La fase actual de mi vida empezó en 2015. No con mudarme aquí, ni siquiera con ser madre un poco después de 2015, sino con una suma de desastres personales con consecuencias para toda la vida, no todas malas. Empecé el año con un deseo: no terminar más relaciones, no cerrar más fases. La vida tenía otros planes. En 2020 sentía que mi vida iba a ser un sucesión de días perfectamente idénticos, y el único propósito confesable de una lista que puse en la agenda es «ahorrar». En marzo me metí en el segundo mayor gasto que he hecho nunca, y uno de los mayores cambios vitales (no, no la pandemia, algo personal, si me conoces sabes qué es).

En fin. Este año no tenía expectativas, y empecé con un solo propósito: no meterme en más proyectos. Los que tenía ya me tenían suficientemente ocupada. Creo que nunca he faltado a un propósito tanto como esta vez. Lo he derribado, he prendido fuego a las ruinas y he regado las cenizas después. Y mis amigas han plantado un bosque encima. Este ha sido El Año de Empezar Cosas.

Ha sido un año de hacer amistades nuevas y de conservar las de antes, de recuperar a gente que estaba un poco distante por la distancia, la falta de tiempo o la pandemia. Me da rabia tener tantos amigos en Madrid; la visita anual quedando con un grupito distinto mañana, tarde y noche nos tiene que valer a todos por los cafés improvisados hasta el año que viene. No importa. Siempre vuelvo. Algunos pueden venir a verme a mí. Estoy deseando que lleguen los encuentros del año que viene.

No es una novedad, pero también ha sido un momento de ver crecer a mi hijo. No es fácil hablar de él aquí; al fin y al cabo, es su vida, que le pertenece. No hemos hecho muchas cosas «especiales», pero me encanta ir de paseo con él, ver los juegos que se inventa, admirarlo todo, comprobar que cada vez de forma más definitiva deja de ser un bebé, sobre todo cuando dice «cuando yo era pequeño».

Como ya conté en la primera entrada de esta recapitulación del año, por si no escribía suficientes cosas distintas, esta vez me he metido a crítica musical. Ha sido un reto en muchos sentidos; para la crítica literaria tengo años de práctica y una base teórica, y me cuesta muchísimo hacer un resumen de una experiencia musical más allá de si me gusta o no. También ha incluido superar determinados complejos o prejuicios sobre lo que soy capaz de describir. No creo que repita, no estoy tan al día de novedades como para seguir haciéndolo bien, pero me alegro de haberlo intentado.

Hablando de escritura, este también ha sido el año de los haikus. Apunto las fechas, así que sé que el año más prolífico hasta ahora fue 2013. Este año he escrito casi el doble, casi trescientos. He encontrado las condiciones ideales para querer escribir y que surja: solo tengo que encontrar tiempo para dar paseos cortos, y parece que vinieran solos. Es una de las cosas que más feliz me han hecho. Hasta septiembre u octubre de 2020, más o menos, no podría haber imaginado algo así. A ratos había pensado que no volvería a escribir nada creativo.

También han pasado unas cuantas cosas no tan buenas. Pasar una cuarentena con un niño pequeño, en enero, lo superamos con muchos dibujos animados y saltando entre los cojines del sofá. El insomnio llegó en abril y ha definido los meses posteriores. Desde la última semana de agosto a la primera de octubre se rompieron, déjame echar cuentas… Mi ordenador, reparado en garantía. La lavadora, sustituida. La llave de paso de agua de la casa, sustituida. Un WC atascado, arreglado. El desagüe parcialmente roto, arreglo pospuesto. Un insulto me hizo un daño grave y no sé si permanente. Niño enfermo y curado tras tres viajes a urgencias (no era nada grave). Un reloj roto, sin solución. Tengo otro pero no me gusta tanto. Ese segundo reloj se quedó sin pilas. Se me rompió la pantalla del móvil, la reparación fue lenta y cara, pedí que no lo formatearan y lo hicieron, perdí pocos meses de fotos aunque ese era el único dato sin copia. Compré otro móvil porque el de emergencias está obsoleto y no le funcionan apps que necesito a diario. Fue la Feria del pueblo y estuve una semana sin dormir porque se coloca cerca de mi casa. Llegaron varios cobros anuales, del tipo de seguros y cosas así, todos a la vez. Empezó el curso. Y bueno, esas rachas vienen y lo importante es asumir que terminarán. Que la vida tiene sus épocas de dar paseos mirando los pajaritos mientras piensas en que eres una persona afortunada, sus épocas de quedar con amigas y reírte con ellas, y sus épocas de angustia al no saber por dónde va a caer el próximo golpe. Casi nada se puede predecir y muy poco se puede evitar, en realidad.

Así que para el año que viene solo deseo la continuidad de lo bueno. Eso sí que hay que trabajarlo un poco. Cuidar a gente, apreciar cosas. La mayoría de las cosas malas llegan, y con suerte, las esquivamos.

Bueno es el día
para el cormorán que nada.
Pero ay, el pez.

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