Una forma de introducir las “normas de conducta” en ESO

Hace algunos años que cuando tengo que hablar de normas de conducta en una clase de ESO, recurro a esta justificación. Espero que resulte útil a otros profesores. Sirve para cualquier nivel educativo. A veces la uso para introducir el inevitable tostón “Estas Son Las Normas Del Centro”, y a veces para recordar por qué es importante obedecer una norma que han incumplido.  Años después de poner en práctica esta explicación, me contaron que lo que transmito en clase es el imperativo categórico kantiano, que olvidé en su día.

A mis clases les cuento que hay tres clases de normas educativas y para no soltar un rollo todo seguido, les pido que me den ejemplos de lo que voy diciendo.

El tipo 1, las menos importantes a la hora de la verdad, son las normas que facilitan la tarea a un profesor, las que son una preferencia nuestra. Casi todas son formales. El perjudicado por el incumplimiento es quien da la orden. Por ejemplo, usar cuaderno o bloc, usar lápiz o prohibirlo, sentarnos en el sitio que nos han asignado. A los alumnos les cuesta pensar en ejemplos de este tipo de normas: a poco que se les haga reflexionar, entienden que casi nada de lo que hacen es un capricho de quien da la orden.

El tipo 2 son las tareas que facilitan el aprendizaje. Si se rompen, el perjudicado es el que las incumple. Por ejemplo, prestar atención en clase o traer el material necesario.

El tipo 3, y este es el meollo, son las normas que sirven para que cientos de personas (en mi instituto somos 300) convivamos con comodidad y seguridad en un sitio bastante estrecho. Si las rompes perjudicas a la comunidad entera porque no puedes esperar que te las saltes solo tú. Dicho de otro modo, con estas normas te tienes que portar como si todo el mundo, tu clase entera, se portara igual que tú, siempre.  Aquí entra casi todo: desde insultar a un compañero a hablar en clase. No valen los “es que resulta que yo hoy”, “es que ha sido una vez nada más”, y demás excusas.

Ante un “imagínate que todo el mundo hiciera lo que acabas de hacer”, el treceañero medio reacciona más que ante un “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”. No sé si es por la novedad. Probadlo, a ver si os funciona.

 

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