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Criticar a feministas, 2

A veces se oye decir que es machista criticar a feministas, y dicho así tal cual, sin más matiz, no se me ocurre disparate mayor, dado que las feministas han tenido y siguen tenido enfrentamientos sobre todo tipo de cuestiones. Es natural: hay infinitas maneras de expresar una cultura patriarcal, ¿por qué íbamos a estar de acuerdo en cómo transformarla? Estos son algunos de los desacuerdos tradicionales entre diversas ramas del feminismo:

  1. Los inicios del movimiento fueron burgueses. Al principio, la reclamación del voto fue solamente para las mujeres más ricas. Había desacuerdo sobre la manera de conseguirlo: protesta pacífica o no, sufragio universal o no. No había conexión entre la reclamación de sufragio universal masculino y sufragio femenino sólo para burguesas. También había una lucha, que a menudo se recuerda en España, entre sufragistas que querían el voto para la mujer rápidamente y las que estaban preocupadas por la posibilidad de que eso supusiera un giro conservador.
  2. Hay feminismo que piensa que no conseguiremos casi nada sin la colaboración de los hombres y feminismo que piensa que no es así, ya sea porque no los necesitamos o porque son un aliado poco fiable.
  3. Acerca de la religión. Hay feministas que piensan que toda religión, especialmente toda religión organizada, es patriarcal. Otras, algo más light, rechazan aspectos concretos que no les gustan de las religiones ajenas (alguna críticas frecuentes son a la vestimenta de las musulmanas o a la jerarquía católica, enteramente masculina y con las mujeres en un papel subordinado).  Sin embargo, cada religión mayoritaria a nivel mundial tiene su propio movimiento feminista interno, por lo que hay feminismo islámico, cristiano, católico, etc. Finalmente, hay feministas que creen que hay algo sagrado en la feminidad, pero otras piensan que eso es una estupidez y que no hay nada divino en ser mujer, como no lo hay en ser hombre.
  4. Hay feministas que piensan que el feminismo es incompatible con comer carne, y que la violencia hacia los animales es una expresión del patriarcado (o del kyriarcado, en este caso). Esto ha sido atacado no sólo por omnívoros a los que no les convence la idea, sino también por movimientos por los derechos de los discapacitados, y por feministas (o afines) de países pobres, o de razas distintas de la blanca.
  5. Ah, las mujeres que no son blancas. Para empezar, han señalado que el feminismo burgués se benefició de la construcción patriarcal de la mujer blanca, deseable, protegible, y abandonó a su suerte no solo a las pobres sino también a las que no fueran blancas (las categorías de pobre y no-blanca son intercambiables en algunas situaciones dependiendo del país). A veces se ha rechazado el término “feminismo” en favor de “womanism”, por ejemplo. Algunos puntos de enfrentamiento han sido: el racismo de algunas feministas blancas, los cuidados llevados a cabo por mujeres pobres, migrantes y/o de razas distintas a la blanca, el desinterés de las blancas por las culturas ajenas, o los intentos bienintencionados pero mal dirigidos de “salvar” a personas adultas capaces de apañárselas solas (véase el tema de la religión, por ejemplo).
  6. Hay feministas que han rechazado lo doméstico. Otras se han casado y han tenido hijos, y han buscado personal pagado (a menudo muy mal), es decir, han externalizado los cuidados, como han hecho SIEMPRE la inmensa mayoría de los hombres y algunas de las mujeres más ricas. Otras han intentado realizar un feminismo de lo doméstico, llamar la atención sobre los cuidados, mejorar las condiciones de trabajo del personal que los realiza, o implicar a los hombres y los niños. Esto empezó con la profesionalización de la enfermería, así que viene de largo.
  7. La prostitución. Hay feministas que creen que es una profesión más (y fantástica), otras creen que es una profesión más (y por lo tanto un rollo, ¿a quién le gusta trabajar?), quien cree que es un problema debatible y quien cree que es la expresión máxima de lo patriarcal. Las dos primeras opiniones se conocen comúnmente como regulacionismo (la prostitución debe ser regulada) y las dos segundas, como abolicionismo (la prostitución debe ser eliminada).
  8. El sexo. Una de las bases del feminismo radical de los años 60-70 es que en el patriarcado la igualdad entre hombres y mujeres es imposible. Por lo tanto, el consentimiento verdadero no es posible en una relación heterosexual. A esto se añaden las condiciones materiales en las que casi siempre se unen hombres y mujeres: un matrimonio monógamo y permanente en el que el hombre casi siempre va a tener una superioridad económica sobre la mujer. Aquí hay posiciones variadas: rechazo total del sexo heterosexual, la negación de que el sexo sea liberador, o cierta cautela que ha desembocado en un estudio que empieza a ser profundo e interesante sobre la naturaleza del consentimiento. Enfrentado a esto tenemos un movimiento que defiende el sexo como una expresión necesaria de la personalidad, como un placer y una liberación, y a veces como modo de provocación.
  9. Todo lo dicho sobre prostitución y sexo es aplicable a la pornografía. Hay feministas que defienden que pornografía = patriarcado + capitalismo (es consumo de sexo a medida), otras piensan que lo que importa es el contenido (no les gusta el porno tradicional, pero consideran posible una pornografía feminista). Un tercer grupo piensa que la pornografía es una industria del ocio tan válida como cualquier otra y que lo importante es la libertad y las condiciones de trabajo de las actrices. Esta visión conectaría con la visión más favorable a la prostitución y al optimismo respecto al sexo, pero una misma feminista puede tener opiniones diferentes respecto al porno y la prostitución.
  10. Algunas feministas toman como termómetro de la igualdad la presencia de mujeres en el poder político y económico, y entre éstas, unas defienden medidas como las cuotas y las listas cremallera y otras las atacan. Otras feministas piensan que da igual que manden hombres o mujeres si hay una gran cantidad de mujeres muy pobres y que nuestras vidas no se ven beneficiadas por la existencia de mujeres poderosas.
  11. Algunas feministas piensan que el trabajo remunerado es la clave de la liberación. Parte de ellas son de derechas y otras no. Otras creen que da igual que tengamos empleos si no disfrutamos de seguridad e integridad física, de medidas intervencionistas que garanticen que podemos trabajar y tener tiempo libre o para estar con nuestras familias, o de una relación no conflictiva con los hombres.
  12. Hay feministas que se dedican al “feminismo para principiantes”. Hay quien piensa que la igualdad de la mujer debería explicarse sola y que no podemos perder más tiempo y energía con el nivel iniciación.
  13. Hay feminismo a favor y en contra de la existencia de espacios segregados para hombres y mujeres.
  14. Hay feministas que creen que la píldora anticonceptiva es lo mejor que nos ha podido pasar y otras que la critican debido a sus efectos secundarios y a que responsabiliza sólo a la mujer de la anticoncepción.

Creo que con estos ejemplos basta. Se podrían poner más, pero son más que suficientes para ejemplificar que criticar características concretas de feminismos concretos no siempre es machista y es a menudo inherente al propio movimiento. No hay apenas reclamaciones en las que las feministas estemos unánimemente de acuerdo.

Algunas de las ideas que acabo de exponer pueden ser tachadas de muchas cosas: tonterías, discriminatorias, egoístas, simplistas, falsas, equivocadas, irrealizables, de signo político contrario al que yo defiendo. Pero todas son feministas. Es imposible que estemos todas de acuerdo en todo, y así es como debe ser.

Breve historia del feminismo

El 10 de Septiembre, aniversario de la muerte de Mary Wollstonecraft, puse en Twitter una breve historia del feminismo con el hashtag #feminismo101, acompañada de la advertencia de que mi punto de vista es fundamentalmente anglosajón, porque esa es la formación que he tenido. Hay más teorías y escuelas, fundamentalmente francesas.

Como muchos movimientos políticos, el feminismo ha pasado por fases que a veces son contradictorias entre sí. Algo domina al principio: la clave es que se ha preocupado durante unos dos siglos (desde finales del XVIII) sólo por las mujeres burguesas. Por lo tanto, el “pecado original” no ha sido atacar a los hombres, sino ser un movimiento discriminatorio contra muchas mujeres.

Aunque hay precedentes más antiguos, las primeras reivindicaciones, en los siglos XVIII-XIX las reivindicaciones fueron: el voto, el acceso a la educación y a las profesiones, y la propiedad. Un malentendido común es que se pedía la “incorporación al mercado laboral”. Esto es una simplificación. Las mujeres trabajaban en la industria, la agricultura, el servicio doméstico y alguna otra tarea más. Siempre fuera de la clase media. Las primeras feministas no defendían mejores condiciones o igualdad salarial con los hombres para estas mujeres.

La sociedad del siglo XIX aplicaba un triple estándar: por un lado, estaba su construcción de lo masculino. Y por otra parte, se predicaba un naturaleza completamente diferente para las mujeres obreras y para las burguesas. El ideal femenino tenía características incompatibles con estudiar o con ser profesional: inocencia sexual, ingenuidad, pasividad, ausencia de instintos animales como la violencia, falta de competitividad, fragilidad física, hipersensibilidad, miedo, espíritu de sacrificio, domesticidad. Las burguesas feministas rechazaron la feminidad de su tiempo sin atacar la contradicción que era la existencia de lecheras, mineras, cocineras, etc.

La reclamación de derechos civiles también beneficiaba a las mujeres ricas. En aquel momento y hasta bien entrado el siglo XX, las mujeres casadas no eran personas ante la ley. Sus propiedades, y su salario caso de tenerlo, pertenecían a su marido. Para solucionar posibles injusticias, hubo dos corrientes que se llevaron mal entre sí: la defensa del divorcio y la defensa de la personalidad ante la ley de la mujer casada.

A la larga, la primera oleada tuvo éxito. Sólo 5 naciones niegan hoy los derechos civiles básicos.

En los 50-60, surge el “Feminismo de 2º generación”. Simplificando, mujeres blancas, ricas, heterosexuales reclamaron la igualdad social con los hombres blancos, ricos y heterosexuales. Aunque tenía buenas intenciones y consiguió algunos resultados muy positivos, fue profundamente racista y clasista, a veces por omisión y otras veces activamente. Resulta algo embarazoso leer en algunos de sus textos principales cómo para que las madres salieran a trabajar, se presupone un servicio doméstico de mujeres negras (en Estados Unidos) y/o pobres (en todas partes). La domesticidad es un concepto muy atacado y se propone que es una trampa para mantener a las mujeres alejadas del mundo laboral y económico. También se ataca la feminidad tal como se entendía en aquel momento: coquetería, suavidad, romanticismo, instinto maternal.

El feminismo original no había hablado de sexo, excepto en casos contados para referise al control de la natalidad. En la segunda ola, las actitudes respecto al sexo son variadas, aunque tienden a ser positivas. Rechazar la coquetería no es rechazar el sexo.

En los años 70 la cosa empieza a ponerse complicada cuando aparecen dos movimientos contra las limitaciones del feminismo de 2º generación: el womanism (“mujerismo”) y el feminismo radical. Es importante recordar que la década de los 60 es la de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos (donde hasta 1965 había un régimen muy parecido al apartheid) y que en los 70 tienen lugar muchas reivindicaciones por los derechos de los homosexuales.

El womanism se resume fácil: el feminismo es racista, y todas las mujeres blancas se benefician del racismo. Como mujer blanca, leer a autoras mujeristas me da la sensación que imagino que deben sentir los hombres cuando oyen hablar de feminismo: una vaga sensación de que me están acusando de unos actos de violencia que no he realizado yo personalmente. Aquí se explica que la feminidad no ha sido inventada sólo por oposición a los hombres, haciendo de las mujeres anti-hombres (no-violentas, no-fuertes, no-sexuales, etc, etc) sino que además se crea por oposición a la mujer de cualquier otra raza, que se convierte en todo lo que interesa a los blancos, hombres y mujeres: no es delicada, ni frágil, pura o inocente, tiene unos irreprimibles deseos sexuales…

El feminismo radical es otra cosa. Las principales voces son lesbianas que reaccionan en contra de los ideales masculinizados de la 2º generación, que había caído en la trampa de aspirar excesivamente a lo masculino. Si antes se quería “ser como hombres”, las radicales querían lo contrario: evitar todo lo masculino. El movimiento era (es) provocativo, a veces anti-heterosexual, a veces misándrico, a veces anarquista y otras de izquierda. No todas sus propuestas son serias ni viables, sino que buscan hacer pensar. Algunas radicales piensan que la feminidad es una estrategia de supervivencia en un mundo hostil a la mujer, y su opinión sobre la domesticidad es parecida a la de la segunda ola: no, gracias. Comparte con el womanismo la búsqueda de un modo-de-ser-mujer nuevo, libre, algo más que un “quiero los derechos de los hombres”.

La mejor herencia del feminismo radical es su anticapitalismo, y la idea de que los diversos sistemas de opresión están interconectados. Por ejemplo: el hombre primero determina que las mujeres deben pertenecer a los hombres, y a cada hombre los hijos de su mujer o mujeres. De ahí se deriva por una parte la propiedad, y la idea accesoria de que los ricos son mejores y mandan sobre los pobres, y por otra parte, la idea de que los más mayores mandan sobre los más jóvenes. Lo siguiente puede ser la lucha por el territorio, las cosas, o las mujeres de los demás hombres. O un ejemplo positivo: las mujeres deberían sentirse unidas entre sí y debería haber más solidaridad entre ricas y pobres, pues sus problemas son muy diferentes pero el “enemigo común” es el patriarcado.

La tercera ola, por último, quiere ser un movimiento global que supere los errores de la segunda. Empieza entre finales de los 80 y principios de los 90. Se asume que si no luchamos contra todas las desigualdades a la vez, sólo estamos manteniendo un equilibrio violento y frágil. Si la sociedad tiene forma de pirámide escalonada con los hombres blancos y ricos arriba, y las mujeres como yo en segundo lugar, no podemos desear una pirámide truncada con los hombres a nuestra altura: tenemos que derribar toda la pirámide entre todos.

Los principales intereses de la tercera generación son la violencia de género, la violencia sexual, las alternativas a la familia nuclear, la mujer en el 3er Mundo, y el colectivo LBGT. Se piensa que la feminidad es una construcción social, pero ni positiva ni negativa a menos que atrape o sea impuesta, al igual que la domesticidad.

Quienes critican el término “feminismo” aunque estén a favor de la igualdad de hombres y mujeres suelen malentender “1º generación”, un movimiento superado porque funcionó, y dicen “¡pero si ya hay igualdad!”. Pregúntaselo a, no sé, una familia pobre en el sur de la India a la hora de decidir cómo reparten la carne y cuántos años van a la escuela sus hijas. Otros malentienden “feminismo radical”, es decir, que todas creemos que la mujer es mejor o que la convivencia es imposible. Nada más falso. Claro que hay feministas radicales, pero también hay muchas que no.

En otros dos posts, pronto: preguntas surgidas de Twitter, y lecturas recomendadas.