China - Wenzhou - Sex Toy FactoryUna fábrica de vibradores en China. Corbis Images.
En lo que llevo escrito sobre los espacios segregados, espero que haya quedado claro que no estoy en contra de su existencia, en principio, sino de cómo se usan. El ejemplo más extremo que conozco de esto son las reuniones para vender chismes de sex shop a amas de casa.
Hace algún tiempo estuve en una de estas reuniones con un grupo grande de mujeres. Todas éramos bastante parecidas: profesionales, de treinta años en adelante. De todas se presuponía que éramos monógamas y heterosexuales, casi todas emparejadas. Todo muy normativo. El esquema de la reunión es como para muchas otras cosas: se queda con todas con antelación, se invita a una casa, la vendedora hace una demostración de lo que vende, de un par de horas, al final pides lo que quieres comprar y te lo llevan a casa en un par de días.
La vendedora era bastante mayor que nosotras y estaba bastante claro que representaa un personaje por el tipo de relaciones que nos describió. Estaba divorciada después de una relación de décadas, así que podía poner ejemplos personales de relación rutinaria. También tenía, casualmente, un hijo y una hija ambos veinteañeros y con los que hablaba francamente de sexo y de su trabajo, con lo que podía ejemplificar una sexualidad juvenil, con más novedades, un poquitín de promiscuidad…. y además, porque de todo sabía la buena mujer, casualmente desde su divorcio tenía una aventura con «un señor», con lo cual estaba redescubriendo cosas y podía hablar de tener relaciones esporádicas. Es decir: tenía o conocía de primera mano una buena cantidad de experiencias sexuales dentro de lo estrictamente normativo. Un segundo aspecto en el que se le notaba el guión era la manera de contar anécdotas de su trabajo: mujeres de aspecto serio y respetable comprando el dildo más grande del catálogo, cuáles eran los pueblos o barrios donde vendía más y mejor… El grado de cotilleo justo para no ofender a nadie, quedar bien con todo el mundo y procurar quitarles la vergüenza a posibles compradoras. Lo bien aprendido que tenía el guión me hizo pensar que se trata de un método de trabajo muy estandarizado.
Ahora, el material. Lo presentó dividido como por capítulos, y así voy a contar yo los puntos que más me llamaron la atención.
1. Cremas con sabores. El argumento de venta era que todas practicamos felaciones. Nos gusta mucho, o forma parte de la rutina. En palabras de la vendedora «si no hay sexo oral a mí me falta algo». Pero claro, comer todos los días pene con sabor a pene, aburre. Las cremas, geles, y demás historias con sabor dulce sirven para no aburrirse, porque del marido estás aburrida ya, y aquí estamos para aprender maneras de no aburrirnos. Y de no aburrirlo a él. Porque ellos se aburren también. Y es tu trabajo que eso no pase.
2. Lubricantes vaginales. Que sirven para tener relaciones sexuales cuando no lubricas, y si es así, normalmente es porque no tienes ganas de sexo. Y por razones en las que no se entró, tener relaciones sexuales con penetración voluntariamente pero sin tener ganas es una cosa normalísima y frecuente, así que aquí están los lubricantes al rescate.
3. Complementos para el sexo anal. Los hombres están locos por el sexo anal. Vosotras no, a vosotras o no os gusta o no os interesa, pero como él está deseando, pues vais a probar. De nuevo la idea de que el sexo es, para las mujeres, una responsabilidad doméstica más, agradable pero una responsabilidad. Es nuestro trabajo dar placer, y crear intimidad y diversión. Exactamente igual que no servimos todos los días lo mismo para comer.
4. Dildos y vibradores. Se pusieron ejemplos para su uso en pareja. Se insistió en que con un poco de diplomacia, el hombre de nuestra vida no se va a sentir amenazado ni celoso si los usamos, es más: lo que se daba a entender es que nuestra pareja iba a tener el control del juguetillo.
La vendedora comentó también que ella hacía dos clases de reuniones: para parejas y para mujeres, pero que reuniones de hombres, jamás. Me dio pena, porque reflejaba cómo naturalizamos que hombres y mujeres hablamos de sexo, pero por separado, disimulando, y cómo todas asentían al oírla. Como si hablar de sexo, o de aquellos chismes, con hombres, hubiera sido cruzar una peligrosa raya.
El resultado final era tan conservador como una reunión para vender perfumes o envases de plástico para la cocina: un grupo de amigas dedicando la tarde a aprender como ser mejores amas de casa y como dar más placer a sus hombres. No dudo que puede hacerse de otra manera, pero desde luego yo no lo he visto.