Una característica fundamental de un sistema educativo es que los padres tienen derecho a ser informados de la de educación de sus hijos, de cómo trabajan, de qué dificultades encuentran. Algo que he tenido que explicar en tutoría muchas veces es que un niño puede comportarse de manera muy diferente en clase y en casa, por motivos que no tienen necesariamente que ver con su relación con los adultos. Y si queréis que me expanda en este punto me lo decís, porque a continuación voy a hablar de una de las herramientas que el sistema andaluz nos ofrece para solucionar problemas: el compromiso educativo.

Entre el primer y el segundo trimestre, un instituto es un frenesí de informes sobre puntos mejorables. Hace poco menos de quince años, se creó la herramienta llamada «compromiso educativo» para que el departamento de orientación, las tutorías, las familias y determinados niños hicieran un esfuerzo un poco mayor para superar el curso. Al principio se concretaban en una reunión y un documento firmado por todas las partes. Pronto se vio que un «prometo que voy a ser bueno» no bastaba, por mucho que se diera algún tipo de supervisión. Poco a poco se han desarrollado diferentes protocolos, a veces centralizados y a veces a nivel de centro, para que esta vigilancia sea efectiva.

A lo largo de mi carrera he visto que en casos muy puntuales, alumnos con buena motivación pero con problemas personales o de conducta iban a todas partes con una hojita que era la versión sin dibujos de la cabecera. Una rúbrica con fechas para que los profesores del niño indicáramos si había traído el material, había hecho los deberes, había trabajado en clase, etc. Nunca he tenido más de uno o dos niños por clase con ese documento, porque su gestión dependía de Orientación, la profesora de Pedagogía Terapéutica (la que a menudo se llama «de apoyo») o el tutor, y requería bastante burocracia.

Esta herramienta clásica en psicología y muy efectiva para motivar tanto a niños como a adultos, por lógica ha pasado a usarse en los compromisos educativos. El estudiante se compromete a trabajar más, la rúbrica le recuerda qué cosas tiene que hacer (ser puntual, atender en clase, trabajar, hacer deberes), los profesores rellenamos y firmamos el documento, orientación y tutoría lo supervisan y naturalmente la familia tiene que hacer su parte, porque por mucho que los profesores digamos ña ña ña tienes que estudiar, los que de verdad pueden controlar los premios, los castigos, las salidas de los viernes y el teléfono móvil son los padres.

He podido comprobar que el mismo hecho de tener un papelito doblado en el cuaderno como recordatorio y agitarlo delante del profesor para que te lo firme ya actúa como motivación para mejorar el comportamiento en clase. Y además, así tenemos estudiantes que se acuerdan de llevar su agenda, porque una de las raíces del fracaso escolar es la falta de comunicación entre profesores y familias en secundaria. Tenemos entre cien y doscientos alumnos, y no es viable hacer recordatorios frecuentes a todas las familias de quienes tienen dificultad. Una nota rápida para dos o tres alumnos por aula sí es manejable.

Como se ve, es la clásica agenda unida a un sistema de puntos. Cuando mejor funcione es en los primeros cursos de la ESO. Una más de las muchas herramientas de las que disponemos, que requiere bastante planificación para seleccionar a quienes más puedan beneficiarse de ella, pero una vez puesta en marcha es muy efectiva.