trabajo temporal compaginado con los estudios, pero de ello no se deriva necesariamente ni adquirir conciencia de clase, ni posicionarse del lado de los débiles. De hecho, casi toda la gente que he conocido en la ruta “estudia una carrera -> trabajo fijo -> sálvese quien pueda” han vivido estas experiencias como una incomodidad temporal y que es injusta sólo cuando les afecta a ellos o a quienes consideran sus iguales. Lo que nos ha cambiado no ha sido sólo la experiencia, sino estar dispuestos a cambiar. Quienes han contestado a mi pregunta han hecho algo bastante difícil, especialmente los más jóvenes. Gracias a todos, y a seguir luchando y educando.

Viejas

Todos los días me cruzo por la calle con muchas mujeres mayores. Se puede distinguir su nivel socioecómico más fácilmente que a los hombres: es decir, con los hombres viejos no es tan fácil distinguir pobres de no-tan-pobres, ni extranjeros de nacionales. A veces veo una pareja de ancianos y sé que son turistas por ella, no por él, que podría parecer español hasta que abre la boca.

¿Que por qué me fijo en esta distinción? Porque me revela algunas de las terribles injusticias que se han cometido contra las mujeres pobres, en este país y en otros. Se ve a la legua, os explico. La mayoría de las ancianas no andan con soltura. Esa rigidez puede variar: algunas arrastran los pies, y otras se tambalean de lado a lado, como barcos, como palios en Semana Santa. Algunas, debido a la rigidez de la cintura, se tambalean o hacen pequeños movimientos innecesarios al caminar, sólo de cintura para arriba. Otras, pocas, cojean. Siempre tienen chepita, o los hombros caídos. No caminan con la espalda recta. Nunca parecen del todo cómodas. Muestran inseguridad. A menudo están gordas, con una distribución corporal de esa gordura distinta de las mujeres jóvenes, y de las mujeres más ricas que vienen a hacer turismo. Es, creo, la suma de flaccidez con acumulación de grasa. Esto se añade a la sensación de torpeza, dolor e incomodidad que transmiten.

No suelen ir de luto, pero sí van vestidas de manera discretamente fea. Muchos no-colores. Ropa barata (la que hay). Poca ropa que ajuste al cuerpo y defina las formas. Muy rara vez pantalones. Muy rara vez ropa que esté de moda. Sólo las muy ricas son elegantes. Las de en medio, las que no son pobres, tienen su propia forma de vestir, condicionada en primer lugar por qué está disponible en su talla, y en segundo, por la discreción. Algunas se pintan. Muchas se tiñen el pelo, mal, y en casa. Tienen el pelo corto, pero no como los hombres: lo llevan corto y sin forma. Son frecuentes, en las que se lo pueden permitir, las joyas de oro que son más un indicativo de clase que un complemento que embellezca.

Esto no es una necesidad de la vejez. Las viejas españolas parecen veinte o treinta años mayores que las turistas extranjeras de su misma edad. Esto es lo que pienso sobre las experiencias vitales, desde la infancia, que hacen que sea tan fácil identificar el origen o la clase social de las ancianas.

Los zapatos. De qué calidad han sido. Con cuánta frecuencia han podido renovarlos. ¿Han tenido un solo par de zapatos, el mismo para todos los días, sin poder alternar? ¿Han tenido que usar zapatos que les quedaban pequeños? ¿Han usado mucho zapato de tacón? Fíjate cuado veas una vieja por la calle: es probable que use zapatillas de estar por casa para salir, negras o marrones para que parezcan verdaderos zapatos. Todo lo demás les duele, y no están educadas para usar zapatos deportivos. Además, las zapatillas son más baratas.

El ejercicio físico.
¿Iban al colegio y había educación física? ¿Han hecho deporte por placer? Las tareas domésticas no cuentan: son un ejercicio asimétrico e irregular. Esa es otra cuestión: ¿cuánto tiempo han dedicado a tareas domésticas que pueden dañar la espalda o las articulaciones, del tipo de como fregar suelos, cargar pesos o lavar a mano? ¿qué edad tenía tu abuela cuando usó por primera vez una lavadora? ¿qué edad tenía una mujer holandesa o inglesa de la generación de tu abuela?

Un lenguaje corporal orientado a ocupar poco espacio. Esto no ha pasado de moda; recuerdo, por ejemplo, unas manos detrás de mí juntándome discretamente los codos contra el cuerpo alrededor del año 2000. Las viejas españolas han sido educadas en bajar la mirada, en caminar con pasos cortos, poco eficientes. A no pasar más que el tiempo justo en la calle. No están acostumbradas a ocupar el espacio público. ¿Han salido solas a hacer algo que no fuera un recado?

La comida.
Las viejas españolas se han criado a base de caldo, pan, dulce, legumbres, grasa. Esto conduce a desarrollar poca masa muscular. Cuando más adelante en us vidas hubo mayor cantidad de alimentos, su salud en parte mejoró, pero por otra parte  engordaron más rápidamente y con una distribución distinta a la que tendrían si hubieran tenido acceso a alimentos de buena calidad cuando eran más jóvenes.

El cuidado dental. Sobra cualquier comentario.

Los embarazos. ¿cuántos tuvieron, y cuántos hijos? ¿qué cuidados prenatales tuvieron? ¿cómo fue la asistencia al parto? ¿cómo pudieron recuperarse después?

La ropa, sobre todo la ropa interior.
¿Qué ropa interior usaron de jóvenes? ¿Fajas que las oprimían, que quitaban libertad de movimientos? ¿Qué edad tenían cuando empezó a ser normal que las mujeres usaran pantalones? ¿Y cuando fue normal que las mujeres usáramos ropa deportiva?

Una vida entera de sacrificio, poco ejercicio, poco acceso al espacio público, poco o ningún acceso al poder, ropa restrictiva, calzado de mala calidad, comida de mala calidad, nos han dado varias generaciones de viejas enfermas y cansadas, que asumen la enfermedad como un hecho de la vida a pesar de que sus maridos no están tan estropeados, o al menos no de la misma manera.

Me dan envidia, sí, las turistas. Y me entristece ver a las ancianas de mi familia arrastrar los pies. No me basta con haberme “liberado” yo, porque sé que es consecuencia de la crianza, bastante privilegiada, que he tenido. Si dentro de treinta años, yo camino más como una turista que como mis vecinas, habremos fracasado.

Cómo comer bien en un piso de estudiantes.

Por ahí hay muchas webs y muchos libros sobre cómo comer fácil y barato. En ese sentido, recomiendo la iniciativa “5 euros al día” de Anna Mayer (el enlace es al tag en su blog) y Jorge Guitián (posts de él: introducción, continuación, conclusiones).En este blog no hablo de cocina porque ya tengo uno de recetas: éste es el archivo y ésta es la ubicación actual. Lo que voy a hacer hoy es añadir a la iniciativa de Jorge y Anna algunos consejos sobre mi propia experiencia, viviendo sola y compartiendo piso, por eso lo de “presupuesto de estudiante”. Compartir la cocina puede tener inconvenientes para la convivencia, pero a la hora de ahorrar dinero es lo mejor.

Primero, una palabra sobre materiales. Algunas cosas que puedes pedir que te regalen por Navidad son:

– Una batidora de brazo desmontable, si te apetece aprender a hacer recetas que requieran picados finos, salsas que van batidas, gazpacho, crema de verduras, etc.

– Cuchillos de buena calidad. Uno de chef y uno pequeño para pelar son el equipo mínimo. Ejemplos. Y para cortar, una tabla, nada de cortar en el aire, que te vas a quedar sin dedos.

– Una olla rápida. Son la siguiente generación de ollas a presión. Si tienes que pagar tú el gas, es caro guisar carne y legumbres en olla normal. Las legumbres son maravillosas una vez que sabes prepararlas.

Cualquier otra cosa (sartenes, ollas, etc) asumo que la tienes en el piso. Estas son cosas que no suele haber en pisos de alquiler y que, aunque no son baratas, son fáciles de transportar. Piensa a largo plazo: compra los mejores que te puedas permitir. He usado dos batidoras de brazo: la que me regalaron hace 12 años era de calidad y está como nueva. La malilla que compré en una emergencia no me duró un curso porque el plástico se rajó. A esto lo llamamos “Ley de Vimes”(1): lo barato sale caro.

A continuación, hablemos de los compañeros. El peor reparto posible es “comemos juntos, un día cocinas tú, mañana yo, tú pagas lo tuyo y yo lo mío”, porque nunca sabes qué vas a comer, puede no gustarte, y además, el presupuesto de cada uno puede variar. Cuando he comido así ha sido con alguien que ganaba mucho más dinero que yo, lo que me ponía en una posición incómoda. También me he visto en el extremo opuesto: todo el mundo contribuye dinero, y una sola persona cocina. Bueno, yo cocinaba y decidía el menú a partir de los ingredientes escogidos por todos. Lo malo de esto es que genera tensiones en el reparto de poder (sí, sí, poder): quien cocina decide, quien come pone pegas, si “quien cocina no friega” los friegaplatos acaban hartos…. lo mejor es algo más equilibrado.

Las cosas hay que hablarlas. Lo ideal es saber cuánto dinero podemos y queremos poner, qué manías tiene cada uno, y qué necesidades. Hay alimentos que tienen que quedar fuera (uno toma café, otra merienda galletas) y es posible que alguien sólo quiera hacer un reparto parcial porque come fuera o cena poco. En cuanto a poner dinero, a mí me ha funcionado el sistema del fondo común. Cuando sabemos qué gastos son comunes, se coge un monedero o caja o algo así y echamos dinero a partes iguales. Cuando haga falta comprar algo, quien quiera y pueda hace la compra. Así nos ahorramos echar cuentas de si esta vez yo compré servilletas y tú manzanas. El dinero común va al fondo, y el fondo sólo se gasta en las cosas comunes. Si a alguien le dan comidas caseras de su familia los fines de semana, y las quiere compartir, se puede acordar que puntúe como “añadido al fondo común” o hacer un trueque por fregar los platos, la guarnición, etc. Si resulta que un miembro del grupo es de algún lugar con comida deliciosa y barata, y puede traer carne de la sierra, pescado, fruta del huerto de su tío… Estas cosas o se compran con dinero del fondo, o se calcula cuánto valen y ajustamos cuentas. Parece muy calculado y frío, pero hay tantas cosas que pueden producir roces desagradables y pequeñas injusticias cotidianas, que si nos peleamos, que no sea por dinero.(2)

Ya tenemos descartados los descartes y hemos juntado dinero, hagamos primero el menú, luego la compra, y luego arreglamos el menú. ¿Es laborioso? Un poco, hasta que aprendes, pero luego ahorras muchísimo tiempo y dinero. Un ejemplo: Los lunes no vamos a tener nunca nada hecho porque el domingo se lo hemos dedicado a la vida social o los deberes. Así que todos los lunes toca algo rápido (supongamos filetes y ensalada como base, y ya variaremos). Alguien no tiene clase el miércoles y puede vigilar una olla: no comeremos lentejas todos los miércoles, pero si comemos lentejas, será ese día. De esta manera, nos queda un “esqueleto” del menú. En plan “lunes pasta, martes pollo, miércoles nada porque comemos en la facultad, jueves puchero, viernes lo que sobró de puchero, sábado arroz, domingo decidimos sobre la marcha porque estaremos con resaca”. Y con las cenas más o menos igual. Entonces, sobre lo que nos apetece (“esta semana os voy a hacer mi famosa Pasta a la Yo“) hacemos la lista de la compra. Lo mejor es comprar semanalmente. Y cuando vamos a hacer la compra, miramos qué está de oferta. Si pensabas comprar pollo pero están de oferta el pavo, pues pavo. Si hay 3 x 2 en pasta, pues compra para que dure. Y así.

A la hora de cocinar y comer, unos cuantos consejos:

– Evita las salchichas, los fiambres, y demás inventos. Parecen baratos porque se comen porciones pequeñas, pero mira los ingredientes y el precio por kilo. Es comprar agua, fécula de patata, harina de soja, tendones y grasa a precio de carne (3).

– Evita, o programa al mínimo, los precocinados. Los hay de calidad, pero todos salen caros. Los semipreparados (por ejemplo, verdura troceada) no salen a cuenta tampoco si lo que quieres es ahorrar.

– En el supermercado mira el precio por kilo de todo, sobre todo lo fresco. Puede que manzanas en bandeja, manzanas a granel y manzanas en una bolsa tengan precios diferentes.

– Los fritos caseros gastan una cantidad de aceite muy grande. Yo como cosas fritas casi siempre que tapeo, porque me encantan, pero intento no freír en casa. Una especialidad de la comida de supervivencia: la tortilla de patata cocida.

– Cocina para reutilizar. Ahorras tiempo y gas. Por ejemplo: haz el doble de patatas cocidas y con la segunda parte haz ensalada, revuelto, sopa… Otros platos muy reciclables son la sopa, el caldo, la salsa de tomate, el pisto, el arroz blanco. La pasta cocida sobrante está buena frita en tortilla, mejor que recalentada.

– Aprende a trocear bien el pollo. En un momento en el que convivíamos 3 personas, con un pollo hacía: caldo con las alas y la carcasa (sopa y ropavieja o empanada con la carne pegada al hueso); un guiso con los cuartos traseros (para comer con arroz y verdura) y salteado como comida china con las pechugas. Entre 4 y 5 comidas. Entre 8 y 15 raciones, por alrededor de 8 euros (sólo la carne).

– Plantea las comidas más o menos así: 1/3 hidratos de carbono, 1/3 proteínas que no tienen por qué ser animales, 1/3 verdura. Fruta de postre. Esto, si no hay ningún problema nutricional. Es variable, pero no reduzcas la cantidad de verdura. Si piensas en un esquema con “cajones” que tienes que llenar, planear el menú y no comer siempre lo mismo es más fácil. Varía la manera de preparar la parte de hidratos de carbono (arroz blanco, caldoso, en guiso, en ensalada, en sopa…)

– Trabaja las recetas y las técnicas básicas como fórmulas con “variables” que rellenar. Por ejemplo: mucha gente sabe hacer crema de calabacín: un poquito de puerro o cebolla se rehoga con aceite, 1/3 de papas y 2/3 de calabacín, agua, sal, cocemos 20 minutos, trituramos, queso. ¿sí? Pues esto no es la receta de la crema de calabacín, sino la de todas las verduras del mundo. Te puedes inventar la crema de coliflor, o la de espinacas. Y así hasta el infinito.

– Si comes muchos días a la semana fuera de casa, llevarte tupper a diario puede ser pesado, siempre bocadillo es poco sano, y siempre comer fuera es carísimo. Si llegas al extremo de comer fuera 4 días en semana, por ejemplo, puedes alternar. Un día bocadillo (mira, una fórmula para hacer bocadillos ricos), un día comedor universitario, dos días tupper.

– El consejo “usa especias, así no te aburrirás” es cierto. Y salsas. Aprender a hacer salsa de tomate casera o a adornar (con mostaza, especias….) una mayonesa de bote puede apañarte muchos menús y dar variedad. C. M. O. T. Dibbler tenía razón: con suficiente cebolla frita y salsa, nos comeríamos cualquier cosa.(4)

– El café, ese pilar de la dieta del estudiante. La cafetera italiana que se pone al fuego es barata y el café, muy fuerte. La de émbolo también puede ser barata, y el café, más flojo, más o menos igual que el café de filtro, pero es un sistema más rápido. El café de filtro es el de peor calidad. Una cafetera expreso como las de los bares es la máquina más cara, pero si adoras el café fuerte y quieres que te quedo como en los bares, pide que te regalen una. Una cafetera expreso de cápsulas puede tener un precio intermedio pero las cápsulas pueden salir muy caras, y a menudo sólo puedes usar las cápsulas concretas de la marca de tu máquina. Y genera mucha basura, una cápsula por taza de café. Es decir: ahorradores de café fuerte, italiana. Ahorradores de café flojo, francesa o filtro. Fanáticos del café gourmet, pide que te regalen una expreso pequeña pero de verdad, sin cápsulas.

(cita 1) La Ley de Vimes: La razón por la que los ricos eran ricos, razonaba Vimes, era que se las arreglaban para gastar menos dinero.

Tomemos el caso de las botas, por ejemplo. Él ganaba treinta y ocho dólares al mes más complementos. Un par de botas de cuero realmente buenas costaba cincuenta dólares. Pero un par de botas, las que aguantaban más o menos bien durante una o dos estaciones y luego empezaban a llenarse de agua en cuanto cedía el cartón, costaban alrededor de diez dólares. Aquélla era la clase de botas que Vimes compraba siempre, y las llevaba hasta que las suelas quedaban tan delgadas que le era posible decir en qué lugar de Ankh-Morpork se encontraba durante una noche de niebla, solo por el tacto de los adoquines.

Pero el asunto era que las botas realmente buenas duraban años y años. Un hombre que podía permitirse gastar cincuenta dólares disponía de un par de botas que seguirían manteniéndole los pies secos dentro de diez años, mientras que un pobre que solo podía permitirse comprar botas baratas se habría gastado cien dólares en botas durante el mismo tiempo y SEGUIRÍA TENIENDO LOS PIES MOJADOS.

Esa era la teoría “Botas” de la injusticia socioeconómica del capitán Samuel Vimes. (Terry Pratchett en Hombres de Armas)

(2) En La Verdad, se explica que los enanos no se casan hasta que pueden pagar a sus futuros suegros el coste entero de haber criado a su pareja. Luego pueden recibir un regalo, pero lo importante es que entras en el “mundo adulto” saldando toda la deuda que supuso la crianza. Y esta es la reacción de un humano al saberlo:

-Supongo que para un humano, eso suena un poco…. frío – dijo William.
Buenamontaña lo miró otra vez con atención. – ¿Quieres decir, en comparación con la maneras cálidas y maravillosas en las que los seres humanos resuelven sus asuntos? – dijo- No hace falta que contestes.

(3) Olían bien. Siempre pasaba. Y entonces mordías una, y descubrías una vez más que Voy-A-La-Ruina Escurridizo podía encontrar usos para partes de un animal que el animal no sabía que tenía. Moving Pictures.

(4) De Moving Pictures. Pero Dibbler no decía “salsa” sino, concretamente, mostaza.

Opiniones católicas sobre violencia de género y nulidad matrimonial.

En esta entrada puedes hacerte una idea del conjunto leyendo sólo lo que está en negrita.

Casi toda la doctrina de la Iglesia católica respecto al matrimonio proviene de la creencia de que es una institución doble, de naturaleza simultánemente legal y religiosa. Eso significa que todos los matrimonios, sea cual sea la religión de los contrayentes, son válidos a ojos de la Iglesia Católica, siempre que sean un lazo con voluntad de ser permanente entre un hombre y una mujer solteros. El Canon 1055.1 del Código Canónico (en adelante, CC), define el matrimonio para todos, no sólo para los cristianos: “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados”.

De esta breve definición pueden deducirse varias creencias. En primer lugar, el catolicismo distingue entre ley natural, ley divina y ley canónica. La ley natural es inmutable y universal; su existencia y cumplimiento está, en teoría, desconectado de la fe en Dios y en Cristo, puesto que se aplica siempre (como aquí la definición de matrimonio). Como es parte de la naturaleza humana, no se puede romper, en el sentido de que los actos contrarios a ella no pueden (o deben) recibir reconocimiento legal. No es necesario castigarlos o prohibirlos, a veces basta con actuar como si no existieran. Por ejemplo, las uniones de un hombre con más de una mujer, o viceversa; las uniones entre personas separadas o divorciadas, y demás casos que no son un matrimonio entre un hombre y una mujer, no existen legalmente para la Iglesia, porque rompen la ley natural.

De la ley divina se dice que viene de Dios. Sólo es aplicable a los cristianos (aquí la Iglesia Católica se permite legislar sobre los cristianos no católicos), y se la supone inmutable. En la definición de matrimonio, es ley divina que el matrimonio es sacramento. El Canon 1056 insiste: “Las propiedades esenciales del matrimonio son la unidad y la indisolubilidad, que en el matrimonio cristiano alcanzan una particular firmeza por razón del sacramento”. Finalmente, la ley canónica son las normas que se aplican sólo a los católicos, y que pueden cambiar si la jerarquía eclesiástica así lo desea.

La definición del matrimonio como sacramento es importante, porque significa que no se puede romper. Los sacramentos se pueden aplicar una sola vez (bautismo) o varias (como la confesión o la comunión) pero eso no cancela las anteriores; el matrimonio es del segundo tipo, se puede repetir, pero como es una unión entre sólo dos personas, es necesaria la muerte de un cónyuge para que el superviviente pueda volverse a casar.

Esta indisolubilidad del matrimonio se dice que refleja la unión de Cristo con la Iglesia, y de ahí se deriva que aunque el sacramento está en la celebración, la indisolubilidad sólo tiene lugar con la consumación del matrimonio. La esterilidad no influye, ya que tener hijos no es esencial, pero sí la impotencia, que anularía el matrimonio.

El amor no es una propiedad esencial manifestada explícitamente, pero queda implícito en la unión católica, debido a como se interpreta el concepto de sacramento y a que la doctrina se basa en Efesios, 5, 25: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”. El amor es un compromiso que requiere sacrificio, entregarse a la otra persona, y el sacrificio de Jesucristo que esto pretende imitar no fue un acontecimiento feliz: por lo tanto, el amor en el matrimonio es una obligación adquirida libre y generosamente. No amamos “para ser felices”.

El matrimonio católico no se puede romper pero sí se puede declarar nulo. La nulidad no rompe nada, simplemente declara que el acto nunca fue válido. Esa es la diferencia con el divorcio: para declarar la nulidad, es irrelevante cualquier cosa que fuera mal en la relación después de la boda, como por ejemplo violencia de género, siempre y cuando la ceremonia se hiciera en la forma correcta y entre contrayentes que consentían libremente. Conseguir la declaración de nulidad es más fácil y frecuente de lo que pueda parecer; en España se anulan más de mil uniones al año (Vitoria, 4-115).

Hay tres razones principales para la nulidad: fallo de forma, impedimentos, y falta de consentimiento válido suficiente. Los impedimentos son prohibiciones al matrimonio de ciertas personas (menores de edad, parientes, etc). Qué es un consentimiento válido está ampliamente regulado, lo que es comprensible porque un consentimiento inadecuado es la única manera abierta de obtener la nulidad, una figura legal que la Iglesia prefiere utilizar lo menos posible. Se supone preferible que dos personas estén unidas sin sacramento, a equivocarse por el otro extremo y dar por nulas uniones válidas.

La jerarquía actual no se pone de acuerdo sobre si la violencia de género es causa de nulidad. La Iglesia combina cierto grado de libertad para las diócesis con una fuerte tendencia a la centralización, y cuanto más arriba en la escala de poder, más fuerte es la tendencia a considerar válidos esos matrimonios. Por ejemplo, esto es así cuando se cree que la violencia tiene lugar cuando un matrimonio ha fracasado. Por ejemplo, Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo de Valladolid declara: “A erradicar ese profundo malestar en nuestra sociedad que deja ver la violencia doméstica, ¿no ayuda una buena relación entre los esposos que, según la fe católica, se exige en un matrimonio canónico […]? Justamente cuando ese matrimonio ha fracasado es más frecuente esa violencia”. Para este punto de vista, es la rotura de la unión la que produce violencia, y no al revés.

En estos casos, se permite la separación. El Canon 1153.1 habla de “grave peligro espiritual o corporal al otro o a la prole, o de otro modo hace demasiado dura la vida en común” como causas legítimas de separación. En 2003, la Pastoral de la Familia, un documento de la Conferencia Episcopal sin fuerza vinculante, se refiere a la violencia de género explícitamente:“Si se llega a situaciones graves de malos tratos ha de aceptarse la separación como un mal menor. Además, puede estudiarse si hubo causa de nulidad”, Capítulo IV.4.190. Como interpretación del Canon, no podría ser más conservadora. Los “malos tratos” (acciones, no situación) deben ser “graves”. Y el Código en ningún momento dice que la separación sea un mal, ni mayor ni menor. La Pastoral menciona dos veces la importancia de la reconciliación en los problemas matrimoniales, incluyendo los casos de violencia. En uno de los dos casos, considera la reconciliación preferible incluso a la nulidad (Capítulo V.1.210). Se habla de perdón en nueve ocasiones, relacionándolo con el sacramento de la confesión: como el matrimonio es un sacramento, dentro del mismo los actos cotidianos pueden tener importancia sagrada, y se cree en el poder redentor del perdón y del sufrimiento de las víctimas.

La distinción entre “malos tratos” y una situación de violencia constante es la clave entre la interpretación conservadora y la progresista. Las dos admiten que la violencia de por sí no es causa de nulidad, pero la progresista mantiene que la violencia es síntoma de una personalidad ya presente en el momento de contraer matrimonio, y por lo tanto incapaz de prestar un consentimiento verdadero. Es decir: el maltratador es una persona completamente incapaz de casarse porque no sabe amar, entregarse, como el sacramento exige. Y de ahí, que el matrimonio pueda ser declarado nulo, en una interpretación amplia del canon 1095.2, que declara incapaces de contraer matrimonio a “quienes tienen un grave defecto de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes esenciales del matrimonio que mutuamente se han de dar y aceptar”. Esto sería aplicable al agresor, y el deber esencial no cumplido es el de fidelidad, que es más complejo que no cometer adulterio. La violencia sería una forma de traición, si se quiere decir así, una infidelidad al amor y al respeto que se le debe al cónyuge. El Canon 1098 sería de aplicación a la víctima, pues dice que el matrimonio no es válido si un contrayente ha sido engañado “acerca de una cualidad del otro contrayente, que por su naturaleza puede perturbar gravemente el consorcio de vida conyugal”.

Toda la investigación psicológica sobre violencia de género de los últimos 40 años apoya la versión progresista: la violencia de género parte de los rasgos de la personalidad del agresor. Los intentos de rehabilitar o reeducar son escasos y dan poco fruto. No importa si nos remitimos a teorías conductistas, psicoanalíticas, o sistémicas: todas coinciden en que las agresiones que se producen en relaciones íntimas no son reacciones a algo que ocurre en dicha relación, y no son actos aislados, sino que son manifestaciones de una personalidad agresora preexistente. El desacuerdo entre diversas teorías psicológicas está sólo en cuál es el origen de esta personalidad y por lo tanto, si tiene solución y cuál es.

Si se acepta esto, para declarar la nulidad de un matrimonio, los tribunales eclesiásticos pueden aceptar informes psiquiátricos o psicológicos, o pruebas de que el agresor ya era violento antes de que la boda se celebrase, aunque esa violencia no fuera física, por ejemplo en forma de insultos, peleas frecuentes, prohibir a la víctima contacto con familia y amigos, dañar sus objetos personales, y conductas similares. Si el agresor ya era claramente violento o si realizaba amenazas graves, el Canon 1103 también es de aplicación, pues manifiesta la nulidad de los matrimonios contraídos “por violencia o por miedo grave (…), incluso el no inferido con miras al matrimonio, para librarse del cual alguien se vea obligado a casarse”.

Es decir, la interpretación conservadora de la nulidad matrimonial por violencia de género asume que la violencia son actos aislados, no una dinámica que se establece en el mismo inicio de la relacion. También ignora la posible incapacidad de los maltratadores para establecer plenamente los compromisos y obligaciones del matrimonio, considerando que la capacidad para el perdón y el sufrimiento de la víctima sirve para suplir la falta de consentimiento real, informado, de ambas partes, y la falta de amor de la parte agresora. Paradójicamente, esto entraría en contradicción con el clarísimo Canon 1057: “El matrimonio lo produce el consentimiento de las partes legítimamente manifestado entre personas jurídicamente hábiles, consentimiento que ningún poder humano puede suplir”.

En definitiva, la cuestión para anular un matrimonio católico en el que se produzca violencia de género es a qué conjunto de valores se le quiere dar más importancia: al sufrimiento, la abnegación, el perdón, y la subordinación femenina, o a la definición de matrimonio como una unión amorosa y de entrega entre seres iguales y libres.