La semana pasada vi una rápida sucesión de películas románticas o dramas con contenido sexual de distintas épocas. Bueno, vamos llegando a una edad en la que pensamos en una película de nuestra juventud como reciente… y resulta que se estrenó hace veinticinco años. El caso es que parte de lo que he visto recientemente me ha dejado una sensación incómoda.

Disobedience (2017) está ahora mismo en Netflix, se basa en la novela de una autora británica y los personajes de un triángulo amoroso son: un rabino o aspirante a serlo, una profesora de instituto y una fotógrafa famosa, o que al menos puede vivir solamente del arte, y que aparentemente lleva una vida sin demasiado estrés laboral.

Closer (2004) se basa en una obra de teatro de un autor inglés, y mete en un polígono de traiciones y mentiras a un periodista-aspirante a escritor, un dermatólogo que se pasa a la privada, una fotógrafa de éxito y una stripper que trabaja como camarera cuando quiere llevar una vida respetable.

Good grief (2023) es una producción americana que vete a saber por qué, ocurre en Londres y París con actores mayoritariamente británicos, va del duelo que siente un pintor por su pareja, un autor de libros infantiles. Otros personajes importantes son un galerista, una diseñadora de moda que abandona un trabajo realizando vestuario para cine, y un bailarín.

Son películas muy diferentes entre sí. Disobedience entra en la categoría «drama LGBT donde el único conflicto es la homofobia». Closer es uno de esos dramas o thrillers sexuales que se pusieron de moda desde los 90 y que han envejecido fatal desde que sabemos que las actrices eran víctimas de chantaje y acoso (no es el caso específico aquí, pero se generó un clima bastante raro). Good Grief es una película mucho más original, tal vez porque al ser tan moderna no es fácil de encasillar. Pero todo esto me recordaba a esas películas románticas inglesas del tipo de Love, Actually en la que todo el mundo tiene casas enormes y bonitas en el centro de Londres y absolutamente ningún problema material Algunos personajes tienen trabajos de oficina… en una empresa que se dedica al diseño gráfico o la publicidad, por supuesto. Parece establecido como una premisa de determinado tipo de película romántica o sentimental, sobre todo si ocurre en Inglaterra: los problemas amorosos los tiene gente rica, o del mundo del espectáculo, gente que no tiene ninguna preocupación fuera de las que mueven la trama. Gente con casas grandes, y prestigio, poder o glamour. Al lado de esto, ver en Creatura a un profesor corrigiendo exámenes era un respiro, un poquito de realidad en medio de historias sobre gente que puede coger un avión así de improviso, oye, que me voy y ya se pagará solo el alquiler.

Recuerdo haber visto este mismo año algunas películas británicas con trabajadores, digamos de clase media: gente que llega a fin de mes, pero no es rica, trabajadores cualificados. Blue Jean es sobre una profesora que corre el riesgo de perder su trabajo porque es lesbiana. El Veredicto es sobre una jueza que tiene que autorizar un tratamiento de hemoderivados para un testiigo de Jehová. Living es sobre un funcionario insatisfecho con su vida. Y lo que percibo es que si en una de estas elegantes películas British salen personas que tienen que madrugar todos los días para ir a trabajar, la película es sobre el trabajo.

¿Y las películas sobre gente pobre, o de clase obrera, la clase de gente que tiene trabajos para los que no hace falta ir a la universidad? Pues esas son, naturalmente, sobre ser pobre, o estar en paro, o ir a la cárcel, o estar a punto de hacerlo.

Afortunadamente en el cine de otros países, y en las series en general, se nos pueden plantear historias más complejas. Pero qué ganas de ver la historia del triángulo amoroso entre un conductor de autobús, una limpiadora y un conserje. Los dilemas morales de alguien que no sea prediicador religioso o maestra.