Un post anterior hablaba del servicio doméstico, dejando de lado el personal encargado del cuidado de los niños. Esta tarea enlaza con educarlos, así que aquí hablaremos con la primera infancia de niños y niñas, y de la educación de las señoritas.

La clase alta buscaba servicio doméstico que se encargara de los niños todo el día. Como Mary Poppins, por ejemplo.

Una mujer lo bastante rica podía entregar a su recién nacido a un ama de cría y no volver a verlo más, y nadie la consideraría una mala madre. La «nursery» o cuarto de los niños se colocaba donde menos molestara a los adultos, las mujeres ricas no daban el pecho porque tal cosa les habría impedido hacer vida social, y la etiqueta era tan estricta que los niños tardaban muchos años en poder convivir pacíficamente con adultos. Sí era acostumbrado pasar con ellos parte del tiempo de ocio, la cosa no tenía que ser tan extrema, pero de la misma manera que se tenían tantos criados como uno pudiera permitirse, con los hijos pasaba igual. Podía haber un ama de cría para los bebés y una niñera para el resto.

En novelas victorianas (David Copperfield, El Profesor), un descriptor de las buenas madres es enseñar a leer a sus hijos. Cuanto más avanzada la época, más rígida la diferenciación social y más estable la educación fuera de casa, así que podemos suponer que a principios de siglo también habría sido así: niñeras para hacer el trabajo más duro, y si las madres tenían esa inclinación, se dedicarían personalmente de parte de la educación elemental. Las escuelas surgieron poco a poco, dependientes de las parroquias y en teoría para los pobres, es decir, para quienes no pudieran pagar educación en sus casas o en grupitos pequeños.

Qué pasaba con los niños después de leer, escribir y las cuatro reglas se puede ver en otro post. Ahora, ¿qué aprendían las niñas?

Florence Fuller, «Inseparables» (1900).

Esta educación estaba orientada a que lucieran bonito en los salones y tuvieran algo de qué hablar mientras se las paseaba en esa especie de feria del ganado que era la búsqueda de pareja (sobre esto habrá post, porque no era nada sencillo). Austen y algunos de sus protagonistas masculinos ven en la formación de las chicas una muestra de su personalidad y de cómo funcionan sus familias. Es decir, lo importante no es qué saben hacer, sino que ello es muestra de inteligencia, disciplina, buen carácter y de haber tenido madres y padres diligentes. Sobre esto hay un diálogo tremendamente explicativo en Orgullo y Prejuicio: Miss Bingley, que quiere casarse con Mr Darcy, dice de Miss Darcy, su hermana menor ausente de la escena, que toca muy bien el piano y que está muy bien educada. Mr Bingley, un personaje al que todo le parece bien, dice que las chicas de hoy saben un montón; pintan muebles, biombos y hacen bolsitos. «Está muy bien educada» es una presentación frecuente. Darcy arquea la ceja y declara que no llamaría bien educada a una chica que pinta biombos o hace ganchillo, y que pocas lo son. Miss Bingley le da la razón; una mujer debe saber música, canto, dibujo, baile, idiomas, y tener un noséqué de refinamiento. Casi nada. Darcy remata: tiene que leer mucho y bien. Elizabeth contesta que si él conoce a pocas así, ella no conoce ninguna tan perfecta.

Esta conversación casi resume el currículum de las niñas:

La decoración de muebles y complementos se relaciona con las labores de aguja porque una de ellas era el tapizado. Lo correcto es que una buena mujer de cualquier clase social esté ocupada, y para eso la aguja viene muy bien. Jane Austen apenas las menciona; en Sentido y Sensibilidad, Elinor ayuda a Lucy a hacer un cesto de filigree, una manualidad de papel destinada a una niña. Esto sugiere que Lucy no es muy buena bordando, o que lo que merece la pena mencionar en la caracterización es que se dedica a algo bastante tonto para complacer a la hija de una mujer rica, o sea, que Lucy es un poco pelota. El orden en función de la aceptabilidad social de las tareas es hacer punto (la lana no es un material noble), coser, bordar y tapizar. Tal vez se cosiera en casa todo menos la ropa de fiesta. Todas menos las muy ricas saben coser y remendar; otra cosa es que les guste y lo hagan habitualmente. Como expliqué en la entrada sobre servicio doméstico, cuanto más tarde históricamente, más probable que la reparación del vestuario la hiciera el servicio. Es decir, Jane Austen casi seguro que se arregló el bajo de una falda, o le puso una puntilla ella misma a sus enaguas; un siglo más tarde esto habría sido mucho menos probable. La preferencia de bordar sobre coser no tiene tanto que ver con que «bordar es inútil y la costura es necesaria» como con que una labor de adorno o un complemento no es algo que tenga que hacerse de forma urgente, así que puede hacerse a ratos sueltos. En cambio, hacer un vestido de principio a fin necesita bastante tiempo, una mesa donde cortar, conocimientos de patronaje… Si puedes comprarlo, mejor lo compras.

Pintar. Lo pintado por señoras rara vez se considera arte del güeno, y si eres de la buena sociedad no debe parecer que lo haces para vender, así que las chicas aprenden a pintar objetos decorativos o acuarelas: cosas efímeras o de uso personal con materiales baratos. Paisajes y poco más, porque no saben anatomía. Jane Eyre pinta retratos, pero son miniaturas, es decir, solo las caras.

Mary Cassatt, Niña tocando el banjo, 1893.

Música. Saber música presupone saber cantar, y si sabes cantar es conveniente que sepas francés, alemán o italiano para cantar canciones de compositores europeos. Lo más habitual era el piano, seguido a veces por el arpa, la guitarra y rara vez el violín.

Bailar. Era casi imposible hacer vida social sin saber bailar.

Gusto por la lectura, mejor poesía y clásicos que novela.

Te puede parecer que una jovencita de 1800, rica y sin más obligaciones que buscar novio, podía ser experta en todo esto a la vez porque total, sus institutrices han tenido quince años completos para un currículum de 4 o 5 asignaturas, ¿no? Pues a juzgar por las novelas contemporáneas, no era así. Las heroínas de la novela romántica de la regencia y el victorianismo nunca son buenas en más de una cosa a la vez. O pintan, o tocan el piano, o les gusta muchísimo leer.

Repasemos un poco las novelas. El primer párrafo de Northanger Abbey se dedica a contar con mucho humor que Catherine Norland es la chica más normalita de Inglaterra. No sabe pintar, no sabe tocar el piano pero no le desagrada escuchar música, ávida lectora, fin. Pobre mía, qué sosa es. En Sentido y sensibilidad, Marianne toca el piano, canta y lee. Su hermana Elinor pasa totalmente de la música, y la narración te lo dice así de claro: «Elinor no tenía temperamento musical ni lo fingía». Se dice que pinta, en una escena en la que Mrs Ferrars (su futura suegra) le hace un feo cuando está enseñando su portafolio. Se mencionan paisajes. En Orgullo y Prejuicio, la pianista es Mary; canta muy mal y tiene tantas ganas de lucirse que termina resultando antipática. Elizabeth no tiene ni idea de pintura, y toca regular, como se cuenta en la escena con Lady Catherine en la que la invita a practicar «donde no moleste». No se mencionan las habilidad es artísticas de Jane bennet, pero podemos presuponer que se ha dedicado a ayudar en la crianza de sus hermanas, y a llevar la casa (sobre esto será necesario escribir otra entrada)

En Mansfield Park, todas las las chicas casaderas menos Fanny aprendieron a tocar el piano como parte de su educación, por rutina, pero ahora que son mayorcitas no tocan. Fanny no sabe, y es una muestra de lo negligente de su familia adoptiva. Tampoco se dice que pinte. Sabe francés y le gusta mucho leer. Como se ve, en general la educación de las protagonistas las caracteriza. Fanny es seria y responsable así que es poco artística. Emma es el único caso de una chica «intensita» y acaparadora de la atención de los demás que no toca el piano, sino que pinta. Alguna tenía que haber. Y como bromea Mr Knightley, es buenísima haciendo listas de libros que debería leer y no lee nunca. Solo queda Persuasión, pero el problema aquí es que Anne y su hermana soltera tienen ya una edad. Elizabeth, la mayor, lleva 13 años, desde que tenía 16, de señora de la casa. Eso no deja tiempo para pianos.

En la novela posterior, Dickens pasa de puntillas por este tema. Sus heroínas a veces pintan (Nicholas Nickleby) a veces saben cantar (David Copperfield) pero se suele hacer mucho hincapié en ello. En lo que respecta a las Brontë, sus novelas sí hablan muchísimo de la educación femenina y sus protagonistas a menudo son docentes, con niveles variables de aptitud artística. La más famosa, Jane Eyre, pinta muy bien pero en palabras de Mr Rochester, «toca el piano lo normal: como una institutriz inglesa».

El libro insiste muchísimo en lo bien que pinta Jane, algo poco relevante en las películas. Resulta poco dramático, imagino.

Por último, en la serie de moda, Los Bridgertons, Daphne toca muy bien el piano, y se dice de pasada que borda muy mal. Resulta poco creíble que toda la familia conozca la afición de Eloise por la escritura; en otra novela se diría que le gusta mucho leer, que escribe unas cartas muy originales, y cualquier otra cosa la escribiría a escondidas. Personalmente, no me gusat que no se muestren encantos y habilidades de otras chicas de la alta sociedad. ¿Qué saben hacer las Cowper, aparte de poner mohínes? No sé, me resulta un poco forzado. Para saber más, tendríais que regalarme las novelas y ya añado yo a las cuatro hermanas Bridgerton al post.

Y volviendo al inicio, ¿quién se encargaba de proporcionar esta educación? Pues institutrices o tutores privados, dependiendo del interés de la familia y su presupuesto. Las niñas pasaban de la niñera (nanny) a la institutriz (governess), o a un cuidado mixto: la nanny encargada de cuidarlas casi como una madre y la institutriz solo como profesora. Este sistema con dos empleadas a tiempo completo tendría sentido en una familia muy grande, o muy rica, y antes de que existieran colegios adecuados. Si una chica mostraba interés en el dibujo, la pintura o en tocar un instrumento musical más allá de las habilidades de su institutriz, se podía emplear a un tutor privado, como ocurre en La dama de blanco de Wilkie Collins.

¿Y qué hacían el resto del tiempo? eso, en la próxima entrada.

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